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jueves, 8 de junio de 2023

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI

 


               La Santa Iglesia Católica después del Dogma de la Trinidad Santa, nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar al Sacramento por excelencia, que, sintetizando toda la Vida del Salvador, tributa a Dios Gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Redención.

               Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Sagrada Eucaristía la víspera de Su Muerte, quiso dejarnos en Ella un vivo recuerdo de Su Pasión. El Altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la Santa Misa "anuncia la Muerte del Señor". Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, bajo las Sagradas Especies, Jesús mismo ofrece a Su Padre, en unión con Sus Sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz, aunque sabemos que está todo entero bajo las dos especies. 

               Según la Tradición Católica, esta fiesta tuvo su origen en el siglo XIII en la Abadía de Mont Cornillón en la región de Liége (Lieja) en Bélgica.

               Fue la religiosa agustina Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquel entonces priora de dicha Abadía, la que con sus visiones sobrenaturales, propició que se celebrase esta fiesta dedicada a la Santísima Eucaristía.

               Sor Juliana nació en Retines, cerca de Liége, en el año 1193. Al quedar huérfana a los cinco años fue confiada a los cuidados de las Monjas Agustinas de Mont Cornillón, junto con su hermana Agnes, donde fueron cuidadas y educadas. A los catorce años sintió una fuerte vocación religiosa e ingresó en las mismas Agustinas donde llegó a ser Superiora de la Comunidad. Murió en Fosses el 5 de Abril de 1258, a la edad de  65 años, y fue enterrada en Villiers. Santa Juliana deseaba que hubiera una fiesta especial en honor al Sacramento de la Eucaristía, ya que sentía una gran veneración a dicho Sacramento. Este deseo se intensificó por unas visiones  que tuvo de la institución de la Iglesia bajo la apariencia de una luna llena con una mancha negra y que interpretó como la ausencia de la celebración de dicha Solemnidad.

               Sor Juliana comunicó estas visiones a Monseñor Roberto de Thorete, entonces Obispo de Lieja, al docto dominico Hugh, quien sería más tarde Cardenal Legado de los Países Bajos y también al Archidiácono de Lieja Jacques Pantaleón, quien sería en 1261 el Papa Urbano IV. El Obispo Roberto, convencido por las visiones y por la  interpretación de las mismas y como en ese tiempo los Obispos tenían el derecho de ordenar Fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración en honor al Sacramento de la Eucaristía se tuviera al año siguiente. 

               La celebración tuvo lugar en 1247 en la iglesia de San Martín en Lieja pero sin la presencia de dicho Obispo porque había fallecido. No obstante muchos consideraban las visiones de Sor Juliana como fruto de su imaginación y a la muerte de su protector fue desterrada a Namur en dos ocasiones. Años más tarde, en Bolsena, al norte de Roma,  muy cerca de Orvieto donde el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón) tenía la residencia papal, se produjo un hecho milagroso conocido como el Milagro de Bolsena. Un  Sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando el corporal. 

                La venerada reliquia fue llevada en procesión a la presencia del Papa en Orvieto el 19 Junio de 1264. En Orvieto se conservan aún los corporales manchados por la Sangre Milagrosa y también se puede ver la piedra del altar manchada de sangre en Bolsena.



Piedra del altar de Bolsena, manchada con la sangre
del Milagro Eucarístico en el siglo XIII


               El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios Obispos, hizo que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus", fechada el 8 Septiembre de ese año de 1264. La Fiesta se fijó para el Jueves después de la Octava de Pentecostés, otorgándose Indulgencias a todos los fieles que asistieran al Santo Sacrificio de la Misa ese día.

               Poco después de la publicación del Decreto moría el Papa Urbano IV (el 2 de Octubre de 1264) lo que obstaculizó la difusión de la Fiesta. Pero en 1311 el Papa Clemente V en el Concilio General de Vienne, en Francia, ordenó una vez más la adopción de esta Fiesta.

                En 1317 el Papa Juan XXII promulga una recopilación de leyes y  extendió la Fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia. Ninguno de los Decretos habla de la Procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración, sin embargo estas procesiones fueron dotadas de Indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.



               Finalmente, el Sacrosanto Concilio de Trento, declaró que fuese introducida en la Santa Iglesia la costumbre de que todos los años se celebrase este Sacramento con singular veneración y solemnidad:

               "Después de la Consagración del pan y del vino se contiene en el saludable Sacramento de la Santa Eucaristía, verdadera, real y sustancialmente Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles..."

              "...por la Consagración del pan y del vino se convierte toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y toda la sustancia del vino en la sustancia de Su Sangre, cuya conversión ha llamado oportuna y propiamente Transubstanciación la Santa Iglesia Católica" 

               "...que todos los Fieles Cristianos hayan de venerar a este Santísimo Sacramento, y prestarle el culto de latría que se debe al mismo Dios" 



domingo, 7 de mayo de 2023

LA FE PURA E INMACULADA: LA NUEVA MISA EXTINGUE LA FE CATÓLICA. Parte I

 

               "La intención del papa Pablo VI en relación a lo que comúnmente se llama nueva Misa, fue reformar la Liturgia Católica de tal manera que casi coincidiera con la liturgia protestante. Esto era con una intención ecuménica de Pablo VI de eliminar, o, al menos corregir, o, al menos mitigar, en la Misa, lo que era demasiado católico en el sentido tradicional y, repito, hacer que la Misa Católica se acercase más a la misa calvinista". Jean Guitton. (1)




               "El Novus Ordo Missæ, tanto por las omisiones y cambios que introduce en el Ordinario de la Misa, como por muchas de sus normas generales que indican el concepto y la naturaleza del nuevo Misal, no expresa, en sus puntos esenciales, como debería, la Teología del Santo Sacrificio Eucarístico, establecida por el Sacrosanto Concilio de Trento en su Sesión XXII. Es este un hecho que la simple catequesis no consigue contrarrestar. 

