martes, 13 de enero de 2026

EL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, según los escritos de la mística María Valtorta. Doctrina tradicional sobre el Santo Bautismo

 


                    ...estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino solo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas. Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu...

                    Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto… ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos! Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

                    Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud. Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol. Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce, Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. 

                    Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos —es el único parecido— son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, vestido sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); la poca barba, negra y rala, que le cubre casi todo el rostro, no impide que se noten sus carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos vivaces; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados descarnados y dejando al descubierto el costado derecho cuya piel está tostada por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

                    Juan, después de haberle mirado atentamente con su ojo penetrante, exclama: “He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?”. Jesús responde lleno de paz: “Para cumplir el rito de penitencia”. Juan: “Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a Ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?”. Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: “Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito se convierta en el inicio de otro misterio mucho más alto y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo”.  Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica, y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada. Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en la pureza de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada. 

                    Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor. Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y solo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera. 


Escrito el 3 de Febrero de 1944


LA DOCTRINA TRADICIONAL
SOBRE EL SANTO BAUTISMO


                       "Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…" Concilio de Trento, Sesión 6

                      "Si alguno dijere que el Bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema..." Papa Paulo III, Concilio de Trento

                      "El primer lugar entre los Sacramentos lo ocupa el Santo Bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del Cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos...’ Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Bula "Exultate Deo", Noviembre de 1439

                     "Igualmente profeso, que el Bautismo es necesario para la salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención...” Papa Benedicto XIV, Encíclica "Nuper ad nos", Marzo de 1743

                      "...para entrar en este Reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la Fe y el Bautismo, Sacramento este que, si bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la regeneración interior..." Papa Pío XI, Encíclica "Quas primas", Diciembre de 1925

                       "Cristo también determinó que por el Bautismo, los que creyeren serían incorporados en el Cuerpo de la Iglesia... entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la Verdadera Fe" Papa Pío XII, Encíclica "Mystici Corporis", Junio de 1943




EL CATECISMO Y EL BAUTISMO


                 ¿A quién pertenece administrar el Bautismo?  Administrar el Bautismo pertenece por derecho al Obispo y a los párrocos; pero, en caso de necesidad, cualquier persona puede administrarlo, sea hombre o mujer, y aun hereje o infiel, con tal que cumpla el rito del Bautismo y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. 

                 ¿Quién deberá administrar el Bautismo cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes?  Cuando hay necesidad de bautizar a quien está en peligro de muerte y se hallan muchos presentes, debe bautizar el sacerdote si lo hay; en su ausencia, un eclesiástico de orden inferior; en ausencia de éste, el varón seglar con preferencia a la mujer, si ya la mayor pericia de la mujer, o la decencia, no demandasen otra cosa. 

                 ¿Qué intención debe tener el que bautiza?  El que bautiza debe tener intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar.

                 ¿Cómo se administra el Bautismo?  Se administra el Bautismo derramando agua sobre la cabeza del bautizado o, si no se puede en la cabeza, en otra parte principal del cuerpo, y diciendo al mismo tiempo: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Quedaría bautizada la persona si uno vertiese el agua y otro dijese las palabras? Si uno vertiese el agua y otro pr onunciase las palabras, no quedaría la persona bautizada, porque es preciso que sea el mismo el que vierta el agua y el que pronuncia las palabras. 

                 Cuando se duda si la persona está muerta, ¿hay que dejar de bautizarla?  Cuando se duda si la persona está muerta, hay que bautizarla condicionalmente, diciendo: “Si estás vivo, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

                 ¿Cuándo hay que llevar a los niños a la Iglesia para que los bauticen?  Hay que llevar a los niños lo más pronto posible a la Iglesia para que los bauticen. 

                 ¿Por qué tanta prisa en bautizar a los niños?  Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo. 

                 ¿Pecarán, pues, los padres y las madres que por negligencia dejen morir a sus hijos sin Bautismo o lo dilatan?  Si, señor; los padres y madres que por negligencia dejan morir a los hijos sin Bautismo, pecan gravemente porque les privan de la vida eterna, y pecan también gravemente dilatando mucho el Bautismo, porque los exponen al peligro de morir sin haberlo recibido. 

                 ¿Qué disposiciones ha de tener el adulto que se bautiza?  El adulto que se bautiza ha de tener, además de la fe, intención de bautizarse, dolor a lo menos imperfecto de los pecados mortales que hubiere cometido, y suficiente instrucción religiosa. 

                 ¿Qué recibiría el adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados?  El adulto que se bautizase en pecado mortal sin dolor de los pecados, recibiría el carácter del Bautismo, más no la remisión de los pecados ni la gracia santificante. Estos efectos quedarían en suspenso hasta que quitase el impedimento con el dolor perfecto o con el sacramento de la Penitencia.

                  ¿Es necesario el Bautismo para salvarse?  El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, habiendo dicho expresamente el Señor: El que no renaciere en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el Reino de los Cielos.

