viernes, 23 de octubre de 2026

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Fundador de los Hijos del Corazón de María, Arzobispo de Cuba, Compatrono de Canarias



                    Antonio Claret y Clará nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent (Barcelona). Criado en el seno de una familia trabajadora y católica de tejedores, desde joven demostró una notable aptitud para el diseño textil. Su capacidad lo llevó a Barcelona, donde perfeccionó el oficio y recibió ofertas prometedoras para dedicarse por completo al sector industrial.

                    Sin embargo, a pesar de sus perspectivas de éxito material, Claret experimentó una profunda inquietud espiritual que lo llevó a reconducir su vida. Siendo un adolescente, consiguió de su padre ir a estudiar la maestría del arte textil en Barcelona; allí trabajaba de día y estudiaba por la noche, por lo que nuestro Santo supo muy pronto lo que costaba ganarse la vida. Sin embargo, esta experiencia, lejos de su familia, en medio de personas impías y mundanas, fue un duro golpe en el corazón candoroso del joven Antonio, que desilusionado, pensó entrar en la Cartuja.

                    No obstante, la fama de piedad de San Antonio María Claret, que entonces tenía 21 años, llegó a oídos del Obispo de Vic, Mons. Pablo de Jesús Corcuera. Al cabo de un año, decidió ir a vivir a la Cartuja de Santa María de Montealegre, pero cuando iba de camino, una providencial tormenta de verano, le hizo retroceder de nuevo hacia Vic. En 1829 ingresó en el Seminario de Vic, siendo ordenado sacerdote en 1835.

                    Con la intención inicial de acudir a las misiones de Ultramar, viajó a Roma para ponerse a disposición de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos e ingresó temporalmente con la Compañía de Jesús. No obstante, tras enfermar de una pierna, tuvo que regresar a España, donde comenzó su verdadera misión: la predicación itinerante por las diócesis de Cataluña y algunas de las islas del Archipiélago Canario. 

                    En Julio de 1841 la Santa Sede le concedió el título de Misionero Apostólico. A partir de ese momento quedó liberado de las cargas parroquiales estables para dedicarse plenamente a recorrer las diócesis catalanas (Vic, Gerona, Lérida, Tarragona, Barcelona y Solsona) predicando las misiones populares. Al sobrevenir la Segunda Guerra Carlista en el campo catalán resultó imposible continuar con las misiones multitudinarias de forma segura. A raíz de esta situación, el obispo de Vic acordó con el de Canarias enviarlo al archipiélago.

                    En Marzo de 1848, Antonio María Claret desembarcó en Las Palmas de Gran Canaria acompañando al nuevo Obispo de la diócesis, Mons. Buenaventura Codina. La estancia del Santo en las islas duraría apenas quince meses, pero dejó una huella tan profunda que los canarios pasaron a recordarlo afectuosamente como "el Padrito".

                    Durante este período, Claret recorrió las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Su método misionero fue directo y sin artificios: predicaba varias veces al día con un estilo claro, llano y pedagógico que conectaba de inmediato tanto con las autoridades como con los campesinos y pescadores más sencillos. Las iglesias y plazas se llenaban a rebosar para escuchar sus sermones sobre la conversión, la oración y los Sacramentos.

                    Durante años recorrió a pie pueblos y ciudades predicando misiones populares con un lenguaje accesible, claro y directo. Concibió la evangelización de manera moderna para su época: comprendió enseguida la importancia de la palabra escrita como herramienta de formación y fundó en Barcelona la "Librería Religiosa", mediante la cual difundió miles de catecismos, hojas volantes y libros devocionales.

                    En 1849 dio un paso decisivo al fundar la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (conocidos popularmente como Claretianos), orientados a continuar la labor apostólica mediante la predicación y la imprenta.

                    En 1849 fue nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba por el Papa Pío IX. Al llegar a la isla en 1851, encontró una diócesis sumida en un notable abandono moral, pastorales debilitadas y tensiones sociales. Su programa de reforma incluyó la renovación del Seminario, la creación de escuelas para la formación técnica y agrícola de los jóvenes, y una postura firme contra los abusos hacia la población esclava y trabajadora.

                    Esta dedicación pastoral y su denuncia de injusticias le acarrearon la oposición de sectores influyentes, sufriendo incluso un atentado en Holguín en 1856, donde resultó gravemente herido en la cara.



