jueves, 15 de octubre de 2026

SANTA TERESA DE JESÚS, Virgen, Fundadora y Mística

 



NACIMIENTO E INFANCIA

                 Nació en la ciudad española de Ávila, el 28 de Marzo de 1515. Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila de Ahumada.


                 A los siete años era muy devota de leer vidas de Santos, en especial de Mártires, cosa que la motivó a "huir" de la casa paterna, junto a su hermano Rodrigo, para irse a tierra de misión y ser mártires de la Fe, pero la aventura les duró poco: un tío les encontró y los devolvió a los brazos de su madre. Cuando fueron reprendidos, Rodrigo acusó a Teresa como inventora de la idea del martirio.

                 Después de aquél martirio frustrado, los piadosos hermanos resolvieron convertirse en ermitaños, por lo que empezaron a construir una celda en el jardín de la casa.

                 En su habitación, la cándida Teresa, tenía un cuadro que representaba a Nuestro Señor hablando con la Samaritana; lo contemplaba con fervor y le repetía frecuentemente: "Señor, dame de beber para que nunca más tenga sed".

                 Con apenas catorce años, sufrió la pérdida de su madre; inmersa en inmensa tristeza, acudió ante una imagen de Nuestra Señora y, como nos cuenta la misma Santa, "le rogué con muchas lágrimas, que me tomase por hija suya". Así, teniendo a la Madre de Dios como Madre y Señora, nunca se volvería a sentir huérfana, ni de carne, ni de espíritu.

                 Fue por aquél entonces que Teresa y su hermanito Rodrigo se aficionaron por las lecturas de novelas caballerescas; en su autobiografía, la Santa reconocería cuánto mal le produjo: “Aquellos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto por vestirme bien, a preocuparme mucho por el cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición.” Este cambio preocupó mucho a su padre, que decidió enviarla a estudiar con las agustinas de Ávila, con apenas quince años.

                 Al poco tiempo, Teresa se enfermó y tuvo que volver a la casa paterna; fue allí donde reflexionó y se resolvió a hacerse religiosa carmelita en el Convento de la Encarnación, donde tenía un a buena amigo, Juana Suárez. Su padre, que al principio no aceptó la decisión de su hija, como la viese tan feliz y decidida, permitió que siguiese su camino como esposa de Cristo. Sin embargo, la delicada salud de Santa Teresa, la obligó a ponerse en manos de médicos y curanderas que no acertaban con los remedios necesarios. Tras tres largos años de padecimientos, recobraría su maltrecha salud.

EN EL CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN

                 Por aquél entonces, la mayoría de los conventos, vivían de forma algo disipada; en la mayoría de ellos, se podía recibir a cualquier visita. Nuestra Santa, viendo aquello como normal, pasaba muchas horas de coloquio con los hombres, descuidando el diálogo amoroso de la oración; no pocas veces se excusaba a sí misma poniendo como pretexto su delicada salud. Años más tarde, consciente de la ligereza de su juventud, Santa teresa escribiría: “El pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre, son más importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades se puede hacer la mejor oración, y es un error pensar que sólo se puede orar en la soledad”.

                 Pero aquella pérdida de tiempo en charlas sin sentido, quedó atrás cuando la Santa, que era muy devota de las imágenes de Nuestro Señor representado en Su Pasión, se detuvo un día ante un Crucificado muy sangrante; piadosamente le preguntó: “¿Señor, quién te puso así?”. Entonces, cuenta ella misma que sintió una voz que le respondía : “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. Desde aquél momento, abandonó las conversaciones vanas y se dedicó con empero a la oración y el recogimiento.

EXPERIENCIAS MÍSTICAS

                Desde que Santa Teresa se retirase a la vida de oración, el Señor la bendijo con la gracia de múltiples apariciones, que a pesar de estar convencida de ser ciertas, algunos sacerdotes trataron de disuadirla de que eran engaños del demonio. Sin embargo, el Señor quiso poner en su camino al Padre Baltasar Álvarez, que le explicó que aquellas manifestaciones eran ciertamente divinas y no obra del maligno; le aconsejó que diariamente recitase el himno “Veni Creator Spiritus”, a fin de pedir el auxilio del Espíritu Santo y hacer siempre lo que fuese más agradable a Dios. Precisamente cuando recitaba un día esta oración, fue arrobada en éxtasis y escuchó, en el hondo de su alma, que el Señor le pedía “No quiero que converses con hombres, sino con los Ángeles”.

                Sin embargo, todos esos consuelos y gracias espirituales, fueron motivo de recelos y persecuciones aún por parte de aquellos que compartían con Teresa el hábito del Carmen. Por desgracia, su confesor el Padre Álvarez, era un hombre cobarde, que si bien no dejó de confesarla, jamás la defendió ante quienes la atacaban con saña. Pese a todo, el Señor no quiso dejarla sola, por eso, en 1557, San Pedro de Alcántara, la visitó en Ávila y dio testimonio de la veracidad de las gracias sobrenaturales con que Dios bendecía a Santa Teresa, aunque le advirtió que la persecución no cesaría en los años venideros.




LA TRANSVERBERACIÓN

                 Uno de los momentos más cruciales en la vida de Santa Teresa tuvo lugar cuando fue transverberada en 1559. Escuchemos el episodio que ella mismo escribió: “Vi a mi lado un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido, como si fuese uno de los ángeles más altos, que son todo de fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines. Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.”

                 Al año siguiente, en 1560, Santa Teresa, recordando la gracia de la Transverberación, hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Es de justicia reseñar aquí, que tras su muerte, cuando se hizo la autopsia al cuerpo de la Santa, se constató que su corazón tenía la cicatriz de una herida larga y profunda.

INICIA LA REFORMA DEL CARMELO

                 Como ya dijimos más arriba, en pleno siglo XVI la mayoría de los conventos vivían de forma relajada; la Orden del Carmen no era la excepción, por eso vemos que el Convento de la Encarnación, las monjas salían de la clausura con cualquier pretexto, pasaban horas en la sala de reuniones, algunas monjas tenían doncellas a su servicio… para colmo, el elevado número de monjas (casi 140) no ayudaba a crear un espíritu de recogimiento.

                 Santa Teresa llevaba veinticinco años viviendo en la Encarnación, cuando una sobrina suya, que también era monja del mismo convento, le sugirió crear un convento más pequeño, con un número reducido de monjas. La Santa entendió en aquellas palabras que el Señor la llamaba a volver a la Primitiva Regla Carmelitana y por eso se puso a la labor de fundar un convento reformado. Tuvo el apoyo espiritual de San Pedro de Alcántara, de San Luis Beltrány del Obispo de Ávila; ante semejantes amigos, el Padre Gregorio Fernández, Provincial de los Carmelitas, dio su consentimiento para la fundación del nuevo convento, pero ante las presiones que se generaron a raíz de la idea reformadora de Santa Teresa, retiró el permiso poco tiempo después.

