sábado, 19 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LA SALETTE, LAS LÁGRIMAS POR EL PECADO DEL MUNDO



               "La Santísima Virgen lloró durante casi todo el tiempo que me habló. Sus lágrimas fluían lentamente, una a una, hasta Sus rodillas… y luego, como chispas de luz, desaparecían. Eran brillantes y llenas de amor. Yo hubiera querido consolarla y que no llorara. Pero me parecía que necesitaba mostrar Sus lágrimas para demostrar mejor su amor olvidado por los hombres. 

                Las lágrimas de Nuestra tierna Madre, lejos de debilitar Su aire majestuoso de Reina y Señora, parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable, más radiante. Los ojos de la Santísima Virgen, Nuestra tierna Madre, no pueden describirse con lenguaje humano. Haría falta un serafín para hablar de ellos, haría falta el lenguaje mismo de Dios, de Dios que formó a la Virgen Inmaculada, Obra Maestra de Su Poder. 

                Los ojos de la augusta María parecían mil y mil veces más hermosos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas. Eran como la Puerta de Dios, a través de la cual se veía todo lo que puede encantar el alma... bastarían para ser el Cielo de un bienaventurado; bastaría para hacer entrar a un alma en la plenitud de la Voluntad del Altísimo, entre todos los acontecimientos que se suceden en el curso de la vida; bastaría para impulsar a un alma a continuos actos de alabanza, de acción de gracias, de reparación y de expiación..."


Declaración de Mélanie Calvat, recogida por el Padre Fray Pie Raymond Régamey O.P.
en “Les plus beaux textes sur la Vierge”


                   Sucedió este gran acontecimiento en una meseta montañosa al sudeste de Francia, cerca del poblado de La Salette. Un niño llamado Maximino Giraud, de once años y la joven Melania Mathieu, de quince años, estaban cuidando el ganado. Melanie estaba acostumbrada y entrenada a este tipo de trabajo desde que tenía nueve años de edad, pero todo era nuevo para Maximino. Su padre le había pedido que lo hiciera como un acto generoso para cooperar con el granjero que tenía a su ayudante enfermo por esos días. 

                   Según el propio Relato de Melania: El día 18 de Septiembre de 1846, víspera de la Aparición de la Santísima Virgen, estaba yo sola, como siempre, cuidando el ganado de mi amo, alrededor de las once de la mañana vi a un niño que se aproximaba hacia mí. Por un momento tuve miedo, pues me parecía que todos deben saber que evitaba todo tipo de compañía. El niño se acercó y me dijo: "Hey niña, voy a ir contigo, soy de Corps". A estas palabras mi malicia natural se mostró y le dije: "No quiero a nadie a mi alrededor. Quiero estar sola". Pero él, siguiéndome, dijo: "Mi amo me envió aquí para que contigo cuidara el ganado. Vengo de Corps". Me separé molesta de él, dándole a entender que no quería a nadie alrededor mío. Cuando estaba ya a cierta distancia me senté en la hierba. Usualmente de esta forma hablaba a las florecitas o al Buen Dios.




                   Después de un momento, detrás de mí estaba Maximino sentado y directamente me dijo: "Déjame estar contigo, me portaré muy bien". Aún en contra de mi voluntad y sintiendo un poco de lástima por Maximino le permití quedarse. Al oír la campana de la Salette para el Ángelus, le indiqué elevar su alma a Dios. El se quitó el sombrero y se mantuvo en silencio por un momento. Luego comimos y jugamos juntos. Cuando cayó la tarde bajamos la montaña y prometimos regresar al día siguiente para llevar al ganado nuevamente.

                  Al día siguiente, Sábado, 19 de Septiembre, de 1846, el día estaba muy caluroso y los dos jovencitos acordaron comer su almuerzo en un lugar sombreado. Melania había descubierto que Maximino era muy buen niño, simple y dispuesto a hablar de lo que ella deseara. Era muy flexible y juguetón, pero sí un poco curioso. Llevaron el ganado a una pequeña quebrada y encontrando un lugar agradable decidieron tomar una siesta. Ambos durmieron profundamente. Melania fue la primera en despertar. El ganado no estaba a su vista, entonces rápidamente llamó a Maximino. Juntos fueron en su búsqueda por los alrededores y lo encontraron pastando plácidamente.

                   Los dos jóvenes volvían en la búsqueda de sus utensilios donde habían llevado su almuerzo y cerca de la quebrada en donde habían hecho la siesta divisaron un globo luminoso que parecía dividirse. Melania pregunta a Maximino si el ve lo que ella está viendo. ¡Oh Dios mío!, exclamó Melania dejando caer la vara que llevaba. Algo fantásticamente inconcebible la inundaba en ese momento y se sintió atraída, con un profundo respeto, llena de amor y el corazón latiéndole más rápidamente. Vieron a una Señora que estaba sentada en una enorme piedra. Tenía el rostro entre sus manos y lloraba amargamente. Melania y Maximino estaban atemorizados, pero la Señora, poniéndose lentamente de pie, cruzando suavemente sus brazos, les llamó hacía ella y les dijo que no tuvieran miedo. Agregó que tenía grandes e importantes nuevas que comunicarles. Sus suaves y dulces palabras hicieron que los jóvenes se acercaran apresuradamente. Melania cuenta que su corazón deseaba en ese momento adherirse al de la bella Señora.

                    La Señora era alta y de apariencia majestuosa. Tenía un vestido blanco con un delantal ceñido a la cintura, no se podría decir que era de color dorado pues estaba hecho de una tela no material, más brillante que muchos soles. Sobre Sus hombros lucía un precioso chal blanco con rosas de diferentes colores en los bordes. Sus zapatos blancos tenían el mismo tipo de rosas. De Su cuello colgaba una cadena con un Crucifijo. Sobre la barra del Crucifijo colgaban de un lado el martillo y del otro las tenazas. De Su cabeza una corona de rosas irradiaba rayos luminosos, como una diadema. En Sus preciosos ojos habían lágrimas que rodaban sobre Sus mejillas. Una luz más brillante que el Sol pero distinta a éste le rodeaba.

                      Le dijo a los jóvenes que la mano de Su Hijo era tan fuerte y pesada que ya no podría sostenerla, a menos que la gente hiciera penitencia y obedeciera las Leyes de Dios. Si no, tendrían mucho que sufrir. "La gente no observa el Día del Señor, continúan trabajando sin parar los Domingos. Tan solo unas mujeres mayores van a Misa en el verano. Y en el Invierno cuando no tienen más que hacer van a la iglesia para burlarse de la Religión. El tiempo de Cuaresma es ignorado. Los hombres no pueden jurar sin tomar el Nombre de Dios en vano. La desobediencia y el pasar por alto los Mandamientos de Dios son las cosas que hacen que la mano de Mi Hijo sea más pesada".

                    La Santísima Virgen continuó conversando y les predijo una terrible hambruna y escasez. Dijo que la cosecha de patatas se había echado a perder por esas mismas razones el año anterior. Cuando los hombres encontraron las patatas podridas, juraron y blasfemaron contra el Nombre de Dios aún más. Les dijo que ese mismo año la cosecha volvería a echarse a perder y que el maíz y el trigo se volverían polvo al golpearlo, las nueces se estropearían, las uvas se podrirían. Después, la Señora comunica a cada joven un secreto que no debían revelar a nadie, excepto al Santo Padre, en una petición especial que el mismo les haría.

                   La Señora agregó que si el pueblo se convirtiera, las piedras y las rocas se convertirían en trigo y las patatas se encontrarían sembradas en la tierra. Entonces preguntó a los jovencitos: "¿Hacéis bien vuestras oraciones, hijos Míos?" Respondieron los dos: "¡Oh! no, Señora; no muy bien." ; "¡Ay, hijos Míos! Hay que hacerlas bien por la noche y por la mañana. Cuando no podáis hacer más, rezad un Padrenuestro y un Avemaría; y cuando tengáis tiempo y podáis, rezad más."

                   Con su voz maternal y solícita les termina diciendo: "Pues bien, hijos míos, decid esto a todo Mi pueblo". Luego continuó andando hasta el lugar en que habían subido para ver donde estaban las vacas. Sus pies se deslizan, no tocan más que la punta de la hierba sin doblarla. Una vez en la colina, la hermosa Señora se detuvo. Melania y Maximino corren hacia ella apresuradamente para ver a donde se dirige. La Señora se eleva despacio, permanece unos minutos a unos metros de altura, mira al cielo, a su derecha (¿hacia Roma?), a su izquierda (¿Francia?), a los ojos de los niños, y se confunde con el globo de luz que la envuelve. Este sube hasta desaparecer en el firmamento.

                   Al principio solo algunos creían lo que los jóvenes decían haber visto y oído. Los campesinos que habían contratado a los jóvenes estaban sorprendidos que, siendo estos tan ignorantes, fueran capaces de transmitir y relacionar tan complicado mensaje tanto en francés, el cual no entendían bien, como en patuá (dialecto francés) en el cual describían exactamente lo que decían.




                   A la mañana siguiente Melania y Maximino fueron llevados a ver al Párroco. Era un Sacerdote de edad avanzada, muy generoso y respetado. Al interrogar a los jóvenes, escuchó todo el relato, ante el cual quedó muy sorprendido y realmente pensó que ellos decían la verdad. En la Misa del Domingo siguiente habló de la visita de la Señora y Su petición. Cuando llegó a oídos del Obispo que el Párroco había hablado sobre la Aparición desde el púlpito, éste fue reprendido y reemplazado por otro Sacerdote.

                   Melania y Maximino eran constantemente interrogados tanto por los curiosos como por los devotos. Ellos simplemente contaban la misma historia, repitiéndola una y otra vez. A los que estaban interesados en subir la montaña, les señalaban el lugar exacto donde la Señora se había aparecido. En varias ocasiones fueron amenazados de ser arrestados si no negaban lo que continuaban diciendo. Sin ningún temor y vacilación reportaban a todos los mensajes que la Señora había dado.

                   Surgió una fuente cerca del lugar donde la Señora se había aparecido y el agua corría colina abajo. Muchos milagros empezaron a ocurrir. Las terribles calamidades que fueron anunciadas se empezaron a cumplir. La terrible hambruna de patatas de 1846 se difundió, especialmente en Irlanda donde muchos murieron. La escasez de trigo y maíz fue tan severa que más de un millón de personas en Europa murieron de hambre. Una enfermedad afectó las uvas en toda Francia. Probablemente el castigo hubiera sido peor de no haber sido por los que acataron el mensaje de La Salette. Muchos comenzaron a ir a Misa. Las tiendas fueron cerradas los Domingos y la gente cesó de hacer trabajos innecesarios el Día del Señor. Las malas palabras y las blasfemias fueron disminuyendo.


EL SECRETO DE LA SALETTE
Última redacción hecha por la vidente Melanie Calvat
Autorizada por el Obispo de Lecce, Mons. Zola en 1879


                      Melania: Esto que Yo te voy a decir ahora no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858. 

              Los Sacerdotes, Ministros de Mi Hijo, los Sacerdotes, por su mala vida, por sus irreverencias e impiedad al celebrar los Santos Misterios por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza, sí, los Sacerdotes piden venganza y la venganza pende de sus cabezas. ¡Ay de los Sacerdotes y personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y mala vida crucifican de nuevo a Mi Hijo! Los pecados de las personas consagradas a Dios claman al Cielo y piden venganza, y he aquí que la venganza está a las puertas, pues ya no se encuentra nadie que implore misericordia y perdón para el Pueblo; ya no hay almas generosas ni persona digna de ofrecer la Víctima sin mancha al Eterno a favor del mundo. 

               Dios va a castigar de una manera sin precedentes. ¡Ay de los habitantes de la Tierra!. Dios va a derramar Su cólera y nadie podrá sustraerse a tantos males juntos. 

              Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer. Dios permitirá a la antigua serpiente poner divisiones entre los soberanos, en todas las sociedades y en todas las familias. Se sufrirán penas físicas y morales. Dios abandonará a los hombres a sí mismos y enviará castigos que se sucederán durante más de 35 años. 

               La Sociedad está en vísperas de las más terribles calamidades y los más grandes acontecimientos. Se verá obligada a ser gobernada por una vara de hierro y a beber el cáliz de la Cólera de Dios. 

               Que el Vicario de Mi Hijo, el soberano Pontífice Pío IX, no salga ya de Roma después del año de 1859; pero que sea firme y generoso; que combata con las armas de la fe y del amor. Yo estaré con él. 

               Que desconfíe de Napoleón, su corazón es doble, y cuando quiera ser a la vez Papa y Emperador, muy pronto se retirará Dios de él. Es esa águila que queriendo siempre elevarse, caerá sobre la espada de la cual quería servirse para obligar a los pueblos a ensalzarlo. 

               Italia será castigada por su ambición de querer sacudir el yugo del Señor de los Señores; también será entregada a la guerra. La sangre correrá por todas partes. Las Iglesias serán cerradas o profanadas. Los Sacerdotes y religiosos serán perseguidos; se les hará morir, y morir con una muerte cruel. Muchos abandonarán la Fe y el número de Sacerdotes y religiosos que se separarán de la Verdadera Religión será grande; entre estas personas se encontrarán incluso Obispos. 

               Que el Papa se ponga en guardia contra los obradores de milagros, pues ha llegado el tiempo en que los prodigios más asombrosos tendrán lugar en la tierra y en los aires.  

               En el año de 1864 Lucifer, con gran número de demonios, serán desatados del Infierno. Abolirán la Fe poco a poco, aún entre las personas consagradas a Dios; las cegarán de tal manera que, a menos de una gracia particular, esas personas tomarán el espíritu de sus malos ángeles: muchas casas religiosas perderán completamente la Fe y perderán a muchísimas almas. 