                    En 1857 fue llamado de vuelta a España por la reina Isabel II para asumir el cargo de confesor real. Aceptó la función bajo estrictas condiciones de no inmiscuirse en la política cortesana y de mantener libertad para dedicarse a las obras apostólicas. Durante esta etapa reestructuró la gestión de la Escolanía del Monasterio de El Escorial y fundó la Academia de San Miguel para fomentar el arte y la cultura católica.

                    La Revolución de 1868 apartó a la reina del trono y obligó a San Antonio María Claret a marchar al exilio en Francia. Participó activamente en las sesiones del Concilio Vaticano I en Roma, defendiendo con firmeza la doctrina católica.

                    Acosado por las autoridades políticas del momento que solicitaban su detención, tuvo que refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona (Francia), donde falleció el 24 de Octubre de 1870, a las 8:45 de la mañana. Fue canonizado por el papa Pío XII en 1950. El mismo Pontífice lo declaró Compatrono de la Diócesis de Canarias el 13 de Abril de 1951.

                    


jueves, 22 de octubre de 2026

RECONCILIAR TODO POR LA SANGRE DE SU CRUZ


                    Considera cómo el Apóstol dice que Dios quiso "pacificar por la Sangre de Su Cruz" todas las cosas. No bastaba para nuestra reconciliación una sola lágrima de Jesús, aunque hubiera sido suficiente por su valor infinito; no bastaba una oración. El Padre Celestial quiso ver a Su Hijo cubierto de llagas y desangrado en un madero infame, para que comprendiéramos cuán grave era la enemistad del pecado que requería tan gran precio, y cuán inmenso el Amor del Amante que entregó toda Su Sangre en la Pasión para devolvernos la paz... 

                    No se contentó el Divino Verbo con darnos una muestra ligera de su amor; quiso más bien que toda su Sangre fuera derramada, gota a gota, fluyendo de sus llagas sagradas para lavar nuestras iniquidades. Aquella Sangre, que los hombres derramaron con tanta crueldad, es la misma que ahora clama misericordia y apacigua la justicia divina. Mirad al crucificado: en esa Cruz, que antes era signo de maldición y de discordia, Cristo ha erigido el trono de nuestra reconciliación, demostrándonos que la paz verdadera se ha firmado con la Sangre de sus propias venas, abriéndonos las puertas del cielo que el pecado nos había cerrado.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia
Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo



                    Qui est imago Dei invisibilis, primogenitus omnis Creaturæ: quoniam in ipso condita sunt Universa in Cælis, et in Terra, visibilia, et invisibilia, sive Throni, sive Dominationes, sive Principatus, sive Potestates: omnia per Ipsum et in Ipso creata sunt: et Ipse Est ante omnes, et omnia in Ipso constant.

                    Et Ipse est caput corporis Ecclesiæ, qui est Principium, Primogenitus ex mortuis: ut sit in omnibus Ipse primatum tenens: quia in Ipso complacuit, omnem plenitudinem habitare: et per Eum reconciliare omnia in Ipsum, pacificans per Sanguinem Crucis Eius, sive quæ in terris, sive quæ in Cælis sunt.

                    Et vos cum essetis aliquando alienati, et inimici sensu in operibus malis: nunc autem reconciliavit in corpore carnis Eius per mortem, exhibere vos Sanctos, et immaculatos, et irreprehensibiles coram Ipso: si tamen permanetis in Fide fundati, et stabiles, et immobiles ab Evangelii spe quod audistis, quod prædicatum est in universa creatura, quæ sub Cælo est, cuius factus sum ego Paulus minister.


Colossenses, 1: 15-23


                    Él es la imagen de Dios invisible, el Primogénito de toda la Creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las del Cielo y las de la Tierra, las visibles y las invisibles, sean Tronos, sean Dominios, sean Principados, sean Potestades: todo fue creado por medio de Él y para Él.

                    Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten.Y Él Es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia: Él Es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la primacía. Porque en Él agradó a Dios que residiera toda plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas Consigo, pacificando por la Sangre de Su Cruz, ya sea lo que está en la tierra o lo que está en los Cielos.

                    Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en Su Cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros Cantos y sin mancha e irreprensibles delante de Él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la Fe, y sin moveros de la esperanza del Evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del Cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.