                 ¿Puede suplirse de alguna manera la falta del Bautismo?  La falta del Bautismo puede suplirse con el Martirio, que se llama Bautismo de sangre, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición que vaya junto con el deseo al menos implícito del Bautismo, y este se llama Bautismo de deseo. 




CATECISMO MAYOR
Prescrito por San Pío X el 15 de Julio de 1905

domingo, 11 de enero de 2026

FESTIVIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA


Según el Calendario Tradicional, 
el siguiente Domingo a la Epifanía, 
la Santa Iglesia Católica celebra la 
Fiesta de la Sagrada Familia: 
Jesús Infante, María Santísima 
y el Patriarca San José




                    Esta Fiesta de la Sagrada Familia no es tan antigua, pues fue el Papa León XIII quien en 1893 la concedió para ciertas diócesis y finalmente, en 1921, el Papa Benedicto XV la extendió a la Iglesia Universal, y busca la Iglesia con esta Fiesta casi al final de la contemplación de los Misterios alrededor del Nacimiento del Señor y los comienzos de Su Vida Pública, que oficialmente cerraremos con la conmemoración del Bautismo del Señor (la reforma litúrgica de Pío XII en 1955 fijó dicha celebración en el 13 de Enero). 

                    Es muy necesario recordar todos los años este gran modelo de la Sagrada Familia, en el que nunca han dejado de inspirarse las familias cristianas, ya que Jesús, María y José, en la humilde casa de Nazareth, son ejemplo de la Santidad más grande en medio de las condiciones de vida más sencillas.

                    Comienza el Introito de la Misa de este día con las bellas palabras del libro de los Probervios (23, 24-25): Exsúltat gáudio Pater Justi, gáudeat Pater tuus et Mater tua, et exsúltet quae genuit te. (Salte de júbilo el Padre del Justo, alégrense tu padre y tu madre, y regocíjese la que te dio a luz). Y lo corona bellísimamente con las palabras del Salmo 83,: Quam dilécta tabernácula Tua, Dómine virtútum! Concupíscit et déficit ánima mea in átria Dómini (¡Cuán deseables son Tus moradas, Dios de los ejércitos! Suspira y desfallece mi alma por morar en los atrios del Señor.)

                    La Epístola de San Pablo a los Colosenses (3, 12-17) busca recordarnos que la atmósfera de una vida profundamente cristiana especialmente en el ámbito familiar se debe componer de bondad, caridad, comprensión mutua, oración, acción de gracias y alegría en el Espíritu Santo.

                    El verso del Aleluya, tomado del Profeta Isaías (45,15) "Verdaderamente eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador", sirve muy propicio de antesala a la lectura del Evangelio de San Lucas (2, 42-52) que nos narra el pasaje de la subida a Jerusalén de la Sagrada Familia cuando Jesús tenía 12 años, en que sobresale el hecho que Jesús consciente y fiel cumplidor de la misión que le había encomendado su Padre, no deja de someterse humildemente a Nuestra Señora la Virgen María y San José.



                    Dice el Gradual de la Misa: "Una sola cosa pido al Señor y deseo ardientemente: morar en la casa del Señor todos los días de mi vida" (Salmo 26,4). Quiera Dios concedernos este deseo; pero ¿cómo? Pues se me ocurre que podríamos hacer todo lo que esté de nuestra parte para que en nuestro hogar se vivan todos estos sentimientos que la liturgia ha presentado como ideal de vida cristiana, de los que nos sirven de ejemplo los Miembros de la Sagrada Familia, de ese modo nuestras casas, también con todo derecho podrían llamarse Casa del Señor y podríamos con toda confianza repetir: Felices Señor, los que habitan en tu casa; por los siglos de los siglos te alabarán” (Salmo 83,5).

                    Pidamos estas gracias con las palabras de la colecta de la Misa:

                    "Señor Nuestro Jesucristo, que sujeto a María y a José, consagraste la vida de familia con inefables virtudes; haz, que, con el auxilio de ambos, nos instruyamos con los ejemplos de Tu Sagrada Familia y alcancemos Tu eterna compañía. Tú que vives y reinas con Dios Padre, en Unidad del Espíritu Santo y eres Dios por todos los siglos de los siglos. Amén."

                    Feliz Domingo y Fiesta de la Sagrada Familia.



sábado, 10 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de las vírgenes


"¡Oh, qué hermosa es la casta generación con gloria! 
¡Pues su memoria es inmortal! Llegó a ser conocida 
tanto por Dios como por los hombres" 

Libro de la Sabiduría, cap. 4, vers. 1


                    La Iglesia nos enseña que la vida cristiana es una penitencia perpetua a la que todos debemos someternos para expiar nuestros pecados. Nuestro divino Redentor mismo nos inculcó esta gran verdad cuando dijo: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente».