                 Pese a las negativas, el Padre Ibáñez, dominico, alentó a Santa Teresa a continuar con la Reforma del Carmelo; una piadosa viuda, Doña Guiomar, ofreció su ayuda económica y Doña Juana de Ahumada, hermana de la Santa, comenzó a construir un convento en Ávila, con la excusa de que sería una casa para su retiro. Por ese mismo entonces, llegó de Roma el permiso para fundar, lo que valió a San Pedro de Alcántara, a Francisco de Salcedo y al Dr. Daza para conseguir el favor del Obispo de Ávila, que de nuevo ofreció su apoyo a Santa Teresa.

                 El nuevo convento quedó fundado el día de San Bartolomé de 1562; durante la Misa que se celebró por primera vez en la capilla, tomaron el velo de novicias la sobrina de la Santa y tres jóvenes más. Pero a los pocos días, la Superiora de la Encarnación, mandó a llamar a Santa Teresa y allí la retuvo con la autoridad del Provincial. Es entonces cuando Francisco de Salcedo y otros seglares que apoyaban el proyecto de la Reforma, enviaron a un sacerdote ante el Rey para que mediase por Santa Teresa, al tiempo que los Padres Dominicos Ibáñez y Báñez, ganaron el favor del Obispo de Ávila y del Provincial Carmelita. Gracias a estas gestiones, la Santa Fundadora pudo regresar al Convento de San José, pero esta vez, se le unieron otras cuatro religiosas del Convento de la Encarnación.

                Fue precisamente este primer convento de la Reforma Descalza, el que sería baluarte y señal del espíritu de Santa Teresa: estableció una estricta clausura y un silencio casi perpetuo; el convento carecería de rentas y en él reinaría la más estricta pobreza. Usarían sandalias en lugar de zapatos (de ahí que fuesen conocidas como “Descalzas”) y sólo comerían carne las enfermas. La Santa Fundadora dispuso que como mucho, cada convento sólo admitiría 21 monjas.

                 En muy poco tiempo, la Reforma del Carmelo se extendió por toda España; la Santa, calificada por el Nuncio como “mujer inquieta y andariega”, obtuvo del Padre Juan Bautista Rubio, Superior General de los Carmelitas, licencia para fundar en Castilla dos conventos para la rama masculina, conocidos como Carmelitas Contemplativos. Pese a la gran labor que se le encomendó, Santa Teresa nunca dejó de desempeñar las labores más humildes, como las de limpieza o en la cocina.

FUNDACIONES

                En Agosto de 1567, se trasladó a Medina del Campo, donde fundaría el segundo convento de Carmelitas Descalzas. Después, a petición de la Condesa de la Cerda, fundó el de Malagón, al que siguieron los de Valladolid y Toledo.

                Cuando en Medina del Campo, Santa Teresa conoció a Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), fundó para los Padres Carmelitas el Convento de Duruelo y el de Pastrana; el resto de las fundaciones masculinas las llevaría a cabo San Juan de la Cruz, fiel hijo y hermano del espíritu de la Santa.

                 En 1570 se fundarían nuevos conventos en Segovia y Salamanca.

                 El Papa San Pío V, enterado de la Reforma Descalza, nombró a Santa Teresa Priora del Convento de la Encarnación; la Santa obedeció pese a la natural repugnancia que le conllevaba por ser aquél lugar de donde más ataques recibía. Poco a poco, las religiosas de La Encarnación la fueron aceptando, a ella y su Reforma Descalza.

                 En Beas, Santa Teresa conoció al Padre Gracián, fraile de la Reforma, que la convenció para que fundase un nuevo convento en Sevilla; éste sería, junto con el San José, el que causaría enormes problemas a la Santa, y es que una novicia que finalmente fue despedida del convento de Sevilla, denunció a Santa Teresa por “iluminadas” y otras horribles calumnias.

SEPARACIÓN ENTRE CARMELITAS CALZADOS Y DESCALZOS

                 Por desgracia, hasta entre los que aman a Dios, se dan las miserias humanas más crueles; en la vida de Santa Teresa no faltaron las persecuciones, calumnias y difamaciones. Así, los carmelitas de Italia y los que en España no habían sido reformados, estaban recelosos de la Reforma iniciada por la Santa, por eso instigaron a las autoridades eclesiásticas y civiles para frenarla.

                 Esas presiones contra Santa Teresa y su Reforma se plasmaron en un capítulo de la Orden Carmelita, donde se tomaron medidas para evitar que se siguiese extendiendo la obra de la Fundadora del Carmelo Descalzo. Al tiempo, el Nuncio Felipe de Sega, destituyó al Padre Gracián como visitador de los Carmelitas Descalzos y mandó a encarcelar a San Juan de la Cruz en Toledo, mientras que ordenó a Santa Teresa que se retirase al convento que ella eligiese y que no fundase más.

                 Sin embargo, Santa Teresa, que era perseguida por aquellos que más debieran amarla, gozaba de la simpatía y hasta de la devoción de muchos seglares, que consiguieron que el propio Rey Felipe II intercediese a su favor.

                 Por fin, en 1580, obtuvo una orden de Roma que segregaba a los Carmelitas Descalzos de los Calzados; la misma Santa dejó escrito: “Esa separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco años nuestra Orden había sufrido más persecuciones y pruebas de las que yo podía escribir en un libro. Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a distraernos del servicio de Dios.”





ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA

                 Cuando se consumó la separación de los carmelitas, Santa Teresa contaba ya con sesenta y cinco años y se encontraba sumamente débil a consecuencia de las múltiples fundaciones, que en total fueron diecisiete.

                 El Señor no la dejó de bendecir con la Cruz bendita del dolor ni en estos últimos días; su propia sobrina, que era priora del convento de Valladolid, fundado por la Santa, no la quiso recibir en él por motivos de herencia tras la muerte de su padre, Don Lorenzo, hermano de Santa Teresa. Uno de los abogados de la familia, trató con cierta crueldad a la Fundadora, que con sagacidad le respondió: “Quiera Dios trataros con la caridad que vos me habéis tratado a mí”.

                Tras la fundación del convento de Burgos, que fue la última que hizo, Santa Teresa se dispuso a volver a Ávila, pero tuvo que cambiar el itinerario hacia Alba de Tormes, llamada por María Henríquez, Duquesa de Alba. Nada más llegar al convento, tuvo que guardar cama debido a su delicadísimo estado. La Beata Ana de San Bartolomé, fidelísima hija y acompañante en sus fundaciones, refiere que la Santa le dijo: “Por fin hija mía, ha llegado la hora de mi muerte”. El Padre Antonio de Heredia, le dio los últimos sacramentos y aprovechó para preguntarle dónde quería ser sepultada. Santa Teresa, que en estos últimos años había padecido la incomprensión y hasta el desprecio por parte de algunos hijos, respondió: “¿Tengo que decidirlo yo?, ¿me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?”.

                 Cuando el mismo Padre de Heredia le dio la Sagrada Comunión como viático, la Santa se pudo incorporar en la cama y exclamó: “Oh Señor, por fin ha llegado el momento de veros cara a cara”. Así, llena del Amor de Dios, murió en los brazos de la Beata Ana de San Bartolomé, a las nueve de la noche del 4 de Octubre de 1582.