Colosenses, 1:15-23


                 

miércoles, 21 de octubre de 2026

SANTA ÚRSULA DE COLONIA, Princesa, Virgen y Mártir



                    La historia y veneración de Santa Úrsula constituye uno de los episodios más célebres de la Piedad Cristiana de la Alta Edad Media. Aunque su figura fue enriquecida a lo largo de los siglos con relatos hagiográficos -entre los que destaca la narración contenida en la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine-, su culto se cimenta en testimonios epigráficos e históricos que datan del siglo IV en la ciudad de Colonia.

Orígenes y el pacto matrimonial

                    Según la tradición hagiográfica, Úrsula nació en torno al años 365. Era Princesa de la Britania romana (región correspondiente a la actual suroeste de Inglaterra), ya que era hija de un rey cristiano llamado Dionoto. Desde su juventud destacó por su devoción y por haber realizado en secreto un voto de perpetua virginidad.

                    Un príncipe pagano de la vecina Bretaña, llamado Conán (o Ereo en algunas versiones), solicitó la mano de la joven a su padre. Ante el riesgo de un conflicto bélico si la propuesta era rechazada, Úrsula propuso aceptar el enlace bajo la condición de que se le concediera un plazo de tres años. Durante ese periodo, el príncipe debía ser instruido y bautizado en la fe católica, y a ella se le permitiría realizar una peregrinación a Roma junto a un séquito de vírgenes.

La peregrinación a Roma

                    El grupo emprendió el viaje hacia el continente a bordo de naves que remontaron la corriente del río Rin. Hicieron escala en la ciudad de Colonia y prosiguieron a pie desde Basilea a través de los Alpes hasta llegar a Roma, el centro de la Cristiandad.

                    En la Ciudad Eterna, la comitiva visitó las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y permaneció un tiempo dedicándose a la oración y a los Sacramentos. Según las crónicas antiguas, durante su estancia en la capital romana se les unió el Papa Ciriaco -personaje presente en la narrativa devocional tradicional-, quien decidió acompañarlas en su viaje de regreso a Britania.

El martirio en Colonia

                    De vuelta por la vía fluvial del Rin, la expedición se detuvo nuevamente en la ciudad de Colonia. En ese momento, la plaza se encontraba sitiada por las hordas de los hunos, que avanzaban bajo el mando de su caudillo Atila.

                    Las jóvenes vírgenes cayeron en manos de las tropas bárbaras, que las pasaron a cuchillo por negarse a ceder ante sus pretensiones. La tradición posterior fijó la cifra de las víctimas en once mil vírgenes, un número que según diversos historiadores proviene de la interpretación errónea de inscripciones latinas antiguas (como 11 M.V., que podía significar "once mártires vírgenes" u "once mil vírgenes").



                    Atila, prendado de la belleza y dignidad de Úrsula, le ofreció perdonarle la vida y tomarla como esposa a cambio de renunciar a su compromiso espiritual. Ante la negativa de la princesa, el caudillo le disparó una flecha al pecho, causándole la muerte instantánea.

Traslado de reliquias y culto histórico

                    Tras la retirada de los invasores, los habitantes de Colonia recogieron los restos de Úrsula y de sus compañeras para darles sepultura en los terrenos extramuros de la ciudad.

                    En el siglo IV, un senador romano llamado Clemacio erigió en el lugar del martirio una basílica en honor a las mártires, según atestigua una piedra conmemorativa grabada en mármol que se conserva hasta el día de hoy en el coro de la Basílica de Santa Úrsula en Colonia (Inscriptio Clematii). Con el paso de los siglos, el santuario se convirtió en un centro de peregrinación europea y sus reliquias fueron distribuidas por diversos templos e institutos religiosos del Orbe Católico.



lunes, 19 de octubre de 2026

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Reformador de la Orden Franciscana



                    Juan de Garavito y Vilela de Sanabria nació en 1499 en  Alcántara, provincia de Cáceres, España. Su padre era Alfonso Garavito, gobernador de la región y su madre, María Vilela de Sanabria, destacados Hijodalgos que se distinguían por su gran piedad y su excelente comportamiento cristiano. A los pocos días de nacer, el futuro reformador franciscano recibió el Bautismo en la Iglesia de Santa María de Almocóvar. 

