lunes, 2 de noviembre de 2026

LOS FIELES DIFUNTOS: LAS ALMAS RETENIDAS EN EL BENDITO PURGATORIO


Es una idea santa y provechosa 
orar por los difuntos, para que 
se vean libres de sus pecados


2 Libro de Los Macabeos, cap. 12, vers. 46



                    El día 2 de Noviembre, la Santa Iglesia Católica conmemora a todos los Fieles Difuntos. Después de celebrar la Gloria de los Santos que ya gozan de Dios en el Cielo, dirigimos ahora nuestras oraciones hacia aquellas almas que, habiendo muerto en la Gracia del Señor, todavía necesitan completar su purificación antes de entrar en la Bienaventuranza eterna.

                    No es ésta una jornada dedicada únicamente al recuerdo de nuestros familiares y amigos fallecidos, sino que es, ante todo, un día de oración, de sufragio y de Caridad Cristiana hacia las Almas del Purgatorio, nuestros hermanos en la Fe que ya no pueden merecer por sí mismos, pero que pueden recibir el auxilio de nuestras plegarias.

                    La muerte no rompe los vínculos de la Caridad: los que pertenecen a Cristo forman una sola familia, y la separación que introduce la muerte corporal no destruye la Comunión que existe entre los miembros de su Iglesia.

                    La oración por los Fieles Difuntos no es una devoción tardía ni una costumbre nacida de sentimientos humanos, tiene sus raíces en la misma Tradición de la Iglesia y encuentra un fundamento claro en la Sagrada Escritura. Así lo vemos en el segundo libro de los Macabeos donde Judas Macabeo dispuso una colecta para ofrecer un sacrificio por los soldados fallecidos, después de descubrir que habían conservado objetos consagrados a los ídolos; el texto sagrado alaba aquella acción y declara: «Es una idea santa y provechosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados» (2 Macabeos 12, 46).

                    También los primeros Cristianos conservaron esta práctica: en las antiguas inscripciones funerarias y en las oraciones de la Liturgia encontramos numerosas peticiones por el descanso de los difuntos y como la caridad cristiana no termina con la muerte, la Iglesia ofrecía por ellos el Santo Sacrificio de la Misa.

                    San Agustín, al recordar los últimos momentos de su madre, Santa Mónica, refiere que ella pidió a sus hijos una sola cosa: que la recordasen ante el Altar del Señor. El Santo Doctor, fiel a aquella petición, continuó ofreciendo oraciones por su madre.

                    La devoción por los Difuntos que están retenidos en el Purgatorio, fue adquiriendo una forma litúrgica más definida en Occidente gracias a San Odilón, abad de Cluny; hacia el año 998 estableció que en los monasterios de su Orden se celebrase una conmemoración especial por todos los Fieles Difuntos el día siguiente a la Festividad de Todos los Santos. La costumbre se extendió progresivamente por la Cristiandad, hasta quedar incorporada al Calendario de la Iglesia Universal.

                    La Fe Católica (1) enseña que existe un estado de purificación para aquellas almas que mueren en la gracia de Dios, pero que todavía no están completamente limpias de las consecuencias de sus pecados. No se trata del Infierno, porque las Almas del Purgatorio están salvadas y tienen asegurada su entrada en el Cielo. Para alcanzar la Gloria celestial necesitan ser purificadas antes de contemplar a Dios cara a cara.

                    Nada manchado puede entrar en la Presencia del Señor. Por eso, quienes han muerto reconciliados con Dios, pero aún conservan alguna deuda de pena temporal o necesitan purificación, deben satisfacerla antes de alcanzar la Felicidad eterna.

                    San Pablo enseña que la obra de cada uno será probada por el fuego y que quien vea consumida su obra sufrirá pérdida, aunque él mismo se salvará, «como quien pasa a través del fuego» (1 Corintios, cap. 3, vers. 15).

                    San Agustín, hablando de esta purificación, recuerda que algunos castigos temporales pueden cumplirse después de la muerte: «Algunos Fieles pasarán por un fuego purificador. Cuanto más o menos hayan amado los bienes perecederos, tanto más o menos tardarán en ser salvados a través del fuego [...] Este fuego, aunque sea temporal, es sin embargo más severo que cualquier cosa que el hombre pueda sufrir en esta vida» (2). Y San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia, transmitió con claridad la Doctrina sobre las almas que necesitan purificarse antes de entrar en el Reino de los Cielos: «Debemos creer que existe un fuego purificador antes del Juicio para algunas faltas leves, según la sentencia de Aquel que es la Verdad, cuando dice que si alguno blasfema contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero (Mt 12, 32). De esta sentencia se deduce que algunas culpas pueden ser perdonadas en este siglo, y algunas otras en el siglo futuro» (3).

                    San Tomás de Aquino, por su parte, enseña que «en el Purgatorio habrá una doble pena: la pena de daño, en cuanto que se difiere la visión de Dios; y la pena de sentido, en cuanto que sufrirán por el fuego corpóreo. Y respecto de ambas, la menor pena del Purgatorio excede a la mayor pena de esta vida» (4).

                    Hay algo que debemos recordar especialmente: las Almas del Purgatorio no están abandonadas por Dios: son almas salvas, destinadas a la Gloria, que pertenecen ya para siempre a Cristo Nuestro Señor; su sufrimiento tiene un término y su destino es el Cielo.

                    San Juan Crisóstomo exhortaba «Lloremos por los que mueren en sus riquezas y no prepararon ningún consuelo para sus almas... Prestémosles ayuda en la medida de nuestras fuerzas, pensemos en algún socorro para ellos, por pequeño que sea. ¿De qué modo?. Orando por ellos y pidiendo a otros que oren, dando continuamente limosnas a los pobres en su favor» (5).

