lunes, 26 de octubre de 2026
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domingo, 25 de octubre de 2026
EL REINADO SOCIAL DE JESUCRISTO; Doctrina y Magisterio sobre Cristo Rey
La Doctrina Católica tradicional, enseña que la soberanía de Nuestro Señor Jesucristo no se concibe únicamente como un imperio invisible o una alegoría espiritual confinada a lo íntimo de la concienci: la Fe Católica siempre ha enseñado que Nuestro Redentor ejerce un dominio real, absoluto y supremo sobre toda la Creación, extendiendo Su Potestad tanto a las personas particulares como a la sociedad civil, sus leyes y sus instituciones.
1. El fundamento teológico de la Realeza de Cristo
La Potestad Regia de Nuestro Señor Jesucristo en cuanto Hombre descansa en dos títulos jurídicos y teológicos inquebrantables:
1º) La Unión Hipostática: como enseña la doctrina clásica (recordada por San Cirilo de Alejandría y plasmada en el Concilio de Nicea), Cristo posee la realeza sobre todas las criaturas en virtud de su propia esencia y naturaleza. Al ser la naturaleza humana asumida hipostáticamente por la Persona del Verbo de Dios, Cristo-Hombre posee el supremo dominio sobre todo lo creado (1).
2º) El Derecho de Conquista y Redención: como enseñó San Pedro en la Sagrada Escritura, fuimos rescatados «no con plata ni oro, sino con la Sangre Preciosa de Cristo» (2). Por tanto, la Humanidad pertenece a Cristo por derecho de Compra y Redención.
Esta Realeza no se limita al ámbito espiritual. Si bien en el Evangelio Jesús declara ante Pilatos que Su Reino «no es de este mundo» (3) -rechazando un Mesianismo puramente terrenal o temporal-, la enseñanza perenne de la Iglesia subraya que sería un grave error eximir las realidades temporales de la autoridad legislativa, judicial y ejecutiva del Salvador. «Me ha sido dado todo Poder en el Cielo y en la Tierra» (4).
2. Orígenes del Culto a Cristo Rey
Aunque el Título y la Fiesta solemnes de Cristo Rey fueron instituidos en el pasado siglo XX, la devoción a Su Soberanía se nutrió de siglos de Enseñanza dogmática y genuina Espiritualidad Católica; así, la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que durante los siglos XVII y XVIII, se manifestó a través de las revelaciones que recibiera Santa Margarita María Alacoque. Nuestro Señor manifestó el deseo de que las naciones y sus gobernantes se consagraran a Su Corazón Sacratísimo. La Devoción al Sagrado Corazón se entendió doctrinalmente como el medio supremo para restaurar el Reinado de Dios en las almas y en los Estados.
El Magisterio Pontificio del siglo XIX, concretamente el del Papa León XIII, que en su Encíclica Annum Sacrum (1899), proclamó la Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús y afirmó de forma taxativa la extensión universal del Imperio Divino:
«El Imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos [...], sino que comprende también a cuantos no participan de la Fe Cristiana, de suerte que bajo la Potestad de Jesús se halla verdaderamente la totalidad del género humano».
3. La institución de la Festividad: la Encíclica Quas Primas (1925)
El hito doctrinal definitivo sobre la Realeza Social de Nuestro Señor lo fijó el Papa Pío XI, al promulgar el 11 de Diciembre de 1925 la Carta Encíclica Quas Primas, en el marco del Año Santo y el XVI centenario del Concilio de Nicea.
Ante el avance del laicismo agresivo -definido por el Santo Padre como la peste de la sociedad moderna que pretende expulsar a Dios de la vida pública, secularizar las leyes y confinar la Religión al fuero interno-, Pío XI instituyó la Fiesta litúrgica de Cristo Rey, fijando su celebración para el último Domingo del mes de Octubre.
Las razones doctrinales expuestas por el Papa en Quas Primas para la creación de esta Solemnidad son rotundas:
La obligación de las naciones y magistrados; Pío XI enseña que el deber de adorar a Cristo no atañe solo a los individuos, sino también a los gobernantes y a las leyes civiles, advirtiendo que las sociedades que ignoran la Ley Divina caen inevitablemente en el desorden, la injusticia y la discordia.
