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martes, 21 de abril de 2026

SAN ANSELMO DE CANTERBURY, EL "DOCTOR MAGNÍFICO"



                    Nacido en 1033 en Aosta en el seno de una familia noble, San Anselmo sufrió fuertes enfrentamientos con su padre, un hombre rudo y dedicado a los placeres de la vida, que le impidió entrar en la Orden Benedictina para evitar la dispersión del patrimonio familiar. Anselmo tenía sólo 15 años y, por el gran dolor del rechazo de su padre, se enfermó. Habiendo recuperado su salud, decidió irse a Francia, donde cayó en la disipación moral y se hizo sordo al llamado de Dios.

                    Después de tres años, el encuentro providencial con Lanfranco da Pavia, prior de la Abadía Benedictina de Bec en Normandía, reavivó su vocación. San Anselmo pudo entrar en la Orden Monástica a los 27 años de edad; además de monje sería ordenado Sacerdote. En 1063 se convirtió en Prior del Monasterio de Bec, demostrando ser un educador gentil y a la vez decidido. No le gustaban los métodos autoritarios; prefería aplicar el principio de la persuasión, que hacía crecer a los estudiantes en conciencia, enseñándoles el valor inviolable de la conciencia y de la adhesión libre y responsable a la verdad y al bien. Su genio educativo se expresa en esa “via discretionis” que une la comprensión, la misericordia y la firmeza. "Los jóvenes -enseñaba San Anselmo- son pequeñas plantas que no florecen en el interior de un invernadero, sino gracias a una sana libertad".

                    Mientras tanto, Lanfranco da Pavia se convirtió en Arzobispo de Canterbury y pidió a su discípulo ayuda para reformar la comunidad eclesial local, devastada por el paso de los invasores normandos. Anselmo se trasladó entonces a Inglaterra y se dedicó con pasión a la nueva misión, tanto que, a la muerte de Lanfranco, le sucedió en la sede de Canterbury, recibiendo la Consagración Episcopal en 1093. Y fue precisamente en este período que San Anselmo se comprometió incansablemente con la "libertas Ecclesiae", apoyando con inagotable energía y con gran valor la independencia del poder espiritual de parte del poder temporal, para defender a la Iglesia de la interferencia de las autoridades políticas. Pero su actitud le costó dos veces el exilio de la sede de Canterbury. Anselmo regresó allí definitivamente sólo en 1106 para dedicar los últimos años de su vida a la formación moral de los Sacerdotes y a la investigación teológica. Entregó su alma a Dios el 21 de Abril de 1109 y sus restos fueron enterrados en la misma Catedral de Canterbury.

                    Como fundador de la teología escolástica, la Tradición le atribuye el título de “Doctor Magnífico”, precisamente porque en San Anselmo fue muy grande el deseo de profundizar en los Misterios Divinos a través de tres etapas: la Fe, que es el don gratuito de Dios, la experiencia, es decir, la encarnación del Verbo en la vida cotidiana, y el conocimiento, es decir, la intuición contemplativa. "No intento, Señor, penetrar en Tu profundidad, porque no puedo ni de lejos comparar mi intelecto con ella. Pero deseo entender, al menos hasta cierto punto, Tu Verdad, que mi corazón cree y ama. No trato de entender para creer, pero creo para entender”, dejó escrito San Anselmo en el capítulo I de su "Proslogion", en donde el Santo expresa que no busca comprender a Dios con su inteligencia limitada para poder creer, sino que cree y ama primero, buscando luego entender la Verdad Divina, asumiendo que sin fe no hay verdadero.