                    El objetivo de la penitencia es, en primer lugar, llevarnos a abstenernos, en la medida que la razón y la fe lo exijan, del deseo desmesurado de placer sensual, al que tiende nuestra naturaleza caída. Tan fuerte es esta inclinación, que siempre corremos el peligro de caer en el abismo del vicio. ¡Cuántos cristianos, por desgracia, al dejarse llevar por su imaginación desenfrenada, pierden el alma y el cuerpo a la vez!

                    Por lo tanto, la Santa Iglesia nos impone la obligación del ayuno, recordándonos las ventajas que se derivan de esta saludable práctica. El ayuno, en efecto, «reprime los vicios, eleva nuestros pensamientos al cielo, facilita la práctica de la virtud y es una fuente constante de mérito».

                    Procuremos apreciar como es debido la mortificación cristiana, que nos procura tantas y tan grandes ventajas para el tiempo y la eternidad.

                    Como María no estaba manchada por el pecado original, no experimentó en sí misma esta inclinación desordenada a los placeres de los sentidos, nefasta consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. Llena de gracia, mantuvo siempre el justo equilibrio de las facultades de su alma. Ejecutó todas sus acciones con facilidad y deleite, sin necesidad de recurrir a la violencia consigo misma para preservar el equilibrio de sus facultades que exigen la razón y la ley de Dios.

                    Sin embargo, María se sometió voluntariamente a la ley de la penitencia y la mortificación, negándose aquellos placeres que otros suelen buscar con un anhelo insaciable. Su vida fue una larga serie de privaciones y abnegaciones. Su ayuno y abstinencia fueron continuos. Solo se permitía lo necesario para mantenerse con vida y nada más. Mortificaba todos sus sentidos, de modo que sería difícil decir en qué tipo de mortificación en particular sobresalía: en la modestia de la mirada, en la humildad de su semblante, en la parsimonia de sus palabras o en la dignidad de sus gestos.

                    Era natural, entonces, que su Esposo Celestial encontrara en ella todo su deleite. Y como fruto de esta templanza, María adquirió una extraordinaria facilidad para conversar familiarmente con su Bienamado, una alegría celestial que se reflejaba en su rostro, una belleza virginal que irradiaba de toda su presencia, algo tan indescriptiblemente dulce y majestuoso, que le daba un aspecto más divino que humano: "¡Qué hermosa eres, mi amor, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son como ojos de paloma, sin importar lo que escondes en tu interior!"

                    La virtud de la templanza es necesaria para el cristiano que quiere vivir conforme a la ley de Dios. Cuando esta virtud falta, el espíritu se vuelve esclavo de la carne. Ya no puede disfrutar de las cosas divinas; pues, dice San Pablo, «el hombre sensual no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios».

                    De hecho, la glotonería y la vida descuidada tienden naturalmente a oscurecer el intelecto y a apagar la luz espiritual. Es vano, por lo tanto, buscar sabiduría entre quienes viven en el lujo y la abundancia: «La sabiduría no se encuentra en la tierra de los que viven en deleite». Además, la intemperancia, al provocar una alegría desenfrenada, a menudo provoca disputas y disensiones, y es un hecho conocido que la glotonería cobra más vidas humanas que la enfermedad. Pero lo que es aún peor, la intemperancia despierta en el hombre toda clase de pensamientos impuros, que se expresan en palabras, gestos y acciones contrarios a la santa modestia; endurece el corazón y prepara el camino a la perdición eterna.

                    Ejemplo en la vida de la Beata Isabel de Picenardi. Esta ilustre Sierva de María nació en Mantua en el año 1428. En su infancia, prefirió la oración y el recogimiento a los pasatiempos infantiles, presintiendo así la gran santidad que un día alcanzaría. Animada por una viva devoción a Nuestra Señora, se retiró, tras la muerte de su madre, a casa de su hermana y rogó que le dieran el hábito de la Tercera Orden de las Siervas de María. Desde entonces, toda su vida fue un continuo ejercicio de las más sublimes virtudes. Meditaba continuamente sobre la pasión de Jesús y los dolores de María, y no dejaba pasar un día sin purificar su alma en el sacramento de la Penitencia, para poder recibir la Sagrada Eucaristía con mayor fruto espiritual. Ayunaba con frecuencia y siempre llevaba una cadena de hierro sobre la piel. Diariamente rezaba el Oficio Divino con gran fervor y devoción, esforzándose por comprender el significado místico y sublime de las oraciones litúrgicas y bíblicas.

                    Su santidad y ejemplo atrajeron a muchas damas nobles al servicio de Dios. Bajo su sabia dirección, estas personas alcanzaron un alto grado de perfección. Muchos conventos de las Hermanas Servitas o Manteladas fueron fundados con la ayuda de la Beata Isabel.

                    María, de quien era hija predilecta, se dignó visitarla muchas veces en su pobre celda, conversando con ella familiarmente. Tan grande era su poder de intercesión que bastaba con que cualquiera se encomendara a sus oraciones para obtener de María todas las gracias que deseaba. Por eso era conocida como la «Mediadora con la Madre de Dios».

