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jueves, 2 de abril de 2026

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, DONDE JESÚS NUESTRO SEÑOR DERRAMÓ TODAS LAS RIQUEZAS DE SU AMOR



                    Sabiendo Jesús que era llegada Su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo Nuestro amable Redentor en la última noche de Su Vida que era ya llegado el tiempo de morir por el hombre, por el que tanto había suspirado, no pudo Su amoroso Corazón consentir en dejarnos solos en este valle de lágrimas. Para no separarse, pues, de nosotros ni aún por la muerte, quiso quedarse y dársenos a Sí Mismo en alimento en el Sacramento del Altar, haciéndonos entender con esto, que después de este Don Infinito nada más tenía ya que darnos para probarnos Su Amor. 

                    Hasta el fin los amó. Es como si hubiera querido decir, los amó con un Amor sin fin y sin medida. Jesús en este Sacramento hizo el último esfuerzo de Amor para con los hombres, como dice el Abad Guerrico. Pero todavía fue mejor explicado esto por el Santo Concilio de Trento, el que hablando del Sacramento del Altar, dice que Nuestro Salvador derramó en él, por decirlo así, todas las Riquezas de Su Amor para con nosotros. 

                    Tenía, pues, razón el angélico Santo Tomás en llamar a este Sacramento, Sacramento del Amor, y Prenda del Amor más admirable que un Dios pudo dar a los hombres. San Bernardo lo llama Amor de los Amores; y Santa María Magdalena de Pazzi decía que el alma después de la Comunión podía decir: Todo está consumado; esto es, dándoseme Dios a Sí Mismo en esta Comunión, nada más tiene que darme. Preguntando un día esta Santa a una de sus novicias en qué había pensado después de la Comunión, ella le respondió: En el Amor de mi Jesús. Sí, replicó la Santa, cuando se piensa en este Amor, en ninguna otra cosa se puede pensar; sino que es una necesidad el detenerse en él.

                    El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en Él. San Dionisio Areopagita dice que el amor propende siempre a la unión con el objeto amado, y por cuanto el alimento viene a hacerse una misma cosa con el que le come, por eso quiso el Salvador hacerse nuestro alimento, a fin de que recibiéndole en la Santa Comunión vengamos a ser una misma cosa con Él. 

                    Tomad y comed, dice Jesús, este es Mi Cuerpo; como si hubiera querido decir, observa San Juan Crisóstomo: ¡Oh hombres! alimentaos de Mí, para que de vosotros y de Mí se haga una misma cosa. Así como de dos pedazos de cera fundidos, dice San Cirilo de Alejandría, se hace uno solo, así el alma que comulga se une de tal suerte con Jesús, que Jesús está en ella, y ella en Jesús. ¡Oh mi tierno Salvador! exclama aquí San Lorenzo Justiniano, ¿cómo habéis podido llegar a amarnos hasta querer unirnos de tal modo a Vos, que de vuestro Corazón y del nuestro se haga un solo corazón?.

                    Ved además el deseo inmenso que tuvo el Salvador toda Su Vida de ver llegar esta Noche, en la que había resuelto dejarnos una Prenda tan preciosa de Su Amor; pues que en el momento de instituir este Augusto Sacramento, dice: He deseado con ardiente deseo comer esta Pascua con vosotros, palabras con las que manifiesta el vivísimo deseo y el ansia que tenía de unirse a nosotros en la Comunión, comprimido Su Corazón por el amor que nos tenía. Esta palabra, dice San Lorenzo Justiniano, es la expresión de la más encendida Caridad. Pues este mismo deseo conserva todavía Jesús a todas las almas que le aman. Las abejas, dijo un día a Santa Matilde, no se arrojan con tanta vehemencia a las flores para extraer de ellas la miel, como Yo desciendo impelido de Mi Amor al alma que Me desea. 

                    ¡Oh Amor de mi corazón!, ¡oh Sacramento Santísimo!, ¡que yo me acuerde siempre de Vos, a fin de olvidar todo lo demás, y de amaros a Vos solo siempre y sin reserva!.