                 Como al día siguiente entraba en vigor la reforma del Calendario Gregoriano, su Fiesta quedó fijada para el 15 de Octubre. El Papa Urbano la declaró Copatrona de España, el 21 de Julio de 1627, a petición del Rey Católico Felipe III de España.

                 Fue sepultada en Alba de Tormes; una buena parte de sus restos han sido repartidos, como preciosas reliquias, por todo el Orbe Católico.




miércoles, 14 de octubre de 2026

EL VIRGINAL DESPOSORIO DE LA VIRGEN MARÍA Y SAN JOSÉ



                    Cuando tenía ya 30 años, llegó el tiempo en el cual Dios había decretado darle como esposa a la Virgen María. Ella tenía 14 años. El Ángel, una noche, mientras dormía, le hizo saber que se preparara para recibir una de las gracias más sublimes del Altísimo, aunque no le comunicó de qué se trataba. Dios le manifestó que la doncella María oraba mucho por él y cómo las oraciones de la misma eran muy gratas y agradables a Dios. Nunca vino a su mente pensamiento alguno de que podría serle dada María como esposa, aunque la misma estuviera ya en la posibilidad de casarse y de que alguien debía tener el privilegio de cuidar de ella. Sin embargo, ya sabía que ella había consagrado a Dios su virginidad como él lo había hecho. 

                    Al llegar el momento en que la santa doncella tenía que casarse, se hizo la convocatoria a todos los que eran de la estirpe de David para que fueran al templo. A quien Dios manifestara Su Voluntad, se la darían por esposa. José también se presentó, pensando que tan bella suerte no le tocaría a él, tanto más que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, se encomendaba mucho a Dios y le pedía su favor y ayuda en este asunto de tanta importancia. 

                    Después de acabar el mes de preparación, José estaba ansioso. Al llegar el día en el que se debía escoger al esposo para la santa doncella María, la noche anterior el Ángel le dijo: "José, a Dios le agradó tu preparación" y le puso en la mano una cándida paloma, diciéndole: "Toma este regalo que Dios te hace. Tú serás el guardián de su pureza. Tenla como muy querida, porque ella es la delicia del Corazón de Dios, es la criatura más amada y agradable que nunca ha existido ni existirá en el mundo". José recibió la blanca paloma en sus manos y todo alegre por la gracia recibida se despertó y se encontró totalmente encendido de amor hacia Dios, pero no podía comprender el significado de ese sueño. 

                    Por la mañana se preparó para ir al templo al concurso con los otros descendientes de la estirpe de David. Se sintió deseoso de poder ver a María, a quien por años había ayudado con sus oraciones y por medio de la cual había obtenido muchas bendiciones. Se reunieron los otros descendientes de David. Cada uno tenía una vara seca y debía orar para que Dios la hiciera florecer a aquel a quien estaba destinado para ser su esposo. La vara de José fue la que floreció y se cubrió de hermosas flores y todos admiraron el prodigio. Por lo cual fue designado a ser su esposo. 

                    A continuación quiso Dios también dar otra señal clara del castísimo desposorio, haciendo que todos vieran una cándida paloma bajar del cielo y posarse sobre la cabeza de José, haciendo que todos quedaran admirados y asegurados de que Dios lo había escogido entre todos como esposo de la santísima doncella. 

                    Se mandó llamar a María de modo que el sacerdote la desposara con José y todos se quedaron para ver. Se presentó María con los ojos fijos en el suelo, cubierta con un admirable y virginal pudor. Cuando José la vio, quedó estático por el asombro y lloró de alegría. Vio José un gran resplandor en el rostro virginal de María y sintió en su corazón la voz de Dios que le decía: "José, fiel siervo Mío, he aquí que te hago el don prometido y te doy por esposa a la más querida criatura que haya sobre la tierra. Te entrego este tesoro de modo que seas su guardián. Esta purísima paloma será tu compañera fiel". 

                    Después el sacerdote los desposó y en el acto del desposorio vieron los santos esposos salir de sus corazones una llama que se juntó, formándose una sola y voló hacia el Cielo. Cuando terminó la función, todos se fueron del Templo, quedando los dos santos esposos orando, arrebatados durante unas horas en éxtasis, donde Dios les reveló altísimos misterios: José fue informado de las grandes virtudes de su purísima esposa y María conoció claramente las virtudes de Su santo esposo y ambos agradecieron a Dios. 

                    Toda esa noche la pasaron en sagradas conversaciones y al amanecer María dijo a José que ella vivía en una pequeña casita en Nazaret y que podía ser apta para ellos. Quedaron de acuerdo en ir al Templo a orar para que Dios les manifestase Su Divina Voluntad. Dios manifestó su voluntad, que consistía en ir a vivir a Nazaret.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora


martes, 13 de octubre de 2026

EL MILAGRO DEL SOL DE FÁTIMA, "No ofendan más a Dios..."

 



               El 13 de Octubre de 1917 aconteció la última de las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima; como las otras veces, los niños videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. Entonces, la mayor de los tres videntes, Lucía Dos Santos, entabla conversación con la Madre de Dios:

               Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

               Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en Mi honor. Que Soy la Virgen del Rosario y que continuéis rezando el Rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.

               Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...

                Nuestra Señora: A unos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.

               Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el Sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el Sol.

               En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el Sol!.

               Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los Misterios Gozosos del Rosario, después los Dolorosos y finalmente los Gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).

               Aparecieron, al lado del Sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.

                Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.

               Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del Cielo y de la Tierra, con el Niño Jesús en los brazos.

               Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud, -de 50 a 70 mil espectadores- asistía al Milagro del Sol: había llovido durante toda la Aparición. Al terminar el coloquio de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el Sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el Sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. La inmensa bola de fuego comenzó a “bailar”.



El diario filomasónico O Seculo dejó constancia de todo lo acontecido 
el 13 de Octubre en la aldea de Fátima; toca sobre la imagen para verla
en su tamaño original


                Cual gigantesca rueda de fuego, el Sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el Cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.

                 Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el Sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días. El ciclo de las Apariciones de Fátima había terminado.

               Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.

               El Milagro del Sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las Apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.



"YO QUIERO VIVIR EN EL DOLOR, PARA QUE VIVA Y REINE EN TODAS LAS ALMAS EL AMOR", Alexandrina Da Costa

 

               Alejandrina María da Costa nació el 30 de Marzo de 1904, Miércoles de la Semana Santa, en Balazar, una localidad de Póvoa de Varzim, Oporto, al norte de Portugal; sería bautizada en la Iglesia de Santa Eulalia unos días después, el 2 de Abril. Sus padres eran campesinos muy devotos y trabajadores. Su padre muere poco tiempo después de su nacimiento. Alejandrina creció con su hermana mayor, Deolinda, en un ambiente de rústica sencillez y piedad.




