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sábado, 17 de octubre de 2020

"Las Glorias de María"; Bienaventurados los que la sirven fielmente


               Lleguen finalmente a grabar el Nombre de María en el pecho con agudos hierros, como lo hicieron el religioso Francisco Binancio y Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta impriman con hierros candentes sobre la carne el amado nombre para que quede mucho más visible y duradero, como lo hicieron en sus transportes de amor sus devotos Bautista Archinto y Agustín de Espinosa. 




               Hagan por María e imaginen cuanto puede hacer el más fino amante para expresar su amor a la persona amada, que no llegarán a amarla como ella los ama. "Señora mía - dice San Pedro Damiano-, ya sé que eres amabilísima y nos amas con amor insuperable". Sé, Señora mía, venía a decir, que nos amas con tal amor que no se deja vencer por ningún otro amor. 

               Estaba una vez San Alonso Rodríguez a los pies de una imagen de María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen, rompió a decir: "Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me amas tanto como yo a Ti". 

               Pero María, como sintiéndose herida en punto de amor, le respondió desde la imagen: "¿Qué dices, Alonso, qué dices? ¡Cuánto más grande es el amor que te tengo que el que tú me tienes. No hay tanta distancia del Cielo a la tierra como de Mi amor al tuyo". 

               Razón tiene San Buenaventura al exclamar: "¡Bienaventurados los corazones que aman a María! ¡Bienaventurados los que la sirven fielmente!" ¡Dichosos los que tienen la fortuna de ser fieles servidores y amantes de esta Madre llena de amor! Sí, porque la Reina, agradecida más que nadie, no se deja superar por el amor de Sus devotos. María, imitando en esto a nuestro amorosísimo Redentor Jesucristo, con sus beneficios y favores, devuelve centuplicado Su amor a quien la ama. 

               Exclamaré con el enamorado San Anselmo: "¡Que desfallezca mi corazón en constante amor a Ti! ¡Que se derrita mi alma!" Arda siempre por Ti mi corazón y se consuma del todo en Tu amor el alma mía, mi amado Salvador Jesús y mi amada Madre María. Y ya que sin vuestra gracia no puedo amaros, concededme, Jesús y María, por vuestros Méritos, que no por los míos, que os ame cuanto merecéis. Dios mío, enamorado de los hombres, has podido morir por Tus enemigos, ¿y vas a negar a quien te lo pide la gracia de amarte y amar a Tu Madre Santísima?



sábado, 10 de octubre de 2020

"Las Glorias de María"; Trabajemos para que todos amen a María


               San Juan la vio vestida de sol: "Apareció en el Cielo una gran señal, una mujer vestida de sol" (Libro del Apocalipsis, cap. 12, vers. 1). Se dice que estaba vestida de sol porque, así como en la tierra nadie se ve privado del calor del sol, "no hay quien se esconda de su calor" (Salmo 18, vers. 7), así no hay quien se vea privado del calor del amor de María, es decir, de Su abrasado Amor. ¿Y quién podrá comprender jamás -dice San Antonino- los cuidados que esta Madre tan amante se toma por nosotros? ¡Cuántos cuidados los de esta Virgen Madre por nosotros! ¡A todos ofrece y brinda Su Misericordia! 




               Para todos abre los senos de Su Misericordia, dice el mismo santo. Es que nuestra Madre ha deseado la salvación de todos y ha cooperado en esa salvación. Es indiscutible -dice San Bernardo- que Ella vive solícita por todo el género humano. Por eso es utilísima la práctica de algunos devotos de María que, como refiere Cornelio a Lápide, suelen pedir al Señor les conceda las gracias que para ellos pide la Santisíma Virgen, diciendo: "Dame, Señor, lo que para mí pide la Virgen María". Y con razón, dice el mismo autor, pues nuestra Madre nos desea bienes inmensamente mayores de los que nosotros mismos podemos desear. 

               El devoto Bernardino de Bustos dice que más desea María hacernos bien y dispensarnos las gracias, de lo que nosotros deseamos recibirlas. Por eso San Alberto Magno aplica a María las palabras de la Sabiduría: "Se anticipa a los que la codician poniéndoseles delante ella misma" (Libro de la Sabiduría, cap. 6, vers. 13). María sale al encuentro de los que a ella recurren para hacerse encontradiza antes de que la busquen. Es tanto el amor que nos tiene esta buena Madre -dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto ve nuestras necesidades acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su ayuda. Ahora bien, si María es tan buena con todos, aun con los ingratos y negligentes que la aman poco y poco recurren a Ella, ¿cómo será Ella de amorosa con los que la aman y la invocan con frecuencia? "Se deja ver facilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan" (Libro de la Sabiduría, cap. 6, vers. 12). 

              Exclama San Alberto Magno: "¡Qué fácil para los que aman a María encontrarla toda llena de piedad y de amor!" "Yo amo a los que me aman" (Libro de los Proverbios, cap. 8, vers. 17). Ella declara que no puede dejar de amar a los que la aman. 

              Estos felices amantes de María no sólo son amados por María, sino hasta servidos por ella. "Habiendo encontrado a María se ha encontrado todo bien; porque ella ama a los que la aman y, aún más, sirve a los que la sirven". Estaba muy grave fray Leonardo, dominico (como se narra en las Crónicas de la Orden), el cual más de doscientas veces al día se encomendaba a esta Madre de Misericordia. De pronto vio junto a sí a una hermosísima reina que le dijo: "Leonardo, ¿quieres morir y venir a estar con Mi Hijo y conmigo?" "¿Y quién eres, Señora?", le preguntó el religioso. "Yo soy -le dijo la Virgen- la Madre de la Misericordia; tú me has invocado tantas veces y ya ves que ahora vengo a buscarte. ¡Vámonos al Paraíso!" Y ese mismo día murió Leonardo, siguiéndola, como confiamos, al Reino Bienaventurado. María, ¡dichoso mil veces quien te ama! "Si yo amo a María -decía San Juan Berchmans, estoy seguro de perseverar y conseguiré de Dios lo que desee". 

