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viernes, 2 de abril de 2021

MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Viernes Santo: MI SANGRE BAÑA LA TIERRA

 

               ¡Contempladme, Ángeles del Cielo!... ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los Espíritus Celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre Sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir Su último suspiro!... 

               Vedme también vosotras, almas que deseáis ser Mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo, destrozado por tanto tormento, camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre... ¡Sufro... sin que nadie se compadezca de Mi dolor!... La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!... ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa!



               Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de Mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a Mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de Su Dios..., y dar a Su Hijo con su actitud heroica aliento para continuar la obra de la Redención.

               Para Mí lo más grande es Mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve procura a Su Corazón un sufrimiento semejante al mío. ¡La muerte que Yo sufro en el Cuerpo la recibe Mi Madre en el Corazón! ¡Ah! ¡Cómo se clavan en Mí Sus ojos, y los Míos, oscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen Nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!...

               Pero... ha llegado la hora, y tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen Mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella. Con tal atroces sacudidas todo Mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en Mi cabeza más profundamente. ¡Oíd el primer martillazo que clava Mi mano derecha...; resuena hasta las profundidades de la tierra!... Ya clavan mi mano izquierda...; ante semejante espectáculo los Cielos se estremecen; los Ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencios... ¡Ni una queja se escapa de Mis labios! Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies...; las llagas se abren..., los nervios se desgarran..., los huesos se descoyuntan... ¡El dolor es inmenso!... ¡Mis pies quedan traspasados..., y Mi Sangre baña la tierra!...»

               ¡Estad atentos, Ángeles del Cielo!, y vosotros, todos los que me amáis. Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que, con el peso de Mi Cuerpo, se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!... A petición de Mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la Misericordia de Mi Padre Celestial..., legiones de Ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz...»

               ¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!..., sin poder hacer el menor movimiento..., desnudo..., sin fama..., sin honra, sin libertad... Todo se lo han arrebatado... ¡No hay quien se apiade y se compadezca de Su dolor...; solo recibe tormentos, escarnios y burlas!...; si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí? ¿A qué no estarás dispuesta para consolarme?. Y ¿qué rehusarás a Mi Amor?.


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", Revelaciones Privadas 

del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez



MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Viernes Santo: ÁMAME CON TODO TU CORAZÓN


               Ámame con todo tu corazón, porque Yo te amé y Me entregué a Mis enemigos por Mi propia y libre voluntad, mientras que Mis amigos y Mi Madre se quedaron en amargo dolor y llanto. 




               Cuando vi la lanza, los clavos, las correas y todos los demás instrumentos de Mi Pasión allí preparados, aún así acudí a sufrir con alegría. Cuando Mi Cabeza sangraba por todas las partes desde la Corona de Espinas, aún entonces, y aunque Mis enemigos se apoderasen de Mi Corazón, también, antes que perderte, dejaría que lo hiriesen y lo despedazasen.

               Por ello serías muy ingrata si, en correspondencia a tanta caridad, no me amases. Si Mi Cabeza fue perforada y se inclinó en la Cruz por ti, también tu cabeza debería inclinarse hacia la humildad. 

               Dado que Mis Ojos estaban ensangrentados y llenos de lágrimas, tus ojos deberían apartarse de visiones placenteras. Si Mis Oídos se obstruyeron de sangre y oí palabras de burla contra Mí, tus oídos tendrían que apartarse de las conversaciones frívolas e inoportunas.

               Al habérsele dado a Mi Boca una bebida amarga y negársele una dulce, guarda tu propia boca del mal y deja que se abra para el bien. Puesto que Mis Manos fueron estiradas y clavadas, que las obras simbolizadas en tus manos se extiendan a los pobres y a Mis Mandamientos. 

               Que tus pies, o sea, tus afectos, con los que debes caminar hacia Mí, sean crucificados a los deleites de manera que, igual que Yo sufrí en todos Mis miembros, también todos tus miembros estén dispuestos a obedecerme. Demando más servicios de ti que de otros porque te he dado una mayor gracia.


