jueves, 19 de marzo de 2026

LE ROGUÉ QUE VELASE POR MÍ... el amor de Santa Teresita por San José



                    "¡Oh, qué bueno es San José!. ¡Cuántas cosas le he confiado y cuántas veces me ha respondido!"

                    "Desde mi infancia había sentido hacia San José una devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen... Rogué también a San José que velase por mí. Todos los días le rezaba la oración: “San José, padre y protector de las vírgenes”. Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje..." (Historia de un alma, escrita por Santa Teresa de Niño Jesús y de la Santa Faz)

                    El amor y la confianza que Santa Teresita profesó a San José le acompañará en toda su vida; a él dedicará una poesía: 


Vuestra admirable vida en la sombra, 
José, se deslizó humilde y escondida, 
¡pero fue augusto privilegio vuestro 
contemplar muy de cerca 
la belleza de Jesús y María! 

¡Más de una vez, el que es Hijo de Dios,  
y entonces era niño y sometido en todo 
a la obediencia vuestra, sobre el dulce refugio 
de vuestro pecho amante descansó con placer! 

Y como vos, nosotros, en la tranquila soledad, 
servimos a María y Jesús, nuestro mayor cuidado 
es contentarles, no deseamos más. 

A vos, Teresa, nuestra Santa Madre,
acudía amorosa y confiada en la necesidad, 
y asegura que nunca su plegaria
dejasteis de escuchar. 

Tenemos la esperanza de que un día,
cuando haya terminado la prueba de esta vida,  
al lado de María iremos, Padre, a veros.
Bendecid, tierno Padre, nuestro Carmelo, 
y tras el destierro de esta vida ¡reunidnos en el Cielo! 


Santa Teresa del Niño Jesús, “A Nuestro Padre San José” (Poesía Nº 14)


                    ¡Qué hermoso será conocer en el Cielo todo lo que ocurrió en el seno de la Sagrada Familia! […] ¿Y San José?, ¡ay, cuánto lo quiero!. Él no podía ayunar, debido a su trabajo. Lo veo acepillar, y después secarse la frente de vez en cuando. ¡Qué lástima me da de él!. ¡Qué sencilla me parece que debió de ser la vida de los tres! […] 

                    …Lo que me hace mucho bien, cuando pienso en la Sagrada Familia, es imaginármela llevando una vida totalmente ordinaria. […] No, el Niño Jesús no hacía milagros inútiles como ésos, ni siquiera por complacer a Su Madre. Y si no, ¿por qué no fueron transportados a Egipto en virtud de un milagro, que, por lo demás, habría sido más necesario y tan fácil para Dios?. En un abrir y cerrar de ojos habrían sido llevados allá. Pero no, en su vida todo discurrió como en la nuestra. ¡Y cuántas penas, cuántas decepciones!. ¡Cuántas veces se le habrán hecho reproches al bueno de San José!. ¡Cuántas veces se habrán negado a pagarle su trabajo!. ¡Qué sorprendidos quedaríamos si supiésemos todo lo que sufrieron!. 


Santa Teresa del Niño Jesús, "Últimas conversaciones"



SAN JOSÉ, COLABORADOR EN EL PLAN DIVINO DE LA REDENCIÓN



                    La Redención de la Humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el surgimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una Civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del Estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso.

                    La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores. 

                    El Estado pagano, transformado desde sus fundamentos por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos. 

                    El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano. 

                    La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la Civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del Comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas. 

                    Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la Gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el Plan Divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la Gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó. 

                    Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la Santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral. 

                    Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la Fiesta de San José nos deja. 

                    Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in Eo qui me confortat - “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filp. 4, 13)


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



San José, 
Corredentor perfectísimo


                    José conoció y vivió anticipadamente el drama de la Pasión desde los primeros misterios de la Infancia de Jesús. Y acepta la parte que le corresponde en él, que fue precisamente sufrido en su corazón, a la vez que preparaba la Víctima y compadecía a nuestra Madre Dolorosa. El no asistir a él fue quizá uno de sus grandes dolores. Pero aceptó siempre los Planes Divinos de la Providencia. Y cuando Dios dio por cumplida su misión en la tierra, salió silenciosamente, inmolando su vida por la regeneración del mundo.

                    Con toda justicia el Cardenal Lépicier, verdadero y profundo teólogo entre los escritores de San José, le llama «Corredentor perfectísimo». Dios le dio un conocimiento especial de este misterio, valorando a la luz del mismo el ministerio para el que era elegido, pues le correspondía preparar y custodiar la Víctima, participando en grado eminentísimo en los frutos de Su Sacrificio y cooperando en la misma forma para el bien del género humano.

