Monseñor Antonio Serapio Pildain y Zapiain fue un Obispo combativo y bueno, completamente entregado a su grey. Nació en Lezo, un pequeño pueblo de la provincia vasca de Guipúzcoa, el 13 de Enero de 1890. Ingresó en el Seminario de Andoáin donde estudió Latín y Humanidades, y de ahí pasó al Seminario de Vitoria, donde se instruyó en Filosofía; fue un alumno brillante, obteniendo siempre las mejores calificaciones, lo que le permitió ser becado para proseguir sus estudios en Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español, donde ingresó en 1907. Allí estudió Sagrada Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, obteniendo el Doctorado en 1911, con la máxima calificación, por lo que le fue otorgado el premio Internacional al Doctorado.
Antonio Pildain fue ordenado Sacerdote el 13 de Septiembre de 1913 y tan sólo cinco años después, conseguía por oposición la canonjía de Lectoral en la Catedral de Vitoria, labor que compaginó con ser profesor del Seminario vitoriano; alcanzó mucha celebridad en toda la diócesis por su elocuencia y oratoria.
Aparte de la vocación sacerdotal, Pildain también desempeñó un papel activo en la vida política española de principios de la década de 1930, tanto que, de acuerdo con su Obispo, participó como candidato en las elecciones de 1931 y fue elegido Diputado a las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española por la minoría vasco-navarra, dentro de la coalición católico-fuerista.
El 18 de Mayo de 1936 el Papa Pío XI preconizó al canónigo Pildain como Obispo de Canarias; recibió la Consagración Episcopal en la Capilla del Colegio Español de Roma, el 14 de Febrero de 1937, por el entonces Nuncio en España y Arzobispo titular de Lepanto, Monseñor Federico Tedeschini, más tarde Cardenal, y como co-consagrantes Monseñor Bilbao Ugarriza, Obispo de Tortosa y Monseñor De los Santos Díez y Gómera, Obispo de Cartagena. El Papa Pío XI regaló al nuevo Obispo una preciosa cruz pectoral, que éste donaría, a su muerte, al Cabildo Catedral de Canarias. El Obispo Pildain hizo su entrada oficial en la Catedral de Santa Ana el 21 de Marzo de 1937, Domingo de Ramos. Pastorearía Canarias desde entonces hasta 1966, el episcopado más largo que se recuerda en esa diócesis. Le acompañaría en esta nueva etapa su querida hermana Teodora.
La enseñanza de Monseñor Pildain fue abundante y particularmente dirigida a resaltar la Doctrina Social de la Iglesia, de la que tenía un profundo conocimiento, para la protección y mejora de las condiciones de vida de los grupos sociales económicamente más desfavorecidos, atraídos por las ilusorias y horrorosas teorías comunistas.
Sobre el Comunismo, antidivino y antirreligioso, escribió en perfecta adhesión a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, siguiendo la línea de los Papas Pío XI y Pío XII, en la Carta Pastoral "Sobre el comunismo. Puntos de meditación y examen de conciencia", publicada durante la Cuaresma de 1945, donde planteó a sus lectores el dilema social y político de la época, exhortándolos a ponerse del lado de Jesucristo: "O el Catolicismo pleno, sin concesiones de ningún tipo o el Comunismo revolucionario radical. La elección no puede ser dudosa para ningún Cristiano".
Existen muchas razones válidas para recordar la figura de este excelente y poco conocido Prelado. Entre ellas, sin embargo, destaca una que hoy resulta especialmente útil para ilustrar. Se trata de la agonía que el humilde y piadoso corazón de Monseñor Pildain se vio obligado a vivir debido a la aprobación, por el Concilio Vaticano II, de la Declaración "Dignitatis humanae personae" sobre la Libertad Religiosa.
El Obispo de Canarias fue uno de los Padres Conciliares y aunque no hay constancia de que formara parte de ese grupo de Padres que, bajo el nombre de "Coetus Internationalis Patrum", buscaban frenar la ferocidad del neomodernismo, Monseñor Pildain fue uno de los mayores opositores a la Declaración sobre la Libertad Religiosa. Al respecto dice su biógrafo, el Rvdo. Agustín Chil Estévez:
"A la minoría que se oponía a la Libertad Religiosa pertenecía Monseñor Pildain, quien trabajó con todas sus fuerzas y argumentos para mostrar lo que era inaceptable en esta Declaración... De todos los temas tratados en el Vaticano II, este (la Libertad Religiosa) debió ser el que más hizo trabajar y sufrir al Obispo de Canarias. Todas las sesiones en las que se trató este tema debieron ser un auténtico Vía Crucis para él".
La aprobación final de la "Dignitatis humanae personae" causó al Obispo Pildain gran pesar y un profundo desconcierto. Este Obispo ejemplar, tan celoso en la práctica de la virtud, se sorprendió de que la Iglesia (de hecho, él creía que Pablo VI era el verdadero Papa y que el Vaticano II era un verdadero Concilio Ecuménico) aceptara y adoptara la doctrina contenida en ése documento.