Sobre la Santísima Pasión de Nuestro Señor Jesucristo 

Tomado del Libro de Revelaciones de Santa Brígida de Suecia. 



jueves, 1 de abril de 2021

MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Jueves Santo: SENTÍ VENIR SOBRE MÍ TODOS LOS TORMENTOS

               

               Ven Conmigo, vamos a Getsemaní... Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y amargura que inundaron la mía en aquella hora.

               Después de haber predicado a las turbas, curado los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos... después de haber vivido tres años en medio de Mis Apóstoles para instruirlos y confiarles Mi Doctrina... les había enseñado, con Mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a practicar la caridad lavándoles los pies y haciéndome Su alimento. Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre... Redentor del género humano, iba a derramar Su Sangre y dar Su vida por el mundo... En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de Mi Padre.  




               ¡Almas queridas!. Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse a la Voluntad de Dios. También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo sienta. 

               Me retiré al Huerto con tres de Mis Discípulos para enseñaros, almas amadas de Mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración. Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios; Su Bondad, Su Poder, Su Misericordia, el Amor que os tiene. 

               Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras... Dejad que se mueva vuestra voluntad, a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro o silencio por medio de la oración. 

                Postraros humildemente, como criaturas en presencia de su creador, y adorad Sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina. Así me ofrecí Yo para realizar la Obra de la Redención del Mundo. ¡Ahí!, ¡qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en Mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!... Todo se agolpó ante Mis ojos y dentro de Mi Corazón.

               Al mismo tiempo vi las ofensas; los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos, y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a Mi Padre Celestial para implorar Misericordia. Me ofrecía como fiador para calmar Su Cólera y aplacar Su Ira. Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, Mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé sangre. ¡Oh! Almas que me hacéis sufrir de esta manera, ¿será esta Sangre salud y vida para vosotras?... ¿Será posible que esta angustia, esta Agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?... Aquí nos quedaremos hoy, Josefa. Permanece a mi lado en Getsemaní y deja que mi Sangre riegue y fortifique la raíz de tu pequeñez. 


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", Revelaciones Privadas 

del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez



MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Jueves Santo: HASTA EL FIN LOS AMÓ


                Sabiendo Jesús que era llegada Su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo Nuestro amable Redentor en la última noche de Su Vida que era ya llegado el tiempo de morir por el hombre, por el que tanto había suspirado, no pudo Su amoroso Corazón consentir en dejarnos solos en este valle de lágrimas. Para no separarse, pues, de nosotros ni aún por la muerte, quiso quedarse y dársenos a Sí Mismo en alimento en el Sacramento del Altar, haciéndonos entender con esto, que después de este Don Infinito nada más tenía ya que darnos para probarnos Su Amor. 




                Hasta el fin los amó. Es como si hubiera querido decir, los amó con un Amor sin fin y sin medida. Jesús en este Sacramento hizo el último esfuerzo de Amor para con los hombres, como dice el Abad Guerrico. Pero todavía fue mejor explicado esto por el Santo Concilio de Trento, el que hablando del Sacramento del Altar, dice que Nuestro Salvador derramó en él, por decirlo así, todas las Riquezas de Su Amor para con nosotros. 

               Tenía, pues, razón el angélico Santo Tomás en llamar a este Sacramento, Sacramento del Amor, y Prenda del Amor más admirable que un Dios pudo dar a los hombres. San Bernardo lo llama Amor de los Amores; y Santa María Magdalena de Pazzi decía que el alma después de la Comunión podía decir: Todo está consumado; esto es, dándoseme Dios a Sí Mismo en esta Comunión, nada más tiene que darme. Preguntando un día esta Santa a una de sus novicias en qué había pensado después de la Comunión, ella le respondió: En el Amor de mi Jesús. Sí, replicó la Santa, cuando se piensa en este Amor, en ninguna otra cosa se puede pensar; sino que es una necesidad el detenerse en él.

                El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en Él. San Dionisio Areopagita dice que el amor propende siempre a la unión con el objeto amado, y por cuanto el alimento viene a hacerse una misma cosa con el que le come, por eso quiso el Salvador hacerse nuestro alimento, a fin de que recibiéndole en la Santa Comunión vengamos a ser una misma cosa con Él. 