                    San José no solo coopera -como todos estamos llamados a hacerlo- a la redención subjetiva del género humano, que es la aplicación de los méritos adquiridos por Cristo a cada uno de los hombres, sino también a la redención objetiva o adquisitiva, a la Obra Redentora en general y desde Nazaret hasta su consumación en el holocausto del Calvario. También San José, a semejanza de María prestó su libre consentimiento a los planes divinos. Cuando el Ángel le revela el Misterio obrado en su esposa por obra del Espíritu Santo, la acoge inmediatamente en su casa y se entrega con su mayor solicitud al ministerio que se le pide, el cual comprende su colaboración a la Obra Salvadora de Jesús, ya que el Ángel le dice: «Dará a luz un Hijo, a quién pondrás por Nombre Jesús, porque salvará a Su pueblo de sus pecados». (Mt. 1, 23). José entrega todo su ser en manos de Dios y acepta los sufrimientos que le deben corresponder en el Plan Salvífico Divino, ofreciéndolos en unión del sacrificio de Cristo Redentor. Su sacrificio, aún sin presenciar en vida mortal el drama sangriento de la Pasión, fue perfecto. El Santo se inmola a sí mismo silenciosamente, viviendo anticipadamente en su corazón la crucifixión dolorosísima de Cristo, las amarguras indecibles de su Santa esposa. 

                    Puede afirmarse -con el Cardenal Lépicier- que San José participó más que ningún otro, después de la Santísima Virgen, en la Pasión de Cristo, cuyos dolores, en conjunto, fueron los mayores que pudo padecer ninguna criatura por su inseparable e íntima unión con Jesús y con María. El mar de amargura de ambos se refleja en el corazón de San José. Y en proporción a la unión está, por otro lado, el mayor conocimiento de este tremendo Misterio del Dolor que tuvo el Santo ya por la revelación del Ángel y la profecía de Simeón, ya también por las confidencias íntimas de Jesús y por los presentimientos que en su alma ponía el Espíritu Santo. 

                    Por su voluntaria aceptación de su vocación de Padre y Señor de Familia predestinada a ser instrumento de salvación del mundo entero ("causa salutis", Heb 5, 9) y generoso ofrecimiento a participar en la Cruz del Señor, para satisfacer más abundantemente, por todos los hombres, la cooperación dolorosa de San José es la mayor después de la de María -y como ella única y singular en cuanto participante con el Redentor en la redención objetiva, no solo aplicativa-, e incomparablemente mayor que la que puede atribuirse a otros Santos.


Padre Bonifacio Llamera O.P.
"Teología de San José", BAC, Madrid, 1953


Nuestro Padre y Señor San José
en las revelaciones que recibiera la mística Sor María de Jesús de Ágreda


                    En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con Ella lo que era necesario al Misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado... Y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su Divina Esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por Ella y para Ella y los de antes de ser Su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos Ella granjeado y merecido..." 

                    Aunque trabajaba de sus manos, y también la Divina Esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar ; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que deprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa..."

                    El Santo José, aunque no era muy viejo, pero cuando la Señora del mundo llegó a los treinta y tres años estaba ya muy quebrantado en las fuerzas del cuerpo, porque los cuidados y peregrinaciones y el continuo trabajo que había tenido para sustentar a su esposa y al Señor del mundo le habían debilitado más que la edad ; y el mismo Señor, que le quería adelantar en el ejercicio de la paciencia y otras virtudes, dio lugar a que padeciese algunas enfermedades y dolores que le impedían mucho para el trabajo corporal...

                    Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de Ella la hincaba la rodilla con grande reverencia. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el Santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos..."

                    Según el concepto que yo tengo, si en el mundo hubiera otro hombre más perfecto y de mejores condiciones, ése diera el Señor por esposo a Su misma Madre, y pues le dio al Patriarca San José, él sería sin contradicción el mejor que Dios tenía en la tierra...

               Palabras de Nuestra Señora: "Hija Mía, aunque has escrito que Mi esposo San José es excelentísimo entre los Santos y Príncipes de la Celestial Jerusalén, pero ni tú puedes ahora manifestar su eminente Santidad, ni los mortales pueden conocerla antes de llegar a la Vida de la Divinidad, donde con admiración y alabanza del mismo Señor se harán capaces de este privilegio; el día último, cuando todos los hombres sean juzgados, llorarán amargamente los infelices condenados no haber conocido por sus pecados este medio tan poderoso y eficaz para su salvación (la devoción a San José), ni haberse valido de él para ganarse la amistad de Mi Divino Hijo, el Justo Juez.

               Y todos los del mundo han ignorado mucho los privilegios y prerrogativas que el Altísimo Señor concedió a Mi Santo Esposo José y cuánto puede su intercesión con su Majestad y Conmigo, porque te aseguro, muy querida hija, que en presencia de la Divina Justicia es uno de los grandes intercesores para detenerla contra los pecadores y alcanzar grandes mercedes.