                    Mientras estudiaba en la Universidad de Salamanca, con apenas 16 años, se enamoró de la vida de los Frailes Franciscanos y pidió ser admitido en el convento de San Francisco de los Majarretes, donde estaban los religiosos más observantes y estrictos. Al entrar en la vida religiosa cambió su nombre de pila por el de "Fray Pedro"; sería destinado a distintas labores: portero, hortelano, barrendero y cocinero.

                    Llegó a mortificarse tan ásperamente en el comer y el beber que perdió el sentido del gusto y así todos los alimentos le sabían igual. Dormía sobre un duro cuero en el puro suelo. Pasaba horas y horas de rodillas, y si el cansancio le llegaba, apoyaba la cabeza sobre un clavo en la pared y así dormía unos minutos, arrodillado. Caminaba siempre descalzo y para los grandes desplazamientos usaba un pollino, como Nuestro Señor en Su entrada a Jerusalén. Pasaba noches enteras sin dormir ni un minuto, rezando y meditando.

                    Tras ser ordenado Sacerdote en 1524 ejercería como superior de varios conventos, en los que siempre resultó ser un modelo a seguir en cuanto al cumplimiento exacto de la Regla Franciscana. Dios le concedería la gracia de conmover a los oyentes en la predicación de la Verdades de Fe; muchas veces bastaba su sola presencia para que muchos dejasen su vida llena de vicios y comenzaran una vida virtuosa. Prefería siempre los auditorios de gente pobre ya que al Santo le parecía que eran los que más voluntad tenían de convertirse.

                    En 1537, el Rey Juan III de Portugal lo llamó a la corte lusa para tener su consejo sobre distintas materias, pero el San Pedro de Alcántara, en cuanto pudo abandonó la vida del palacio y volvió a su habitual eremo. 

                    A mediados de la década de 1550 conoció la obra "Libro de la oración y meditación", del dominico Fray Luis de Granada; vio en aquel texto un tesoro espiritual enorme, pero demasiado denso para el pueblo llano, por lo que decidió hacer un compendio y reelaboración adaptado a su propia experiencia mística; redactó entonces el "Tratado de la oración y meditación", una cuidada y práctica síntesis de la obra del fraile dominico.

                    En 1556, con el bendito deseo de que los religiosos franciscanos fueran más apegados al espíritu de su Fundador, particularmente en la mortificación y en la oración, fundó en el eremitorio de El Pedroso (Sevilla) una nueva rama de a Orden, llamados de "estricta observancia" (o "Alcantarinos"). El Sumo Pontífice Paulo IV aprobó dicha Congregación en 1559 y pronto hubo en muchos sitios, conventos dedicados a llevar a la santidad a sus religiosos por medio de una vida de gran penitencia. El Santo fue atacado muy fuertemente por esta nueva fundación, pero a pesar de tantas incomprensiones su nueva comunidad floreció notablemente, en gran medida por su amistad con el entonces Virrey de Cataluña, Francisco de Borja y Aragón, que le valió numerosas adhesiones de la Nobleza española a la causa de los frailes alcantarinos.

                    En 1560, San Pedro Alcántara conoció a Santa Teresa de Jesús en la casa de Doña Guiomar de Ulloa, una noble amiga común de ambos; la reformadora del Carmelo vivía entonces muy angustiada: algunas personas le decían que las visiones que tenía eran engaños del Demonio. Guiado por su propia experiencia en materia de visiones, Pedro de Alcántara entendió perfectamente el caso de la Santa y la tranquilizó, asegurándole que sus visiones venían de Dios. Santa Teresa, en su autobiografía cuenta así algunos datos que el gran penitente le contó a ella:

