viernes, 17 de julio de 2020

LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO: eficaz remedio contra los enemigos del alma


               "El Viernes, o sexta feria, está consagrado a la Pasión. En una gran parte de la Cristiandad se cerraban en este día los tribunales y el ayuno se observó en él tanto en Oriente como en el Occidente hasta el siglo IX. En esta época se trocó en una simple abstinencia, pero de la cual hizo la Iglesia una ley tan rigurosa que solo dispensa de ella en la Fiesta de Navidad, cuando cae en viernes. Los fieles tienen costumbre de añadir a las tres de la tarde de este día a la abstinencia la recitación de cinco Padrenuestros y cinco Avemarías, en Honor de las Cinco Llagas de Nuestro Señor..."   



Catecismo de Perseverancia” por el Padre Jean Joseph Gaume (1854)




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LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO
eficaz remedio contra los enemigos del alma


            Mientras que el demonio, enemigo de todos los buenos, trata de hacer que la gente siga teniendo lejano el recuerdo del Amor de Dios, la Devoción a la Divina Sangre nos pondrá cerca de Su Divino Corazón. Si nuestra mente está siempre ocupada con el pensamiento de los Misterios de Su Amor, nuestros corazones podrán estar deseosos de aplicar este Amor, y lograr así que nuestros sentimientos corporales estén conscientes de nuestra propia santificación y la de los demás. Con este recuerdo del incalculable Precio de la Sangre de Jesús, por la cual hemos sido redimidos, permanecerá esta Sangre Preciosísima como sello imborrable en nosotros.

            ¡Que grande era el deseo que Jesús tenía a lo largo de Su vida mortal por derramar Su Sangre por la Redención del mundo! Igualmente fue de ardiente el deseo de que todos se beneficiaran de Ella, que cada alma participara de Sus infinitos Dones. Por lo tanto, nos invitó a esta Fuente de la Misericordia, diciendo: “Beban de este Cáliz”. 

           El abrió para nosotros en Su Sagrado Corazón herido cuatro fuentes, como dice San Bernardo: una fuente de la Misericordia, una fuente de la Paz, una fuente de Devoción y una fuente del Amor y llama a todas las almas a saciar su sed allí. “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba” (Evangelio de San Juan, cap. 7, vers. 37). Que, de hecho, fue la razón por la que instituyó los Sacramentos que son los canales por los que las riquezas de la Preciosísima Sangre se comunican a nosotros. Esa es la razón por la que continuamente se ofrece a Su Eterno Padre arriba en el Cielo. Esa es la razón por la que desea que cada día lo busquemos sin cesar. 

            ¿Por qué Jesús ha despertado en los corazones de muchos de los fieles de nuestro tiempo esta Devoción? Es sin duda por la única razón de que Su Corazón, profundamente consumido por el Amor de las almas, quiere llevarlas a las Fuentes sagradas de Sus Heridas y recibir allí, a través de Su Sangre, las aguas de su Gracia.

            ¿Quién podrá contar todos los planes que el Corazón de Jesús tuvo el derramamiento de Su adorabilísima Sangre? A través de Ella, tenía la intención de: aplacar la Divina Justicia para reconciliar a las almas con Su Padre, limpiar el alma de cada pecado para que cada alma obtenga la poderosa ayuda de Su Gracia; abrir para nosotros una entrada y un lugar de estancia en el Bendito Cielo.

            Bienaventurados a los que se les concede beber un poco de gota de ese Cáliz amargo, que bebió Jesús por amor de nosotros hasta la última gota. La recompensa para nosotros en el Cielo es grande, la vida es muy corta. Por eso, en la elevación del Cáliz, le recomendamos nuestras almas al Padre Eterno. No debemos dejar de ofrecer el precio de nuestra Redención por la Santa Iglesia y para la salvación eterna de nuestras almas. 


San Gaspar del Búfalo




jueves, 16 de julio de 2020

EL BENDITO ESCAPULARIO DEL CARMEN, SEÑAL DE SALVACIÓN


               El 16 de Julio de 1251, mientras San Simón Stock rezaba fervorosamente en su convento de Cambridge (Inglaterra), se le apareció Nuestra Señora revestida del hábito carmelita, portando en Sus brazos al Niño Jesús y extendiéndole un escapulario le dijo estas palabras:

               "Recibe, queridísimo hijo, este Escapulario de tu Orden, señal de Mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los Carmelitas. Todo aquel que muera con él revestido, no arderá en las llamas del infierno. Él es, pues, una señal de salvación, una seguridad de paz y de eterna alianza."

               En 1314, la Madre de Dios se apareció nuevamente, esta vez al Papa Juan XXII, confirmando Su especial protección a los que usasen el Escapulario y prometiendo además que los libraría del Purgatorio el primer sábado después de la muerte.

