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domingo, 24 de enero de 2021

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 4, Parte 5: EL PODER DEL SACERDOTE


               Ahora consideremos qué grande es la Autoridad conferida por Cristo, no a los Ángeles sino a los hombres, cuando habilita al Sacerdote para que realice el mayor de los milagros con unas pocas palabras, para que transforme pan y vino en Su Sagrado Cuerpo y Su Preciosa Sangre. En cuanto a esto, el Venerable Alano de Rupe dice: “Tan grande es el Poder de Dios-Padre que puede llamar a la existencia a Cielos y tierra de la nada; tan grande es el poder del Sacerdote que puede hacer bajar a Dios-Hijo para ser Sacrificio y Sacramento, y pueda dispensar a la Humanidad por medio de este Sacrificio y este Sacramento, los tesoros que el Salvador ganó para ellos. En esto consiste en gran parte la Majestad de Dios, la alegría de Su Santísima Madre, la felicidad de los Bienaventurados, la ayuda más segura para los vivos y el consuelo principal de las Almas del Purgatorio”.




               Maravilloso y admirable es el gran poder de las palabras de la Consagración, la renovación de la Encarnación en las manos del Sacerdote. La Santa Misa es, además, la mejor ayuda para los vivos y la consolación más dulce para los Difuntos.

               En el Evangelio de San Juan (cap. 3, vers. 16), leemos: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la Vida Eterna“.

               Dios manifestó este Amor inmenso al mundo, primero cuando mandó a Su Hijo tomar nuestra humana naturaleza. Ahora manifiesta este Amor diariamente mandando a Su Hijo otra vez para hacerse hombre en la Santa Misa. Así como Su primera Encarnación causó gran alegría en el Cielo y trajo la Salvación a la tierra, así sucede con Su Encarnación diaria en el Altar. Por Su primera Encarnación, Cristo ganó tesoros inestimables de Gracia Divina; por la renovación de esa Encarnación, distribuye esas riquezas celestiales a todos los que celebran o asisten a la Santa Misa con devoción. Veamos ahora el siguiente ejemplo.

               Está escrito en los anales de la Orden Franciscana que el Beato Juan de Alvernio acostumbraba a celebrar la Santa Misa con una extraordinaria devoción, tanto que con frecuencia experimentaba una dulzura inefable tan grande que excedía a sus frágiles fuerzas. 

               En una ocasión, cuando tenía que cantar la Misa mayor en la Fiesta de la Asunción, tan pronto como hubo empezado la Misa, su alma quedó inundada con un gozo tan arrebatador que temía no poder acabarla. Y así fue, al llegar a la Consagración, le fue revelado el Amor Infinito que llevó a Cristo a bajar del Cielo y asumir nuestra naturaleza, y que todavía le sigue llevando a renovar este mismo Misterio en cada Santa Misa, ante lo cual el corazón del buen Sacerdote se conmovió de tal manera que perdió todas sus fuerzas físicas. El Padre que estaba con él se apercibió de lo que pasaba y corrió hacia el Altar con otro Padre para asistirlo y así poder acabar la Consagración. 

               Los otros monjes se alarmaron mucho pensando que se había puesto malo de repente. Por fin, con mucho esfuerzo pudo terminar las palabras de la Consagración. Y he aquí que la Hostia que tenía en sus manos tomó la forma de un sonriente infante, y el Beato Juan vio al Divino Niño como un recién nacido descansando en sus manos sacerdotales. En este momento le fue dado penetrar con el entendimiento en la profundísima humildad de Nuestro Señor al hacerse hombre por nosotros, y diariamente renovar Su Encarnación, lo que le llevó a perder todas sus fuerzas físicas y a caer si no le hubieran sujetado por los brazos aquellos padres que permanecían a su lado. 

               No obstante ello, hizo un gran esfuerzo y prosiguió la Santa Misa hasta la Comunión. Habiendo recibido las Sagradas Especies entró en un estado de inconsciencia y tuvo que ser llevado a la sacristía en donde permaneció horas como muerto. 

               Los fieles habían empezado a lamentar su pérdida, cuando al rato volvió en sí. Sus hermanos le suplicaron por el amor de Dios les dijera qué le había ocurrido en el Altar. No pudiendo resistir más su importunidad les contestó: “Cuando inmediatamente antes de la Consagración pensé en el Amor de Cristo que en el pasado le indujo a hacerse hombre y le induce ahora diariamente a encarnarse en la Santa Misa, sentí que mi corazón se derretía como la cera y que mis miembros perdían sus fuerzas, hasta tal punto que ya no pude mantenerme en pie ni pronunciar las palabras de la oración. Cuando después con un gran esfuerzo pude decirlas, de repente vi en mis manos no la Sagrada Hostia sino un hermoso Niño, a cuya vista mi alma se sintió penetrada, y mis fuerzas físicas consumidas, y desvaneciéndome caí en un dulce éxtasis de amor”.

               Esto es lo que el Padre relató a sus piadosos oyentes para darles a conocer el insondable amor de Nuestro Señor por nosotros, pobres pecadores, puesto que por nosotros y por nuestra salvación diariamente Él renueva el Misterio de Su Encarnación e imparte a nosotros los brutos de este Misterio en una colmada y rebosante medida.


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domingo, 17 de enero de 2021

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 4, Parte 4: LA SANTA MISA ES EL MÁS GRANDE Y ASOMBROSO DE LOS MILAGROS


               No se puede negar que el Sacrificio de la Misa, en que el Sagrado Cuerpo y Sangre de Cristo son ofrecidos a Dios Padre, es mucho más agradable a Él que los animales o el pan y vino ofrecidos a Él por los Patriarcas en los tiempos antiguos. No obstante, no hay que pasar por alto que el Sacerdote no suplica a Dios Omnipotente que mire favorablemente a la Víctima que está ofreciendo, pues la Víctima es el Hijo muy amado del Padre que es incomparablemente más precioso que toda cosa creada. El Sacerdote está simplemente rogando a Dios que acepte este sacrificio graciosamente, en atención al modo, la manera, la devoción, la reverencia y la humildad con que está celebrando la Santa Misa, como aceptó la adoración rendida a Él cuando Abel, Abraham y Melquisedec ofrecieron sus sacrificios. Por lo tanto, el tema en cuestión no es el mérito de la Víctima – pues esto está fuera de toda duda – sino la devoción del Ministro oficiante y los fieles allí congregados, que juntan sus oraciones con las suyas.