               Junto a la Iglesia de Santa Eulalia había ocurrido un milagro: apareció una cruz sobre la tierra que no se podía borrar. En los escritos de Alejandrina da Costa se hacen tres referencias a esta cruz, la última con fecha del 14 de Enero de 1955. Estando en éxtasis, escuchó la voz de Nuestro Señor que le revelaba:

               "Un siglo atrás mostré a esta amada aldea la cruz que viene a recibir a la víctima. ¡Oh Balazar, si no respondes!... Cruz de tierra por la víctima que se entregó para nada... La víctima que es acogida por Dios y que siempre ha existido en Su designio eterno. Víctima del mundo, pero mas favorecida por bendiciones celestiales, quien ha dado todo al Cielo y por el amor a las almas, acepta todo. Confía, cree, hija mía, Yo estoy aquí!. Toda tu vida está escrita y sellada con una llave de oro..." (1)

               Durante sus primeros años de vida se fascinaba con las procesiones religiosas tan llenas de colorido que atravesaban la aldea en días de gran celebración. A los tres años de edad, cuando reposaba una tarde junto a su madre, vio un frasco de pomada en una mesa cercana.

               Cuidadosamente, para no despertar a su madre, se levantó para agarrar el frasco y justamente en ese momento su madre la llama. Tal fue su sorpresa que el frasco cayó al suelo, rompiéndose en muchos pedazos. Perdiendo el balance, Alejandrina cayó al piso, lastimándose el borde de su boca en la cual llevó una cicatriz por el resto de su vida. La niña fue llevada al dispensario clínico más cercano. Su madre, María Ana, ansiosamente limpiaba la sangre que brotaba por su boca. Una gentil asistente se acercó para calmar a la niña con una bolsa de dulces, a lo que Alejandrina respondió con patadas, gritos y golpes. "Esta fue mi primera ofensa", escribió años más tarde en su autobiografía, dictada a su hermana Deolinda, por orden de su Director Espiritual. Alejandrina fue una niña muy alegre, atractiva y llena de vida, pero sin comprometer jamás, con su jovialidad y espontaneidad, su precoz espiritualidad.

               Una de sus experiencias más formativas fue vívidamente descrita por ella años después: "Al morir nuestro tío, Deolinda y yo nos quedamos en la casa de su familia por siete días después de su muerte para asistir a las Misas de Difunto. Una mañana se me pidió que fuera a buscar una bolsa de arroz en la habitación donde se encontraba el cuerpo de mi tío. Cuando llegué a la puerta no tenía el coraje para entrar. Estaba aterrorizada, por lo que mi hermana tuvo que buscar el arroz. Esa misma noche me ordenaron que fuera y cerrara la ventana de ese cuarto. Mientras me acercaba a la puerta, sentí mis rodillas temblar y, nuevamente, no pude entrar. Así que me dije a mi misma: Tengo que luchar en contra de esto, tengo que sobrepasar este miedo, abrí la puerta y lentamente caminé por el cuarto donde yacía mi tío. Desde ese día, y con la ayuda de Dios, he sido capaz de manejar mis miedos".

               Para el tiempo de hacer su Primera Comunión, a los siete años de edad, Alejandrina ya había adquirido un profundo amor a la Sagrada Eucaristía, visitando el Santísimo Sacramento con inusual frecuencia y haciendo Comuniones Espirituales en las ocasiones en las cuales no le era posible asistir a Misa diaria. En una ocasión, una tía de Alejandrina que sufría de cáncer le pidió que se acordara de ella en sus oraciones. La niña respondió con tal perseverancia y fervor, que el hábito de la oración permaneció, desde entonces, en su joven alma...

               Escribió años más tarde: "Siempre he tenido gran respeto por los Sacerdotes. Algunas veces me sentaba sobre las escalinatas en la entrada del pueblo y veía a los Sacerdotes caminar por la calle... Acostumbraba a levantarme con respeto cuando ellos pasaban frente a mi. Ellos se quitaban el sombrero y decían el tradicional "¡Que Dios te bendiga!". Me di cuenta que las personas me miraban por lo que algunas veces me sentaba en el mismo lugar, a propósito, para poder levantarme en el momento apropiado y mostrar mi reverencia por los Sacerdotes".

               Debido a las privaciones de la vida rural de aquellos días y después de sólo 18 meses asistiendo a la escuela, Alejandrina, a los nueve años de edad, fue enviada a trabajar en el campo. Era un trabajo forzoso y estaba expuesta al mal comportamiento y el vocabulario penoso de quienes compartían sus labores. Al cabo de tres años, un empleado del lugar trató de atacarla y acosarla, lo que el Señor impidió dotándola de una fuerza inexplicable que provino mientras ella sostenía su rosario.

               Después de este serio incidente, la niña fue llevada de regreso a su casa. Esto le dio la oportunidad de renovar su amor y devoción al Santísimo Sacramento. Más adelante, ese mismo año, se enfermó peligrosamente con tifoidea; su madre le daba el crucifijo para que lo besara, Alejandrina inmediatamente movió su cabeza y murmuró: "quiero a Jesús en la Eucaristía".

               Finalmente se recuperó y fue trasladada a un sanatorio de Povoa, en la acogedora costa Atlántica. Su salud permaneció precaria y al regresar a Balazar todavía se encontraba débil y virtualmente invalida. Alejandrina se dedicó a la costura en compañía de Deolinda.

               En 1918 ocurrió un acontecimiento que marcó la vida de Alejandrina para siempre: estando en una habitación de la planta alta de su casa en compañía de Deolinda y otra joven, tres hombres se acercaron y exigieron con voz sugestiva que les dejaran pasar. Al Alejandrina asomarse por la ventana reconoció a unos de los hombres que había sido quien la acosara años atrás cuando trabajaba en el campo. Rápidamente cerró la puerta pero los hombres lograron entrar por una puerta de escape que había en el techo. Deolinda y la otra joven pudieron escapar pero Alejandrina quedó acorralada por este hombre en el esquinero de la habitación. Ella gritaba: "¡Jesús, ayúdame!", a la vez que trataba de azotar con su rosario al agresor. Detrás de ella había una ventana, a unos cuatro metros de altura sobre la planta baja. Resultando ser su única salida, prefirió lanzarse a una posible muerte antes que consentir a la pasión baja de aquel hombre.

               El golpe de la caída fue muy severo y el dolor era agudo. Rechinando sus dientes agarró un trozo de madera y se arrastró hacia la casa. Su columna vertebral fue lastimada irreparablemente. Alejandrina tenía 14 años. Fueron largos los años de un dolor que aumentaba incesantemente, la incapacidad y la depresión se incorporaron, pero jamás consintió la desesperación o el desfallecimiento.

               Completamente paralizada, el 14 de Abril, de 1924 quedaría postrada en cama de por vida, con tan sólo 20 años de edad. Su familia desconsolada oraba por ella todas las noches: se reunían alrededor de su cama, prendían dos velas a la estatua de la Santísima Virgen y rezaban el Rosario de rodillas. Alejandrina pasaba el día meditando, orando y clamando a Nuestra Señora por la sanación; le pedía a Jesús "Su bendición desde el Cielo y desde todos los tabernáculos del mundo".

               Por su creciente amor a la oración abandonó sus distracciones. Empezaba a añorar una vida en mayor unión con Jesús. Esta unión que ella percibía sólo se podía dar orientando toda su incapacidad y enfermedad al amor de Jesús. La idea de que el sufrimiento fuera su vocación no tardó en suscitarse. Al final de ese mismo año, Alejandrina se encontraba sumergida en un deseo inefable de ofrecerse a Dios como Alma Víctima por la conversión de los pecadores.