               Los libros malos abundarán en la Tierra y los espíritus de las tinieblas extenderán por todas partes un relajamiento universal en todo lo relativo al servicio de Dios y obtendrán un poder extraordinario sobre la naturaleza: habrá Iglesias para servir a esos espíritus. Habrá por todas partes prodigios extraordinarios, porque la Verdadera Fe se ha extinguido y la falsa luz alumbra al mundo. Ay de los Príncipes de la Iglesia que se hayan dedicado únicamente a amontonar riquezas sobre riquezas, poner en salvo su autoridad y a dominar con orgullo!. 

               El Vicario de Mi Hijo tendrá mucho que sufrir, porque por un tiempo la Iglesia será entregada a grandes persecuciones. Esta será la hora de las tinieblas. La Iglesia tendrá una crisis espantosa. 

               Dado el olvido de la Santa Fe en Dios, cada individuo querrá guiarse por sí mismo y ser superior a sus semejantes. Se abolirán los poderes civiles y eclesiásticos; todo orden y toda justicia serán pisoteados; no se verán más que homicidios, odio, envidia, mentira y discordia sin amor por la patria y por la familia. 

               El Santo Padre sufrirá mucho. Yo estaré con él hasta el fin para recibir su sacrificio. Los malvados atentarán muchas veces contra su vida, sin poder poner fin a sus días; pero ni él ni su sucesor verán el Triunfo de la Iglesia de Dios. 

               Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo plan, que será abolir y hacer desaparecer todo principio religioso, para dar lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de vicios.




               En el año de 1865 se verá la abominación en lugares santos, en los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio será como el rey de los corazones. Que los que estén al frente de las comunidades religiosas vigilen a las personas que han de recibir, porque el demonio usará toda su malicia para introducir en las órdenes religiosas a personas entregadas al pecado, pues los desórdenes y el amor de los placeres carnales se extenderán por toda la Tierra. 

               Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra; la sangre correrá por las calles; el francés luchará contra el francés, el italiano contra el italiano; enseguida habrá una guerra universal que será espantosa. Por algún tiempo Dios no se acordará de Francia ni de Italia, porque el Evangelio de Cristo no es ya conocido. Los malvados desplegarán toda su malicia, se matarán, se asesinarán mutuamente aún dentro de las casas. 

               Al primer golpe de su espada fulminante las montañas y la naturaleza temblarán de espanto, porque los desórdenes y los crímenes de los hombres traspasan la bóveda de los Cielos. París será quemado y Marsella engullida. Varias grandes ciudades serán sacudidas y engullidas por terremotos. Se creerá que todo está perdido. No se verán más que homicidios, no se verá más que ruido de armas y blasfemias. Los justos sufrirán mucho; sus oraciones, su penitencia y sus lágrimas subirán hasta el Cielo y todo el Pueblo de Dios pedirá perdón y misericordia e implorarán Mi ayuda y mi intercesión. Entonces Jesucristo, por un acto de Justicia y de Su Gran Misericordia con los justos, mandará a sus Ángeles que mueran todos sus enemigos. 

               De golpe los perseguidores de la Iglesia de Cristo y todos los hombres dados al pecado perecerán y la Tierra quedará como un desierto. Entonces será la Paz, la reconciliación de Dios con los hombres; Jesucristo será servido, adorado y glorificado; la caridad florecerá en todas partes. Los nuevos reyes serán el brazo derecho de la Santa Iglesia que será fuerte, humilde, piadosa, pobre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo. El Evangelio será predicado por todas partes y los hombres harán grandes progresos en la Fe, porque habrá unidad entre los obreros de Jesucristo, y los hombres vivirán en el Temor de Dios.

               Esta paz entre los hombres no será larga: 25 años de abundantes cosechas harán olvidar que los pecados de los hombres son la causa de todos los males que suceden en la Tierra. 

              Un precursor del Anticristo, con sus tropas de muchas naciones, combatirá contra el verdadero Cristo, el único Salvador del mundo; derramará mucha sangre y pretenderá aniquilar el culto a Dios para ser tenido como un Dios. 

               La Tierra será castigada con todo género de plagas; habrá guerras, hasta la última que harán los diez reyes del Anticristo, los cuales tendrán todos un mismo plan, y serán los únicos que gobernarán al mundo. Antes que eso suceda, habrá una especie de falsa paz en el mundo; no se pensará más que en divertirse; los malvados se entregarán a toda clase de pecados; pero los hijos de la Santa Iglesia; los hijos de la Fe, Mis verdaderos imitadores, creerán en el Amor de Dios y en las virtudes que me son más queridas. Dichosas las almas humildes guiadas por el Espíritu Santo!. Yo combatiré con ellas hasta que lleguen a la plenitud de la edad. 

               La naturaleza clama venganza contra los hombres y tiembla de espanto en espera de lo que debe suceder en la Tierra encharcada de crímenes, temblad, Tierra y vosotros que hacéis profesión de servir a Jesucristo y que interiormente adoráis a vosotros mismos, temblad; pues Dios va a entregarlos a sus enemigos, porque los lugares santos están en la corrupción; muchos conventos no son ya casa de Dios, sino pastizales de Asmodeo. 

               Durante este tiempo nacerá el Anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo. Al nacer vomitará blasfemias, tendrá dientes; en una palabra, será el demonio encarnado, lanzará gritos espantosos, hará prodigios y no se alimentará sino de impurezas. Tendrá hermanos, que aunque no sean como él, demonios encarnados, serán hijos del mal; a la edad de 12 años llamará la atención por las ruidosas victorias que alcanzarán. Bien pronto estará cada uno en la cabeza de los ejércitos, asistidos por las legiones del infierno. 

              Se cambiarán las estaciones. La Tierra no producirá mas que malos frutos. Los astros perderán sus movimientos regulares. La luna no reflejará más que una débil luz rojiza. El agua y el fuego causarán en el globo terrestre movimientos convulsivos y horribles terremotos que tragarán montañas, ciudades, etc. 

               Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo. 

               Los demonios del aire, con el Anticristo, harán grandes prodigios en la Tierra y en los aires, y los hombres se pervertirán más y más. Dios cuidará de sus fieles servidores y de los hombres de buena voluntad. El Evangelio será predicado por todas partes. Todos los pueblos y todas las naciones conocerán la Verdad. 

               Yo dirijo una apremiante llamada a la Tierra; llamo a los verdaderos Discípulos del Dios que Vive y Reina en los Cielos; llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho Hombre, el único y verdadero salvador de los hombres; llamo a Mis hijos, a Mis verdaderos devotos, a los que se Me han consagrado a fin de que los conduzca a Mi Divino Hijo, los que llevo, por decirlo así, en Mis brazos, los que han vivido de Mi espíritu; finalmente, llamo a los Apóstoles de los Últimos Tiempos, los fieles Discípulos de Jesucristo que han vivido en el menosprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo.