               Con respecto a los Misterios de la Santa Misa, hay que tener en cuenta que los Misterios principales de toda la Vida y Pasión de nuestro Señor son representados y puestos ante nosotros en ella. David predice eso cuando dice: “… ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente.” (Salmo 110, vers. 4). Y para que no tengamos ninguna duda de que este pasaje se refiere al Sacrificio de la Misa sobre nuestros Altares, dice en otro Salmo: “… rodeo Tu Altar Señor, proclamando Tu alabanza, enumerando Tus maravillas.” (Salmo 25, vers. 6-7). Lo mismo es significado por Cristo cuando en la Institución de la Santa Eucaristía, les dijo a Sus Apóstoles: “Haced esto en conmemoración Mía “; como para decir: “Puesto que ya el tiempo está próximo, y después de realizar la Redención de la Humanidad voy a dejaros e ir a Mi Padre Celestial, estoy instituyendo la Santa Misa como el único Sacrificio del Nuevo Testamento, en el cual todos los Misterios de toda Mi Vida y Pasión son representados y puestos a la vista de todos los creyentes’, para que nunca os olvidéis de Mí, sino siempre os acordéis de Mí.”

               Ahora probamos la verdad de estas palabras, y explicamos brevemente cómo todos los Misterios de la Vida y Pasión de Cristo se contienen en la Santa Misa.

               Ante todo, el Misterio adorable de la Encarnación no solamente es representado, sino realmente repetido. Pues, tal como la Santísima Virgen María se ofreció a Dios en cuerpo y alma, para contribuir a la Encarnación del Hijo de Dios y, por la operación del Espíritu Santo, el Verbo se hizo carne en Su Seno, así el Sacerdote le ofrece pan y vino al Padre Celestial, y al pronunciar las palabras de la Consagración, son cambiados por el poder del Espíritu Santo en el Verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo. Así el Misterio Divino de la Encarnación es renovado y el Sacerdote tiene a Cristo en sus manos tan realmente como la Madre de Dios le llevó en Su Cuerpo virginal. ¿No es eso el más grande y más asombroso de los milagros?.

               Ahora consideraremos la manera en que Cristo renueva su Encarnación, y las maravillas que obra en ella. Nuestra Religión nos enseña que, cuando el Sacerdote tiene la hostia en sus manos, antes de la Consagración, no tiene más que un trozo de pan ázimo; pero tan pronto como pronuncia las palabras de la Consagración, esa hostia, por el Poder Divino, se transforma en el Verdadero Cuerpo de Cristo. Y puesto que sin sangre el cuerpo no puede vivir, la Sangre de Cristo está presente también en Su Sagrado Cuerpo. Así en lugar del pan que un momento antes el Sacerdote tenía en sus manos, ahora tiene a Jesucristo, el Hijo de Dios Altísimo. Esto es, por cierto, un grandísimo Misterio superior al entendimiento humano en el que también están contenidos otros muchos Misterios.

               ¿No es una maravilla superior a todas las maravillas que el pan pueda convertirse en el Verdadero Cuerpo de Jesucristo y el vino en Su Verdadera Sangre?. Este Milagro es como si todas las paredes de una casa se cayesen y dejaran el techo suspendido en el aire sin ningún soporte visible. ¿No es una maravilla que Cristo pueda reducir las dimensiones de Su cuerpo humano a una cosa tan pequeña como una hostia y que incluso pueda contenerse dentro de la partícula más diminuta de una hostia?. Todos estos y otros milagros más grandes que no vamos a enumerar aquí son realizados por Cristo para nuestra salvación en cada Santa Misa, en el momento de la Consagración.


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domingo, 27 de diciembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 4, Parte 3: LA NATIVIDAD DE CRISTO, MISTERIO QUE SE RENUEVA EN LA SANTA MISA


               "Y sucederá en aquel día que los montes destilarán mosto, y leche los collados." (Profeta Joel, cap. 3, vers. 18). Así la Santa Iglesia por todo el mundo habla del Misterio dulce del Nacimiento de Nuestro Salvador. En verdad se puede decir que el día en que el Unigénito Hijo de Dios se revistió de carne humana naciendo a este mundo, las montañas destilaron dulzura y las colinas leche y miel. Pues, Él que es más dulce que la leche y que la miel, que es en sí mismo la Fuente de todo ello, al entrar en el mundo llenó de dulzura todas las cosas, trajo la verdadera Alegría del Cielo; la Paz a los hombres de buena voluntad; el consuelo a los afligidos; al mundo un día nuevo y más brillante.




               ¡Oh! ¡qué grande fue la alegría del Padre Celestial en esta Noche cuando engendrado desde toda la Eternidad, nacido de la Virgen Inmaculada, designada con el cariñoso nombre de Hija! ¡Qué grande fue el gozo del Hijo de Dios cuando se contempló revestido de nuestra humanidad, poseyendo ahora, no sólo un Padre en el Cielo sino también una Madre en la tierra. ¡Qué grande la satisfacción del Espíritu Santo en contemplarle a Él, a quien había unido al Padre desde toda la Eternidad en el vínculo más íntimo de Amor Perfecto; que por su operación las dos naturalezas, tan infinitamente distantes y diferentes, fueron unidas en la misma Persona del Dios-Hombre! ¡Qué grande la dulzura que llenó el alma de la Santísima Virgen cuando contemplando a su Niño recién nacido, se dijo que el Niño que tenía en Sus brazos no era solamente Su Niño sino también el Hijo del Dios Altísimo!.

               Además, qué grande fue la felicidad de aquellos que tuvieron el privilegio de contemplar al más hermoso de los hijos del hombre y tenerlo en sus brazos. Leemos en la vida de San José de Cupertino que le fue revelado que, después de la partida de los Reyes Magos, una gran multitud vino para ver al recién nacido Rey de los Judíos. Le suplicaron a María les permitiese tomar el precioso Niño en sus brazos y estrecharle en sus corazones. Ella graciosamente se lo entregó a muchos, pero notando para su sorpresa, que el Niño tendía sus brazos a los buenos y no a los malos.

               Les llamaríamos a estas personas privilegiados "felices" con razón, sin embargo somos propensos a no hacer caso del hecho de que nosotros somos mucho más privilegiados que ellos, puesto que contemplamos diariamente a ese Niño tierno con el ojo de la Fe y compartimos la alegría que trajo su nacimiento. Escuchemos las palabras del Papa León I: "Con nuestras mentes iluminadas y nuestro amor encendido por las palabras de los Evangelistas y las declaraciones de los Profetas, parece que no consideramos el Nacimiento de Cristo como un evento del pasado, sino como uno presente a nuestra vista. Escuchemos lo que fue anunciado a los pastores, proclamado a nosotros: “Díjoles el Ángel: No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador." (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 10-11) Cada día podemos estar presentes a este Nacimiento feliz, cada día nuestros ojos podrían contemplarlo, si solamente fuésemos a la Santa Misa, pues entonces en realidad este Nacimiento es renovado, y por ello la Obra de nuestra Redención es continuada."