               Los cambios que han precedido y preparado el Novus Ordo Missæ no han contribuido a aumentar la Fe y la Piedad de los Fieles. Al contrario, nos han dejado llenos de aprensión, una aprensión que aumentó por el Novus Ordo, por cuanto este favoreció la idea de que no hay nada inmutable en la Santa Iglesia, ni siquiera el Santo Sacrificio de la Misa.

               Además, el Novus Ordo no sólo no inspira fervor, sino que extingue la Fe en las Verdades centrales de la Vida Católica, como la Presencia Real de Jesús en la Santísima Eucaristía, la realidad del Sacrificio propiciatorio, o el Sacerdocio Jerárquico". Monseñor de Castro Mayer, Obispo de Campos, 12 de Septiembre de 1969.

               Cuando Pablo VI decretó el cambio de la Misa Católica, sólo el 17% de las oraciones de la Misa Tradicional se mantuvieron intactas en la Nueva Misa. Con el nuevo misal, fueron abolidas específicamente las oraciones tradicionales que describen los siguientes conceptos: la depravación del pecado; los lazos de la maldad; la grave ofensa del pecado; el camino a la perdición; el terror ante la furia del Rostro de Dios; la indignación de Dios; los golpes de Su Ira; la carga del mal; las tentaciones; los malos pensamientos; los peligros para el alma; los enemigos del alma y del cuerpo. 

               También se eliminaron las oraciones que describen: la hora de la muerte; la pérdida del Cielo; la muerte eterna; el castigo eterno; las penas y el fuego del Infierno. Se hizo especial énfasis en suprimir en la Nueva Misa las oraciones que describen el desapego del mundo; las oraciones por los Difuntos; la Verdadera Fe y la existencia de la herejía; las referencias a la Iglesia Militante, los méritos de los Santos, los milagros y el Infierno. 

               Con la excepción de una única genuflexión del celebrante después de la Consagración, prácticamente todas las demostraciones de respeto por el Cuerpo y la Sangre de Cristo que caracterizaban la Misa Tradicional, o han sido suprimidas, o hechas opcionales en la Nueva Misa.

               Cuando los Protestantes en Inglaterra se separaron de la Iglesia Católica en el siglo XVI, ellos cambiaron la Misa para reflejar sus creencias heréticas. Los altares fueron reemplazados por mesas. El latín fue sustituido por la lengua  vernácula. Las imágenes e iconos fueron retirados de las iglesias. El Último Evangelio y el Confiteor fueron suprimidos. La “Comunión” se distribuía en la mano. La Misa la decían en voz alta y de frente a la congregación. La música tradicional fue descartada y reemplazada por música nueva. Tres cuartas partes del clero de Inglaterra se fueron con el nuevo servicio. 




               Con el fin de enfatizar su creencia herética de que la misa no es un sacrificio, sino sólo una cena, los protestantes eliminaron el altar y pusieron una mesa en su lugar. En la Inglaterra protestante, por ejemplo, “el 23 de noviembre de 1550 el Concilio Secreto ordenó que fueran destruidos todos los altares en Inglaterra y reemplazados por mesas de comunión”. Esto también es lo que precisamente ocurrió en 1969, cuando Pablo VI promulgó la Nueva Misa, el Novus Ordo Missae.


DOCTRINA TRADICIONAL SOBRE
EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA


               "El mismo Dios, pues, y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer a Sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el Ara de la Cruz, para obrar desde ella la Redención Eterna; con todo, como Su Sacerdocio no había de acabarse con Su Muerte; para dejar en la Última Cena de la noche misma en que era entregado, a Su amada Esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el Sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la Cruz, y permaneciese Su Memoria hasta el Fin del Mundo, y se aplicase Su saludable Virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos... 

               Y por cuanto en este Divino Sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente Aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el Ara de la Cruz; enseña el Santo Concilio, que este Sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él, que si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, si con sincero corazón, y recta Fe, si con temor y reverencia; conseguiremos Misericordia, y hallaremos Su Gracia por medio de Sus oportunos auxilios". Sacrosanto Concilio de Trento, Sesión XXII, 17 de Septiembre de 1562


NOTA

(1)  Jean Guitton en una entrevista con Francesca Pini en 1998;  filósofo del pasado siglo XX, amigo cercano de Pablo VI, presente en el Concilio Vaticano II y el único laico que pronunció un discurso en él. 



domingo, 15 de noviembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 2, Parte 2: SOBRE EL VALOR DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA



               Si estas doctrinas heréticas fueran verdaderas, lo más lógico sería que desde el tiempo de Cristo ni una persona, aunque hubiera sido Apóstol o Mártir, se habría podido salvar.