               Esto llevó a Pontífices, monarcas, religiosos de otras órdenes y personas de todas las condiciones a querer participar de este privilegio, recibiendo el Escapulario como un símbolo de devoción a María Santísima y de salvaguarda contra los enemigos del alma y del cuerpo.






DE LA CARTA DEL PAPA PÍO XII a la Orden Carmelita, 
con motivo del VII Centenario de la Aparición 
de Nuestra Señora a San Simón Stock

            "...Todos los Carmelitas por tanto, así los que militan en los claustros de la primera y segunda Orden como los afiliados a la Tercera Orden regular o secular y los asociados a las Cofradías que forman por un esencial vínculo de amor una misma familia de la Santísima Madre, reconozcan en este memorial de la Virgen un espejo de humildad y castidad; vean en la forma sencilla de su hechura un compendio de modestia candor; vean sobre todo en esa librea que visten día y de noche, significada con, simbolismo elocuente la oración con la cual invocan el auxilio divino; reconozcan, por fin en ella, su consagración al Corazón Sacratísimo de la Virgen Inmaculada, por Nos recientemente recomendada.

            Además esta Madre piadosísima no dejará ciertamente de interceder ante Dios según la tradicional promesa del llamado Privilegio Sabatino para que aquellos de Sus hijos que hayan de expiar sus faltas en el Purgatorio, consigan cuanto antes el eterno descanso de la Patria.

            En tanto como auspicio de divina protección y auxilio y en prenda de nuestra particular predilección impartimos a vosotros, amados hijos y a toda la Orden de los Carmelitas con grande afecto en el Señor, la Bendición Apostólica."



(Papa Pío XII, 11 de Febrero de 1950, a los Padres Kiliano Lynch,  
Prior General de la Orden Carmelita de la Antigua Observancia 
y Silverio de Santa Teresa, Prepósito General de los Carmelitas Descalzos)




LA INDULGENCIA DEL DÍA DEL CARMEN


               Hoy, día grande para la Familia del Carmelo, Sacerdotes y Frailes, Monjas, Terciarios, Órdenes y Comunidades de espiritualidad carmelitana, así como los simples Cofrades del Escapulario, podemos lucrar un buen número de indulgencias, no solo para nuestro provecho, pues todas esas gracias espirituales pueden redundar en beneficio de las Almas del Purgatorio.




               "...basado en la Misericordia de Dios y en la Autoridad de Sus Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los fieles de ambos sexos verdaderamente arrepentidos y alimentados por la Sagrada Comunión, que visiten devotamente cualquier iglesia u oratorio público tanto de frailes, monjas, calzados y descalzos, de toda la Orden Carmelita, el 16 de Julio de cada año, el día en que se celebra la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, desde las primeras Vísperas hasta la caída del sol de este día, y si allí elevaran a Dios oraciones piadosas por la armonía de los Príncipes Cristianos, por la erradicación de las herejías, por la conversión de los pecadores y por la exaltación de la Santa Madre Iglesia, concedemos misericordiosamente que cada vez que hagan esto, tantas veces puedan, adquirir la indulgencia y la remisión plenaria de todos sus pecados, que también pueden aplicarse por sufragio a las Almas de los Fieles Cristianos, que han pasado de esta vida en la gracia de Dios..." 



Papa León XIII, 16 de Mayo de 1892



TRÍPTICO PARA IMPRIMIR, ORÍGENES Y DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN Y SU BENDITO ESCAPULARIO


               Para conmemorar un año más la celebración de la Fiesta de Nuestra Reina y Madre del Carmelo, he querido resumir la Historia de la Devoción a esta Señora y los privilegios de Su Santo Escapulario en un TRÍPTICO, diseñado para ser impreso o al menos para difundir en redes sociales. Que nunca nos cansemos de dar a conocer el Escapulario de la Virgen del Carmen, que es escudo frente a los enemigos del alma y símbolo de nuestra Consagración a Ella, que sabrá premiar tu apostolado en pro de Su Amor por los hombres.



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miércoles, 15 de julio de 2020

San Enrique II, Emperador del Sacro Imperio Romano y Patrón de los Oblatos Benedictinos


                Se abría el segundo Milenio Cristiano con una sonrisa de esperanza. La voz de Gerberto, que había dado un crepúsculo bello y tranquilo a aquel siglo X, atormentado y caótico, acababa de extinguirse, «dejando al mundo helado de horror», según la expresión de un cronista de aquel tiempo. Pero el relámpago del genio había roto para siempre la nube de la barbarie. Los discípulos del gran Pontífice recogían solícitos su herencia, surgían nuevos maestros, la tierra se cubría del manto alegre de sus iglesias románicas, y Enrique II, el joven Rey de Germania, recogía con entusiasmo aquel gran ideal político-religioso de un Imperio de amor y de paz, realizado por la confederación de los príncipes cristianos bajo la sombra del águila imperial, para la gloria de Cristo y la felicidad de los pueblos.




