jueves, 26 de febrero de 2026

CRISTO FUE HOSTIA EN SU CUERPO Y EN SU ALMA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    El Sacerdocio de Cristo es también perfectísimo por razón de la unión con la perfectísima Hostia ofrecida. Él mismo es simultáneamente Sacerdote y Víctima. Ninguna otra hostia sería digna de Su Sacerdocio. Cristo, además, fue Hostia no sólo en Su Cuerpo, sino también en Su Alma, que llegó a sentir ansias de muerte. El sacrificio externo y el interno no podían unificarse más. Ni la Hostia podía ser más pura, más digna, más consumida.  El Sacrificio del Calvario fue un holocausto perfectísimo: se cumplieron las palabras de San Juan Bautista: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo» (Evangelio de San Juan, cap. 1, vers. 29). 

                    El Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por la unión de Cristo con el Pueblo Cristiano, con la Humanidad completa de todos los tiempos y razas, que formó y debe formar Su Cuerpo Místico. Cristo, en efecto, ha muerto por todos los hombres, sin excepción alguna. El pueblo por el que se ofrece el Sacrificio de la Cruz no puede ser más numeroso, espacial y temporalmente; tampoco la unión, por parte de Cristo, puede ser más íntima. 

                    Cristo, pues, influyó moralmente en Su Cuerpo Místico por vía de mérito y satisfacción durante su vida terrestre; actualmente influye moralmente todavía por la oración de intercesión y físicamente, como instrumento en cuanto nos comunica todas las gracias que recibimos.

                    Por tanto, el Sacerdocio de Cristo es el más perfecto de todos por un triple motivo: Por la unión de Cristo-Hombre con Dios, con la Hostia ofrecida y con el Pueblo inmenso por el que Se ofrece. Ya no puede concebirse unión mayor del Sacerdote con Dios. Así se confirma la sentencia que sostiene que el Sacerdocio de Cristo se constituye formalmente, no por la gracia habitual capital, que puede, por la virtud infinita de Dios, aumentar lo mismo que la Caridad, sino por la gracia increada de Unión, que es la misma Persona del Verbo en cuanto termina, posee y santifica la Humanidad de Cristo y funda el valor infinito del Sacrificio de la Cruz y, por ende, el de la Misa. 

                    Se desprende que el Sacerdocio de Cristo es tan perfecto que no puede pensarse otro mayor: porque la unión del Sacerdote con Dios no puede ser más íntima que la hipostática. Porque el Sacerdote no puede unificarse más con la Hostia. Cristo es a la vez Sacerdote y Hostia. Y fue Víctima, no sólo en el Cuerpo, sino también en el Alma, que sufrió la tristeza hasta el punto de muerte. Porque el Sacerdote no puede unirse más al Pueblo ni éste ser más extenso: Cristo es Cabeza de todos los hombres y por todos ofrece Su Sacrificio. 


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



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