               Y por la noticia y la luz que de esto has recibido y recién escrito, quiero que seas muy agradecida a la dignación del Señor y al favor que en esto hago contigo; y de aquí en adelante en lo que queda de tu vida procures adelantarte en la devoción y cordial afecto a Mi Santo Esposo José y bendecir al Señor, porque le favoreció con tantos dones y por el gozo que yo tuve de conocerlo. En todas tus necesidades te has de valer de su intercesión y solicitarle muchos devotos, y que las religiosas se fijen mucho en esto, pues lo que pide Mi Esposo José en el Cielo concede el Altísimo en la tierra y a sus peticiones y palabras tiene vinculados grandes y extraordinarios favores para los hombres, si ellos no se hacen indignos de recibirlos.

                Y todos estos privilegios corresponden a la perfección de este admirable Santo y a sus virtudes tan grandiosas, porque la Divina Misericordia se inclinó a ellas y le miró con mucho agrado, para conceder admirables misericordias para José y para los que acuden a su intercesión.


Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, 
Extraído de su obra "Mística Ciudad de Dios" 



miércoles, 18 de marzo de 2026

CONOCER A CRISTO; CONOCER SU DOCTRINA, SU VIDA, SU PASIÓN Y SU GLORIA...

 


               Muchos, hoy día, desean y se esfuerzan por conseguir -y ojalá que fuese sin éxito- la perversión, tanto en la vida privada como en la pública, de las costumbres que había formado y protegido la Iglesia; borrando de la sociedad todo rastro de la sabiduría y honestidad cristianas, pretenden llevarla de nuevo a las lamentables costumbres del paganismo. 

              Los malos han escogido como blanco principal de sus dardos a la sociedad doméstica, que es el principio y germen de donde brota la sociedad civil; y les parece con razón que conseguirán infaliblemente la mudanza o mejor dicho la corrupción de la sociedad civil que se proponen buen punto consigan corromper las costumbres familiares. 

               Así, sancionan la ley del divorcio, con lo que destruyen la estabilidad del matrimonio; obligan a la juventud a seguir la enseñanza oficial (cuya institución dista mucho de ser conforme, a menudo, con la Religión), con lo que debilitan, en materia de tanta importancia, la patria potestad; enseñan el arte vergonzoso de satisfacer la voluntad defraudando la naturaleza, con lo que esterilizan impíamente la fuente misma del género humano, manchando con costumbres las más impuras la santidad del tálamo. 

               Con razón, para tomar la defensa de la sociedad humana se ha de esforzar sobre de todo en formar y fomentar en la familia el Espíritu Cristiano, empeñándose para que reine en lo más íntimo suyo la Caridad de Cristo. Lo cual hacemos avalados por el mismo Cristo que prometió bendecir con sus dones las casas en las que la imagen de Su Corazón estuviese expuesta y piadosamente honrada. 

               Muy santo es, por consiguiente, el tributar a nuestro amantísimo Redentor este honor y culto; pero no todo debe reducirse a esto. Es preciso, sobre todo, conocer a Cristo; conocer Su Doctrina, Su Vida, Su Pasión y Su Gloria; no seguirle por un superficial sentimiento de religiosidad, que fácilmente conmueve a los corazones tiernos y sentimentales, que hace derramar algunas lágrimas, pero que deja intactos los vicios; sino con una Fe viva y firme, que dirija y ordene los pensamientos, deseos y costumbres. 

               La causa de que la mayoría de los hombres prescinda por completo de Jesucristo en su vida y de que muchos otros le amen tan tibiamente reside en el desconocimiento casi absoluto, o en el conocimiento muy insuficiente que respectivamente tienen de Él.


Papa Benedicto XV, Carta al Padre Mateo Crawley, 27 de Abril de 1915



martes, 17 de marzo de 2026

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. MARTES 1º: LA CARIDAD

  


            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 1º: LA CARIDAD 


            ¡Oh, llama de amor hacia Dios y el prójimo, San Antonio! Compadécete  de mi frialdad en el servicio de Dios y de mis hermanos, y alcánzame la virtud de la Caridad, con la cual pueda lograr todos los bienes temporales y eternos.  

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




lunes, 16 de marzo de 2026

LA MADRE ANA DE MONTEAGUDO Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO (I)



                    Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.

                    Ana de Monteagudo -como sería llamada popularmente- conoció desde muy joven la vida de San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Almas del Purgatorio; quiso imitarlo en su vida y, concretamente, en su amor por las Almas Benditas que padecían el rigor de aquella Cárcel de Amor. Se dedicó en cuerpo y alma a orar por Ellas y a buscar limosnas para mandar celebrar Santas Misas en su sufragio: todos los años mandaba celebrar varios cientos de Misas para la Fiesta y Novena de San Nicolás de Tolentino. Por esa caridad, las Almas purgantes se le aparecían para pedirle sufragios, aunque en ocasiones le comunicaban sucesos futuros, la ayudaban en todo y además la protegían de las influencias del Demonio.