                    Su humildad era tan profunda que se consideraba la más miserable de las criaturas, y Dios, a cambio, le concedió muchos favores. Generalmente se cree que la Beata Isabel nunca perdió su inocencia bautismal. Además, poseía un notable don de profecía, y entre otras cosas, predijo el día de su muerte, ocurrida en el año 1468, a sus cuarenta y un años. Tuvo entonces el privilegio de contemplar al Niño Jesús y a su Santísima Madre, quienes estaban presentes para ayudarla en su paso del tiempo a la eternidad.

                    El cuerpo de la Beata Isabel reposa en Mantua, en la Iglesia de San Bernardo. Esta gran Sierva de María obtiene continuamente de Dios numerosas gracias y favores para todos los que acuden a ella con confianza. El Soberano Pontífice Pío VII la incorporó al altar de los beatos el 20 de noviembre de 1804.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



jueves, 8 de enero de 2026

SAN PEDRO TOMÁS, Carmelita y Obispo



                        Nació por el año 1305 de una familia muy pobre en el Périgord, en la Diócesis de Sarlat, Francia. Muerto su hermano, para no agravar más aún la miseria familiar abandonó a sus padres y hermanita y, siendo aún muy joven, se retiró a Monpazier donde se puso al servicio de una familia y a la vez asistía a la escuela. Vivía de limosna y a la vez enseñaba a los más pequeños.

                        Así vivió hasta la edad de veinte años en que lo descubrió el Prior de los Carmelitas de aquella villa y se lo llevó al convento donde estudió en un colegio que ellos tenían allí. Poco después el Prior de Bergerac se lo llevó a su convento donde Pedro Tomás tomó el hábito de carmelita y después de varios años de estudio de Filosofía y Teología se ordenó Sacerdote.

                        La Virgen María le socorrió en su extrema pobreza y pasó a estudiar y a enseñar a uno y otro convento como los de Burdeos, Albi, Agen y París donde unos años después consiguió, con gran brillantez, el Bachillerato en Teología.

                        Estando de Lector en el convento de Cahors y predicando durante unas rogativas obtuvo "una lluvia milagrosa".

                        El 15 de Mayo de 1345 fue elegido Procurador General de la Orden y fue enviado a la Curia Pontificia a Aviñón. A pesar de ser bastante deforme de cuerpo -tanto que a su Padre General le daba apuro presentarlo a los cardenales- pronto empezó a llamar la atención por su inteligencia, por su equilibrio en tratar las cuestiones, y sobre todo, por su gran virtud. Obtuvo el Magisterio en Teología y empezó a recibir distinciones de parte de la Curia Pontificia, siendo la primera el presidir el cortejo papal que trasladaba los restos mortales del Papa Clemente VI a la abadía de Chaise Dieu, predicando en las doce paradas que se hicieron durante el trayecto.

                        Desde este momento parece casi imposible la vertiginosa carrera que le esperaba a Pedro Tomás y las diferentes e importantes misiones que le fueron encomendadas. Sobre todo parece que tenía cualidades especiales para pacificar a los Príncipes y la Santa Sede o a aquellos entre sí. Muchas y muy delicadas misiones de este tipo le fueron encomendadas que sería largo enumerar y en todas ellas salió airoso y la Iglesia aumentó en su crédito ante los poderes seculares.

                        El 17 Noviembre de 1354 fue consagrado Obispo y nombrado Legado para Oriente y Patriarca de Constantinopla. Naciones enemistadas, diócesis con litigios, reyes y Papas que no se entendían... Allí acudía el Patriarca Pedro Tomás y la paz venía a llenar aquellos recelos, tiranteces y con frecuencia guerras mortales. Una cosa no toleraba nuestro santo: la herejía. Era intransigente con los herejes, y para darles ejemplo de que sería muy duro con ellos, hizo quemar públicamente en Creta los huesos de un hereje.

                        Fue el santo de la unión de los cristianos de su tiempo. Luchó con todas sus fuerzas por esta unión entre Católicos y "Ortodoxos" de Oriente en muy diversas misiones y consiguió frutos copiosos.

                        Siendo Procurador General de la Orden del Carmen, el día de Pentecostés de 1351, según la Tradición, consiguió de la Santísima Virgen la Promesa de que "su Orden del Carmen duraría para siempre". Fue siempre ésta, su devoción a la Virgen María, su nota peculiar y la extendía por todas sus correrías y apostolados.

                        Después de haber regentado el Patriarcado de Constantinopla con gran fruto para la Iglesia y deteriorado físicamente por su mucha penitencia y por su celo apostólico, murió santamente en Famagusta (Chipre) la noche de la Epifanía, 6 de Enero de 1366. Ese mismo año empezaba el Proceso de su Beatificación. En 1609, la Santa Sede autorizó la festividad de Pedro Tomás entre los Carmelitas, que fue confirmada por el Papa Urbano VIII en 1628.