                    San Ambrosio, Obispo de Milán, enseñaba sobre la necesidad de purificarse a pesar de ser salvos: «El impío es consumido en el fuego eterno; pero el creyente, si cometió faltas que deben ser quemadas, es purificado por el fuego. Por lo tanto, aunque sea salvo, lo es como por el fuego, para que sus obras sean purificadas y no permanezca en él la mancha del pecado» (6).

                    La Santa Iglesia Católica ha dispuesto numerosos sufragios en caridad para con aquellas almas que, la Justicia de Dios, ha dispuesto que se purifiquen en el Bendito Purgatorio. Entre todos esos sufragios sobresale el Santo Sacrificio del Altar, que constituye la ofrenda más excelente que podemos presentar a Dios por las Almas del Purgatorio, puesto que «según la Tradición de los Apóstoles, no solo se ofrece legítimamente por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los Fieles vivos, sino también por los Difuntos en Cristo que aún no están plenamente purificados» (7).

                    También son muy provechosas las oraciones particulares, en especial el rezo del Santo Rosario, las limosnas, las obras de misericordia, las penitencias y las indulgencias aplicadas con intención de socorrer a las Almas del Purgatorio.

                    No debemos limitar la oración por las almas de nuestros familiares, pues la Conmemoración de hoy nos invita a recordar también a las almas de personas olvidadas, desconocidas, fallecidas lejos de sus hogares o cuyos nombres ya no se recuerda y que no tienen a nadie que rece por ellas.



                    En medio de los terribles sufrimientos ocasionados por la Primera Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV quiso facilitar que se ofreciesen más Misas por los innumerables fallecidos por la contienda, por lo que concedió a los Sacerdotes de todo el mundo la facultad de celebrar tres Misas el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos (8). Con esta disposición, Benedicto XV manifestó la solicitud de la Iglesia por las almas de quienes habían muerto y recordó a los Sacerdotes la importancia del Santo Sacrificio ofrecido por los Difuntos. La medida, que hasta entonces había tenido precedentes en determinados lugares, se extendió así a toda la Iglesia latina. No era por tanto una simple disposición ceremonial, sino una manifestación de la Fe Católica sobre el valor del Santo Sacrificio de la Misa, en la Comunión que une a los Fieles de la Tierra con las Almas que se purifican en el Bendito Purgatorio.

                    El día de los Fieles Difuntos debe llevarnos también a considerar nuestra propia muerte; algún día seremos nosotros quienes necesitemos las oraciones de los demás. También nosotros tendremos que comparecer ante el Juicio de Dios y dar cuenta de nuestra vida. Por eso, no basta con recordar a los Difuntos: debemos aprovechar el tiempo que el Señor nos concede para vivir en gracia, practicar la virtud y reparar nuestros pecados mediante la penitencia y las buenas obras.

                    La muerte es una realidad que el mundo moderno procura apartar de su pensamiento. Sin embargo, para el Cristiano no debe ser motivo de desesperación, sino una llamada a vivir conforme a la Voluntad de Dios, con la mirada puesta en la Eternidad.

                    No olvidemos que las Almas del Purgatorio ya no pueden ayudarse a sí mismas mediante nuevos méritos. Nosotros, en cambio, todavía podemos ofrecer por ellas nuestras oraciones y sacrificios. Hagamos, pues, de esta jornada una verdadera obra de caridad. Asistamos a la Santa Misa y ofrezcámosla por nuestros Difuntos; recemos por nuestros padres, abuelos, familiares y amigos; visitemos los cementerios con espíritu de fe y pidamos al Señor que conceda el descanso eterno a quienes han partido de este mundo, sin olvidar a las Almas por las que nadie reza.

                    Que la Santísima Virgen María, Reina del Purgatorio y Madre de Misericordia, interceda por todos los Fieles Difuntos y alcance para ellos el consuelo de la purificación y la entrada en la Gloria eterna.


NOTAS

            1) «Las almas que mueren en la caridad verdaderamente arrepentidas, antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por los cometidos y omitidos, son purificadas después de la muerte con penas purgatorias o purificadoras; y para liberación de tales penas les aprovechan los sufragios de los Fieles vivos, a saber, los sacrificios de las Misas, las oraciones y limosnas y otras obras de piedad que los Fieles suelen hacer por los otros Fieles, según los institutos de la Iglesia» Segundo Concilio de Lyon (1274).

            «Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no le queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el futuro en el Purgatorio antes de que pueda abrirse el ingreso al reino de los cielos, sea anatema» Concilio de Trento (1545–1563), Decreto sobre la Justificación.

            2) San Agustín de Hipona, "Enchiridion de fide, spe et caritate".

            3) San Gregorio Magno, "Dialogorum" Libro IV.

            4) Santo Tomás de Aquino, "Summa Theologiae, Supplementum, Appendix de Purgatorio".

            5) San Juan Crisóstomo "In Epistulam ad Philippenses".

            6) San Ambrosio, "Comentario al Evangelio según San Lucas", Libro IX.

            7) Concilio de Trento (Sesión XXII, 17 de Septiembre de 1562.

            8) "...habiendo invocado la luz de la Sabiduría celestial y habiendo escuchado a varios de Sus Eminencias los Padres Cardenales de las Sagradas Congregaciones sobre la Disciplina de los Sacramentos y los Ritos Sagrados, hemos establecido lo siguiente a perpetuidad: a todos los Sacerdotes de la Iglesia Universal les está permitido celebrar el Sacramento tres veces el día en que se celebra la Solemne Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos..." Papa Benedicto XV, Constitución Apostólica Incruentum altaris, 10 de Agosto de 1915.




domingo, 1 de noviembre de 2026

LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS



                    La Iglesia Católica celebra el día 1 de Noviembre la Festividad de Todos los Santos, una Solemnidad de gran antigüedad que tiene por objeto honrar a los Bienaventurados que reinan con Cristo en el Cielo, incluidos aquellos cuya santidad no ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia.

                    Esta celebración no es una invención tardía ni una simple conmemoración de personajes ejemplares: tiene sus raíces en el culto que los primeros cristianos tributaban a los Mártires, y que se desarrolló progresivamente en la liturgia y quedó vinculada a la Doctrina Católica sobre la Gloria celestial, la intercesión de los Santos y la Comunión Espiritual entre los Fieles.

                    La Fiesta de Todos los Santos no es una mera evocación histórica. Su objeto es honrar a los Bienaventurados que gozan de la visión de Dios y recordar a los fieles la necesidad de orientar su vida hacia la salvación eterna.

                    Durante los primeros siglos no existía todavía una única fecha universal para honrar a todos los Santos, por lo que algunas Iglesias celebraban conmemoraciones colectivas en días distintos, mientras que otras conservaban calendarios propios. 

                    Si bien en los primeros años del Cristianismo se recordaba tan solo a los Mártires la conmemoración se amplió para incluir a los Confesores de la Fe, las vírgenes y los demás Santos. La razón de esta ampliación es evidente: la Gloria celestial no está reservada a quienes derramaron su sangre por Cristo, sino que también alcanzan la bienaventuranza quienes, mediante una vida santa, la práctica de las virtudes y la perseverancia en la gracia, llegaron al término de su peregrinación terrena.

                    Esta Festividad común permite honrar, además, a innumerables Bienaventurados cuyos nombres no aparecen en los calendarios litúrgicos y cuya santidad no ha sido objeto de una declaración solemne de la Iglesia.

                El Papa San Gregorio III dedicó en la basílica de San Pedro una capilla en honor de todos los Santos, y fue entonces cuando la celebración quedó vinculada al 1 de Noviembre. Posteriormente, bajo el Pontificado de Gregorio IV, la Festividad de Todos los Santos se extendió más ampliamente por la Iglesia occidental. Hacia el año 835, el emperador Luis el Piadoso promovió su observancia en sus dominios.

                    San Bernardo de Claraval, en su segundo sermón sobre Todos los Santos, plantea una cuestión que conserva toda su fuerza...

                    "¿De qué sirven a los Santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma Solemnidad que celebramos?. ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo?. ¿De qué les sirven nuestros elogios?.

                    Los Santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

                    El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los Santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los Espíritus Bienaventurados, de convivir con la asamblea de los Patriarcas, con el grupo de los Profetas, con el senado de los Apóstoles, con el ejército incontable de los Mártires, con la asociación de los Confesores, con el coro de las Vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la Comunión de todos los Santos.

                    Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los Santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los Justos, y nosotros no prestamos atención.

                    Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del Cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma.

                    Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los Santos, ambicionando ansiosamente la Gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su Gloria". (1)



                    La Solemnidad de hoy recuerda también el vínculo espiritual que une a los Fieles que militamos en este mundo con los Santos del Cielo; la Doctrina Católica distingue entre la Iglesia Militante, formada por quienes viven y luchan en la tierra; la Iglesia Purgante, constituida por las almas que, siendo salvas, necesitan purificación antes de entrar en la Gloria; y la Iglesia Triunfante, formada por los Bienaventurados (esta terminología expresa las distintas condiciones en que se encuentran los miembros de la Iglesia, no la existencia de tres Iglesias independientes).

                    El Papa Pío XII expuso la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo en su Encíclica Mystici Corporis Christi, publicada el 29 de Junio de 1943; el Pontífice recordó que la Iglesia no es una simple asociación humana, sino un cuerpo unido a Cristo, su Cabeza, por vínculos visibles y sobrenaturales: “...mientras la Iglesia Militante adora y ruega al Cordero sin mancha y a la Sagrada Hostia, en cierta manera parece responder a la voz de la Iglesia triunfante que perpetuamente canta: “al que está sentado en el trono y al Cordero: bendición y honor y gloria e imperio por los siglos de los siglos”. Esta enseñanza permite comprender por qué la Vida Cristiana no termina en la muerte y por qué la Iglesia mantiene la veneración de los Santos y la oración por los Difuntos.


Con motivo de la próxima 
conmemoración 
de los Fieles Difuntos 

existe la posibilidad de ganar
 una indulgencia plenaria 
cada día del 1 al 8 de Noviembre, 
sólo aplicable a las Benditas Almas del Purgatorio


                    Las obras prescritas son:

        - El día 2 de Noviembre: visitar una iglesia u oratorio y rezar allí un Padrenuestro y un Credo.

        - Desde el 1 al 8 de Noviembre: se puede ganar cada día una indulgencia plenaria, visitando un cementerio y rezando allí por los Difuntos.

                    Condiciones generales para ganar toda Indulgencia Plenaria: tener la intención al menos general de ganar la indulgencia. Confesión, que puede hacerse dentro de los ocho días anteriores o posteriores. Recibir la Sagrada Comunión en el día. No tener afecto actual a ningún pecado, ni siquiera venial. Cumplir con la obra particular prescrita. Rezar por la restauración del Papado un Padrenuestro y un Ave María (u otra oración). 


