Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.
Ana de Monteagudo -como sería llamada popularmente- conoció desde muy joven la vida de San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Almas del Purgatorio; quiso imitarlo en su vida y, concretamente, en su amor por las Almas Benditas que padecían el rigor de aquella Cárcel de Amor. Se dedicó en cuerpo y alma a orar por Ellas y a buscar limosnas para mandar celebrar Santas Misas en su sufragio: todos los años mandaba celebrar varios cientos de Misas para la Fiesta y Novena de San Nicolás de Tolentino. Por esa caridad, las Almas purgantes se le aparecían para pedirle sufragios, aunque en ocasiones le comunicaban sucesos futuros, la ayudaban en todo y además la protegían de las influencias del Demonio.
Las misma Ánimas del Purgatorio la escogieron, como a San Nicolás, como su Patrona y Abogada. Así lo afirma Sor Juana de Santo Domingo -compañera de la Madre Ana de Monteagudo- a quien le dijo la Sierva de Dios que un día vio a dos jovencitos muy bellos que la condujeron a una sala muy grande, donde sufrían muchísimas almas. Los jovencitos le pusieron una capa de coro y le dijeron que entonase la Salve Regina. Ella se disculpó respondiendo que tenía mala voz, pero las Almas le insistieron... la Madre Ana de Monteagudo entonó la Salve y después cantaron el Oficio de Difuntos; le dieron un hisopo para que echase agua bendita donde estaban sufriendo las Almas y así lo hizo. Ellas le dijeron que debía ser su Patrona y Abogada: la Sierva de Dios se lo prometió y, desde entonces, con mucha diligencia, aplicaba todas sus obras y oraciones por las Almas del Purgatorio, haciendo por Ellas muchos sufragios.
Doña María de Garmendia, certifica haberle oído a la Madre Ana de Monteagudo que muchas veces la llevaba San Nicolás de Tolentino al Purgatorio, especialmente el día de su Fiesta y de su Octava, y veía salir a las Almas como estrellas resplandecientes que subían al Cielo. Algunas veces eran tantas que llenaban el aire.
Una vez, estando en el coro haciendo oración, vio que San Nicolás bajó a la iglesia y un alma purgante sacó las manos de su sepultura y se aferró al vestido del Santo y éste, sacando al alma, la llevó al Paraíso, brillando el alma más que el Sol.
En otra oportunidad, estaba enferma y las Almas le dieron una bebida con la que mejoró. Decía que en aquella enfermedad, el Señor se dignó concederle la Comunión por manos del glorioso San Bernardo, de quien era también muy devota.
Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de San Nicolás y pidió a las Almas Benditas que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el Obispo Pedro de Ortega y Sotomayor, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las Almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la Fiesta de San Nicolás. Y el Obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas Almas!. Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre Monteagudo te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el Obispo dio todo lo que necesitaba para la Fiesta.










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