                Sabio, recto y bueno, este nieto de Carlomagno y de Otón el Grande había recibido la educación de un monje más que la de un guerrero. Un monasterio de Hildesheim le protegió, en días aciagos para su familia, contra las suspicacias de Otón II, y allí creció aprendiendo la gramática, traduciendo a Virgilio y cantando los salmos. A los veinte años ya puede empuñar la lanza y montar a caballo y prepararse para ceñir la corona ducal de Baviera. Otón II ha visto su mirada leal, y sabe que no tiene nada que temer de aquel vastago de un competidor de su padre. Es su mejor apoyo, el compañero de sus expediciones guerreras, el ornamento de su corte y el confidente de sus grandes proyectos de dominio universal. Va a ser también su continuador. Otón muere en 1002, cuando se preparaba a realizar sus sueños generosos. «El dolor—dice un cronista de aquellos días—hubiera sido irremediable si no nos hubiera quedado el duque Enrique, que entonces gobernaba el ducado de Baviera, rigiendo al pueblo en la justicia, amplificando la paz, aumentando el prestigio de las iglesias, magnificando la Religión y la Ley.»

                Enrique amaba la paz, pero no temía la guerra. Aunque pertenecía más a la raza de los grandes políticos que a la de los conquistadores, empieza su gobierno humillando a sus competidores en el interior y restableciendo en el exterior el prestigio del Imperio. Triunfa en Italia, fortifica el lazo feudal, que intentaban romper los pueblos eslavos del Este, y aniquila un conato de revuelta en su mismo palacio. Después se consagra de lleno a su programa de restauración social y religiosa. Es un programa heredado de su antecesor; pero mientras que Otón III era un utopista, un soñador, él, dotado de una visión certera y práctica, no obra sino después de una larga reflexión. La fe de Otón se complacía en los procedimientos altivos y en las demostraciones ruidosas; la de Enrique es discreta y sólida a la vez, y sabe encontrar sabias combinaciones para conciliar los intereses de la Iglesia con los del Estado. El celo religioso va en él estrechamente unido a la ambición del poder, y no quiere restablecer el prestigio de la autoridad real sino con la ayuda de una política profundamente cristiana. Se ocupa de liturgia y de estudios, con más competencia que Carlomagno. Con él, la cuestión de la reforma eclesiástica va a ocupar el primer plano; se esforzará sinceramente por regenerar a la Iglesia, no sin hacerla servir para robustecer su propia autoridad.

                Empieza fundando, dotando y restaurando los monasterios, donde va a encontrar sus mejores colaboradores. El monacato es, a sus ojos, un organismo maravillosamente apto para realizar su obra de Civilización. Veía en cada monasterio una fuerza viva, alrededor de la cual encontraban apoyo y trabajo poblaciones enteras; un foco de oración, de estudio y de actividad bienhechora, un dominio que limitaba las posesiones de los grandes vasallos, siempre propensos a la revuelta. Quiere monasterios ricos e influyentes, pero al mismo tiempo observantes. Busca hospitalidad en ellos mejor aún que en los palacios; asiste a las vigilias monacales como en los días de su infancia, y preside con frecuencia las comidas de los monjes, contento con sus pobres escudillas de legumbres. Pero estas visitas tienen, a la vez, un carácter de piedad y de inspección. Cuando encuentra abusos, no teme arrancarlos con energía. Una estrecha amistad une al emperador con el gran reformador del siglo, con Odilón de Cluny. En aquella obra de reforma monástica, Odilón es la cabeza. Enrique, el brazo derecho. Con la aprobación del abad de Cluny, Enrique depone prelados indignos, quebranta resistencias, destruye la relajación y restablece la disciplina. Enriquece a los monasterios y vela sobre ellos con la solicitud de quien se considera el abad de los abades. Quiere que la tutela imperial garantice su bienestar temporal y espiritual. Cuando llega a Montecasino, hace que los monjes elijan un nuevo Abad en su presencia, y le recibe bajo su regio protectorado. Toda elección nueva deberá recibir su aprobación antes que el elegido sea consagrado por el Papa.

                El piadoso Emperador recorre todo el Imperio, desde Nápoles hasta el Báltico, imponiendo su programa de reforma. Es un amante de la paz, y se esfuerza por verla reinar en sus dominios. Proclama y favorece «la paz de Dios»; conferencia con Roberto el Piadoso, Rey de Francia, para estudiar la manera de extender esta paz a todo el universo; y va de ciudad en ciudad reuniendo asambleas, en que todos, desde el más humilde al más poderoso, juran «mantener la paz, no invadir las iglesias como no sea para arrestar a un malhechor; no asaltar a clérigos y monjes que no lleven armas seculares; no robar ni buey ni vaca, ni ninguna otra bestia de carga; no aprisionar a aldeano, aldeana o mercaderes; no apropiarse caballos o jumentos en los pastos; no destruir ni incendiar las casas; no arrancar ni vendimiar las viñas con pretexto de guerra». Los pueblos reciben con entusiasmo al buen Rey, que trabaja de esa manera por el bienestar de su vida. Cuando llega a una población, la multitud le rodea gritando: «¡Paz, paz, paz!», y ese mismo grito se repite en las asambleas, mientras los obispos levantan sus báculos y los guerreros humillan sus espadas.