                    "Me dijo que en los últimos años no había dormido sino unas poquísimas horas cada noche. Que al principio su mayor mortificación consistía en vencer el sueño, por lo cual tenía que pasar la noche de rodillas o de pie. Que en estos 40 años jamás se cubrió la cabeza en los viajes aunque el sol o la lluvia fueran muy fuertes. Siempre iba descalzo y su único vestido era un túnica de tela muy ordinaria. Me dijo que cuando el frío era muy intenso, entonces se quitaba el manto y abría la puerta y la ventana de su habitación, para que luego al cerrarlas y ponerse otra vez el manto lograra sentir un poquito más de calor. Estaba acostumbrado a comer sólo cada tres días y se extrañó de que yo me maravillase por eso, pues decía, que eso era cuestión de acostumbrarse uno a no comer. Un compañero suyo me contó que a veces pasaba una semana sin comer, y esto sucedía cuando le llegaba los éxtasis y los días de oración más profunda pues entonces sus sentidos no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Cuando yo le conocí ya era muy viejo y su cuerpo estaba tan flaco que parecía más bien hecho de raíces y de cortezas de árbol, que de carne. Era un hombre muy amable, pero sólo hablaba cuando le preguntaban algo. Respondía con pocas palabras, pero valía la pena oírlo, porque lo que decía hacía mucho bien" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    Los últimos años de su vida los dedicó San Pedro de Alcántara en gran parte a ayudar a Santa Teresa a la fundación de la Comunidad de Carmelitas Descalzas, y dicen que buena parte de los éxitos que la Santa logró en la extensión de su nueva comunidad se debió a que este gran penitente se valió de toda su influencia para ganar amigos en favor de las Carmelitas Descalzas.

                    Cuenta también Santa Teresa de Jesús que San Pedro de Alcántara se le apareció después de morir y le dijo: "Felices sufrimientos y penitencias en la tierra, que me consiguieron tan grandes premios en el Cielo".

                    En Arenas, provincia de Ávila (hoy día llamada Arenas de San Pedro) entregó su alma al Todopoderoso el 18 de Octubre de 1562, en posición de rodillas, mientras recitaba el Salmo "Miserere" para terminar con las palabras de otro Salmo, "¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor!". Tenía 63 años de vida de los cuales casi 50, los entregó a la vida religiosa.

                    Santa Teresa dejó su testimonio escrito "Lo he visto varias veces en la Gloria y me ha conseguido enormes favores de Dios" (Libro de la Vida, capítulo XXVII).

                    San Pedro de Alcántara sería beatificado en 1622 por el Papa Gregorio XV y canonizado en 1669 por el Papa Clemente IX; el 23 de Diciembre de 1675 fue declarado Patrono de la Diócesis y Ciudad de Coria por el Papa Clemente X.



domingo, 18 de octubre de 2026

SAN LUCAS, Apóstol y Evangelista


Medicus carnis, factus 
est medicus animarum

Médico de la carne, fue 
hecho médico de las almas

(San Jerónimo, "De Viris Illustribus", VII)




                    Nacido en la célebre ciudad de Antioquía de Siria -cuna donde por primera vez los discípulos del Crucificado fueron llamados «cristianos» (Hechos de los Apóstoles, cap. 11, vers. 26)-, Lucas no pertenecía según la carne a la estirpe de Abraham. Provenía del mundo pagano helenizado y poseía una refinada formación literaria y científica.

                    Ejercía la medicina («Lucas, medicus carissimus», Colosenses, cap. 4, vers. 14), profesión de gran estima en la antigüedad clásica. Su conversión a la Verdad no fue fruto del testimonio de los sentidos durante la vida terrena de Nuestro Señor, sino del anuncio apostólico y del auxilio de la Gracia que abre el entendimiento a la Luz Divina.

                    Unido indisolublemente al Apóstol de las Gentes a partir de su segundo viaje misionero, San Lucas se convirtió en su más fiel colaborador, médico y amanuense. Acompañó al Gran Pablo en sus viajes por Macedonia, Acaya y Asia Menor, hasta compartir con él las cadenas de su primer y segundo cautiverio en Roma.

                    En los momentos de prueba, cuando las contradicciones del mundo y la defección de los tibios ensombrecían el panorama de la Iglesia naciente, San Pablo dejó consignado en la Sagrada Escritura un testimonio inmortal de la fidelidad de Lucas: «Lucas est mecum solus.» (2ª Timoteo, cap. 4, vers. 11)

                    Inspirado por el Espíritu Santo, San Lucas redactó el Tercer Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Su obra, dedicada al ilustre Teófilo, destaca por un rigor metodológico excepcional, superior al de los historiadores profanos de su tiempo. Como él mismo señala en su célebre prólogo redactado en el más elegante griego koiné: «Visum est et mihi, mesequuto a principio omnibus diligenter, ex ordine tibi scribere, optime Theophile...» (San Lucas, cap. 1, 3)

                    Acudió a las fuentes originales y interrogó a los testigos oculares; es por este motivo que la Tradición de la Iglesia reconoce unánimemente en San Lucas al Evangelista de la Infancia de Cristo, pues solo de los labios de la Santísima Virgen María pudo haber recogido los detalles sagrados de la Anunciación, la Visitación y la Santa Noche de Belén, Misterios que la Santísima Madre «conservaba ponderándolos en Su Corazón» (San Lucas, cap. 2, vers. 19).