                Tomad y comed, dice Jesús, este es Mi Cuerpo; como si hubiera querido decir, observa San Juan Crisóstomo: ¡Oh hombres! alimentaos de Mí, para que de vosotros y de Mí se haga una misma cosa. Así como de dos pedazos de cera fundidos, dice San Cirilo de Alejandría, se hace uno solo, así el alma que comulga se une de tal suerte con Jesús, que Jesús está en ella, y ella en Jesús. ¡Oh mi tierno Salvador! exclama aquí San Lorenzo Justiniano, ¿cómo habéis podido llegar a amarnos hasta querer unirnos de tal modo a Vos, que de vuestro Corazón y del nuestro se haga un solo corazón?.

               Ved además el deseo inmenso que tuvo el Salvador toda Su Vida de ver llegar esta Noche, en la que había resuelto dejarnos una Prenda tan preciosa de Su Amor; pues que en el momento de instituir este Augusto Sacramento, dice: He deseado con ardiente deseo comer esta Pascua con vosotros, palabras con las que manifiesta el vivísimo deseo y el ansia que tenía de unirse a nosotros en la Comunión, comprimido Su Corazón por el amor que nos tenía. Esta palabra, dice San Lorenzo Justiniano, es la expresión de la más encendida Caridad. Pues este mismo deseo conserva todavía Jesús a todas las almas que le aman. Las abejas, dijo un día a Santa Matilde, no se arrojan con tanta vehemencia a las flores para extraer de ellas la miel, como Yo desciendo impelido de Mi Amor al alma que Me desea. 

               ¡Oh Amor de mi corazón!, ¡oh Sacramento Santísimo!, ¡que yo me acuerde siempre de Vos, a fin de olvidar todo lo demás, y de amaros a Vos solo siempre y sin reserva!.

               ¡Ah Jesús mío!: Vos habéis llamado tantas veces a la puerta de mi corazón que al fin habéis entrado en él , así lo espero; pero puesto que en él habéis entrado, arrojad de él, os ruego, todas las afecciones que no se enderecen a Vos: apoderaos de tal suerte de mí, que pueda yo también, como el Profeta, decir en adelante con verdad: ¡Dios mío !, ¿qué otra cosa deseo yo sino a Vos, ni en el Cielo ni en la tierra?. Vos solo sois y seréis siempre el único Dueño de mi corazón y de mi voluntad, y solo Vos debéis ser toda mi herencia, toda mi riqueza en esta vida y en la otra.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia



miércoles, 31 de marzo de 2021

MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Miércoles: SU SANGRE DIVINA CORRE POR TODAS PARTES


             Condúcenle, pues, a nuestro dulce Salvador así maniatado, primero a la casa de Anás, y después a la de Caifás, donde Jesús, interrogado por este mal hombre acerca de Sus Discípulos y de Su Doctrina, responde que él nada había hablado en secreto, sino en público, y que los mismos que le cercaban sabían bien lo que había enseñado. Mas a esta respuesta uno de los criados, tratándole de descortés y atrevido, le da una gran bofetada. 




               En seguida el inicuo pontífice le pregunta bajo  juramento si era verdaderamente el Hijo de Dios. Jesús por respeto al Nombre de Dios, afirma que así era; y rasgando entonces Caifás sus vestiduras, dice exclamando que ha blasfemado; y todos a la vez gritan que merecía la muerte. Sí, con razón, Jesús mío, os declaran digno de muerte, puesto que habéis querido encargaros de satisfacer por mí que merecía la muerte eterna.

              He aquí, pues, una turba inicua que os maltrata con bofetadas, que os ultraja con puntapiés, que os cubre de salivas la cara, que os hace todo cuanto quiere; ¡ y Vos no desplegáis los labios con amenazas ni reconvenciones!. Sino que como un cordero inocente, humilde y lleno de dulzura, lo sufre todo, aun sin quejarse, y todo lo ofrece a Su Padre para alcanzarnos el perdón de nuestros pecados.