NOTAS

1) San Bernardo de Claraval, "Sermones sobre Todos los Santos", Sermón II.



lunes, 26 de octubre de 2026

LAS PUBLICACIONES (DIOS MEDIANTE) VOLVERÁN EN NOVIEMBRE


Me tomo unos pocos días
de necesario descanso.

Si es Voluntad de Dios volveré 
a publicar a partir del mes de 
Noviembre, dedicado a nuestras 
Hermanas las Benditas 
Ánimas del Purgatorio

En unión de oraciones 
y en los Sagrados Corazones




                    Vivimos a un ritmo que atropella los pensamientos. Entre pantallas, obligaciones laborales y el ruido constante... es fácil que el día transcurra como en piloto automático. Al final de la jornada, uno mira atrás y se da cuenta de que ha estado en todo menos en lo esencial. Nos movemos, decidimos y actuamos, pero a menudo con el depósito espiritual completamente seco.

                    La necesidad de mantener la Presencia de Dios y de nuestra Santa Madre en medio del ajetreo de la vida, no responde a un formalismo piadoso, ni a una carga insoportable, sino a una necesidad vital de orientación; cuando Jesús y María quedan relegados al rincón de los Domingos o a los momentos de crisis, el timón de la existencia lo toma la inercia, la prisa o la ansiedad.

                    Para contrarrestar esta deriva, la espiritualidad cristiana ha sabido siempre que no hace falta retirarse a una cueva para mantener el foco; de hecho, la vida ordinaria es el lugar donde esto debe librarse, y es aquí donde cobran todo su sentido herramientas tan sencillas y tradicionales como las jaculatorias y las oraciones breves.

                    Recurrir a fórmulas probadas a lo largo de los siglos no es caer en la repetición vacía, muy al contrario: son pequeños dardos de amor y atención lanzados hacia el Cielo en medio de la faena. Las breves oraciones, como Las Tres Avemarías, o recitar El Acto de Amor, deben ser como un susurro mental, una invocación rápida al comenzar una tarea pesada o un agradecimiento repentino por cuantas gracias y favores recibimos a diario.

                    Estas fórmulas tradicionales tienen la ventaja de estar destiladas por la experiencia de generaciones: son directas, sobrias, sin retóricas empalagosas ni sentimentalismos huecos, van al grano; sirven para recordar, en pocos segundos, quién lleva las riendas y hacia dónde caminamos.

                    Incorporar este hábito de oraciones breves a lo largo del día rompe la mundanidad que nos rodea, nos saca del bucle del ego y nos devuelve la perspectiva real de las cosas. Al final, se trata de convertir la jornada en un diálogo continuo, silencioso y práctico, donde la Presencia de Dios deja de ser una idea abstracta para convertirse en aire de Cielo...

domingo, 25 de octubre de 2026

EL REINADO SOCIAL DE JESUCRISTO; Doctrina y Magisterio sobre Cristo Rey



                    La Doctrina Católica tradicional, enseña que la soberanía de Nuestro Señor Jesucristo no se concibe únicamente como un imperio invisible o una alegoría espiritual confinada a lo íntimo de la concienci: la Fe Católica siempre ha enseñado que Nuestro Redentor ejerce un dominio real, absoluto y supremo sobre toda la Creación, extendiendo Su Potestad tanto a las personas particulares como a la sociedad civil, sus leyes y sus instituciones.

            1. El fundamento teológico de la Realeza de Cristo

                    La Potestad Regia de Nuestro Señor Jesucristo en cuanto Hombre descansa en dos títulos jurídicos y teológicos inquebrantables:

            1º) La Unión Hipostática: como enseña la doctrina clásica (recordada por San Cirilo de Alejandría y plasmada en el Concilio de Nicea), Cristo posee la realeza sobre todas las criaturas en virtud de su propia esencia y naturaleza. Al ser la naturaleza humana asumida hipostáticamente por la Persona del Verbo de Dios, Cristo-Hombre posee el supremo dominio sobre todo lo creado (1).

            2º) El Derecho de Conquista y Redención: como enseñó San Pedro en la Sagrada Escritura, fuimos rescatados «no con plata ni oro, sino con la Sangre Preciosa de Cristo» (2). Por tanto, la Humanidad pertenece a Cristo por derecho de Compra y Redención.

                    Esta Realeza no se limita al ámbito espiritual. Si bien en el Evangelio Jesús declara ante Pilatos que Su Reino «no es de este mundo» (3) -rechazando un Mesianismo puramente terrenal o temporal-, la enseñanza perenne de la Iglesia subraya que sería un grave error eximir las realidades temporales de la autoridad legislativa, judicial y ejecutiva del Salvador. «Me ha sido dado todo Poder en el Cielo y en la Tierra» (4).


            2. Orígenes del Culto a Cristo Rey

                    Aunque el Título y la Fiesta solemnes de Cristo Rey fueron instituidos en el pasado siglo XX, la devoción a Su Soberanía se nutrió de siglos de Enseñanza dogmática y genuina Espiritualidad Católica; así, la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que durante los siglos XVII y XVIII, se manifestó a través de las revelaciones que recibiera Santa Margarita María Alacoque. Nuestro Señor manifestó el deseo de que las naciones y sus gobernantes se consagraran a Su Corazón Sacratísimo. La Devoción al Sagrado Corazón se entendió doctrinalmente como el medio supremo para restaurar el Reinado de Dios en las almas y en los Estados.

