jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTIMA DEL FUEGO DE LA CARIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    En orden a la vida espiritual, se ha de insistir en la dignidad del Sacerdocio de Cristo, la que se manifiesta inmediata y concretamente considerando que fue y es siempre y al mismo tiempo Sacerdote y Hostia. Se lee en la Epístola a los de Éfeso (v, 2): «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave». 

                    ¿Por qué fue y será siempre Sacerdote y Hostia al mismo tiempo?. Porque ninguna otra hostia era digna de Su Sacerdocio. Fue una Hostia perfectísima de infinito valor, como la Oblación del Sacrificio de la Cruz era subjetivamente de valor infinito por parte de la persona del Verbo. Aún más: fue Hostia en un triple aspecto: Hostia por el pecado para la remisión de los pecados, Hostia pacífica para la conservación de la Gracia, Hostia de Holocausto para redimir las almas y unirlas perfectamente con Dios en la Gloria... 

                    Cristo, es cierto, no se dio muerte a Sí mismo; consintió voluntariamente el ataque de sus enemigos, pudiendo rechazarlos fácilmente, como acaeció al derribarlos en tierra en el Huerto de Getsemaní. Él había dicho: «Nadie Me quita la vida; Soy Yo quien la doy de Mí mismo» (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 18). 

                    Dice Santo Tomás que el fuego que abrasó esta Víctima fue el ardor de la Caridad, cuyo origen era el Cielo; poco después se manifestó sensiblemente -por la gloriosa Ascensión y Resurrección- que Dios Padre aceptaba la Víctima ofrecida. Ha de notarse que la muerte voluntaria de Cristo difiere de la de los Mártires, en cuanto que fue un sacrificio verdadero en su sentido propio. Cierto que la muerte de los Mártires es voluntaria, pero causada por heridas mortales, no tienen libertad de dar o retener la vida; Cristo, por el contrario, podía, por un milagro, no morir, aunque las heridas fueran mortales; podría haberlo querido si el Querer del Padre no le señalase morir por nosotros. Además, que no todos los Mártires son Sacerdotes. Por tanto, su sacrificio no es un sacrificio propiamente tal, ofrecido por un Sacerdote. Cristo, pues, se ofreció como Víctima primero en la Cena, incruentamente, bajo las especies de pan y de vino, luego en la Cruz en Su propio Cuerpo, cruentamente. 

                    Pero, aun cuando no se hubiera celebrado la Cena, Su Muerte voluntaria en la Cruz sería un Verdadero y Perfecto Sacrificio, y no una parte sólo del sacrificio. En la crucifixión hubo no sólo inmolación cruenta, sino incluso oblación interna y externamente manifestada, principalmente en aquellas últimas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo Mi Espíritu»; «todo se ha cumplido» (Evangelio de Lucas, cap. 23, vers. 46). El efecto de este sacrificio es la expiación de nuestros pecados: «Tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Profeta Isaías, cap. 53, vers. 4).


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



miércoles, 11 de febrero de 2026

"...ROGAD A DIOS POR LOS PECADORES, BESAD LA TIERRA EN PENITENCIA POR LOS PECADORES", el siempre actual Mensaje de Lourdes

 

Pobreza, Oración y Penitencia, 
en el sentido pleno de conversión, 
son las tres palabras clave con las 
que se concluye el lado práctico 
del Mensaje de Lourdes 


                   En 1846, Nuestra Señora se aparecía en la montaña francesa de La Salette; allí comunicaba un Secreto a dos jóvenes pastores, Maximino y Melanie; a esta sencilla muchacha advierte: Esto que Yo te voy a decir no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858. Llegado el año fijado por la Virgen Santa, Melanie Calvat lucha por imprimir el Secreto según los pedidos de la Madre de Dios, pero sólo encontrará reticencias e impedimentos hasta que consiguió publicarlo en 1879. No obstante, la Virgen sí cumplió con la fecha y en 1858 se manifestaba de nuevo en Francia, esta vez en la humilde población de Lourdes.

                    Jueves, 11 de Febrero de 1858, en la humilde familia de Los Soubirous habían tomado un pobre desayuno a las nueve. Bernadette, de catorce años pero con cuerpo de niña de menor edad, hilaba la estopa con su hermana Toinette, de once años. Su padre, François Soubirous, enfermo, estaba acostado. Los dos más pequeños jugaban en un rincón. La madre, Louise, se atareaba en la preparación de un pobre puchero con los ingredientes que tenía. —Dios mío —exclamó Bernadette—, ya no queda leña. —¿Y la que fuimos a buscar ayer? —protestó Toinette. El día anterior, Toinette había salido con su madre a las cuatro de la mañana a recoger leña. Había pasado tanto frío con los pies descalzos dentro de los zuecos, que Louise tuvo que envolvérselos con su delantal mientras ella preparaba la gavilla. Sí, pero ya se habían comido el haz... la leña les dio los seis céntimos de pan de la jornada anterior. Había que salir otra vez. 

                   Al poco rato, en torno a las once de la mañana, tres pares de zuecos golpearon los adoquines de la calle des Petits Fossés, giraron a la derecha por la calle de Baous, cruzaron la puerta del mismo nombre, cuya bóveda resonaba. Y de pronto ya estaban en el campo. Las niñas torcieron a la derecha delante del cementerio y rodearon el llamado «prado del paraíso» recogiendo algunas ramitas. El cesto iba de mano en mano: de Jeanne a Toinette y de Toinette a Bernadette. Volvieron a bajar hacia el torrente. No fue necesario ir tan lejos. A doscientos metros de allí estaba la lengua puntiaguda de arena donde se unían el Gave y el canal.