                    En 1163, el Papa Alejandro III concedió al difunto Anselmo “la elevación del cuerpo”, acto que en ese momento correspondía a la Canonización. Finalmente, en 1720, Clemente XI lo proclamó “Doctor de la Iglesia”.



martes, 10 de febrero de 2026

SANTA ESCOLÁSTICA DE NURSIA



                    Santa Escolástica fue hermana gemela de San Benito Abad, el gran Patriarca de los monjes de Occidente. Escolástica nació hacia el año 480 en la ciudad de Nursia, en Umbría, la región central de la península itálica. Fueron sus padres, Eutropio Anicio, descendiente de la antigua familia senatorial romana de los Anicios y capitán general romano en aquella región; su madre, Abundancia Reguardati, Condesa de Nursia, que falleciera poco después de dar a luz a los gemelos.

                    Escolástica se consagró a Dios desde su más tierna infancia, según lo atestigua San Gregorio Magno en el segundo libro de los Diálogos. A la edad de doce años fue enviada a Roma junto con su hermano para seguir los estudios clásicos, pero ambos quedaron profundamente escandalizados por la vida disoluta que ahí se llevaba. Benito fue el primero en romper con el mundo y retirarse a una ermita. Escolástica quedó así como única heredera del cuantioso patrimonio de la familia. Sin embargo, dejando de lado toda afección por los bienes terrenos, suplicó y obtuvo de su padre autorización para consagrarse a la vida religiosa.

                    Algunos años después siguió al hermano a su retiro, en las escarpadas gargantas de Subiaco, a unos 80 kilómetros al sureste de Roma. Y cuando San Benito fundó la abadía de Monte Cassino, Escolástica quiso acompañarlo, estableciéndose a escasos 7 kilómetros al sur de la abadía. Allí fundó el monasterio de Piumarola, donde junto a otras doncellas puso en práctica la Regla de San Benito, iniciándose así la rama femenina de la Orden Benedictina.

                    “Tal fue el nacimiento y el origen de aquella célebre Orden tan dichosamente extendida, que llegó a contar hasta catorce mil monasterios de vírgenes propagados por todo el Occidente”. (1)

La Obra de San Benito

                    “San Benito invita a servir a Dios no como hasta entonces, «huyendo del mundo» en la soledad o la penitencia itinerante, sino viviendo en una comunidad estable y organizada, y dividiendo rigurosamente su tiempo entre la oración, el trabajo, el estudio y el descanso”. (2)

                    Santa Escolástica fundó una orden de monjas que hoy sería diametralmente opuesta a ciertos postulados de la Teología de la Liberación. Concibió un modelo de religiosas que serían fundamentalmente… religiosas.

                    Ellas no emprenderían directamente obras asistenciales, tales como cuidar de hospitales, cárceles u orfanatos; ni tampoco se dedicarían a la educación de la juventud, ni siquiera darían clases de Catecismo para niños. Esto puede chocar al pragmatismo moderno, tanto más que la Orden nacía en una época intensamente conturbada por las sucesivas invasiones de los pueblos bárbaros, en que su dedicación a obras de caridad parecería tan necesaria. Pero sus monjas realizarían algo mucho mayor que todo ello: rezarían y se sacrificarían.

                    Santa Escolástica y sus benedictinas, con su vida y su ejemplo, dejaron muy en claro que si el apostolado de la rama masculina de su orden logró ser tan fecundo, lo fue porque había una rama femenina que rezaba, que se inmolaba, que contemplaba… De tal forma, el ideal de la contemplación se entrelazó manifiestamente a la fecundidad del apostolado, que produjo la asombrosa conversión de Europa al cristianismo, como señala el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.

La corona del sufrimiento

                    “Vemos aquí el papel admirable, el papel insustituible, en algún sentido, el papel incomparable de Santa Escolástica. Porque para actuar hay algunos tantos; en cambio, para luchar son menos numerosos; y, para sufrir, ¡cuán pocos son!

El último coloquio de San Benito y su hermana Santa Escolástica

                    No tengo palabras que basten para expresar mi veneración por el apostolado del sufrimiento, de aquellos que aceptan las cruces y hasta las piden, con la eventual aprobación de su director espiritual; aceptan y las piden para sufrir para que el trabajo de otros sea fecundo. Es uno de los temas que más me conmueve y que más me impresiona: el tema de la fecundidad del apostolado del sufrimiento.

