martes, 17 de julio de 2012

ANIVERSARIO COMIENZO DE LA CRUZADA ESPAÑOLA




      Muchos de los que leen estas líneas no me conocerán y ni siquiera mi nombre les será común. Por eso comenzaré con unas palabras de ese libro que podría servirnos como guía en la vida del católico que es el Kempis o Imitación de Cristo que dice “no te preocupes por quién lo dice sino de lo que dice.” Así, más que tener en cuenta mi persona ni quien soy, creo se debe tener en presente y meditar el día al que voy a dedicar estas letras y los acontecimientos a los que haré referencia pues marcaron un antes y un después en la historia de España y, me atreveré a decir, en la historia de la Hispanidad.
      Basta pensar en ese “adeveniat Regnum tuum” que decimos en el Pater Noster para entender lo que realmente ocurrió aquel día en el que nuestra Patria clamaba de dolor y sollozaba cual moribundo fuese, moribundo que acabaría convirtiéndose tras un giro de ciento ochenta grados en ese bebé que nace y con ilusión la madre lo acoge y le prepara su futuro.
      Fue ese “adveniat Regnun tuum” el que llevó a los españoles la mañana del dieciocho de julio (en ciertas zonas el diecisiete también) a salir al grito de “por Dios y por la Patria” contra aquellos que dominados por el odio querían matar el espíritu de la Patria y alejarla de Dios para hacer la Rusia que ansiaban al grito de “muera España y viva Rusia.”
      Hemos contemplado a lo largo de la historia cómo España ha sabido salir con virilidad y gallardía del coma en que se encontraba y levantarse con dos ideas bien claras el altar y la unidad. Fue eso lo que movió a los miembros de esta Patria, a los españoles, el dieciocho de julio de 1936.


      No fueron los fueros ni los conflictos de otro tipo como tampoco lo fueron en la Guerra de Independencia ni en la guerrilla que gran mella marcaron también en la historia de España y su pueblo. Sería esa guerra la que calificaría como primera el profesor Rafael Gambra en un libro de juventud que se titula ¡La Primera Guerra Civil de España¡.
      De nuevo el enemigo era exógeno y endógeno como anteriormente habría ocurrido con los franceses y los afrancesados españoles. Aquí, pues, ocurría con los comunistas y republicanos del bando rojo (pues también los falangistas fueron republicanos en el sentido filosófico y político de la expresión) junto con el enemigo ruso que acechaba desde sus despachos en las estepas queriendo convertir nuestra Patria en ese soviet.
      Pero el pueblo español, fiel a su raza, supo despertar y arma al brazo salir a defender el altar y la Patria que le habían dejado sus padres y sus abuelos, muchos habrían tenido antepasados que lucharan en la que antes calificamos como primera guerra civil de España, ahora les tocaba a ellos siendo conscientes que en numerosas ocasiones llegarían al martirio o como mínimo a ver segada la vida de sus camaradas, hermanos y compatriotas.
      Recuerdo cómo hace años en diferentes actos alguien decía referente al dieciocho de julio que “ni se pisa ni se rompe”. Pues es hoy difícil arrancar del suelo ensuciado ese día que hizo comenzara de nuevo la historia de un pueblo, su fe y su unidad que estaban siendo destruídas y aniquiladas como aquel anciano moribundo al que le quedan unos breves días de vida.


      Que resulte difícil hoy hacer patente en el pueblo español la importancia de ese día se debe a que han matado en los hombres y las mujeres tres potencias las tres potencias del alma: la memoria, el entendimiento y la voluntad.
      Diría Oswald Spengler que “al final a la civilización siempre la salva un pelotón de soldados.” Bien, pues es que no solamente se trata aquí de un pelotón de sondados en sí, sino que eran hombres y mujeres de a pie, campesinos y burgueses, hermanos en la Fe que supieron alistarse en la bandera de Cristo Rey para luchar por una fe y una patria común. No podemos referirnos únicamente a los soldados y militares que serían una parte sino también a aquellos que dejaron casa, mujer e hijos y supieron incluso dejar “que los muertos entierren a sus muertos” para anunciar a la vez la Verdad con el testimonio de su martirio, de sus vidas y dejando una España católica y unida correspondiente a su historia y no como la que hoy observamos que pareciera corresponderse con aquello que García Morente dijera haciendo referencia a la catolicidad de España “es sencillamente imposible imaginar una historia de España sin religión católica. Sería la historia de otra nación… lo que de su descristianización resultase ya no sería propiamente España, sino otra cosa, otro ser, otra nación, o probablemente aún, nada”. Así basta recordar a Antonio Molle Lazo y el tercio de Montserrat, a aquellas tres mártires carmelitas del Carmelo San José de Guadalajara y tantos mártires más que dio en esos años España más al mundo que flores tienen mayo y abril.
      Pero es que no le daré a Spengler toda la razón razón porque también fueron mujeres las que supieron preparar el hogar y sus hijos acérrimos en la Fe y el amor a la Patria para que llegado el momento aquél dieciocho de julio viendo moribunda la Patria de la que eran hijos salieran arma al brazo y con la Cruz por delante a defender tanto la Patria como la Cruz. Podríamos decir recordando aquellas casas españolas que dieron mártires a España luchando en los campos españoles por la Fe y por la Patria entre cantos de Te Deum, Salves y demás oraciones que aún nacían dioses en Extremadura.
      Cuando se ha de consumar la maravilla de una gran hazaña los ángeles que están junto a su silla miran a Dios y piensan en España. ¿No era acaso la maravilla de una gran hazaña lo que se consumó en aquella Cruzada para reconstruir España sobre la única piedra angular que aguanta vientos y mareas, pues es de roca y no de arena? Sí, esa piedra angular es la Cristiandad, la catolicidad de España.
      En aquellos días los santos españoles que están arriba miraban expectantes la batalla que arraigados en la bandera de Cristo Rey se libraba en campos españoles para la reconquista y el ulterior éxito espiritual de la Patria. No cabe que también los ángeles que están junto a su silla miraron a Dios pensando en España y como patria predilecta triunfó la bandera sempiterna frente a la Civitas Terrae.
      Contemplando la historia y cómo lucharon y se comportaron aquellos españoles de diferentes edades y sexos se hace palpable que no luchaban contra algo sino que por el contrario luchaban a favor de algo.


      Aquellos niños, hombres, mujeres e incluso familias que salieron cual centurias fuesen en el requeté y en el falangismo luchaban a favor de España mientras que el comunismo que quería la destrucción no luchó nunca a favor de España sino en contra y, me atreveré a decir más, arraigados en la Anti-España. Con San Pablo se afirma que “te basta mi gracia” (Cor. 12, 6-10) pues fue lo que tenían aquellos españoles, la Fe y la gracia de Dios.
      Acabaré diciendo que no es mi intención se lean estas palabras con recuerdo afectivo únicamente y melancólico sino con recuerdo efectivo y de acción para tomar ejemplo de esos niños, hombres y mujeres que supieron dar su vida al servicio de Dios y de España sin escatimar.

Jesús de Castro
Málaga, España

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