                   Se trataba de una formación rocosa de veintisiete metros de alto, nudosa, abultada por protuberancias, surcada por grietas y anfractuosidades de distintos tamaños, coronada de una avara maleza. Por todo adorno tenía un penacho de hiedra hacia la cima, y en un nicho a unos tres metros y medio del suelo, justo enfrente, un rosal salvaje cuyas ramas caían hasta el suelo. El lugar llevaba el adecuado nombre de Masse-vieille (vieja roca) o Massabielle, como todavía se pronuncia. La vieja roca parecía sostenida por un enorme arco rocoso entre cuatro y cinco metros de ancho, que cubría una gruta alargada de ocho metros de anchura. El pie izquierdo estaba apuntalado en el agua del Gave y se elevaba, con suavidad y oblicuamente, hasta una altura de tres o cuatro metros. El lado derecho caía en vertical. En el interior de la gruta, tan profunda como ancha, el suelo lleno de arena y morrena formaba un plano inclinado que confluía en la bóveda, al fondo. Sobre esta pendiente el torrente había depositado la madera y los huesos.


PRIMERA APARICIÓN: UNA MARAVILLOSA NIÑA BLANCA

                   En medio del paisaje inmóvil, en una especie de nicho que formaba una mancha oscura en la parte derecha de la roca, a tres metros por encima del suelo, se agitaba una mata de espinos. Una suave luz iluminó progresivamente aquel agujero en sombra. Y dentro de la luz, una sonrisa; era una maravillosa niña blanca. Separó los brazos al tiempo que se inclinaba en un gesto de recibimiento que parecía decir: «Acercaos...» Bernadette, paralizada por la sorpresa, pasmada, no se atrevió a moverse. ¿Era el miedo? Quizá, ¡pero era tan dulce! No sentía el menor deseo de escapar. No, se quedaría para siempre ahí, contemplando. Algo, sin embargo, luchaba en su interior. No estaba acostumbrada a escucharse, a alimentar fantasías agradables. Reaccionó diciéndose: «¡Vamos!, me estoy engañando.» Se frotó enérgicamente los ojos varias veces. La fricción de las palmas de sus manos borró el paisaje, sumergiéndola en la oscuridad. Los dos globos aplastados, reducidos a su consistencia material, le procuraron una innegable sensación de realidad. 

                   Volvió a abrir los ojos. La niña blanca seguía ahí, con su sonrisa. Con un gesto habitual, casi instintivo, se llevó la mano derecha al bolsillo del delantal, encontró el Rosario, el tranquilizador Rosario de las noches de asma. Levantó el brazo mecánicamente para hacer la señal de la Cruz con el crucifijo. ¡Sorpresa! el brazo se detuvo a medio camino; la mano cayó. ¡Da igual! Querer es poder... Pero no, el brazo le colgaba invenciblemente flojo y sin energía, aunque no dejaba de notar el tacto de la cruz de madera entre los dedos. De golpe, el sobrecogimiento se convirtió en miedo. Le temblaba la mano. 

                   En el hueco de la roca, la Aparición esbozó un gesto, el gesto que Bernadette quisiera hacer. También Ella sostenía un Rosario en la mano, un Rosario blanco con una gran Cruz brillante (1). Se lo llevó a la frente. Acompañando su gesto, el brazo de Bernadette se levantó por sí solo y dibujó a su vez una amplia señal de la Cruz. Con este gesto se desvaneció todo el temor y sólo quedó una intensa alegría. Bernadette se arrodilló. 

                   Las dos compañeras que se alejaban distinguieron, al volverse, la minúscula silueta en su postura de oración, arrodillada sobre el banco de arena en pleno torrente. Ranne se encogió de hombros. —¡Está loca si se pone a rezar ahí! ¡Ya es suficiente con rezar en la iglesia! 

                   De pronto... mientras pasaba las cuentas del Rosario, Bernadette observaba todo lo que podía, y ambas acciones se acompañaban maravillosamente. El tiempo volaba y permanecía como una pequeña eternidad. La Aparición hacía correr las cuentas entre sus dedos pero no movía los labios. Tan pronto terminó la oración, desapareció. Los ojos de Bernadette escrutaron en vano una estela de luz que se prolongó un instante antes de disiparse como una nube. ¡Sólo quedó la roca negra, la llovizna, el cielo gris, el tiempo encapotado! Pero nada de todo eso pesaba ya. La fatiga y la preocupación de hacía un momento habían desaparecido. Aquellas Apariciones se repetirían hasta en diecisiete ocasiones más.


ROCÍA A LA VIRGEN CON AGUA BENDITA

                   El 14 de Febrero, pese a la prohibición de sus padres, Bernadette regresa a la Gruta movida por una fuerza interior que la llama; de nuevo se presenta la Señora ante ella y Bernadette, la rocía con agua bendita... la Señora sonríe e inclina la cabeza. Acabado de rezar el Rosario, la Señora desaparece.


LA VOZ DE LA VIRGEN, APARICIÓN DEL 18 DE FEBRERO DE 1858

                   Llegada a la Gruta, Bernadette se puso de rodillas, sabedora que tenía el encargo de algunas personas de preguntar a la Aparición su nombre; pero no de cualquier manera pretendían que la niña interrogara a la Señora, sino que deseaban dar cierta autoridad al acontecimiento y por eso pidieron a Bernadette que la misma Señora escribiese su nombre. 