LOS SACERDOTES, TROPA ESCOGIDA PARA LA BATALLA ENTRE LA VERDAD Y EL ERROR



                      El Sacerdote es Ministro de Jesucristo; por lo tanto, instrumento en las manos del Redentor Divino para continuar Su Obra Redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina para la construcción de esa Obra admirable que transformó el mundo; más aún, el Sacerdote, como suele decirse con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: «Así como el Padre me envió a Mí, así os envío Yo a vosotros» (1), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (2).

                       Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, aquella noche en que iba a ser entregado (3), declarándose estar constituido Sacerdote eterno según el Orden de Melquisedec (4), ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los Apóstoles, a quienes ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el Sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: «Haced esto en memoria Mía» (5).

                       Y desde entonces, los Apóstoles y sus sucesores en el Sacerdocio comenzaron a elevar al Cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (6), por la cual el Nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra, y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

                       Verdadera acción sacrificial es ésta, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores en la Majestad Divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este Sacrificio, concede Su Gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes.

                       La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: «Porque es una sola e idéntica la Víctima y quien la ofrece ahora por el Ministerio de los Sacerdotes, el mismo que a Sí propio se ofreció entonces en la Cruz, variando sólo el modo de ofrecerse»...

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote meditar el Evangelio, oír aquel lamento del Buen Pastor: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales también debo Yo recoger» (7), y ver «los campos con las mieses ya blancas y a punto de segarse» (8), sin sentir encenderse en su corazón el ansia de conducir estas almas al corazón del Buen Pastor, de ofrecerse al Señor de la mies como obrero infatigable?. 

                       ¿Cómo podrá un Sacerdote contemplar tantas infelices muchedumbres, no sólo en los lejanos países de misiones, pero desgraciadamente aun en los que llevan de Cristianos ya tantos siglos, que yacen como ovejas sin Pastor, que no sienta en sí el eco profundo de aquella divina compasión que tantas veces conmovió al Corazón del Hijo de Dios?. 

                       Nos referimos al Sacerdote que sabe que en sus labios tiene la Palabra de Vida, y en sus manos instrumentos divinos de regeneración y salvación. Pero, loado sea Dios, que precisamente esta llama del celo apostólico es uno de los rayos más luminosos que brillan en la frente del Sacerdote Católico; contemplamos y vemos a nuestros Obispos y los Sacerdotes, como tropa escogida, siempre pronta a la voz del Supremo Jefe de la Iglesia para correr a todos los frentes del campo inmenso donde se libran las pacíficas pero duras batallas entre la verdad y el error, la luz y las tinieblas, el Reino de Dios y el reino de Satanás.


Papa Pío XI 
Extractos de "Ad Catholici Sacerdotii", del 20 de Diciembre de 1935


NOTAS

1) Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 21
2) Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 14
3) 1 Corintios, cap. 11, vers. 23 y ss.
4) Salmo 109, vers. 4
5) Evangelio de San Lucas, cap. 22, vers. 19; 1 Corintios, cap. 11, vers. 24
6) Profeta San Malaquías, cap. 1, vers. 11
7) Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 16
8) Evangelio de San Juan, cap. 4, vers. 35



martes, 6 de enero de 2026

LA EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO; La adoración de los Reyes Magos según las visiones de la Mística Ana Catalina Emmerich


                    Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo, sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto. En esto José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con simplicidad que habían venido para adorar al Rey de los Judíos recién Nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con otros pastores allí presentes.



                    Los Reyes se dispusieron para una ceremonia solemne. Les vi revestirse de mantos muy amplios y blancos, con una cola que tocaba el suelo. Brillaban con reflejos, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban en torno de sus personas. Eran las vestiduras para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban bolsas y cajas de oro colgadas de cadenillas, y cubríanlo todo con sus grandes mantos. Cada uno de los Reyes iba seguido por cuatro personas de su familia, además, de algunos criados de Mensor que llevaban una pequeña mesa, una carpeta con flecos y otros objetos.

                    Los Reyes siguieron a José, y al llegar bajo el alero, delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos ponía sobre ella las cajitas de oro y los recipientes que desprendían de su cintura. Así ofrecieron los presentes comunes a los tres. Mensor y los demás se quitaron las sandalias y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le precedían, tendieron una alfombra sobre el piso de la gruta, retirándose después hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra. Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda humildad y respeto.

                    Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos, cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manecitas juntas sobre el pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!

                    Viendo esto decía entre mí: "Sus corazones son puros y sin mancha; están llenos de ternura y de inocencia como los corazones de los niños inocentes y piadosos. No se ve en ellos nada de violento, a pesar de estar llenos del fuego del amor". Yo pensaba: "Estoy muerta; no soy más que un espíritu: de otro modo no podría ver estas cosas que ya no existen, y que, sin embargo, existen en este momento. Pero esto no existe en el tiempo, porque en Dios no hay tiempo: en Dios todo es presente. Yo debo estar muerta; no debo ser más que un espíritu". Mientras pensaba estas cosas, oí una voz que me dijo: "¿Qué puede importarte todo esto que piensas?... Contempla y alaba a Dios, que es Eterno, y en Quien todo es eterno".

                    Vi que el rey Mensor sacaba de una bolsa, colgada de la cintura, un puñado de barritas compactas del tamaño de un dedo, pesadas, afiladas en la extremidad, que brillaban como oro. Era su obsequio. Lo colocó humildemente sobre las rodillas de María, al lado del Niño Jesús. María tomó el regalo con un agradecimiento lleno de sencillez y de gracia, y lo cubrió con el extremo de su manto. Mensor ofrecía las pequeñas barras de oro virgen, porque era sincero y caritativo, buscando la verdad con ardor constante e inquebrantable.

                    Después se retiró, retrocediendo, con sus cuatro acompañantes; mientras Sair, el rey cetrino, se adelantaba con los suyos y se arrodillaba con profunda humildad, ofreciendo su presente con expresiones muy conmovedoras. Era un recipiente de incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verde, que puso sobre la mesa, delante del Niño Jesús. Sair ofreció incienso porque era un hombre que se conformaba respetuosamente con la Voluntad de Dios, de todo corazón y seguía esta voluntad con amor. Se quedó largo rato arrodillado, con gran fervor.

                    Se retiró y se adelantó Teokeno, el mayor de los tres, ya de mucha edad. Sus miembros algo endurecidos no le permitían arrodillarse: permaneció de pie, profundamente inclinado, y puso sobre la mesa un vaso de oro que tenía una hermosa planta verde. Era un arbusto precioso, de tallo recto, con pequeñas ramitas crespas coronadas de hermosas flores blancas: la planta de la mirra. Ofreció la mirra por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este excelente hombre había sostenido lucha constante contra la idolatría, la poligamia y las costumbres estragadas de sus compatriotas. Lleno de emoción estuvo largo tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús.
     
                    Yo tenía lástima por los demás que estaban fuera de la gruta esperando turno para ver al Niño. Las frases que decían los Reyes y sus acompañantes estaban llenas de simplicidad y fervor. En el momento de hincarse y ofrecer sus dones decían más o menos lo siguiente: "Hemos visto su estrella; sabemos que Él es el Rey de los Reyes; venimos a adorarle, a ofrecerle nuestros homenajes y nuestros regalos". Estaban como fuera de sí, y en sus simples e inocentes plegarias encomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, el país, los bienes y todo lo que tenía para ellos algún valor sobre la tierra. Le ofrecían sus corazones, sus almas, sus pensamientos y todas sus acciones. Pedían inteligencia clara, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban llenos de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se sentían plenamente felices. Habían llegado hasta aquella estrella, hacia la cual desde miles de años sus antepasados habían dirigido sus miradas y sus ansias, con un deseo tan constante. Había en ellos toda la alegría de la Promesa realizada después de tan largos siglos de espera.

                    María aceptó los presentes con actitud de humilde acción de gracias. Al principio no decía nada: sólo expresaba su reconocimiento con un simple movimiento de cabeza, bajo el velo. El cuerpecito del Niño brillaba bajo los pliegues del manto de María. Después la Virgen dijo palabras humildes y llenas de gracia a cada uno de los Reyes, y echó su velo un tanto hacia atrás.

                    Aquí recibí una lección muy útil. Yo pensaba: "¡Con qué dulce y amable gratitud recibe María cada regalo! Ella, que no tiene necesidad de nada, que tiene a Jesús, recibe los dones con humildad. Yo también recibiré con gratitud todos los regalos que me hagan en lo futuro". ¡Cuánta bondad hay en María y en José! No guardaban casi nada para ellos, todo lo distribuían entre los pobres.




domingo, 4 de enero de 2026

EL SANTO NOMBRE DE JESÚS

  


               Jesús, bendito sea Tu Nombre. Jesús, eternamente yo Te ame. Jesús, a todas horas yo Te nombre. Jesús, en mis conflictos a Ti clame. Jesús, mi Verdadero Dios y Hombre. Jesús, mi corazón siempre Te llame. Jesús, medite en Ti mi entendimiento. Jesús, viva yo en Ti todo momento.

               Jesús, que cuando enfermo me visitas. Jesús, que cuando caigo me levantas. Jesús, que mi remedio solicitas. Jesús, que al enemigo de mí espantas. Jesús de mis entrañas, yo Te ame y óyeme, Jesús cuando Te llame. 


               Jesús, que al bien obrar siempre me incitas. Jesús, que en Tu gracia me adelantas. Jesús, por mí en la Cruz crucificado. Jesús, no viva yo ni muera en el pecado.


               En amarte, Jesús, siempre me emplee. Mi Jesús, de adorarte nunca acabe. Jesús, siempre en nombrarte me recree. Jesús, toda criatura a Ti te alabe. Jesús, sólo gozarte a Ti desee.