               Los Santos Apóstoles y todos sus sucesores celebraron y ofrecieron el Sacrificio de la Misa al Dios Altísimo. Ahora bien, si la Santa Misa fuera idolatría y una negación del único Sacrificio de Cristo en la Cruz, los Santos Apóstoles y todos los fieles habrían sido culpables de idolatría, y habrían ofendido gravemente a la Divina Majestad y se habrían hecho a sí mismos dignos de la perdición eterna. Y puesto que ninguna persona con algún sentido creerá tal afirmación, nadie puede creer que la doctrina Calvinista es verdadera. Más que escuchar a Calvino y Lutero, escuchen lo que dice San Fulgencio de Ruspe: “Manteneos firme en la doctrina y nunca os permitáis dudar que el Hijo Unigénito de Dios se hizo hombre por nosotros, y por nosotros se ofreció a sí mismo a Dios Omnipotente, a quien la Iglesia Católica por todo el mundo ofrece ahora e incesantemente en Fe y Caridad la Oblación de pan y vino.” ¿Quién es más digno de nuestra creencia -un Maestro Santo e iluminado de la Iglesia o dos apostatas como Calvino y Lutero?.

               A éstos se puede aplicar las palabras dirigidas por el erudito Pedro de Cluny a otros herejes: “Si vuestra doctrina fuera aceptada universalmente, es decir, si los Cristianos abolieran el Santo Sacrificio de la Misa, pasaría en esta época de gracia lo que nunca pasó en la época de ira: Dios no sería adorado en la tierra.

               Vosotros, enemigos de Dios, escuchad cuando la Iglesia de Dios os dice que el Sacrificio Divino es esencial a su existencia, y que en este Sacrificio ella ofrece el Cuerpo y la Sangre del Salvador dondequiera que se haga esta ofrenda...”

               Por lo tanto, vigilemos para que no nos pase a nosotros lo que les pasó a los herejes. Pues, el Malvado les privó de la Santa Misa en horrendo perjuicio. Pero a nosotros Católicos, puesto que no podía lograr privarnos de ella, nos ha cegado en gran parte para que no apreciemos plenamente la magnitud del Santo Sacrificio y su poder inmenso. Sin duda fue por causa de los ardides de Satanás el que durante bastante tiempo, el Misterio Divino fuese rara vez el tema de sermones, y el que poco se haya dicho o escrito sobre ello. Por consiguiente, los Católicos se volvieron descuidados en asistir a la Santa Misa, o bien les faltaba mucha devoción cuando asistían.

               Como manera de evitar este mal, el Concilio de Trento, mandó a los que tenían el cuidado de almas, predicar frecuentemente sobre la Santa Misa. El Decreto se lee como sigue: “El Santo Sínodo ordena a Pastores, y a todos los que tienen el cuidado de almas, a exponer frecuentemente durante la celebración de la Misa, o ellos mismos o por otros, alguna porción de las cosas que se lee en la Misa; y que, además, expliquen algún Misterio de este Sacrificio más Santo, especialmente en el Día del Señor y las Fiestas.” (Sesión 22, Cap. 8). 



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               Si la gente es ignorante del gran valor de la Santa Misa, no la aman ni la aprecian como debieran, nunca asisten a la Misa durante la semana y en los Domingos y días de precepto su asistencia es con frecuencia demasiado indiferente, irreverente y superficial; se ausentan solamente por pretexto, sin el escrúpulo más pequeño de conciencia.

               Pero si comprenden la eficacia y el valor inmenso de la Santa Misa, no pueden dejar de apreciar más este Tesoro inapreciable, de amarlo más profundamente, y de asistir a la Oblación Divina con una mayor reverencia. En la Iglesia Católica, no hay un Misterio más importante, más consolador, más saludable que este Misterio sublime del Altar. Si solamente esta verdad fuera reconocida correctamente, veríamos seguramente una asistencia más grande a la Misa durante la semana. 


          Continuará...




domingo, 8 de noviembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 2, Parte 1: LOS HEREJES, ENEMIGOS DE LA SANTA MISA

 

               Las persecuciones que el Maligno ha provocado de vez en cuando contra el más Santo Sacrificio de la Misa son una prueba de que tiene que ser sagrado y odioso al Diablo; si no, no lo atacaría con tanta violencia. En los siglos primeros de la Iglesia Cristiana de veras no faltaban maestros de herejía pero ninguno de ellos se aventuró a asaltar la Misa, mucho menos a suprimirla. El hereje Berengarius de Tours fue el primero en presumir de hablar y escribir contra la Santa Misa. Su doctrina errónea fue triunfalmente desenmascarada y refutada por los teólogos Católicos de la época; fue además condenada por el Concilio General de la Iglesia. Antes de su muerte, el infeliz hombre rechazó sus errores y vivió sus últimos días como un hijo arrepentido de la Iglesia Católica.




              A principios del siglo doce los Albigenses impíos aparecieron en Francia; entre otros dogmas ignominiosos consideraban que el matrimonio era una condición ilegítima, y alentaban la promiscuidad. Es verdad que no se ofendían por la celebración de la Misa Mayor Solemne en presencia de un gran número de personas pero no toleraban la Misa Baja a la cual solamente asistían unas pocas. De hecho, la prohibieron bajo pena de multas y encarcelamiento.

               Aunque los Albigenses habían prohibido a los Sacerdotes bajo penas graves Misa baja, un piadoso Sacerdote no se dejó intimidar por tan injusta prohibición y continuó diciendo la Misa privadamente. Cuando esto se supo, le arrestaron inmediatamente y le llevaron a comparecer ante el Concilio: “nos han dado información de que en contra de nuestra prohibición, usted ha celebrado Misa baja siendo una grave ofensa. Por eso le hemos traído aquí, para que atestigüe por sí mismo si esto es verdad o no”. El Sacerdote sin ningún temor, replicó inmediatamente: “les contestaré con las palabras que los Santos: los Apóstoles pronunciaron ante el tribunal judío que les acusaba de haber violado la ley predicando en el Nombre de Cristo (Hechos de los Apóstoles, cap.5, vers. 29). Nosotros debemos obedecer a Dios antes que a los hombres. Por esta razón he celebrado la Misa para honra de Dios y de Su Santísima Madre”. 

