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domingo, 18 de octubre de 2026

SAN LUCAS, Apóstol y Evangelista


Medicus carnis, factus 
est medicus animarum

Médico de la carne, fue 
hecho médico de las almas

(San Jerónimo, "De Viris Illustribus", VII)




                    Nacido en la célebre ciudad de Antioquía de Siria -cuna donde por primera vez los discípulos del Crucificado fueron llamados «cristianos» (Hechos de los Apóstoles, cap. 11, vers. 26)-, Lucas no pertenecía según la carne a la estirpe de Abraham. Provenía del mundo pagano helenizado y poseía una refinada formación literaria y científica.

                    Ejercía la medicina («Lucas, medicus carissimus», Colosenses, cap. 4, vers. 14), profesión de gran estima en la antigüedad clásica. Su conversión a la Verdad no fue fruto del testimonio de los sentidos durante la vida terrena de Nuestro Señor, sino del anuncio apostólico y del auxilio de la Gracia que abre el entendimiento a la Luz Divina.

                    Unido indisolublemente al Apóstol de las Gentes a partir de su segundo viaje misionero, San Lucas se convirtió en su más fiel colaborador, médico y amanuense. Acompañó al Gran Pablo en sus viajes por Macedonia, Acaya y Asia Menor, hasta compartir con él las cadenas de su primer y segundo cautiverio en Roma.

                    En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)

                    Inspirado por el Espíritu Santo, San Lucas redactó el Tercer Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Su obra, dedicada al ilustre Teófilo, destaca por un rigor metodológico excepcional, superior al de los historiadores profanos de su tiempo. Como él mismo señala en su célebre prólogo redactado en el más elegante griego koiné: «Visum est et mihi, mesequuto a principio omnibus diligenter, ex ordine tibi scribere, optime Theophile...» (San Lucas, cap. 1, 3)

                    Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).

                    Junto con su labor de pluma, una antigua y venerable tradición patrística -atestiguada desde los primeros siglos de la Cristiandad- atribuye a San Lucas la factura de los primeros retratos de la Santísima Madre de Dios con el Niño en brazos, legando a la Iglesia la veneración de la Santa Imagen como sacramental de la Encarnación.

                    Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.

NOTA

            1) Su cuerpo reposa en un sarcófago de mármol en el transepto izquierdo de la Basílica de Santa Justina.



lunes, 25 de marzo de 2024

LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

     

               "Al sexto mes envió Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

               Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El Ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por Nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, Su padre; Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y Su reino no tendrá fin.»

              María respondió al Ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será Santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, Tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la Esclava del Señor; hágase en Mí según tu palabra.» Y el Ángel, dejándola, se fue."


Evangelio de San Lucas, cap.1, vers. 26-38



              San Luis María Grignión de Montfort, el Apóstol de la Esclavitud Mariana, tenía la Festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, como el día principal para los Esclavos de María, pues en aquél día Nuestra Madre Bendita, pronunció ante el Anuncio del Arcángel San Gabriel, las palabras que son compendio para un verdadero católico: "Yo Soy la Esclava del Señor; hágase en Mí lo que me has dicho"


PRÁCTICA INTERIOR DE ENTREGA
como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora
La Purísima Virgen María


               La práctica esencial de esta Devoción, consiste en realizar todas las acciones EN MARÍA, CON MARÍA, POR MARÍA y PARA MARÍA es decir, en tomar a la Santísima Virgen como el modelo acabado de tus acciones. Debes pues renunciar a tu egoísmo y a tus mejores puntos de vista, abandonándote en Dios, consciente de tu incapacidad para todo bien sobrenatural y para toda acción útil a tu salvación.

               Por eso, como Esclavo de la Virgen, tienes que recurrir a Ella y unirte a Sus intenciones, aunque no las conozcas; confía como buen hijo que la Madre de Dios obrará entonces en ti lo que mejor le parezca. Entiende que no hay vida interior ni acción espiritual posibles que no dependan de Ella.



PRÁCTICA EXTERIOR DE ENTREGA
como Esclavo de Amor a Nuestra Reina y Señora 
la Purísima Virgen María


              La primera es entregarse, en algún día señalado, a Jesucristo, por manos de María, cuyos esclavos nos hacemos, comulgar al efecto en ese día y pasarlo en oración. Y esta Consagración ha de renovarse por lo menos todos los años en el mismo día. Como recuerdo de esta Consagración, podemos y debemos usar una cadena, alrededor del cuello o bien en la cintura o tobillo, para recordarnos que pertenecemos a Nuestra Madre y Señora María.

            La segunda dar todos los años en el mismo día un pequeño tributo a la Santísima Virgen en testimonio de servidumbre y dependencia; tal es siempre el homenaje de los esclavos para con sus señores. Consiste, pues, este tributo en alguna mortificación, limosna o peregrinación, o en algunas oraciones. Lo importante es que, si no se le da mucho a María, debe al menos ofrecerse lo que se le presente con humildad y agradecido corazón.

            La tercera es celebrar todos los años con devoción particular la Fiesta de la Anunciación, que es la Fiesta principal de esta Devoción establecida para honrar e imitar la dependencia en que el Verbo Eterno por amor nuestro en este día se puso.


ORACIÓN DE LOS ESCLAVOS DE MARÍA 


                    Os saludo, María, Hija predilecta del Padre Eterno. Os saludo, María, Madre admirable del Hijo. Os saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo. Os saludo, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana. Os saludo, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por Misericordia, y yo soy todo Vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.

                    Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo enseguida, os lo suplico, y haceos Dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.

                La luz de vuestra Fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de Su presencia mi memoria, la caridad de vuestro Corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y Su Divina Voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.



                No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los Ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.

                  Esta es, Bienaventurada Virgen María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos.

               La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el Cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la Eternidad. Amén.


EL SECRETO DE MARÍA por San Luis María Grignión de Montfort