La "SEDE VACANTE" puede durar y, de hecho, ha durado vacante, según consta en la Historia de la Iglesia, por largo tiempo, sin que esa vacancia del pontificado signifique, en manera alguna, la desaparición de la misma Iglesia. Si afirmásemos lo contrario, tendríamos que decir que el nombramiento del sucesor del Papa muerto debería hacerse simultáneamente con la muerte de su predecesor, ya que, de lo contrario, la Iglesia misma, al no tener Papa, quedaría sin fundamento, y el edificio de la Iglesia vendría por tierra. Muere el Pontífice reinante, pero no muere el Papado, la institución misma de Cristo.
Por eso, así como puede morir un Papa y durar por largo tiempo la legítima elección de su sucesor; así es posible que el Papa, aparentemente legítimamente electo, pueda ser un anti-Papa, un impostor, un infiltrado; y, sin embargo, aun en estas circunstancias aflictivas, el Papado y la Iglesia, como Obra Divina, permanecen incólumes. Recordemos, por ejemplo, el caso del Papa Luna (1), tenido y acatado como verdadero Papa por muchos católicos y aún por Santos que están ahora canonizados por la Iglesia; y, sin embargo, no era Papa.
La Obra de Cristo no falla, ni puede fallar, aunque los hombres, consciente o inconscientemente, se confabulen para destruirla, aunque los lobos, revestidos con pieles de oveja se introduzcan fraudulentamente en el aprisco, aunque todo el poder humano parezca unirse para aplastar la resistencia de los que nos empeñamos en defender la Fe Tradicional y Apostólica.
Una cosa es la Iglesia y otra cosa muy distinta los hombres que forman parte de la Iglesia. Esposa de Cristo, Obra e institución del Hijo de Dios, la Iglesia es Santa, es incorruptible; según nos lo aseguran las Promesas del Divino Fundador: las puertas del Infierno no prevalecerán en contra de Ella; mientras que los hombres -cualquiera que sea su jerarquía- son, por su naturaleza (a no ser que estén confirmados en gracia) frágiles, falibles, expuestos a caer en las mayores miserias, como nos lo enseña la Historia misma de la Iglesia.
Es un gran error, es contrario a la Doctrina Católica pensar que cualquier jerarca, por el hecho de ocupar el puesto que ocupa, por el hecho de ser Obispo, o ser Papa, es ya un "santo", es impecable, es siempre y en todo infalible. De suyo, como enseña la Teología Católica, así como los Religiosos, que voluntariamente abrazaron los consejos evangélicos, están obligados no a ser "perfectos", sino a tender a la perfección, así también, los Obispos y mucho más el Papa deben ser perfectos, deben practicar la perfección cristiana, conforme lo exige la excelsa dignidad que tienen, los sumos poderes que han recibido y el bien espiritual de las almas a ellos confiadas. Pero, una cosa es lo que "debe" ser y otra lo que es en realidad.
Ni el Papa, cuya prerrogativa de su infalibilidad didáctica, para preservar la "inerrancia" de la Iglesia, nosotros confesamos como Dogma de nuestra Fe Católica, es personalmente ni impecable, ni infalible. En la Cátedra de San Pedro se han sentado grandes Santos, pero también insignes pecadores.
De lo dicho se sigue, me parece, que la "Sede de Pedro" pueda estar, en un tiempo, más o menos largo, "vacante" o "impedida" o por la muerte del Papa o porque el Papa que ocupa esa "Sede" falla gravemente al cumplimiento de sus deberes primordiales, o porque, aunque venerado por una porción del Pueblo Cristiano, como legítimo sucesor de Pedro, es un infiltrado, un anti-papa, un lobo revestido de piel de oveja.
Al afirmar estas humanas posibilidades -confirmadas desgraciadamente por la Historia de la Iglesia- no estamos, en manera alguna, ni atacando, ni negando la institución de Cristo. Como dice Belloc, nada prueba tanto la divinidad de la Iglesia, su inerrancia, su indestructible duración, garantizada por las Promesas de Cristo, como las miserias humanas, los errores gravísimos de aquéllos que, por su autoridad, deberían ser la garantía y la defensa de la Verdad y de la Santidad de la Iglesia de Dios, a ellos confiada. Si la Iglesia fuese obra humana, ya los hombres hubiesen acabado.
...la Cabeza de la Iglesia es Cristo; que el Papa es el Vicario, el representante visible de esta Cabeza, en la Iglesia Universal, así como los Obispos lo son en sus diócesis, aunque dependientes y subordinados al Papa; que el Cuerpo Místico de Cristo no tiene dos o más cabezas, porque "Pedro, en fuerza del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, por cuanto no existe más que una Cabeza primaria de este Cuerpo, es decir, Cristo". Cristo y su Vicario constituyen una sola Cabeza como lo enseñó solemnemente el Papa Bonifacio VIII (2). Y, lo que se dice de los sucesores de Pedro, se debe decir, salva siempre su dependencia del Primado, de todos los Obispos, en sus diócesis.
Siendo Cristo la verdadera Cabeza de la Iglesia y el Papa, Su Vicario, Su representante visible; así como los Obispos, en sus respectivas diócesis, sigúese que, cuando los Obispos o el Papa se apartan, en su Doctrina o en sus disposiciones, de la Voluntad Santísima de Cristo, dejan de ser Sus representantes, sus lugartenientes; dejan de ser cabeza visible de la Iglesia. El Vicario, el representante, el lugarteniente, en tanto será tal, en cuanto se identifique con las Enseñanzas y los Preceptos del Maestro.
NOTAS
1- En 1394, el Cardenal aragonés Pedro de Luna fue elegido Pontífice en Aviñón (Francia), adoptando el nombre de Benedicto XIII, compitiendo directamente con el Papa de Roma en ese momento, Bonifacio IX. Para solucionar definitivamente la crisis, se convocó un Concilio que depuso a los Papas rivales y eligió a uno nuevo y único, Martín V.
2- Bula "Unam Sanctam", 18 de Noviembre de 1302
BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA DEL AUTOR
El Padre Joaquín Sáenz y Arriaga nació en Morelia, Michoacán, México, el 12 de Octubre de 1899. A los 13 años ingresó en la Compañía de Jesús, cursando en el Seminario de Loyola en Barcelona, España, en 1916. Estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma y obtuvo tres doctorados: en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico. Fue ordenado Sacerdote el 30 Abril de 1930 por el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez.
En 1952 abandonó la Compañía de Jesús. Durante la década de 1960, se opuso firmemente a las reformas del Concilio Vaticano II y a la implementación de la nueva misa (Novus Ordo). Junto a los entonces sacerdotes Moisés Carmona y Adolfo Zamora, fundó la Unión Católica Trento en México, e inspiró a tradicionalistas en Estados Unidos a crear organizaciones similares para mantener el culto católico previo a las reformas. El Padre Joaquín Sáez y Arriaga entregó su alma a Dios el 28 de Abril de 1976 en la Ciudad de México, a los 76 años.


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