               Llegada ya la mañana, los judíos conducen a Jesús delante de Pilato para hacerle condenar a muerte; mas Pilato lo declara inocente. Y a fin de librarse de la importunidad de los judíos, que continuaban pidiendo la muerte del Salvador, lo remitió a Herodes. Herodes se gozó mucho de ver conducir a Jesucristo en su presencia, esperando que para librarse de la muerte haría delante de él alguno de los prodigios de que había oído hablar; por eso le hizo muchas preguntas. Pero como no quería librarse de la muerte, y como este malvado no era digno de oír Sus respuestas, Jesús guarda el mayor silencio y nada le responde. Entonces este rey soberbio con toda su corte, le hizo experimentar muchos desprecios; y haciéndole poner una vestidura blanca, para demostrar que lo consideraba como un estúpido y un insensato, lo volvió a remitir a Pilato. El cardenal Hugo comenta así estas palabras: Burlándose de Él como de un fatuo, le vistió con una túnica blanca.

               "Viendo Pilato que los judíos continuaban en sus conmociones y alborotos tumultuosos contra Jesús, este juez inicuo le condena á ser azotado. El juez de iniquidad creyó que por este bárbaro me dio le conciliaría la compasión de sus enemigos, y así le libraría de la muerte. Yo le haré, pues castigar, dice, y le libertaré. La flagelación era un castigo reservado solo para los esclavos. Así pues, dice San Bernardo, nuestro amable Redentor no solo quiso tomar la forma de un esclavo para sujetarse a la voluntad de otro, sino también la de un mal esclavo para ser castigado con azotes.

               Llegado nuestro amable Salvador al pretorio, según revelación de Santa Brígida, se desnuda Él mismo de sus vestidos por mandado de los verdugos, abraza la columna, y después extiende sus manos para ser atado en ella. ¡Oh Dios! ya comienza el cruel suplicio. ¡Oh Ángeles del Cielo! venid a presenciar este doloroso espectáculo; y si no os es permitido librar a vuestro Rey del bárbaro ultraje que le preparan los hombres, venid por lo menos a llorar de compasión. 

               Y tú, alma mía, imagínate que te hallas presente a este horrible suplicio de tu amantísimo Redentor. Mira como tu afligido Jesús sufre con la cabeza inclinada, los ojos fijos en la tierra, todo cubierto de vergüenza, aquel indigno tratamiento. He aquí que aquellos bárbaros, como otros tantos perros rabiosos, se arrojan armados de látigos sobre la inocente víctima. ¿Ves? el uno hiere el pecho; el otro las espaldas; este los costados; aquel las piernas. Pero ¿qué digo? ni aun Su Sagrada Cabeza, ni su hermoso Rostro son perdonados. ¡Ay de mí! Ya Su Sangre Divina corre por todas partes: ya están llenas de sangre las disciplinas, las manos de los verdugos, la columna y hasta la misma tierra.

               ¡Deteneos, deteneos! sabed que estáis engañados: este hombre a quien atormentáis es un inocente, es un Santo; a mí, que soy el culpable; a mí, que soy el que ha pecado, es a quien son debidos los azotes y los suplicios...


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia.



martes, 30 de marzo de 2021

MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Martes: EN JESUCRISTO SE REUNIERON TODOS LOS DOLORES DE LOS HOMBRES


               El Verbo eterno para hacerse amar del hombre vino al mundo y tomó la naturaleza humana. Por eso vino con tan grande sed de padecer por nuestro amor, que no quiso existir un momento sin sufrir a lo menos con la aprensión. Apenas fue concebido en el seno de Su Madre, ya se representó todos los tormentos de Su Pasión, y para alcanzarnos el perdón y la gracia divina se ofreció al Padre Eterno, a fin de satisfacer con Sus sufrimientos por todos los castigos debidos a nuestros pecados; y desde entonces comenzó a padecer todo lo que más tarde sufrió en Su dolorosa Muerte. 




