martes, 15 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA Y SUS DOLORES CORREDENTORES



                    Quién podrá jamás detener sus lágrimas cuando considere a la gran Madre de Dios atada con las cadenas de la compasión al lecho del dolor de Su Hijo en el Calvario?. Dice el Profeta Jeremías: «¿A quién te compararé, o a quién te asemejaré, oh hija de Jerusalén? Grande como el mar es tu quebranto; ¿quién te curará?» (Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13). 

                    Como el mar no tiene límites ni orillas en su centro, así el Dolor de María fue tan inmenso que no tuvo medida respecto de las penas de las demás criaturas. Para comprender en algún modo la grandeza del Martirio de María, es preciso considerar dos cosas principales:

            1ª) Que el Dolor de María fue un Martirio de Amor.  

            2ª) Que Su Martirio sobrepasó a todos los martirios de la tierra.

1ª) El Martirio de María fue un Martirio de Amor

                    Es sentencia de los Santos Padres que María sufrió en Su Alma todos los tormentos que los Mártires sufrieron en sus cuerpos. Unos fueron despedazados por uñas de hierro, otros quemados en parrillas, otros arrojados a las fieras; pero María sufrió en Su Alma lo que todos los Mártires sufrieron juntos en su carne.

                    Y ¿quién fue el verdugo que ejecutó en el Corazón de María tan horrendo martirio? El verdugo fue el Amor. Hay dos clases de mártires: unos por el odio de los hombres contra la Fe de Cristo; otros por el amor que le profesan. El amor de María hacia Su Divino Hijo fue el que ejecutó en Su Alma el más atroz de los martirios.

                    Dice San Bernardino de Sena que si se reunieran todos los dolores del mundo y se pusieran en un lado de la balanza, y en el otro el Dolor de la Virgen Madre, este peso superaría al de todos los demás.

                    Dice San Anselmo que si Dios no hubiese conservado por un milagro especial la vida a María en el tiempo de la Pasión de Su Hijo, María habría muerto a cada instante de dolor. El dolor no mató a la Madre porque la Virtud Divina la sostuvo para que sufriese lo que nunca persona alguna sufrió ni sufrir podrá.

2ª) Su Martirio superó a todos los martirios de la tierra

                    Los demás Mártires sufrieron penas corporales, pero sus almas estaban consoladas por el Amor de Dios y por la esperanza del Cielo. María, por el contrario, no tuvo consolación alguna en el día de la Pasión. Todo para Ella era dolor, todo era tinieblas, todo era desolación.  En los demás Mártires, las penas duraban horas o días; en María, el Martirio duró toda la vida. Apenas escuchó la profecía de Simeón en el Templo de Jerusalén: «Una espada traspasará Tu propia Alma», el dolor no se apartó jamás de Su memoria. Consideraba las manos de Su Niño y las veía ya traspasadas; miraba Sus pies y los contemplaba clavados en el madero; observaba Su Rostro hermosísimo y lo imaginaba cubierto de salivazos y de golpes. Cada acto de ternura con el Niño Jesús traía consigo el recuerdo amargo de la Crucifixión futura.

                    Decía San Bernardo: «En el Calvario, mientras el Cuerpo de Jesús moría en la Cruz por las heridas recibidas, el Alma de María moría en Su Pecho por las Llagas de Su Hijo». Por esto la Iglesia canta de María que es la Reina de los Mártires, porque Su Martirio fue el más largo, el más amargo y el más sublime de cuantos se han padecido sobre la tierra.

María Corredentora de las almas

                    Dios quiso que el mundo no fuese redimido sino por la Pasión de Jesús; pero quiso también que la Pasión de Jesús fuese acompañada por las Lágrimas y los Dolores de María, para que la que había sido Madre del Redentor fuera también asociada a la Obra de nuestra Redención.

                    María cooperó con Su Caridad a que nacieran en la Iglesia los Fieles, los Miembros de aquella Cabeza que es Jesús. Ella misma, al pie de la Cruz, ofreció al Eterno Padre, con el dolor de Su Corazón, el Sacrificio de la Vida de Su Divino Hijo por la salvación del mundo...

                    Grandísimo amor fue el haber querido que María misma asistiese a Su Muerte para cooperar a nuestra salvación; de suerte que si Jesús nos compró con el precio de Su Sangre, María cooperó a la misma compra con la aflicción de Su Corazón, ofreciendo la vida de Su Hijo a la Divina Justicia por nuestra salvación.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia
"Las Glorias de María"


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