               Los jueces, muy airados por tan audaz contestación condenaron al piadoso Sacerdote a que se le arrancase la lengua en presencia de todos. El Sacerdote sufrió esta cruel sentencia con suma paciencia. Cuando todavía sangraba su boca, fue a la Iglesia y arrodillándose con grandísima humildad ante el altar donde había celebrado la Misa, ante la Madre de Dios desahogó todo su dolor. No pudiendo hablar, elevó su corazón a Ella con todo fervor, suplicándole remediase su falta de lengua. Tan ardiente fue su súplica que la Santísima Virgen se le apareció, y con Su misma mano le devolvió su lengua diciéndole que le era restaurada por el Honor que le había sido dado a Dios y a Ella con la celebración de la Santa Misa, exhortándole al mismo tiempo a que la utilizase de esta manera en el futuro. Después de dar fervientes gracias a su Benefactora, el Sacerdote volvió a la asamblea mostrándoles la gran gracia que había recibido, causando así enorme confusión a los obstinados heréticos y a todos los que se habían opuesto a la celebración de la Santa Misa. Esta anécdota está tomada de un libro en el que escribe el Beato Padre César estas palabras en el prólogo del mismo: "Dios es testigo de que yo no he añadido nada a todo lo que he visto con mis propios ojos y oído de labios de hombres que antes morirían que pronunciarían falsedades". Así que esta historia verdadera debe convencer a todos de que la Santa Misa es especialmente agradable al Dios Altísimo.

               Desde la época de los Apóstoles hasta el tiempo actual el Santo Sacrificio de la Misa no ha tenido un adversario mas vehemente que el desdichado Martín Lutero que no sólo atacó sino que denunció este Misterio Divino. No lo hizo por sí mismo ni tampoco cuando apostató, sino más tarde a instigación del diablo. De hecho, el pobre hombre reconoce en sus propios escritos que su doctrina vino del diablo y que solamente a indicación del malvado suprimió la Misa como un acto de idolatría, aunque debía saber bastante bien que el diablo es el que odia todo lo que es bueno y que solamente enseña al hombre lo malo.




               Además, Lutero habría podido considerar que, si la Misa fuera idolatría, el diablo no la combatiría, ni tampoco desearía que fuese suprimida; al contrario, la promovería y alabaría, porque cuanto más fuera celebrada la Misa, tantos más actos de idolatría serían cometidos y mayor deshonra se haría al Dios Altísimo. De esta manera, Satanás ha privado no solamente a los luteranos sino a todas las sectas protestantes que han surgido después, del Sacrificio saludable de la Santa Misa y así les ha hecho un daño irreparable. 

               En realidad, les ha hecho este Misterio Sublime tan repugnante que ellos declaran que es una negación del Sacrificio de la Cruz y un culto maldito de ídolos, como leemos en el Catecismo de Heidelberg de los Calvinistas. Tal blasfemia horrible basta para llenar cada corazón piadoso de pavor, y causar que cada Cristiano bueno cierre sus oídos. No dedicaremos mucho tiempo a la refutación de tales blasfemias; un solo argumento basta para refutarlas.


          Continuará...


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domingo, 25 de octubre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 1, Parte 2: LA OBLACIÓN PURA PREDICHA


               El ofrecimiento de esta Oblación pura fue predicho por el Profeta Malaquías en las palabras siguientes: “Oh, si alguno de vosotros cerrara las puertas y no encendierais en vano el fuego de Mi Altar!. No tengo en vosotros complacencia alguna dice Yavé de los ejércitos; no me son gratas las ofrendas de vuestras manos. Porque desde la salida del sol hasta el ocaso es grande Mi Nombre entre las gentes, y en todo lugar ha de ofrecerse a Mi Nombre un sacrificio humeante y una oblación pura, pues grande es Mi Nombre entre las gentes, dice Yavé de los ejércitos” (Profeta Malaquías, cap. 1, vers. 10-11).



               Todos los Padres de la Iglesia consideran que este trozo hace referencia al Sacrificio de la Misa; pues esta Profecía no encuentra su realización en el Antiguo Testamento, sino en el Nuevo, en donde son realizadas también las palabras que fueron dichas por Dios Padre a su Hijo: “Tú eres Mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra. ” (Salmo 2, vers. 7-8). Esto fue cumplido cuando los paganos fueron convertidos a la Fe por la predicación de los Apóstoles. El sacrificio predicho aquí por Malaquías no puede ser el que fue ofrecido por Cristo en la Cruz, como afirman los no – Católicos, porque eso fue hecho en un lugar solamente, en el Calvario, no en todos los lugares como declara el Profeta. 

               Tampoco puede ser abrigada la suposición de que el Profeta se refiera a un sacrificio de alabanzas o de obras buenas, porque éstas no son oblaciones en el sentido estricto de la palabra. Tampoco son siempre una oblación pura, como dice el Profeta: “Todos nosotros fuimos impuros y toda nuestra justicia es como vestido inmundo… “(Profeta Isaías, cap. 64, vers. 5-6) Por consiguiente, tienen que ser entendidos en el sentido de que esta Profecía se refiere explícitamente al Santo Sacrificio de la Misa como el único y sólo Sacrificio verdadero del Nuevo Testamento; una oblación en sí misma perfectamente pura y santa, que es ofrecida a Dios Padre a todas horas y en todo lugar por Cristo mismo por la instrumentalidad de Sus Sacerdotes. 