               Se nos dice lo mismo en las revelaciones de la Abadesa Hildegard: “Durante la Santa Misa cuando el pan y vino se cambian en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, las circunstancias de Su Encamación y Nacimiento son como reflejadas en un espejo ante nosotros tan claramente como cuando estos Misterios fueron efectuados por el Hijo de Dios cuando estaba en la tierra." Este testimonio ha sido confirmado por la Iglesia: atestigua la verdad de que el Nacimiento de Cristo es renovado y representado de nuevo a la vista del Cielo, tal como cuando pasó hace unos dos mil años. San Jerónimo nos dice la manera por la que Cristo nace en la Santa Misa con estas palabras: "El Sacerdote llama a Cristo a la existencia por sus labios consagrados"; es decir, Cristo nace a la orden del Sacerdote, cuando sus labios pronuncian las palabras de la Consagración. El Papa Gregorio XV declara la misma cosa en la oración que mandó decir al Sacerdote antes de celebrar la Santa Misa: "Estoy a punto de celebrar la Santa Misa, y de dar existencia al Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo”.




               La Santa Iglesia nos enseña que el Nacimiento de Cristo es renovado de una manera espiritual en la Misa, ya que pone en los labios del Sacerdote oficiante la misma canción de alabanza que cantaron los Ángeles en la noche de Navidad: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad." (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14). Cuando estas palabras suenen en nuestros oídos, imaginemos que somos nosotros escuchando al Ángel que habló así a los pastores: "No temáis os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: Encontraréis un Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.” (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 10-12). Ponga por caso que nuestro Ángel de la Guarda nos dijera: "Regocíjate, ya que ahora, en esta Santa Misa, tu Salvador nacerá para tu salvación; tú le verás con tus propios ojos bajo la forma de la Sagrada Hostia". Si nuestro Ángel de la Guarda no nos lo dice, nuestra Fe sí nos lo dice. ¿Y no nos debemos regocijar por esta razón?. Si realmente creemos esto, adoraremos al Niño Dios en la Santa Misa con la misma reverencia y amor con que lo hicieron aquellos que tuvieron el privilegio de contemplarle recién nacido con sus ojos corporales.

               En la vida de los Padres leemos de un cierto Sacerdote llamado Plegus que habitualmente celebraba la Santa Misa con gran devoción. Él sintió un deseo especial de conocer de qué manera Cristo está presente bajo las apariencias de pan y vino. Su deseo no nacía de que dudase de la real presencia del Señor, sino de sus ansias de contemplarle con sus ojos corporales. Un día cuando estaba celebrando la Santa Misa, inmediatamente después de la elevación su deseo se hizo tan fuerte que cayendo de rodillas oró de esta manera: “Os suplico a Vos, Oh Dios Omnipotente, que me concedáis, aunque no soy digno, ver a Jesucristo en forma corporal en este Sagrado Misterio, ver a Aquel a quien el viejo Simeón tomó en sus brazos, para que yo pueda verlo con mis propios ojos y tocarlo con mis propias manos”. Estando orando así, se le apareció a su lado un Ángel y le dijo: “Mirad y ved a Jesucristo aquí presente en forma corporal, como cuando era Infante sobre las rodillas de Su Madre”. Al oír estas palabras, el Sacerdote levantó su cabeza y vio en el corporal al Hijo de Dios en la forma de un hermoso bebé que le miró sonriendo, y extendió sus manecitas como queriendo que le tomara en sus brazos. El Sacerdote por reverencia no se atrevió a hacerlo hasta que el Ángel dijo: “Este es Jesús, el Hijo de Dios, quien hace unos momentos visteis bajo forma de pan; ahora Él está presente como realmente es. No temáis, levantaos y tomadlo en vuestros brazos y regocijad vuestro corazón en Dios, vuestro Salvador”. Animado por estas palabras, se levantó, cogió al Niño en sus temblorosas manos y le colmó de caricias. Después le volvió a dejar suavemente en el corporal. Se arrodilló y suplicó humildemente que tomara a tomar su apariencia de pan para que pudiera recibirlo en la Santa Comunión y poder luego terminar la Santa Misa. Después de esta oración se levantó de nuevo y vio el adorable Sacramento otra vez en la forma de pan consagrado y lo consumió con singular devoción.

              Damos este ejemplo para que se crea que en la Santa Misa, Cristo no está presente de una manera puramente espiritual, sino realmente y en una forma corporal, es el mismísimo Cristo a quien la Madre de Dios dio a luz en Belén, y a quien los Reyes Magos vinieron a adorar. Aquí como allí Su semblante está velado por la figura externa de la Hostia Consagrada que vemos con nuestros ojos. Pero el tierno Niño que está debajo de estas formas externas se puede percibir por la vista interior de la Fe, la Fe que cree sin duda que Nuestro Señor está de verdad oculto bajo esta humilde forma. Las razones por las que se oculta así a nuestra vista son muchas; la principal es ésta: para damos una oportunidad de ejercitar nuestra Fe en un hecho tan trascendental, y habilitamos para aumentar nuestro mérito cada vez que asistimos a la Santa Misa. Se podrían citar numerosos ejemplos de cómo Nuestro Señor, para la confirmación de nuestra Fe en Su Presencia Personal, ha permitido a Cristianos devotos, y aún a Judíos y no creyentes verle en forma corporal...


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domingo, 20 de diciembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 4, Parte 2: EL DIVINO NIÑO SE HACE PRESENTE EN LA SANTA MISA PARA SER ADORADO


               De una manera parecida, el Misterio adorable del Nacimiento de Jesucristo es renovado y puesto ante nosotros en la Santa Misa. Pues, tal como Cristo derivó su existencia humana de la Santísima Virgen María, así en la Misa a las palabras del Sacerdote, viene otra vez a la tierra con el ropaje de la humanidad, y el Celebrante, cuando las últimas palabras de la Consagración han pasado por sus labios realmente tiene a Dios hecho Hombre en sus manos. Como prueba de esto, puesto de rodillas, humildemente adora a su Dios y Creador; le eleva reverentemente, ostentándole a los fieles allí presentes.




               Tal como la Virgen Purísima les mostró Su Infante recién nacido envuelto en pañales a los pastores sencillos que vinieron a adorarle, así el Sacerdote levanta el mismo Cristo Infante, no ya envuelto en pañales sino oculto bajo la forma de pan a la vista de los fieles para que le vean y le adoren como a su Dios y Señor. Y los que hacen esto con profundo amor y reverencia, hacen un acto de Fe mayor que el que hicieron los piadosos pastores, ya que ellos, contemplando con sus ojos la Humanidad de Cristo, creyeron en Su Divinidad, mientras que nosotros vemos solamente las formas exteriores de pan y vino, y sin embargo, creemos firmemente que tanto la Divinidad como la Humanidad de Cristo están ocultos en ellas.

               En la Santa Misa, el Niño que se hace presente es el mismo que fue adorado por los tres Reyes y tomado por Simeón en sus brazos y presentado por la Santísima Madre de Dios en el Templo del Padre Eterno. Podemos imitar el ejemplo de estas santas personas, ofrecerle a Cristo adoración aceptable y merecer un premio sempiterno.

               Además, escuchamos a Cristo proclamando por boca del Sacerdote su Santo Evangelio a nosotros para beneficio y salvación de nuestras almas. Cuando la Misa continúa, le contemplamos ejerciendo su poder milagroso, transformando pan en su Carne y vino en su Sangre Preciosa, un milagro mucho mayor que el de Caná, donde cambió agua en vino. 