Eficacia de la Liturgia; el Papa señala que los documentos del Magisterio suelen llegar solo a los doctos, mientras que la celebración anual de una fiesta litúrgica instruye eficazmente a todo el Pueblo Fiel en las Verdades de la Fe.
Libertad e independencia de la Iglesia; al proclamar la Soberanía de Cristo, la Iglesia recuerda su condición de Sociedad Perfecta fundada por Dios, la cual exige plena libertad e independencia frente a cualquier poder terrenal o estatal.
4. El Reinado interior y social
Como broche de la Doctrina tradicional, Pío XI concluye afirmando que para que la «paz de Cristo» reine verdaderamente en el «Reino de Cristo», el Salvador debe gobernar las potencias del hombre:
«Es necesario, pues, que Cristo reine en la inteligencia del hombre [...]; que reine en la voluntad, la cual debe obedecer a las Leyes y Mandamientos divinos; que reine en el corazón, el cual debe posponer los afectos naturales para amar a Dios sobre todas las cosas».
El reconocimiento público de Cristo Rey no responde a una pretensión de dominación política temporal, sino al deber objetivo de justicia de las criaturas para con su Creador y Redentor, fuera del cual no hay paz ni salvación posible, ni para las almas ni para las naciones.
NOTAS
1) La Unión Hipostática: Cita explícitamente a San Cirilo de Alejandría («Cristo tiene poder sobre todas las criaturas [...] en virtud de Su propia esencia y naturaleza») y el Símbolo Niceno («Su reino no tendrá fin»).
2) 1 Carta de Pedro, cap. 1, vers. 18-19
3) Evangelio de San Juan, cap. 18, vers. 36
4) Evangelio de San Mateo, cap. 28, vers. 18
sábado, 24 de octubre de 2026
EL ARCÁNGEL SAN RAFAEL Y CÓRDOBA: la alianza celestial de una ciudad bajo el manto de la Medicina de Dios
El Arcángel San Rafael y la ciudad andaluza de Córdoba tienen una relación trazada no por el mero azar o la costumbre folclórica, sino por la viva huella de la Providencia en momentos de profunda angustia y tribulación.
El nombre Rafael proviene del hebreo ( רָפָאֵל, Refa-El) y se traduce literalmente como «Medicina de Dios» o «Dios ha curado». A diferencia de otros espíritus bienaventurados, las Sagradas Escrituras nos presentan a San Rafael en el libro de Tobías con una cercanía profundamente pedagógica y humana: es el médico que cura la ceguera del anciano Tobit, el compañero de viaje paciente y seguro del joven Tobías, el protector que ahuyenta las fuerzas del mal que atormentaban a Sara y el consejero prudente que guía los pasos de la familia hacia la fidelidad al Señor. Por ello, la Tradición lo ha venerado siempre como Patrono de los caminantes, médico de las almas y los cuerpos, y amparo en las horas de oscuridad.
Aunque la gran manifestación del Arcángel suele recordarse por los acontecimientos del siglo XVI, las raíces de esta alianza espiritual se remontan en realidad al siglo XIII. En el año 1278, apenas unas décadas después de la Reconquista, Córdoba atravesaba una de las etapas más oscuras de su historia al verse azotada por una devastadora epidemia de peste, acompañada por una severa pérdida de cosechas y hambruna.
Ante la mortandad imparable, el entonces Obispo de Córdoba, Don Pascual (Pascual Martínez), junto con el concejo y el pueblo, acudió a la oración ferviente y a las rogativas públicas. Las crónicas y la tradición local recogen que, tras encomendar la ciudad al «Médico de Dios», la peste comenzó a remitir de forma repentina e inexplicable para la medicina de la época. Aquel prodigio medieval sembró en la memoria colectiva cordobesa la primera e imborrable certeza de que el Arcángel San Rafael había tomado la ciudad bajo su especial amparo.