               Después de haber orado y discernido, se sintió confiada de que Nuestro Señor le estaba llamando a vivir una vida de amor y reparación, ofreciendo voluntariamente todos sus sufrimientos al Amado, por la conversión de los pecadores. Como San Pablo, Alejandrina podía decir "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Carta a los Colosenses, cap. 1, vers, 24).

               Ya llegaban a la aldea noticias de la Aparición de Nuestra Santísima Madre en Fátima, a unas 200 millas hacia el sur. Eran muchas las curaciones milagrosas reportadas en el lugar. Inmediatamente se organizó una peregrinación desde Balazar. Alejandrina, quien profesaba un profundo amor a Nuestra Santa Madre, deseosa de estar completamente segura de la Voluntad del Señor en relación a su llamado al sufrimiento, le pidió a Nuestra Señora que le permitiera acompañar a los peregrinos. El Párroco y su médico insistieron que la travesía sería suicida debido a su condición y la peregrinación tuvo que marchar sin ella.

               Cuando ya casi toda la aldea había partido hacia Fátima, Alejandrina cerró sus ojos y comenzó a orar, ofreciéndole al Señor el sacrificio de su abandono y desolación. Mientras oraba sus pensamientos se transportaban hacia el Santísimo Sacramento en la Iglesia de Santa Eulalia. Inesperadamente vino una iluminación. Pudo entender que Nuestro Señor también se encontraba prisionero en el Tabernáculo. Este eslabón con Jesús le permitió visitarle en espíritu y permanecer constantemente en Su Presencia, amándole incesantemente, orando, ofreciéndose como inmolación para consolar Su Sagrado Corazón y obtener la conversión de los pecadores. Sumamente conmovida y sobrecogida en lágrimas, Alejandrina suplicó a Nuestro Señor le permitiera sufrir hasta el límite de su tolerancia si esto ayudaba a los pecadores a librarse del fuego del Infierno.

               No pudo ir a Fátima pero la Virgen María consiguió para ella poder entender y vivir en la forma más perfecta Sus mensajes, uniéndose estrechamente con el deseo de la Virgen expresado en aquel lugar. Alejandrina, ofreciendo así su pasión se convierte en Alma Víctima por amor a la Eucaristía y la consagración al Inmaculado Corazón.

               En respuesta a su valiente petición, los dolores se empezaron a agudizar hasta convertirse en casi insoportables. Noche tras noche, con fiebre muy alta, Alejandrina permanecía despierta, recostaba la cabeza sobre su almohada y con sus manos apretaba fuertemente el rosario como exprimiendo alivio de sus cuentas: "Oh, Jesús", exclamaba en sollozos repitiendo la oración enseñada por Nuestra Señora en Fátima, "es porque Te amo, por la conversión de los pecadores y en reparación por las ofensas contra el Inmaculado Corazón de María".

                Alejandrina experimentó alrededor de 180 éxtasis de la Pasión, que eran precedidos por muchas horas de terror que se hacían sobrecogedoras a medida que el mediodía del Viernes Santo se acercaba. El miedo era generalmente acompañado por una inmensa tristeza, náusea y una sensación de terrible aislamiento. Durante siete años no pudo olvidar su primera crucifixión. Ella misma lo describiría así: "Todo parecía estar presente frente a mí, sentía el miedo y el horror de esas horas amargas, la ansiedad de mi Director Espiritual a mi lado y las lágrimas de mi familia aterrorizada".

               Minutos después del mediodía del 3 de Octubre, de 1938, Nuestro Señor la invitó a sumergirse en Su Pasión: "Ves hija Mía, el Calvario esta listo, ¿aceptas?". Alejandrina valientemente aceptó. Testigos aguantaban la respiración mientras ella entraba en éxtasis y, recobrando el uso de sus miembros paralizados, casi levitó de la cama y emprendió los movimientos de agonía del Getsemaní al Calvario.

               Al terminar uno de los éxtasis a las 3 de la tarde, Alejandrina levantó sus brazos en acción de gracias e inmediatamente, agotada en horror, lloró: "¡No Jesús, no Jesús, crucifícame!". ¡Perdón, perdón, perdón! Ellos tienen el mismo derecho que tengo yo, porque Tú moriste en la cruz por ellos, como lo hiciste por mí. Jesús, no quiero que ningún alma vaya al Infierno. Te amo por ellos. Perdónalos, Jesús, acuérdate de mí en mi crucifixión. El Infierno es la más terrible bajeza". Este relato nos recuerda uno de los diálogos de la mística Santa Gema Galgani a fines del siglo XIX.




               Días después, Alejandrina sufrió dolores atroces, empezó a vomitar sangre y fue torturada por una sed tan fogosamente intensa que el agua no saciaba; no podía ni siquiera tragar una gota. Empezó a percibir, literalmente, el "fuerte olor del pecado": "Eran olores increíblemente repugnantes" recuerda en su autobiografía. "Me traían violetas y perfumes para acercarlos a mi nariz, pero los apartaba porque todavía estaba atormentada por ese vil olor. Sólo el recuerdo de estas cosas me hacen sufrir".

               Un día escuchó la voz del Señor que le decía: "No te alimentarás más con comida en la tierra. Tu comida será Mi Carne, tu bebida será Mi Divina Sangre, tu vida será Mi Vida. Tú la recibes de Mí cuando uno Mi Corazón al tuyo. No tengas miedo, ya no serás más crucificada como en el pasado, ahora nuevas pruebas te esperan que serán las más dolorosas. Pero al final Yo te llevaré al Cielo y la Santísima Madre te acompañará".

               El 27 de Marzo de 1942 en la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, acontecía su último éxtasis de la Pasión. Durante los últimos trece años de su vida, Alejandrina no comió, ni bebió nada. Se alimentaba únicamente de la Sagrada Eucaristía. Su sed sólo podía ser saciada por Dios mismo. Fue sometida a muchos estudios médicos, el último firmado por el Profesor Joao Marques, maestro de Ciencias Médicas en la Universidad de Pernambuco, conferencista calificado para la facultad de dicha institución, profesor de la rama de nutrición de la Escuela de Servicio Sociales y Presidente de la Sociedad de Gastroenterología y Nutrición en Pernambuco.

               Alejandrina compartió a su Director Espiritual lo que Nuestro Señor le había dicho: "Estás viviendo sólo de la Eucaristía porque quiero mostrarle al mundo entero el Poder de la Eucaristía y el Poder de Mi vida en las almas".

               Durante su larga agonía escuchó la voz del Señor que le decía: "Dame tus manos porque quiero clavarlas con las Mías. Dame tu cabeza porque quiero coronarte con Mis espinas como Me hicieron a Mí. Dame tu corazón porque quiero traspasarlo con una lanza, como Me traspasaron el Mío. Abandónate completamente en Mí... Ayúdame el la redención de la humanidad".

               Alejandrina murió poco después de recibir la Sagrada Eucaristía, el 13 de Octubre de 1955, en el 38 aniversario del Milagro del Sol en Fátima. Sus últimas palabras, entre murmuraciones, antes de morir fueron: "No lloren por mí, hoy soy inmensamente feliz... por fin me voy al Cielo". Y a los Sacerdotes, peregrinos y periodistas que abarrotaban el lugar, les dio un mensaje que debe mover a toda la humanidad: "No pequen más. Los placeres de esta vida valen nada. Reciban la Comunión; recen el Rosario todos los días. Esto, lo resume todo".

