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lunes, 8 de agosto de 2022

CRISTO LLORÓ POR LAS ALMAS TIBIAS E INDIFERENTES



               Es posible que no hayamos arrojado a Nuestro Señor de nuestra alma. Pero, ¿cómo tratamos a este Divino Huésped? ¿Es Él el objeto de todas las atenciones, el centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿O, simplemente, existe para Él un pequeño espacio donde se lo tolera, como huésped secundario, aburrido, un tanto inoportuno?

               Cuando el Divino Maestro gimió, lloró, sudó sangre durante la Pasión no lo atormentaban apenas los dolores físicos, ni sólo los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en aquel momento lo perseguían. También lo atormentaba todo cuanto contra Él y la Iglesia haríamos en los siglos venideros. Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arrios, Nestorios, Luteros, pero lloró también porque veía delante de sí al cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes, que sin perseguirlo no lo amaban como debían.

               Es la falange incontable de los que pasaron la vida sin odio y sin amor, los cuales –según Dante– quedaban fuera del Infierno, porque ni en el infierno había un lugar adecuado para ellos.

               ¿Estamos nosotros en este cortejo?


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira
"O Legionário", 30 de Marzo de 1947



jueves, 21 de mayo de 2020

Odiar lo que de suyo es odiable no es pecado




"...los odié con odio perfecto"

(Salmo. 139, 22)


               No siempre odiar es pecado. La Doctrina Católica enseña que el odio al prójimo es un pecado opuesto directamente a la caridad fraterna y este odio se llama “odio de enemistad” y es siempre pecado mortal. Sin embargo, el llamado “odio de abominación” que recae sobre el prójimo en cuanto que es pecador, perseguidor de la Iglesia o por el mal que nos causa injustamente a nosotros, puede ser recto y legítimo si se detesta, no la persona misma del prójimo, sino lo que hay de malo en ella; pero, si se odia por lo que hay en ella de bueno o por el mal que nos causa justamente a nosotros (v.gr., si se odia al juez que castiga legítimamente al delincuente), se opone a la caridad, y es pecado de suyo grave, a no ser por parvedad de materia o imperfección del acto.

               No hay pecado alguno en desearle al prójimo algún mal físico, pero bajo la razón de bien moral (v.gr. una enfermedad para que se arrepienta de su mala vida). Tampoco sería pecado alegrarse de la muerte del prójimo que sembraba errores o herejías, perseguía a la Iglesia, etc., con tal que este gozo no redunde en odio hacia la persona misma que causaba aquel mal. La razón es porque odiar lo que de suyo es odiable no es ningún pecado, sino de todo obligatorio cuando se odia según el recto orden de la razón y con el modo y finalidad debida.

               Sin embargo, hay que estar muy alerta para no pasar del odio de legítima abominación de lo malo al odio de enemistad hacia la persona culpable, lo cual jamás es lícito aunque se trate de un gran pecador, ya que está a tiempo todavía de arrepentirse y salvarse. Solamente los demonios y condenados del infierno se han hecho definitivamente indignos de todo acto de caridad en cualquiera de sus manifestaciones.


Padre Fray Antonio Royo Marín OP, "Teología de la Caridad"