Trescientos años después de aquel auxilio, la peste volvió a amenazar a la ciudad. En 1578, en medio de un nuevo panorama de enfermedad y desolación, un venerable sacerdote, el Padre Roelas (Andrés de las Roelas) comenzó a recibir varias revelaciones privadas del Santo Arcángel.
Fue en la quinta y última aparición, en la noche del 15 de Noviembre de 1578, cuando el Arcángel confirmó y ratificó de forma definitiva su tutela sobre la población pronunciando las célebres palabras que han quedado esculpidas en el alma de Córdoba:
«Yo te juro, por Cristo Crucificado, que soy Rafael, Ángel a quien Dios tiene puesto por custodio de esta ciudad».
Al utilizar la fórmula «tiene puesto», el Arcángel no inauguraba una devoción nueva, sino que sellaba e imponía su refrendo a una protección que venía desempeñando ininterrumpidamente desde los días del Obispo Don Pascual. Tras este juramento, la epidemia cesó nuevamente de forma milagrosa.
"El Santo Arcángel San Rafael, enviado por Dios para el bien de la familia del piadoso Tobías, desempeñó por nosotros los tres oficios que hizo por su amado Tobías:
Le sirvió de guía en su viaje, le libró del monstruo que quería devorarlo, y le enseñó la medicina con que curó la ceguera de su anciano padre.
Del mismo modo, este bienaventurado espíritu socorre a las almas devotas en el viaje de esta vida mortal hacia la patria celestial: es su guía seguro en el camino de la virtud, las defiende contra las acometidas del infernal dragón y les aplica el divino bálsamo de la gracia, con que abre los ojos de su entendimiento para que conozcan la verdad y contemplen las maravillas de Dios".
viernes, 23 de octubre de 2026
SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Fundador de los Hijos del Corazón de María, Arzobispo de Cuba, Compatrono de Canarias
Antonio Claret y Clará nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Barcelona). Criado en el seno de una familia trabajadora y católica de tejedores, desde joven demostró una notable aptitud para el diseño textil. Su capacidad lo llevó a Barcelona, donde perfeccionó el oficio y recibió ofertas prometedoras para dedicarse por completo al sector industrial.
Sin embargo, a pesar de sus perspectivas de éxito material, Claret experimentó una profunda inquietud espiritual que lo llevó a reconducir su vida. Siendo un adolescente, consiguió de su padre ir a estudiar la maestría del arte textil en Barcelona; allí trabajaba de día y estudiaba por la noche, por lo que nuestro Santo supo muy pronto lo que costaba ganarse la vida. Sin embargo, esta experiencia, lejos de su familia, en medio de personas impías y mundanas, fue un duro golpe en el corazón candoroso del joven Antonio, que desilusionado, pensó entrar en la Cartuja.
No obstante, la fama de piedad de San Antonio María Claret, que entonces tenía 21 años, llegó a oídos del Obispo de Vic, Mons. Pablo de Jesús Corcuera. Al cabo de un año, decidió ir a vivir a la Cartuja de Santa María de Montealegre, pero cuando iba de camino, una providencial tormenta de verano, le hizo retroceder de nuevo hacia Vic. En 1829 ingresó en el Seminario de Vic, siendo ordenado sacerdote en 1835.
Con la intención inicial de acudir a las misiones de Ultramar, viajó a Roma para ponerse a disposición de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos e ingresó temporalmente con la Compañía de Jesús. No obstante, tras enfermar de una pierna, tuvo que regresar a España, donde comenzó su verdadera misión: la predicación itinerante por las diócesis de Cataluña y algunas de las islas del Archipiélago Canario.
En Julio de 1841 la Santa Sede le concedió el título de Misionero Apostólico. A partir de ese momento quedó liberado de las cargas parroquiales estables para dedicarse plenamente a recorrer las diócesis catalanas (Vic, Gerona, Lérida, Tarragona, Barcelona y Solsona) predicando las misiones populares. Al sobrevenir la Segunda Guerra Carlista en el campo catalán resultó imposible continuar con las misiones multitudinarias de forma segura. A raíz de esta situación, el obispo de Vic acordó con el de Canarias enviarlo al archipiélago.