               Poco antes de morir, Alejandrina pidió que se le enterrara mirando hacia el tabernáculo de la Iglesia, diciendo: "En la vida siempre deseé estar unida a Jesús en el Santísimo Sacramento y mirar hacia el Tabernáculo cuantas veces me fuera posible, después de mi muerte quiero seguir contemplándole, teniendo por siempre mi mirada fija en Nuestro Señor Eucarístico".

               También dictó a su hermana Deolinda su epitafio, el que actualmente se encuentra gravado sobre su tumba: "Pecadores: Si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvarte, acércate. Si es necesario pisotéalas hasta que desaparezcan pero no peques nunca más. No ofendas más a Nuestro amado Señor. Conviértete. No pierdas a Jesús por toda la Eternidad. ¡Él es tan bueno!.



NOTA

               1) El 21 de Junio de 1832, Jueves del Corpus Christi, los Fieles que iban a Misa se percataron de una misteriosa cruz, aparecida en el suelo, cerca a la iglesia. El Párroco de Balazar, Padre Leopoldino Mateus, envió una carta al Arzobispo de Braga contándole que "la tierra que mostraba esta cruz era de un color más blanco que la otra, y parecía haber caído el rocío en toda la tierra, menos en el sitio donde estaba la cruz... Pedí que barrieran todo el polvo y la tierra que estaba dispersa en ese lugar y continuó apareciendo como antes en ese mismo sitio, con la misma forma de la cruz. Mandé que le echaran agua en abundancia para que la cruz y la tierra se borraran. Entonces la tierra que mostraba la forma de la cruz tomó un color negro que se conserva hasta el presente". 

               En el lugar de la aparición de la cruz se construyó una capilla, poco a poco fue creciendo la veneración y se empezó a dar cuenta de algunos milagros. 



lunes, 12 de octubre de 2026

NUESTRA SEÑORA MARÍA SANTÍSIMA DEL PILAR

 

Este pilar permanecerá en este 
sitio hasta el Fin del Mundo 
y nunca faltarán en esta ciudad 
verdaderos Cristianos




LA PIADOSA TRADICIÓN DEL PILAR


                    Una antigua y venerada tradición refiere que la Santísima Virgen María, en carne mortal, se apareció en Zaragoza sobre una columna o pilar, signo visible de su presencia, alentando al apóstol Santiago en su evangelización por tierras españolas. El santuario levantado en ese lugar es uno de los más visitados en el mundo católico. Bajo su patrocinio de inició la evangelización de América el 12 de Octubre del 1492.

                    El Papa Clemente XII aprobó su Misa y Oficio litúrgico para toda España. Pío VII lo elevó a la categoría litúrgica de Fiesta. Y Pío XII otorgó a todas las naciones hispanoamericanas la posibilidad de celebrar la misma Misa que se celebra en España.               

                       "Después de la Pasión y Resurrección del Salvador y de Su Ascensión al Cielo, la Virgen María quedó encomendada al Apóstol San Juan. De Ella recibieron los Apóstoles el impulso para salir a anunciar el Evangelio en todo el mundo. El Apóstol Santiago, hermano de Juan e Hijo de Zebedeo, movido por el Espíritu Santo se dirigió a las provincias de España. Antes de partir besó las manos de la Virgen y pidió Su bendición.

                      Ella lo despidió con estas palabras: "Ve, hijo, cumple el mandato del Maestro y por Él te ruego que en aquella ciudad de España en que mayor número de hombres conviertas a la Fe, edifiques una Iglesia en Mi memoria, como Yo te lo mostraré". Saliendo de Jerusalén, Santiago llegó a España y pasando por Asturias llegó a la ciudad de Oviedo, donde sólo pudo bautizar a un hombre. Luego, entrando por Galicia, predicó en la ciudad de Padrón. De allí volviendo por Castilla se dirigió a Aragón, donde se encuentra Zaragoza, a orillas del Ebro. 

                       En esta ciudad, luego de predicar muchos días, bautizó a ocho varones con quienes conversaba durante el día del Reino de Dios. Por la noche, solo y descorazonado, se encamina por la ribera del río para descansar y orar en silencio. Durante la oración, una de esas noches oyó voces de Ángeles que cantaban: "Ave María llena de gracia..." al oírlos se postró de rodillas y vio sobre un pilar de mármol a la Virgen que le decía: "He aquí, Santiago, el lugar donde edificarás un templo en Mi memoria. Mira bien este pilar en que estoy, al que Mi Hijo y Maestro tuyo trajo de lo alto por mano de los Ángeles. Alrededor de él harás el Altar de la capilla, en este lugar obrará la Virtud del Altísimo portentos y maravillas por Mi intercesión por aquellos que, en sus necesidades imploren Mi Patrocinio. Este pilar permanecerá en este sitio hasta el Fin del Mundo y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos Cristianos. 

                       Confortado por esta presencia de María, edificó un templo. Es la primera iglesia del mundo dedicada a la Virgen". 

                    Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresar a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.

                    Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El más antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.


LA SANTA COLUMNA O PILAR


                    "Es de jaspe, de dos varas de alta y descansa en una piedra que la continúa algo oscura que está sobre otra más clara, fijada en una base redonda y está sobre un plano de piedra como la que circuye toda la obra. La columna de jaspe está cubierta de bronce y, sobre el bronce, de plata, cuyas dos cubiertas llegan hasta el pie de la sagrada imagen que está colocada en la Columna sin otra seguridad y su diámetro mide 24 ctms". Manuel Vicente Aramburu en su descripción de la Santa Columna del Pilar en 1766.




                    Fragmento visible de la Santa Columna, en el humilladero que está en la parte posterior del Pilar de Zaragoza: la costumbre de besar el Pilar ya está atestiguada desde la Edad Media. El desgaste sufrido por la Santa Columna a causa de los continuos ósculos de los fieles, llevó a Julián de Yarza a modificar la altura de la apertura de la funda. El óvalo de oro que lo rodea se colocó a mediados del siglo XX, donado por el médico y escritor Ricardo Royo Villanova, Terciario Franciscano.





                    El Santo Pilar que la Tradición asegura que no se ha movido del mismo lugar donde se produjo la Venida, representa la idea de la estabilidad del edificio que simboliza la Iglesia gracias a la solidez y firmeza de la columna que viene a ser la confianza en la Fe que nos demuestra María.



domingo, 11 de octubre de 2026

OFRECER LA SANTA FAZ AL PADRE ETERNO

 


               Tal día como hoy, el 11 de Octubre, pero del año 1845, Nuestro Señor se manifestó a la mística Sor María de San Pedro, y de la Sagrada Familia a quien reveló: "Busco Verónicas para enjugar y venerar Mi Divina Faz, la cual tiene pocos adoradores". Le enseñó entonces una oración de reparación a la Santa Faz:

               Padre Eterno, Te ofrezco la adorable Faz de Tu amado Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, por el Honor y la Gloria de Tu Nombre, para la conversión de los pecadores, para la salvación de los moribundos.