              Finalmente en la elevación, vemos a Cristo levantado en la Cruz y con los oídos de nuestro cuerpo espiritual le escuchamos intercediendo por nosotros: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen…” (Libro del Levítico, cap. 23, vers. 34). Quiere decir: “No saben qué profundamente han ultrajado a vuestra Divina Majestad con sus pecados.”.

               Es verdad que no contemplamos todas estas cosas con nuestros ojos corporales, las percibimos por los ojos de la Fe sobrenatural y por esta Fe merecemos un premio más grande que el que merecieron los que las presenciaron con sus ojos. Sabemos esto por la autoridad de Jesús mismo, que dijo: “…dichosos los que sin ver creyeron.” (Jn. 20, 29). cuanto más altos y más incomprensibles son estos misterios tanto más meritoria es nuestra fe y más grande será nuestro galardón en el cielo.

               En cuanto a eso, el Padre Sánchez escribe: “Si los Cristianos supieran como aprovecharse de estas cosas, podrían por la asistencia a una sola Misa. adquirir un repuesto de riquezas mayor al que se podría encontrar en todas las cosas creadas.”

               ¿Qué piensa Usted ahora de la Santa Misa? ¿Puede haber alguna otra obra buena en el mundo, por la cual sean puestas a nuestro alcance tantas gracias?. Ya no es posible cuestionar la verdad de las palabras del Padre Sánchez arriba citadas: ” si los Cristianos supieran aprovecharse de la Santa Misa, adquirirían mayores riquezas que las que se pueden encontrar en todo lo que Dios ha creado.”. En verdad, tenemos una mina preciosa en la Santa Misa: bendito sería aquel que supiese ganar tesoros tan grandes a costa de tan poco trabajo.

              ¿Quién se perdería la Santa Misa de buena gana?, ¿quién no se deleitaría en asistir a ella?. Entonces nunca dejemos pasar una oportunidad de asistir a la Santa Misa.

               No asistir diariamente a la Santa Misa por mero descuido o pereza, probaría que o éramos ignorantes, o indiferentes a los vastos tesoros divinos que contiene.

               Que Dios conceda que los que lean esto puedan de ahora en adelante apreciar con mayor profundidad esta perla de gran precio, estimarla más y buscarla con mayor diligencia.



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domingo, 13 de diciembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 4, Parte 1: EN LA MISA CRISTO RENUEVA SU ENCARNACIÓN


               Trataremos primero del Misterio sublime de la Encarnación. Empezaré por citar el testimonio del erudito y santo Jacobo Marchantius, que para probar que, cada vez que se celebra la Santa Misa, la Encarnación del Hijo de Dios es renovada, escribió: "¿Qué es la Misa?. ¿Una representación?. No, es más bien una renovación verdadera y completa de la Encarnación; el Nacimiento, la Vida, los Dolores y la Muerte de Cristo, y la redención que llevó a cabo." Algunos quizás no estarán de acuerdo con esta declaración, por maravillosa y casi incomprensible que sea. Así, para probar que es verdad, en este capítulo procederemos a demostrar la manera en que Cristo se encarna siempre que se celebra la Santa Misa.

               Los Santos Padres, llaman a este adorable Sacramento una extensión de la Encarnación. Es para perpetuar el Reino de Su Gracia y Amor dentro de nosotros, y para habilitarnos a vivir siempre una vida divina y sobrenatural en Él y por Él. Sabemos qué grande, qué vasto y qué inexpresable fue el beneficio de Dios en Su Infinita Misericordia, otorgado a la humanidad cuando el Verbo Eterno, por los hombres y por su salvación, bajó del Cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Santísima Virgen María, asumiendo así nuestra naturaleza humana. Es éste un Misterio incomprensible que el Sacerdote adora cuando, en el Credo, a las palabras ”Et incarnatus est” ( y se hizo carne ) se inclina dando gracias al Dador de todo bien por haberse humillado tan profundamente.




               La Santa Iglesia, en su sabiduría, ha decretado que cada año durante el tiempo de Adviento, todos los fíeles deben meditar esta condescendencia infinita, adorar el misterio de la Encarnación y dar gracias a Dios por Su Bondad, como es nuestro deber. Pues al encarnarse, Cristo ganó gracias tan grandes para nosotros, sufrió tanto en Su Cuerpo, que una eternidad no será bastante larga para agradecérselo debidamente. 

               La mayor maravilla es que Cristo no se contentó con hacerse hombre por nosotros solamente una vez. Para renovar y aumentar cada día y cada hora la Reparación, el Padre Eterno y el Espíritu Santo en la plenitud de Su Sabiduría Divina idearon e instituyeron el Misterio sublime de la Santa Misa. En ella la Encarnación es renovada tan verdaderamente como si en realidad pasara otra vez, aunque de una manera mística. 

               Para eso tenemos la autoridad de la Iglesia Católica, ya que en la oración secreta del IX Domingo después de Pentecostés leemos: “porque cada vez que celebramos la conmemoración de este Sacrificio se reitera la Obra de nuestra Redención”. ¿Cuál es esta Obra de nuestra Redención?. Que la Encarnación, el Nacimiento, los Dolores y la Muerte de Jesucristo, todos son efectuados y renovados cada vez que se celebra la Santa Misa. San Agustín también atestigua esto: “Qué grande es la dignidad del Sacerdote, en cuyas manos Cristo se hace hombre otra vez. ¡Oh Misterio Celestial!, efectuado de una manera tan maravillosa por Dios-Padre y Dios-Espíritu Santo a través de la instrumentalidad del Sacerdote.”

               San Juan Damasceno dice: “Me preguntan cómo el pan se transforma en el Cuerpo de Cristo. Contesto: El Espíritu Santo cubre con Su Sombra al Sacerdote y obra en el pan y el vino lo que obró en el seno de la Virgen María”.

               Encontramos la misma declaración en las palabras de San Buenaventura : “Dios, no parece hacer menos cuando se digna descender del Cielo diariamente sobre nuestros Altares que cuando bajó del Cielo y tomó sobre Sí nuestra naturaleza humana”. Estas claras palabras del Seráfico Doctor nos dicen que Cristo hace un milagro tan grande en cada Santa Misa que se celebra como lo hizo cuando se hizo hombre hace más de dos mil años. Esto es ratificado por el venerable Alanus de Rupe que pone las siguientes palabras en la boca del Salvador: “Como una vez me hice hombre por la salutación angélica, así en cada Misa me hago hombre otra vez de una manera sacramental”. Dicho de otra manera: el Verbo Divino se hizo carne por obra del Espíritu Santo, cuando la salutación angélica fue pronunciada; también el Verbo Divino por las palabras de la Consagración se hace hombre en las manos del Sacerdote, pero de una manera mística, si bien por el mismo poder. Aquí podemos exclamar otra vez con San Agustín: “¡Qué grande es la dignidad del Sacerdote en cuyas manos Dios se hace hombre otra vez!”. Podemos desde luego, añadir: “¡Qué grande es la dignidad del Católico para cuya salvación, Cristo Jesús se hace hombre otra vez diariamente en la Santa Misa de una manera mística. Esto nos habilita para comprender lo que dice la Sagrada Escritura: “Porque tanto amó Dios al mundo que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna”. (Evangelio de San Juan, cap. 3, vers. 16).