               ¡Ah! mi amable Redentor!, ¿y qué he hecho yo hasta aquí?, ¿qué he sufrido por Vos?. Si por mil años sufriera yo por Vos los tormentos que han pasado todos los Mártires, aun sería poco todo esto en comparación de aquel solo primer momento en que os ofrecisteis y comenzasteis a padecer por mí. Es verdad que los Mártires sufrieron grandes dolores y grandes ignominias; pero no los sufrieron sino en el tiempo de su martirio. Mas Jesús padeció siempre, desde el primer instante de su vida, todas las penas de su pasión; porque tuvo siempre delante de Sus ojos aquella escena horrible, en que debía sufrir de parte de los hombres tantos tormentos y tantas afrentas. Así dice él por boca del Profeta: Mi dolor está siempre presente A mis ojos. 

                ¡Ah Jesús mío!, Vos sois por mi amor tan ávido de sufrimientos que los habéis querido padecer antes de tiempo; ¡y yo tan ávido de los placeres de la tierra!, ¡Cuántos desagrados os he causado yo por contentar mi cuerpo!. Señor, por los méritos de vuestros sufrimientos arrancad de mi corazón toda afición a los placeres de la tierra. Por vuestro amor tomo ya la resolución de abstenerme de esta satisfacción... (nombra aquí tu pasión dominante y haz firme propósito de enmendarte)

               Usando Dios de compasión con nosotros, no nos ha dado a conocer las penas que nos aguardan antes del tiempo destinado a sufrirlas. Si un reo que espira en un cadalso hubiera conocido por revelación, desde su infancia, el suplicio que le esperaba, ¿hubiera podido jamás experimentar ningún gozo?. Si desde el principio de su reinado hubiese tenido presente Saúl la espada que debía atravesarle; si Judas hubiera visto de antemano el cordel que había de ahorcarle, ¡cuán amargas fueran sus vidas!. Pues Nuestro amable Redentor, desde el primer instante de la Suya, tuvo siempre presentes los azotes, las bofetadas, las espinas, la Cruz, los ultrajes de Su Pasión, la muerte dolorosa que le esperaba. 

             Cuando veía las víctimas ofrecidas en el Templo, se le representaban como otras tantas figuras del sacrificio que Él mismo, cordero sin mancilla, debía consumar en el Altar de la Cruz: cuando veía la ciudad de Jerusalén, sabía bien que allí era donde debía perder la vida en un mar de dolores y de oprobios: cuando fijaba la vista sobre Su tierna Madre, se imaginaba verla ya agonizando de dolor al pie de la Cruz en que Él mismo había de espirar. 

               Así, ¡oh Jesús mío! la vista horrible de tantos males os tuvo en un tormento y en una aflicción continua mucho tiempo antes del momento de vuestra Muerte, ¡y Vos habéis aceptado y sufrido todo esto por mi amor!. La sola vista ¡oh Jesús paciente! de todos los pecados del mundo, especialmente de aquellos con que preveíais que os había yo de ofender, hizo vuestra Vida la más afligida y mas dolorosa de todas las existencias pasadas y futuras. Mas, ¡oh Dios! ¿en qué ley la mas bárbara se halla escrito que un Dios ame a una de sus criaturas hasta este punto; y que después de esto viva esta sin amar a su Dios?, ¿qué digo? le contriste, y aun le ultraje?. ¡Ah! Señor, hacedme conocer la grandeza de vuestro amor, para que deje ya de ser ingrato. ¡Ah si yo os amara, Jesús mío! si yo os amara verdaderamente, ¡qué dulce me sería el sufrir por Vos!

               Vuestro dolor es grande como el mar... Así como las aguas de este son todas saladas y amargas, así la Vida de Jesús fue toda llena de amarguras y privada de todo consuelo, como se lo dijo Él mismo a Santa Margarita de Cortona. Además, como en el mar se reúnen todas las aguas de la tierra, así en Jesucristo se reunieron todos los dolores de los hombres. Por esto dice por boca del Salmista: Salvadme, ¡oh mi Dios! porque han entrado hasta lo íntimo de mi alma, y he quedado sumergido por un a tempestad de oprobios y dolores interiores y exteriores. 