               Ya es hora que salgan y vengan a iluminar la Tierra. Id y mostraos como Mis hijos queridos, Yo estoy con vosotros y en vosotros, con tal que vuestra Fe sea luz que os ilumine en esos días de infortunio. Que vuestro celo os haga hambrientos de la Gloria de Dios y de la Honra de Jesucristo. Pelead, Hijos de la Luz, vosotros, pequeño número que ahí veis; pues he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines.

               La Iglesia será eclipsada, el mundo quedará consternado. Pero he ahí a Enoc y Elías llenos del espíritu de Dios; predicarán con la fuerza de Dios, y los hombres de buena voluntad creerán en Dios, y muchas almas serán consoladas; harán grandes prodigios por la virtud del Espíritu Santo y condenarán los errores diabólicos del anticristo. 

               Ay de los habitantes de la Tierra!. Habrá guerras sangrientas y hambres, pestes y enfermedades contagiosas; habrá lluvias de un granizo espantoso para los animales; tempestades que arruinarán ciudades; terremotos que engullirán países; se oirán voces en el aire; los hombres se golpearán la cabeza contra los muros; llamarán a la muerte, y, por otra parte, la muerte será su suplicio. Correrá la sangre por todas partes ¿quién podrá resistir si Dios no disminuye el tiempo de la prueba? Por la sangre, las lágrimas y oraciones de los justos Dios se dejará aplacar. Enoc y Elías serán muertos. Roma pagana desaparecerá; caerá fuego del Cielo y consumirá tres ciudades; el Universo entero estará preso del terror, y muchos se dejarán seducir por no haber adorado al Verdadero Cristo, que vivía entre ellos. Ha llegado el tiempo; El sol se oscurece; sólo la Fe vivirá.

               He aquí el tiempo: el abismo se abre. He aquí el rey de los reyes de las tinieblas. He aquí la Bestia con sus súbditos, llamándose el Salvador del Mundo. Se retomará con orgullo por los aires para subir hasta el Cielo; será sofocado por el soplo de San Miguel Arcángel. Caerá, y la Tierra, que llevará tres días en continuas evoluciones, abrirá su seno lleno de fuego; será hundido para siempre, con todos los suyos, en los abismos eternos del infierno. 

               Entonces el agua y el fuego purificarán y consumirán todas las obras del orgullo de los hombres y todo será renovado: Dios será servido y glorificado”.



viernes, 18 de septiembre de 2026

TERESA NEUMANN, LA CAMPESINA ESTIGMATIZADA

 

Me resigné a la Voluntad de Dios porque 
el deber de todo Cristiano es aceptar 
la Cruz que el Salvador le envía. 
Sería un pecado luchar contra 
la Voluntad de Dios. No acepté 
la Cruz por la Cruz misma, sino 
por devoción a la Cruz del Salvador

Teresa Neumann



                   Un día después de la Estigmatización del Seráfico San Francisco de Asís, quiso la Divina Providencia que tuviera lugar la muerte de este mundo, para entrar a la Vida Eterna, de Teresa Neumann, Mística e hija de San Francisco en calidad de Terciaria de la Orden Franciscana Capuchina.

                   Teresa Neumann nació el 8 de Abril de 1898 en Konnersreuth, en la región norte de Baviera, Alemania; hija de un modesto sastre, siendo la primogénita de once hermanos. Teresa se empleó desde los catorce años en una granja  para aliviar la maltrecha economía familiar. 

SU PARTICULAR AMISTAD CON SANTA TERESITA

                   Era muy devota de Santa Teresita del Niño Jesús y por eso se encomendaba con frecuencia a la Santa de Lisieux, a quien tomó por compañera y madrina espiritual, sintiendo su intercesión en varias ocasiones; cuando Teresa Neumann era una muchacha sufrió dos graves caídas que la dejarían prácticamente inválida, pero justo en los días en que Santa Teresita era sucesivamente beatificada y canonizada, Teresa Neumann, por su intercesión era sanada.

                   Durante un incendio en un granero efecto Teresa se empeñó a fondo junto a sus vecinos para ayudar a extinguir el fuego, pero la joven sufrió una caída que le causaría una extraña enfermedad provocada por una luxación en la espina dorsal. Tenía veintiún años de edad y aquello solo era el comienzo de todos sus padecimientos posteriores que la tuvieron postrada en la cama muchísimos años, como una perfecta Alma Víctima: quedó casi inválida, ciega y hasta sorda; sus familiares la trasladaron a la buhardilla de la casa, esperando un fatal desenlace en cualquier momento. 

                    Sin embargo, el Cielo tenía otros planes para la joven Teresa; el día de la Beatificación de Santa Teresa de Lisieux (29 de Abril de 1923) tiene una aparición de la Santa. Cinco días más tarde recobra la vista después de transcurridos cuatro años sin poder ver. 

                   Dos años más tarde, el 17 de Mayo de 1925, mientras en Roma el Pontífice canonizaba a Santa Teresita del Niño Jesús, la joven Teresa Neumann vuelve a tener otra visión de la Santa de las rosas y es capaz de sentarse en la cama para luego echar a andar ante la mirada de su familia, que solo supo dar gracias a Dios ante el evidente Milagro, que fue comprobado por el Padre Naber, Párroco, y demás amigos de Teresa que habían sido testigos de su enfermedad. 

                   Unos meses más tarde, en Noviembre de 1925, Teresa cae nuevamente enferma, siendo una apendicitis el motivo de sus sufrimientos. Una vez más la intercesión de Santa Teresita la libera de una operación quirúrgica que los médicos veían necesaria para no morir. Santa Teresita le revelará que mediante sus continuos padecimientos salvará muchas almas, preparándola así para el sacrificio mayor que se aproximaba.

LOS SAGRADOS ESTIGMAS 

                   En la noche del Jueves al Viernes, del 4 al 5 de Marzo de 1926, vio Teresa a Cristo arrodillarse en el Huerto de los Olivos y lo oyó orar. Jesús la miró fijamente y en ese momento ella sintió en la región del corazón un dolor tan vivo que creyó morir. Al mismo tiempo fluyó sangre caliente de esa zona que continuó saliendo hasta el mediodía del Viernes. Teresa había sentido como si una espada puntiaguda le hubiera atravesado el corazón. Desde el 26 de Marzo de 1926, Viernes (Teresa tenía entonces veintiocho años) revivirá en su cuerpo los Santos Estigmas de la Crucifixión

                   Del Jueves Santo al Viernes Santo, del 1 al 2 de Abril de ese año 1926, revivió la Pasión desde el Huerto de los Olivos hasta la Muerte de Jesús en la Cruz. Ese día aparecieron por primera vez las llagas de las manos y los pies, pero en la parte externa. Sus padres las vieron y se asustaron, llamando al Padre Naber, Párroco del lugar, que también quedó impresionado. 