                    Las misma Ánimas del Purgatorio la escogieron, como a San Nicolás, como su Patrona y Abogada. Así lo afirma Sor Juana de Santo Domingo -compañera de la Madre Ana de Monteagudo- a quien le dijo la Sierva de Dios que un día vio a dos jovencitos muy bellos que la condujeron a una sala muy grande, donde sufrían muchísimas almas. Los jovencitos le pusieron una capa de coro y le dijeron que entonase la Salve Regina. Ella se disculpó respondiendo que tenía mala voz, pero las Almas le insistieron... la Madre Ana de Monteagudo entonó la Salve y después cantaron el Oficio de Difuntos; le dieron un hisopo para que echase agua bendita donde estaban sufriendo las Almas y así lo hizo. Ellas le dijeron que debía ser su Patrona y Abogada: la Sierva de Dios se lo prometió y, desde entonces, con mucha diligencia, aplicaba todas sus obras y oraciones por las Almas del Purgatorio, haciendo por Ellas muchos sufragios.

                    Doña María de Garmendia, certifica haberle oído a la Madre Ana de Monteagudo que muchas veces la llevaba San Nicolás de Tolentino al Purgatorio, especialmente el día de su Fiesta y de su Octava, y veía salir a las Almas como estrellas resplandecientes que subían al Cielo. Algunas veces eran tantas que llenaban el aire. 

                    Una vez, estando en el coro haciendo oración, vio que San Nicolás bajó a la iglesia y un alma purgante sacó las manos de su sepultura y se aferró al vestido del Santo y éste, sacando al alma, la llevó al Paraíso, brillando el alma más que el Sol. 

                    En otra oportunidad, estaba enferma y las Almas le dieron una bebida con la que mejoró. Decía que en aquella enfermedad, el Señor se dignó concederle la Comunión por manos del glorioso San Bernardo, de quien era también muy devota. 

                    Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de San Nicolás y pidió a las Almas Benditas que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el Obispo Pedro de Ortega y Sotomayor, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las Almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la Fiesta de San Nicolás. Y el Obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas Almas!. Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre Monteagudo te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el Obispo dio todo lo que necesitaba para la Fiesta. 



domingo, 15 de marzo de 2026

SÉPTIMO Y ÚLTIMO DOMINGO DE SAN JOSÉ: "...lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores"

     

               En este tradicional septenario dedicado a Nuestro Padre y Señor San José, recordaremos sus principales siete Dolores y Gozos; en este año, 2026, comenzaremos el Domingo 1 de Febrero y concluiremos el Domingo 15 de Marzo. 

                En 1847 el Papa Pío IX se dignó conceder una Indulgencia Plenaria para cada uno de los Siete Domingos de San José, si se observan las condiciones de Confesión, Comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades del Sumo Pontífice y/o de la Santa Iglesia. No hay época señalada para practicar la devoción de los Siete Domingos, pero sí se exige que sean seguidos, sin interrupción.


PREPARACIÓN

               Olvidáte por un momento de las preocupaciones cotidianas, deja a un lado todo aquello que te resta felicidad, sumérgete en el silencio interior e intenta adentrarte en espíritu en la humilde casa de Nazareth, y situado en medio de la Sagrada Familia, contempla la figura paternal de San José, que cuida al Niño, lo besa, lo educa, lo mima... ¿qué podrá negar Jesús Nuestro Señor al que así lo acunó en Su Santa Infancia?



...lo hallaron en el Templo, 
sentado en medio de los doctores...



INICIO

               Por la señal + de la Santa Cruz, etc.

               En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén

               Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, (se golpea el pecho 2 veces) a mí me pesa, pésame, Señor, de todo corazón haberos ofendido; yo os propongo firmemente la enmienda de nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta.

              Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como os lo suplico, así confío en Vuestra Divina Bondad y Misericordia infinita, me los perdonaréis, por los merecimientos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.


OFRECIMIENTO

               Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros Siete Dolores y Gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y Su Madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo. 


DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

          -Séptimo Dolorcuando sin culpa pierde a Jesús y lo busca por tres días.

"Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca". (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 44-45).

          -Séptima Alegríaal encontrarlo entre los doctores del templo.

"Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas". (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 46)



ORACIÓN

               Oh Modelo de toda Santidad, Glorioso San José, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, le buscasteis durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el Templo, en medio de los doctores.

                Por este dolor y este gozo, os suplicamos con palabras salidas del corazón, intercedáis en nuestro favor para que jamás nos suceda perder a Jesús por algún pecado grave. Mas, si por desgracia le perdiéramos, haced que le busquemos con tal dolor que no hallemos sosiego hasta encontrarle benigno sobre todo en nuestra muerte, a fin de ir a gozarle en el Cielo y cantar eternamente con Vos Sus Divinas Misericordias...