               Por eso el Bienaventurado joven no se saciaba de renovarle su consagración y de repetir dentro de sí: "iQuiero amar a María! iQuiero amar a María!" ¡Y cómo aventaja esta buena madre en el amor a todos sus hijos! Amenla cuanto puedan -dice San Ignacio Mártir-, que siempre María les amará más a los que la aman. Amenla como un San Estanislao de Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su querida Madre, que hablando de Ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le oían. El se había inventado nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su bendición. Cuando él recitaba el Oficio, el Rosario u otras oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si hablara cara a cara con María. Cuando oía cantar la Salve se le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un Padre de la Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen Santísima, cuánto la amaba, le respondió: "Padre, ¿qué mas puedo decirle? ¡Si Ella es mi Madre!" Y el Padre dijo después que el santo joven profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya no parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. 

               Amenla como B. Herman, que la llamaba esposa de sus amores porque con ese nombre le había honrado María. Amenla como un San Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias. Amenla como un San Buenaventura, que la llamaba no sólo su Señora y Madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su corazón y su alma. Amenla como aquel gran amante de María, San Bernardo, que amaba tanto a esta Dulce Madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: "¿Acaso no me has robado el corazón?" 

               Llamenla "su Inmaculada", como la llamaba San Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su Reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada. Amenla cuanto un San Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír el Dulce Nombre de su querida Madre al instante se le inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. 

               Amenla cuanto un San Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su amada reina. 

               Amenla cuanto la han amado tantos Siervos Suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. El padre Juan de Trejo, jesuita, se preciaba de llamarse Esclavo de María, y en señal de esclavitud iba con frecuencia a visitarla en una ermita; y allí, ¿qué hacía? Al llegar derramaba tiernas lágrimas por el amor que sentía a María; después besaba aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El P. Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como transportado al Cielo a contemplar cómo allí las celebraban, y decía: "Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los santos para amar a María como ellos la aman. Quisiera tener la vida de todos los hombres para darla por amor a María". 

               Trabajen otros por amarla cuanto la amaba Carlos, hijo de Santa Brígida, que decía no haber cosa que le consolara en el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Y añadía que con mucho gusto hubiera aceptado todos los sufrimientos imaginables con tal de que María no hubiera perdido un punto de Su grandeza; y que si la grandeza de María hubiera sido suya, con gusto hubiera renunciado a ella en su favor por ser María la más digna. 



sábado, 26 de septiembre de 2020

"Las Glorias de María"; Así nos amó María, que nos entregó a Su propio Hijo


               Así como del Amor del Eterno Padre hacia los hombres, al entregar a la muerte por nosotros a Su mismo Hijo, está escrito: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a Su propio Hijo" (Evangelio de San Juan, cap. 3, vers. 16), así ahora -dice San Buenaventura- se puede decir de María. "Así nos amó María, que nos entregó a su propio Hijo". ¿Cuándo nos lo dio? Nos lo dio, dice el Padre Nierembergh, cuando le otorgó licencia para ir a la muerte. Nos lo dio cuando, abandonado por todos, por odio o por temor, podía Ella sola defender muy bien ante los jueces la Vida de Su Hijo. 




               Bien se puede pensar que las palabras de una madre tan sabia y tan amante de su hijo hubieran podido impresionar grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a muerte a un hombre que conocía, y declaró que era inocente. Pero no; María no quiso decir una palabra en favor de Su Hijo para no impedir la muerte, de la que dependía nuestra salvación. 

                Nos lo dio mil y mil veces al pie de la Cruz durante aquellas tres horas en que asistió a la Muerte de Su Hijo, ya que entonces, a cada instante, no hacía otra cosa que ofrecer el Sacrificio de la Vida de Su Hijo con sumo dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta constancia que, al decir de san Anselmo y San Antonino, que si hubieran faltado verdugos Ella misma hubiera obedecido a la Voluntad del Padre (si se lo exigía) para ofrecerlo al Sacrificio exigido para nuestra salvación. 

                Si Abrahán tuvo la fuerza de Dios para sacrificar a su hijo (cuando El se lo ordenó), podemos pensar que, con mayor entereza, ciertamente, lo hubiera ofrecido al Sacrificio María, siendo más santa y obediente que Abrahán. Pero volviendo a nuestro tema, ¡qué agradecidos debemos vivir para con María por tanto amor! ¡Cuán reconocidos por el Sacrificio de la Vida de Su Hijo que Ella ofreció con tanto dolor suyo para conseguir a todos la salvación! ¡Qué espléndidamente recompensó el Señor a Abrahán el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac! 

               Y nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la Vida que nos ha dado de Su Jesús, Hijo infinitamente más noble y más amado que el hijo de Abrahán? Este amor de María -al decir de San Buenaventura- nos obliga a quererla muchísimo, viendo que Ella nos ha amado más que nadie al darnos a Su Hijo único al que amaba más que a sí misma.

                De aquí brota otro motivo por el que somos tan amados por María, y es porque sabe que nosotros somos el precio de la muerte de su Jesús. Si una madre viera a uno de sus siervos rescatado por su hijo querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este motivo! Bien sabe María que Su Hijo ha venido a la tierra para salvarnos a los miserables, como Él mismo lo declaró: "He venido a salvar lo que estaba perdido" (Evangelio de San Lucas, cap. 19, vers. 10). Y por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: "Hecho obediente hasta la muerte" (Carta a los Filipenses, cap. 2, vers. 8). Por consiguiente, si María nos amase fríamente, demostraría estimar poco la Sangre de Su Hijo, que es el precio de nuestra salvación. 