                   El día de Pascua, Teresa estaba radiante de felicidad, viendo a Jesús Resucitado. El 15 de Abril de 1927, las llagas se hicieron visibles también en la parte interna de manos y pies. Los médicos intentaron con todos los medios posibles tratar de curarlas, pero todo fue inútil. Cuanto más el Doctor Seidl le ponía ungüentos y vendas, más dolor sentía y se le hinchaban más las manos y pies; de modo que terminaron por dejarla tranquila, pues, sin curaciones, las llagas no se hinchaban ni supuraban. 

                   Para evitar la curiosidad de la gente, se puso unos mitones - o medio guantes - para ocultar las llagas que tenían forma cuadrada. Estas llagas persistieron en Teresa Neumann hasta el fin de su vida y pudieron verse hasta en el lecho de muerte. 

                   A lo largo de 1927 Teresa Neumann recibió las llagas de la corona de espinas alrededor de su frente. Durante la Cuaresma de 1928 recibió la llaga de la espalda derecha. El 29 de Marzo de 1929 recibió por primera vez las llagas de la flagelación, que se reproducían cada año. A estas llagas hay que añadir las lágrimas de sangre que vertía en los éxtasis de los Viernes; especialmente de Cuaresma. Los exámenes médicos no podían reconocer ninguna causa justificada para estas lágrimas de sangre, pues no había ninguna erosión en sus ojos.

                   El Padre Gemelli, Sacerdote franciscano y Rector de la Universidad de Milán había examinado los estigmas del Padre Pío, y fue enviado, por orden de la Santa Sede, a estudiar el caso de Teresa Neumann, certificando poco después que no había en ella ningún rasgo histérico y que aquellos fenómenos no tenían explicación natural.

VISIONES MÍSTICAS DE LA VIDA DE CRISTO

                    Además de las Visiones semanales de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, Teresa Neumann fue favorecida con estas otras: la del Nacimiento de Jesús la tuvo durante la noche de Navidad del año 1926; la de la Encarnación, el día 25 de Marzo de 1927; el día 6 de Agosto de 1926, tuvo la Visión de la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor...



LOS DONES DE LA HIEROGNOSIS Y LA INEDIA EN TERESA NEUMANN

                   Desde 1922 su única comida consistía en la Sagrada Eucaristía (rechazando instintivamente la muchas formas no consagradas que le ponían delante para probarla, y donde quedó manifiesto que el Señor la había bendecido con el don de la hierognosis, mediante el cual se puede distinguir lo divino, lo bendito de lo profano). 

                   No fueron pocas las ocasiones en que al recibir la Sagrada Comunión entraba en éxtasis, incluso desde el momento en que el Sacerdote rezaba la fórmula Ecce Agnus Dei; en esos momentos, el rostro de Teresa se transformaba, iluminándose e impregnándola de una belleza angelical.

                   El Obispo Diocesano de Ratisbona nombró una comisión formada por médicos y religiosas bajo juramento y las muchas comisiones laicas que le hicieron seguimientos exhaustivos, y que confirmaron punto por punto que no había trampa alguna, siendo absolutamente cierto que vivía exclusivamente de la Sagrada Eucaristía. Teresa, en contra de toda lógica científica, mantuvo siempre su peso normal, alrededor de 60 kilogramos; su tez aparecía siempre sonrosada y su carácter desenfadado y bromista hacía reír con frecuencia a cuantos la visitaban.

TERESA NEUMANN Y LOS NAZIS

                  El fenómeno de la inedia fue también confirmado por la misma burocracia del Tercer Reich Alemán: en 1939 estalló la II Guerra Mundial e impusieron a la población un racionamiento que acabaría durando hasta finales de 1947. A partir de aquel momento, todos los alemanes tuvieron que adaptar el ritmo de sus vidas a una cartilla anual... excepto una persona: Teresa Neumann, a quien - ante la evidencia de que ni bebía ni comía- le fue inmediatamente retirada la cartilla por las autoridades nazis. Obtuvo en cambio la asignación de doble ración de jabón, dada la cantidad de ropa ensangrentada que había que lavar tras sus azarosos fines de semana. La GESTAPO, policía secreta alemana, la vigiló de cerca, e ella, su familia y al Párroco y Confesor de Teresa. 

                   El fenómeno de la inedia, que se caracteriza por el sostenimiento del cuerpo sin necesidad de ingerir alimentos, tan sólo la Sagrada Comunión, se prolongó en Teresa Neumann durante cuarenta años, siendo constatado por diversos facultativos del Reich alemán, que no eran precisamente simpatizantes con la figura de la Estigmatizada de Baviera.

MUERTE E INCORRUPCIÓN

                   El 15 de Septiembre de 1962 Teresa sufrió un ataque al corazón que le hizo sufrir fuertes dolores; entregaría su alma a Dios tres días después, el 18 de Septiembre, tras una vida llena de fenómenos místicos, relacionados en su mayoría con la estigmatización. Tras cinco días de ser expuesto su cadáver, sin tratamiento alguno para preservarlo, éste no mostraría síntomas de descomposición ni rigidez. Los seminaristas del Seminario para vocaciones tardías que Teresa había podido construir, cargaron el ataúd hasta el cementerio. Todo el pueblo de Konnersreuth estuvo presente en la despedida de la estigmatizada. Teresa sería sepultada cerca de la tumba de su hermana Otilia; a su costado sería enterrado en 1967 el Padre Naber, su Párroco y Director Espiritual.



jueves, 17 de septiembre de 2026

LA ESTIGMATIZACIÓN DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

 

                   En Septiembre de 1224, dos años antes de su muerte, se retiró San Francisco al Monte Alverna para consagrarse totalmente a la oración y la penitencia, y un día, mientras estaba sumido en contemplación, el Señor Jesús imprimió en su cuerpo -manos, pies y costado- los estigmas de Su Pasión. Le sangraban, le causaban grandes sufrimientos y le dificultaban su vida y actividades, pero no cesó de viajar y predicar mientras sus fuerzas se lo permitieron.

                   En vida del Santo, sus compañeros más cercanos pudieron ver las llagas de manos y pies, y a partir de su muerte todos pudieron contemplar también la llaga del costado. El Papa Benedicto XI concedió a la Orden Franciscana celebrar cada año la memoria de este hecho, probado por testimonios fidedignos.

                   La Santa Madre Iglesia, al celebrar piadosamente en este día la conmemoración de la Impresión de las Llagas de la Pasión de Cristo en la carne de San Francisco, pide al Señor que encienda nuestros corazones con el fuego de Su Amor y nos otorgue la gracia de llevar pacientemente la Cruz de cada día.