                    No hay ser que yo me sienta más propenso a venerar que a uno que sufre intencionalmente para que el otro gane las batallas; que carga sobre sí el infortunio, carga sobre sí la infelicidad y termina siendo un héroe que sólo Dios ve. ¿Todo ello para qué?. Exclusivamente para que el apostolado de otros sea fecundo. Este carácter de la obra de Santa Escolástica merece ser mencionado aquí con una veneración especial”. (3)

                    Una de las recomendaciones de Santa Escolástica a sus hijas espirituales era la de observar rigurosamente la regla del silencio, y de evitar sobre todo la conversación con personas extrañas al monasterio, aunque se tratara de mujeres devotas que fueran a visitarlas. Ella decía: “Callad o hablad de Dios; pues, ¿qué cosa en este mundo es tan digna de tener que hablar?”.



Tormenta milagrosa

                    Durante cinco lustros, los dos hermanos acostumbraron una vez al año reunirse en una pequeña construcción perteneciente a los benedictinos que equidistaba entre ambos monasterios. Benito bajaba en compañía de sus monjes y Escolástica hacía lo propio con algunas de sus monjas. La última conversación que tuvieron en esta tierra es narrada por San Gregorio Magno en su ya citada obra:

                    “Un día fue ella como de costumbre y su venerable hermano descendió a verla acompañado de algunos discípulos. Pasaron todo el día en alabanzas al Señor y en santas conversaciones y cuando anochecía tomaron juntos una refección. Estaban todavía en aquel santo coloquio, sentados a la mesa a una hora ya muy avanzada, cuando la religiosa hermana del Santo le rogó: «Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar hasta el amanecer de las alegrías de la Vida Eterna». Pero él le respondió: «¿Qué dices, hermana? De ningún modo puedo permanecer fuera del monasterio».

                    El cielo estaba tan sereno que ni una nube se divisaba en el firmamento. La santa religiosa, al oír la negativa del hermano, entrelazó sobre la mesa sus manos y apoyó en ellas la cabeza para orar a Dios Todopoderoso. Cuando la levantó, la violencia de los rayos y truenos y el torrente de lluvia eran tales que ni el venerable Benito ni los hermanos que lo habían acompañado podían trasponer siquiera los umbrales del lugar donde estaban a cubierto.

                    Efectivamente, la piadosa mujer, cuando apoyó la cabeza sobre las manos, había derramado en la mesa un torrente de lágrimas que tuvieron como resultado cambiar la serenidad del cielo en copiosa lluvia. Y la inundación fue tan inmediata que en el mismo instante en que levantó la cabeza con el ruido del huracán, el agua comenzaba a caer. Viendo entonces el hombre de Dios que en medio de tantos relámpagos y truenos y con la lluvia torrencial no era posible regresar al monasterio, entristecido comenzó a quejarse: «Que Dios Omnipotente te perdone hermana. ¿Qué hiciste?» Y ella respondió: «Mira, te pedí a ti y no quisiste escucharme; pedí entonces a mi Señor y Él me oyó. Ahora, sal, si puedes. Sal, déjame y vuelve a tu monasterio». Pero él, sin poder salir del lugar, tuvo que permanecer allí contra su voluntad. Y así fue como pasaron toda la noche despiertos, nutriéndose ambos en la mutua conversación y en santos coloquios sobre la vida espiritual”. (4)

                    Suceso extraordinario, que nos proporciona una amplia noción de la virtud y del mérito de Santa Escolástica, determinando que la victoria en aquella piadosa disputa se inclinara por la que tenía un amor de Dios más perfecto y más fuerte.

Vuelo celestial

                    A la mañana siguiente ambos se despidieron y cada uno partió de regreso a su monasterio. Tres días después, estando San Benito en oración, levantó los ojos al cielo y contempló al alma de su hermana que en forma de paloma se había desprendido del cuerpo y penetraba triunfante en las regiones celestiales.