               Se le reveló a la monja Santa Isabel que María, que estaba en el Templo, no hacía más que rezar por nosotros, rogando al Padre que mandara cuanto antes a Su Hijo para salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará después que ha visto que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado de comprarnos con tanto sacrificio de su parte! Y porque todos los hombres han sido redimidos por Jesús, por eso María los ama a todos y los colma de favores. 




sábado, 27 de junio de 2020

"Las Glorias de María"; Socorro de la Humanidad


                El amor a Dios y al prójimo se contienen en el mismo Precepto. “Este mandato hemos recibido del Señor: que quien ame a Dios ame también a su hermano” (1 Carta de San Juan cap. 4, vers. 21). La razón es, como dice Santo Tomás, porque quien ama a Dios ama todas las cosas que son amadas por Dios. Santa Catalina de Siena le decía un día a Dios: Señor, Tú quieres que yo ame al prójimo, y yo no sé amarte más que a Ti. Y Dios al punto le respondió: El que Me ama, ama todas las cosas amadas por Mí. Mas como no hubo ni habrá quien haya amado a Dios como María, así no ha existido ni existirá quien ame al prójimo más que María. 





                El Padre Cornelio a Lápide, comentando el pasaje que dice: “Se ha hecho el rey Salomón un palanquín de madera en el Líbano” (Cantar, cap. 3, vers. 9), dice que éste fue el seno de María, en el que habitando el Verbo encarnado llenó a la Madre de Caridad para que ayudase a quien a Ella acude. 

                María, viviendo en la tierra, estuvo tan llena de Caridad que socorría las necesidades sin que se lo pidiesen, como hizo precisamente en las bodas de Caná cuando pidió al Hijo el milagro del vino exponiéndole la aflicción de aquella familia. “No tienen vino” (Evangelio de San Juan, cap. 2, vers. 3). ¡Qué prisa se daba cuando se trataba de socorrer al prójimo! Cuando fue para cumplir oficios de caridad a casa de Isabel, “se dirigió a la montaña rápidamente” (Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 39).

                 No pudo demostrar de forma más grandiosa Su Caridad que ofreciendo a Su Hijo por nuestra salvación. Así dice san Buenaventura: De tal manera amó María al mundo que le entregó a Su Hijo primogénito. Le dice San Anselmo: ¡Oh bendita entre las mujeres que vences a los Ángeles en pureza y superas a los Santos en compasión! Y ahora que estás en el Cielo, dice San Buenaventura, este Amor de María no nos falta de ninguna manera, sino que se ha acrecentado porque ahora ve mejor las miserias de los hombres. Por lo que escribe el Santo: Muy grande fue la Misericordia de María hacia los necesitados cuando estaba en el mundo, pero mucho mayor es ahora que reina en el Cielo. 

                Dijo el Ángel a Santa Brígida que no hay quien pida gracias y no las reciba por la caridad de la Virgen. ¡Pobres si María no rogara por nosotros! Dijo Jesús a esa Santa: Si no intervinieran las preces de Mi Madre, no habría esperanza de Misericordia. “Bienaventurado el hombre que me escucha velando ante mi puerta cada día, guardando las jambas de mi entrada” (Proverbios, cap. 8, vers. 34). 

                 Bienaventurado, dice María, el que escucha Mis enseñanzas y observa Mi Caridad para usarla después con los otros por imitarme. Dice San Gregorio Nacianceno que no hay nada mejor para conquistar el afecto de María que el tener caridad con nuestro prójimo. Por lo cual, como exhorta Nuestro Señor: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es Misericordioso” (Evangelio de San Lucas, cap. 4, vers. 36), así ahora pareciera que María dice a todos Sus hijos: “Sed misericordiosos como vuestra Madre es Misericordiosa”. Y ciertamente que conforme a la caridad que tengamos con nuestro prójimo, Dios y María la tendrán con nosotros. “Dad y se os dará. Con la misma medida que midáis, se os medirá a vosotros” (Evangelio de San Lucas, cap. 6, vers. 38). 

                Decía San Metodio: “Dale al pobre y recibe el Paraíso”. Porque, escribe el Apóstol, la Caridad con el prójimo nos hace felices en esta vida y en la otra: “La Piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida para la presente y de la futura” (1 Carta de Timoteo, cap. 4, vers. 8). 

                San Juan Crisóstomo, comentando aquellas palabras: “Quien se compadece del pobre da prestado al Señor” (Proverbio, cap. 19, vers. 17), dice que quien socorre a los necesitados hace que Dios se le convierta en deudor: Si has prestado a Dios lo has convertido en tu deudor. Madre de misericordia, tú que estás llena de caridad para con todos, no te olvides de mis miserias. Tú ya lo sabes. Encomiéndame al Dios que nada te niega. Obtenme la gracia de poderte imitar en el Santo Amor, tanto para con Dios como para con el prójimo. Amén.




sábado, 20 de junio de 2020

"Las Glorias de María"; El Amor que nos tiene es el que la ha hecho Madre nuestra


            Si María es nuestra Madre, bien está que consideremos cuánto nos ama. El amor hacia los hijos es un amor necesario; por eso -como reflexiona Santo Tomás, Dios ha puesto en la Divina Ley, a los hijos, el precepto de amar a los padres; mas, por el contrario, no hay precepto expreso de que los padres amen a sus hijos, porque el amor hacia ellos está impreso en la naturaleza con tal fuerza que las mismas fieras, como dice San Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así, cuentan los naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros, presos por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de los barcos que los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece decirnos nuestra Amadísima Madre María, no pueden olvidarse de sus cachorros, ¿cómo podré olvidarme de amaros, hijos Míos? "¿Acaso puede olvidarse la mujer de su niño sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti" (Profeta Isaías, cap. 49, vers. 15). 





            Si por un imposible una madre se olvidara de su hijo, es imposible, nos dice María, que Yo pueda olvidarme de un hijo mío. María es nuestra Madre, no ya según la carne, como queda dicho, sino por el Amor. "Yo Soy la Madre del Amor Hermoso" (Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 24). El Amor que nos tiene es el que la ha hecho Madre nuestra, y por eso se gloría, dice un autor, en ser Madre de Amor, porque habiéndonos tomado a todos por hijos es todo Amor para con nosotros. ¿Quién podrá explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? 

