Prestaba una exacta obediencia a sus padres sin descuidar nunca hacer lo que ellos le ordenaban. Toda su diversión era quedarse a menudo mirando al cielo, porque sabía que allí estaba su Dios; y le enviaba cálidos suspiros suplicándole para que enviara pronto al mundo al Mesías prometido.
Luego tenía un gran afecto hacia el Patriarca Abraham, Isaac y Jacob y al Profeta David, y a menudo suplicaba a su padre para que le narrara la vida de estos, con el deseo de imitarlos; porque sabía que habían sido muy amados y favorecidos por su Dios; y el padre lo complacía y le narraba la vida, ya sea de uno, ya sea del otro. Nuestro José lo estaba escuchando con mucha atención y luego decía: -estos han sido amigos y favorecidos de nuestro Dios, y a estos debemos imitar en sus virtudes.
Nuestro José apenas había llegado a la edad de siete años, ya era capaz de todas las virtudes que estos Patriarcas habían practicado, y en la medida de sus fuerzas, se aplicaba para imitarlos en la Fe y en la confianza y amor hacia su Dios; y así iba creciendo nuestro José en las virtudes y cada vez más se volvía grato a los ojos de Dios.
Al igual que el Santo Profeta David alababa a su Dios de una manera especial siete veces al día, el también quiso practicarlo, y suplicaba a su Ángel para que lo despertara a tiempo, y así pudiese también alabar a su Creador en las horas de la noche. Ya sabía varias cosas de memoria para alabar a su Dios, y estas las iba repitiendo a menudo, tanto de día como de noche, con mucho gozo de su espíritu; y Dios no dejaba de iluminarlo siempre más y de acrecentar en él sus virtudes.
Estaba tan encendido de amor hacia su Dios, que al mismo tiempo que lo estaba alabando -muchas veces, aunque fuera de noche- abría la ventana de su habitación y se ponía a mirar el cielo, y aquí daba lugar para que su corazón ardiera levantando las llamas de amor hacia Él y decía: ¡oh, dichoso aquel que tendrá la suerte de ver con sus propios ojos al Mesías prometido!, ¡oh, dichoso el que tendrá la suerte de servirlo y de tratar con él!, ¡oh, que suerte será la suya! -Y esto lo decía con tanto ardor que quedaba estático por mucho tiempo, encendido por un vivo deseo de poderlo servir y prestarle todo el honor y servicio posible.
Ardía luego en el pecho de José un gran amor hacia el prójimo y deseaba ayudar a todos, por lo tanto decía a menudo a sus padres que hicieran limosnas a los pobres necesitados y que no se cuidaran en guardar la ropa para él, porque se contentaba en ser pobre, con tal de que los otros no hubiesen sufrido; y sus padres no dejaban de satisfacer su deseo, haciendo abundantes limosnas a los pobres, puesto que ellos también tenían la inclinación de usar gran caridad hacia los necesitados.


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