lunes, 27 de agosto de 2018

NOS TOCA REPARAR POR AQUELLAS ALMAS que han decidido dar la espalda a Dios





         En la actualidad, muchos católicos quieren vivir "su Fe" (hecha a su medida) sin muchas complicaciones, les da igual la Doctrina (porque la mayoría de las veces la desconocen) y se contentan con asistir a Misa el Domingo y rezar cuando les va mal... en esos momentos no son pocos los que directamente culpan a Dios de sus desgracias -fruto de malas decisiones personales- y deciden vivir como si Él no existiera, como el niño que piensa que por taparse los ojos y no ver lo hará igualmente invisible a los demás...

          Y es que contemplar el mundo natural y no aceptar la obra perfecta de un Diseñador es cuasi un insulto a la inteligencia; el Señor nos provee del aire que respiramos, de la lluvia que riega nuestros campos, es quien domina las mareas y ciclos vitales de cada época, que sólo son alterados por la intervención torpe del ser humano. 

         Pero la Obra de Dios no sólo la podemos palpar con los sentidos corporales, puesto que Su mayor Obra fue la creación de cada alma, en especial la tuya y la mía; por ti y por mí, envió Dios a Su Hijo al Mundo para morir por nuestros pecados, para sellar el Pacto de Amor entre Dios y los hombres. A pesar de predicar, padecer y morir, aún así muchos, la mayoría, le negaron entonces y le siguen negando hoy, y cada vez con más inquina.

          A ti que esto lees, a mí que te aviso, nos toca REPARAR por aquellas almas que han decidido dar la espalda a Dios; a ti y a mí nos urge AMAR a Dios aún más, pues está falto del amor que le deben tantos que se lo niegan; a ti y a mí nos toca CONFIAR en Su Bondadoso Corazón, pues aunque sirviéndole no sintamos consuelo, por el contrario, nos abata la tristeza o el desaliento, debemos seguir adelante, pues el premio y el consuelo no los tendremos jamás en esta vida, sino que se nos reserva para el Cielo.

         Te animo a leer y meditar los siguientes párrafos que hablan sobre la mayor de las traiciones: la que llevó a Nuestro Señor Jesucristo al patíbulo de la Cruz. Todo comenzó con la conspiración de los sacerdotes del Sanedrín y se alimentó con la indiferencia de los tibios... ojalá que nunca te encuentres en esas filas, sino en las de aquellos que son odiados por tener por Amor al que derramó Su Sangre para la redención de nuestras almas.




               Conspiraron contra Vos, Señor, vuestros enemigos. Sin gran esfuerzo, amotinaron al populacho ingrato, que ahora hierve de odio contra Vos. Odio. Es lo que por todas partes os circunda, os envuelve como una nube densa, se lanza contra Vos como un oscuro y frío vendaval. Odio gratuito, odio furioso, odio implacable: que no se sacia en humillaros, en saturaros de oprobios, en llenaros de amargura; vuestros enemigos os odian tanto, que ya no soportan vuestra presencia entre los vivos, y quieren vuestra muerte. Quieren que desaparezcáis para siempre, que enmudezca el lenguaje de vuestros ejemplos y la sabiduría de vuestras enseñanzas. Os quieren muerto, aniquilado, destruido. Sólo así habrán aplacado el torbellino de odio que en sus corazones se levanta.


               Siglos incluso antes que nacierais, ya el Profeta preveía ese odio que suscitaría la luz de las verdades que anunciaríais, el brillo divino de las virtudes que tendríais: "¿Pueblo mío, qué te hice Yo, en qué por ventura te he contristado?" (Miq. 6, 3). E interpretando vuestros sentimientos, la Sagrada Liturgia exclama a los infieles de entonces y de hoy: "¿Qué más debía Yo haber hecho por ti, y no lo hice? Yo te planté como viña escogida y preciosa: y tú te convertiste en excesiva amargura para Mí; vinagre me diste a beber en mi sed, y traspasasteis con una lanza el costado de tu Salvador" (Improperios).


               Tan fuerte fue el odio que contra Vos se levantó, que la propia autoridad de Roma, que juzgaba al mundo entero, se abatió acobardada, retrocedió y cedió ante el odio de los que sin causa alguna os querían matar. La altivez romana, victoriosa en el Rin, en el Danubio, en el Nilo y en el Mediterráneo, se ahogó en el lavabo de Pilatos.


               "Christianus alter Christus", el cristiano es otro Cristo. Si fuésemos realmente cristianos, esto es realmente católicos, seremos otros Cristos. E, inevitablemente, el torbellino del odio que contra Vos se levantó, también contra nosotros ha de soplar furiosamente.


                ¡Y sopla, Señor! Compadeceos, Dios mío, y dadle fuerzas al pobre niño de colegio, que sufre el odio de sus compañeros porque profesa vuestro Nombre y se rehúsa a profanar la inocencia de sus labios con palabras de impureza. Odio, sí. Tal vez no el odio bajo la forma de una invectiva desabrida y feroz, sino bajo la forma terrible del escarnio, del aislamiento, del desprecio. Dadle fuerzas, Dios mío, al estudiante que vacila en proclamar vuestro Nombre en plena aula, a la vista de un profesor impío y de un enjambre de colegas que se mofa. Dadle fuerzas, Dios mío, a la joven que debe proclamar vuestro Nombre, rehusándose a vestir los trajes que la moda impone, desde que por su extravagancia o inmoralidad desentonen de la dignidad de una verdadera católica. Dadle fuerzas, Dios mío, al intelectual que ve cerrarse delante de sí las puertas de la notoriedad y de la gloria, porque predica vuestra doctrina y profesa vuestro Nombre. Dadle fuerzas, Dios mío, al apóstol que sufre la embestida inclemente de los adversarios de vuestra Iglesia, y la hostilidad mil veces más penosa de muchos que son hijos de la luz, sólo porque no consiente en las diluciones, en las mutilaciones, en las unilateralidades con que los "prudentes" compran la tolerancia del mundo para su apostolado.


               Ah, Dios mío, ¡cómo son sabios vuestros enemigos! Ellos sienten que en el lenguaje de esos "prudentes", lo que se dice en las entrelíneas es que Vos no odiáis el mal, ni el error, ni las tinieblas. Y entonces aplauden a los prudentes según la carne, como os aplaudirían en Jerusalén, en lugar de mataros, si hubieseis dirigido a los del Sanedrín el mismo lenguaje.


                Señor, dadnos fuerzas: no queremos ni pactar, ni retroceder, ni transigir, ni diluir, ni permitir que empalidezca en nuestros labios la divina integridad de Vuestra Doctrina. Y si un diluvio de impopularidad se abate sobre nosotros, sea siempre nuestra oración la de la Sagrada Escritura: "Preferí ser abyecto en la casa de mi Dios, a vivir en la intimidad de los pecadores" (Salmos, 83, 11).



Doctor Plinio Corrêa de Oliveira





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