                    Junto con su labor de pluma, una antigua y venerable tradición patrística -atestiguada desde los primeros siglos de la Cristiandad- atribuye a San Lucas la factura de los primeros retratos de la Santísima Madre de Dios con el Niño en brazos, legando a la Iglesia la veneración de la Santa Imagen como sacramental de la Encarnación.

                    Tras el martirio de San Pablo en la Vía Ostiense, San Lucas predicó el Evangelio en las regiones de Dalmacia, Galia, Italia y Grecia. Consumó su carrera apostólica sufriendo el martirio a avanzada edad en la región de Acaya, siendo colgado de un olivo por confesar la Divinidad de Cristo Rey. Sus reliquias (1) fueron posteriormente trasladadas a Constantinopla y más tarde a Padua, donde hasta hoy reciben la veneración de los Fieles.

NOTA

            1) Su cuerpo reposa en un sarcófago de mármol en el transepto izquierdo de la Basílica de Santa Justina.



viernes, 16 de octubre de 2026

LOS MEDIOS SOBRENATURALES Y PRÁCTICOS PARA EVITAR EL PECADO Y CUSTODIAR LA GRACIA



                    En un mundo secularizado que busca anestesiar las conciencias y negar la existencia de las Verdades Eternas, la doctrina tradicional de la Santa Madre Iglesia se mantiene inalterable: el pecado es el mayor de todos los males, pues separa al alma de Dios, su Creador y Fin Último, privándola de la vida divina y exponiéndola a la perdición eterna.

                    Para quien desea mantener encendida la lámpara de la Fe y asegurar la salvación de su alma, no le basta con aborrecer la culpa en teoría; es imperativo poner por obra los medios tradicionales, efectivos y seguros que las Sagradas Escrituras, los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia han enseñado ininterrumpidamente para resistir a las tentaciones y evitar la caída.


I. La huida radical de las ocasiones próximas de pecado

                    El primer principio de la prudencia cristiana es reconocer la propia fragilidad. Enseña el Divino Espíritu Santo: «El que ama el peligro, en él perecerá» (Libro de Eclesiástico, cap. 3, vers. 27).

                    Huir de las personas, conversaciones, espectáculos, lecturas, lugares o entornos digitales que incitan al mal no es muestra de cobardía, sino de sana humildad y verdadero deseo de enmienda. San Jerónimo, al tratar sobre la guarda de la pureza y las tentaciones del mundo, enseñaba con firmeza «En esta lucha, solo vence el que huye».

                    Nadie puede considerarse tan fuerte como para exponerse voluntariamente al peligro y salir ileso. Quien no evita la ocasión próxima, demuestra que tampoco desea evitar el pecado. Asimismo, San Agustín advierte a las almas confiadas en sus propias fuerzas:«No quieras confiar en tu propia virtud; si te expones al peligro, Dios te abandonará en tu temeridad».


II. El recurso incesante a la oración y la vigilancia

                    Nuestro Señor Jesucristo fue categórico al advertir a los Apóstoles durante Su agonía en el Huerto de Getsemaní sobre la fragilidad de la naturaleza humana caída:

                    «Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Evangelio de San Mateo, cap. 26, vers. 41).

                    La oración no es un adorno o una práctica facultativa, sino un medio de absoluta necesidad para la salvación. Ante el asalto del enemigo o las sugestiones de la concupiscencia, la invocación confiada de los Santísimos Nombres de Jesús y de María desbarata el poder de la tentación.

                    Santo Tomás de Aquino y San Alfonso María de Ligorio coinciden en que la gracia para vencer las pruebas arduas se concede únicamente a quien la pide con perseverancia y humildad: «Quien ora, ciertamente se salva; quien no ora, ciertamente se condena» (San Alfonso María de Ligorio).

                    «Para no caer en pecado se requiere el auxilio divino, el cual no se da sino a los que velan y lo piden con la oración» (Santo Tomás de Aquino).