                Al lado del emperador se mueve una multitud de hombres activos, celosos y entusiastas. Los margraves, que se oponían al movimiento, han sido corregidos con severidad o depuestos. El rey interviene en los Concilios, censura la negligencia de los prelados, inspira sus consejos y da a sus decisiones la consagración de la majestad imperial. En pocos años ha logrado renovar completamente el episcopado germánico. Lo mismo que a los abades, depone a los obispos recalcitrantes. Confirma a las iglesias el privilegio tradicional de la libre elección, pero se guarda muy bien de conceder otros nuevos, y nunca se olvida de añadir esta cláusula: «salvo el consentimiento real». Considera la entrega del anillo y del báculo, insignias de la dignidad episcopal, como atributo exclusivo del emperador. Es un derecho que le da la costumbre de aquel tiempo, y del cual usa siempre con rectitud y sabiduría, eligiendo hombres de positivo valor y de vida ejemplar, capaces de secundarle en su acción reformadora.



Corona Imperial de San Enrique II


                El Cristianismo iba penetrando lentamente en los pueblos de la frontera oriental del Imperio, pero también allí llegaba la influencia del Emperador. Consigue la conversión de San Esteban, Rey de Hungría, a quien había casado con una hermana suya, y para acelerar la propaganda misionera, restablece al este del Saale y del Elba el episcopado de Meseburg y crea el de Bamberg. Esto era en 1012. Un año más tarde se presentaba de nuevo en Italia, apaciguaba las luchas que ensangrentaban las calles de Roma, y recibía de manos de Benedicto VIII la corona imperial. El Papa le recibió rodeado de un numeroso cortejo de prelados, presentándole un globo de oro adornado de piedras preciosas y rematado en una cruz. Era el símbolo del poder que el soberano debía ejercer sobre el mundo como fiel soldado de Cristo. Enrique le tomó en sus manos, admiró su belleza y dijo:

                «Nadie más digno de poseer tal presente que los que, lejos del mundo, se consagran a la práctica de la virtud y gozan de la intimidad de Dios.» Y envió la esfera a los monjes de Cluny. La buena armonía sellada entonces entre el emperador y el Papa no se interrumpió un solo momento mientras vivieron. Ella les permitió trabajar con eficacia por el bien de la cristiandad y proseguir aquel plan de restauración tan generosamente inaugurado. Delante del sucesor de San Pedro, Enrique obraba como el más respetuoso de los fieles, pero conocía los peligros que rodeaban al pontificado, y sabía que en aquellas circunstancias sólo el poder imperial lograría tener a raya las facciones italianas. Esta preocupación palpita en una carta famosa que firmó antes de salir de Roma. Por ella se reservaba el derecho de velar, como defensor de la Iglesia romana, por la seguridad del Vicario de Cristo y la eleción canónica de su sucesor, exigiendo que el nuevo Papa jurase respetar los derechos de todo el mundo.

                Hay que reconocer que San Enrique no siempre tuvo la noción exacta de las atribuciones del poder temporal; pero si alguna vez saltó sus fronteras, fue siempre a impulso de su celo por el bienestar de la Iglesia y de su amor al mejoramiento de la sociedad cristiana. Nadie como él tuvo la conciencia de los males de su tiempo, y nadie trabajó con tanta energía para remediarlos. Y pudo morir tranquilo al ver cómo despertaba en la nueva generación el sentimiento de los intereses comunes; el afán de regeneración, el ardor por combatir los abusos y la inquietud por el exceso de la corrupción. Era una parte de su obra.



Santa Cunegunda de Luxemburgo, esposa de San Enrique II


                San Enrique había empezado por encarnar en su vida aquel alto ideal, que hubiera querido imponer en todos los hogares de su Imperio. Dueño de sí mismo en todas las complicaciones de la política, lo era más aún en el gobierno de sus actos y el dominio de su corazón. Tenía el recato de una virgen, el fervor de un monje y la austeridad de un anacoreta. Más de una vez quiso cambiar el manto imperial por la cogulla monástica; pero los abades no querían recibirle en sus monasterios, convencidos de que su puesto estaba en el trono. Destinado desde su infancia a la clericatura, hizo el propósito de pasar su vida en castidad perfecta; pero tanto le hablaron los príncipes y los mismos obispos de las razones de Estado, que al fin les dijo:

                «Sea, me casaré; pero habéis de traerme la mujer más virtuosa, la más bella, la más amable y la más noble del Imperio.» Le trajeron una doncella, hija del conde palatino, que se llamaba Gunegundis y vivía retirada en su castillo de las orillas del Rin. Los obispos bendijeron aquella unión dichosa, y Alemania se alegró—dice un cronista— como se alegran los campos con el rocío de la aurora en un día de estío. Más se alegraron los ángeles del Cielo. Desde la primera noche los dos esposos hicieron votos de vivir como hermanos. «Ahora ya puedo llamarte mi amiga, mi esposa inmaculada—decía Enrique a Gunegundis—. Como a una esposa te amaré siempre, y siempre te tendré como la más querida mitad de mí mismo.»