            Dice Arnoldo de Chartes que Ella, al morir Jesucristo, deseaba con inmenso ardor morir junto al Hijo por nuestro amor. Y así, cuando el Hijo -dice San Ambrosio- colgaba moribundo en la Cruz, María hubiera querido ofrecerse a los verdugos para dar la vida por nosotros. 

            Pero consideremos los motivos de este amor para que entendamos cuánto nos ama esta Buena Madre. La primera razón del amor tan grande que María tiene a los hombres es el gran amor que Ella le tiene a Dios. El amor a Dios y al prójimo, como escribe San Juan, se incluyen en el mismo precepto. "Tenemos este mandamiento del Señor, que quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1 Carta de San Juan, cap. 4, vers. 21). De modo que, cuando crece el uno, crece el otro también. Por eso vemos que los Santos, que tanto amaban a Dios, han hecho tanto por el amor de sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y hasta la vida por su salvación. 

            Léase lo que hizo San Francisco Javier en la India, donde para ayudar a las almas de aquellas gentes escalaba las montañas, exponiéndose a mil peligros para encontrar a los paganos en sus chozas y atraerlos a Dios. Un San Francisco de Sales que para convertir a los herejes de la región de Chablais se aventuró durante un año a pasar todos los días un torrente impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la otra ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un San Paulino que se entregó como esclavo para librar al hijo de una pobre viuda. Un San Fidel que por atraer a la Fe Católica a unos herejes, predicando perdió la vida. Los Santos, porque así amaban a Dios, se lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus prójimos. 

            Pero ¿quién ha amado a Dios más que María? Ella lo amó desde el primer instante de su existencia más de lo que lo han amado y amarán todos los Ángeles y Santos juntos en el curso de su existencia. Reveló la Virgen a Sor María del Crucificado que era tal el fuego de amor que ardía en Su Corazón hacia Dios, que podría abrasar en un instante todo el Universo si lo pudieran sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los ardores de los Serafines. Por tanto, como no hay entre los Espíritus Bienaventurados quien ame a Dios más que María, así no puede haber, después de Dios, quien nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si se pudiera unir el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los Ángeles y Santos a sus devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a una sola alma. 

            Dice el Padre Nierembergh que el amor que todas las madres tienen por sus hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por cada uno de nosotros. Más nos ama Ella sola -añade- que lo que nos aman todos los Ángeles y Santos. Además, nuestra Madre nos ama tanto porque Jesús nos ha recomendado a Ella como hijos cuando le dijo antes de expirar: "Mujer, he ahí a tu hijo", entregándole en la persona de Juan a todos los hombres, como ya lo hemos considerado. Estas fueron las últimas palabras que le dijo Su Hijo. Los últimos encargos de la persona amada en la hora de la muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar de la memoria. 

            También somos hijos muy queridos de María porque le hemos costado excesivos dolores. Las madres aman más a los hijos por los que más cuidados y sufrimientos han tenido para conservarles la vida. Nosotros somos esos hijos por los cuales María, para obtenernos la Vida de la Gracia, ha tenido que sufrir el Martirio de ofrecer la Vida de su amado Jesús, aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos. Por esta sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la Vida de la Gracia de Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de Su Corazón, porque le hemos costado excesivos dolores. 





sábado, 30 de mayo de 2020

"Las Glorias de María"; Su amor hace hermosas nuestras almas a los ojos de Dios


                Nuestra Madre amorosísima estuvo siempre y del todo unida a la Voluntad de Dios, por lo que -dice San Buenaventura- viendo Ella el Amor del Eterno Padre hacia los hombres que aceptó la Muerte de Su Hijo por nuestra salvación, y el Amor del Hijo al querer morir por nosotros, para identificarse con este Amor excesivo del Padre y del Hijo hacia los hombres, Ella también, con todo Su Corazón, ofreció y consintió que Su Hijo muriera para que todos nos salváramos.

              Es verdad que Jesús, al morir por la Redención del Género Humano, quiso ser solo. "Yo solo pisé el lagar" (Profeta Isaías, cap. 63, vers. 3); pero conociendo el gran deseo de María de dedicarse Ella también a la salvación de los hombres, dispuso que también Ella, con el Sacrificio y con el ofrecimiento de la Vida de Jesús, cooperase a nuestra salvación y así llegara a ser la Madre de nuestras almas. 




              Esto es aquello que quiso manifestar Nuestro Salvador cuando, antes de expirar, mirando desde la Cruz a la Madre y al Discípulo Juan que estaba a su lado, dijo a María: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 26); como si le dijese: Este es el hombre que por el ofrecimiento que Tú has hecho de Mi Vida por su salvación, ahora nace a la gracia. Y después, mirando al Discípulo dijo: "He ahí a tu Madre" (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 27). Con cuyas palabras, dice San Bernardino de Siena, María quedó convertida no sólo en madre de Juan, sino de todos los hombres, en razón del amor que Ella les tuvo. 

              Por eso - advierte Silveira- que el mismo San Juan, al anotar este acontecimiento en el Evangelio, escribe: "Después dijo al Discípulo: He aquí a tu Madre". Hay que anotar que Jesucristo no le dijo esto a Juan, sino al Discípulo, para demostrar que el Salvador asignó a María por Madre de todos los que siendo cristianos llevan el nombre de Discípulos suyos. "Yo soy la Madre del amor hermoso" (Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 24), dice María; porque su Amor, dice un autor, hace hermosas nuestras almas a los ojos de Dios y consigue como madre amorosa recibirnos por hijos. ¿Y qué madre ama a sus hijos y procura su bien como Tú, dulcísima Reina nuestra, que nos amas y nos haces progresar en todo? Más -sin comparación, dice San Buenaventura- que la madre que nos dio a luz, nos amas y procuras nuestro bien. ¡Dichosos los que viven bajo la protección de una Madre tan amante y poderosa! 