               A pesar de las primeras negativas por parte de la Autoridad Eclesiástica, en 1847, Sor María de San Pedro finalmente obtuvo el permiso para fundar una cofradía de laicos, destinada a orar por la reparación de las ofensas cometidas contra la Santa Faz. 

               Siguiendo los dictados de Nuestro Señor, Sor María de San Pedro hizo acuñar una insignia, una cruz con la imagen de la Santa Faz, como distintivo de la Archicofradía y señal de entrega a la obra de reparación de las blasfemias; la archicofradía comenzó a extenderse muy pronto por toda Francia, siendo inspiración para otras naciones que pronto quisieron afiliarse a la causa. 



LA MATERNIDAD DIVINA, Dogma de Fe: MARÍA VIRGEN ES MADRE DE DIOS y Madre Nuestra


Beáta víscera Maríæ Vírginis, 
quæ portavérunt Ætérni Patris Fílium




"Si alguno no confesare que el Emmanuel
(Cristo) es verdaderamente Dios,
 y que por tanto, la Santísima Virgen
 es Madre de Dios, porque parió
 según la carne al Verbo de Dios
 hecho carne, sea anatema" 

Concilio de Éfeso, año 431


               Entre los cuatro Dogmas Marianos (1), ninguno tan inculcado y venerado por la Liturgia Sagrada como el de la Maternidad Divina de la Bienaventurada Virgen María, por ser el principal y la raíz de todas las prerrogativas que distinguen a Nuestra Señora y la encumbran a la vez sobre las demás criaturas, ya que concibió por obra del Espíritu Santo y dio a luz, según la carne, a aquel que posee dos naturalezas —la humana y la divina— unidas en una sola persona, el Verbo Eterno.

               Fue en el Concilio de Éfeso (año 431) cuando los Padres, reunidos bajo la presidencia de San Cirilo de Alejandría, legado al efecto del Papa San Celestino, excomulgaron al patriarca Nestorio y definieron la Divina Maternidad de la Virgen María, proclamándola Theotokos, Deípara o Madre de Dios, por ser la Madre de Cristo, el cual es Dios a la par que hombre.

               De donde resulta para la Virgen Madre "una dignidad casi infinita", como enseña Santo Tomás de Aquino, pudiéndola llamar de algún modo los Santos Padres como el complemento de la Trinidad, Su instrumento y cooperadora en la magna obra de la Encarnación y de la Redención. "La Bienaventurada Virgen, por el hecho de ser Madre de Dios, tiene una dignidad en cierto modo infinita, a causa del bien infinito que es Dios" (2).

               Pero al ser María Madre del Hijo de Dios por naturaleza, es también Madre de los hijos de Dios por adopción y por gracia. Este aspecto tenía menor relieve en la Liturgia; de ahí que ahora insista en él la Iglesia, por ser uno de los mayores consuelos que caben al hombre huérfano y pecador. "Recurrir a María Santísima es recurrir a la Madre de la Misericordia, dispuesta de tal modo en nuestro favor que cualesquiera que sean nuestras necesidades y, especialmente las del alma, movida por Su misma caridad y aun adelantándose a nuestras súplicas, nos socorre siempre y siempre nos infunde los tesoros de aquélla gracia con que desde el principio la adornó Dios para que fuera digna Madre Suya", enseñó el Papa León XIII en su encíclica "Magnae Dei Matris" (8 de Septiembre de 1892).

               María Nuestra Señora es Madre de todos los cristianos en el orden sobrenatural, por serlo Cristo, el cual se declaró a boca llena nuestro hermano mayor, dispuesto a compartir Su herencia con nosotros y su divina filiación. Es además Madre de los cristianos por Su cooperación en nuestro rescate, y mejor que Eva merece ser llamada "Madre de todos los vivientes".

                La Virgen es además Madre por Su amor y maternal solicitud, ya que fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos hizo donación de Ella a través de San Juan en la agonía del Calvario. "Aquella que había sido Cooperadora en el Misterio de la Redención Humana, sería asimismo Cooperadora en la dispensación de la Gracia (...). Jesús desde la Cruz la miró y le habló: "Ahí tienes a Tu hijo"; y a Juan: "Ahí tienes a tu madre". Al decir esto, Jesús le daba como hijos, en la persona del discípulo Juan, a todos los hombres, especialmente a los que debían creer en Él" (3).

               En 1931, coincidiendo con el decimoquinto centenario de la Definición Dogmática de María como Madre de Dios por el Concilio de Éfeso, el Romano Pontífice Pío XI decretó que se celebrase la Maternidad de Nuestra Señora el 11 de Octubre.

               El mismo Papa, en su Encíclica "Lux Veritatis" del 25 de Diciembre de 1931, que conmemoró el 1500 aniversario del Concilio de Éfeso, reiteró la Fe Católica en esta Doctrina:

                 “Y, ciertamente, si el Hijo de la Santísima Virgen María es Dios, seguramente a Ella, quien lo llevaba, se le debe justa y merecidamente llamar la Madre de Dios. Si hay una sola Persona en Cristo, y esta es divina, sin duda alguna a María deberían todos llamarle no solo la Madre de Cristo el Hombre, sino Theotokos, o Portadora de Dios. 

                  Veneremos, por tanto, a la tierna Madre de Dios, a quien Su prima Isabel saludó como ‘la Madre de mi Señor’ (Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 43), y a quien, según Ignacio Mártir, dio a luz a Dios (Ad Ef. 7:18-20); y de quien, como profesa Tertuliano, nació Dios; a quien la Eterna Divinidad ha llenado con la plenitud de la gracia y dotada de tan gran dignidad.”



NOTAS ACLARATORIAS:

                1- Los "Dogmas marianos" son aquellos concernientes a Nuestra Señora la Virgen María, que forman parte de las cuestiones de Fe Católica que todo fiel está obligado a creer: la Maternidad Divina, la Inmaculada Concepción, la Perpetua Virginidad, la Asunción de María. Los Dogmas Católicos constituyen la base inalterable de la Doctrina Católica y por lo tanto todo católico está obligado a aceptar, creer y profesar de manera irrevocable, de lo contrario queda fuera de la Comunión de la Iglesia.

                2- Santo Tomás de Aquino, "Suma Teológica", Iª parte, cuestión 25.

                3- Papa León XIII, Carta Encíclica "Adiutricem Populi", 1895.



jueves, 8 de octubre de 2026

SANTA BRÍGIDA DE SUECIA, Viuda, Mística y Fundadora

 


                   Santa Brígida nació en Upsala (Suecia), en el año 1303. Su familia materna estaba emparentada con la casa real sueca; su padre y abuelo eran jueces, como lo sería su hermano y después su esposo. Desde niña fue muy piadosa, así, su mayor gusto era escuchar a su madre mientras leía la Vida de los Santos.

                   Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera Revelación: la Virgen María se le manifestó visiblemente para invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios.

                   Desde ese momento, las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que Brígida llegó a creer que se trataba de alucinaciones o falsas imaginaciones, como en ocasiones hace creer el demonio.