III. La mortificación de los sentidos y la guarda del corazón

                    El pecado se engendra antes en los afectos y pensamientos que en las obras externas. San Jerónimo y San Juan María Vianney (el Santo Cura de Ars) recordaban con frecuencia que la disipación de los sentidos es la puerta por donde se cuela el enemigo, por eso debemos cuidar los ojos, el oído y la lengua y con ello formaremos una muralla defensiva, indispensable para el alma.

                    Santo Tomás de Aquino detalla que para frenar las pasiones desordenadas es preciso mortificar el cuerpo y habituar la voluntad al sacrificio mediante pequeñas renuncias cotidianas: «El alma que no refrena sus sentidos y se entrega a la curiosidad desmedida, se vuelve incapaz de resistir el embate de las tentaciones».

                    El Apóstol San Pablo resume esta lucha continua en sus cartas, exhortándonos a no condescender con las inclinaciones de la carne: «Sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1ª Carta a los Corintios, cap. 9, vers. 27).


IV. La frecuencia sacramental: Confesión y Eucaristía

                    La vida sobrenatural en el alma no puede sostenerse únicamente con propósitos humanos: Dios ha instituido en la Iglesia los cauces ordinarios de su gracia medicinal y santificadora a través de los Santos Sacramentos.

                    La Confesión frecuente: no solo borra las faltas cometidas y reconcilia el alma con Dios, sino que confiere una gracia sacramental específica para sanar las debilidades y fortalecer la voluntad frente a las tentaciones futuras.

                    La Sagrada Eucaristía: recibida con las debidas disposiciones y en estado de gracia de Dios, es el Pan de los fuertes y el antídoto contra nuestras flaquezas diarias.

                    En palabras de San Juan Bosco a la juventud para conservar la pureza y la gracia: «Queréis que el Señor os dé muchas gracias? Visitadlo a menudo. ¿Queréis que os dé pocas gracias? Visitadlo raras veces. ¿Queréis que el Demonio os asalte? Id raras veces a la Santa Misa y a la Comunión. ¿Queréis que el Demonio huya de vosotros? Visitad a menudo a Jesús Sacramentado».

                    Conclusión: Combatir con perseverancia hasta el último día

                    No nos engañemos ni contemporicemos con la tibieza o la mediocridad espiritual; la lucha contra el pecado y la concupiscencia dura tanto como nuestra peregrinación terrenal, pero la victoria está prometida a quienes, apoyados en los sacramentos, en la oración constante y en la filial devoción a la Santísima Virgen María, combaten con resolución y firmeza.

                    «Combate el buen combate de la Fe, aférrate a la Vida eterna a la que has sido llamado.» 1ª Carta a  Timoteo, cap. 6, vers. 12.


Nuestra Señora, Refugio de los pecadores 
y Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros




jueves, 15 de octubre de 2026

SANTA TERESA DE JESÚS, Virgen, Fundadora y Mística

 



NACIMIENTO E INFANCIA

                 Nació en la ciudad española de Ávila, el 28 de Marzo de 1515. Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila de Ahumada.


                 A los siete años era muy devota de leer vidas de Santos, en especial de Mártires, cosa que la motivó a "huir" de la casa paterna, junto a su hermano Rodrigo, para irse a tierra de misión y ser mártires de la Fe, pero la aventura les duró poco: un tío les encontró y los devolvió a los brazos de su madre. Cuando fueron reprendidos, Rodrigo acusó a Teresa como inventora de la idea del martirio.

                 Después de aquél martirio frustrado, los piadosos hermanos resolvieron convertirse en ermitaños, por lo que empezaron a construir una celda en el jardín de la casa.

                 En su habitación, la cándida Teresa, tenía un cuadro que representaba a Nuestro Señor hablando con la Samaritana; lo contemplaba con fervor y le repetía frecuentemente: "Señor, dame de beber para que nunca más tenga sed".

                 Con apenas catorce años, sufrió la pérdida de su madre; inmersa en inmensa tristeza, acudió ante una imagen de Nuestra Señora y, como nos cuenta la misma Santa, "le rogué con muchas lágrimas, que me tomase por hija suya". Así, teniendo a la Madre de Dios como Madre y Señora, nunca se volvería a sentir huérfana, ni de carne, ni de espíritu.

                 Fue por aquél entonces que Teresa y su hermanito Rodrigo se aficionaron por las lecturas de novelas caballerescas; en su autobiografía, la Santa reconocería cuánto mal le produjo: “Aquellos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto por vestirme bien, a preocuparme mucho por el cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición.” Este cambio preocupó mucho a su padre, que decidió enviarla a estudiar con las agustinas de Ávila, con apenas quince años.