                  Una vez la Señora se hizo presente, la joven vidente, se puso de puntillas y le alargó con los brazos extendidos la pluma y el papel, diciéndole al mismo tiempo «Boulet aoue era bouentat de mettre vostre noum per escriout?» (¿Tendría la bondad de poner su nombre por escrito?). (2)

                   La Señora se echó a reír, envuelta en su propia luz, con una risa como las que tienen las niñas en el Cielo. ¿Qué era lo que le hacía tanta gracia?. ¿Eran los avíos sacados de la escribanía del tribunal en manos de Bernadette, que no sabía leer?. 

                   En cualquier caso, era una risa benévola y Bernadette se echó a reír al igual que ella de la extravagante ofrenda que sostenía en sus manos. Aquello inauguró entre ellas un sentimiento de complicidad. ¡Qué amistosa era la mirada de la bella Señora! ¡Y qué dulce iniciar con risas esa amistad! 




                   Bernadette se atrevía a amarla sin miedo. La risa de la Señora terminó en una sonriente respuesta. «N'ey pas necessari.» (No es necesario.) Era la primera vez que oía su voz fina y suave. Ahora estaba segura de que no se trataba de una ilusión. La Virgen, más real aún que todo aquello y más presente, esa vez enlazó sus frases en tono serio y sumamente elegante: «Boulet aoue era gracia de bié aci penden quinze dias?» (¿Quiere tener la cortesía de venir aquí durante quince días?

                   La hija de los Soubirous, poco habituada a tanta deferencia, se quedó totalmente desconcertada. La Señora llamaba de usted a una chiquilla a la que todo el mundo tuteaba; había dicho si quería tener la cortesía, una bonita y educada fórmula del dialecto de Lourdes. Bernadette respondió de corazón, sin detenerse a pensar en las consecuencias. A su promesa le respondió otra promesa. «Non proumeti pas deb hé urousa en este mounde, mès en aoute.» (No prometo hacerla feliz en este mundo, sino en el otro.) Estas parcas palabras parecían dulces bajo la mirada de Aquélla que las pronunciaba. 


EL CIRIO QUE NO QUEMABA

                   El 19 de Febrero Bernadette llegó a la Gruta portando un cirio encendido; a partir de ese momento, muchos devotos del lugar la empezarían a imitar y pronto nacería la procesión de antorchas que aún hoy perdura. Durante la Aparición, la parte inferior del cirio se coló entre los dedos de Bernadette, quedando la llama a la altura de los dedos; sin embargo la joven vidente no sufrió quemadura alguna pese haber estado expuesta al fuego por más de quince minutos, como confirmó un médico presente.


APARICIÓN DEL 24 DE FEBRERO, "PENITENCIA..."

                   Llegada a los pies de la gruta Bernadette se arrodilló, encendió un cirio y se persignó con una devoción contagiosa. Las cuentas del rosario corrían entre sus dedos cruzados. Cuando terminaba la primera decena, se produjo algo imponderable, una especie de movimiento hacia adelante, o más bien un impulso muy suave, pues Bernadette no se había movido. Pero su semblante había cambiado. A la lívida luz del amanecer, que la amarilla oscilación del cirio calentaba apenas, la cara palideció adquiriendo una luminosa blancura. La niña acababa de pasar a otro mundo.

                   Bernadette ya no sonreía... Nuestra Señora tampoco. Una especie de nube cubrió el resplandor de su cara. Recuperó el color. Al levantarse parecía triste, preocupada; incluso disgustada... la Virgen, con semblante profundamente triste le dice: "¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Rogad a Dios por los pecadores!, ¡Besad la tierra en penitencia por los pecadores!". Esta frase la repetiría la Señora en las siguiente Apariciones.

                   La noticia de las Apariciones se extendió por toda la comarca, y muchos acudían a la Gruta creyendo en el suceso, otros se burlaban. En la novena Aparición, el 25 de Febrero, la Señora mandó a Santa Bernadette a beber y lavarse los pies en el agua de una fuente, señalándole el fondo de la gruta. La niña no la encontró, pero obedeció la solicitud de la Virgen, y escarbó en el suelo, produciéndose el primer brote del milagroso manantial de Lourdes. Bernadette realiza ejercicios repulsivos, como besar la tierra, cavar en el suelo embarrado y comer hierba. Los asistentes menos devotos la tachan de visionario y loca.

                   En las Apariciones, la Señora exhortó a la niña a rogar por los pecadores, manifestó el deseo de que en el lugar sea erigida una capilla y mandó a Bernadette a besar la tierra, como acto de penitencia para ella y para otros, el pueblo presente en el lugar también la imitó y hasta el día de hoy, esta práctica continúa.



YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN

                   El 25 de Marzo, a pedido del Párroco del lugar, la niña debe preguntar a la Señora quién es...

                   Durante tres semanas Bernadette permanece ausente de la Gruta, pero ha estado ensayando mentalmente una bonita frase, ceremoniosa como una reverencia, que en parte le habían sugerido: «Mademisello, boulet aoué la bountat de me disé que es, s’il bou plan?» (Señorita, ¿tendría la bondad de decirme quién es, por favor?) Pero la «frase bonita» era demasiado complicada. Bernadette se liaba, tropezó y dijo voluntad (boulentat) en lugar de bondad (bountat), dos palabras que era incapaz de distinguir. La más larga le parecía más educada. 