                La historia del mundo nos ofrece pocos rasgos tan bellos. En aquella primera mitad del siglo XI, cuando la concupiscencia había roto vallas y frenos, cuando los señores feudales apresaban en sus castillos las hijas de sus vasallos, y los obispos y los clérigos y los monjes mismos, ante la ley del celibato, intimada por los cánones conciliares, gritaban aguijoneados por la pasión: «No es posible», Dios quiso dar a los hombres aquel ejemplo de dos príncipes que en medio de las delicias de la corte, entre un mundo ávido de satisfacer sus apetitos, de gozar, tienen valor para luchar contra todas las influencias y sobreponerse a todos los prejuicios. Era el cumplimiento de la palabra evangélica:

                «Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.»

                Pero el mundo no perdona fácilmente esa dura lección. Un rumor escandaloso se esparció por la corte, y el pueblo le recogió con avidez. Malas lenguas decían que la emperatriz deshonraba a su marido. Dijéronlo un día y otro día, y el emperador acabó por creerlo, con el mayor desgarramiento de su alma. Fue una tragedia doméstica, sin violencias, pero con algo peor, la frialdad, la separación de dos almas que estaban unidas en Dios. Enrique olvidaba, resignado, en medio de la agitación de los negocios y los consuelos de la oración. Gunegundis rezaba y lloraba; y un día, echándose a los pies de su marido, le dijo: «Señor, creed que soy inocente. No os lo digo por mí, sino por la gloria del Imperio, y estoy dispuesta a probarlo de cualquier manera.» La prueba se realizó, pública, como el maligno rumor. Fue una ordalía, lo que entonces se llamaba el juicio de Dios. Príncipes, obispos y pueblos se reunieron en la ciudad real de Bamberg. En medio de la plaza, una tras otra, brillaban doce rejas de arado largas, humeantes, incandescentes. Suelta la cabellera blonda, vestida de una túnica blanca, símbolo de su inocencia, más bella que nunca, las manos cruzadas, los ojos clavados en el Cielo, Gunegundis empezó a caminar a través del hierro candente. Un estremecimiento de horror agitaba a la muchedumbre. Entre tanto, ella avanzaba, serena, por la senda roja, y en su extremo se detuvo como en un escabel de honor. Miles de voces proclamaban su inocencia; los calumniadores caían de rodillas pidiendo perdón, y Enrique se acercaba a ella, la cogía de la mano, la volvía a colocar en el solio imperial y reanudaba con ella aquella vida santa que perfumaba la corte y regocijaba al Cielo. Al tiempo de morir, podía decir a sus obispos y a sus margraves: «Más de veinte años hace que me confiasteis esta virgen de Cristo; yo la devuelvo al Señor Jesús y a vosotros, con toda la pureza de su virginidad.»



San Enrique y su esposa


                En un monasterio de Bamberg vivió durante catorce años una hermana que vestía la negra cogulla de estameña. Era la sirvienta de todas las monjas y la más humilde. Cuando la preguntaban por sus tiempos de emperatriz, ella respondía: «Dejad eso, hermanas; todas somos esposas de Cristo, y esa es nuestra mayor gloria.» Sin embargo, al tiempo de morir, mandó que la llevasen a dormir el último sueño junto a su señor y hermano, el santo emperador Enrique. Sobre él mármol fúnebre reposan todavía sus figuras, dulces y serenas en la muerte; ella, con el cetro del Imperio en la diestra; él, con la esfera coronada por la cruz. Sobre las cabezas, el brillo de las tiaras imperiales, y a los pies, mordiéndoles rabiosas el manto, las bestias del placer, que subyugaron y pisotearon.


