jueves, 18 de abril de 2019

LA PRISIÓN DE NUESTRO SEÑOR SE RENUEVA CADA DÍA EN EL SAGRARIO Tercera Reflexión para el Jueves Santo, tomada de "Un Llamamiento al Amor"


               En la Cuaresma de 1923, Nuestro Señor reveló a Sor Josefa Menéndez los sentimientos de Su Corazón durante su Sagrada Pasión. Sor Josefa recibía de rodillas las confidencias de su Maestro y mientras El hablaba, las escribía. Estas páginas contienen, en parte, esas divinas confidencias. 


Josefa, Esposa y víctima de Mi Corazón, 
voy a hablarte de Mi Pasión, 
para que sea el objeto constante de tu pensamiento
y de Mis confidencias con las almas.




               La Prisión contémplame en la prisión, donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra, empujándome, golpeándome. Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío... 

               Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario, y, sobre todo, con los corazones de los que me reciben. En la prisión, pasé una noche no entera...; pero en el Sagrario, ¡cuántas noches y días paso! 

               En la prisión me ultrajaron los soldados, que eran mis enemigos... Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre... En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo..., y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor... Cuántos corazones helados serían para mi cuerpo frío y herido como la piedra de la prisión! ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!... ¡Cuántos días espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo... y pensando en ella!... ¡Qué de veces siento hambre de mis almas!... de su fidelidad generosa: ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse .., con esta ligera mortificación?... ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor..., cuando hayan de pasar por una humillación..., una contrariedad..., una pena de familia o un momento de soledad y desolación, decirme desde el fondo del alma: «Os lo ofrezco para aliviar vuestra tristeza, para acompañaros en vuestra soledad?» ¡Ah! Si de este modo supieran unirse a Mí. ¡Con cuánta paz pasarían por aquella tribulación! Su alma saldría de ella fortalecida y habrían aliviado mi Corazón.

                En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí..., y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas. Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que, sin purificarse de sus pecados, me recibirán en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sabre Mí repetidos golpes. Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra renovando Mi vergüenza y prolongando Mi soledad. «¡Almas escogidas! Mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladle en esta noche de tanto dolor... 

               Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos Sagrarios, en la frialdad de tantos corazones... Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él Mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor... Cubridme con vuestras delicadezas... Alimentadme con vuestra generosidad... Apagad Mi sed con vuestro celo... Consolad Mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía. Haced desaparecer Mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, evitad el tumulto de pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis Mi voz que os dice suavemente: Esposa mía, que ahora eres Mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que Mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida».


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús
 a la humilde religiosa Sor Josefa Menéndez



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