                   La Señora sonrió de nuevo. ¿Se estaba burlando, como decía el Párroco? No... había tanta amabilidad y tanta bondad en su mirada. Tenía que volver a empezar. «Boulet aoué la boulentat de disé...» La sonrisa de la Virgen se hizo aún más amplia. Se echó a reír, pero esta vez Bernadette no iba a renunciar. 

                  «Boulet aoué la boulentat!», suplicó una vez más. Silencio... Pero Bernadette estaba decidida y nada la detendría ya. Lo repetiría diez veces si hacía falta, ya que la Señora no mostraba enfado. No fue necesario llegar a tanto. A la cuarta ocasión la Virgen dejó de reír. Cambió el rosario, llevándoselo al brazo derecho. Sus manos se separaron, y las extendió con las palmas hacia el suelo. De aquel gesto tan sencillo emanaba majestad; su silueta de niña adquirió grandeza; su juventud, un peso de eternidad. Con un movimiento acompasado, juntó luego las manos a la altura del pecho, levantó los ojos al cielo y dijo: «Que soy era Immaculada Councepciou» (Soy la Inmaculada Concepción)»

                   Bernadette fue a contar lo sucedido a su Párroco, pero éste dudó de que una simple jovencita analfabeta pudiese saber sobre el Dogma de la Inmaculada Concepción, declarado por el Papa Pío IX cuatro años antes. 


ÚLTIMA APARICIÓN, "JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA"

                  El 16 de Julio de 1858, Festividad de la Virgen del Carmen, tiene lugar la última Aparición; Bernardette, siente una vez más en su interior el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del río Gave, enfrente de la Gruta. «Me parecía que estaba delante de la Gruta, a la misma distancia que las otras veces, no veía más que a la Virgen. Jamás la había visto tan bella.»

                  Las Apariciones fueron declaradas auténticas el 18 de Enero 1862. En el lugar se comenzó a construir un Santuario, que el Papa Pío IX concedió el título de Basílica en 1874. Bernadette, que había ingresado en las Hermanas de la Caridad de Nevers, entró en la Vida en 1879 y fue canonizada en 1933. 



     NOTAS

                  1   Según el relato de la misma Bernardette el Rosario que llevaba Nuestra Señora era como el de la vidente: de seis decenas, más conocido como Corona de Santa Brígida.

                  2  Bernadette hablaba tan solo su lengua materna, el gascón, típico de aquella región francesa; la Virgen siempre se comunicó con la joven en ese dialecto.




martes, 10 de febrero de 2026

SANTA ESCOLÁSTICA DE NURSIA



                    Santa Escolástica fue hermana gemela de San Benito Abad, el gran Patriarca de los monjes de Occidente. Escolástica nació hacia el año 480 en la ciudad de Nursia, en Umbría, la región central de la península itálica. Fueron sus padres, Eutropio Anicio, descendiente de la antigua familia senatorial romana de los Anicios y capitán general romano en aquella región; su madre, Abundancia Reguardati, Condesa de Nursia, que falleciera poco después de dar a luz a los gemelos.

                    Escolástica se consagró a Dios desde su más tierna infancia, según lo atestigua San Gregorio Magno en el segundo libro de los Diálogos. A la edad de doce años fue enviada a Roma junto con su hermano para seguir los estudios clásicos, pero ambos quedaron profundamente escandalizados por la vida disoluta que ahí se llevaba. Benito fue el primero en romper con el mundo y retirarse a una ermita. Escolástica quedó así como única heredera del cuantioso patrimonio de la familia. Sin embargo, dejando de lado toda afección por los bienes terrenos, suplicó y obtuvo de su padre autorización para consagrarse a la vida religiosa.

                    Algunos años después siguió al hermano a su retiro, en las escarpadas gargantas de Subiaco, a unos 80 kilómetros al sureste de Roma. Y cuando San Benito fundó la abadía de Monte Cassino, Escolástica quiso acompañarlo, estableciéndose a escasos 7 kilómetros al sur de la abadía. Allí fundó el monasterio de Piumarola, donde junto a otras doncellas puso en práctica la Regla de San Benito, iniciándose así la rama femenina de la Orden Benedictina.

                    “Tal fue el nacimiento y el origen de aquella célebre Orden tan dichosamente extendida, que llegó a contar hasta catorce mil monasterios de vírgenes propagados por todo el Occidente”. (1)

La Obra de San Benito

                    “San Benito invita a servir a Dios no como hasta entonces, «huyendo del mundo» en la soledad o la penitencia itinerante, sino viviendo en una comunidad estable y organizada, y dividiendo rigurosamente su tiempo entre la oración, el trabajo, el estudio y el descanso”. (2)

                    Santa Escolástica fundó una orden de monjas que hoy sería diametralmente opuesta a ciertos postulados de la Teología de la Liberación. Concibió un modelo de religiosas que serían fundamentalmente… religiosas.

                    Ellas no emprenderían directamente obras asistenciales, tales como cuidar de hospitales, cárceles u orfanatos; ni tampoco se dedicarían a la educación de la juventud, ni siquiera darían clases de Catecismo para niños. Esto puede chocar al pragmatismo moderno, tanto más que la Orden nacía en una época intensamente conturbada por las sucesivas invasiones de los pueblos bárbaros, en que su dedicación a obras de caridad parecería tan necesaria. Pero sus monjas realizarían algo mucho mayor que todo ello: rezarían y se sacrificarían.

                    Santa Escolástica y sus benedictinas, con su vida y su ejemplo, dejaron muy en claro que si el apostolado de la rama masculina de su orden logró ser tan fecundo, lo fue porque había una rama femenina que rezaba, que se inmolaba, que contemplaba… De tal forma, el ideal de la contemplación se entrelazó manifiestamente a la fecundidad del apostolado, que produjo la asombrosa conversión de Europa al cristianismo, como señala el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.

