jueves, 14 de mayo de 2026

LA GLORIOSA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR


Et ascendit in Coelum:
sedet ad dexteram Patris

Del Credo de Nicea


                  En el Monte de los Olivos, donde había iniciado Su Pasión, Nuestro Señor, en presencia de Su Santísima Madre y los Apóstoles, después de haberles dado Su Bendición, se elevó a los cielos donde entró para posicionarse de Su Gloria, sentado a la diestra del Padre.

                  La Ascensión de Cristo es también la nuestra, porque así como entró en el Cielo, seguido del ejército de Patriarcas y Profetas y todos los Santos y Justos del Antiguo Testamento, siendo Él nuestra cabeza  y nosotros miembros de Su Cuerpo Místico, hemos de estar seguros de que, correspondiendo a Sus Auxilios, nos admitirá en Su compañía en el Paraíso.

                 Nota característica de esta Fiesta, una de las más antiguas de la Liturgia, es la ceremonia de apagar el Cirio Pascual al terminar el Evangelio, significando visiblemente que Jesucristo, cuya mística representación ostentaba dicho Cirio, se ha ausentado ya de nosotros.



                    Jesús: “Sed todos benditos en este adiós, e invoco del Padre la recompensa para quienes consolaron al Hijo del hombre en su doloroso camino. Bendita sea la Raza humana en esa porción selecta suya, que está en los judíos y está en los gentiles, y que se ha manifestado en el amor que ha tenido hacia Mí. Bendita la Tierra con su hierba y sus flores, con sus frutos que deleitaron mi paladar y me dieron fuerzas. Bendita la Tierra con su agua y sus encantos, por sus pajarillos y animales que muchas veces fueron mejores que el hombre en consolar al Hijo del hombre. ¡Bendito, tú, sol, y tú mar, y benditos vosotros, montes, llanuras! ¡Benditas vosotras, estrellas, que fuisteis mis compañeras en mis horas de oración y dolor! ¡Tú, luna, que me alumbraste cuando caminaba cual peregrino en busca de almas, a quienes evangelizar! ¡Sed benditas todas, todas vosotras criaturas, obras de mi Padre, compañeras mías en esta hora mortal, amigas de quien dejó el Cielo para arrancar de la Raza humana los cardos de la Culpa que separa a Dios! ¡Sed benditos también vosotros, instrumentos inocentes de mi tortura: espinas, clavos, madero, cuerdas trenzadas porque me ayudasteis a cumplir la voluntad de mi Padre!”.

                    ¡Qué voz la de Jesús! Se esparce por el aire tibio y sereno como el sonido de bronce golpeado; se propaga en ondas sobre el mar de caras que le miran desde todas las direcciones. Estoy segura que son centenares de personas que rodean a Jesús, que sube con los más predilectos hacia la cima del monte de los Olivos. Cuando llega al campo de los Galileos, en que no se ve en este tiempo ninguna de sus tiendas, dice a los apóstoles: “Ordenad a la gente que se detenga donde está, y luego seguidme”.

                    Sigue subiendo, hasta la cima del monte, el lugar más próximo a Betania, y no de Jerusalén, cima que domina todo. Cerca de Él están su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Marziam. Abajo, en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.  Jesús está en pie sobre una gran piedra, que sobresale un poco y que muestra su blancura entre la verde hierba. El sol, al tocar sus vestiduras, las hace resplandecer como nieve, y hace brillar sus cabellos como si fueran de oro. Los ojos despiden luz divina. Abre sus brazos en señal de abrazo. Parece como si quisiera estrechar a todas las gentes de la Tierra que su espíritu ve representadas en esa pequeña multitud. Con esa voz que no puede jamás olvidarse, da su última orden: “¡Id! ¡Id en mi nombre a evangelizar a los pueblos hasta los últimos confines de la tierra!  Dios estará con vosotros. Su amor os consolará, su luz os guiará, su paz estará entre vosotros hasta la vida eterna”. 

                    Se transforma en belleza. ¡Hermoso!. Mucho más bello que cuando en el Tabor. Todos caen de rodillas adorándole. Mientras se va elevando, busca una vez más el rostro de Su Madre, y la sonrisa que despide es tal que nadie podrá imaginar… Es Su último adiós a Su Madre. Sube. Sube… El Sol, aún más libre para besarle, porque nada se interpone -ni siquiera la más pequeña hoja-  a sus rayos, que besan al Dios-Hombre que sube con Su Cuerpo Santísimo al Cielo, y descubre Sus Llagas gloriosas que resplandecen como rubíes brillantísimos. El resto es un mar de luz. Es verdaderamente la Luz con que quiere mostrar lo que en realidad es. La Creación se regocija con la luz del Mesías que sube. Una luz que supera a la del Sol. Luz sobrehumana y bienaventurada. Luz que baja del Cielo al encuentro de la que sube… Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece de la mirada de los hombres en medio de este océano de resplandores… En la tierra, dos gritos se escuchan en medio de un religioso silencio: el de María, cuando lo ve desaparecer, es “¡Jesús!”, y el que precede al llanto copioso de Isaac… Los otros se quedan como mudos en medio de un religioso éxtasis, así siguen hasta que vienen a sacarlos de él, dos luces angelicales, en forma mortal, que les dicen las palabras que se leen en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. 


Extraído de "El Evangelio como me ha sido revelado"
de la mística María Valtorta, 24 de Abril de 1947



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