                    El Magisterio Pontificio del siglo XIX, concretamente el del Papa León XIII, que en su Encíclica Annum Sacrum (1899), proclamó la Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús y afirmó de forma taxativa la extensión universal del Imperio Divino:

            «El Imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos [...], sino que comprende también a cuantos no participan de la Fe Cristiana, de suerte que bajo la Potestad de Jesús se halla verdaderamente la totalidad del género humano».


            3. La institución de la Festividad: la Encíclica Quas Primas (1925)

                    El hito doctrinal definitivo sobre la Realeza Social de Nuestro Señor lo fijó el Papa Pío XI, al promulgar el 11 de Diciembre de 1925 la Carta Encíclica Quas Primas, en el marco del Año Santo y el XVI centenario del Concilio de Nicea.

                    Ante el avance del laicismo agresivo -definido por el Santo Padre como la peste de la sociedad moderna que pretende expulsar a Dios de la vida pública, secularizar las leyes y confinar la Religión al fuero interno-, Pío XI instituyó la Fiesta litúrgica de Cristo Rey, fijando su celebración para el último Domingo del mes de Octubre.

                    Las razones doctrinales expuestas por el Papa en Quas Primas para la creación de esta Solemnidad son rotundas:

            La obligación de las naciones y magistrados; Pío XI enseña que el deber de adorar a Cristo no atañe solo a los individuos, sino también a los gobernantes y a las leyes civiles, advirtiendo que las sociedades que ignoran la Ley Divina caen inevitablemente en el desorden, la injusticia y la discordia.

            Eficacia de la Liturgia; el Papa señala que los documentos del Magisterio suelen llegar solo a los doctos, mientras que la celebración anual de una fiesta litúrgica instruye eficazmente a todo el Pueblo Fiel en las Verdades de la Fe.

            Libertad e independencia de la Iglesia; al proclamar la Soberanía de Cristo, la Iglesia recuerda su condición de Sociedad Perfecta fundada por Dios, la cual exige plena libertad e independencia frente a cualquier poder terrenal o estatal.



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            4. El Reinado interior y social

                    Como broche de la Doctrina tradicional, Pío XI concluye afirmando que para que la «paz de Cristo» reine verdaderamente en el «Reino de Cristo», el Salvador debe gobernar las potencias del hombre:

            «Es necesario, pues, que Cristo reine en la inteligencia del hombre [...]; que reine en la voluntad, la cual debe obedecer a las Leyes y Mandamientos divinos; que reine en el corazón, el cual debe posponer los afectos naturales para amar a Dios sobre todas las cosas».

                    El reconocimiento público de Cristo Rey no responde a una pretensión de dominación política temporal, sino al deber objetivo de justicia de las criaturas para con su Creador y Redentor, fuera del cual no hay paz ni salvación posible, ni para las almas ni para las naciones.


NOTAS

1) La Unión Hipostática: Cita explícitamente a San Cirilo de Alejandría («Cristo tiene poder sobre todas las criaturas [...] en virtud de Su propia esencia y naturaleza») y el Símbolo Niceno («Su reino no tendrá fin»).

2) 1 Carta de Pedro, cap. 1, vers. 18-19

3) Evangelio de San Juan, cap. 18, vers. 36

4) Evangelio de San Mateo, cap. 28, vers. 18




sábado, 24 de octubre de 2026

EL ARCÁNGEL SAN RAFAEL Y CÓRDOBA: la alianza celestial de una ciudad bajo el manto de la Medicina de Dios


Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles 
que están al servicio del Señor y tienen 
acceso a la Gloria de Su Presencia


Tobías, cap. 12, vers. 15



                    El Arcángel San Rafael y la ciudad andaluza de Córdoba tienen una relación trazada no por el mero azar o la costumbre folclórica, sino por la viva huella de la Providencia en momentos de profunda angustia y tribulación.

                    El nombre Rafael proviene del hebreo ( רָפָאֵל, Refa-El) y se traduce literalmente como «Medicina de Dios» o «Dios ha curado». A diferencia de otros espíritus bienaventurados, las Sagradas Escrituras nos presentan a San Rafael en el libro de Tobías con una cercanía profundamente pedagógica y humana: es el médico que cura la ceguera del anciano Tobit, el compañero de viaje paciente y seguro del joven Tobías, el protector que ahuyenta las fuerzas del mal que atormentaban a Sara y el consejero prudente que guía los pasos de la familia hacia la fidelidad al Señor. Por ello, la Tradición lo ha venerado siempre como Patrono de los caminantes, médico de las almas y los cuerpos, y amparo en las horas de oscuridad.

                    Aunque la gran manifestación del Arcángel suele recordarse por los acontecimientos del siglo XVI, las raíces de esta alianza espiritual se remontan en realidad al siglo XIII. En el año 1278, apenas unas décadas después de la Reconquista, Córdoba atravesaba una de las etapas más oscuras de su historia al verse azotada por una devastadora epidemia de peste, acompañada por una severa pérdida de cosechas y hambruna.

                    Ante la mortandad imparable, el entonces Obispo de Córdoba, Don Pascual (Pascual Martínez), junto con el concejo y el pueblo, acudió a la oración ferviente y a las rogativas públicas. Las crónicas y la tradición local recogen que, tras encomendar la ciudad al «Médico de Dios», la peste comenzó a remitir de forma repentina e inexplicable para la medicina de la época. Aquel prodigio medieval sembró en la memoria colectiva cordobesa la primera e imborrable certeza de que el Arcángel San Rafael había tomado la ciudad bajo su especial amparo.



                    Trescientos años después de aquel auxilio, la peste volvió a amenazar a la ciudad. En 1578, en medio de un nuevo panorama de enfermedad y desolación, un venerable sacerdote, el Padre Roelas (Andrés de las Roelas) comenzó a recibir varias revelaciones privadas del Santo Arcángel.