Narración tomada de la 4ª edición del "Año Cristiano" 
de Fray Justo Pérez de Urbel, 1951



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martes, 14 de julio de 2020

ANIVERSARIO DE LA MISA DE SIEMPRE, codificada por San Pío V



             Era el 14 de Julio de 1570 cuando el Papa San Pío V promulgó la Bula "Quo primum tempore", sobre el uso a perpetuidad de la Misa Tridentina...
            "...a fin de que los Sacerdotes sepan con certeza qué oraciones deben utilizar, cuáles son los ritos y cuáles las ceremonias que deben, bajo obligación, conservar en adelante en la celebración de las Misas: para que todos acojan por todas partes y observen lo que les ha sido transmitido por la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las otras Iglesias y para que en adelante y para el tiempo futuro perpetuamente, en todas las iglesias, patriarcales, catedrales, colegiatas, y parroquiales,etc...
            Nos hemos decidido y declaramos que los Superiores, Administradores, Canónigos, Capellanes y otros Sacerdotes o religiosos de una Orden cualquiera, no pueden ser obligados a celebrar la Misa de otra manera diferente a como Nos la hemos fijado y que jamás nadie, quienquiera que sea podrá contradecirles o forzarles a cambiar de Misal..."
            La codificación que aprobara San Pío V por medio de esta Bula, no podría ser jamás abrogada.


lunes, 13 de julio de 2020

"SACRIFICAOS POR LOS PECADORES..."


                En la Aparición del 13 de Julio de 1917, Nuestra Señora quiso mostrar el Infierno a los pequeños videntes de Fátima; al final de la visión del lugar de penas eternas la Virgen les pidió:


            "Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por Tu Amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!".






                Al decir estas últimas palabras -nos cuenta Lucía Dos Santos- abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. 


                Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:


            "Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la Devoción a Mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que Yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre, de la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir eso vendré a pedir la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados


            Si atendieran Mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el Dogma de la Fe se conservará siempre, etc." (Aquí comienza la Tercera Parte del Secreto, escrita por Lucía entre el 22 de Diciembre de 1943 y el 9 de Enero de 1944.) "Esto no lo digáis a nadie. A Francisco sí podéis decírselo..." (Recordemos aquí de los tres videntes, sólo Lucía dialogaba con Nuestra Señora, Jacinta la veía y escuchaba pero Francisco, solo podía verla, de ahí que su hermana y su prima le contasen lo que había manifestado la Virgen María)


            "Cuando recéis el Rosario, decid después de cada Misterio: “Oh Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno. Lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a aquéllas que más lo necesiten..."




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lunes, 6 de julio de 2020

TRADICIONAL NOVENA en Honor de Nuestra Reina y Madre la SANTÍSIMA VIRGEN DEL MONTE CARMELO



Imagen sedente de Nuestra Señora del Carmen, conocida como "La Gran Madre",
en la Capilla de las Madres Carmelitas (Antigua Observancia) de Granada, España.


Puede acceder a la Novena tocando en los siguientes enlaces

Día 1    7 de Julio

Día 2    8 de Julio

Día 3    9 de Julio

Día 4    10 de Julio

Día 5    11 de Julio

Día 6    12 de Julio

Día 7    13 de Julio

Día 8   14 de Julio

Día 9   15 de Julio






jueves, 2 de julio de 2020

2 DE JULIO, PRIMERA APARICIÓN DE LA VIRGEN NUESTRA SEÑORA EN GARABANDAL


"Yo te bendigo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, 
porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, 
y se las has revelado a los pequeños" 

(Evangelio de San Mateo, cap. 11, vers. 25)





"Siempre es así la subida al monte Carmelo, y siempre es así también en Garabandal. 
No hay otra vida, no hay otro camino que el de la penitencia, el sacrificio y la humillación. 
Porque Garabandal es la soledad del Carmelo... es la soledad de Juan de la Cruz, 
es la soledad de Teresa de Ávila y es también la soledad de Teresita" 

(Padre Materne Laffineur, 26 de Agosto de 1970)


RELATO DE LA PRIMERA APARICIÓN
DE NUESTRA SANTA MADRE

(Tomado del "Diario de Conchita")


                Fuimos a Misa y al Rosario. El Rosario fue a las 3 de la tarde (Se trata del Rosario que cada domingo se reza en la Iglesia del pueblo y al que asisten casi todos los vecinos. Tiene lugar después de comer, generalmente). 

                Nosotras después del Rosario nos fuimos por la carretera abajo, porque ese día llegaban unos hermanos míos e íbamos a ver si venían. Son cinco kilómetros de San Sebastián a Cossío, anduvimos cuatro. Como la gente nos conocía porque íbamos las cuatro juntas y como nos habían visto en fotografías (En el comienzo de las apariciones un fotógrafo había tomado algunos clichés que se vendían en Cossío y no en San Sebastián de Garabandal). Nos paraban y nos hacían regalos, cajas de bombones, caramelos, etc. . . . muchas cosas. Ese día habían ido 10 u 11 sacerdotes, médicos, un Abad y muchos coches. 