                   La Iglesia pide hoy al Señor para nosotros sus hijos que seamos fortalecidos con la asidua meditación del Misterio de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

                   Cada uno de nosotros llevamos también sobre nuestro cuerpo la santa señal de los Cristianos. Hemos sido ungidos, sellados y marcados con la señal salvadora de la Cruz en nuestro pecho y en nuestra cabeza al recibir el Santo Bautismo. Hemos sido marcados con la señal gloriosa de la Cruz redentora en nuestra frente al recibir el Crisma de la Confirmación.

                   Habremos de meditar, pues, cada día en el santuario de nuestro corazón el Misterio que envuelve la Cruz de Cristo y buscar en ella la fuerza y la inspiración para vivir conforme a la dignidad de nuestra condición de Cristianos, hijos de Dios por la gracia de la adopción bautismal.

                   San Buenaventura nos dejó escrito acerca de San Francisco, que “durante toda su vida no siguió otras huellas sino las de la Cruz, no se recreaba en otra cosa sino en meditar sobre la Cruz, ni predicaba otra cosa que no fuesen las dulzuras de la Cruz”.



RELATO DE LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS 
DE SAN FRANCISCO DE ASÍS


                   Llegó el día siguiente, o sea, el de la Fiesta de la Cruz , y San Francisco muy de mañana, antes de amanecer, se postró en oración delante de la puerta de su celda, con el rostro vuelto hacia el oriente; y oraba de este modo:

                   -Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que Tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de Tu acerbísima Pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que Tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores.

                   Y, permaneciendo por largo tiempo en esta plegaria, entendió que Dios le escucharía y que, en cuanto es posible a una pura creatura, le sería concedido en breve experimentar dichas cosas.

                   Animado con esta promesa, comenzó San Francisco a contemplar con gran devoción la Pasión de Cristo y Su infinita Caridad. Y crecía tanto en él el fervor de la devoción, que se transformaba totalmente en Jesús por el amor y por la compasión. Estando así inflamado en esta contemplación, aquella misma mañana vio bajar del cielo un serafín con seis alas de fuego resplandecientes. El serafín se acercó a San Francisco en raudo vuelo tan próximo, que él podía observarlo bien: vio claramente que presentaba la imagen de un hombre crucificado y que las alas estaban dispuestas de tal manera, que dos de ellas se extendían sobre la cabeza, dos se desplegaban para volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo.

                   Ante tal visión, San Francisco quedó fuertemente turbado, al mismo tiempo que lleno de alegría, mezclada de dolor y de admiración. Sentía grandísima alegría ante el gracioso aspecto de Cristo, que se le aparecía con tanta familiaridad y que le miraba tan amorosamente; pero, por otro lado, al verlo clavado en la Cruz, experimentaba desmedido dolor de compasión. Luego, no cabía de admiración ante una visión tan estupenda e insólita, pues sabía muy bien que la debilidad de la Pasión no dice bien con la inmortalidad de un espíritu seráfico. Absorto en esta admiración, le reveló el que se le aparecía que, por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado.

                   Durante esta admirable aparición parecía que todo el Monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el Monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.

                   En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:

                   -"¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que Yo he hecho? Te he hecho el don de las llagas, que son las señales de Mi Pasión, para que tú seas Mi portaestandarte. Y así como Yo el día de Mi Muerte bajé al Limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas Mis Llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al Purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las almas que encuentres allí de tus tres Órdenes, o sea, de los Menores (Frailes), de las Monjas y de los continentes (Terciarios), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la Gloria del Paraíso, a fin de que seas conforme a Mí en la muerte como lo has sido en la vida".

                   Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la pasión de Cristo. Porque al punto comenzaron a aparecer en las manos y en los pies de San Francisco las señales de los clavos, de la misma manera que él las había visto en el cuerpo de Jesús crucificado, que se le apareció bajo la figura de un serafín. Sus manos y sus pies aparecían, en efecto, clavados en la mitad con clavos, cuyas cabezas, sobresaliendo de la piel, se hallaban en las palmas de las manos y en los empeines de los pies, y cuyas puntas asomaban en el dorso de las manos y en las plantas de los pies, retorcidas y remachadas de tal forma, que por debajo del remache, que sobresalía todo de la carne, se hubiera podido introducir fácilmente el dedo de la mano, como en un anillo. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras.

                   Asimismo, en el costado derecho aparecía una herida de lanza, sin cicatrizar, roja y ensangrentada, que más tarde echaba con frecuencia sangre del santo pecho de San Francisco, ensangrentándole la túnica y los calzones. Lo advirtieron los compañeros antes de saberlo de él mismo, observando cómo no descubría las manos ni los pies y que no podía asentar en tierra las plantas de los pies, y cuando, al lavarle la túnica y los calzones, los hallaban ensangrentados; llegaron, pues, a convencerse de que en las manos, en los pies y en el costado llevaba claramente impresa la imagen y la semejanza de Cristo crucificado.

                   Y por mucho que él anduviera cuidadoso de ocultar y disimular esas llagas gloriosas, tan patentemente impresas en su carne, viendo, por otra parte, que con dificultad podía encubrirlas a los compañeros sus familiares, mas temiendo publicar los secretos de Dios, estuvo muy perplejo sobre si debía manifestar o no la visión seráfica y la impresión de las llagas. Por fin, acosado por la conciencia, llamó junto a sí a algunos hermanos de más confianza, les propuso la duda en términos generales, sin mencionar el hecho, y les pidió su consejo. Entre ellos había uno de gran santidad, de nombre hermano Iluminado; éste, verdaderamente iluminado por Dios, sospechando que San Francisco debía de haber visto cosas maravillosas, le respondió:

                   -Hermano Francisco, debes saber que, si Dios te muestra alguna vez sus sagrados secretos, no es para ti sólo, sino también para los demás; tienes, pues, motivo para temer que, si tienes oculto lo que Dios te ha manifestado para utilidad de los demás, te hagas merecedor de reprensión.

                   Entonces, San Francisco, movido por estas palabras, les refirió, con grandísima repugnancia, la sobredicha visión punto por punto, añadiendo que Cristo durante la aparición le había dicho ciertas cosas que él no manifestaría jamás mientras viviera...



EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, LO QUE MÁS GLORIFICA A DIOS


                    La Santa Misa es sustancialmente el mismo Sacrificio de la Cruz, con todo su valor infinito: la misma Víctima, la misma Oblación, el mismo Sacerdote principal: Nuestro Señor Jesucristo. La única diferencia estriba en el modo de ofrecerse: en el Calvario fue de modo sangriento y en el Altar se realiza de modo unánime y no sangriento.



LOS CUATRO FINES DE LA SANTA MISA


1º) Fin Latréutico (Adoración)

                    El Sacrificio de la Misa rinde a Dios una adoración absolutamente digna de Él, rigurosamente infinita. Este efecto lo produce siempre, infaliblemente (ex opere operato), aunque celebre la Misa un Sacerdote indigno y en pecado mortal. En retorno de esta incomparable glorificación, Dios se inclina amorosamente a Sus criaturas. De ahí procede el inmenso valor de santificación que encierra para nosotros el Santo Sacrificio del Altar. 