              El Profeta David, aun cuando no había nacido María, ya buscaba la salvación de Dios proclamándose hijo de María, y rezaba así: "Salva al hijo de tu esclava" (Salmo 85, vers. 16). ¿De qué esclava -exclama San Agustín- sino de la que dijo: He aquí la Esclava del Señor? ¿Y quién tendrá jamás la osadía -dice el Cardenal Belarmino- de arrancar estos hijos del Seno de María cuando en él se han refugiado para salvarse de sus enemigos? ¿Qué furias del infierno o qué pasión podran vencerles si confían en absoluto en la protección de esta sublime madre? Cuentan de la ballena que cuando ve a sus hijos en peligro, o por la tempestad o por los pescadores, abre la boca y los guarda en su seno. Esto mismo, dice Novario, hace la piadosísima madre con sus hijos. Cuando brama la tempestad de las tentaciones, con materno amor como que los recibe y abriga en sus propias entrañas, hasta que los lleva al puerto seguro del cielo. Madre mía amantísima y piadosísima, bendita seas por siempre y sea por siempre bendito el Dios que nos ha dado semejante madre como seguro refugio en todos los peligros de la vida. 

              La Virgen reveló a Santa Brígida que así como una madre si viera a su hijo entre las espadas de los enemigos haría lo imposible por salvarlo, así obro yo con mis hijos, por muy pecadores que sean, siempre que a mí recurran para que los socorra. Así es como venceremos en todas las batallas contra el infierno, y venceremos siempre con toda seguridad recurriendo a la Madre de Dios y Madre nuestra, diciéndole y suplicándole siempre: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios". ¡Cuántas victorias han conseguido sobre el infierno los fieles sólo con acudir a María con esta potentísima oración! 

               La Sierva de Dios Sor María del Crucificado, benedictina, así vencía siempre al demonio. Estad siempre contentos los que os sentís Hijos de María; sabed que ella acepta por hijos suyos a los que quieren ser. ¡Alegraos! ¿Cómo podéis temer perderos si esta madre os protege y defiende? Así, dice San Buenaventura, debe animarse y decir el que ama a esta buena madre y confía en su protección: ¿Qué temes, alma mía? Nada; que la causa de tu eterna salvación no se perderá estando la sentencia en manos de Jesús, que es tu hermano, y de María, que es tu madre. Con este mismo modo de pensar se anima San Anselmo y exclama: "¡Oh dichosa confianza, oh refugio mío, Madre de Dios y Madre mía! ¡Con cuánta certidumbre debemos esperar cuando nuestra salvación depende del amor de tan buen Hermano y de tan buena Madre!" 

               Esta es nuestra Madre que nos llama y nos dice: "Si alguno se siente como niño pequeño, que venga a mí" (Libro de los Proverbios, cap. 9, vers. 4). Los niños tienen siempre en los labios el nombre de la madre, y en cuanto algo les asusta, enseguida gritan: ¡Madre, madre! - Oh María dulcísima y madre amorosísima, esto es lo que quieres, que nosotros, como niños, te llamemos siempre a Ti en todos los peligros y que recurramos siempre a Ti que nos quieres ayudar y salvar, como has salvado a todos Tus hijos que han acudido a Ti.




sábado, 23 de mayo de 2020

"Las Glorias de María"; La Madre de Jesús es también la Madre de nuestras almas


               No por casualidad ni en vano los devotos de María la llaman Madre. Diríase que no saben invocarla con otro nombre y no se cansan de llamarla siempre Madre. Madre sí, porque de veras es Ella nuestra madre, no carnal, sino Espiritual, de nuestra alma y de nuestra salvación. Cuando el pecado privó a nuestras almas de la gracia, les privó también de la vida. Y habiendo quedado miserablemente muertas, vino Jesús Nuestro Redentor, y con un exceso de Misericordia y de Amor nos recuperó esta vida perdida con Su Muerte en la Cruz, como Él mismo lo declaró: "Vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 10). "En abundancia", porque como dicen los teólogos, Jesucristo con Su Redención nos trajo bienes capaces de reparar absolutamente los daños que nos causó Adán con su pecado. Y así, reconciliándonos con Dios, se convirtió en Padre de nuestras almas en la Nueva Ley de la gracia, como ya lo había predicho el Profeta: "Padre del siglo futuro, Príncipe de la Paz" (Profeta Isaías, cap. 9, vers. 5). 






              Pues si Jesús es el Padre de nuestras almas, María es la Madre, porque dándonos a Jesús nos dio la Verdadera Vida, y ofreciendo en el Calvario la Vida de Su Hijo por nuestra salvación fue como darnos a luz y hacernos nacer a la vida de la gracia.

               En dos momentos distintos, enseñan los Santos Padres, se demostró que María era nuestra Madre Espiritual; primero, cuando mereció concebir en Su Seno virginal al Hijo de Dios, como dice San Alberto Magno. Y más claramente San Bernardino de Siena, quien lo explica así: Cuando la Santísima Virgen dio Su consentimiento a la Anunciación del Ángel de que el Verbo Eterno esperaba Su aprobación para hacerse Su Hijo, al dar Su asentimiento pidió a Dios, con inmenso amor, nuestra salvación; y de tal manera se empeñó en procurárnosla, que ya desde entonces nos llevó en Su Seno como amorosísima y Verdadera Madre.

                Dice San Lucas en el Capítulo 2, versículo 7, hablando del Nacimiento de Nuestro Salvador, que María dio a luz a Su Primogénito. Así que, dice el Autor, si el Evangelista afirma que entonces dio a luz a Su Primogénito, ¿se habrá de suponer que tuvo otros hijos? Pero es de Fe que María no tuvo otros hijos según la carne fuera de Jesús; luego debió tener otros hijos espirituales, y éstos somos todos nosotros.

