lunes, 26 de junio de 2017

ISABEL CANORI MORA Y EL PURGATORIO




     Isabel Canori Mora nació en Roma el 21 de noviembre de 1774, en el seno de una familia de posición acomodada, profundamente cristiana y diligente en la educación de sus hijos.
     Estudió con las Hermanas Agustinas de Cascia (1785-88), donde destacó por su inteligencia, una profunda vida interior y su espíritu de penitencia. De regreso a Roma, tuvo una vida tranquila hasta que en 1796 -cuando tenía 21 años- se casó con el joven abogado romano Cristóforo Mora.
     En 1801 sufrió una misteriosa enfermedad que la puso al borde de la muerte. Se curó de forma inexplicable y tuvo su primera experiencia mística.

     El Señor le hizo alcanzar la madurez para recibir las visiones y las ilustraciones sobre el destino de la Iglesia. Recibió en forma clara los estigmas de la Pasión de Cristo, y en sus visiones vio las tremendas batallas que tendrá que sostener la Iglesia en los Últimos Tiempos bajo el poder de las tinieblas.


EXPERIENCIA CON EL PURGATORIO
     "El 2 de Noviembre de 1822 recordé que comenzaba el octavario por los Fieles Difuntos y oré al Señor con fervor por ellos. Le dije: Dame la llave de esta horrible cárcel, como otras veces te has dignado darme, porque siento un gran deseo de sacar del Purgatorio a aquellas Almas Santas. Os suplico esta gracia por los méritos infinitos de vuestra Pasión y Muerte...

     El Señor me dijo: Preséntate a aquella cárcel y dales la consoladora noticia de que pronto estarán conmigo en el Paraíso. En aquel momento, aparecieron tres ángeles, que me acompañaron a la cárcel del Purgatorio... 

     No me es posible decir la alegría y consolación de aquellas Almas y cuánto fue su agradecimiento y alabanza a la infinita Misericordia de Dios. Al día siguiente, fui a la iglesia y estuve más de tres horas orando por las Almas del Purgatorio y el Señor se dignó mostrarme el triunfo de Su Misericordia y vi a aquellas Almas que en filas, acompañadas de sus Ángeles Custodios, entraban gloriosas y triunfantes en el Cielo.

     Todos los días del octavario ocurrió lo mismo y así por nueve días... Se puede decir que en nueve enormes hileras (una cada día) se despobló el Purgatorio. No puede haber vista más bella que ésta y que demuestra la infinita Misericordia de Dios y el gran triunfo de los infinitos méritos de la Preciosísima Sangre de Jesucristo“.




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