                   Cuando tenía 13 años asistió a un sermón de Cuaresma, predicado por un famoso misionero; el santo sacerdote habló tan emocionantemente acerca de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, que Brígida quedó totalmente entusiasmada por Nuestro Redentor. En adelante su devoción preferida será la de Jesucristo Crucificado.

                   Un día rezando con todo fervor delante de un Crucifijo le dijo a Nuestro Señor: - ¿Quién te puso así? - y oyó que Cristo le decía: "Los que desprecian Mi Amor. Los que no le dan importancia al amor que Yo les he tenido". Desde ese día se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más la Pasión de Cristo.

                  A pesar de los deseos de vivir sólo para Su Amado, el padre de Santa Brígida concertó su matrimonio con Ulf, hijo de otro gobernante; Brígida y su esposo tuvieron un matrimonio feliz que duró veintiocho años y que bendecido con ocho hijos: cuatro varones y cuatro mujeres, una de las cuales sería Santa Catalina de Suecia. 

                  Santa Brígida era la dama principal de las que colaboraban con los Reyes de Suecia. Pero en el palacio se dio cuenta de que se gastaba mucho dinero en lujos y comilonas y se explotaba al pueblo. Quiso llamar la atención a los Monarcas, pero estos no le hicieron caso. Entonces pidió permiso y se fue con su esposo en peregrinación a Santiago de Compostela en España. En el viaje, su marido Ulf enfermó gravemente. Brígida, por lo mucho que lo amaba, oró por él y en un sueño se le apareció San Dionisio a decirle que se le concedía la curación, pero a cambio tendría que llevara una vida santa. El marido curó y entró de religioso cisterciense y unos años después murió santamente en el convento.

                  En una visión oyó que Jesús Crucificado le decía: "Yo en la vida sufrí pobreza, y tú tienes demasiados lujos y comodidades". Desde ese día, Santa Brígida dejó todos sus vestidos elegantes y empezó a vestir como la gente pobre. Ya nunca más durmió en camas muy cómodas, sino siempre sobre duras tablas; también fue muy generosa cuando se decidió a repartir todos los bienes entre los pobres, de manera que ella llegó a ser también muy pobre.

                  Con su hija Santa Catalina de Suecia, se fue a Roma y allí estuvo catorce años, dedicada a la oración, a visitar y ayudar enfermos, a peregrinar devotamente muchos santuarios, y a dictar sus Revelaciones, que están contenidas en ocho tomos. Desde Roma escribió a muchas autoridades civiles y eclesiásticas y al mismo Sumo Pontífice (que en ese tiempo vivía en Avignon, Francia) corrigiendo muchos errores y repartiendo consejos sumamente provechosos. Sus avisos sirvieron para mejorar las costumbres y disminuir los vicios. Así, en una carta dirigida al entonces Papa Gregorio XI advierte al Pontífice que "en esa curia reinan la arrogancia, insaciable codicia y lujuria execrable. Es el más profundo abismo de una horrible simonía".



Crucifijo de madera que se venera en la Basílica de San Pablo de Extramuros; 
rezando a la pies de esta imagen, Santa Brígida entró en éxtasis: 
recibió en ese momento revelaciones, que incluirían las 
"Quince Oraciones de la Pasión", cuya devoción se extenderá ampliamente.


                  Por inspiración del Cielo fundó la Comunidad de San Salvador. El rey de Suecia y Noruega, Magnus II Eriksson, donó para la nueva comunidad el castillo de Vadstena , con el fin de convertirlo en monasterio; sería este el principal convento. En pocos meses el convento se convirtió en el centro literario más importante de su nación en esos tiempos. La nueva Orden religiosa pronto llegaría a tener setenta conventos de monjas en toda Europa.

                  Santa Brígida decidió visitar los Santos Lugares, aquellos mismo parajes donde vivió, predicó y murió Nuestro Señor Jesucristo, y allí mismo, la Mística sueca recibió continuas revelaciones acerca de cómo fue la Vida de Jesús. Las escribió en uno de los tomos de sus Revelaciones.

                  Al volver de Jerusalén se sintió muy débil y el 23 de Julio del 1373, a la edad de 70 años, murió en Roma, rodeada por una gran fama de Santidad, por eso no es de extrañar que fuera canonizada tan sólo dieciocho años, en 1391, por el Papa Bonifacio IX.

                   Yo he creado todas las cosas por el bien de la humanidad y todo lo he puesto a su disposición. Y aún así, los seres humanos aman todo menos a mí y no aborrecen nada más que a mí. Les restituí la herencia que habían perdido por el pecado, pero ellos se han enajenado tanto y se han alejado tanto de la razón que, en lugar de la gloria eterna en la que están todos los bienes duraderos, prefieren la honra pasajera que es como espuma de mar, que aumenta un momento, como una montaña, y rápidamente se deshace en nada. Esposa mía, si no deseas nada más que a mí, si desprecias todo por mi bien –tanto hijos como padres, lo mismo que las riquezas y los honores—Yo te daré el más precioso y dulce regalo.

                   No te daré ni oro ni plata como pago sino a mí mismo como Esposo tuyo, Yo, que soy el Rey de la gloria. Si te avergonzases de ser pobre y despreciada, considera cómo tu Dios lo ha sido antes que tú, cuando sus sirvientes y amigos le abandonaron en la tierra, porque Yo no busqué amigos en la tierra sino en el Cielo. Si estás preocupada y temerosa de verte cargada de trabajo y enferma, considera qué grave es arder en el fuego. ¿Qué hubieras merecido si hubieras ofendido a un maestro terreno, como has hecho conmigo?

                   Porque, aunque Yo te amo de todo corazón, nunca actúo contra la justicia, ni aún en un solo detalle. Igual que tú has pecado en todos tus miembros corporales, también debes reparar en cada miembro. Sin embargo, debido a tu buena voluntad y a tu propósito de enmienda, Yo conmuto tu sentencia por una de Misericordia y remito el duro suplicio a cambio de una módica enmienda. Por esta razón, ¡abraza de buena gana tus pequeñas cargas para que puedas quedar limpia y conseguir cuanto antes tu gran premio! Es bueno que la esposa se canse y comparta las fatigas del Esposo, de forma que descanse así más confiadamente con Él.


Las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia Libro I, capítulo 2



ORACIÓN A NUESTRO SEÑOR
compuesta por Santa Brígida de Suecia

                    “¡Oh Jesús mío! Médico Celestial, clavado en la Cruz para sanar nuestras heridas con las Tuyas, recuerda la extenuación  y las magulladuras que sufriste en Tus miembros, ninguno de los cuales permanecerá en su lugar, de manera  que no hubo dolor similar al Tuyo. Desde las plantas de Tus pies hasta la coronilla, ninguna parte de Tu Cuerpo estuvo libre de tormento; y sin embargo, olvidándote de Tus sufrimientos, no Te cansaste de orar a Tu Padre por Tus enemigos, diciéndole: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”  Por esta gran Misericordia y en memoria de este dolor, haz que el recuerdo de Tu amarga Pasión obre en mí una perfecta contrición y la remisión de todos mis pecados. ¡Que así sea!”


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