2º) Fin Reparador o Propiciatorio (Reparación y Perdón)

                    Merced a la virtud reconciliadora de la Misa, los crímenes que a diario suben de la tierra y claman venganza ante el Trono de Dios se anegan en el mar de la Misericordia Divina. La Santa Misa no remite directamente los pecados mortales, sino que mueve a la conversión mediante la gracia actual, y remite siempre, infaliblemente si no se pone obstáculo, parte al menos de la pena temporal debida por las culpas. Sobre las Almas del Purgatorio: ningún sufragio aprovecha tan eficazmente a las Almas del Purgatorio como la aplicación del Santo Sacrificio de la Misa. ¡Qué dulce purgatorio puede ser para el alma la Santa Misa!.

3º) Fin Impetratorio (Petición de Gracias)

                    Nuestra indigencia es inmensa; necesitamos continuamente luz, fortaleza, consuelo. Todo esto lo encontramos en la Misa. Allí está Cristo que se ofrece al Padre para obtenernos, por el Mérito Infinito de Su Oblación, todas las gracias que necesitamos. No hay novena ni triduo que se pueda comparar a la eficacia impetratoria de una sola Misa. ¡Cuánta desorientación entre los Fieles en torno al valor objetivo de las cosas! Lo que no obtengamos con la Santa Misa, jamás lo obtendremos con ningún otro procedimiento.

4º) Fin Eucarístico (Acción de Gracias)

                    Por la Misa damos a Dios gracias infinitas por Sus infinitos beneficios. Jesucristo mismo, el Hijo de Dios, se constituye en nuestra voz para agradecer al Padre Eterno todas las mercedes recibidas.

El Valor Infinito de la Misa

                    El valor de la Santa Misa es en sí mismo rigurosamente infinito por razón de la Víctima que se ofrece (Cristo) y del Sacerdote principal que la ofrece (Cristo). Sin embargo, en cuanto a la aplicación de sus frutos a nosotros los hombres, esta es finita y medida por nuestras disposiciones interiores. 

Disposición personal para participar:

                    La Santa Misa celebrada o participada con las debidas disposiciones de atención, fervor y recogimiento es un instrumento de santificación de primerísima categoría, sin duda alguna el más importante de todos.

 

Extraído de "Teología de la Salvación"
Padre Fray Antonio Royo Marín, OP



miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL ANHELO DE SAN JOSÉ NIÑO POR LA VENIDA DEL MESÍAS

 


                    Prestaba una exacta obediencia a sus padres sin descuidar nunca hacer lo que ellos le ordenaban. Toda su diversión era quedarse a menudo mirando al cielo, porque sabía que allí estaba su Dios; y le enviaba cálidos suspiros suplicándole para que enviara pronto al mundo al Mesías prometido. 

                    Luego tenía un gran afecto hacia el Patriarca Abraham, Isaac y Jacob y al Profeta David, y a menudo suplicaba a su padre para que le narrara la vida de estos, con el deseo de imitarlos; porque sabía que habían sido muy amados y favorecidos por su Dios; y el padre lo complacía y le narraba la vida, ya sea de uno, ya sea del otro. Nuestro José lo estaba escuchando con mucha atención y luego decía: -estos han sido amigos y favorecidos de nuestro Dios, y a estos debemos imitar en sus virtudes. 

                    Nuestro José apenas había llegado a la edad de siete años, ya era capaz de todas las virtudes que estos Patriarcas habían practicado, y en la medida de sus fuerzas, se aplicaba para imitarlos en la Fe y en la confianza y amor hacia su Dios; y así iba creciendo nuestro José en las virtudes y cada vez más se volvía grato a los ojos de Dios. 

                    Al igual que el Santo Profeta David alababa a su Dios de una manera especial siete veces al día, el también quiso practicarlo, y suplicaba a su Ángel para que lo despertara a tiempo, y así pudiese también alabar a su Creador en las horas de la noche. Ya sabía varias cosas de memoria para alabar a su Dios, y estas las iba repitiendo a menudo, tanto de día como de noche, con mucho gozo de su espíritu; y Dios no dejaba de iluminarlo siempre más y de acrecentar en él sus virtudes.

                    Estaba tan encendido de amor hacia su Dios, que al mismo tiempo que lo estaba alabando -muchas veces, aunque fuera de noche- abría la ventana de su habitación y se ponía a mirar el cielo, y aquí daba lugar para que su corazón ardiera levantando las llamas de amor hacia Él y decía: ¡oh, dichoso aquel que tendrá la suerte de ver con sus propios ojos al Mesías prometido!, ¡oh, dichoso el que tendrá la suerte de servirlo y de tratar con él!, ¡oh, que suerte será la suya! -Y esto lo decía con tanto ardor que quedaba estático por mucho tiempo, encendido por un vivo deseo de poderlo servir y prestarle todo el honor y servicio posible.

                    Ardía luego en el pecho de José un gran amor hacia el prójimo y deseaba ayudar a todos, por lo tanto decía a menudo a sus padres que hicieran limosnas a los pobres necesitados y que no se cuidaran en guardar la ropa para él, porque se contentaba en ser pobre, con tal de que los otros no hubiesen sufrido; y sus padres no dejaban de satisfacer su deseo, haciendo abundantes limosnas a los pobres, puesto que ellos también tenían la inclinación de usar gran caridad hacia los necesitados.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora



martes, 15 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA Y SUS DOLORES CORREDENTORES



                    Quién podrá jamás detener sus lágrimas cuando considere a la gran Madre de Dios atada con las cadenas de la compasión al lecho del dolor de Su Hijo en el Calvario?. Dice el Profeta Jeremías: «¿A quién te compararé, o a quién te asemejaré, oh hija de Jerusalén? Grande como el mar es tu quebranto; ¿quién te curará?» (Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13). 

                    Como el mar no tiene límites ni orillas en su centro, así el Dolor de María fue tan inmenso que no tuvo medida respecto de las penas de las demás criaturas. Para comprender en algún modo la grandeza del Martirio de María, es preciso considerar dos cosas principales:

            1ª) Que el Dolor de María fue un Martirio de Amor.  

            2ª) Que Su Martirio sobrepasó a todos los martirios de la tierra.

1ª) El Martirio de María fue un Martirio de Amor

                    Es sentencia de los Santos Padres que María sufrió en Su Alma todos los tormentos que los Mártires sufrieron en sus cuerpos. Unos fueron despedazados por uñas de hierro, otros quemados en parrillas, otros arrojados a las fieras; pero María sufrió en Su Alma lo que todos los Mártires sufrieron juntos en su carne.