                    Compartiendo con ella la alegría, dio gracias a Dios Omnipotente con alabanzas y cánticos, anunció su muerte a sus monjes y los envió enseguida para que trasladaran el cuerpo al monasterio, donde lo depositaron en la sepultura que él había preparado para sí mismo. Era el 10 de febrero del año 547. Cuarenta días después, el 21 de Marzo, fallecía del mismo modo San Benito, su hermano y confidente, fundadores de las ramas masculina y femenina de la Orden Benedictina, e insignes pilares de la Civilización Cristiana en Europa.  


   Pablo Luis Fandiño


NOTAS

     1) P. Juan Croisset  S.J., Año Cristiano, Gaspar y Roig, Madrid, 1852, t. 1, pp. 228-230.

     2) Domenico Agasso, Santa Scolastica Vergine.

     3) Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Santo del Día, 10 de Febrero de 1965. 

     4) San Gregorio Magno, Papa, Vida y Milagros de San Benito, Editorial Stella Matutina, Buenos Aires, 1999.



sábado, 30 de agosto de 2025

CARDENAL ILDEFONSO SCHUSTER, de monje a Príncipe de la Iglesia


                       La Liturgia de la Iglesia puede considerarse como un poema sagrado, en cuya composición han participado el cielo y la tierra, y por el cual nuestra humanidad, redimida en la sangre del Cordero sin mancha, se eleva en las alas del Espíritu hasta el trono mismo de Dios. Esto es más que una mera aspiración, pues la Sagrada Liturgia no solo manifiesta y expresa lo inefable y lo divino, sino que también, mediante los sacramentos y sus formas de oración, desarrolla y realiza lo sobrenatural en las almas de los fieles, a quienes comunica la gracia de la redención. Incluso puede decirse que la fuente misma de la santidad de la Iglesia se encuentra plenamente contenida en su Liturgia; pues, sin los santos sacramentos, la Pasión de nuestro Señor, en la dispensación existente instituida por Dios todopoderoso, no tendríamos eficacia en nosotros, ya que no habría canales capaces de transmitir su tesoro a nuestras almas.

                     

Cardenal Ildefonso Schuster,  El Sacramentario , vol. I 



INFANCIA Y JUVENTUD ENTRE LOS BENEDICTINOS

                       Alfredo Schuster nació el 18 de Enero de 1880, en Roma, en el seno de una familia humilde. Su padre, oriundo de Baviera, había llegado a Roma  para alistarse como suboficial en los ejércitos pontificios. Al enviudar, contrajo nuevas nupcias con Ana María Tutzer, natural de Bolzano, de la cual tuvo dos hijos, el futuro cardenal, y Julia (más tarde, religiosa, hija de la Caridad).

                       En Noviembre de 1891 ingresa en la Abadía benedictina de San Pablo extramuros de la Ciudad Eterna como niño oblato, con intención de hacerse monje y sacerdote, aunque también se trató de una muestra de caridad, pues dejaba de ser gravoso a su madre. En la escuela benedictina fue confirmándose su vocación al estado religioso. El 13 de Noviembre de 1896 inicia su noviciado de tres años y cambia su nombre por el Ildefonso. La crónica de la Abadía lo describe como novicio dócil, piadoso y estudioso, pero de salud precaria. Al cumplirse el tercer año, hizo su profesión monástica.

                       El 19 de Marzo de 1904, en la Fiesta de San José, el Cardenal Vicario de Su Santidad para la Diócesis de Roma, Monseñor Respighi, le ordena de presbítero en la Basílica de San Juan de Letrán.

