jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTIMA DEL FUEGO DE LA CARIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    En orden a la vida espiritual, se ha de insistir en la dignidad del Sacerdocio de Cristo, la que se manifiesta inmediata y concretamente considerando que fue y es siempre y al mismo tiempo Sacerdote y Hostia. Se lee en la Epístola a los de Éfeso (v, 2): «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave». 

                    ¿Por qué fue y será siempre Sacerdote y Hostia al mismo tiempo?. Porque ninguna otra hostia era digna de Su Sacerdocio. Fue una Hostia perfectísima de infinito valor, como la Oblación del Sacrificio de la Cruz era subjetivamente de valor infinito por parte de la persona del Verbo. Aún más: fue Hostia en un triple aspecto: Hostia por el pecado para la remisión de los pecados, Hostia pacífica para la conservación de la Gracia, Hostia de Holocausto para redimir las almas y unirlas perfectamente con Dios en la Gloria... 

                    Cristo, es cierto, no se dio muerte a Sí mismo; consintió voluntariamente el ataque de sus enemigos, pudiendo rechazarlos fácilmente, como acaeció al derribarlos en tierra en el Huerto de Getsemaní. Él había dicho: «Nadie Me quita la vida; Soy Yo quien la doy de Mí mismo» (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 18). 

                    Dice Santo Tomás que el fuego que abrasó esta Víctima fue el ardor de la Caridad, cuyo origen era el Cielo; poco después se manifestó sensiblemente -por la gloriosa Ascensión y Resurrección- que Dios Padre aceptaba la Víctima ofrecida. Ha de notarse que la muerte voluntaria de Cristo difiere de la de los Mártires, en cuanto que fue un sacrificio verdadero en su sentido propio. Cierto que la muerte de los Mártires es voluntaria, pero causada por heridas mortales, no tienen libertad de dar o retener la vida; Cristo, por el contrario, podía, por un milagro, no morir, aunque las heridas fueran mortales; podría haberlo querido si el Querer del Padre no le señalase morir por nosotros. Además, que no todos los Mártires son Sacerdotes. Por tanto, su sacrificio no es un sacrificio propiamente tal, ofrecido por un Sacerdote. Cristo, pues, se ofreció como Víctima primero en la Cena, incruentamente, bajo las especies de pan y de vino, luego en la Cruz en Su propio Cuerpo, cruentamente. 

                    Pero, aun cuando no se hubiera celebrado la Cena, Su Muerte voluntaria en la Cruz sería un Verdadero y Perfecto Sacrificio, y no una parte sólo del sacrificio. En la crucifixión hubo no sólo inmolación cruenta, sino incluso oblación interna y externamente manifestada, principalmente en aquellas últimas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo Mi Espíritu»; «todo se ha cumplido» (Evangelio de Lucas, cap. 23, vers. 46). El efecto de este sacrificio es la expiación de nuestros pecados: «Tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Profeta Isaías, cap. 53, vers. 4).


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



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