La Semana Santa se está aproximando y es el momento de hacer una reflexión al respecto. Cada uno debe colocarse a solas frente al Crucifijo, frente a la imagen de la Dolorosa, y olvidarse del mundo entero. Ante Dios, hacerse esta pregunta: ¿soy consciente de lo que costó mi salvación?, ¿tengo idea siquiera de los dolores que costaron todas las gracias que he recibido?, ¿tenía idea de que en lo alto de la Cruz Nuestro Señor Jesucristo pensó nominalmente en cada hombre, desde el comienzo hasta el Fin del Mundo?. Por lo tanto, ¿que yo pasé por Su Mente Divina, con un pensamiento de Misericordia, de Bondad y de Salvación?.
Él vio mi alma, vio mi persona. Él amó mi ser, creado por Él, y se inmoló en un Acto de Amor, porque quiso mi salvación. ¿Tenía idea de que mi salvación costó todo eso?, ¿he pensado en el modo por el cual yo he correspondido a ello?, ¿he pensado en lo que ha sido mi ingratitud?. ¡Cuántas faltas cometidas, muchas veces por imprudencia, simplemente porque no quise evitar una ocasión de pecado, porque no quise hacer una pequeña mortificación!. Al pecar, cogí la Sangre de Cristo y la arrojé en una zanja. Sangre Preciosísima derramada por mí; y, a pesar de ello, yo me expongo a la perdición. Y Dios aún me tolera en esta vida, me soporta y me espera con nuevas gracias, aún mayores que aquellas gracias que yo había recibido.
Una vez más, estamos ahora en la proximidad de la Semana Santa, una ocasión de gracias. El Costado de Nuestro Señor Jesucristo está abierto, derramando Misericordia para mí y llamándome a la contrición, a la penitencia, a la reconciliación magnífica con Dios. Hay una efusión de bondad y de cariño, como yo jamás podría imaginar. En Semana Santa mi primera preocupación debe ser la de pensar en mi alma. Pensar sin temor, sin pánico, porque Dios es Padre de Misericordia y la Santísima Virgen es Madre y el Canal de todas las Misericordias. Pensar con seriedad, pensar a fondo. Colocarme ante la Sangre de Cristo que corre y evaluar qué hice con esa Sangre.
“¿Qué utilidad tuvo Mi Sangre?”
Nuestro Señor se hizo esta pregunta y fue uno de Sus mayores sufrimientos: Quae utilitas in Sanguine Meo? (Sal. 29, 10). En último análisis, "¿de qué sirvió Mi Sangre?". Él pensó en tantas almas que habrían de pisotear Su Sangre. Livianamente, estúpidamente, por una niñería, por una bagatela. Por la carcajada de una criada, como en el caso de San Pedro. Por treinta monedas, como Judas. Por pereza, por ganas de dormir, como los otros Apóstoles. ¡Por miedo, por oportunismo, por sensualidad, por cuántas cosas las almas habrían de negarlo!.
Nuestro Señor tuvo en vista nuestra época y la Santísima Virgen también. Tuvo en vista todas las traiciones de nuestros tiempos, todos los abandonos, todo cuanto las almas sacerdotales le hicieron sufrir. Si el pecado de cualquier hombre hizo sufrir tanto a Nuestro Señor, ¿cuánto lo haría sufrir el pecado de los propios miembros de la Santa Iglesia?.
David, en el Libro de los Salmos, tiene esta queja con relación a uno que le hizo mal: “Si fuera mi enemigo el que me agravia, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí, me ocultaría de él. ¡Pero eres tú, un hombre de mi condición, mi amigo y confidente, con quien vivía en dulce intimidad: juntos íbamos entre la multitud a la casa del Señor!” (Sal. 54, 13-15).
Toda nuestra época fue vista por Él, pero vista también con Amor. Por el fruto de esa Sangre infinitamente Preciosa, habría de brotar una gracia especial para algunos que son tan malos como otros -y a veces peores que otros, pero que, por esa gracia especial, fueron llamados para ser fieles en esa hora de infidelidad- para ser de aquellos que están junto a la Cruz, como San Juan Evangelista, junto a la Ortodoxia, junto a la Verdadera Doctrina, en una hora en que todo el mundo la abandona. Son aquellos que comprenden el Martirio de la Iglesia, la tragedia de la Iglesia corroída internamente por el Progresismo y entregada a sus peores adversarios. Ésos fueron llamados para luchar por Ella, para comprender su dolor, meditar sobre ese dolor y vivir ese dolor: el dolor de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana en nuestros días.
Doctor Plinio Corrêa de Oliveira


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.