sábado, 19 de noviembre de 2016

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA

   Santa Isabel era hija del rey de Hungría y nació el 1207. Desde niña Isabel llevaba a sus compañeros de juegos a rezar a la capilla, repartía su merienda entre los niños pobres y no quería llevar corona de perlas viendo a Jesús con espinas.

   Isabel se distinguió por su heroica caridad. Repartía todas las alhajas, ropas y alimentos del castillo. Visitaba a los pobres y enfermos. Los pobres la seguían: ¡Madre, madre!. Tanto la acusan de generosa que una vez, su esposo Luis le regañaba dulcemente: ¿Qué llevas ahí?. Abre el delantal y, en vez de panes, había rosas.



   Amaba tiernamente a su marido. Si no podía acompañarle, quedaba triste en el castillo. Para recibirle se adornaba como una novia. La prueba llegaría pronto. Se alistó en la Quinta Cruzada, convocada por Gregorio IX. En Otranto, antes de embarcar con Federico II, murió. Isabel quedó anonada. Tenía 20 años. Todo había muerto para ella. Sólo Dios le quedaba.

   Hubo intrigas por la sucesión de su esposo. Isabel renunció a la mano del emperador Federico II y se instaló en Marburgo, en una pobre choza. Construyó un hospital donde recibía a los pobres y curaba a los enfermos. Sólo guardaba el manto de la Tercera Orden, regalo de San Francisco.

   Su director espiritual, Conrado, confirma la heroica caridad de Isabel. Una vez le preguntaron cómo dar limosnas, si no se tenía dinero, y contestó: «Siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos». Y ella practicaba lo que aconsejaba.

   El día del Viernes Santo, puestas las manos sobre el altar de una capilla, renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades mundanas. «Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol».

   Antes de su muerte, al preguntarle Conrado cómo disponer de sus bienes, le contestó Isabel que lo poco que tenía ya no era suyo. Pertenecía ya a los pobres a los que debería entregárselo. A ella le bastaba la pobre túnica que vestía, con la que deseaba ser sepultada.

   Luego se confesó, recibió la Sagrada Comunión y se encomendó a Nuestra Señora para vencer los asaltos del demonio que la atacaba fuertemente. Finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien duerme plácidamente.

   El amor y la penitencia la habían agotado en plena juventud. Tenía 24 años cuando el Señor se la llevó al Paraíso. Era el año 1231. Cuatro años más tarde era canonizada por Gregorio IX. Una de sus hijas, abadesa de Aldemburgo, es venerada como Santa Gertrudis de Turingia.



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