              Qué hermosa consolación es para nosotros, pobres mortales, saber que el Amor de nuestro Dios es tan grande que cada día baja del Cielo, allí donde se celebra el Santo Sacrificio de la Misa y se encarna por nosotros... cómo debemos regocijarnos por ello...

              Dice la Imitación de Cristo: “Por esto te debes disponer siempre a la Santa Misa con nueva devoción del ánima, y pensar, con atenta consideración este gran Misterio de Salud. Así te debe parecer tan grande, tan nuevo y alegre cuando celebras u oyes la Santa Misa, como si fuese el mismo día en que Cristo, descendiendo en el Vientre de la Virgen, se hizo hombre”. (Libro 4, cap. 2,7).

               ¡Qué consuelo inexpresable sería para nosotros, si Cristo hoy se hiciera hombre, por primera vez; si supiéramos que el Niño Dios iba a nacer de Su Santa Madre, ¿quién no se daría prisa para adorar a Cristo y suplicar su Gracia y su Misericordia?. ¿Por qué entonces puesto que se hace hombre de una manera mística en nuestros Altares, no nos damos prisa para asistir a la Santa Misa e implorar en ella Su Misericordia y Perdón?. Será porque no tenemos ninguna Fe viva, y por consiguiente, ninguna estimación verdadera de esa dádiva grande de Dios.



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domingo, 6 de diciembre de 2020

GRACIAS Y FRUTOS que podemos obtener asistiendo al Santo Sacrificio de la Misa


          1   Dios Padre manda a Su amado Hijo bajar del Cielo por tu salvación.

          2   El Espíritu Santo cambia pan y vino en el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo.

          3   El Hijo de Dios baja del Cielo y se oculta bajo la forma de la Sagrada Hostia.

          4   Aún se degrada hasta tal punto que está presente en la partícula más diminuta de la Sagrada Hostia.

          5   En la Santa Misa se renueva el Misterio Redentor de la Encarnación.

          6   Cristo nace de nuevo en el mundo de una manera real y mística, por tu salvación, cada vez que se celebra la Santa Misa.

          7   Jesús hace sobre el Altar los mismos actos de adoración que hizo cuando estaba en la tierra por su salvación.

          8   Nuestro Señor renueva Su amarga Pasión para que tú puedas participar en ella, por tu propia salvación.

          9   Cristo renueva místicamente Su Muerte y sacrifica Su Vida preciosa por ti.

          10   Derrama Su Preciosísima Sangre de una manera mística y se la ofrece a la Divina Majestad por ti.




          11   Con Su Preciosa Sangre asperje tu alma y la purifica de toda mancha de pecado.

          12   Cristo se ofrece por ti como un verdadero Holocausto y le da a la Divinidad el Honor supremo que le es debido.

          13   Por el ofrecimiento de este acto de adoración a Dios, tú estás haciendo reparación por tus faltas en darle la Gloria que merece.

          14   Por ti, Jesús se ofrece como un Sacrificio de alabanza, expiando tus omisiones en alabar Su Santo Nombre.

         15   Por el ofrecimiento de esta oblación con Cristo, estás dándole mayor alabanza que los Ángeles.

         16   Cristo se ofrece por ti como un Sacrificio perfecto de acción de gracias, en compensación por todas las veces que tú no lo hiciste.

          17   Por el ofrecimiento del acto de acción de gracias de Cristo a Dios, estás agradeciendo suficientemente por todos los dones y beneficios que de Él has recibido.

          18   Cristo se ofrece por ti como la Víctima Todopoderosa, reconciliándote con Dios, a quien has ofendido por el pecado. 

          19   La Santa Misa perdona todos tus pecados veniales, con tal que esté resuelto firmemente a evitarlos.

          20   Tú también haces reparación por tus muchos pecados de omisión, cuando dejaste de hacer el bien que pudiste hacer y no hiciste.

          21   Quita muchas de las imperfecciones que tienen tus buenas obras, como vanidad.

          22   Por la Santa Misa se te perdonan muchos de esos pecados, sean olvidados o desconocidos, que nunca has mencionado en Confesión.

          23   En la Santa Misa te ofreces como Víctima para hacer satisfacción por una parte a lo menos de tus deudas y transgresiones.

          24   Cada vez que asistes a Misa, puedes hacer más reparación por tus pecados que la que puedes hacer con el acto más severo de penitencia.

          25   En la Misa, Cristo te acredita con una porción de Sus méritos, que tú puedes ofrecer a Dios Padre en reparación de tus pecados.

          26   Cristo se ofrece en la Misa por ti, como la Ofrenda de Paz más eficaz, tan ardientemente, como intercedió por tus enemigos en la Cruz.

          27   Su Preciosa Sangre suplica por ti en el Altar en palabras tan incontables como las gotas de Sangre que fluyeron de Sus venas durante Su Pasión.

          28   Cada una de las Heridas adorables que sufrió Su Sagrado Cuerpo es una voz pidiendo clemencia.

          29   En virtud de la reparación realizada por esta Víctima, las peticiones hechas durante la Santa Misa serán concedidas más pronto que las hechas fuera de la misma.

          30   Tu oración es más eficaz durante la Santa Misa que fuera de ella.

          31   Esto es porque Cristo une Sus oraciones con las tuyas y se las ofrece a Nuestro Padre Celestial. 

          32   También informa al Padre de tus necesidades y los peligros a los cuales estás expuesto, y hace de tu salvación eterna Su interés particular.

         33   Los Ángeles que también están presentes en la Santa Misa suplican por ti y presentan tus pobres oraciones ante el Trono de Dios. 

          34   El Sacerdote ofrece la Misa por ti, y en virtud de esta ofrenda, quedas especialmente protegido frente al perverso enemigo.

          35   Se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa a Dios Omnipotente por ti y tu salvación sempiterna.

          36   Cuando asistes a la Santa Misa con devoción, eres tú mismo un sacerdote en el alma, autorizado por Cristo para ofrecer la Misa por ti mismo y otros. 

          37   Por el ofrecimiento de este Santo Sacrificio, estás presentando la Dádiva más grata a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

          38   En realidad, en la Misa se ofrece la más preciosa de todas las Dádivas que tiene un valor mayor al de todas las cosas en el Cielo y en la tierra juntas. 