         Ahora, reza con piedad un Padrenuestro, un Avemaría, el Ave de San José y un Gloria, para terminar diciendo

         Jaculatoria: San José, Modelo y Patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

        Y terminamos este ejercicio piadoso haciendo la señal de la Cruz, en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




sábado, 14 de marzo de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Santa Madre de Dios


“Ella adoró a Aquel 
a quien había engendrado” 


Oficio de la Purificación



                    La mente humana jamás podrá comprender plenamente todo lo que encierra el título de «Madre de Dios». Es el título con el que los Fieles se dirigen a María, y la Iglesia lo ha sancionado con su autoridad infalible. Todas las bellezas de la naturaleza, todas las riquezas de la Gracia, todos los esplendores de la Gloria palidecen ante la majestuosa grandeza de un título como este. Pues, por el hecho mismo de haber concebido al Verbo hecho carne, María ha quedado unida a Dios por los mismos lazos que unen a una madre con su verdadero hijo.

                    Así como la dignidad de la naturaleza humana en Jesucristo se eleva inconmensurablemente por encima de todo lo creado, en razón de la unión hipostática con el Verbo Divino, así también la dignidad de María pertenece a un orden superior, por Su posición como Madre de Dios. Este título es precisamente la fuente y la medida de todos esos dones de naturaleza, Gracia y Gloria, con los que el Señor se complació en enriquecerla. «La Santa Madre de Dios ha sido elevada por encima de los Coros de Ángeles en el Reino Celestial».

                    Admira, oh alma mía, tan grande milagro del Poder del Altísimo, y ya que se ha dignado llamarte al servicio de tan gran Reina, dale gracias y promete a tu Soberano eterna fidelidad.

                    El título de Madre de Dios, con que la Iglesia Católica honra a María, no es sólo fuente de incomparable grandeza en Ella, sino también un potente medio para fundamentarnos firmemente en la posesión de la Verdadera Fe y llevarnos a un conocimiento más perfecto de los atributos divinos.

                    De hecho, el primer paso para reconocer a Jesucristo como Salvador del mundo, es la creencia en la Maternidad Divina: por el contrario, quien se niega a reconocer a María como verdadera Madre de Dios, ha naufragado por ese mismo hecho en la Fe.

                    Además, la Sabiduría Divina resplandece con mayor claridad por el hecho de que Dios se dignó elegir a María como Madre de Su Hijo. De todas las Obras de Dios, la Encarnación es la más digna de la diestra del Altísimo; pero ¿cómo puedo admirar suficientemente los designios de Tu Sabiduría, ¡oh Dios mío, ya que has querido oponer a la obra de destrucción y muerte, iniciada en el pecado de Eva y completada en el de Adán, una Obra de Reparación, iniciada en la obediencia de María y consumada en el Sacrificio de Jesús!.

                    ¡Cuánta Gloria le corresponde a la Bondad de Dios por la Divina Maternidad!. Pues, al predestinar a María para ser Madre del Verbo, Dios también decretó dárnosla como Madre Nuestra. Quiso que Ella, en unión con Su Hijo, realizara la Obra de nuestra Redención y que, al regenerarnos a la Vida de la Gracia, se convirtiera en Nuestra Madre en el orden espiritual.

                    ¡Oh, la profundidad de las riquezas de la Sabiduría y del Conocimiento de Dios!. ¡Cuán incomprensibles son sus juicios y cuán insondables sus caminos!.

                    La Divina Maternidad es, sin duda, el punto de partida de la Obra de nuestra Salvación. Por lo tanto, es deber de todo cristiano proclamar con valentía esta verdad. Al creer que María es la Madre de Dios, creemos también que el Verbo se hizo carne. Pero para que esta Fe no sea estéril, debe ir acompañada de un sincero culto, tanto interno como externo; un culto consistente en actos de homenaje, veneración y amor hacia esta criatura incomparable, unida a nosotros por tantos títulos.

                    El alma fiel no puede, pues, hacer nada mejor que seguir el ejemplo que nos da la Iglesia, que no se cansa de proclamar esta Verdad al universo entero, ya sea mediante la erección de templos en honor de María, mediante el establecimiento de Hermandades consagradas a Ella, mediante la aprobación de órdenes religiosas dedicadas a Su servicio, o mediante la institución de prácticas de piedad en Su honor.

                    Sí, María es verdaderamente digna de ser saludada con las palabras que antaño dirigió el líder judío Ozías a Judit: “Bendita seas tú, oh hija, por el Señor Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra”.

                    La devoción a Nuestra Señora Santísima está tan íntimamente ligada a todo el depósito de la Divina Revelación, que no es posible negar las prerrogativas de esta gloriosa Virgen, sin ofender alguna Verdad de la Fe Católica.

                    San Cirilo, el gran Obispo de Alejandría, fue el glorioso defensor de la Divina Maternidad y, en consecuencia, del Sagrado Depósito de la Revelación Cristiana. Sus excelsas virtudes se proclaman no sólo en testimonios privados, sino también en las solemnes Actas de los dos Concilios Generales de Éfeso y Calcedonia. Ansioso por promover la devoción a Nuestra Santísima Señora e impulsado por el celo por la salvación de las almas, San Cirilo no tenía otra preocupación que preservar a su rebaño de las lamentables herejías sobre la Divina Maternidad de nuestra Santísima Señora, que en aquel entonces invadían algunas iglesias orientales.