Para representar esta importante y terrible circunstancia en la vida de Monseñor Pildain, recurro al testimonio de Monseñor José María Cirarda de Lachiondo, que en el tiempo del “Concilio” era Obispo auxiliar del Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, pero que conocía a Monseñor Pildain desde su más temprana juventud. He aquí la historia de Monseñor Cirarda de Lachiondo:
El 7 de Diciembre de 1965, conduje con el Obispo Pildain desde el Colegio Español hasta la Basílica de San Pedro para la sesión final de trabajo. El día anterior, se habían celebrado varias votaciones sobre varios documentos conciliares. Entre ellos, la declaración "Dignitatis humanae" sobre la Libertad Religiosa. Mientras conducíamos, el Obispo Pildain me dijo, casi textualmente:
-Si esta Declaración se aprueba hoy, regresaré a Canarias, subiré al púlpito con mi mitra y báculo, y les diré a mis Fieles: "El Concilio Vaticano II enseña algo diferente de lo que he explicado en diversas Cartas Pastorales sobre la libertad religiosa. No hagan caso de lo que he enseñado. El Concilio tiene razón".
Me impresionó la lucha interna que afligía al buen Don Antonio, y respondí: "No diga eso. Debe considerar que una curva es cóncava o convexa según el punto de vista desde el que se mire. En sus escritos, hablaba del derecho a la verdad. El Concilio, sin embargo, ha cambiado de perspectiva y habla del derecho de cada uno a actuar según su propia conciencia".
-No- respondió con firmeza. -No quiero escandalizarte. Pero si el Concilio aprueba el texto tal como está hoy, significa que defiende lo contrario de lo que enseñé. No lo entiendo.
Ante la pregunta, me atreví a hacerle una pregunta: "¿Por qué vuelve a usar el condicional "si el Concilio aprueba esta Declaración?". Sin duda, será aprobada hoy. Ayer, en la sesión a la que no asistió el Papa, solo recibió unos cien votos en contra. Hoy será aún menos contradicha. ¿Por qué sigue hablando en condicional "si se aprueba la Declaración…?".
Su respuesta me dejó casi petrificado. Hablo en condicional -me dijo-, porque ayer presenté un texto al Secretariado del Concilio, que empezaba: "Utinam ruat cupulla Sancti Petri super nos antequam approbemus Declarationem De Libertate Religiosa…" (Ojalá se derrumbe la cúpula de San Pedro sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración de la Libertad Religiosa…). Son las ocho y media de la mañana y aún puede pasar cualquier cosa. Hizo una pausa y añadió: —Don José María: No quiero escandalizarle. Tenga la seguridad de que si se aprueba la Declaración, volveré a Canarias, subiré al púlpito y, como le dije antes, le diré a mi pueblo: el Concilio enseñó una doctrina diferente a la que yo enseñé sobre la Libertad Religiosa. Me equivoqué. No hagan caso de lo que enseñé. El Concilio tiene razón.
La Declaración fue aprobada y Don Antonio cumplió su promesa... Murió sin comprender la doctrina conciliar sobre la Libertad Religiosa. Pero pidió a los Fieles que escucharan el Vaticano II y no lo que decían sus cartas pastorales anteriores .
El mismo Monseñor Cirarda, en otro lugar, especifica que en la misma ocasión Monseñor Pildain le dijo: "Estoy convencido de que la Declaración sobre la Libertad Religiosa es un grave error. "¿Por qué?", le pregunté. "Porque la Iglesia siempre ha enseñado lo contrario", sentenció Monseñor Pildain.
Las palabras dirigidas por el Obispo de Canarias a la Secretaría General del Concilio ("Que la cúpula de San Pedro se derrumbe sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración sobre la Libertad Religiosa...") son escalofriantes. Es una imagen que capta la dimensión precisa de lo que sucedía en el mundo durante los días de la aprobación de la "Dignitatis Humanae" y la promulgación del desafortunado concilio conocido como Vaticano II. La Iglesia no cesó, pero la vacancia de la Sede de Pedro, que ha perdurado desde entonces, se convirtió en una certeza.
Sin duda, el Obispo Pildain se equivocó al pensar que una doctrina contraria a la que siempre ha enseñado la Iglesia podía provenir de la propia Iglesia, con todo lo que ello implica en cuanto al reconocimiento de una autoridad pontificia a Pablo VI que ciertamente no poseía. Sin embargo, por otro lado, nunca adoptó posturas lefebvristas destinadas a comprometer la Doctrina Católica sobre la Infalibilidad de la Iglesia y del Papa.
La evidencia de su buena fe, unida a la franqueza de su firme negativa a admitir la continuidad de la nueva enseñanza sobre la Libertad Religiosa, promulgada por el Vaticano II, con lo que la Iglesia siempre había propuesto a los Fieles, es conmovedora y digna de reflexión, especialmente para quienes persisten, incluso hoy, en el desesperado intento de cuadrar el círculo. Es decir, creer, o intentar hacer creer, que la doctrina contenida en la Declaración Conciliar sobre la Libertad Religiosa concuerda con la Doctrina tradicional sobre la misma materia.
Nadie habría podido borrar de la mente del Obispo Pildain la conciencia de esa contradicción. Sin duda, su dolorosa experiencia nos entristece y nos anima a la vez, pues refuerza -si es que hacía falta- la certeza de que el Vaticano II, al proponer su doctrina sobre la Libertad Religiosa, se aparta de la Doctrina de la Iglesia, contradiciéndola irremediablemente.
A la decisión que todo Católico está llamado a tomar hoy ante las "novedades del Concilio" y la "era postconciliar", se podría aplicar la misma exhortación que el Obispo de Canarias dirigió a sus Fieles para alejarlos lo más posible del comunismo: o el Catolicismo pleno, sin concesiones, o las doctrinas mortíferas de los "Papas" Montini, Wojtyla, Ratzinger, Bergoglio, Prevost... No hay lugar a dudas.



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