Medicus carnis, factus
est medicus animarum
Médico de la carne, fue
hecho médico de las almas
(San Jerónimo, "De Viris Illustribus", VII)
Nacido en la célebre ciudad de Antioquía de Siria -cuna donde por primera vez los discípulos del Crucificado fueron llamados «cristianos» (Hechos de los Apóstoles, cap. 11, vers. 26)-, Lucas no pertenecía según la carne a la estirpe de Abraham. Provenía del mundo pagano helenizado y poseía una refinada formación literaria y científica.
Ejercía la medicina («Lucas, medicus carissimus», Colosenses, cap. 4, vers. 14), profesión de gran estima en la antigüedad clásica. Su conversión a la Verdad no fue fruto del testimonio de los sentidos durante la vida terrena de Nuestro Señor, sino del anuncio apostólico y del auxilio de la Gracia que abre el entendimiento a la Luz Divina.
Unido indisolublemente al Apóstol de las Gentes a partir de su segundo viaje misionero, San Lucas se convirtió en su más fiel colaborador, médico y amanuense. Acompañó al Gran Pablo en sus viajes por Macedonia, Acaya y Asia Menor, hasta compartir con él las cadenas de su primer y segundo cautiverio en Roma.
En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)
En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)
Inspirado por el Espíritu Santo, San Lucas redactó el Tercer Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Su obra, dedicada al ilustre Teófilo, destaca por un rigor metodológico excepcional, superior al de los historiadores profanos de su tiempo. Como él mismo señala en su célebre prólogo redactado en el más elegante griego koiné: «Visum est et mihi, mesequuto a principio omnibus diligenter, ex ordine tibi scribere, optime Theophile...» (San Lucas, cap. 1, 3)
Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).
Junto con su labor de pluma, una antigua y venerable tradición patrística -atestiguada desde los primeros siglos de la Cristiandad- atribuye a San Lucas la factura de los primeros retratos de la Santísima Madre de Dios con el Niño en brazos, legando a la Iglesia la veneración de la Santa Imagen como sacramental de la Encarnación.
Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.
Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).
Junto con su labor de pluma, una antigua y venerable tradición patrística -atestiguada desde los primeros siglos de la Cristiandad- atribuye a San Lucas la factura de los primeros retratos de la Santísima Madre de Dios con el Niño en brazos, legando a la Iglesia la veneración de la Santa Imagen como sacramental de la Encarnación.
Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.
NOTA
1) Su cuerpo reposa en un sarcófago de mármol en el transepto izquierdo de la Basílica de Santa Justina.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.