                    Cirilo, tan versado en las ciencias sagradas como ejercitado en todas las virtudes, fue enviado por el Papa San Celestino para presidir el Concilio de Éfeso. En esta gran asamblea se condenó la herejía de Nestorio y se proclamó el Dogma de la Divina Maternidad de Nuestra Señora. En esta ocasión, San Cirilo derramó su corazón en una ferviente oración en honor a la Madre de Dios en presencia de todos los obispos reunidos para la ocasión. Esta oración es uno de los himnos de alabanza más bellos que jamás se hayan compuesto en honor a la gloriosa Reina del Cielo.

                    Pero no pasó mucho tiempo antes de que el santo Obispo tuviera que sufrir por este hecho, lo que le atrajo el odio implacable de los herejes, de quienes tuvo mucho que sufrir. Terminaron por expulsarlo de su diócesis. Sin embargo, esto no le impidió seguir defendiendo el augusto Dogma de la Divina Maternidad de María, de palabra y por escrito. Estaba más que feliz de sufrir por esta Verdad; pero Nuestra Señora no tardó en recompensar a Su fiel siervo con abundantes gracias celestiales. Finalmente, por Su intercesión, se le permitió regresar a su sede, donde fue recibido con gran alegría por su pueblo. Murió santamente el 28 de Enero del año 444, pasando su alma de la tierra al Cielo para alabar por toda la eternidad a la Gloriosa Madre de Dios, a quien tanto había honrado durante su vida.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


viernes, 13 de marzo de 2026

OS DAIS TODO ENTERO A NOSOTROS


"Coenantibus autem eis, accepit Jesus panem, 
et benedixit, ac fregit, deditque Discipulis Suis, et ait: 
Accipite, et comedite: hoc est Corpus Meum"

(St. Matthaeus 26, 26)


                    Después del lavatorio de los pies, acto de tan grande humildad, que Jesucristo recomendó a Sus Discípulos, volvió a tomar Sus vestidos, y, sentándose de nuevo a la mesa, quiso dar a las hombres la última prueba de Amor de Su Corazón: fue la institución del Santísimo Sacramento del Altar. 

                    Tomó el pan, lo consagró y, partiéndolo entre Sus Discípulos, Jesús les dijo: Tomad y comed, esto es Mi Cuerpo. Luego les recomendó que cada vez que comieran aquél Pan se acordasen de la muerte que iba a padecer por Su Amor, recomendación que interpreta San Pablo diciendo: Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la Muerte del Señor (I Corintios, cap. 11, vers. 26). 

                    Obró entonces Jesucristo como obraría un príncipe que está para morir y ama entrañablemente a su esposa; entre sus joyas escogería la de más subido precio, llamaría a la esposa y le diría: Voy a morir, amada mía, y para que no te olvides de mí te dejo por recuerdo esta alhaja; cuando la mires, acuérdate de mí y del amor que te he tenido. 

                    «Ninguna lengua creada, dice San Pedro de Alcántara, puede declarar la grandeza del Amor que Cristo tiene a Su Esposa, la Iglesia, y, por consiguiente, a cada una de las almas que están en gracia. Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida y ausentarse de Su Esposa, la Iglesia, porque esta ausencia no fuese causa de olvido, le dejó por memorial este Santísimo Sacramento en que se quedaba Él mismo, no queriendo que entre Él y Ella hubiese otra prenda que despertase Su memoria sino sólo Él» (Tratado de la oración). 

                    Por aquí llegaremos a entender cuán grande es el deseo que tiene Jesucristo de que nos acordemos de Su Pasión, ya que instituyó el Santísimo Sacramento de la Eucaristía con el fin de que nunca jamás olvidásemos el Amor inmenso e inefable que nos demostró con Su Muerte. 

                    ¡Oh Jesús mío amabilísimo, amante divino de las almas!, ¿cómo es posible que el Amor que tenéis a los hombres os haya llevado hasta el extremo de darles Vuestro Cuerpo en alimento?. Y después de este don, ¿qué más os queda que hacer para demostrarnos el Sumo Amor que nos tenéis y para obligarnos a amaros?. ¿Qué otras invenciones o maravillas pudierais obrar para conquistar nuestro amor?. 

                    Así como en este Augusto Sacramento Vos os dais todo entero a nosotros, justo es que nosotros nos entreguemos a Vos sin reserva. ¡Busquen otros, en hora buena, honores y riquezas del mundo, que en cuanto a mí, no quiero ni deseo otro bien que el Tesoro de Vuestro Amor Jesus y Dios mío!. Vos dijisteis que quien se alimenta de Vos, no debe vivir sino para vos: Quien Me come, también vivirá por Mí. (Evangelio de San Juan, cap. 6, vers. 58). Pues ya que tantas veces me habéis admitido a alimentarme de vuestra Carne adorable, haced que muera a mis gustos y pasiones a fin de que viva únicamente para agradaros y complaceros. Jesús mío, solo en Vos quiero poner todos los afectos de mi corazón; ayudadme a seros fiel. 