               Esto mismo reveló el Señor a Santa Gertrudis, la cual, leyendo un día dicho pasaje del Evangelio estaba confusa, no pudiendo entender como siendo María Madre solamente de Jesucristo, se puede decir que Éste fue Su Primogénito. Pero Dios le explicó que Jesús fue Su Primogénito según la carne, pero los hombres son Sus hijos según el espíritu. Con esto se comprende lo que se dice de María en los Sagrados cantares: "Es tu vientre como montoncito de trigo cercado de azucenas" (Cantar de los Cantares, cap. 7, vers. 3).

               Lo explica San Ambrosio, y dice que si bien en el Vientre purísimo de María hubo un solo grano de trigo, que fue Jesucristo, sin embargo, se dice montoncito de trigo, porque en aquel solo grano de trigo estaban contenidos todos los elegidos, de los que María debía ser la Madre. Por esto escribió el Abad Guillermo: "En este único fruto, Jesús, único Salvador de todos, María dio a luz a muchos para la salvación. Dando a luz a la vida, dio a luz a muchos para la vida".

              El segundo momento en que María nos engendró a la gracia fue cuando en el Calvario ofreció al Eterno Padre, con tanto dolor, la Vida de su amado Hijo por nuestra salvación. Es entonces, asegura San Agustín, cuando habiendo cooperado con Su Amor para que los fieles nacieran a la vida de la gracia, se hizo igualmente con esto Madre Espiritual de todos nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Jesús. Es lo mismo que significa lo que dice la Virgen de sí misma en el Cantar de los Cantares: "Pusiéronme a guarda de viñas; y mi propia viña no la guardé" (1,6).

               María, por salvar nuestras almas, consintió que se sacrificara la vida de Su Hijo. ¿Y quién era el alma de María sino Su Jesús, que era Su vida y todo Su amor? Por esto le anunció el anciano Simeón que un día Su Bendita Alma se vería traspasada de una espada muy dolorosa. "Y Tu misma Alma será traspasada por una espada de dolor" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 35). Esa espada fue la lanza que traspasó el Costado de Cristo, que era el alma de María. En aquella ocasión, con Sus Dolores, nos dio a luz para la Vida Eterna, por lo que todos podemos llamarnos Hijos de los Dolores de María.



sábado, 9 de mayo de 2020

"Las Glorias de María"; Acudamos a esta Reina si nos queremos salvar


               Narra Suetonio que el Emperador Tito no acertaba a negar ninguna gracia a quien se la pedía; y aunque a veces prometía más de lo que podía otorgar, respondía a quien se lo daba a entender que el príncipe no podía despedir descontento a ninguno de los que admitía a su presencia. Así decía Tito; pero o mentía o faltaba a la promesa. Mas nuestra Reina no puede mentir y puede obtener cuanto quiera para Sus devotos. Tiene un Corazón tan piadoso y benigno, que no puede sufrir el dejar descontento a quien le ruega. 

              "Es tan benigna -dice Luis Blosio- que no deja que nadie se marche triste". Pero ¿cómo puedes, oh María -le pregunta San Bernardo-, negarte a socorrer a los miserables cuando eres la Reina de la Misericordia? ¿Y quiénes son los súbditos de la Misericordia sino los miserables? "Tú eres la Reina de la Misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh Reina de la Misericordia". 




             Tú Eres la Reina de la Misericordia y yo el pecador más miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de Tus súbditos, Tú debes tener más cuidado de mí que de todos los demás. Ten piedad de nosotros, Reina de la Misericordia, y procura nuestra salvación. Y no nos digas, Virgen Santa, parece decirle Jorge de Nicomedia, que no puedes ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros pecados, porque tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas imaginables. Nada resiste a tu poder, pues Tu Gloria el Creador la estima como propia, pues eres Su Madre. Y el Hijo, gozando con Tu Gloria, como pagándote una deuda, da cumplimiento a todas Tus peticiones. 

             Quiere decir que si bien María tiene una deuda infinita con Su Hijo por haberla elegido como Su Madre, sin embargo, no puede negarse que también el Hijo está sumamente agradecido a esta Madre por haberle dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por recompensar cuanto debe a María, gozando con Su Gloria, la honra especialmente escuchando siempre todas Sus plegarias. 

              Cuánta debe ser nuestra confianza en esta Reina sabiendo lo poderosa que es ante Dios, y tan rica y llena de Misericordia que no hay nadie en la tierra que no participe y disfrute de la Bondad y de los favores de María. Así lo reveló la Virgen María a Santa Brígida: "Yo Soy -le dijo la Reina del Cielo y Madre de la Misericordia- la Alegría de los justos y la Puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay en la tierra pecador tan desventurado que se vea privado de la Misericordia mía. Porque si otra gracia por Mí no obtuviera, recibe al menos la de ser menos tentado de los demonios de lo que sería de otra manera. No hay ninguno tan alejado de Dios, a no ser que del todo estuviese maldito -se entiende con la final reprobación de los condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance la Misericordia". 

              Todos me llaman la Madre de la Misericordia, y en verdad la Misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para siempre en la otra Vida el que en ésta, pudiendo recurrir a Mí, que soy tan piadosa con todos y tanto deseo ayudar a los pecadores, infeliz no acude a Mí y se condena. 

              Acudamos, pues, pero acudamos siempre a las plantas de esta Dulcísima Reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida Reina de la Misericordia para salvar con Su protección a los mayores y más perdidos pecadores que a Ella se encomiendan. Estos han de ser Su Corona en el cielo como lo declara Su Divino Esposo: "Ven del Líbano, Esposa mía; ven del Líbano, ven y serás coronada... desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos" (Libro del Cantar de los Cantares, cap. 4, vers. 8). 

