viernes, 14 de junio de 2013

SOR BENIGNA CONSOLATA FERRERO


          La que habría de ser una confidente más del Divino Corazón, nació en Turín, el 5 de Agosto de 1885. Muy joven todavía empezó a tener comunicaciones divinas. En 1906, a los 21 años, entró en el Monasterio de la Visitación de Pignerol, pero a los pocos días, asustadas las Superioras de aquellos caminos extraordinarios, la despidieron. En 1907 fue recibida en la Visitación de Como (al norte de Milán). El 28 de Noviembre de 1912 hizo su profesión solemne, y el uno de Septiembre (Primer Viernes) de 1916, a los 31 años de edad, moría con fama de santidad. 



          Desde el anonimato de la clausura, escribía cuanto le dictaba el Sagrado Corazón de Jesús, como lo hiciera con Santa Gertrudis, de modo semejante a Santa Margarita Mª. de Alacoque y como volverá a pasar con Sor Josefa Menéndez, de quien tanto hemos dado a conocer en este blog.

          Aquí os dejo algunos extractos de esos Mensajes del Sagrado Corazón a Sor Benigna Consolata Guerrero, que hoy, por ser viernes, nos servirán para cumplir con las directrices de LA SEMANA DEL BUEN CRISTIANO.


«Es necesario reavivar la devoción a este Corazón, para que el mundo
 se conmueva de nuevo. Mi Corazón ha de ser la salvación de todo el mundo, 
la salvación de cuantos lo busquen y lo conozcan». 

«Estoy preparando la obra de mi Misericordia; 
quiero un nuevo resurgimiento en la sociedad, 
y quiero que éste sea realizado por el amor». 

 "Yo no puedo resistir al ver tantas almas engañadas, y con ellas usaré
 de Misericordia, instruyéndolas cada vez más y llamándolas
 más dulcemente a mi Divino Corazón. 
Yo les revelaré los secretos inefables de mi Divino Corazón 
y les enseñaré a vivir de mi amor, de aquel amor 
que vuelve suave el dolor más grande,
 y que hace gustar al alma una paz celestial, 
aun en medio de las más rudas pruebas». 


 «Mi Corazón, ¡oh amada!, es tan poco conocido, 
que si los hombres tuviesen que elegir entre Mí y un pedazo de pan, 
preferirían el pan... 
Esto me causa pena, mucha pena. 
Ver a los hombres que gimen, sufren privaciones, languidecen; 
conocer que tengo todo lo que necesitan, ver que lo rehúsan, 
que lo desprecian, es una pena que me pasa el Corazón. 
Para no sentirla, sería menester no amar a los hombres como Yo los amo;
 sería menester no haber muerto por ellos como Yo he muerto...
 ¡Oh María! ¡Cuánto me preocupa el amor de los hombres! ¡Cuánto ansío su amor! 
Por esto, cuando Yo encuentro un corazón que me abre las puertas, 
me precipito dentro con todas mis gracias». 


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