                Como estábamos ya muy lejos del pueblo, decidimos regresar, algunos del pueblo bajaron a caballo a buscarnos. Pero una persona conocida, nos vio y nos dijo si queríamos subir que ellos nos llevarían al pueblo. Nosotras le dijimos que sí, pues mis hermanos no vinieron. Cuando llegamos al pueblo nos estaba esperando mucha gente y sacerdotes. Eran las 6 de la tarde. Nos fuimos a la Calleja a rezar el Rosario, sin llegar allá se nos apareció la Virgen con un Ángel a cada lado. Venían con Ella dos Ángeles, uno era San Miguel y el otro no sabemos. Venía vestido igual que San Miguel, parecían mellizos. Al lado del Ángel de la derecha, a la altura de la Virgen, veíamos un ojo de estatura muy grande. Parecía el ojo de Dios. 

                Ese día hablamos con la Virgen mucho y Ella con nosotras. Le decíamos todo: que íbamos todos los días al prado, que estábamos negras, que teníamos la hierba en morujos etc. . . . Ella se reía ¡como le decíamos tantas cosas! . . . Rezamos el Rosario viéndola a Ella y Ella rezaba con nosotras para enseñarnos a rezarlo bien (Como Conchita lo explicaría más tarde, al comienzo la Visión les enseñó a recitar bien el Rosario. Después la Visión decía sólo el Gloria) y cuando terminamos el Rosario dijo que se iba.





                Entonces nosotras le dijimos, que estuviera otro poquitín, que había estado muy poco. Ella se reía y nos dijo que el lunes volvería. Cuando se fue, a nosotras nos dio mucha pena. Entonces algunas personas nos iban a besar y a preguntarnos lo que nos había dicho. Otras, no lo creían porque decían que cómo la Virgen iba a hablar tanto pues le contamos muchas cosas. Pero la mayoría sí creía porque decían que era como una Madre que hace mucho que no la ve su hija y le cuenta todo. Con mayor razón nosotras que no la habíamos visto nunca y además ¡era nuestra Madre del Cielo! 

                Nos llevaron a la sacristía y un Padre que se llama Don Francisco Odriozola (1) nos preguntaba a una por una y después decía a la gente lo que nosotras le habíamos dicho. Así se terminó el día 2, Domingo, ¡día muy feliz! porque hemos visto por primera vez a la Virgen. Con Ella estamos todos, siempre que queramos. 

                 La Virgen viene con un vestido blanco, manto azul (2) corona de estrellucas doradas, no se le ven los pies, las manos estiradas con el escapulario en la derecha, el escapulario es marrón, el pelo largo color castaño oscuro ondulado, la raya en el medio, la cara alargada, la nariz alargada fina, la boca muy bonita con los labios un poquito gruesos, el color de la cara es trigueño, más claro que el del Ángel, diferente a la vez, muy bonita, una voz muy rara, no sé explicarla, no hay ninguna mujer que se parezca a la Virgen ni en la voz ni en nada. Algunas veces trae al Niño en brazos, muy chiquitín como un nene recién nacido, una carita redonda, parece el color como el de la Virgen, una boquita pequeña, el pelín un poco largo, rubio, unas manos pequeñas, un vestido como una túnica azul.




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NOTAS ACLARATORIAS

            1    Sacerdote de la Diócesis de Santander. Fue nombrado canónigo pasado ya un tiempo de comenzadas las Apariciones. Ha sido uno de los principales informadores de los Obispos que se han sucedido en la Diócesis, desde el comienzo de las Apariciones. Si creemos a las palabras del Vicario General de la Diócesis, el Canónigo Sr. Odriozola, sería el Presidente de la Comisión mencionada en la nota del 8 de Julio. Si hacemos caso al mismo Sr. Odriozola, su puesto sería el de Secretario de esa Comisión... 

            2    La manera corriente de representar a la Virgen del Carmen es con manto de color marrón. Las cuatro niñas lo conocían así. Ignoraban ciertamente que hubiera algunas representaciones de la Virgen del Carmen con el vestido blanco y el manto azul.





miércoles, 1 de julio de 2020

LA PRECIOSÍSIMA SANGRE de Nuestro Señor Jesucristo


          La piedad de los fieles dedica el mes de Julio a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en honor de la cual la Iglesia celebra el primer día de este mes una solemne fiesta litúrgica; en torno a este tema, grato a todas las almas cristianas, deseamos, pues, hablaros hoy brevemente.

          En una hora de luchas gigantescas, en que la sangre humana corre a borbotones en el mundo, ojalá pueda la contemplación de las maravillas de la Sangre Divina, derramada por puro amor y manantial inagotable de reconciliación y de paz, ser aliento para vuestros corazones y esperanza para vuestras almas.





          Adorando este Augusto Sacramento, habéis repetido muchas veces con la Sagrada liturgia: “Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium Sanguinisque pretiosi“: canta, oh lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la preciosa Sangre...


          Esta expresión, usada por San Pedro cuando escribía a los cristianos de su tiempo: “Sabed que habéis sido rescatados no a precio de cosas corruptibles de oro o de plata…, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero inmaculado e incontaminado”, no ha cesado de usarse en las oraciones devotas, como por ejemplo en el versículo del Te Deum que se recita de rodillas: “Te ergo quæsumus, tuis famulis subveni, quos pretioso sanguine redemisti“: ven pues, oh Señor, en ayuda de tus siervos, que has redimido con tu Preciosa Sangre.