               Jesús, ¿qué puede haber tan dulce y suave como decir Jesús de noche y día, y con Jesús, nombrarte a Ti, María?


               Dulce Jesús, si lenguas mil tuviera, Jesús, sólo con ellas pronunciara; Jesús, Jesús, Jesús, siempre dijera, dulcísimo Jesús, y no me hartara. 


               Tantas veces, Jesús nombrando, hiciera que a, Ti toda rodilla se doblara, y que nadie, Jesús, Tu Nombre oyese, sin que en Tu Amor su pecho se encendiese.


               Mi lengua a Ti, Jesús, siempre Te nombre; siempre mi corazón en Ti se emplee; arda en amor, Jesús, al oír Tu Nombre; verte, amado Jesús, sólo desee.


               Te adore mi Fe como Dios y hombre. Sólo en Ti mi esperanza se recree. Tengo yo mis potencias y sentidos en Tu Amor, oh Jesús, siempre encendidos.


               Jesús, que cuando eliges para Madre a María, nos la das por Protectora; Jesús, que, si a San José llamas de Padre, es porque nos ampare en esta hora.


               Jesús, que a Tu Piedad nada hay que cuadre, más que aquel que a Tu Padre fiel implora. ¡Oh si en mi corazón, Jesús Bendito, Jesús, María y José tuviera escrito!


               Jesús me ampare, Jesús me defienda ahora, en la hora de mi muerte y en todas mis necesidades. En Tus manos, ¡oh Dulcísimo Jesús!, encomiendo mi espíritu. Amén.



"Breve Manual Cristiano", escrito por el Obispo 

Fray Manuel María de Sanlúcar Díaz de Bedoya, Capuchino




sábado, 3 de enero de 2026

LA COMUNIÓN REPARADORA DE LOS PRIMEROS SÁBADOS



"Yo he venido a pedir la Consagración del mundo
a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora
en los Primeros Sábados de mes..."



(Palabras de Nuestra Señora en Fátima, el 13 de Julio de 1917)




                       Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María no por un capricho humano sino por un URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.


                       Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes. 


                       Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro con la Virgen en tercera persona:

                       El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:

                       ‘Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.’

                       Enseguida dijo la Santísima Virgen:

                       ‘Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.’




                Ha transcurrido ya un siglo desde que la Virgen Santa quiso ofrecernos este camino de salvación que es la Comunión de los Primeros Sábados, pero aún son pocos los devotos que viven y comparten esta necesaria práctica de amor a Jesús y a María... por eso te invito a leer y difundir el presente artículo, a fin de que sean muchas más las almas que se acojan al refugio seguro del Purísimo Corazón.


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jueves, 1 de enero de 2026

LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR, EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS



               La Fiesta litúrgica de la Circuncisión se remonta al siglo VI, si bien no se universalizó hasta el siglo IX.

               Recordemos que el Nombre Santísimo que le fue puesto a Nuestro Señor, justo a los ocho días de Su virginal Nacimiento encierra la sustancia de Su Misión en la tierra: Él es el Salvador, “Él salvará a Su pueblo de sus pecados” había anunciado el Ángel. Supliquemos pues en este primer día del año que los efectos de Su Obra Salvadora se hagan eficaces en nuestra vida, en nuestras familias, en la pobre sociedad sin Dios en que vivimos, y claro, también en nuestra amada Madre Iglesia, tan humillada en estos días, atacada y perseguida desde fuera, pero más gravemente y con más saña desde dentro, y en no pocas ocasiones, por aquellos que más debieran amarla y defenderla. 

              La circuncisión del varón era el símbolo de la Alianza entre Yahveh y el pueblo judío, el elegido y predilecto de Dios hasta la muerte en Cruz de Nuestro Señor, que abolió para siempre dicha Alianza. 

            "Dijo Dios a Abraham: [...] ‘todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio y eso será la señal de la alianza entre Yo y vosotros" (Libro del Génesis, cap. 17).

            Y el momento de realizarla, un momento muy concreto y preciso que determina con toda exactitud el Libro del Génesis:

            "A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón" (Libro del Génesis, cap. 17, vers. 12).

              La Virgen María y su casto esposo San José, obedientes a la Ley de Dios, llevaron al Niño Jesús al Templo para cumplir con el precepto del Brit Milá, como es conocido en el mundo hebreo; allí según la rúbrica judía, se circundaría al Niño mientras que los invitados preguntaban el nombre de la criatura, que era pronunciado por vez primera y en voz alta por sus padres, ya que hasta entonces no se podía pronunciar.