La corona del sufrimiento

                    “Vemos aquí el papel admirable, el papel insustituible, en algún sentido, el papel incomparable de Santa Escolástica. Porque para actuar hay algunos tantos; en cambio, para luchar son menos numerosos; y, para sufrir, ¡cuán pocos son!

El último coloquio de San Benito y su hermana Santa Escolástica

                    No tengo palabras que basten para expresar mi veneración por el apostolado del sufrimiento, de aquellos que aceptan las cruces y hasta las piden, con la eventual aprobación de su director espiritual; aceptan y las piden para sufrir para que el trabajo de otros sea fecundo. Es uno de los temas que más me conmueve y que más me impresiona: el tema de la fecundidad del apostolado del sufrimiento.

                    No hay ser que yo me sienta más propenso a venerar que a uno que sufre intencionalmente para que el otro gane las batallas; que carga sobre sí el infortunio, carga sobre sí la infelicidad y termina siendo un héroe que sólo Dios ve. ¿Todo ello para qué?. Exclusivamente para que el apostolado de otros sea fecundo. Este carácter de la obra de Santa Escolástica merece ser mencionado aquí con una veneración especial”. (3)

                    Una de las recomendaciones de Santa Escolástica a sus hijas espirituales era la de observar rigurosamente la regla del silencio, y de evitar sobre todo la conversación con personas extrañas al monasterio, aunque se tratara de mujeres devotas que fueran a visitarlas. Ella decía: “Callad o hablad de Dios; pues, ¿qué cosa en este mundo es tan digna de tener que hablar?”.



Tormenta milagrosa

                    Durante cinco lustros, los dos hermanos acostumbraron una vez al año reunirse en una pequeña construcción perteneciente a los benedictinos que equidistaba entre ambos monasterios. Benito bajaba en compañía de sus monjes y Escolástica hacía lo propio con algunas de sus monjas. La última conversación que tuvieron en esta tierra es narrada por San Gregorio Magno en su ya citada obra:

                    “Un día fue ella como de costumbre y su venerable hermano descendió a verla acompañado de algunos discípulos. Pasaron todo el día en alabanzas al Señor y en santas conversaciones y cuando anochecía tomaron juntos una refección. Estaban todavía en aquel santo coloquio, sentados a la mesa a una hora ya muy avanzada, cuando la religiosa hermana del Santo le rogó: «Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar hasta el amanecer de las alegrías de la Vida Eterna». Pero él le respondió: «¿Qué dices, hermana? De ningún modo puedo permanecer fuera del monasterio».

                    El cielo estaba tan sereno que ni una nube se divisaba en el firmamento. La santa religiosa, al oír la negativa del hermano, entrelazó sobre la mesa sus manos y apoyó en ellas la cabeza para orar a Dios Todopoderoso. Cuando la levantó, la violencia de los rayos y truenos y el torrente de lluvia eran tales que ni el venerable Benito ni los hermanos que lo habían acompañado podían trasponer siquiera los umbrales del lugar donde estaban a cubierto.

                    Efectivamente, la piadosa mujer, cuando apoyó la cabeza sobre las manos, había derramado en la mesa un torrente de lágrimas que tuvieron como resultado cambiar la serenidad del cielo en copiosa lluvia. Y la inundación fue tan inmediata que en el mismo instante en que levantó la cabeza con el ruido del huracán, el agua comenzaba a caer. Viendo entonces el hombre de Dios que en medio de tantos relámpagos y truenos y con la lluvia torrencial no era posible regresar al monasterio, entristecido comenzó a quejarse: «Que Dios Omnipotente te perdone hermana. ¿Qué hiciste?» Y ella respondió: «Mira, te pedí a ti y no quisiste escucharme; pedí entonces a mi Señor y Él me oyó. Ahora, sal, si puedes. Sal, déjame y vuelve a tu monasterio». Pero él, sin poder salir del lugar, tuvo que permanecer allí contra su voluntad. Y así fue como pasaron toda la noche despiertos, nutriéndose ambos en la mutua conversación y en santos coloquios sobre la vida espiritual”. (4)

                    Suceso extraordinario, que nos proporciona una amplia noción de la virtud y del mérito de Santa Escolástica, determinando que la victoria en aquella piadosa disputa se inclinara por la que tenía un amor de Dios más perfecto y más fuerte.

Vuelo celestial

                    A la mañana siguiente ambos se despidieron y cada uno partió de regreso a su monasterio. Tres días después, estando San Benito en oración, levantó los ojos al cielo y contempló al alma de su hermana que en forma de paloma se había desprendido del cuerpo y penetraba triunfante en las regiones celestiales.

                    Compartiendo con ella la alegría, dio gracias a Dios Omnipotente con alabanzas y cánticos, anunció su muerte a sus monjes y los envió enseguida para que trasladaran el cuerpo al monasterio, donde lo depositaron en la sepultura que él había preparado para sí mismo. Era el 10 de febrero del año 547. Cuarenta días después, el 21 de Marzo, fallecía del mismo modo San Benito, su hermano y confidente, fundadores de las ramas masculina y femenina de la Orden Benedictina, e insignes pilares de la Civilización Cristiana en Europa.  


   Pablo Luis Fandiño


NOTAS

     1) P. Juan Croisset  S.J., Año Cristiano, Gaspar y Roig, Madrid, 1852, t. 1, pp. 228-230.