               Cristo es el Sumo Sacerdote principal, nuestros Sacerdotes son solamente Sus servidores, y Él se sirve de sus manos y sus labios para el ofrecimiento de un sacrificio material. Porque, como Cristo en Su Cuerpo no es perceptible a nuestros sentidos, se hace necesario que al mismo tiempo haya una víctima visible, entonces Él se sirve de la cooperación del Sacerdote para ofrecer Su Sacrificio. La Oblación continuará siendo ofrecida hasta el Fin del Mundo.

               Es alegado contra nosotros como un reproche por los no-Católicos que no se encuentra la palabra “Misa” en la Biblia. Indudablemente es verdad, pero se puede decir lo mismo de la palabra “Trinidad”, sin embargo estamos obligados a creer ese Misterio Sagrado. La Sagrada Escritura no nos manda santificar los Domingos ni bautizar infantes, pero sabemos que ambas cosas son nuestra solemne obligación. En los escritos de los Papas y Doctores de la Iglesia primitivos encontramos frecuentemente la palabra “Misa”, en los escritos, por ejemplo, de San Clemente el tercer sucesor de San Pedro, y los del Papa Evaristo y Alejandro que vivían en el siglo primero. San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y otros Santo Padres de la Iglesia usan la palabra “Misa” cuando hablan del Sacrificio del Nuevo Testamento. San Ambrosio escribe: “Me quedé en mi lugar, comencé a celebrar la Misa y durante el Sacrificio le supliqué a Dios Todopoderoso que viniese en nuestra ayuda.” San Agustín dice: “Vemos en las lecturas ordenadas para ser leídas en la Misa,” etc.



               Estos Doctores de la Iglesia que vivieron 300 años después de Cristo se sirvieron de la palabra “Misa” lo que prueba que estaba ciertamente en el uso común en aquella época.

               Aprendemos de las Sagradas Escrituras y las vidas de los Apóstoles que éstos tenían la costumbre de celebrar la Misa. San Mateo fue apuñalado en el Altar mientras ofrecía el Santo Sacrificio. La Tradición cuenta de San Andrés que dijo al juez: “Diariamente le ofrezco a Dios Omnipotente sobre el Altar, no la carne de bueyes, ni la sangre de machos cabríos sino el Cordero inmaculado de Dios”. 

               Todavía subsisten las Liturgias para la Misa compuestas por los Apóstoles Santiago y San Marcos. El Canon de la Misa es atribuido a San Pedro, y otras partes fueron añadidas por otros Santos Papas. De todo lo que ha sido dicho se sigue que la Misa era celebrada en la Iglesia desde el principio mismo, y que en todos los tiempos ha sido considerada como el verdadero Sacrificio del Nuevo Testamento.

  

          Continuará... 


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domingo, 18 de octubre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 1, Parte 1: LA NATURALEZA DE LA SANTA MISA


               La palabra Misa en latín es “Sacrificium”; que significa algo más grande y más importante que “Ofrenda”. El sentido cabal y conveniente de “sacrificio” es un ofrecimiento de algo externo a nosotros al Dios Altísimo, consagrado o santificado en una manera solemne por un ministro de la Iglesia nombrado legítimamente y cualificado debidamente, para reconocer y atestiguar el dominio supremo de Dios Todopoderoso sobre todas las criaturas. En esta definición se puede ver que un sacrificio es mucho más que un simple ofrecimiento. Representa un alto y sublime acto de adoración debido solamente al Dios Infinito, y no a cualquier criatura.

               Que este sacrificio solemne puede ser ofrecido solamente a Dios es probado por San Agustín de la costumbre universal de todas las naciones. “¿Quién -dice él- ha sido encontrado jamás que afirmase que el sacrificio debe ser ofrecido a alguien que no sea el verdadero Dios o esas deidades falsas que son consideradas erróneamente como verdadero Dios?”. Y en otro lugar dice: “El diablo no exigiría sacrificio de sus devotos si no supiera que ésta es una prerrogativa de Divinidad.”. Muchos de los grandes y poderosos de la tierra han demandado injustamente para ellos mismos otras acciones de homenaje que justamente son ofrecidas solamente a Dios; pero pocos, por cierto, han presumido de mandar que el sacrificio sea ofrecido a sí mismos. Los que hicieron eso deseaban ser considerados como dioses. De esto podemos sacar la consecuencia de que el ofrecimiento, es un acto de culto divino que no puede ser justamente ofrecido a los hombres, los santos o los ángeles, sino solamente a Dios.




               Santo Tomás de Aquino dice: “Es natural que los hombres hagan ofrendas sacrificiales al Dios Omnipotente y el hombre sea instado a hacer eso por un instinto natural sin un mandato o precepto explícito. Podemos ver esto ejemplificado en el caso de Abel, Noé, Abraham, Job y otros Patriarcas que ofrecieron sacrificio, no en obediencia a una ley de Dios, sino solamente al impulso de la naturaleza. Y no solamente las personas ilustradas por Dios le ofrecieron sacrificios; los paganos también; simplemente siguiendo la luz de la naturaleza, sacrificaron a sus ídolos creyendo que eran deidades verdaderas.” Más tarde, la Ley dada por Dios a los hijos de Israel impuso obligatorio para ellos ofrecer sacrificio diariamente; en las fiestas una ceremonia más elaborada tenía que ser observada. Tenían que ofrecerle corderos, ovejas, terneros y bueyes, y estos animales no tenían que ser solamente ofrecidos sino que tenían que ser inmolados por un sacerdote ungido, con oraciones prescritas y ceremonias. Tenían que ser matados y desollados; su sangre tenía que ser vertida alrededor del pie del altar y su carne quemada sobre el altar entre el sondaje de trompetas y el canto de Salmos. Estas eran las obligaciones sagradas por las cuales los Judíos habitualmente le tributaban a Dios el homenaje debido a Él, reconociendo que Él es el Gobernante supremo sobre todas las criaturas.

               Puesto que la idea del sacrificio está tan profundamente arraigada en la naturaleza humana que todas las gentes y naciones, además de servir a Dios con oraciones, himnos, dando limosnas y obras de penitencia, ofrecieron alguna clase de sacrificio por el cual honraron al verdadero Dios, o las deidades que veneraron. Así era apropiado, o mejor, era aún necesario, que Cristo instituyese en su Iglesia una oblación santa y divina como un oficio visible por el cual los fieles le dan a Dios la gloria merecida y expresan su propia sujeción a Él. Ningún hombre cuerdo podría imaginar que Cristo, que dispuso todo en su Iglesia de la manera más perfecta, habría omitido ese acto más alto de adoración. Si hubiera sido así, la Religión Cristiana sería inferior al Judaísmo ya que los sacrificios del Antiguo Testamento eran tan gloriosos que los paganos distinguidos venían de tierras lejanas para asistir a ellos y algunos reyes paganos, como leemos en 2 Macabeos 3,3, incluso pagaban de sus ingresos el sueldo debido a los ministros.

EL SACRIFICIO DE LA IGLESIA CATÓLICA

               La Santa Iglesia Católica, en el Concilio Ecuménico de Trento, nos enseña la manera de sacrificio u oblación que Cristo ha dado y ha dispuesto en su Iglesia. Puesto que, bajo el Antiguo Testamento, según el testimonio de San Pablo, no había perfección a causa de la debilidad del Sacerdocio Levítico (Heb. 7, 9-11), había una necesidad – Dios el Padre de misericordias así lo había dispuesto- que otro Sacerdote debía aparecer según el Orden de Melquisedec, Nuestro Señor Jesucristo, que conseguiría y guiaría a la perfección a tantos como iban a ser santificados. Aunque Nuestro Señor estaba a punto de ofrecerse a sí mismo a Dios Padre en el altar de la Cruz y allí, por medio de su muerte actuar la redención eterna; no obstante (porque su sacerdocio no iba a ser suprimido por su muerte) en la Ultima Cena (en la noche en la cual fue traicionado) para dejar a su amada esposa, la Iglesia, un sacrificio visible como la naturaleza del hombre necesita (de manera que ese sacrificio sangriento que iba a ser efectuado en la Cruz pudiera ser representado, y la memoria del mismo permaneciera hasta el fin del mundo y su poder saludable pudiera ser aplicado para la remisión de esos pecados que cometemos diariamente, declarándose constituido un sacerdote para siempre según el Orden de Melquisedec) le ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de pan y vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas entregó Su propio Cuerpo y Sangre para ser recibidos por sus Apóstoles a quienes ordenó Sacerdotes del Nuevo Testamento, y por esas palabras: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19) les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio ofrecerlos; como la Iglesia Católica siempre ha comprendido y enseñado.

               Además de esto; también, la Santa Iglesia nos enseña, y exige que creamos que en la Ultima Cena, Cristo no sólo cambió pan y vino en su Cuerpo y Sangre sino que también se los ofreció a Dios Padre y así instituyó y estableció en su propia Persona el Sacrificio de la Nueva Alianza. Hizo eso para mostrar que Él mismo es un Sacerdote según el Orden de Melquisedec de quien la Sagrada Escritura habla así: ‘Melquisedec, Rey de Salem, llevó pan y vino; era un Sacerdote del Dios Altísimo, y bendijo a Abram. ” (Gen 14, 18-19).

EL ORDEN DE MELQUISEDEC

              El texto no declara explícitamente aquí que Melquisedec ofreciera sacrificio al Dios Altísimo, pero desde el principio, la Iglesia Católica ha entendido que eso es lo que significa y los Padres lo han expuesto así. Incluso David lo interpreta de esa manera cuando dice: “Ha jurado Yavéy no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre según el Orden de Melquisedec.” (Salmo 109, 4). Que tanto Cristo como Melquisedec ofrecieron sacrificio ha de ser inferido de las palabras de San Pablo cuando escribió a los Hebreos: “Cada pontífice es nombrado para ofrecer oblaciones y sacrificios “. (Heb 8, 3). “Pues hecho pontífice tomado de entre los hombres a favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios… “.(Heb 5, 1). Y casi inmediatamente después añade: “Y ninguno se tome por sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón. ” (Heb 5, 4) “Y así Cristo no se exaltó a sí mismo, haciéndose pontífice, sino que fue Dios quien dijo: ‘Hijo mío eres tu, hoy te he engendrado’. Y conforme a esto dice en otra parte: “Tú eres sacerdote para siempre según el Orden de Melquisedec.”. Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor. Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia, y por ser consumado vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna, declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec. Sobre lo cual tenemos mucho que decir, de difícil inteligencia, porque os habéis vuelto torpes de oído “. (Heb 5, 7-11).




