Ahora no se persigue a los lobos carniceros; ahora, Sacerdotes, Obispos y Cardenales atacan los mismos Dogmas, que la Teología secular de la Iglesia había enseñado como la Verdad Revelada. Ahora se lanzan las censuras más graves de la Iglesia, para aquéllos, que tienen la audacia de defender lo que aprendieron en las aulas eclesiásticas de mayor prestigio, de Sacerdotes eminentes por su ciencia teológica...
Aunque falte el Papa, aunque, por un imposible, faltasen todos los Obispos, la Iglesia no quedaría sin Cabeza, porque nunca la ha abandonado, ni la abandona, ni la abandonará Cristo, que es su Divina Cabeza y cumple perennemente Sus infalibles promesas: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos".
Falta el Vicario, falta el lugarteniente, falta el administrador; pero no falta la Cabeza. Si, por un imposible, el Papa y los Obispos en su mayoría se apartasen de la Verdadera Doctrina de Cristo, si se opusiesen a la Tradición Apostólica, de un modo palpable y manifiesto, ¿podríamos decir que siguen siendo los visibles representantes de Jesucristo y que nosotros estamos obligados a obedecerles, contra los dictámenes de nuestra conciencia, contra las no interrumpidas enseñanzas del Magisterio auténtico e infalible, contra la misma Doctrina revelada, que ha llegado a nosotros por la Tradición y la Escritura y por el mismo Magisterio de la Iglesia?.
Vale la pena citar aquí el pasaje elocuente de la Epístola de San Pablo a los Gálatas (II, 11), en el que San Pablo, con libertad de espíritu y anteponiendo a Dios sobre los criterios o conveniencias humanas, reprende a San Pedro, primer Papa, por sus condescendencias con los judaizantes. En ese pasaje aparece claramente la dependencia que el sumo ejercicio de la autoridad humana ha de tener respecto a la autoridad suprema e infinita de Dios. He aquí las palabras del Apóstol: "Mas, cuando Cefas (Pedro) vino a Antioquía le resistí cara a cara, por ser digno de reprensión. Pues él, antes que viniesen ciertos hombres de parte de Santiago, comía con los gentiles; mas, cuando llegaron aquéllos, se retractaba y se apartaba, por temor a los que eran de la circuncisión. Y los otros judíos incurrieron con él en la misma hipocresía, tanto que hasta Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos. Mas, cuando yo vi que no andaban rectamente, conforme a la verdad del Evangelio, dije a Cefas (Pedro) en presencia de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles, y no como los judíos, ¿cómo obligas a los gentiles, a judaizar? Nosotros somos judíos de nacimiento, y no pecadores procedentes de la gentilidad; mas, sabiendo que el hombre es justificado, no por obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, nosotros mismos hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados, por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley; puesto que por las obras de la Ley no será justificado mortal alguno".
Nadie puede condenar la actitud y los enérgicos conceptos, con que el Apóstol de las gentes reprocha la debilidad, las condescendencias, el disimulo del Jefe visible de la Iglesia, por complacer a los judaizantes y evitar así los compromisos, que una actitud franca y honesta respecto a la gentilidad convertida pudiera ocasionarle de parte de aquellos falsos hermanos, que, cristianos en apariencia, seguían adheridos a la Ley mosaica.
Esta es la situación actual, en el mejor de los casos. El Papa Montini (Pablo VI) ha tolerado, disimulado, aparentado condescender con las exigencias absurdas, anticatólicas y, en muchos casos, abiertamente heréticas, de los dirigentes del "progresismo", ya sean Cardenales, Obispos, Clérigos o simples laicos. ¿Qué hubiera dicho y hecho San Pablo, ante esa caótica situación, ante esa "autodemolición" de la Iglesia, ante esas condescendencias por complacer en "ecuménico" diálogo, a los "separados", cuya ambición es reducir nuestra Iglesia a una vergonzosa secta, a una rama seca, desgajada del tronco de la Cruz de Cristo? ¿Qué hubiera opinado el Apóstol de los Gentiles ante el silencio inexplicable de la mayoría de los obispos, que más se preocupan por ajustar la Iglesia al mundo, que en predicar "oportune et importune" la doctrina austera que implica la Cruz de Cristo?
San Pablo reprendió en Pedro la simulación, la hipocresía, el disimulo, para acomodarse, siquiera fuera en las apariencias, a las exigencias de los judaizantes. Pablo fustigaría ahora, la claudicación, la tolerancia, la desviación manifiesta de la doctrina recibida, que pretende cambiar el Reino de Dios y Su Justicia, por la utópica "justicia de los hombres", que hoy llamamos "justicia social".
NOTA
"No puede haber, por consiguiente, ninguna verdadera oposición o pugna entre la misión invisible del Espíritu Santo y el oficio jurídico que los Pastores y Doctores han recibido de Cristo; pues estas dos realidades —como en nosotros el cuerpo y el alma— se completan y perfeccionan mutuamente y proceden del mismo Salvador Nuestro, quien no sólo dijo al infundir el soplo divino: "Recibid el Espíritu Santo", sino también imperó con expresión clara: "Como me envió el Padre, así os envío Yo; y asimismo "el que a vosotros oye, a Mí Me oye" (Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis Christi", 29 de Junio de 1943)
BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA DEL AUTOR
El Padre Joaquín Sáenz y Arriaga nació en Morelia, Michoacán, México, el 12 de Octubre de 1899. A los 13 años ingresó en la Compañía de Jesús, cursando en el Seminario de Loyola en Barcelona, España, en 1916. Estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma y obtuvo tres doctorados: en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico. Fue ordenado Sacerdote el 30 Abril de 1930 por el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez.
En 1952 abandonó la Compañía de Jesús. Durante la década de 1960, se opuso firmemente a las reformas del Concilio Vaticano II y a la implementación de la nueva misa (Novus Ordo). Junto a los entonces sacerdotes Moisés Carmona y Adolfo Zamora, fundó la Unión Católica Trento en México, e inspiró a tradicionalistas en Estados Unidos a crear organizaciones similares para mantener el culto católico previo a las reformas. El Padre Joaquín Sáez y Arriaga entregó su alma a Dios el 28 de Abril de 1976 en la Ciudad de México, a los 76 años.


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