     2) Domenico Agasso, Santa Scolastica Vergine.

     3) Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Santo del Día, 10 de Febrero de 1965. 

     4) San Gregorio Magno, Papa, Vida y Milagros de San Benito, Editorial Stella Matutina, Buenos Aires, 1999.



lunes, 9 de febrero de 2026

ESTOY SEGURA QUE DIOS ME VA A ESCUCHAR... la Novena de los 24 Glorias para honrar y pedir una gracia a Santa Teresita de Lisieux

  


"Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el Cielo.
 Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas.
 Así se lo he pedido a Dios y estoy segura de que me va a escuchar"

(Carta autógrafa número 254 de Santa Teresita) 

   
                El Padre Anton Putigan, Sacerdote Jesuita (1), comenzó una Novena en honor a Santa Teresita del Niño Jesús; era entonces el 3 de Diciembre de 1925 y Santa Teresita había sido canonizada por el Papa Pío XI, el 17 de Mayo de ese mismo año; el buen Sacerdote se encomendó a la Santa Carmelita pidiendo una gracia importante.

                Con esta intención comenzó a rezar durante la Novena 24 Glorias, en acción de gracias a la Santísima Trinidad por los favores y gracias concedidos a Santa Teresita del Niño Jesús en los 24 años de su existencia terrenal. El Padre Putigan pidió entonces una prueba de que su Novena era escuchada; esta señal sería recibir una rosa fresca y entreabierta. En el tercer día del rezo de la Novena, una persona amiga busca al Sacerdote y le ofrece una rosa encarnada: alguien le había regalado un precioso ramo por su cumpleaños y sintió la necesidad de compartir una con él... ¿casualidad?. Los Católicos le llamamos Providencia.

                  El día 24 de Diciembre del mismo año, el Padre Putigan, comenzó una segunda Novena y pedía ahora como señal una rosa blanca. En el cuarto día de la Novena, la Hermana Vitalis, enfermera en un hospital, le trajo una rosa blanca diciendo:

                     - Aquí está una rosa blanca que Santa Teresita envía a su Paternidad.

                  Sorprendido, pregunta el Padre Putigan: 

                     - ¿De dónde viene esta rosa?

                  La Hermana Vitalis le comenta:

                     - Fui a la Capilla donde se encuentra adornada una imagen de Santa Teresita, y al aproximarme al Altar de la Santita, cayó a mis pies esta rosa. Quise colocarla de nuevo en el jarrón pero me acordé de traerla a Vd.



Toca sobre la imagen para verla en su tamaño original;
se recomienda imprimirla a doble cara, sin fines comerciales


                  El Padre Putigan alcanzó las gracias pedidas en la Novena; resolvió propagarla formando una cruzada de oraciones en honor a Santa Teresita.

                  La Novena de los 24 Glorias se suele hacer desde el día 9 al 17 de cualquier mes, participando así en la comunión de oraciones de los que la rezan esos días, pero se puede hacer igualmente en cualquier otra fecha; los más devotos de Santa Teresita preferimos dedicarle a diario los 24 Glorias...


NOTA

                    1) El Padre Anton Putigan ingresó en la Compañía de Jesús en 1879 y sería ordenado Sacerdote en 1893. Por su profundo conocimiento sobre Los Balcanes llegó a convertirse en asesor personal del Archiduque Francisco Fernando de Austria, a quien le administró el Sacramento de la Extremaunción tras el atentado de Sarajevo, en 1914. El Padre Putigan moriría en Viena, el 4 de Septiembre de 1926, a los 67 años de edad y 33 de Sacerdocio, dejando un legado de fundaciones marianas, la edición de dos revistas católicas y la Novena de los 24 Glorias en honor de Santa Teresita, plegaria que se ha extendido por diversos países y que ha ayudado a dar conocer la figura de la Santa de las Rosas.



EL FUEGO DEL PURGATORIO ES EL MISMO FUEGO DEL INFIERNO, por San Juan María Vianney



                    Vengo en Nombre de Dios. ¿Por qué estoy hoy en el púlpito, queridos hermanos? ¿Qué les voy a decir? ¡Ah! Vengo en nombre de Dios mismo. Vengo en nombre de sus pobres padres, para despertar en ustedes el amor y la gratitud que les deben. Vengo a recordarles de nuevo todas esas bondades y todo el amor que les brindaron mientras estuvieron en la tierra. Vengo a decirles que sufren en el Purgatorio, que lloran y que exigen con fervor la ayuda de sus oraciones y sus buenas obras. 

                    Me parece oírlos clamar desde lo más profundo de ese fuego que los devora: «¡Díganle a nuestros seres queridos, a nuestros hijos, a todos nuestros parientes cuán grandes son los males que nos hacen sufrir! Nos postramos a sus pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! ¡Díganles que desde que nos separaron de ellos, hemos estado aquí ardiendo en las llamas!».

                    ¡Oh! ¿Quién sería tan indiferente ante los sufrimientos que estamos padeciendo? ¿Ven, mis queridos hermanos, escuchan a esa tierna madre, a ese devoto padre y a todos esos parientes que los ayudaron y cuidaron? «Amigos míos», claman, «líbranos de estos dolores; "Puedes hacerlo." Consideren, pues, mis queridos hermanos: (a) la magnitud de estos sufrimientos que padecen las almas del Purgatorio; y (b) los medios que tenemos para mitigarlos: nuestras oraciones, nuestras buenas obras y, sobre todo, el Santo Sacrificio de la Misa. 