                    Fue en la quinta y última aparición, en la noche del 15 de Noviembre de 1578, cuando el Arcángel confirmó y ratificó de forma definitiva su tutela sobre la población pronunciando las célebres palabras que han quedado esculpidas en el alma de Córdoba:

                    «Yo te juro, por Cristo Crucificado, que soy Rafael, Ángel a quien Dios tiene puesto por custodio de esta ciudad».

                    Al utilizar la fórmula «tiene puesto», el Arcángel no inauguraba una devoción nueva, sino que sellaba e imponía su refrendo a una protección que venía desempeñando ininterrumpidamente desde los días del Obispo Don Pascual. Tras este juramento, la epidemia cesó nuevamente de forma milagrosa.



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                    "El Santo Arcángel San Rafael, enviado por Dios para el bien de la familia del piadoso Tobías, desempeñó por nosotros los tres oficios que hizo por su amado Tobías:

                    Le sirvió de guía en su viaje, le libró del monstruo que quería devorarlo, y le enseñó la medicina con que curó la ceguera de su anciano padre.

                    Del mismo modo, este bienaventurado espíritu socorre a las almas devotas en el viaje de esta vida mortal hacia la patria celestial: es su guía seguro en el camino de la virtud, las defiende contra las acometidas del infernal dragón y les aplica el divino bálsamo de la gracia, con que abre los ojos de su entendimiento para que conozcan la verdad y contemplen las maravillas de Dios".


San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia

Tratado del Amor de Dios



viernes, 23 de octubre de 2026

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Fundador de los Hijos del Corazón de María, Arzobispo de Cuba, Compatrono de Canarias



                    Antonio Claret y Clará nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Barcelona). Criado en el seno de una familia trabajadora y católica de tejedores, desde joven demostró una notable aptitud para el diseño textil. Su capacidad lo llevó a Barcelona, donde perfeccionó el oficio y recibió ofertas prometedoras para dedicarse por completo al sector industrial.

                    Sin embargo, a pesar de sus perspectivas de éxito material, Claret experimentó una profunda inquietud espiritual que lo llevó a reconducir su vida. Siendo un adolescente, consiguió de su padre ir a estudiar la maestría del arte textil en Barcelona; allí trabajaba de día y estudiaba por la noche, por lo que nuestro Santo supo muy pronto lo que costaba ganarse la vida. Sin embargo, esta experiencia, lejos de su familia, en medio de personas impías y mundanas, fue un duro golpe en el corazón candoroso del joven Antonio, que desilusionado, pensó entrar en la Cartuja.

                    No obstante, la fama de piedad de San Antonio María Claret, que entonces tenía 21 años, llegó a oídos del Obispo de Vic, Mons. Pablo de Jesús Corcuera. Al cabo de un año, decidió ir a vivir a la Cartuja de Santa María de Montealegre, pero cuando iba de camino, una providencial tormenta de verano, le hizo retroceder de nuevo hacia Vic. En 1829 ingresó en el Seminario de Vic, siendo ordenado sacerdote en 1835.

                    Con la intención inicial de acudir a las misiones de Ultramar, viajó a Roma para ponerse a disposición de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos e ingresó temporalmente con la Compañía de Jesús. No obstante, tras enfermar de una pierna, tuvo que regresar a España, donde comenzó su verdadera misión: la predicación itinerante por las diócesis de Cataluña y algunas de las islas del Archipiélago Canario. 

                    En Julio de 1841 la Santa Sede le concedió el título de Misionero Apostólico. A partir de ese momento quedó liberado de las cargas parroquiales estables para dedicarse plenamente a recorrer las diócesis catalanas (Vic, Gerona, Lérida, Tarragona, Barcelona y Solsona) predicando las misiones populares. Al sobrevenir la Segunda Guerra Carlista en el campo catalán resultó imposible continuar con las misiones multitudinarias de forma segura. A raíz de esta situación, el obispo de Vic acordó con el de Canarias enviarlo al archipiélago.

                    En Marzo de 1848, Antonio María Claret desembarcó en Las Palmas de Gran Canaria acompañando al nuevo Obispo de la diócesis, Mons. Buenaventura Codina. La estancia del Santo en las islas duraría apenas quince meses, pero dejó una huella tan profunda que los canarios pasaron a recordarlo afectuosamente como "el Padrito".

                    Durante este período, Claret recorrió las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Su método misionero fue directo y sin artificios: predicaba varias veces al día con un estilo claro, llano y pedagógico que conectaba de inmediato tanto con las autoridades como con los campesinos y pescadores más sencillos. Las iglesias y plazas se llenaban a rebosar para escuchar sus sermones sobre la conversión, la oración y los Sacramentos.

                    Durante años recorrió a pie pueblos y ciudades predicando misiones populares con un lenguaje accesible, claro y directo. Concibió la evangelización de manera moderna para su época: comprendió enseguida la importancia de la palabra escrita como herramienta de formación y fundó en Barcelona la "Librería Religiosa", mediante la cual difundió miles de catecismos, hojas volantes y libros devocionales.

                    En 1849 dio un paso decisivo al fundar la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (conocidos popularmente como Claretianos), orientados a continuar la labor apostólica mediante la predicación y la imprenta.

                    En 1849 fue nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba por el Papa Pío IX. Al llegar a la isla en 1851, encontró una diócesis sumida en un notable abandono moral, pastorales debilitadas y tensiones sociales. Su programa de reforma incluyó la renovación del Seminario, la creación de escuelas para la formación técnica y agrícola de los jóvenes, y una postura firme contra los abusos hacia la población esclava y trabajadora.