                    ¡Ah Jesús mío!: Vos habéis llamado tantas veces a la puerta de mi corazón que al fin habéis entrado en él , así lo espero; pero puesto que en él habéis entrado, arrojad de él, os ruego, todas las afecciones que no se enderecen a Vos: apoderaos de tal suerte de mí, que pueda yo también, como el Profeta, decir en adelante con verdad: ¡Dios mío !, ¿qué otra cosa deseo yo sino a Vos, ni en el Cielo ni en la tierra?. Vos solo sois y seréis siempre el único Dueño de mi corazón y de mi voluntad, y sólo Vos debéis ser toda mi herencia, toda mi riqueza en esta vida y en la otra.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 17 de abril de 2025

JESÚS NUESTRO SEÑOR INSTITUYE EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los Fieles, por los que creerán en Él por Su Palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



jueves, 28 de marzo de 2024

ALIMENTARSE CON MI CUERPO Y CON MI SANGRE. Jueves Santo, según las revelaciones de Sor Josefa Menéndez

  

              En la Cuaresma de 1923, Nuestro Señor reveló a Sor Josefa Menéndez los sentimientos de Su Corazón durante Su Sagrada Pasión. La mística española recibía de rodillas las Confidencias de su Maestro y mientras Él hablaba, ella las escribía.


Josefa, Esposa y Víctima de Mi Corazón, 
voy a hablarte de Mi Pasión, para que 
sea el objeto constante de tu pensamiento
y de Mis confidencias con las almas...



               En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con Mi Cuerpo y con Mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas, sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en Amor. ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín en el que cada planta produce diferente flor; pero todas Me recrean con su perfume. Mi Sagrado Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!.

               Este Dios que os ama con Amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotros la gracia incomparable de la vocación religiosa, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios Redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo. Él mismo os alimenta con Su Cuerpo purísimo, y con Su Sangre apaga vuestra sed. En Él encontraréis el descanso y la felicidad.

               Qué amargura sentí en Mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para Mi Corazón. 

               ¿No soy siempre el mismo?... ¿Acaso he cambiado para vosotras?... No, Yo no cambiaré jamás, y hasta el fin de los siglos os amaré con predilección y con ternura. Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no Me hará apartar de vosotras Mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios. 

               Si os pido amor, no Me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo. Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros. Os he escogido para que seáis Mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma, y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí, decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín. Venid y decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis. Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores, deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que Me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. 

               No te turbes si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter..., tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación..., de celo, de mortificación, de obediencia. Este es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos. La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que Me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta... 

               Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón. Esto haré Yo en tu alma si Me dejas trabajar libremente: en ella no sólo brotarán flores en seguida, sino que darás gran consuelo a Mi Corazón... 

               Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejaros hacer de mí lo que quisierais y no sé cómo he caído y os he disgustado. ¿Me perdonaréis? ¡Soy tan miserable!... ¡No sirvo para nada!... Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído tal vez no hubieras hecho este acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto Me consuela. Ánimo y adelante. Déjame trabajar en ti. Todo esto se Me puso delante al instituir la Eucaristía: el Amor Me encendía en deseos de ser el Alimento de las almas. No Me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos Me consolarán.

               Pero, ¡ay, Josefa! Entre las almas escogidas, ¿no habrá algunas que Me causen pena?... ¿Perseverarán todas?... Este es el grito de dolor que se escapa de Mi Corazón. Este es el gemido que quiero oigan las almas. 

              Basta por hoy. Adiós. No sabes cuánto Me consuelas cuando te entregas a Mí con entero abandono... No todos los días puedo hablar a las almas. Deja que para ellas, te diga Mis secretos... Déjame aprovechar los días de tu vida...


Extraído de "Un Llamamiento al Amor", Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la humilde religiosa Sor Josefa Menéndez



jueves, 6 de abril de 2023

DEL CORAZÓN DE CRISTO BROTÓ EL SACERDOCIO CATÓLICO

 

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los fieles, por los que creerán en Él por su palabra. 



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De la Madre Luisa Margarita Claret de la Touche


Tel. 629 792 949 / 676 059 594 / 609 283 706


               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche