jueves, 9 de agosto de 2018

LOS MÁRTIRES, ejemplo de integrismo católico en estos tiempos de Apostasía



             Ahora que la Roma Apóstata se abraza con judíos, musulmanes y otras falsas religiones, no podemos perder de vista el testimonio fidedigno de nuestros Gloriosos Mártires, aquellos católicos ejemplares que no dudaron en entregar su vida al verdugo antes que renegar de Dios y de Su Iglesia. 

            Mañana, 10 de Agosto será la memoria del Mártir San Lorenzo, que derramó su sangre por Cristo Nuestro Señor en el año 258, quemado a fuego lento en una parilla; los católicos españoles tenemos además a nuestro particular Mártir: también un 10 de Agosto, pero de 1936, daba su vida por Dios y por España el joven carlista Antonio Molle, que con apenas 21 años prefirió la muerte a la Apostasía. Antonio Molle, como tantos jóvenes de entonces, había estudiado en el Catecismo la sana Doctrina y entendía a la perfección que es preferible la muerte corporal a perder el alma, llevando hasta su cumplimiento aquella advertencia de Nuestro Señor "...el que pierda su vida por Mi causa, la encontrará..." (Evangelio de San Mateo, cap. 16, vers. 25)

            Los Mártires no evitaron la tortura y hasta la muerte misma, si con ello se mantenían católicos; sin embargo, nuestra generación ha visto el continuo deterioro que desde El Vaticano se aprecia en este sentido. Si bien durante la era de Juan Pablo II se guardaron ciertas formas "católicas", que fueron ribeteadas en el breve "Pontificado" de Ratzinger, en la actualidad comprobamos como Jorge Bergoglio, rotario (masón),  careta fuera,  se empeña en predicar la inexistencia de "un Dios católico", gusta lavarle los pies a infieles, besarse con judíos y en general, predicar otra doctrina, contraria a la Fe Católica, a la que denosta en aras de crear una nueva religión, en un Nuevo Orden Mundial, siguiendo los dictados de la Masonería Internacional, que ya tuvo a su primer "Papa" en la redonda figura de Roncalli (Juan XXIII), hoy "elevado" a los altares modernistas, iniciador del "Concilio Vaticano" y primer anti-Papa de la nueva iglesia.

             Simpatizar con otras creencias es un PECADO GRAVÍSIMO contra el Primer Mandamiento de la Ley de Dios y contra la naturaleza divina de la Iglesia Católica, Única y Verdadera fuera de la cual no existe salvación; dialogar con otros credos es ESCUPIR SOBRE LA SANGRE de los Mártires que perdieron la vida por no escuchar las mentiras de otros; reconocer a los judíos como "hermanos mayores" es BLASFEMAR el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo a quien los marranos dieron muerte infame...

             EL CATÓLICO ES SOLDADO DE CRISTO REY, así nos lo enseña el Catecismo, graduación que adquirimos el día de nuestra Confirmación en la Fe, sellada por el Obispo; por eso y ante el esperpento de "diálogos", "encuentros", "abrazos" y demás afectos con otras religiones, debemos combatir con valentía, empezando por ESTUDIAR el sempiterno Magisterio Pontificio, la correcta postura ante los que no son católicos; es obligación moral denunciar y contrarrestar el error en que muchos se han empantanado, para que vuelvan a reencontrarse con la Sana Doctrina, con la auténtica Iglesia Católica (que hoy subsiste en las catacumbas) y con la Verdadera Fe.   


 "...si Dios fuera a permitir a un Papa convertirse en un hereje notorio, 
dejaría por tales hechos de ser Papa, y la Silla de Pedro estaría vacante”. 

(San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, 
en Verita bella Fede. Pt. III, Ch.VIII, 9-10)

    

    
                                             

“Os dije que moriríais en vuestro pecado, porque,
 si no creyereis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados”

(Evangelio de San Juan, cap. 8, vers. 24)


Abrazos y gestos de afecto con falsas religiones; los "Papas" posteriores al Concilio Vaticano II
 han sentido especial simpatía con los judíos o "marranos", término con el que se les conoce en España,
el pueblo deicida que además NO RECONOCIÓ a Jesús como el Mesías... ¿hermanos? No, gracias


                "...Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de Su Persona o Misión.

                Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente Su Imperio.

                Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.


                Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Mas, si se pregunta cuál es esa Iglesia conforme a la voluntad de Su Fundador, en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean distintas.

                 "...la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los Tiempos Apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (Evangelio de San Mateo, cap. 16, vers. 18)

               Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la Única y Verdadera Iglesia de Cristo.


Extractos de la Encíclica Mortalium animos
del Romano Pontífice Pío XI



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