La Redención de la Humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el surgimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una Civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del Estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso.
La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores.
El Estado pagano, transformado desde sus fundamentos por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos.
El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano.
La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la Civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del Comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas.
Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la Gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el Plan Divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la Gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó.
Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la Santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral.
Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la Fiesta de San José nos deja.
Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in Eo qui me confortat - “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filp. 4, 13).
Doctor Plinio Corrêa de Oliveira
San José,
Corredentor perfectísimo
José conoció y vivió anticipadamente el drama de la Pasión desde los primeros misterios de la Infancia de Jesús. Y acepta la parte que le corresponde en él, que fue precisamente sufrido en su corazón, a la vez que preparaba la Víctima y compadecía a nuestra Madre Dolorosa. El no asistir a él fue quizá uno de sus grandes dolores. Pero aceptó siempre los Planes Divinos de la Providencia. Y cuando Dios dio por cumplida su misión en la tierra, salió silenciosamente, inmolando su vida por la regeneración del mundo.
Con toda justicia el Cardenal Lépicier, verdadero y profundo teólogo entre los escritores de San José, le llama «Corredentor perfectísimo». Dios le dio un conocimiento especial de este misterio, valorando a la luz del mismo el ministerio para el que era elegido, pues le correspondía preparar y custodiar la Víctima, participando en grado eminentísimo en los frutos de Su Sacrificio y cooperando en la misma forma para el bien del género humano.
San José no solo coopera -como todos estamos llamados a hacerlo- a la redención subjetiva del género humano, que es la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo a cada uno de los hombres, sino también a la redención objetiva o adquisitiva, a la Obra Redentora en general y desde Nazaret hasta su consumación en el holocausto del Calvario. También San José, a semejanza de María prestó su libre consentimiento a los planes divinos. Cuando el Ángel le revela el Misterio obrado en su esposa por obra del Espíritu Santo, la acoge inmediatamente en su casa y se entrega con su mayor solicitud al ministerio que se le pide, el cual comprende su colaboración a la Obra Salvadora de Jesús, ya que el Ángel le dice: «Dará a luz un Hijo, a quién pondrás por Nombre Jesús, porque salvará a Su pueblo de sus pecados». (Mt. 1, 23). José entrega todo su ser en manos de Dios y acepta los sufrimientos que le deben corresponder en el Plan Salvífico Divino, ofreciéndolos en unión del sacrificio de Cristo Redentor. Su sacrificio, aún sin presenciar en vida mortal el drama sangriento de la Pasión, fue perfecto. El Santo se inmola a sí mismo silenciosamente, viviendo anticipadamente en su corazón la crucifixión dolorosísima de Cristo, las amarguras indecibles de su Santa esposa.
Puede afirmarse -con el Cardenal Lépicier- que San José participó más que ningún otro, después de la Santísima Virgen, en la Pasión de Cristo, cuyos dolores, en conjunto, fueron los mayores que pudo padecer ninguna criatura por su inseparable e íntima unión con Jesús y con María. El mar de amargura de ambos se refleja en el corazón de San José. Y en proporción a la unión está, por otro lado, el mayor conocimiento de este tremendo Misterio del Dolor que tuvo el Santo ya por la revelación del Ángel y la profecía de Simeón, ya también por las confidencias íntimas de Jesús y por los presentimientos que en su alma ponía el Espíritu Santo.
Por su voluntaria aceptación de su vocación de Padre y Señor de Familia predestinada a ser instrumento de salvación del mundo entero ("causa salutis", Heb 5, 9) y generoso ofrecimiento a participar en la Cruz del Señor, para satisfacer más abundantemente, por todos los hombres, la cooperación dolorosa de San José es la mayor después de la de María -y como ella única y singular en cuanto participante con el Redentor en la redención objetiva, no solo aplicativa-, e incomparablemente mayor que la que puede atribuirse a otros Santos.
Padre Bonifacio Llamera O.P.
"Teología de San José", BAC, Madrid, 1953
Nuestro Padre y Señor San José
en las revelaciones que recibiera la mística Sor María de Jesús de Ágreda
En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con Ella lo que era necesario al Misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado... Y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su Divina Esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por Ella y para Ella y los de antes de ser Su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos Ella granjeado y merecido..."
Aunque trabajaba de sus manos, y también la Divina Esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar ; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que deprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa..."
El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad ; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal...
Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de Ella la hincaba la rodilla con grande reverencia. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el Santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos..."
Según el concepto que yo tengo, si en el mundo hubiera otro hombre más perfecto y de mejores condiciones, ése diera el Señor por esposo a Su misma Madre, y pues le dio al Patriarca San José, él sería sin contradicción el mejor que Dios tenía en la tierra...
Palabras de Nuestra Señora: "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.
Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.
Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.
Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión.
Venerable Sor María de Jesús de Ágreda,
Extraído de su obra "Mística Ciudad de Dios"