                    Esta dedicación pastoral y su denuncia de injusticias le acarrearon la oposición de sectores influyentes, sufriendo incluso un atentado en Holguín en 1856, donde resultó gravemente herido en la cara.



                    En 1857 fue llamado de vuelta a España por la reina Isabel II para asumir el cargo de confesor real. Aceptó la función bajo estrictas condiciones de no inmiscuirse en la política cortesana y de mantener libertad para dedicarse a las obras apostólicas. Durante esta etapa reestructuró la gestión de la Escolanía del Monasterio de El Escorial y fundó la Academia de San Miguel para fomentar el arte y la cultura católica.

                    La Revolución de 1868 apartó a la reina del trono y obligó a San Antonio María Claret a marchar al exilio en Francia. Participó activamente en las sesiones del Concilio Vaticano I en Roma, defendiendo con firmeza la doctrina católica.

                    Acosado por las autoridades políticas del momento que solicitaban su detención, tuvo que refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona (Francia), donde falleció el 24 de Octubre de 1870, a las 8:45 de la mañana. Fue canonizado por el papa Pío XII en 1950. El mismo Pontífice lo declaró Compatrono de la Diócesis de Canarias el 13 de Abril de 1951.

                    


jueves, 22 de octubre de 2026

RECONCILIAR TODO POR LA SANGRE DE SU CRUZ


                    Considera cómo el Apóstol dice que Dios quiso "pacificar por la Sangre de Su Cruz" todas las cosas. No bastaba para nuestra reconciliación una sola lágrima de Jesús, aunque hubiera sido suficiente por su valor infinito; no bastaba una oración. El Padre Celestial quiso ver a Su Hijo cubierto de llagas y desangrado en un madero infame, para que comprendiéramos cuán grave era la enemistad del pecado que requería tan gran precio, y cuán inmenso el Amor del Amante que entregó toda Su Sangre en la Pasión para devolvernos la paz... 

                    No se contentó el Divino Verbo con darnos una muestra ligera de su amor; quiso más bien que toda su Sangre fuera derramada, gota a gota, fluyendo de sus llagas sagradas para lavar nuestras iniquidades. Aquella Sangre, que los hombres derramaron con tanta crueldad, es la misma que ahora clama misericordia y apacigua la justicia divina. Mirad al crucificado: en esa Cruz, que antes era signo de maldición y de discordia, Cristo ha erigido el trono de nuestra reconciliación, demostrándonos que la paz verdadera se ha firmado con la Sangre de sus propias venas, abriéndonos las puertas del cielo que el pecado nos había cerrado.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia
Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo



                    Qui est imago Dei invisibilis, primogenitus omnis Creaturæ: quoniam in ipso condita sunt Universa in Cælis, et in Terra, visibilia, et invisibilia, sive Throni, sive Dominationes, sive Principatus, sive Potestates: omnia per Ipsum et in Ipso creata sunt: et Ipse Est ante omnes, et omnia in Ipso constant.

                    Et Ipse est caput corporis Ecclesiæ, qui est Principium, Primogenitus ex mortuis: ut sit in omnibus Ipse primatum tenens: quia in Ipso complacuit, omnem plenitudinem habitare: et per Eum reconciliare omnia in Ipsum, pacificans per Sanguinem Crucis Eius, sive quæ in terris, sive quæ in Cælis sunt.

                    Et vos cum essetis aliquando alienati, et inimici sensu in operibus malis: nunc autem reconciliavit in corpore carnis Eius per mortem, exhibere vos Sanctos, et immaculatos, et irreprehensibiles coram Ipso: si tamen permanetis in Fide fundati, et stabiles, et immobiles ab Evangelii spe quod audistis, quod prædicatum est in universa creatura, quæ sub Cælo est, cuius factus sum ego Paulus minister.


Colossenses, 1: 15-23


                    Él es la imagen de Dios invisible, el Primogénito de toda la Creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las del Cielo y las de la Tierra, las visibles y las invisibles, sean Tronos, sean Dominios, sean Principados, sean Potestades: todo fue creado por medio de Él y para Él.

                    Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten.Y Él Es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia: Él Es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la primacía. Porque en Él agradó a Dios que residiera toda plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas Consigo, pacificando por la Sangre de Su Cruz, ya sea lo que está en la tierra o lo que está en los Cielos.

                    Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en Su Cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros Cantos y sin mancha e irreprensibles delante de Él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la Fe, y sin moveros de la esperanza del Evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del Cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.


Colosenses, 1:15-23


                 

miércoles, 21 de octubre de 2026

SANTA ÚRSULA DE COLONIA, Princesa, Virgen y Mártir



                    La historia y veneración de Santa Úrsula constituye uno de los episodios más célebres de la Piedad Cristiana de la Alta Edad Media. Aunque su figura fue enriquecida a lo largo de los siglos con relatos hagiográficos -entre los que destaca la narración contenida en la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine-, su culto se cimenta en testimonios epigráficos e históricos que datan del siglo IV en la ciudad de Colonia.

Orígenes y el pacto matrimonial

                    Según la tradición hagiográfica, Úrsula nació en torno al años 365. Era Princesa de la Britania romana (región correspondiente a la actual suroeste de Inglaterra), ya que era hija de un rey cristiano llamado Dionoto. Desde su juventud destacó por su devoción y por haber realizado en secreto un voto de perpetua virginidad.

