jueves, 15 de septiembre de 2011

JUEVES: LA DIGNIDAD SACERDOTAL

   La dignidad del sacerdocio cristiano es muy grande, porque su misión es continuar sobre la tierra la obra de Nuestro Señor Jesucristo. El Sacerdote es un representante de Jesucristo. Grande es, pues, el respeto que debe tenerse al sacerdocio.


   El primero que debe respetar al sacerdocio es el mismo sacerdote, no haciendo jamás cosa alguna indigna de quien está investido de tan grande dignidad. Decía Jesús a los Apóstoles, y en la persona de ellos a todos los sacerdotes: “Vosotros sois la sal de la tierra; sois la luz del mundo, etc.”.


   Todos los cristianos deben ver en el sacerdote, no a un hombre como los demás, sino a un representante de Jesucristo, y como a tal respetarle. Hay sacerdotes indignos, es cierto: entre los doce Apóstoles hubo un Judas; no es extraño que entre tantos millares de sacerdotes se encuentren algunos imitadores de aquel traidor.


   Los Ángeles pecaron en el cielo, Adán y Eva en el Paraíso Terrenal; también puede suceder que algunos sacerdotes cometan pecados, y aún grandes pecados. Pero, aun cuando haya sacerdotes malos, no es razonable dejar por esta causa de creer o practicar la santa religión. 


   El sacerdote no es la religión; el sacerdote es un hombre y como tal está sujeto a miserias, a cambios: el que hoy es bueno, mañana puede ser malo, o viceversa. Nuestra fe debe estar puesta, no en el hombre, sino en Dios, quien nunca varía siempre es el mismo; así debe ser nuestra fe, firme, inquebrantable, sin fijarnos en lo que hacen o dicen los demás. 


   Los malos sacerdotes causan mucho mal a la religión, pues indudablemente el desprestigio de los sacerdotes redunda en desprestigio de la religión. Por esta causa los enemigos de la religión publican las faltas de los sacerdotes (con verdad raras veces, con mentira casi siempre), no porque aborrezcan los vicios que los acusan, pues ellos suelen tener los mismos vicios u otros peores, sino por el odio que tienen a una religión tan pura y santa que condena toda iniquidad.


   Es pecado gravísimo el desprecio y las injurias a los sacerdotes, porque son contra el mismo Jesucristo, quien dijo a los Apóstoles: “El que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”. Quien supiera alguna falta grave de algún sacerdote, procure dar conocimiento de ella al Obispo, para que tome las medidas que crea oportunas.


(Extraído de un “Devocionario”, editado en Buenos Aires en 1931)

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