miércoles, 2 de abril de 2014

DE NUEVO JUNTOS, SANTA TERESA Y SU "FRAILE Y MEDIO"; LLEGADA DE LA RELIQUIA DE SAN JUAN DE LA CRUZ A NUESTRA COMUNIDAD


      Hoy tenemos la dicha de compartir una feliz noticia; la generosidad de un buen amigo de nuestra Asociación Cultural "Oblatos del Buen Pastor", ha tenido a bien regalarnos una reliquia de primera clase del gran San Juan de la Cruz, acompañada por su certificado de autenticidad, expedido desde la Postulación Carmelitana de Roma, como Dios manda.

      La sagrada reliquia irá a acompañar a otras tecas de santos carmelitas como San Simón Stock, María de Jesús Crucificado, Rafael de San José, Carmelitas Mártires de Guadalajara...

      Pero sobre todo, la dicha es mayor cuando esa reliquia de San Juan de la Cruz, ha llegado para ser venerada muy cerca de otra Santa que fue algo más que coetánea del pequeño fraile, una mujer que llegó a ser su maestra y guía: Santa Teresa de Jesús. 

      De alguna manera, se reproduce de nuevo aquél encuentro en Medina del Campo, en el lejano siglo XVI, pero esta vez en nuestra humilde sede, conteniendo su espíritu de amor a Dios y a la Santa Iglesia en dos pequeñas tecas, que a modo de vasos sagrados, poseen pequeños fragmentos de aquéllos Santos carmelitas.



PRIMER ENCUENTRO ENTRE
 SANTA TERESA DE JESÚS
SAN JUAN DE LA CRUZ

          Fray Juan de la Cruz se encontró por primera vez con la Santa Madre Teresa de Jesús en 1567. Ella se había trasladado desde Ávila a Medina del Campo para realizar su segunda fundación. Había recorrido para ese entonces un largo camino de vida espiritual y comunitaria, que incluía la redacción del Libro de la Vida, el Camino de Perfección y las Constituciones.

          Dolida por las divisiones que la Reforma protestante había causado en la Iglesia e impulsada por su amor a las almas y sus deseos de que Cristo fuera conocido y amado por todos, Santa Teresa había fundado el palomarcico de San José, donde un pequeño grupo de mujeres se había reunido con ella para iniciar la Reforma del Carmelo, tan relajado por aquél entonces.



          Santa Teresa se daba cuenta de que para el éxito de su empresa, necesitaba del apoyo de algunos varones que vivieran sus mismos ideales y pudieran servir de confesores y predicadores para sus monjas. Al principio, el General de la Orden se lo negó, pero finalmente accedió y le dio el permiso para fundar dos conventos masculinos de «carmelitas contemplativos». Buscando candidatos, se entrevistó con algunos religiosos, sin llegar a nada concreto.

          Mientras tanto, Fray Juan de la Cruz, fue ordenado sacerdote ese mismo año y se desplazó desde Salamanca a Medina para celebrar su primera Misa. Allí, en aquella casona vieja y destartalada, se encontraron los dos Santos Reformadores de la Orden de Nuestra Señora del Carmen; en el locutorio, entre pared de cal y canto, se vieron por vez primera un jovencísimo San Juan de la Cruz y una monja que cargaba sobre sí cincuenta y dos años.




          Después de algunas palabras, Santa Teresa comprendió que estaba ante un hombre excepcional, seguro sospechó de su santidad, de ahí que la Santa le explicase sus proyectos a pecho abierto. Él le comentó su deseo de irse a la Cartuja, buscando una entrega total al Señor. Ella, rauda le contestó: «¿Para qué quiere ir a buscar fuera lo que puede encontrar en su propia Orden?». Y le invitó a unirse a su aventura fundacional, para la cual tenía los permisos necesarios. San Juan de la Cruz, que intuía la santidad de aquella mujer que le confesaba sus ideas sin tapujos, con la ilusión de una niña pese a su madurez, le pareció bien, no puso reparos, al contrario, pero siempre tuvo claro que participaría de la Reforma del Carmelo «con tal de que se hiciera pronto». 


          Santa Teresa quedó encantada con Fray Juan de la Cruz y dijo a sus monjas: «Ayúdenme a dar gracias a Dios, 
que ya tenemos fraile y medio para nuestro propósito».


A.M D. G.    et    B. M. V. M. C.

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