             ¿Y cuáles son esas cuevas y montes donde moran esas fieras y monstruos sino los miserables pecadores cuyas almas se convierten en cubil de los pecados, los monstruos más deformes que puede haber? Pues bien, comenta el Abad Ruperto, precisamente de estos miserables pecadores salvados por Tu Mediación, oh Gran Reina, te verás coronada en el Paraíso, ya que su salvación será Tu Corona, Corona muy apropiada para una Reina de Misericordia y muy digna de ella.



sábado, 2 de mayo de 2020

"Las Glorias de María"; No hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda si María lo protege


               San Alberto Magno presenta a la reina Esther como figura de la Reina María. Se lee en el libro de Esther, capítulo 4, que reinando Asuero salió un decreto que ordenaba matar a todos los judíos. Entonces, Mardoqueo, que era uno de los condenados, confió su salvación a Esther, pidiéndole que intercediera con el rey para obtener la revocación de su sentencia. 

               Al principio, Esther rehusó cumplir ese encargo temiendo el gravísimo enojo de Asuero. Pero Mardoqueo la reconvino y le mandó decir que no pensara en salvarse ella sola, pues el Señor la había colocado en el trono para lograr la salvación de todos los judíos: "No te imagines que por estar en la casa del rey te vas a librar tú sola entre todos los judíos" (Est 4,13). Así dijo Mardoqueo a la reina Esther, y así podemos decir ahora nosotros, pobres pecadores, a nuestra reina María, si por un imposible rehusara impetrarnos de Dios la liberación del castigo que justamente merecemos: No pienses, Señora, que Dios te ha exaltado como reina del mundo sólo para pensar en tu bien, sino para que desde la cumbre de tu grandeza puedas compadecerte más de nosotros miserables y socorrernos mejor.




               Asuero, cuando vio a Esther en su presencia, le preguntó con cariño: "¿Qué deseas pedir, reina Esther?, pues te será concedido. Aunque fuera la mitad de mi reino, se cumplirá" (Libro de Ester, cap. 7, vers. 2). A lo que la reina respondió: "Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme la vida -este es mi deseo- y la de mi pueblo -ésta es mi petición" (Libro de Ester, cap. 7, vers. 3). Y Asuero la atendió al instante ordenando que se revocase la sentencia. 

              Ahora bien, si Asuero otorgó a Esther, porque la amaba, la salvación de los judíos, ¿cómo Dios podrá dejar de escuchar a María, amándola inmensamente, cuando Ella le ruega por los pobres pecadores? Ella le dice: "Si he encontrado gracia ante Tus ojos, rey mío..." Pero bien sabe la Madre de Dios que Ella es la Bendita, la Bienaventurada, la Única que entre todos los hombres ha encontrado la Gracia que ellos habían perdido. Bien sabe que Ella es la Amada de Su Señor, querida más que todos los Santos y Ángeles juntos. 

               Ella es la que le dice: "Dame Mi pueblo por el que te ruego". Si tanto me amas, le dice, otórgame, Señor, la conversión de estos pecadores por los que te suplico. ¿Será posible que Dios no la oiga? ¿Quién desconoce la fuerza que le hacen a Dios las plegarias de María? "La ley de la clemencia gobierna su lengua" (Libro de los Proverbios, cap. 31, vers. 26). Es ley establecida por el Señor que se use de Misericordia con aquellos por los que ruega María. 

              Pregunta San Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama a María Reina de Misericordia? Y responde: "Porque Ella abre los caminos insondables de la Misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere, porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda si María lo protege". Pero ¿podremos temer que María se desdeñe de interceder por algún pecador al verlo demasiado cargado de pecados? ¿0 nos asustará, tal vez, la Majestad y Santidad de esta gran Reina? No, dice San Gregorio, "cuanto más elevada y santa es Ella, tanto más es dulce y piadosa con los pecadores que quieren enmendarse y a Ella acuden". 

               Los reyes y reinas, con la majestad que ostentan, infunden terror y hacen que sus vasallos teman aparecer en su presencia. Pero dice San Bernardo: ¿Qué temor pueden tener los miserables de acercarse a esta Reina de Misericordia si Ella no tiene nada que aterrorice ni nada de severo para quien va en su busca, sino que se manifiesta toda dulzura y cortesía?, ¿Por qué ha de temer la humana fragilidad acercarse a María? En ella no hay nada de austero ni terrible. Es todo suavidad ofreciendo a todos leche y lana". 

               María no sólo otorga dones, sino que Ella misma nos ofrece a todos la leche de la Misericordia para animarnos a tener suma confianza y la lana de Su Protección para resguardarnos de los rayos de la Divina Justicia. 




sábado, 25 de abril de 2020

"Las Glorias de María"; Reina del Mundo y de todas las criaturas


               Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón la Santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el título glorioso de Reina. Si el Hijo es Rey, dice San Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade San Bernardino de Siena, dio Su consentimiento aceptando ser Madre del Verbo Eterno, desde ese instante mereció ser la Reina del Mundo y de todas las criaturas. 

              Si la carne de María, reflexiona San Arnoldo Abad, no fue distinta de la de Jesús, ¿cómo puede estar la Madre separada del Reinado de Su Hijo? Por lo que debe pensarse que la Gloria del Reinado no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino que es la misma. Y si Jesús es Rey del Universo, Reina también lo es María. De modo que, dice San Bernardino de Siena, cuantas son las criaturas que sirven a Dios, tantas son las que deben servir a María, ya que los Ángeles, los hombres y todas las cosas del Cielo y de la tierra, estando sujetas al dominio de Dios, están también sometidas al dominio de la Virgen. Por eso el Abad Guérrico, contemplando a la Madre de Dios, le habla así: “Prosigue, María, prosigue segura con los Bienes de Tu Hijo, gobierna con toda confianza como Reina, Madre del Rey y Su Esposa”. 





               Sigue pues, oh María, disponiendo a Tu voluntad de los bienes de Tu Hijo, pues al ser Madre y Esposa del Rey del Mundo, se te debe como Reina el imperio sobre todas las criaturas. 

               Así que María es Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una Reina toda dulzura y clemencia e inclinada a hacernos bien a los necesitados. Por eso la Santa Iglesia quiere que la saludemos y la llamemos en esta oración Reina de Misericordia. 