                    No quiero detenerme en este punto para demostrarles la existencia del Purgatorio. Sería una pérdida de tiempo. Nadie entre ustedes tiene la menor duda al respecto. La Iglesia, a la que Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo y que, en consecuencia, no puede equivocarse ni desviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera muy clara y positiva. Es cierto, muy cierto, que hay un lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidas en la gloria del Paraíso, que les está asegurada. Sí, mis queridos hermanos, y es un Artículo de Fe: si no hemos hecho una penitencia proporcional a la grandeza y enormidad de nuestros pecados, aunque hayan sido perdonados en el Santo Tribunal de la Penitencia, nos veremos obligados a expiarlos... 

                    En la Sagrada Escritura hay muchos textos que muestran claramente que, aunque nuestros pecados puedan ser perdonados, Dios aún nos impone la obligación de sufrir en este mundo con penurias temporales o en el otro con las llamas del Purgatorio. Observen lo que le sucedió a Adán. Debido a su arrepentimiento tras cometer su pecado, Dios le aseguró que lo había perdonado, y aun así lo condenó a novecientos años de penitencia, una penitencia que supera cualquier cosa imaginable. 

                    Véase también: David ordenó, en contra de la Voluntad de Dios, el censo de sus súbditos, pero, afligido por el remordimiento, vio su pecado y, postrándose en tierra, suplicó al Señor que lo perdonara. Dios, conmovido por su arrepentimiento, lo perdonó. Pero a pesar de eso, envió a Gad para decirle a David que tendría que elegir entre tres azotes que le había preparado como castigo por su iniquidad: la peste, la guerra o el hambre. David Dijo: «Es mejor que caiga en manos del Señor (pues Sus misericordias son muchas) que en manos de los hombres». Eligió la peste, que duró tres días y mató a setenta mil de sus súbditos. Si el Señor no hubiera detenido la mano del Ángel, que se extendía sobre la ciudad, ¡toda Jerusalén habría quedado despoblada! David, al ver tantos males causados ​​por su pecado, imploró la gracia de Dios para que lo castigara solo a él y perdonara a su pueblo, que era inocente. 

                    Vean también la penitencia de Santa María Magdalena; tal vez eso les ablande un poco el corazón. ¡Ay, mis queridos hermanos! ¿Cuántos años tendremos que sufrir en el Purgatorio, nosotros que tenemos tantos pecados, nosotros que...? ¿Con el pretexto de que los hemos confesado, no hacemos penitencia ni derramamos lágrimas?.

                    ¿Cuántos años de sufrimiento nos esperan en la otra vida? Pero, cuando los Santos Padres nos dicen que los tormentos que sufren en este lugar parecen iguales a los sufrimientos que Nuestro Señor Jesucristo soportó durante Su dolorosa Pasión, ¿cómo puedo pintarles una imagen desgarradora de los sufrimientos que estas pobres almas padecen?. Sin embargo, es cierto que si el más mínimo tormento que sufrió Nuestro Señor hubiera sido compartido por toda la humanidad, todos morirían por la violencia de tal sufrimiento. 

                    El fuego del Purgatorio es el mismo que el fuego del Infierno; la diferencia entre ellos es que el fuego del Purgatorio no es eterno. ¡Oh! Si Dios, en Su gran Misericordia, permitiera que una de estas pobres almas, que arden en estas llamas, apareciera aquí en mi lugar, rodeada por el fuego que la consume, y si ella misma les contara los sufrimientos que padece, esta iglesia, mis queridos hermanos, resonaría con sus llantos y sollozos, y quizás eso finalmente ablandara sus corazones. 

                    ¡Oh! ¡Cuánto sufrimos!, nos gritan. ¡Oh! Ustedes, nuestros hermanos, ¡líbranos de estos tormentos! ¡Pueden hacerlo! ¡Ah, si tan solo experimentaran el dolor de estar separados de Dios! ... ¡Cruel separación! ¡Arder en el fuego encendido por la Justicia de Dios! ... ¡Sufrir dolores incomprensibles para el hombre mortal! ... ¡Ser devorados por el arrepentimiento, sabiendo que tan fácilmente podríamos haber evitado tales dolores! ... ¡Oh! Hijos míos, lloran los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos tan fácilmente a nosotros, quienes los amamos tanto? ¿Pueden entonces dormir cómodamente y dejarnos tendidos en un lecho de fuego? ¿Tendrán el valor de entregarse al placer y la alegría mientras nosotros estamos aquí sufriendo y llorando noche y día? Tienen nuestras riquezas, nuestros hogares, están disfrutando del fruto de nuestro trabajo, y nos abandonan aquí en este lugar de tormentos, donde estamos sufriendo males tan espantosos durante tantos años! ... ¡Y ni una sola limosna, ni una sola Misa que ayudaría a liberarnos! ... Puedes aliviar nuestros sufrimientos, puedes abrir nuestra prisión, y nos abandonas. ¡Oh! ¡Qué crueles son estos sufrimientos!... 


San Juan María Vianney



domingo, 8 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE SAN JOSÉ: "ENCONTRARON A MARÍA, A JOSÉ Y AL NIÑO"

  

                En este tradicional septenario dedicado a Nuestro Padre y Señor San José, recordaremos sus principales siete Dolores y Gozos; en este año, 2026, comenzaremos el Domingo 1 de Febrero y concluiremos el Domingo 15 de Marzo. 