          39   La Dádiva que ofreces en la Santa Misa es verdaderamente preciosa, es el mismísimo Dios.

          40   Por este Sacrificio, estás honrando a Dios como solo Él es digno de ser honrado.

         41   Por este Sacrificio le das satisfacción infinita a la Santísima Trinidad.

          42   Puedes presentar esta Oblación gloriosa como tu propia dádiva, pues Cristo mismo te la dio.

         43   Cuando asistes a la Santa Misa correctamente, estás cumpliendo un acto de adoración altísima.

          44   Por la asistencia a la Santa Misa estás rindiendo la reverencia más profunda, el homenaje más adecuado a la Sagrada Humanidad de Nuestro Señor.

          45   La Santa Misa es el mejor medio de todos de venerar la Pasión de Cristo y de obtener una parte en los frutos de Su Pasión.

          46   Es también el mejor medio de venerar a la Santa Madre de Dios y de aumentar Su alegría. 

          47   Por la asistencia a la Santa Misa, puedes dar a los Ángeles y Santos mayor Honor que por la recitación de muchas oraciones.

          48   Por la asistencia a la Santa Misa con devoción, puedes también enriquecer tu propia alma, más que por cualquier otro medio.

          49   Porque, por hacer esto, estás cumpliendo una obra buena del mayor valor posible.

          50   El Santo Sacrificio de la Misa es el ejercicio más excepcional de Fe pura, del que recibirás un premio grande.




          51   Cuando haces una reverencia a la Sagrada Hostia y a la Sangre Preciosa, estás en realidad cumpliendo un acto supremo de Adoración.

          52   Pues cada vez que contemplas con reverencia a la Sagrada Hostia, acumulas una recompensa en el Cielo.

          53   Cada vez que te golpeas el pecho con compunción, algunos de tus pecados son perdonados.

          54   Si asistes a la Santa Misa en pecado mortal, Dios te ofrece la gracia de la conversión.

          55   Si asistes a la Santa Misa en estado de gracia, Dios te da un aumento de gracia santificante.

          56   En la Santa Comunión, realmente recibes la Carne de Cristo para comer y Su Sangre Preciosa para beber.

          57   En la Misa, tienes el privilegio de contemplar a Cristo con Sus propios ojos, escondido bajo el Velo Sacramental y de ser contemplado por Él.

          58   En la Santa Misa recibes la bendición del Sacerdote, que es confirmada por Cristo en el Cielo. 

          59   A causa de tu constancia en asistir a Misa, obtendrás bendiciones corporales y espirituales.

          60   Además, serás preservado contra muchas desventuras que te pasarían si no asistieses a la Santa Misa.

          61   También serás fortalecido contra tentaciones que si no te habrían vencido.

          62   Por la asistencia frecuente a la Santa Misa, obtendrás la gracia de una muerte santa. 

          63   El amor que manifiestes por la Santa Misa, conseguirá para ti la ayuda especial de los Ángeles y Santos en tu lecho de muerte.

          64   El recuerdo de las Santas Misas a las cuales hayas asistido durante tu vida será un dulce consuelo para en la hora de tu muerte y te inspirará confianza en la Misericordia Divina.

          65   Estas Misas frecuentes no serán olvidadas cuando te encuentres ante el Divino Juez: le inclinarán a moderar la Justicia con Misericordia.

          66   No tienes que temer un tiempo largo y terrible en el Purgatorio cuando, en gran parte has expiado tus pecados por la asistencia frecuente a la Santa Misa. 

          67   Una Misa asistida con devoción hará más para disminuir las penas del Purgatorio que cualquier acto de penitencia, por muy difícil que sea de hacer.

          68   Una Misa asistida durante tu vida será de mayor beneficio para ti que muchas Misas de Réquiem después de tu muerte.

          69   Por la frecuente asistencia a la Santa Misa ganarás un lugar alto en el Cielo que será tuyo para toda la Eternidad.

          70   Tu felicidad en el Cielo, además, se verá aumentada por cada Santa Misa a la cual hayas asistido en la tierra. 

          71   Ningunas oraciones ofrecidas por tus parientes o amigos son tan eficaces como la asistencia a una sola Misa ofrecida en nombre de ellos.

          72   Puedes recompensar abundantemente a todos tus benefactores asistiendo a la Santa Misa por su intención.

          73   La mejor ayuda, la mayor consolación que les puede ofrecer a los afligidos, los enfermos, los moribundos, es asistir a la Santa Misa en nombre de ellos.

           74   Por esta misma manera, puedes obtener para los pecadores la gracia de su conversión.

          75   Puedes ganar también gracias para todos los Cristianos fieles.

          76   Además, puedes lograr un gran refrigerio para las Benditas Almas del Purgatorio.

          77   Si no tienes en tu poder obtener una Santa Misa celebrada por tus amigos o parientes difuntos, la asistencia devota al Santo Sacrificio puede liberarles del tormento de sus llamas.


Padre Martin de Cochem




EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 3, Parte 3: EN EL ALTAR CRISTO CUMPLE SU DIVINA PROMESA "YO ESTOY CON VOSOTROS SIEMPRE HASTA LA CONSUMACIÓN DEL MUNDO"


               En la Misa, Cristo cumple esta Promesa la más verdadera y consoladora registrada por San Mateo: “Yo estoy con vosotros siempre hasta la consumación del mundo.” (Evangelio de San Mateo, cap. 28, vers. 20). No hay que entender estas palabras referidas solamente a Su Divinidad, sino también a Su Sagrada Humanidad, la cual mora entre nosotros, presente en la Santa Misa y en el Sacramento Adorable del Altar, dispuesto todo el tiempo a escuchar nuestras oraciones, a darnos su ayuda cuando la necesitemos. 




               Además debemos observar que, en la Santa Misa, Cristo no está solamente presente en Persona, como en el Sagrario: está allí como nuestra Víctima, nuestro Intermediario, para expiación de nuestros pecados. Puesto que Cristo ejerce Sus funciones sacerdotales en la Santa Misa, por razón de Su Oficio pertenece a Él, como dice San Pablo:

               “Pues todo Pontífice tomado de entre los hombres, a favor de los hombres, es instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecadores” (San Pablo a los Hebreos, cap. 5, vers. 1); es decir que pueda ofrecerse a Su Padre Celestial por los pecados de los hombres como se ofreció al Padre en la Cruz.

               ¿Cuáles son las principales razones por las que Nuestro Salvador estará con nosotros día y noche hasta el Fin del Mundo?:

               1ª Porque Él es Cabeza de Su Iglesia y los miembros de esa Iglesia son Su Cuerpo Místico y puesto que todo el Cuerpo no puede estar en el Cielo con Su Cabeza, es apropiado que la Cabeza se quede en la tierra con el Cuerpo.

               2ª Cristo es el Desposado y la Iglesia es Su Desposada con quien está unido mucho más estrechamente que cualesquiera esposos terrenales.

               Por consiguiente, Su Amor le impele a quedarse continuamente con Su querida Esposa. San Pablo en su Epístola a los Efesios describe maravillosamente la naturaleza del Amor que Cristo guarda para Su Esposa: “Vosotros los maridos amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante sino santa e intachable.” (San Pablo a los Efesios, cap. 5, vers. 25-27).

