jueves, 29 de enero de 2026

CRISTO ES SACERDOTE Y HOSTIA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    Es de Fe que Cristo, Nuestro Salvador, es Sacerdote, el Sumo Sacerdote, y que Su Sacerdocio es eterno. «Tenemos un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios» (1) ; «Es Sacerdote para siempre» (2) ; «Vive siempre para interceder por nosotros» (3) . Lo mismo enseñan el Concilio de Efeso (4) y el Tridentino (5) . 

                    Cristo es Sacerdote como hombre, pues el oficio propio del Sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo; dar cosas sagradas al pueblo: dar la Doctrina Sagrada, la Gracia -mediación descendente-, y ofrecer a Dios las oraciones y el sacrificio del pueblo -mediación ascendente-. 

                    Todo esto le compete de un modo singular a Cristo en cuanto hombre, en cuanto que Su Humanidad, situada en un orden inferior a Su naturaleza divina, está unida personal o hipostáticamente al Verbo, y recibe además, como Cabeza de la Iglesia, la plenitud de la Gracia. En esto mismo se patentiza, ya que Su Sacerdocio se ordena a manifestar el amor de Dios para con nosotros. 

                    De ahí que Santo Tomás, preguntando (6) si convenía que. Cristo fuera sacerdote, cita estas palabras de San Pedro (7) : «Nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza». Así cumplió Su oficio de donar cosas santas: dio la Gracia, semilla de la Gloria o Vida eterna. En el mismo lugar Santo Tomás cita la Epístola a los colosenses (8) «Plugo al Padre que en Él -Cristo- habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas». Es, pues, Sacerdote y Mediador como hombre, siendo en este aspecto inferior a Dios. 

                    Mas aun como hombre es superior a los Ángeles, no por razón de la naturaleza, sino por la unión hipostática y por la plenitud de la Gracia y de la Gloria, ¿por qué se dice que Su Sacerdocio es eterno? 

                    Santo Tomás enseña (9)  que se dice eterno por un triple motivo: 

            1) Por razón de la unción imperecedera, es decir, por razón de la unión hipostática, a la que sigue la plenitud inadmisible de la gracia y de la gloria. 

            2) Se dice también eterno en cuanto no tuvo sucesor, sino que vive siempre para interceder por nosotros. 

            3) Por la consumación de Su Sacrificio, o sea por la perpetua unión de los hombres redimidos con Dios visto cara a cara. Este es el fruto eterno del Sacrificio del Salvador, la vida eterna. Por la cual se afirma en la Epístola a los hebreos (IX, 11) que Cristo «fue constituido Pontífice de los bienes futuros». 

                    Cristo es, finalmente, Sacerdote y Hostia, al mismo tiempo, en cuanto que Él mismo se ofreció por nosotros a Dios Padre, sufriendo la muerte. Esto es de Fe; está en la Sagrada Escritura (Eph., v, 2): «Se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave»; y en el Concilio Tridentino (Dz., 938): «Se ofreció a Sí mismo al Padre una vez en el Ara de la Cruz, sufriendo la muerte para alcanzarnos la Redención eterna (10). 

¿Cuál es el constitutivo formal del Sacerdocio de Cristo? 

                    El Sacerdocio de Cristo se constituye, según muchos teólogos, cada vez en mayor número, por la gracia de la unión hipostática. Se fundan en una triple razón: 

            - Por razón de la unión hipostática ofreció un Sacrificio de valor infinito, satisfaciendo y mereciéndonos la Vida eterna. 

            - Cristo, además, como hombre, es Sacerdote en cuanto ungido por Dios. Ahora bien: Su unción primordial es la gracia de unión. 

            - Cristo es por una misma gracia Santo y Santificador; como Santo lo es, en primer lugar, por la gracia, de unión, por la misma gracia ha de ser Santificador y Sacerdote.


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


REFERENCIAS

1 Hebr., iv, 14. 

2 Ib., VII, 3. 

3 Ib., VII, 25. 

4  Dezinger 122. 

5  Dezinger 938. 

6 III, 22, 1. 

7 II Petr., i, 4. 

8 Col., i, 19

9 III, 22, 5

10 Véase el Concilio Tridentino, Dz., 940: «Porque una misma es la Hostia (en el Sacrificio de la Cruz y en el de la Misa), uno mismo es hoy el oferente por el Ministerio de los Sacerdotes, que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, diversa únicamente la manera de ofrecerse», en cuanto que hoy la inmolación no es cruenta ni meritoria, sino aplicativa de los méritos conseguidos por su Pasión. 



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