En Marzo de 1848, Antonio María Claret desembarcó en Las Palmas de Gran Canaria acompañando al nuevo Obispo de la diócesis, Mons. Buenaventura Codina. La estancia del Santo en las islas duraría apenas quince meses, pero dejó una huella tan profunda que los canarios pasaron a recordarlo afectuosamente como "el Padrito".
Durante este período, Claret recorrió las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Su método misionero fue directo y sin artificios: predicaba varias veces al día con un estilo claro, llano y pedagógico que conectaba de inmediato tanto con las autoridades como con los campesinos y pescadores más sencillos. Las iglesias y plazas se llenaban a rebosar para escuchar sus sermones sobre la conversión, la oración y los Sacramentos.
Durante años recorrió a pie pueblos y ciudades predicando misiones populares con un lenguaje accesible, claro y directo. Concibió la evangelización de manera moderna para su época: comprendió enseguida la importancia de la palabra escrita como herramienta de formación y fundó en Barcelona la "Librería Religiosa", mediante la cual difundió miles de catecismos, hojas volantes y libros devocionales.
En 1849 dio un paso decisivo al fundar la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (conocidos popularmente como Claretianos), orientados a continuar la labor apostólica mediante la predicación y la imprenta.
En 1849 fue nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba por el Papa Pío IX. Al llegar a la isla en 1851, encontró una diócesis sumida en un notable abandono moral, pastorales debilitadas y tensiones sociales. Su programa de reforma incluyó la renovación del Seminario, la creación de escuelas para la formación técnica y agrícola de los jóvenes, y una postura firme contra los abusos hacia la población esclava y trabajadora.
Esta dedicación pastoral y su denuncia de injusticias le acarrearon la oposición de sectores influyentes, sufriendo incluso un atentado en Holguín en 1856, donde resultó gravemente herido en la cara.
En 1857 fue llamado de vuelta a España por la reina Isabel II para asumir el cargo de confesor real. Aceptó la función bajo estrictas condiciones de no inmiscuirse en la política cortesana y de mantener libertad para dedicarse a las obras apostólicas. Durante esta etapa reestructuró la gestión de la Escolanía del Monasterio de El Escorial y fundó la Academia de San Miguel para fomentar el arte y la cultura católica.
La Revolución de 1868 apartó a la reina del trono y obligó a San Antonio María Claret a marchar al exilio en Francia. Participó activamente en las sesiones del Concilio Vaticano I en Roma, defendiendo con firmeza la doctrina católica.
Acosado por las autoridades políticas del momento que solicitaban su detención, tuvo que refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona (Francia), donde falleció el 24 de Octubre de 1870, a las 8:45 de la mañana. Fue canonizado por el papa Pío XII en 1950. El mismo Pontífice lo declaró Compatrono de la Diócesis de Canarias el 13 de Abril de 1951.
jueves, 22 de octubre de 2026
RECONCILIAR TODO POR LA SANGRE DE SU CRUZ
Considera cómo el Apóstol dice que Dios quiso "pacificar por la Sangre de Su Cruz" todas las cosas. No bastaba para nuestra reconciliación una sola lágrima de Jesús, aunque hubiera sido suficiente por su valor infinito; no bastaba una oración. El Padre Celestial quiso ver a Su Hijo cubierto de llagas y desangrado en un madero infame, para que comprendiéramos cuán grave era la enemistad del pecado que requería tan gran precio, y cuán inmenso el Amor del Amante que entregó toda Su Sangre en la Pasión para devolvernos la paz...
No se contentó el Divino Verbo con darnos una muestra ligera de su amor; quiso más bien que toda su Sangre fuera derramada, gota a gota, fluyendo de sus llagas sagradas para lavar nuestras iniquidades. Aquella Sangre, que los hombres derramaron con tanta crueldad, es la misma que ahora clama misericordia y apacigua la justicia divina. Mirad al crucificado: en esa Cruz, que antes era signo de maldición y de discordia, Cristo ha erigido el trono de nuestra reconciliación, demostrándonos que la paz verdadera se ha firmado con la Sangre de sus propias venas, abriéndonos las puertas del cielo que el pecado nos había cerrado.
Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo
Qui est imago Dei invisibilis, primogenitus omnis Creaturæ: quoniam in ipso condita sunt Universa in Cælis, et in Terra, visibilia, et invisibilia, sive Throni, sive Dominationes, sive Principatus, sive Potestates: omnia per Ipsum et in Ipso creata sunt: et Ipse Est ante omnes, et omnia in Ipso constant.
Et Ipse est caput corporis Ecclesiæ, qui est Principium, Primogenitus ex mortuis: ut sit in omnibus Ipse primatum tenens: quia in Ipso complacuit, omnem plenitudinem habitare: et per Eum reconciliare omnia in Ipsum, pacificans per Sanguinem Crucis Eius, sive quæ in terris, sive quæ in Cælis sunt.
Et vos cum essetis aliquando alienati, et inimici sensu in operibus malis: nunc autem reconciliavit in corpore carnis Eius per mortem, exhibere vos Sanctos, et immaculatos, et irreprehensibiles coram Ipso: si tamen permanetis in Fide fundati, et stabiles, et immobiles ab Evangelii spe quod audistis, quod prædicatum est in universa creatura, quæ sub Cælo est, cuius factus sum ego Paulus minister.
Colossenses, 1: 15-23
Él es la imagen de Dios invisible, el Primogénito de toda la Creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las del Cielo y las de la Tierra, las visibles y las invisibles, sean Tronos, sean Dominios, sean Principados, sean Potestades: todo fue creado por medio de Él y para Él.
Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten.Y Él Es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia: Él Es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la primacía. Porque en Él agradó a Dios que residiera toda plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas Consigo, pacificando por la Sangre de Su Cruz, ya sea lo que está en la tierra o lo que está en los Cielos.
Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en Su Cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros Cantos y sin mancha e irreprensibles delante de Él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la Fe, y sin moveros de la esperanza del Evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del Cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.
Colosenses, 1:15-23
miércoles, 21 de octubre de 2026
SANTA ÚRSULA DE COLONIA, Princesa, Virgen y Mártir
La historia y veneración de Santa Úrsula constituye uno de los episodios más célebres de la Piedad Cristiana de la Alta Edad Media. Aunque su figura fue enriquecida a lo largo de los siglos con relatos hagiográficos -entre los que destaca la narración contenida en la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine-, su culto se cimenta en testimonios epigráficos e históricos que datan del siglo IV en la ciudad de Colonia.
Orígenes y el pacto matrimonial
Según la tradición hagiográfica, Úrsula nació en torno al años 365. Era Princesa de la Britania romana (región correspondiente a la actual suroeste de Inglaterra), ya que era hija de un rey cristiano llamado Dionoto. Desde su juventud destacó por su devoción y por haber realizado en secreto un voto de perpetua virginidad.
Un príncipe pagano de la vecina Bretaña, llamado Conán (o Ereo en algunas versiones), solicitó la mano de la joven a su padre. Ante el riesgo de un conflicto bélico si la propuesta era rechazada, Úrsula propuso aceptar el enlace bajo la condición de que se le concediera un plazo de tres años. Durante ese periodo, el príncipe debía ser instruido y bautizado en la fe católica, y a ella se le permitiría realizar una peregrinación a Roma junto a un séquito de vírgenes.
La peregrinación a Roma
El grupo emprendió el viaje hacia el continente a bordo de naves que remontaron la corriente del río Rin. Hicieron escala en la ciudad de Colonia y prosiguieron a pie desde Basilea a través de los Alpes hasta llegar a Roma, el centro de la Cristiandad.
En la Ciudad Eterna, la comitiva visitó las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y permaneció un tiempo dedicándose a la oración y a los Sacramentos. Según las crónicas antiguas, durante su estancia en la capital romana se les unió el Papa Ciriaco -personaje presente en la narrativa devocional tradicional-, quien decidió acompañarlas en su viaje de regreso a Britania.