               ¡Ah! mi tierno Jesús, mi amor, mi vida, mi todo, si miro vuestro Sagrado Cuerpo, yo no veo sino llagas: si entro después en vuestro Corazón desolado, yo no hallo en él sino amargura s y tristezas que os hacen sufrir las agonías de la muerte. ¡Ah mi divino Maestro!, ¿quién sino Yos, que sois una bondad infinita, podía llegar a sufrir hasta este punto, y morir por vuestra criatura?. Más porque Yos sois Dios, amáis como Dios, con un amor que ningún otro puede igualar.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia



lunes, 29 de marzo de 2021

MEDITACIONES PARA LA SEMANA SANTA. Lunes: "ME HA AMADO Y SE HA ENTREGADO POR MÍ..."



               Lo que mas abrasaba a San Pablo en el amor de Jesús era el pensamiento de que no solamente había querido morir por todos los hombres en general, sino también por él en particular. "Él me ha amado", decía, "y se ha entregado a sí mismo por mí...". Cada uno de nosotros puede decir otro tanto, porque asegura San Juan Crisóstomo que Dios ama tanto á cada hombre en particular, como amó a todo el mundo. Así que, no está menos obligado cada uno de nosotros a Jesucristo por haber padecido por todos, que si solo por él hubiera padecido. Pues bien, si Jesús muriera por ti solamente dejando a los demás en su perdición original, ¿qué obligación no le tuvieras?.

                Con todo, debes saber que todavía le debes estar mas obligado por haber muerto por todos. Si solo hubiera muerto por ti, ¿qué pena sería la tuya al pensar que tus mas allegados, tu padre y tu madre, tus hermanos y amigos perecerían eternamente , y que después de esta vida estarías para siempre separado de ellos? Si tú y toda tu familia hubierais caído en esclavitud, y alguno llegara a rescatarte a ti solo, ¿cuánto le suplicarías que rescatase también contigo a tus padre s y hermanos?, ¿y cuánto se lo agradecerías si lo hiciera así por complacerle?. 

               Decid, pues, todos a Jesús : ¡Ah , mi dulce Salvador! Vos habéis hecho esto por mí sin habéroslo yo rogado; y no solo me habéis rescatado a mí de la muerte a precio de Vuestra Sangre, sino también a mis parientes y amigos, de manera que yo puedo esperar que reunidos todos juntos nos gozaremos con Vos para siempre en el Cielo. Señor, yo os lo agradezco, yo os amo, y espero agradecéroslo y amaros eternamente en aquella Bienaventurada Patria. 

               ¿Quién, pues, pregunta San Lorenzo Justiniano , podrá explicar el amor que el Verbo divino tiene a cada uno de nosotros? porque este amor excede al de un hijo para con su madre, y al de una madre para con su hijo. ¡Oh Jesús! ¡oh bien más amable que todo otro bien!, ¿por qué os aman tan poco los hombres ?. ¡Ah! hacedles conocer lo que Vos habéis padecido por cada uno de ellos, el Amor que les profesáis, el deseo que tenéis de ser amado de ellos, los hermosos títulos que tenéis a su amor. Daos a conocer, ¡oh Jesús mío!, haceos amar.




               Dos cosas, dice Cicerón, hacen conocer al que ama: hacer bien al amado, y padecer tormentos por él : y esta última es la mayor señal de un verdadero amor. Ya había hecho Dios resplandecer su amor al hombre con tantos beneficios de que le había colmado; mas creyó, dice San Pedro Crisólogo, que el ser solamente bienhechor del hombre era demasiado poco para su Amor, si no hallaba todavía el medio de mostrarle cuanto le amaba, sufriendo también los mayores tormentos y muriendo por él, como lo ha hecho tomando la naturaleza humana. ¿Y qué otro medio más propio podía Dios escoger par a manifestar el Amor inmenso que nos tiene, que el de hacerse hombre y padecer por nosotros?.

               ¿Y quién podrá en adelante excusarse de amaros, viéndoos a Vos, Hijo predilecto del Padre Eterno, terminar voluntariamente por nosotros vuestra Vida con una muerte tan amarga y tan cruel?


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia