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miércoles, 7 de abril de 2021

SAN JOSÉ, REY DE LOS ÁNGELES



               Así como María es Reina de los Ángeles y los Santos, por ley, San José, Su esposo es el Rey de los Ángeles y los Santos: por lo tanto, si honras a María con este título, también debes decirle a San José: "Rey de los Ángeles, Rey de los Santos, ¡ruega por nosotros!" Dios quería que San José fuera un Protector especial de cada clase de personas e Intercesor Universal, para que todos pudieran sentirse protegidos por él.


San Leonardo de Porto Maurizio



jueves, 5 de marzo de 2020

JESÚS, SACERDOTE SANTO. Primer Jueves de Mes: recemos por la Santidad de nuestros Sacerdotes



          ¡Bendita sea eternamente la Misericordia de nuestro Dios por habernos dado un Sacerdote Santo, Santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los países, puesto que la luz de la Fe ilumina hoy al mundo entero!

           Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote Santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el universo. ¡Oh, qué inmenso y precioso tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! 




          ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué cosecha de gracias recogeríamos durante nuestra vida, y qué inmensidad de gloria para la eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!

           Pero, ¿qué digo, asistiendo? Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempeñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes. El Celebrante es, en cierto modo, el Ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el mediador de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la Redención del género humano. 

           Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este Augusto Misterio; con él concurren a ofrecer el Sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: Orate, fratres: "Orad hermanos, para que mi sacrificio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre Todopoderoso". Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el Altar el principal papel de Ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.


El Tesoro escondido de la Santa Misa 
(San Leonardo de Porto Mauricio)




Hoy es Primer Jueves de Mes
recemos de forma especial por
la Santidad de nuestros Sacerdotes


          "Oh Jesús que has instituido el Sacerdocio para continuar en la tierra la Obra Divina de salvar a las almas protege a tus sacerdotes en el refugio de Tu Sagrado Corazón.

          Guarda sin mancha sus manos consagradas, que a diario tocan Tu Sagrado Cuerpo, y conserva puros sus labios teñidos con Tu Preciosa Sangre.

          Haz que se preserven puros sus corazones, marcados con el sello sublime del Sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de Tus Apóstoles y que Tu Santo Amor los proteja de todo peligro.

          Bendice sus trabajos y fatigas, y que como fruto de su apostolado obtengan la salvación de muchas almas que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén." 

(Oración compuesta por Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz)



jueves, 14 de marzo de 2019

EL SACERDOTE EN EL ALTAR (Parte II)


               Hoy Jueves, rememoramos el Sacrificio de la Misa, celebrado por vez primera por Nuestro Señor en la noche del Jueves Santo, en compañía de Sus Apóstoles, a quienes constituyó entonces como Sacerdotes y Obispos, perpetuando así el sacerdocio hasta el Fin de los Tiempos. 

               Por eso, en LA SEMANA DEL BUEN CRISTIANO dedicamos el día Jueves a agradecer a Dios por el inestimable Misterio Eucarístico, donde Él mismo se encierra, en la pequeña forma consagrada, y en donde permanece Sacramentado, con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, como alimento y fortaleza de las almas que lo reciben en estado de gracia y aborreciendo el pecado.

               Si no puedes asistir hoy a la Santa Misa, trata al menos de hacer una Comunión Espiritual y sitúate -aunque sea sólo con la imaginación- frente al Sagrario, para agradecer a ese Divino Prisionero Su Amor por ti y por mí; un Amor sin medida ni tiempo, que no se cansa de esperar tu limosna de amor y consuelo para remediar el desahucio de otros corazones que lo aborrecen... adéntrate en el Tabernáculo y permanece con Él, comparte Su soledad y Sus suspiros de Amor por las almas indiferentes... cuando hagas eso, tu Comunión se prolongará por todo el día.





               Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempe­ñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes. El celebrante es, en cierto modo, el Ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el media­dor de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacer­dote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la Redención del género humano. 

               Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este Augusto Misterio; con él concurren a ofrecer el Sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: Orate, fratres: “Orad, hermanos, para que mi Sacri­ficio, que también es el vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso”. Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el Altar el principal papel de Ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

              Así, pues, cuando asistes a la Misa, desempeñas en cierto sentido las funciones de sacer­dote. ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, charlando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo ministerio de sacerdote? ¡Ah! Yo no puedo menos de exclamar: ¡Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de Misterios tan subli­mes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí temblando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una Obra tan asombrosa!



San Leonardo de Porto-Mauricio "El Tesoro escondido de la Santa Misa"




jueves, 7 de marzo de 2019

EL SACERDOTE EN EL ALTAR (Parte I)


                    Fieles a la línea que marca LA SEMANA DEL BUEN CRISTIANO dedicamos el día de hoy a rezar con insistencia por la Santidad de nuestros sacerdotes; me atrevo a pedir oraciones especiales por aquellos clérigos que ejercen en las catacumbas, los que andan sin sueldo ni ayudas, los que prefieren pasar hambre antes que aceptar complacientes la Apostasía que campa en Roma.

                    Ofrezcamos por ellos nuestras súplicas pero también nuestra compañía y ayuda... esos sacerdotes que ahora viven en la marginalidad, trabajando en silencio por las almas, inmolándose en Altares clandestinos, son los Pastores del resto fiel que se niega a aceptar al anti-Papa que usurpa la Sede del Apóstol Pedro. Estos sacerdotes, ninguneados por la "oficialidad" del Vaticano, son los guías de las almas fieles, y de las que resultarán tras esta crisis; ellos, que han mantenido la Fe y la Doctrina Católica, constituyen la simiente de la Iglesia que pronto volverá a florecer, triunfante, con Cristo como única Cabeza.




               Imposible parece poderse hallar una prerrogativa más excelente del Sacrificio de la Misa, que el poderse decir de él que es, no sólo la copia, sino también el verdadero y exacto original del Sacrificio de la Cruz; y, sin embargo, lo que lo realza más todavía, es que tiene por Sacerdote un Dios hecho hombre. 

               Es indudable que en un Sacrificio hay tres cosas que considerar: el Sacerdote que lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la Majestad de Aquél a quien se ofrece. He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el Santo Sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la Víctima ofre­cida es la Vida de un Dios, y Aquél a quien se ofrece no es otro que Dios. Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el Sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucris­to. Él es el primer sacrificador, no solamen­te por haber instituido este Sacrificio y porque le comunica toda Su eficacia en virtud de Sus Méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna conver­tir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre Preciosísima.

               Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la Santa Misa es el tener por Sacer­dote a un Dios hecho hombre. Cuando consi­deres al Sacerdote en el Altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el Ministro de este Sacerdote invisible y eterno, Nuestro Redentor. De aquí resulta que el Sa­crificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del Sacerdote que celebra, puesto que el principal Sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el Sacerdote visible no es más que Su humilde ministro. Así como el que da limosna por mano de uno de sus servidores es considerado justamente como el donante principal; y aun cuando el servidor sea un pérfido y un malvado, siendo el señor un hombre justo, su limosna no deja de ser meritoria y santa.

               ¡Bendita sea eternamente la Misericordia de Nuestro Dios por habernos dado un Sacer­dote Santo, Santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio en todos los paí­ses, puesto que la luz de la Fe ilumina hoy al mundo entero! Sí, en todo tiempo, todos los días y a todas horas; porque el sol no se oculta a nuestra vista sino para alumbrar a otros puntos del globo; a todas horas, por consiguiente, este Sacerdote Santo ofrece a Su Eterno Padre Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma, a Sí Mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el Uni­verso.

              ¡Oh, qué inmenso y precioso Tesoro! ¡Qué mina de riquezas inestimables poseemos en la Iglesia de Dios! ¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos asistir a todas esas Misas! ¡Qué capital de méritos adquiriríamos! ¡Qué co­secha de gracias recogeríamos durante nuestra vida, y qué inmensidad de Gloria para la Eternidad, asistiendo con fervor a tantos y tan Santos Sacrificios!


San Leonardo de Porto-Mauricio "El Tesoro escondido de la Santa Misa"