El martirio en Colonia
De vuelta por la vía fluvial del Rin, la expedición se detuvo nuevamente en la ciudad de Colonia. En ese momento, la plaza se encontraba sitiada por las hordas de los hunos, que avanzaban bajo el mando de su caudillo Atila.
Las jóvenes vírgenes cayeron en manos de las tropas bárbaras, que las pasaron a cuchillo por negarse a ceder ante sus pretensiones. La tradición posterior fijó la cifra de las víctimas en once mil vírgenes, un número que según diversos historiadores proviene de la interpretación errónea de inscripciones latinas antiguas (como 11 M.V., que podía significar "once mártires vírgenes" u "once mil vírgenes").
Atila, prendado de la belleza y dignidad de Úrsula, le ofreció perdonarle la vida y tomarla como esposa a cambio de renunciar a su compromiso espiritual. Ante la negativa de la princesa, el caudillo le disparó una flecha al pecho, causándole la muerte instantánea.
Traslado de reliquias y culto histórico
Tras la retirada de los invasores, los habitantes de Colonia recogieron los restos de Úrsula y de sus compañeras para darles sepultura en los terrenos extramuros de la ciudad.
En el siglo IV, un senador romano llamado Clemacio erigió en el lugar del martirio una basílica en honor a las mártires, según atestigua una piedra conmemorativa grabada en mármol que se conserva hasta el día de hoy en el coro de la Basílica de Santa Úrsula en Colonia (Inscriptio Clematii). Con el paso de los siglos, el santuario se convirtió en un centro de peregrinación europea y sus reliquias fueron distribuidas por diversos templos e institutos religiosos del Orbe Católico.
lunes, 19 de octubre de 2026
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Reformador de la Orden Franciscana
Juan de Garavito y Vilela de Sanabria nació en 1499 en Alcántara, provincia de Cáceres, España. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos que se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano. A los pocos días de nacer, el futuro reformador franciscano recibió el Bautismo en la Iglesia de Santa María de Almocóvar.
Mientras estudiaba en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se enamoró de la vida de los Frailes Franciscanos y pidió ser admitido en el convento de San Francisco de los Majarretes, donde estaban los religiosos más observantes y estrictos. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre de pila por el de "Fray Pedro"; sería destinado a distintas labores: portero, hortelano, barrendero y cocinero.
Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.
Tras ser ordenado Sacerdote en 1524 ejercería como superior de varios conventos, en los que siempre resultó ser un modelo a seguir en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla Franciscana. Dios le concedería la gracia de conmover a los oyentes en la predicación de la Verdades de Fe; muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos dejasen su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre ya que al Santo le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.
En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el San Pedro de Alcántara, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo.
A mediados de la década de 1550 conoció la obra "Libro de la oración y meditación", del dominico Fray Luis de Granada; vio en aquel texto un tesoro espiritual enorme, pero demasiado denso para el pueblo llano, por lo que decidió hacer un compendio y reelaboración adaptado a su propia experiencia mística; redactó entonces el "Tratado de la oración y meditación", una cuidada y práctica síntesis de la obra del fraile dominico.
En 1556, con el bendito deseo de que los religiosos franciscanos fueran más apegados al espíritu de su Fundador, particularmente en la mortificación y en la oración, fundó en el eremitorio de El Pedroso (Sevilla) una nueva rama de a Orden, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Sumo Pontífice Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantas incomprensiones su nueva comunidad floreció notablemente, en gran medida por su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, que le valió numerosas adhesiones de la Nobleza española a la causa de los frailes alcantarinos.
En 1560, San Pedro Alcántara conoció a Santa Teresa de Jesús en la casa de Doña Guiomar de Ulloa, una noble amiga común de ambos; la reformadora del Carmelo vivía entonces muy angustiada: algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del Demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, Pedro de Alcántara entendió perfectamente el caso de la Santa y la tranquilizó, asegurándole que sus visiones venían de Dios. Santa Teresa, en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella:
"Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo le conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).
Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Carmelitas Descalzas, y dicen que buena parte de los éxitos que la Santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de las Carmelitas Descalzas.
Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".
En Arenas, provincia de Ávila (hoy día llamada Arenas de San Pedro) entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.
Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).
San Pedro de Alcántara sería beatificado en 1622 por el Papa Gregorio XV y canonizado en 1669 por el Papa Clemente IX; el 23 de Diciembre de 1675 fue declarado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria por el Papa Clemente X.
domingo, 18 de octubre de 2026
SAN LUCAS, Apóstol y Evangelista
Nacido en la célebre ciudad de Antioquía de Siria -cuna donde por primera vez los discípulos del Crucificado fueron llamados «cristianos» (Hechos de los Apóstoles, cap. 11, vers. 26)-, Lucas no pertenecía según la carne a la estirpe de Abraham. Provenía del mundo pagano helenizado y poseía una refinada formación literaria y científica.
Ejercía la medicina («Lucas, medicus carissimus», Colosenses, cap. 4, vers. 14), profesión de gran estima en la antigüedad clásica. Su conversión a la Verdad no fue fruto del testimonio de los sentidos durante la vida terrena de Nuestro Señor, sino del anuncio apostólico y del auxilio de la Gracia que abre el entendimiento a la Luz Divina.
En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)
Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).
Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.
NOTA
1) Su cuerpo reposa en un sarcófago de mármol en el transepto izquierdo de la Basílica de Santa Justina.
viernes, 16 de octubre de 2026
LOS MEDIOS SOBRENATURALES Y PRÁCTICOS PARA EVITAR EL PECADO Y CUSTODIAR LA GRACIA
En un mundo secularizado que busca anestesiar las conciencias y negar la existencia de las Verdades Eternas, la doctrina tradicional de la Santa Madre Iglesia se mantiene inalterable: el pecado es el mayor de todos los males, pues separa al alma de Dios, su Creador y Fin Último, privándola de la vida divina y exponiéndola a la perdición eterna.
Para quien desea mantener encendida la lámpara de la Fe y asegurar la salvación de su alma, no le basta con aborrecer la culpa en teoría; es imperativo poner por obra los medios tradicionales, efectivos y seguros que las Sagradas Escrituras, los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia han enseñado ininterrumpidamente para resistir a las tentaciones y evitar la caída.
I. La huida radical de las ocasiones próximas de pecado
El primer principio de la prudencia cristiana es reconocer la propia fragilidad. Enseña el Divino Espíritu Santo: «El que ama el peligro, en él perecerá» (Libro de Eclesiástico, cap. 3, vers. 27).
Huir de las personas, conversaciones, espectáculos, lecturas, lugares o entornos digitales que incitan al mal no es muestra de cobardía, sino de sana humildad y verdadero deseo de enmienda. San Jerónimo, al tratar sobre la guarda de la pureza y las tentaciones del mundo, enseñaba con firmeza «En esta lucha, solo vence el que huye».
Nadie puede considerarse tan fuerte como para exponerse voluntariamente al peligro y salir ileso. Quien no evita la ocasión próxima, demuestra que tampoco desea evitar el pecado. Asimismo, San Agustín advierte a las almas confiadas en sus propias fuerzas:«No quieras confiar en tu propia virtud; si te expones al peligro, Dios te abandonará en tu temeridad».
II. El recurso incesante a la oración y la vigilancia
Nuestro Señor Jesucristo fue categórico al advertir a los Apóstoles durante Su agonía en el Huerto de Getsemaní sobre la fragilidad de la naturaleza humana caída:
«Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 41).
La oración no es un adorno o una práctica facultativa, sino un medio de absoluta necesidad para la salvación. Ante el asalto del enemigo o las sugestiones de la concupiscencia, la invocación confiada de los Santísimos Nombres de Jesús y de María desbarata el poder de la tentación.
Santo Tomás de Aquino y San Alfonso María de Ligorio coinciden en que la gracia para vencer las pruebas arduas se concede únicamente a quien la pide con perseverancia y humildad: «Quien ora, ciertamente se salva; quien no ora, ciertamente se condena» (San Alfonso María de Ligorio).
«Para no caer en pecado se requiere el auxilio divino, el cual no se da sino a los que velan y lo piden con la oración» (Santo Tomás de Aquino).
