viernes, 9 de marzo de 2012

EL AMOR DEL ALMA ( IV ) Meditaciones de la Pasión de Jesucristo, por San Alfonso Mª. de Ligorio

   Un devoto solitario pedía al Señor que le enseñase el camino más seguro para llegar a la conquista de su perfecto amor. Y el Señor le reveló que para conseguir su intento el medio más a propósito era meditar con frecuencia los Dolores de Su Pasión. 




   Lloraba Santa Teresa y se lamentaba porque algunos libros le habían enseñado a dejar la meditación de la Pasión de Cristo, por ser impedimento que podía estorbarle la contemplación de la divinidad. Al caer la Santa en la cuenta del engaño exclamó: “Oh, Señor de mi alma y Bien mío, Jesucristo Crucificado!, no me acuerdo vez de esta opinión que tuve, que no me dé pena; y me parece que hice una gran traición, aunque con ignorancia. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento, ni una hora, que Vos me habíais de impedir para mayor bien?, ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?…” Y luego añade: “Y veo ya claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleitaba” (1).


   Por esta razón decía el Padre Baltasar Álvarez que por ignorar los tesoros que tenemos en Jesucristo, se pierden muchos cristianos: movido de este parecer, su meditación más frecuente y regalada versaba sobre la Pasión de Cristo, en la cual se recreaba, meditando de modo especial la pobreza, los desprecios y los Dolores de Jesucristo, y exhortaba a sus penitentes a que meditasen a menudo la Pasión del Redentor, diciéndoles que no creyesen haber hecho cosa de provecho si no llegaban a grabar en su corazón la imagen de Jesús Crucificado (2)

(1) Vida de Santa Teresa de Jesús, capítulo 22.
(2) Vida de Luis de La Puente, cap. 3, 2

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1 comentario:

  1. Siempre me he encomendado a san Alfonso María de Ligorio. No me gusta mucho hacer un ranking de santos, pero desde luego que san Alfonso estaría entre mis diez santos más queridos...
    Cuando he visto a gente cercana o a amigos leer libros de espiritualidad que en realidad no eran más que meros panfletos o programas de autoayuda propios de un curso a distancia, siempre he tratado de hacerles abandonar esas lecturas para que, al menos, leyeran la Práctica del amor a Jesucristo. Hasta ahora ninguno de los que siguieron mi consejo han salido decepcionados. Es verdad que el lenguaje de san Alfonso puede resultar un tanto extraño o anticuado (cosa que se resolvería con una nueva traducción más acorde con nuestro modo de expresión actual, aunque, sinceramente, no creo que esto sea estrictamente necesario); pero las pautas que este doctor va indicando permanecen inalterables: su guía espiritual es una de las mejores y merece ser leída y estudiada. Los cristianos de hoy viven confusos en gran medida. Creo que la culpa de esta confusión se debe al olvido de autores como este gran obispo italiano, patrono de moralistas y tan amante de nuestra santa Teresa de Jesús. Recordemos que él mismo solía encabezar sus escritos con las iniciales: jmj t (Jesús, María, José... y Teresa).
    En sus obras encontraremos un camino seguro, pues de ellas la Iglesia ha afirmado: nihil censura dignum −nada digno de censura se ha encontrado en las afirmaciones de san Alfonso−; de modo que uno puede estar seguro de no errar ni tropezar en el camino de la guía espiritual que nos ofrece: inoffenso pede percurri possunt.

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