                En 1847 el Papa Pío IX se dignó conceder una Indulgencia Plenaria para cada uno de los Siete Domingos de San José, si se observan las condiciones de Confesión, Comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades del Sumo Pontífice y/o de la Santa Iglesia. No hay época señalada para practicar la devoción de los Siete Domingos, pero sí se exige que sean seguidos, sin interrupción.


PREPARACIÓN

               Olvidáte por un momento de las preocupaciones cotidianas, deja a un lado todo aquello que te resta felicidad, sumérgete en el silencio interior e intenta adentrarte en espíritu en la humilde casa de Nazareth, y situado en medio de la Sagrada Familia, contempla la figura paternal de San José, que cuida al Niño, lo besa, lo educa, lo mima... ¿qué podrá negar Jesús Nuestro Señor al que así lo acunó en Su Santa Infancia?


...encontraron a María, 
a José y al Niño... 



INICIO

               Por la señal + de la Santa Cruz, etc.

               En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén

               Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, (se golpea el pecho 2 veces) a mí me pesa, pésame, Señor, de todo corazón haberos ofendido; yo os propongo firmemente la enmienda de nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta.

              Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como os lo suplico, así confío en Vuestra Divina Bondad y Misericordia infinita, me los perdonaréis, por los merecimientos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.


OFRECIMIENTO

               Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros Siete Dolores y Gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y Su Madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo. 


DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

          - Segundo Dolor: Al ver al Divino Niño Jesús en la pobreza 

"Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (Evangelio de San Juan, cap. 1, vers.11)

          - Segunda AlegríaAl escuchar la armonía del Coro de los Ángeles y observar la Gloria de esa noche. 

"Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al Niño reclinado en el pesebre" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers.16) 



ORACIÓN

          Oh Bienaventurado Patriarca, Glorioso San José, escogido para ser Padre Adoptivo del Hijo de Dios hecho hombre: el Dolor que sentisteis viendo nacer al Niño Jesús en tan gran pobreza se cambió de pronto en Alegría celestial al oír el armonioso concierto de los Ángeles y al contemplar las maravillas de aquella Noche tan resplandeciente

         Ahora, reza con piedad un Padrenuestro, un Avemaría, el Ave de San José y un Gloria, para terminar diciendo

         Jaculatoria: San José, Modelo y Patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

        Y terminamos este ejercicio piadoso haciendo la señal de la Cruz, en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




sábado, 7 de febrero de 2026

PRIMER SÁBADO, día de especial reparación al Inmaculado Corazón de María


"Yo he venido a pedir la Consagración del mundo 
a Mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora 
en los Primeros Sábados de mes..."


(Palabras de Nuestra Señora en Fátima, el 13 de Julio de 1917)




               Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María no por un capricho humano sino por un URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.


               Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes. 


               Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro con la Virgen en tercera persona:

               El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:

               ‘Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.’

               Enseguida dijo la Santísima Virgen:

               ‘Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.’




                Ya ha transcurrido un siglo desde que la Virgen Santa quiso ofrecernos este camino de salvación que es la Comunión de los Primeros Sábados. Te invito a leer y difundir este artículo, a fin de que sean muchas más las almas que se acojan al refugio seguro del Purísimo Corazón.


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viernes, 6 de febrero de 2026

PRIMER VIERNES, día de especial reparación al Sagrado Corazón de Jesús

 


              Cristo Nuestro Señor quiso escoger a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), humilde monja visitandina del Monasterio de Paray-le-Monial (Francia), para revelarle los deseos de Su Corazón y para confiarle la tarea de dar a conocer al mundo esta Devoción, que la Providencia ha reservado para los Últimos Tiempos. 

               Según dejó escrito la Santa, entre los años 1673 y 1675, en la intimidad del alma, Jesús la hace reposar en Su Divino Pecho, donde descubre a Santa Margarita las maravillas de Su Amor y los secretos de Su Corazón. "Mi Divino Corazón -le dice- está tan apasionado de Amor a los hombres, que no pudiendo contener en Él las llamas de Su ardiente Caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con preciosos dones".

               En otra ocasión, volvió Nuestro Señor a manifestarse a la religiosa para hacerle un pedido de Amor y Piedad hacia el Santísimo Sacramento; así lo dejó reflejado Santa Margarita en una misiva: "Un Viernes, en la Sagrada Comunión, me dijo el Señor estas Palabras: 

               Te prometo, en la excesiva Misericordia de Mi Corazón, que Su Amor Omnipotente concederá a todos los que comulguen Nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la Gracia de la penitencia final; no morirán en Mi desgracia y sin haber recibido los Sacramentos; Mi Divino Corazón será su Asilo seguro en el último momento."  (Carta de Santa Margarita a la Madre Saumaise, de Mayo de 1688)



jueves, 5 de febrero de 2026

TODO SACERDOTE SANTO ES UNA RED QUE ARRASTRA ALMAS HACIA DIOS



                    ...Por lo general, Dios ilumina siempre al Sacerdote. Digo "por lo general". Es iluminado cuando es un verdadero Sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero Sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo Mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero Sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.

                    ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos Caridad sobrenatural, orar por ellos.

                    Y Mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta Redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos Sacerdotes.

                    Descansa en la Palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo. Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

                    Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.

                    Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos?.

                    Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque -eso sí- igualmente dolorosa.

                    La obediencia salva siempre, recuérdalo; "y el respeto al Sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay -y Jesús lo ha dicho- ay de los Sacerdotes que pierden su llama apostólica!.

                    Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan Verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

                    Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo Sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un Sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

                    Vete en paz.


Palabras de Nuestra Santa Madre a María Valtorta, 
escrito el  8  de Junio de 1944