            "Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 21)





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miércoles, 31 de diciembre de 2025

NOS TOCA DEMOSTRAR NUESTRO AMOR A DIOS


                   Un buen Católico ha de abstenerse de participar en fiestas mundanas; esta noche de Fin de Año, al igual que los días de Carnaval, abundarán los excesos en la comida, en la impureza, en el alcohol... ¡cuántas almas engañadas por el mundo!, ¡cuántos que son seducidos por el Demonio sin apenas darse cuenta!, ¡por miles caerán en las garras de la impureza, vendiendo el precio de su alma por un momento de placer...!

                  A ti y a mí, por el contrario, nos toca demostrar nuestro amor a Dios y REPARAR por cuantos desprecian Su Divina Ley; a ti y a mí nos llama Cristo para que compartamos con Él la agonía de este nuevo Getsemaní; a ti y a mí al fin, nos convida el Señor a velar con Él, por el cruento dolor que le causan los pecados del mundo.

                  Te invito, como Cristo animó a Pedro, a Santiago y a Juan, a que hoy, antes de la medianoche y hasta bien pasada ésta, te encierres con Dios a solas; pídele a María nuestra Santa Madre que te acompañe, como lo hizo con Su Corazón cuando Jesús estuvo preso. Ella fue la primera adoradora de Jesús, siendo Su Sagrario viviente en el embarazo; luego, durante la Santa Infancia del Redentor fue Su Protectora junto a San José; en la vida pública de Nuestro Señor, María ocupó un discreto lugar hasta que llegó la hora suprema de la entrega en el Calvario, como Corredentora de las almas; pero aún hoy, María, en el Cielo y en la Tierra, acompaña a Cristo: en Su Corte de Gloria y en la soledad aterradora ante la caída continua de las almas que viven sin Dios...

                  Sería ideal hacer esta oración ante el Santísimo Sacramento, expuesto o en el Sagrario, pero si no te es posible, vuela en espíritu al Tabernáculo de tus amores y confidencias y figúrate al menos, presente ante Su Presencia Sacramental.

                  Así, en mitad del júbilo del mundo, compartirás la soledad y el dolor de Jesús, cautivo, preso, tratado por loco, azotado hasta casi la muerte... crucificado.


(Padre Alfonso María del Santísimo Sacramento)    




                       "Dichoso el varón que no anda en el consejo de los impíos, ni camina por las sendas de los pecadores ni se sienta en compañía de los malvados. Antes tiene en la Ley del Señor sus complacencias y a ella día y noche atiende. Este será como árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da sus frutos, cuyas hojas no se marchitan" (Salmo 1, cap. 1, vers. 3).

                       Hemos leído, no sabemos dónde, ser costumbre de ciertos pueblos aguardar entre las emociones de un baile o de un banquete las doce de la noche del último día de diciembre y la subsiguiente entrada del primero de Año Nuevo.   

                       Comprendemos perfectamente la idea. Se reduce a ahogar en placeres y devaneos el severo recuerdo del año que expira y el del otro que va a empezar; es sencillamente levantar un poco de ruido en el corazón, aturdirse algún tanto para sentir menos esa aldabada convulsiva que nos da el año saliente al pasar rápido delante de nosotros para dar lugar al año entrante, como para advertirnos que no somos más duraderos que él y que no menos que a él va a tragarnos en breve la eternidad. Es puramente cuestión de miedo. El mundano se atolondra con sus locuras para distraerlo, del mismo modo que el niño cobarde canta y grita en la obscuridad para disimular su pavura.

                      El cristiano fiel ve muy de otra manera morir y renacer los años. Agradece a Dios los transcurridos, y espera de su bondad los que todavía le quiere conceder. Da una ojeada sobre los primeros para corregir los tropiezos de su vida si los hubo, y otra sobre los segundos para afirmarse en el bien y asegurarlo con nuevas resoluciones. Contempla sobre todo los beneficios sin número que le ha prodigado Dios, y los agradece, y pide su continuación confiado.

                       Con tales consideraciones procuran muchas almas cristianas despedir al año que se va, y dar la bienvenida al año que se viene. Para eso pasan muchos en meditación la hora última del día 31 de Diciembre. Y en varias Casas Religiosas, y en alguna Parroquia, se expone el Santísimo Sacramento al anochecer de este día y se le dedican las últimas horas de él.

                       De un modo o de otro de éstos quisiéramos santificasen tal día nuestros buenos lectores. Consideren los amigos y conocidos que de su lado ha arrebatado la muerte en los últimos doce meses; reflexionen lo que para ellos mismos se ha acortado el plazo que les separa de la eternidad; vean qué dones han recibido del Cielo y cuántos han aprovechado y cuántos malbaratado; examínense a sí propios, cómo viven, cómo morirían si hubiesen de morir hoy, y qué sentencia fuera la suya si hoy debiesen ser juzgados. Y si algo aman su propia alma, apresúrense a vivir ese poco que todavía les resta vivir, en conformidad con estas reflexiones. Más nuevas y más halagüeñas las puede haber, pero no más verdaderas y que más de cerca nos interesen.


(Padre Félix Sardá y Salvany, "Año Sacro", Tomo I, 1953)