               De estos trozos es evidente, que, puesto que Cristo y Melquisedec eran Sumos Sacerdotes, ambos ofrecían sacrificio al verdadero Dios. Melquisedec no sacrificó víctimas, como lo hizo Abraham y los adoradores más primitivos de Dios, sino actuando por la inspiración del Espíritu Santo, y en desacuerdo con la costumbre de la época, santificó pan y vino con ciertas oraciones y ritos, elevándolos en alto y ofreciéndolos a Dios como una ofrenda totalmente aceptable. Así se hizo él un tipo de Jesucristo, y su ofrenda un tipo del sacrificio incruento de Jesucristo bajo el Nuevo Testamento. Ahora bien, puesto que Cristo no fue ungido Sumo Sacerdote según el Orden de Aaron, que mató a víctimas, sino según el Orden de Melquisedec, que presentó pan y vino como una oblación, síguese que ejercía Él también su función sacerdotal durante su vida, y le ofreció a Dios una oblación de pan y vino.

               Preguntamos: ¿cuándo ejerció Cristo su oficio sacerdotal según el Orden de Melquisedec? En la última Cena Jesús tomando un poco de pan y habiendo pronunciado la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: ” tomad y comed este es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias se lo dio diciendo: “Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la Alianza.” (Mt 26, 26-28). “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

               En esta ocasión Cristo ejerció su oficio sacerdotal a la manera de Melquisedec. Porque si no lo hizo así entonces; no lo hizo nunca durante toda su Vida y, en ese caso, no habría sido un Sacerdote según el Orden de Melquisedec. Sin embargo, con qué lenguaje exaltado describe San Pablo su Sacerdocio: “Y por cuanto no fue hecho sin juramento -pues aquellos fueron constituidos sacerdotes sin juramento, más éste lo fue con juramento por él que le dijo: “Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre ” – de tanto mejor testamento fue hecho fiador Jesús. Y de aquellos fueron muchos los hechos sacerdotes, por cuanto la muerte les impidió permanecer; pero éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio perpetuo. (Heb 7, 20-24). Por lo tanto vemos la verdad de lo que enseña la Iglesia Católica en el Concilio de Trento: En la última Cena, le ofreció a Dios Padre su propio Cuerpo y Sangre bajo las apariencias de pan y vino; y les mandó a sus Apóstoles y a sus sucesores en el Sacerdocio ofrecerlos bajo estos símbolos cuando dijo: “Haced esto en memoria mía” como la Iglesia Católica siempre ha dicho y enseñado. Y esta es, por cierto, la oblación pura que no puede ser profanada por alguna indignidad o malicia de los que la ofrecen, que el Señor predijo por Malaquías iba a ser ofrecida pura a su Nombre en todas partes. (Ses. 22, Cap. 1) 


               Continuará... 


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lunes, 13 de enero de 2020

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR


"Un Señor, una Fe, un Bautismo" 

Carta de San Pablo a los Efesios, cap. 5, vers. 5


"...entre los miembros de la Iglesia, 
sólo se han de contar de hecho 
los que recibieron las aguas 
regeneradoras del Bautismo
 y profesan la Verdadera Fe..."

Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis"




“He visto al Espíritu descender del Cielo 
en forma de paloma y permanecer sobre Él. 
Yo no lo conocía, pero el que me envió 
a bautizar con agua me dijo: 
‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu 
y permanecer sobre Él, Ese es 
el que bautiza en el Espíritu Santo’. 
Yo lo he visto y doy testimonio 
de que Él es el Hijo de Dios”

Evangelio de San Juan, cap. 1, vers. 29


LA DOCTRINA TRADICIONAL
SOBRE EL SANTO BAUTISMO


               "Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…" Concilio de Trento, Sesión 6

              "Si alguno dijere que el Bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema..." Papa Paulo III, Concilio de Trento

              "El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos...’ Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Bula "Exultate Deo", Noviembre de 1439

             "Igualmente profeso, que el Bautismo es necesario para la salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención...” Papa Benedicto XIV, Encíclica "Nuper ad nos", Marzo de 1743

              "...para entrar en este Reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la Fe y el Bautismo, Sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior..." Papa Pío XI, Encíclica "Quas primas", Diciembre de 1925

               "Cristo también determinó que por el Bautismo, los que creyeren serían incorporados en el Cuerpo de la Iglesia... entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la Verdadera Fe" Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis", Junio de 1943





EL CATECISMO CATÓLICO 
Y EL SANTO BAUSTIMO


          ¿A quién pertenece administrar el Bautismo?  Administrar el Bautismo pertenece por derecho al Obispo y a los Párrocos; pero, en caso de necesidad, cualquier persona puede administrarlo, sea hombre o mujer, y aun hereje o infiel, con tal que cumpla el rito del Bautismo y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. 


          ¿Quién deberá administrar el Bautismo cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes?  Cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes, debe bautizar el sacerdote si lo hay; en su ausencia, un eclesiástico de orden inferior; en ausencia de éste, el varón seglar con preferencia a la mujer, si ya la mayor pericia de la mujer, o la decencia, no demandasen otra cosa. 


          ¿Qué intención debe tener el que bautiza?  El que bautiza debe tener intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.


          ¿Cómo se administra el Bautismo?  Se administra el Bautismo derramando agua sobre la cabeza del bautizado o, si no se puede en la cabeza, en otra parte principal del cuerpo, y diciendo al mismo tiempo: "Yo te bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." 


          ¿Quedaría bautizada la persona si uno vertiese el agua y otro dijese las palabras? Si uno vertiese el agua y otro pronunciase las palabras, no quedaría la persona bautizada, porque es preciso que sea el mismo el que vierta el agua y el que pronuncia las palabras. 


          Cuando se duda si la persona está muerta, ¿hay que dejar de bautizarla?  Cuando se duda si la persona está muerta, hay que bautizarla condicionalmente, diciendo: “Si estás vivo, yo te bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 


          ¿Cuándo hay que llevar a los niños a la Iglesia para que los bauticen?  Hay que llevar a los niños lo más pronto posible a la Iglesia para que los bauticen. 


          ¿Por qué tanta prisa en bautizar a los niños?  Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo. 





El Padre Leandro Neves administra en un hospital 
el Santo Bautismo a un bebé con problemas de salud...

          ¿Pecarán, pues, los padres y las madres que por negligencia dejen morir a sus hijos sin Bautismo o lo dilatan?  Si, señor; los padres y madres que por negligencia dejan morir a los hijos sin Bautismo, pecan gravemente porque les privan de la Vida Eterna, y pecan también gravemente dilatando mucho el Bautismo, porque los exponen al peligro de morir sin haberlo recibido. 


          ¿Qué disposiciones ha de tener el adulto que se bautiza?  El adulto que se bautiza ha de tener, además de la Fe, intención de bautizarse, dolor a lo menos imperfecto de los pecados mortales que hubiere cometido, y suficiente instrucción religiosa. 


          ¿Qué recibiría el adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados?  El adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados, recibiría el carácter del Bautismo, más no la remisión de los pecados ni la gracia santificante. Estos efectos quedarían en suspenso hasta que quitase el impedimento con el dolor perfecto o con el Sacramento de la Penitencia.


           ¿Es necesario el Bautismo para salvarse?  El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, habiendo dicho expresamente el Señor: El que no renaciere en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de los Cielos.


          ¿Puede suplirse de alguna manera la falta del Bautismo?  La falta del Bautismo puede suplirse con el Martirio, que se llama Bautismo de sangre, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición que vaya junto con el deseo al menos implícito del Bautismo, y este se llama Bautismo de deseo. 




CATECISMO MAYOR
Prescrito por el Papa San Pío X el 15 de Julio de 1905



martes, 5 de noviembre de 2019

FESTIVIDAD DE LAS SAGRADAS RELIQUIAS, los restos que han de ser glorificados para la Vida Eterna




          "Enseñen también que deben ser venerados por los fieles los Sagrados Cuerpos de los Santos y Mártires y de los otros que viven con Cristo, pues fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo, que por Él han de ser resucitados y glorificados para la Vida Eterna, y por los cuales hace Dios muchos beneficios a los hombres, de suerte que los que afirman que a las reliquias de los Santos no se les debe veneración y honor, o que ellas y otros sagrados monumentos son honrados inútilmente por los fieles y que en vano se reitera el recuerdo de ellos con objeto de impetrar su ayuda (quienes tales cosas afirman) deben absolutamente ser condenados, como ya antaño se los condenó y ahora también los condena la Iglesia"


Sacro Santo Concilio de Trento, 1545-1563


               El culto a las Sagradas Reliquias lo encontramos en los inicios del Cristianismo, momento en que tuvo lugar la aparición de los primeros Mártires, cuyos cuerpos fueron enterrados en catacumbas. En un primer momento se mantuvo la costumbre romana y occidental de respetar la inviolabilidad de la sepultura, dado que se consideraba un sacrilegio tocar el cuerpo de los Santos, lo que dio lugar a la aparición de las reliquias de contacto, llamadas también "brandeas", obtenidas mediante la colocación de paños sobre la tumba de aquellos que habían fallecido en olor de santidad. 

               Se sabe que esta tradición aún estaba vigente en el siglo VI, si bien, progresivamente, se fue imponiendo la práctica oriental de trasladar y dividir los cuerpos santos con el fin de utilizarlos para consagrar los templos. Asimismo, se fue haciendo cada vez más habitual el empleo de estos restos y objetos sagrados para uso personal, así como su exposición en relicarios y cortejos procesionales con la intención de que fueran venerados por el pueblo.




               Paulatinamente se generalizó la costumbre advertida en otros países de utilizar las reliquias para la consagración de las iglesias, lo que provocó que se produjera un gran afán en la obtención de estos objetos por parte de los particulares interesados en fundar nuevos edificios religiosos. La presencia de reliquias en estos recintos sacros favorecía la celebración de fiestas en honor de las mismas, en las que las procesiones debían ser frecuentes, tal y como se desprende de un canon del Concilio III de Braga, celebrado el año 675, donde se señala que los Obispos se colgaban en las Fiestas de los Mártires las reliquias del cuello, haciéndose llevar en hombros por los diáconos como si ellos mismos fueran relicarios. Tal vez desde esa época, los Obispos conservaron la costumbre de llevar reliquias en la cruz pectoral.




               El Concilio de Nicea, en el año 787, impuso que todas las iglesias debían ser  consagradas con alguna reliquia, lo que supuso un notable impulso a su devoción. El Concilio de Trento determinó que las reliquias insignes eran las del cuerpo entero del Santo o parte del mismo en el que éste había sufrido el Martirio, se fijó que no se podían enajenar ni trasladar a otra iglesia sin Indulto Apostólico, que debían ser expuestas en relicarios cerrados y que no era lícito venderlas, siendo función del clero el impedir que se profanasen, perdiesen o no se guardasen debidamente.




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