               Por el Santo Bautismo somos hechos miembros de la Iglesia y adornados con belleza como los Ángeles. El Amor de Cristo para un alma que es pura excede con mucho al amor de cualquier desposado terrenal para su desposada, por muy hermosa que sea. Y por consiguiente, no puede soportar ser separado de ella, declarando que morará con ella hasta el Fin del Mundo. No obstante, Cristo mora en Su Iglesia, Su Desposada, de una manera invisible. Su unión con ella pertenece no al orden material sino espiritual y es efectuado por Fe, como nos dice en las palabras del Profeta Oseas: “Seré tu Esposo para siempre y te desposaré conmigo en justicia, en juicio, en misericordias y piedades, y yo seré tu Esposo en fidelidad y tú reconocerás a Yaveh.” (Profeta Oseas, cap. 2, vers. 21-22). Ahora bien, ya que Cristo se desposa con la Iglesia en Fe, tiene que quedarse escondido para que Su Desposada es decir, las Almas de los Fieles, puedan tener la oportunidad de ejercer la Fe y de ese modo ganar un gran premio en el Cielo.




               3ª Puesto que Jesucristo es el Esposo de la Iglesia, es apropiado que guíe y gobierne a Su Esposa, que proporcione su sustento y que se interese por su seguridad y bienestar. Hace esto, y mucho más también, en la Santa Misa y los Sacramentos, así prueba que es un Amante cariñoso y fiel, que no permite que le falte nada a Su Esposa en el Tiempo y en la Eternidad.

               Recuerda, ¡oh Cristiano!, si vives en pecado mortal, eres una presa del diablo, un esclavo de Satanás. Por otra parte, si estás en estado de gracia, tu alma es Esposa de Jesucristo, amada por Él y Él le proporciona abundantemente todos los medios de salvación que necesita.

               ¡Qué numerosas son las gracias y los beneficios que te ofrece este amante Esposo en el Santo Sacrificio de la Misa!. ¡Qué numerosos son los medios que pone a tu alcance para adquirir virtud, para asegurar tu salvación!. 

               Cada vez que asistes a la Santa Misa en estado de gracia, con intención devota y con espíritu recogido, Nuestro Señor, en Su Bondad inmensa, hace que participes en innumerables gracias y frutos...


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domingo, 29 de noviembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 3, Parte 2: EL CANON DE LA SANTA MISA RECOGE LOS SACRIFICIOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO


               Antes de continuar explicando qué son estos misterios, mostraré como varios tipos de sacrificios en el Antiguo Testamento son cumplidos, y, por decirlo así, renovados en la Misa.




El Sacrificio de Abel.

               El primer tipo del Sacrificio de la Misa es el de Abel, que le ofreció un holocausto de los primeros corderos de su rebaño al Señor su Dios con verdadera devoción y como un reconocimiento de su sujeción a la divina majestad. Aprendemos que su ofrecimiento era agradable a Dios de las palabras de la Sagrada Escritura: “…y agradóse Yavé de Abel y su ofrenda…” (Libro del Génesis, cap. 4, vers. 4); o como ha sido traducido: “El Señor encendió el sacrificio de Abel.”. Eso quiere decir, que cuando el piadoso Abel puso la madera y la oblación en el Altar y se la ofreció a Dios en oración, el fuego descendió del cielo y consumió la carne del cordero que había sido degollado. De una manera parecida, en la Misa, cuando el Sacerdote ha ofrecido la oblación de pan y vino sobre el Altar y pronunciado las palabras de la consagración sobre ellos, el Espíritu Santo, el Fuego Divino desciende del cielo y consume la oblación de pan y vino, cambiándola en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El sacrificio de Abel se congració con Dios Omnipotente; pero el Sacrificio Cristiano es incomparablemente más agradable a sus ojos. Pues, cuando el Sacerdote oficiante eleva la Hostia y se La ofrece a Dios Padre, pronuncia las mismas palabras que dijo en el bautismo de Jesús: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.”. (Evangelio de San Mateo, cap. 3, vers. 17)

El Sacrificio de Noé.

               El segundo tipo del Sacrificio de la Misa fue el sacrificio ofrecido por el patriarca, Noé; como leemos: Alzó Noé un altar a Yavé, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció sobre el altar un holocausto. Y aspiró Yavé el suave olor, y se dijo en su corazón: “No volveré ya más a maldecir a la tierra por el hombre… ” (Libro del Génesis, cap. 8, vers. 20-21). Ahora bien, si el sacrificio de Noé fue tan grato a Dios que su ira fue apaciguada y que prometió no destruir nunca la tierra por un diluvio, cuánto más grato a Él debe ser el Sacrificio del Nuevo Testamento, en el cual su Hijo único es ofrecido como una víctima fragrante.

El Sacrificio de Abraham (1)

               Encontramos un tercer tipo del Sacrificio de la Misa en los diversos sacrificios del santo Patriarca, Abraham, que una vez ofreció a su hijo único, Isaac; y de quien se dice frecuentemente en la Sagrada Escritura: “Alzó allí en Siquem un altar a Yavé, que se le había aparecido.” (Libro del Génesis, cap. 12, vers. 7), “…y alzó allí (cerca de Betel) un altar a Yavé, invocando su nombre de Yavé.” (Libro del Génesis, cap. 12, vers. 8). Se dice lo mismo de Isaac y Jacob, que eran sirvientes fieles de Dios, y como todos sus sirvientes; ofrecieron holocaustos al Señor.

               Todos los Sacerdotes del Nuevo Testamento han sido imitadores de los grandes Patriarcas de los tiempos antiguos y han seguido su ejemplo atentamente, ofreciendo con devoción al Dios Supremo, en Tiempos y lugares distintos el sacrificio más grato de la Santa Misa. Esta práctica ha sido continuada hasta hoy con entusiasmo aún más grande, puesto que es costumbre hoy para cada Sacerdote que es verdaderamente devoto ofrecer el Santo Sacrificio a Dios cada día.

El Sacrificio de Melquisedec.

               El cuarto tipo de la Santa Misa es el sacrificio de Melquisedec, el Rey y Sumo Sacerdote, que cuando el patriarca Abraham volvió triunfante de la matanza de sus enemigos, como una acción de gracias, le ofreció a Dios Omnipotente una nueva oblación consistiendo en pan y vino, presentados con formas y ceremonias especiales: “Y le dio Abram el diezmo de todo.” (Libro del Génesis, cap. 14, vers. 20). Melquisedec es señalado en la Sagrada Escritura como un tipo de Cristo al que nos hemos referido en el primer capítulo de este libro.




El Sacrificio de Aarón.