               El mismo nombre de Reina, conforme a San Alberto Magno, significa piedad y providencia hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio, deben tener por finalidad el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia hacia sus vasallos. El rey debe ante todo dedicarse a las obras de misericordia, pero no de modo que dejan de usar la justicia contra los criminales cuando es debido. 

              No obra así María, que aunque Reina no lo es de Justicia, preocupada del castigo de los malhechores, sino Reina de la Misericordia, atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores. Por eso la Iglesia quiere que la llamemos expresamente Reina de la Misericordia. 

              Reflexionando el gran canciller de París Juan Gerson las palabras de David: “Dos cosas he oído: que Dios tiene el poder y que tuya es, Señor, la misericordia” (Salmo 61, versículo 12), dice que fundándose el Reino de Dios en la Justicia y en la Misericordia, el Señor lo ha dividido: el Reino de la Justicia se lo ha reservado para Él, y el Reino de la Misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las Misericordias que se otorgan a los hombres pasen por las manos de María y se distribuyan según Su voluntad. Santo Tomás lo confirma en el prólogo a las Epístolas canónicas diciendo que la Santísima Virgen, desde que concibió en Su Seno al Verbo de Dios y le dio a luz, obtuvo la mitad del Reino de Dios al ser constituida Reina de la Misericordia, quedando para Jesucristo el Reino de la Justicia. 

               El Eterno Padre constituyó a Jesucristo Rey de Justicia y por eso lo hizo Juez Universal del mundo. Así lo cantó el Profeta: “Señor, da Tu juicio al Rey y Tu justicia al Hijo de Reyes” (Salmo 71, versículo 2). Esto también lo comenta un docto intérprete, y dice: Señor, Tú has dado a Tu Hijo la Justicia porque la Misericordia la diste a la Madre del Rey. 

               San Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: “Da, Señor, Tu juicio al Rey y Tu Misericordia a la Madre de Él”. Así, de modo semejante al Arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el Eterno Padre ha dado al Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el oficio de compadecer y aliviar a los miserables. Así predijo el mismo Profeta David que Dios mismo, por así decirlo, consagró a María como Reina de la Misericordia ungiéndola con óleo de alegría: “Dios Te ungió con óleo de alegría” (Salmo 44, versículo 8). 

              A fin de que todos los miserables hijos de Adán se alegraran pensando tener en el Cielo a esta gran Reina llena de unción de Misericordia y de Piedad para con todos nosotros, como dice San Buenaventura: “María está llena de unción de Misericordia y de óleo de Piedad, por eso Dios la ungió con óleo de alegría”. 



(Continuará...)




sábado, 18 de abril de 2020

"Las Glorias de María"; La necesidad que tenemos de dar a conocer el Poder y la Misericordia de María Nuestra Señora


               Dice San Buenaventura que quienes se afanan en propagar las Glorias de María tienen asegurado el Paraíso. Y lo confirma Ricardo de San Lorenzo al decir que honrar a esta Reina de los Ángeles es conquistar la Vida Eterna. Porque Nuestra Señora, la más agradecida, añade el mismo, se empeñará en honrar en la otra vida al que en esta vida no dejó de honrarla.





              ¿Quién no conoce la Promesa de María en favor de los que se dedican a hacerla conocer y amar? La Santa Iglesia le hace decir en la Fiesta de la lnmaculada Concepción: "Los que me esclarecen, tendrán la Vida Eterna" (Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 31). "Regocíjate, alma mía -decía San Buenaventura, que tanto se esforzó en pregonar las Alabanzas de María-; salta de gozo y alégrate con Ella, porque son muchos los bienes preparados para los que la ensalzan". Y puesto que las Sagradas Escrituras, añadía, alaban a María, procuremos siempre celebrar a esta Divina Madre con el corazón y con la lengua para que al fin nos lleve al Reino de los Bienaventurados. 

               Se lee en las Revelaciones de Santa Brígida que, acostumbrando el obispo B. Emigdio a comenzar sus predicaciones con alabanzas a María, se le apareció la Virgen a la Santa y le dijo: Hazle saber a ese Prelado que comienza sus predicaciones alabándome, que Yo quiero ser para él una Madre, tendrá una santa muerte y Yo presentaré su alma al Señor. Y, en efecto, aquel Santo murió rezando y con una paz celestial. 

               A otro religioso dominico, que terminaba sus predicaciones hablando de María, se le apareció en la hora de la muerte, lo defendió del demonio, lo reconfortó y llevó Consigo su alma al Paraíso. El piadoso Tomás de Kempis presentaba a María recomendando a Su Hijo a quienes pregonan sus alabanzas, y diciendo así: "Hijo, apiádate del alma de quien te amó a Ti y a Mí me alabó".

               Por lo que mira al provecho de los fieles, dice San Anselmo que habiendo sido el Sacrosanto Seno de María el camino del Señor para salvar a los pecadores, no puede ser que al oír las predicaciones sobre María no se conviertan y se salven los pecadores. 

               Y si es verdadera la sentencia, como yo por verdadera la tengo... que todas las gracias se dispensan sólo por Manos de María y que todos los que se salvan sólo se salvan por mediación de esta Divina Madre, se ha de concluir necesariamente que de predicar a María y confiar en Su Intercesión depende la salvación de todos. Así santificó a Italia San Bernardino de Siena; así convirtió provincias Santo Domingo; así San Luis Beltrán en todas sus predicaciones no dejaba de exhortar a la Devoción a María; y así tantos y tantos.

               ...yo, sobre todo, voy a hablar de Su gran compasión y de Su Poderosa Intercesión. Para eso he recogido durante años y con mucho trabajo cuanto he podido de lo que los Santos Padres y otros célebres escritores han dicho de la Misericordia y del Poder de María. 

                  Y ya que en la excelente oración de la Salve Regina, aprobada por la Santa Iglesia y que manda rezar a los clérigos la mayor parte del año, se encuentran descritas maravillosamente la Misericordia y el Poder de la Virgen Santísima, me he propuesto exponer en varios capítulos esta devotísima oración... 


(Continuará...)