                    Y ¿quién fue el verdugo que ejecutó en el Corazón de María tan horrendo martirio? El verdugo fue el Amor. Hay dos clases de mártires: unos por el odio de los hombres contra la Fe de Cristo; otros por el amor que le profesan. El amor de María hacia Su Divino Hijo fue el que ejecutó en Su Alma el más atroz de los martirios.

                    Dice San Bernardino de Sena que si se reunieran todos los dolores del mundo y se pusieran en un lado de la balanza, y en el otro el Dolor de la Virgen Madre, este peso superaría al de todos los demás.

                    Dice San Anselmo que si Dios no hubiese conservado por un milagro especial la vida a María en el tiempo de la Pasión de Su Hijo, María habría muerto a cada instante de dolor. El dolor no mató a la Madre porque la Virtud Divina la sostuvo para que sufriese lo que nunca persona alguna sufrió ni sufrir podrá.

2ª) Su Martirio superó a todos los martirios de la tierra

                    Los demás Mártires sufrieron penas corporales, pero sus almas estaban consoladas por el Amor de Dios y por la esperanza del Cielo. María, por el contrario, no tuvo consolación alguna en el día de la Pasión. Todo para Ella era dolor, todo era tinieblas, todo era desolación.  En los demás Mártires, las penas duraban horas o días; en María, el Martirio duró toda la vida. Apenas escuchó la profecía de Simeón en el Templo de Jerusalén: «Una espada traspasará Tu propia Alma», el dolor no se apartó jamás de Su memoria. Consideraba las manos de Su Niño y las veía ya traspasadas; miraba Sus pies y los contemplaba clavados en el madero; observaba Su Rostro hermosísimo y lo imaginaba cubierto de salivazos y de golpes. Cada acto de ternura con el Niño Jesús traía consigo el recuerdo amargo de la Crucifixión futura.

                    Decía San Bernardo: «En el Calvario, mientras el Cuerpo de Jesús moría en la Cruz por las heridas recibidas, el Alma de María moría en Su Pecho por las Llagas de Su Hijo». Por esto la Iglesia canta de María que es la Reina de los Mártires, porque Su Martirio fue el más largo, el más amargo y el más sublime de cuantos se han padecido sobre la tierra.

María Corredentora de las almas

                    Dios quiso que el mundo no fuese redimido sino por la Pasión de Jesús; pero quiso también que la Pasión de Jesús fuese acompañada por las Lágrimas y los Dolores de María, para que la que había sido Madre del Redentor fuera también asociada a la Obra de nuestra Redención.

                    María cooperó con Su Caridad a que nacieran en la Iglesia los Fieles, los Miembros de aquella Cabeza que es Jesús. Ella misma, al pie de la Cruz, ofreció al Eterno Padre, con el dolor de Su Corazón, el Sacrificio de la Vida de Su Divino Hijo por la salvación del mundo...

                    Grandísimo amor fue el haber querido que María misma asistiese a Su Muerte para cooperar a nuestra salvación; de suerte que si Jesús nos compró con el precio de Su Sangre, María cooperó a la misma compra con la aflicción de Su Corazón, ofreciendo la vida de Su Hijo a la Divina Justicia por nuestra salvación.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia
"Las Glorias de María"


Toca sobre el siguiente título para rezar el

lunes, 14 de septiembre de 2026

LO QUE CRISTO DESPRECIÓ EN LA CRUZ



                    ¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

                    Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

                    La segunda razón tiene también su importancia, ya que la Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la Cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

                    Si buscas un ejemplo de amor: nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo hizo Cristo en la Cruz. Y, por esto, si Él entregó Su Vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él.

                    Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la Cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la Cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en Su Pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la Cruz: corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra Fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz, despreciando la ignominia.

                    Si buscas un ejemplo de humildad, mira al Crucificado: Él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

                    Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a Aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: si por la desobediencia de uno –es decir, de Adán– todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

                    Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la Cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.

                    No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron Sus ropas; ni a los honores, ya que Él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed Le dieron vinagre.


Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia



domingo, 13 de septiembre de 2026

"CONTINUAD REZANDO EL ROSARIO", la quinta Aparición de Nuestra Señora en Fátima



                    Después de las primeras apariciones de Nuestra Señora en la aldea portuguesa de Fátima, el boca a boca de la gente llegó a congregar a más de 30.000 personas para la aparición del mes de Septiembre, el día 13, como así lo había pedido la Virgen en Su primera manifestación. Algunos enfermos y sus familiares gritaban al paso de los tres niños, pidiéndoles entre lágrimas que pidieran a la Señora por su salud.

                    Llegados cerca de la encina de las apariciones, la piadosa multitud comenzó a recitar el Rosario que dirigía Lucía; de repente se pudo ver un relámpago -como en las anteriores apariciones y que avisaba de la llegada de la Virgen- y los niños se pusieron de pie mirando hacia el Este, mientras que sus rostros se llenaban de admiración. Se hincaron de rodillas de nuevo y personas cerca de Lucía la escucharon decir:

                    - ¿Qué quiere de mí?.

                    Continuad rezando el Rosario hijos Míos. Rezadlo todos los días para que cese la guerra. En Octubre vendrá Nuestro Señor, así como Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Monte Carmelo. San José se aparecerá con el Niño Jesús para bendecir al mundo. A Dios le agradan vuestros sacrificios, pero no quiere que uséis la cuerda de noche para ir a dormir. Llevadla sólo durante el día (1).

                    - ¿Tengo las súplicas de muchas personas que piden Su ayuda. ¿Asistirá a una niña que es sordomuda?.

                    Ella mejorará en un año.

                    - ¿Y las conversiones que algunos han pedido?, ¿las sanaciones de los enfermos?

                    A algunas las curaré a otras no, porque el Señor no confía en ellas (2). 

                    - Muchos creen que yo soy una impostora y un fraude, dicen que merezco ser colgada o quemada. ¿Puede por favor hacer un milagro para que ellos crean?”.

                    En Octubre haré un milagro para que todos crean.

                    Algunas mujeres le habían dado a Lucia dos cartas y una botellita de perfume para ofrecerlas a la Virgen; la niña lo hizo, pero Nuestra Señora le advirtió Estas cosas no sirven en el Cielo”.

                    La celestial aparición terminó; la visión se elevó como antes, y Lucía, señalando a la Señora le dijo a la multitud, Si desean verla ¡miren! ¡miren!”.


NOTAS ACLARATORIAS

            1) Los niños videntes de Fátima se mortificaban usando una cuerda que llevaban atada a la cintura, bajo la ropa: era una de las más dolorosas mortificaciones que ofrecían por la conversión de los pecadores. También evitaban algunas meriendas o dejaban de tomar agua. Pero aún mayores eran los sacrificios que exigía la misión que la Virgen les encomendó: las vejaciones, la curiosidad, las molestias de la gente, las interminables visitas, preguntas, persecución, ridículo, etc.

            2) Tal vez estas personas necesitaban de la enfermedad para su santificación y tal vez habrían usado mal el don de la curación, para daño de la propia alma.