               El sacrificio ofrecido por Aarón, y todos los demás Sacerdotes de la Ley Mosaica, es un quinto tipo del Santo Sacrificio de la Misa. [Antes de la institución de esta Ley, que fue dada por Dios mismo, los hombres justos del Antiguo Testamento, guiados por la luz de la razón le habían ofrecido holocaustos a Dios. En la Ley dada a Moisés, Dios señaló tres clases de sacrificio que tenían que ser ofrecidos por el pueblo judío. Estos eran verdaderos holocaustos, ofrecimientos de paz y de satisfacción por los pecados. Había que ofrecerle dos corderos sin mancha diariamente en el Templo en Jerusalén. 

               Estos sacrificios de los Judíos duraron hasta el tiempo de Cristo y todos prefiguraron claramente el Sacrificio de la Cruz. En el momento en que Jesús murió en la Cruz, el Velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo como un signo del disgusto de Dios por el rechazo de su Hijo por los Judíos. Después de la Muerte de Cristo los sacrificios judíos antiguos cesaron no voluntariamente sino a causa de la destrucción terrible de Jerusalén y su Templo en el año 70 de nuestra Era Cristiana. Nunca ha sido reconstruido y nunca lo será, porque esos sacrificios fueron reemplazados por el perfecto Sacrificio del Cordero de Dios en la Cruz.

               Todos estos sacrificios antiguos agradables a Dios, especial­mente los de Abel, Abraham y el Sumo Sacerdote Melquisedec, son mencionados especialmente en la Santa Misa (en el Canon Romano). Después de la Consagración, el Sacerdote dice: “Mira con ojos de bondad esta ofrenda, y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abraham, nuestro Padre en la Fe, y la oblación pura de Tu Sumo Sacerdote Melquisedec”. Por estas palabras, la Iglesia declara que los sacrificios del antiguo Testamento fueron agradables y gratos a Dios Todopoderoso.


NOTAS ACLARATORIAS

     1 “Abraham”, compuesto según la etimología vulgar de Ab y hamon, significa: padre de la muchedumbre. Es un testimonio perenne de la Promesa Divina.




domingo, 22 de noviembre de 2020

EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, por el Padre Martin de Cochem, Capuchino. CAPÍTULO 3, Parte 1: SOBRE LOS MISTERIOS DE LA SANTA MISA


“Venid y ved las proezas del Señor, 

los prodigios que obró sobre la tierra” 


Salmo 46, vers. 9




               Muchos son los milagros y signos que Cristo ha hecho en la tierra, pero de todos, el mayor y más maravilloso es la institución de la Santa Misa en la Ultima Cena.

              Es el sumario, por decirlo así, de todas las maravillas que Dios ha llevado a cabo, y, esta tan repleta de Misterios que San Buenaventura no vacila en decir de ella: “La Santa Misa está tan llena de Misterios como el océano está lleno de gotas o como el Cielo está lleno de estrellas, o como las Cortes del Cielo están llenas de Ángeles. Pues en ella se realizan tantos Misterios diariamente que no sé si puedo decir si maravillas mayores o más sublimes han sido hechas aún por la Omnipotencia Divina.”

               Esta declaración suena extraña y casi increíble. ¿Realmente es verdad que no se pueden enumerar los misterios contenidos en la Santa Misa?.

               El teólogo Doctor Sánchez está de acuerdo con San Buenaventura en este punto, puesto que dice: “En la Santa Misa recibimos tesoros tan maravillosos y reales, dones tan divinos y costosos, tantos beneficios referentes a esta vida temporal, esperanza tan segura para la vida que va a venir, que, sin Fe, sería imposible para nosotros creer que estas afirmaciones son verdaderas.” Por estas palabras quiere decir que las cosas buenas, tanto para el presente como para el futuro, que recibimos por la Santa Misa, exceden a nuestros poderes naturales de creencia; y si Dios no nos hubiera dado el don de la Fe sobrenatural – por la cual somos habilitados para que podamos creer cosas que no podemos comprender completamente – nunca daríamos crédito a los beneficios que sacamos de la Santa Misa.

               El mismo escritor añade: “Tal como se puede tomar del mar o de un río toda el agua que se necesita, no sólo sin agotarlo, sino sin aun disminuir su volumen de ninguna manera, así es con la Santa Misa. Tan inconmensurablemente grande es, que no puede sufrir ninguna disminución, mucho menos agotamiento de su plenitud.” Esta comparación nos enseña que la Santa Misa es un océano de Gracia y Misterios gloriosos, de que podemos obtener diariamente toda clase de cosas buenas tanto para nuestras almas como para nuestros cuerpos.

               El siguiente incidente notable será útil para ilustrar lo que acabamos de decir y para fomentar una devoción mayor a la Santa Misa.

               Leemos en la Vida de San Juan Facundo, un miembro famoso de los Agustinos, que nunca dejó de celebrar la Santa Misa lo más temprano que podía, llevado de su gran anhelo de recibir al Señor.

               Sin embargo, era tan lento que acabó por no encontrar acólitos dispuestos a servirle. Fue entonces el Santo al Prior y le suplicó ordenase a un hermano hacerlo. Pero el Prior le habló con aspereza, diciendo: “¿Por qué molestas a los hermanos tardando tanto tiempo en tu Misa?. Yo exijo más bien que celebres la Misa como lo hacen los demás Sacerdotes.” Juan hizo lo que le fue mandado, pero la obediencia le costaba tanto que fue otra vez al Prior y le suplicó que retractase su mandato. El Prior no consintió hasta que Juan le confió, bajo secreto de confesión, las razones que le hacían imposible para él celebrar más rápidamente. Entonces el Prior mandó a los hermanos que sirvieran a la Misa del Padre Juan aunque pusiese a prueba su paciencia. 

               Con el permiso del Santo, el Prior le confió a otro Sacerdote: “Puedes creerme cuando te digo que la razón de porque el Padre Juan tarda tanto tiempo en celebrar la Misa es porque Dios le revela los Misterios profundos que se efectúan en la Misa, Misterios tan sublimes que ninguna inteligencia humana es capaz de comprenderlos. Los secretos que me divulgó concernientes a ellos eran de una naturaleza tan tremenda que estaba yo asombrado con temor reverencial y casi me desmayé...




               Es cierto - continuó explicando el Prior- que Cristo con frecuencia se manifiesta visiblemente a este Padre, hablando con Él como con un amigo y mostrándole Sus cinco Sagradas Llagas, de las cuales sale una luz muy resplandeciente que envolviendo al Santo, aviva tanto el alma como el cuerpo de modo que no siente ninguna necesidad de alimento. También contempla el Cuerpo de Cristo radiante como el sol de mediodía, y percibe su hermosura y gloria infinita. Tal son las cosas sublimes y divinas que es privilegio saber, Misterios que no son dados a los hombres para desentrañar, y menos para pronunciar. Desde que me enteré así de los beneficios inmensos dados a la humanidad por la celebración o asistencia a la Santa Misa, he hecho una resolución firme de nunca dejar de celebrar o asistir a Misa, y hacer todo lo posible por inducir a otros para que hagan lo mismo.”

               De estas notables observaciones del Prior, vemos claramente los misterios solemnes que contienen en la Santa Misa que hay que reverenciar profundamente.


     Continuará...