A mi corazón de Sacerdote le basta saber que tuve una Parroquia de 20.000 almas a mi cargo, que por la salvación de esas almas, no regateé sacrificios ni industrias de celo, y que sin embargo, mi Parroquia no acabó de llenarse de hijos suyos, ni aun los Domingos. Ese era el gran problema de mi vida sacerdotal, el bocado amargo que siempre estaba probando, mi pesadilla cuando dormía y mi preocupación despierto, era lo que ponía mis días tristes y lo que nublaba todas mis alegrías, mi gran contrariedad, lo que me hacía sentir despiadadamente el peso de mis pecados, y la ausencia de la Santidad a que estoy llamado, eso es lo que hasta me sacaba los colores de la vergüenza a la cara: ¡mi Parroquia desierta muchas veces, casi desierta otras, y llena nunca, y las tabernas y los casinos de mi Parroquia rebosando gente!
Y como yo sé que esa es también la gran pena, la gran contrariedad, el gran problema de la mayoría de mis hermanos los Sacerdotes, yo os invitaría a que os vinierais conmigo en espíritu al Sagrario de aquella mi Parroquia y, si vuestra paciencia no lo llevara a mal, escucharíais lo que el Cura de aquella Parroquia le decía al Amo suyo y de todas sus cosas. En una conversación que poco más o menos versa sobre estos tres puntos: ¡Que по vienen! ¿por qué no vendrán? ¿cómo vendrían?.
Sigue preguntándose y preguntando al Huésped de su Sagrario el Cura aquel. Y después de hacer un recuento de obras de atracción realizadas por él o por otros, de estudiar sobre el terreno con todo el desapasionamiento posible las causas de esa aversión, antipatía o desgano de Iglesia que caracteriza a las gentes de nuestro tiempo, el Cura de mi Sagrario sacaba esta consecuencia: los hombres han perdido el apetito espiritual. ¿Por qué?. Porque se les ha hecho pasar mucha hambre y el hambre cuando es excesiva trae la inapetencia y hasta la repulsión de los alimentos. ¡Hambre de qué!. Hambre de Vida intensamente Cristianа.
Nos hemos extasiado muchas veces ante nuestros templos rebosando gentes, nuestras procesiones recibiendo homenajes y aclamaciones populares; nos hemos recreado quizás demasiado en el título de Católica de nuestra España, en el carácter de oficial de nuestra Religión en España, en las gloriosas acciones de nuestra Católica Historia, en nuestros Católicos Antepasados y, mientras nuestro espíritu se entretenía en esos arrobamientos y nuestras manos en aplaudir nuestra Fe Tradicional y nuestra boca en alabarla, no echábamos de ver que ese pueblo cuya Fe tanto aplaudíamos estaba casi а cuarta ración de alimento espiritual.
Como que el espíritu de ese pueblo no recibía más alimento que un sermón de cuando en cuando, quizás más aplaudido y elocuente que entendido y practicado, una Misa de doce, quizás más elegante que devota, unas funciones con más luces y flores que unción y recogimiento, una Caridad de más apariencia que fondo y con más filantropía laica que virtud cristiana. Más aún a ese pueblo ha oído poco o casi nada el Evangelio, y ha tenido como un misterio (revelable sólo los iniciados) el conocimiento y la práctica de la Piedad, ese pueblo ha olvidado o no ha aprendido el Catecismo, ha pasado a sus niños por las escuelas seis o siete años sin que se les diera de comulgar más que una sola vez y eso cuando la aparición de las picardías del niño anunciaba el uso de razón...
A ese pueblo, sobre todo, y la pena más amarga anuda mi garganta al tocar este punto, a ese pueblo se le dejó perder el hábito del Sagrario. El Sagrario dejó de ser el Nido de Amores, el Alcázar de la Dicha, la Sala del Festín, la Casa Solariega de los Cristianos, y se fue trocando poco а poco en casa, muy respetable es verdad, pero tan aislada como respetable y tan inaccesible como aislada. Yo no sé el que se haya hecho jamás más daño a la Vida Cristiana como con este retirar de su circulación Sagrario.
El Cristianismo es el Sagrario, y, aunque ésta no sea la ocasión de demostrarlo, vosotros afirmaréis conmigo que el Sagrario en nuestra Religión no es un remate más o menos airoso de sus cimas, ni un broche de oro que lo cierra, ni una de las instituciones que lo embellecen, sino que la Eucaristía, el Sagrario es todo el Cristianismo, es el Principio, Fin y Razón de ser de sus Dogmas y su Moral, de sus sacrificios y de sus virtudes, de sus bellezas y de sus milagros...
Yo no puedo pensar qué sería un Cristianismo sin Eucaristía, porque Su Fundador no quiso que lo hubiera; pero sí digo que el actual Cristianismo todo es con, por y para la Eucaristía, y sin Ella, no titubeo en decirlo, el Cristianismo es nada, de tal modo que puede formularse esta regla cierta; a más frecuencia de Sagrario más Cristianismo: a menos Sagrario menos Cristianismo.
Pues bien, el pueblo aquel que llenaba nuestros templos y dejó de frecuentar el Sagrario, llegó olvidar prácticamente que el Sagrario era sobre todo la grande e insustituible Casa de Comida de las Almas y a persuadirse de que era sólo lugar de recreo o tribunal para premiar a los Santos o Trono altísimo de la Majestad de Dios y terminó por dejar solo el Sagrario para los Santos o para los que quisieran andar por caminos más estrechos. Nuestro pueblo llegó a creerse, prácticamente menos, que podía conservarse en un Cristianismo regular y de modestas pretensiones sin Sagrario, sin mucho Sagrario. ¡Qué error!. Como si se pudiera vivir sin comer!.
en su obra "Aunque todos...yo no", editada en 1938

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