                       Los veinticinco años siguientes los transcurrió Ildefonso Schuster en la Abadía de San Pablo Extramuros. Su capacidad intelectual y su laboriosidad le permitieron alternar sus ocupaciones en el monasterio con otros encargos. En 1908 fue nombrado Maestro de Novicios de la Abadía de San Pablo y el 5 de Abril de 1918 es elegido Abad Ordinario del mismo Monasterio. Su fama como experto en Liturgia transcendió los muros conventuales y el Papa Benedicto XV le nombró consultor de las Sagradas Congregaciones de Ritos y Religiosos.

CARDENAL ANTES QUE OBISPO

                      A pesar de haber rechazado varios cargos importantes en la Curia Vaticana porque su vocación es la vida monástica, la obediencia al Papa lleva a Schuster a aceptar su nombramiento como Arzobispo de Milán. Días antes de su Consagración Episcopal (el 16 de Julio de 1929) Pío XI le impone la birreta cardenalicia, y 22 de ese mismo mes y año, el mismo Pontífice en la Capilla Sixtina, gesto poco frecuente en aquella época, le consagra Obispo. Según indicaba el Concordato, el nuevo Arzobispo juró ante el Rey de Italia.

                    En los cinco lustros de su pontificado, ordena a 1.500 Sacerdotes, emprende continuas iniciativas para mejorar la formación espiritual del Clero, se desvive materialmente por sus Sacerdotes y cuida especialmente el Seminario.

                   El Episcopado y la púrpura cardenalicia no fueron obstáculos para seguir llevando una vida llena de austeridad, de auténtico monje. Se levantaba de noche aún, a las tres y media. Dedicaba una hora a la oración mental, y después rezaba el Oficio Divino y celebraba la Santa Misa. A las seis y media se dedicaba al estudio, que sólo era interrumpido para desayunar. El desayuno era muy frugal. Según la religiosa que lo servía, era menos de lo que tomaban los canarios. Luego venían las audiencias. Por la tarde, después del almuerzo continuaba recibiendo gentes, hasta las cinco y media en que se retiraba para la visita al Santísimo, otro rato de oración, el rezo tranquilo del Rosario y Bendición. Tras cenar, antes de acostarse recitaba la Lectio Divina.

                    Por razones estrictamente pastorales tampoco dudó en enfrentarse directamente al régimen para denunciar los atropellos de las autoridades cuando las circunstancias así lo reclamaban. Tal fue el caso, por ejemplo, de los ataques fascistas contra la Acción Católica, o de la promulgación en 1938 de las leyes raciales, que condenó con la máxima energía y solemnidad.

PASTOR DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

                    El Cardenal Schuster fue un hombre de Iglesia, no de política. Sus relaciones con el poder civil fueron de respeto, por encima de ideologías. Por lo que se refiere a sus relaciones con el régimen fascista fue prudente.

                   Hizo todo lo que pudo por salvar a condenados a muerte: Católicos activos, grandes intelectuales no cristianos y judíos. Son innumerables las personas que deben favores de todo tipo a la actuación del Cardenal Schuster. Un caso célebre es el del periodista Indro Montanelli, encarcelado por la Gestapo durante la ocupación alemana de Italia y condenado a muerte. Sabiendo que era imposible que se revocase una sentencia dictada por un tribunal de guerra, a través de un carcelero, hizo llegar al Arzobispo una nota para que comunicase la noticia a sus padres en Roma. Pero la ejecución se dilató y Montanelli, al cabo de nueve meses, logró escapar. Investigando, años más tarde el famoso periodista descubrió que el Cardenal de Milán había inducido a intervenir en su caso a una alta personalidad alemana, que no revocó la sentencia, pero la demoró. Cuando Montanelli, después de la liberación, había ido a ver a Schuster, éste no habló nada de su mediación, sólo comentó: "Hijo mío, los milagros existen".

                    Tras 25 años como Pastor, su delicado cuerpo cedió el 30 de Agosto de 1954, falleciendo santamente en su Seminario de Venegono Inferiore, cerca de Milán, en cuya Catedral sería inhumado.