                    Señalando San Pablo el tiempo que escogió Jesucristo para instituir este Augusto Sacramento, exclama: Cuando los hombres trataban de quitarte la vida, tomó el pan y, dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed; esto es Mi Cuerpo (I Corintios, cap. 11, vers, 23-24). En aquella misma noche en que los hombres tramaban Su Muerte, Nuestro Redentor nos preparaba este Pan de Vida y de Amor para unirnos a Él estrechamente, como lo declaró diciendo: El que come Mi Carne, en Mí permanece , y Yo en él (Evangelio de San Juan, cap. 6, vers. 57)

                    ¡Oh Amor de mi alma, digno de infinito amor!; no necesitáis darme más pruebas para demostrarme el amor y ternura que me tenéis. Unidme a Vos con estrechos lazos de Amor, y si no sé daros mi corazón, tomad posesión de él. ¡Oh Jesús mío!, ¿cuándo seré todo vuestro, como Vos lo Sois mío cada vez que os recibo en este Sacramento de Amor?. Dadme luces y gracias para descubrir las bellezas que encierra Vuestro Corazón, a fin de que me enamore de Vos y ponga todo mi empeño en complaceros. Os amo, sumo Bien mío, mi Alegría, mi Amor, mi Todo.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 12 de marzo de 2026

EL CORAZÓN DE JESÚS TRAS LA PUERTA DEL SAGRARIO, por el Obispo Manuel González



                    Yo no sé que nuestra Religión tenga un estímulo más poderoso de gratitud, un principio más eficaz de amor, un móvil más fuerte de acción que un rato de oración ante un Sagrario abandonado. 

                    Quizás una fe superficial saque escándalo y tibieza de ese abandono; pero una fe que medite y sobrе todo un corazón que ahonde un poco debajo de la corteza de las cosas, descubrirá en ese Jesús abandonado que se deja acompañar de telarañas у sabandijas, que se pasa los días y las noches solo durante años y años y a pesar de todo eso no se va de aquél Sagrario, ni deja de mandar sol desde la mañana a la noche y agua para la sed y pan para el hambre y salud y descanso y fuerzas beneficiosas en cada segundo y a cada uno de los que le maltratan; ese Corazón, repito, no tiene más remedio que ver en ese modo de abandonar de los hombres y en esa manera de corresponder de Jesucristo, el Evangelio vivo, pero con una vida tan brillante, tan fecunda, tan activa, tan en ebullición de Amor de Cielo, que no hay más remedio que entregarse a discreción y sin reserva, diciendo con San Pedro: Aunque todos Te abandonen, yo no te abandonaré... ¡Este Amor no se parece a ningún otro amor!.

                    De mí sé deciros que aquella tarde en aquel rato de Sagrario yo entreví para mi Sacerdocio una ocupación en la que antes no había ni soñado y para mis entusiasmos otra poesía que antes me era desconocida. Creo que allí se desvanecieron mis ilusiones de Cura de pueblo, de costumbres patriarcales y sencillas... Ser Cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo, emplear mi Sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que Su Vida de Sagrario le ha creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud, proporcionar desahogos a Su Corazón con mis Santos Sacrificios, servirle de pies para llevarlo a donde lo desean, de manos para dar limosna en Su Nombre aun a los que no lo quieren, de boca para hablar de Él y consolar por Él y gritar a favor de Él cuando se empeñen en no oirlo..... hasta que lo oigan y lo sigan..... ¡qué hermoso Sacerdocio!. 

                    Y ¿si se obstinan en no quererlo?. Y ¿si no quieren ni mi amistad, porque los lleva a Él, ni mi dinero porque en Su Nombre lo doy y me cierran todas las puertas?. ¡No importa!. Siempre a Jesús y a mí nos quedará el consuelo de tener una por lo menos abierta: Él la de mi corazón y yo la del Suyo...


Manuel González, Obispo de Palencia
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938


PAPA SAN GREGORIO MAGNO

 

                San Gregorio Magno pertenecía a una familia profundamente cristiana ; llegaron a los altares sus padres y sus dos tías, Társila y Emiliana. En este ambiente de religiosidad se desarrolló su espíritu mientras Roma llegaba a lo más bajo de la curva de su caída. Cuando el poder imperial fue restablecido en Roma, en manos ya de Constantinopla, Gregorio comienza su formación cultural. No sobresale en la literatura, pero sí en los estudios jurídicos, donde encuentra una magnífica preparación para sus futuras actividades. Terminada su carrera de Derecho, acepta del Emperador Justino II el cargo de Prefecto de Roma, con todas las funciones administrativas y judiciales.