              Es muy natural que todo hombre estime su sangre como un bien de gran valor, porque ésta tiene la función de transportar a los varios tejidos el material nutritivo y el oxígeno, mientras sus glóbulos blancos defienden el organismo contra las invasiones de bacterias. Uno de los primeros cuidados de los padres es, por eso, transmitir a sus hijos una sangre no alterada ni empobrecida por enfermedades internas, por contaminaciones externas o por degeneración progresiva.

             Recordad, sin embargo, que cuando vosotros llamáis a los hijos herederos de vuestra sangre, debéis referiros a algo más alto que la sola generación corporal. Vosotros sois, y vuestros hijos deben ser, brotes de una estirpe de santos, según la frase de Tobías a su joven esposa: “Filii Sanctorum sumus”, es decir, de hombres santificados y participantes de la naturaleza divina por medio de la gracia sobrenatural.

              El Cristiano, en virtud del Bautismo, que le ha aplicado los méritos de la Sangre Divina, es hijo de Dios, uno de aquellos, según el Evangelista San Juan, “que creen en su nombre; los cuales no por la sangre, ni por voluntad de la carne, ni por voluntad de hombre, sino de Dios, han nacido”.

              Por consiguiente, en un pueblo de bautizados, cuando se habla de transmitir la sangre a los descendientes, que deberán vivir y morir, no como animales sin razón, sino como hombres cristianos, es preciso no restringir el sentido de aquellas palabras a un elemento puramente biológico y material, sino, extenderlo a lo que es como el liquido nutritivo de la vida intelectual y espiritual: el patrimonio de fe, de virtud, de honor, transmitido por los padres a su prole, y mil veces más precioso que la sangre, por muy rica que ésta sea, infundida en sus venas.




           Los miembros de una familia noble se glorían de ser de sangre ilustre; y este brillo, fundado sobre los méritos de los antepasados, implica en sus herederos muy otra cosa que sólo ventajas físicas. Pero todos los que han recibido la gracia del Bautismo pueden decirse “príncipes de la sangre”, de una Sangre no solamente real, sino divina. 

              Muy diversa es la sangre humana, por el valor de su función y por su dignidad simbólica. Derramada criminalmente, grita venganza a Dios, como la de Abel. Derramada, en cambio, por caridad hacia el prójimo, constituye el mayor acto posible de amor, el que Cristo ha hecho por nosotros. Precisamente porque la sangre de las víctimas animales era incapaz para quitar los pecados del mundo, el Verbo se encarnó para ofrecerse a sí mismo al Padre en sacrificio de adoración y de expiación; en la plenitud de su libertad, ha dado su vida, ha derramado su Sangre, para el rescate de la humanidad pecadora.

              Esta efusión redentora comenzó ocho días después de su nacimiento, en el rito sagrado de la Circuncisión del Señor; continuó más tarde durante las horas dolorosas de su Pasión: en la angustia de la agonía del Getsemaní, bajo los golpes de la flagelación y la corona de espinas en el pretorio; se consumó, en fin, sobre el Calvario, donde su Corazón fue atravesado para que quedase siempre abierto a nosotros. La Sangre que Jesús derramaba así como sacrificio, y que hacía de Él el Mediador de la nueva Alianza, como dice San Pablo, “habla mejor que Abel”; aquí la voz del perdón cubre la del delito, porque el grito de misericordia y de perdón es de un Dios-Hombre.


           Renovad, por lo tanto, en vuestros corazones, queridos hijos e hijas, la saludable Devoción a la Preciosísima Sangre; la señal que ésta ha impreso en vosotros con el Bautismo, es, como bien sabéis, indeleble. En la misma naturaleza, la sangre derramada parece adherirse a las manos del delincuente, como el delito y el remordimiento se agarran a su conciencia: la poesía y el arte dramático han obtenido de esta tenaz persistencia, efectos impresionantes; y en vano Pilato se lavó ante el pueblo las manos que habían suscrito la sentencia de muerte del Justo; hasta el fin de los siglos la mancha de la Sangre divina quedará imborrable sobre su memoria: “passus sub Pontio Pilato“.

              También vosotros podéis, desde ahora y durante todo el tiempo de vuestra vida, hacer vuestro, como un grito de amor, el que fue grito de odio de los judíos: “Sanguis eius super nos et super filios nostros“; “su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

              Señor Nuestro Jesús, diréis vosotros, que has derramado Tu Sangre Preciosa por todos los pecadores: haz que se derrame en gracias de redención sobre nosotros, sobre nuestros seres queridos, y especialmente sobre los que serán, si así Te place, los herederos de nuestra propia sangre!"




Papa Pío XII