                    Un príncipe pagano de la vecina Bretaña, llamado Conán (o Ereo en algunas versiones), solicitó la mano de la joven a su padre. Ante el riesgo de un conflicto bélico si la propuesta era rechazada, Úrsula propuso aceptar el enlace bajo la condición de que se le concediera un plazo de tres años. Durante ese periodo, el príncipe debía ser instruido y bautizado en la fe católica, y a ella se le permitiría realizar una peregrinación a Roma junto a un séquito de vírgenes.

La peregrinación a Roma

                    El grupo emprendió el viaje hacia el continente a bordo de naves que remontaron la corriente del río Rin. Hicieron escala en la ciudad de Colonia y prosiguieron a pie desde Basilea a través de los Alpes hasta llegar a Roma, el centro de la Cristiandad.

                    En la Ciudad Eterna, la comitiva visitó las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y permaneció un tiempo dedicándose a la oración y a los Sacramentos. Según las crónicas antiguas, durante su estancia en la capital romana se les unió el Papa Ciriaco -personaje presente en la narrativa devocional tradicional-, quien decidió acompañarlas en su viaje de regreso a Britania.

El martirio en Colonia

                    De vuelta por la vía fluvial del Rin, la expedición se detuvo nuevamente en la ciudad de Colonia. En ese momento, la plaza se encontraba sitiada por las hordas de los hunos, que avanzaban bajo el mando de su caudillo Atila.

                    Las jóvenes vírgenes cayeron en manos de las tropas bárbaras, que las pasaron a cuchillo por negarse a ceder ante sus pretensiones. La tradición posterior fijó la cifra de las víctimas en once mil vírgenes, un número que según diversos historiadores proviene de la interpretación errónea de inscripciones latinas antiguas (como 11 M.V., que podía significar "once mártires vírgenes" u "once mil vírgenes").



                    Atila, prendado de la belleza y dignidad de Úrsula, le ofreció perdonarle la vida y tomarla como esposa a cambio de renunciar a su compromiso espiritual. Ante la negativa de la princesa, el caudillo le disparó una flecha al pecho, causándole la muerte instantánea.

Traslado de reliquias y culto histórico

                    Tras la retirada de los invasores, los habitantes de Colonia recogieron los restos de Úrsula y de sus compañeras para darles sepultura en los terrenos extramuros de la ciudad.

                    En el siglo IV, un senador romano llamado Clemacio erigió en el lugar del martirio una basílica en honor a las mártires, según atestigua una piedra conmemorativa grabada en mármol que se conserva hasta el día de hoy en el coro de la Basílica de Santa Úrsula en Colonia (Inscriptio Clematii). Con el paso de los siglos, el santuario se convirtió en un centro de peregrinación europea y sus reliquias fueron distribuidas por diversos templos e institutos religiosos del Orbe Católico.



lunes, 19 de octubre de 2026

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Reformador de la Orden Franciscana



                    Juan de Garavito y Vilela de Sanabria nació en 1499 en  Alcántara, provincia de Cáceres, España. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos que se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano. A los pocos días de nacer, el futuro reformador franciscano recibió el Bautismo en la Iglesia de Santa María de Almocóvar. 

                    Mientras estudiaba en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se enamoró de la vida de los Frailes Franciscanos y pidió ser admitido en el convento de San Francisco de los Majarretes, donde estaban los religiosos más observantes y estrictos. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre de pila por el de "Fray Pedro"; sería destinado a distintas labores: portero, hortelano, barrendero y cocinero.

                    Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.

                    Tras ser ordenado Sacerdote en 1524 ejercería como superior de varios conventos, en los que siempre resultó ser un modelo a seguir en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla Franciscana. Dios le concedería la gracia de conmover a los oyentes en la predicación de la Verdades de Fe; muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos dejasen su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre ya que al Santo le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.

                    En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el San Pedro de Alcántara, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo. 

                    A mediados de la década de 1550 conoció la obra "Libro de la oración y meditación", del dominico Fray Luis de Granada; vio en aquel texto un tesoro espiritual enorme, pero demasiado denso para el pueblo llano, por lo que decidió hacer un compendio y reelaboración adaptado a su propia experiencia mística; redactó entonces el "Tratado de la oración y meditación", una cuidada y práctica síntesis de la obra del fraile dominico.

                    En 1556, con el bendito deseo de que los religiosos franciscanos fueran más apegados al espíritu de su Fundador, particularmente en la mortificación y en la oración, fundó en el eremitorio de El Pedroso (Sevilla) una nueva rama de a Orden, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Sumo Pontífice Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantas incomprensiones su nueva comunidad floreció notablemente, en gran medida por su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, que le valió numerosas adhesiones de la Nobleza española a la causa de los frailes alcantarinos.

                    En 1560, San Pedro Alcántara conoció a Santa Teresa de Jesús en la casa de Doña Guiomar de Ulloa, una noble amiga común de ambos; la reformadora del Carmelo vivía entonces muy angustiada: algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del Demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, Pedro de Alcántara entendió perfectamente el caso de la Santa y la tranquilizó, asegurándole que sus visiones venían de Dios. Santa Teresa, en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella:

                    "Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo le conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Carmelitas Descalzas, y dicen que buena parte de los éxitos que la Santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de las Carmelitas Descalzas.

                    Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".

                    En Arenas, provincia de Ávila (hoy día llamada Arenas de San Pedro) entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.

                    Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    San Pedro de Alcántara sería beatificado en 1622 por el Papa Gregorio XV y canonizado en 1669 por el Papa Clemente IX; el 23 de Diciembre de 1675 fue declarado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria por el Papa Clemente X.