               Pero su corazón aspiraba a cosas más altas, y tras una desgarradora lucha interior, Roma ve un día cómo su Prefecto cambia sus ricas vestiduras por los austeros hábitos de los campesinos que San Benito había adoptado para sus monjes. Su mismo palacio del monte Celio fue transformado en monasterio. Gregorio es feliz en la paz del claustro, aunque pronto será arrancado de ella por el mismo Sumo Pontífice, que le envía como Nuncio a Constantinopla. De aquí en adelante añorará siempre aquellos cuatro años de vida monacal.

               En 586, llega a Roma cuando las aguas del Tíber se desbordan y siembran la desolación. Personas ahogadas, palacios destruidos, hambre y la peste. Una de las víctimas de la peste es el Papa Pelagio II. Y Gregorio es elegido Papa para suceder a Pelagio, quedando apartado de la soledad que buscaba en el monasterio. Ya no vivirá más la paz de la vida monacal, pero la espiritualidad de aquellos hombres entregados a la oración le marcará para siempre. En su fecundo Pontificado, destaca su celo por la Liturgia, la organización definitiva del canto litúrgico, que se conoce aún con el nombre de "canto gregoriano".

         "Importa que el Pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores", escribe San Gregorio Magno en su "Regla Pastoral", y éste fue el programa de su actuación. Genio práctico en la acción, fue ante todo el buen pastor cuya solicitud se extiende a toda su grey. Fue incansable restaurador de la Disciplina Católica. En su tiempo se convirtió Inglaterra y los visigodos abjuraron el arrianismo.

               Renovó el Culto y la Liturgia, como sus revisiones del Canon Romano, que había codificado para todo el Rito Romano, estableció un calendario universal de fiestas, definió con mayor precisión el papel litúrgico de los Sacerdotes y Diáconos y reorganizó la caridad en la Iglesia. Sus obras teológicas y la autoridad de las mismas fueron indiscutidas hasta la llegada del Protestantismo. Dio al Pontificado un gran prestigio. Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar, cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores.

                La obra realizada por San Gregorio Magno fue inmensa, pese a que por su gran humildad, había procurado por todos los medios no aceptar el mando supremo de la Iglesia. Pero una vez elegido Papa por el clero, el senado y el pueblo fiel, y bien vista su elección por el Emperador, se entregó a aquella tarea para la que toda su vida anterior había sido una providencial preparación.

           "Esté cercano el Pastor a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el Pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres..." (Reg. past. parte II, 5 y 6). 

               En relación con la Misa, San Gregorio Magno quizás sea especialmente recordado por muchos por el Milagro Eucarístico que ocurrió en el año 595 durante el Santo Sacrificio. Este famoso incidente fue relatado por Pablo el Diácono en su biografía del Santo Papa, Vita Beati Gregorii Papae . 

               El Papa Gregorio estaba distribuyendo la Sagrada Comunión durante la Misa Dominical y notó que entre los que estaban en la fila una mujer que había ayudado a hacer las hostias se reía. Esto lo perturbó mucho y le preguntó cuál era la causa de su comportamiento inusual. La mujer respondió que no podía creer cómo las hostias que ella había preparado podían convertirse en Cristo Cuerpo y Sangre sólo con las palabras de Consagración.

               Al escuchar esta incredulidad, San Gregorio se negó a darle la Sagrada Comunión imploró a Dios que la iluminara con la verdad. Justo después de hacer esta súplica al Señor, el Papa fue testigo de cómo algunas Hostias consagradas (que aparecían como pan) cambiaban su apariencia a carne y sangre reales. Al mostrarle este Milagro a la mujer, ella se arrepintió de su incredulidad y se arrodilló llorando. Hoy en día, dos de estas Hostias milagrosas todavía pueden ser veneradas en la Abadía de Andechs en Alemania. 

               San Gregorio murió el 12 de Marzo de 604.


LAS TREINTA MISAS GREGORIANAS


               San Gregorio, en su época de Abad, cuenta que había un monje llamado Justo, que ejercía con su permiso la medicina. Una vez, había aceptado sin su permiso una moneda de tres escudos de oro, faltando gravemente así al voto de pobreza. Después se arrepintió y tanto le dolió este pecado que se enfermó y murió al poco tiempo, pero en paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio, para inculcar en sus religiosos un gran horror a este pecado, lo hizo sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos las palabras de San Pedro a Simón mago: "Que tu dinero perezca contigo". A los pocos días, pensó que quizás había sido demasiado fuerte en su castigo y encargó al ecónomo mandar celebrar treinta Misas seguidas, sin dejar ningún día, por el alma del difunto.

               El ecónomo obedeció y el mismo día que terminaron de celebrar las treinta Misas, se apareció Justo a otro monje, Copioso, diciéndole que subía al Cielo, libre de las penas del Purgatorio, por las treinta Misas celebradas por él. Estas Misas, se llaman ahora, en honor de San Gregorio Magno, Misas Gregorianas. Estas treinta Misas seguidas, celebradas por los difuntos, todavía se acostumbra celebrarlas y, según algunas revelaciones privadas recibidas por místicos, son muy agradables a Dios.