III. La mortificación de los sentidos y la guarda del corazón
El pecado se engendra antes en los afectos y pensamientos que en las obras externas. San Jerónimo y San Juan María Vianney (el Santo Cura de Ars) recordaban con frecuencia que la disipación de los sentidos es la puerta por donde se cuela el enemigo, por eso debemos cuidar los ojos, el oído y la lengua y con ello formaremos una muralla defensiva, indispensable para el alma.
Santo Tomás de Aquino detalla que para frenar las pasiones desordenadas es preciso mortificar el cuerpo y habituar la voluntad al sacrificio mediante pequeñas renuncias cotidianas: «El alma que no refrena sus sentidos y se entrega a la curiosidad desmedida, se vuelve incapaz de resistir el embate de las tentaciones».
El Apóstol San Pablo resume esta lucha continua en sus cartas, exhortándonos a no condescender con las inclinaciones de la carne: «Sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1ª Carta a los Corintios, cap. 9, vers. 27).
IV. La frecuencia sacramental: Confesión y Eucaristía
La vida sobrenatural en el alma no puede sostenerse únicamente con propósitos humanos: Dios ha instituido en la Iglesia los cauces ordinarios de su gracia medicinal y santificadora a través de los Santos Sacramentos.
La Confesión frecuente: no solo borra las faltas cometidas y reconcilia el alma con Dios, sino que confiere una gracia sacramental específica para sanar las debilidades y fortalecer la voluntad frente a las tentaciones futuras.
La Sagrada Eucaristía: recibida con las debidas disposiciones y en estado de gracia de Dios, es el Pan de los fuertes y el antídoto contra nuestras flaquezas diarias.
En palabras de San Juan Bosco a la juventud para conservar la pureza y la gracia: «Queréis que el Señor os dé muchas gracias? Visitadlo a menudo. ¿Queréis que os dé pocas gracias? Visitadlo raras veces. ¿Queréis que el Demonio os asalte? Id raras veces a la Santa Misa y a la Comunión. ¿Queréis que el Demonio huya de vosotros? Visitad a menudo a Jesús Sacramentado».
Conclusión: Combatir con perseverancia hasta el último día
No nos engañemos ni contemporicemos con la tibieza o la mediocridad espiritual; la lucha contra el pecado y la concupiscencia dura tanto como nuestra peregrinación terrenal, pero la victoria está prometida a quienes, apoyados en los sacramentos, en la oración constante y en la filial devoción a la Santísima Virgen María, combaten con resolución y firmeza.
«Combate el buen combate de la Fe, aférrate a la Vida eterna a la que has sido llamado.» 1ª Carta a Timoteo, cap. 6, vers. 12.
jueves, 15 de octubre de 2026
SANTA TERESA DE JESÚS, Virgen, Fundadora y Mística
Nació en la ciudad española de Ávila, el 28 de Marzo de 1515. Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila de Ahumada.
Con apenas catorce años, sufrió la pérdida de su madre; inmersa en inmensa tristeza, acudió ante una imagen de Nuestra Señora y, como nos cuenta la misma Santa, "le rogué con muchas lágrimas, que me tomase por hija suya". Así, teniendo a la Madre de Dios como Madre y Señora, nunca se volvería a sentir huérfana, ni de carne, ni de espíritu.
Santa Teresa llevaba veinticinco años viviendo en la Encarnación, cuando una sobrina suya, que también era monja del mismo convento, le sugirió crear un convento más pequeño, con un número reducido de monjas. La Santa entendió en aquellas palabras que el Señor la llamaba a volver a la Primitiva Regla Carmelitana y por eso se puso a la labor de fundar un convento reformado. Tuvo el apoyo espiritual de San Pedro de Alcántara, de San Luis Beltrány del Obispo de Ávila; ante semejantes amigos, el Padre Gregorio Fernández, Provincial de los Carmelitas, dio su consentimiento para la fundación del nuevo convento, pero ante las presiones que se generaron a raíz de la idea reformadora de Santa Teresa, retiró el permiso poco tiempo después.






