                 Al poco tiempo, Teresa se enfermó y tuvo que volver a la casa paterna; fue allí donde reflexionó y se resolvió a hacerse religiosa carmelita en el Convento de la Encarnación, donde tenía un a buena amigo, Juana Suárez. Su padre, que al principio no aceptó la decisión de su hija, como la viese tan feliz y decidida, permitió que siguiese su camino como esposa de Cristo. Sin embargo, la delicada salud de Santa Teresa, la obligó a ponerse en manos de médicos y curanderas que no acertaban con los remedios necesarios. Tras tres largos años de padecimientos, recobraría su maltrecha salud.

EN EL CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN

                 Por aquél entonces, la mayoría de los conventos, vivían de forma algo disipada; en la mayoría de ellos, se podía recibir a cualquier visita. Nuestra Santa, viendo aquello como normal, pasaba muchas horas de coloquio con los hombres, descuidando el diálogo amoroso de la oración; no pocas veces se excusaba a sí misma poniendo como pretexto su delicada salud. Años más tarde, consciente de la ligereza de su juventud, Santa teresa escribiría: “El pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre, son más importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades se puede hacer la mejor oración, y es un error pensar que sólo se puede orar en la soledad”.

                 Pero aquella pérdida de tiempo en charlas sin sentido, quedó atrás cuando la Santa, que era muy devota de las imágenes de Nuestro Señor representado en Su Pasión, se detuvo un día ante un Crucificado muy sangrante; piadosamente le preguntó: “¿Señor, quién te puso así?”. Entonces, cuenta ella misma que sintió una voz que le respondía : “Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa”. Desde aquél momento, abandonó las conversaciones vanas y se dedicó con empero a la oración y el recogimiento.

EXPERIENCIAS MÍSTICAS

                Desde que Santa Teresa se retirase a la vida de oración, el Señor la bendijo con la gracia de múltiples apariciones, que a pesar de estar convencida de ser ciertas, algunos sacerdotes trataron de disuadirla de que eran engaños del demonio. Sin embargo, el Señor quiso poner en su camino al Padre Baltasar Álvarez, que le explicó que aquellas manifestaciones eran ciertamente divinas y no obra del maligno; le aconsejó que diariamente recitase el himno “Veni Creator Spiritus”, a fin de pedir el auxilio del Espíritu Santo y hacer siempre lo que fuese más agradable a Dios. Precisamente cuando recitaba un día esta oración, fue arrobada en éxtasis y escuchó, en el hondo de su alma, que el Señor le pedía “No quiero que converses con hombres, sino con los Ángeles”.

                Sin embargo, todos esos consuelos y gracias espirituales, fueron motivo de recelos y persecuciones aún por parte de aquellos que compartían con Teresa el hábito del Carmen. Por desgracia, su confesor el Padre Álvarez, era un hombre cobarde, que si bien no dejó de confesarla, jamás la defendió ante quienes la atacaban con saña. Pese a todo, el Señor no quiso dejarla sola, por eso, en 1557, San Pedro de Alcántara, la visitó en Ávila y dio testimonio de la veracidad de las gracias sobrenaturales con que Dios bendecía a Santa Teresa, aunque le advirtió que la persecución no cesaría en los años venideros.




LA TRANSVERBERACIÓN

                 Uno de los momentos más cruciales en la vida de Santa Teresa tuvo lugar cuando fue transverberada en 1559. Escuchemos el episodio que ella mismo escribió: “Vi a mi lado un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido, como si fuese uno de los ángeles más altos, que son todo de fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines. Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.”

                 Al año siguiente, en 1560, Santa Teresa, recordando la gracia de la Transverberación, hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Es de justicia reseñar aquí, que tras su muerte, cuando se hizo la autopsia al cuerpo de la Santa, se constató que su corazón tenía la cicatriz de una herida larga y profunda.

INICIA LA REFORMA DEL CARMELO

                 Como ya dijimos más arriba, en pleno siglo XVI la mayoría de los conventos vivían de forma relajada; la Orden del Carmen no era la excepción, por eso vemos que el Convento de la Encarnación, las monjas salían de la clausura con cualquier pretexto, pasaban horas en la sala de reuniones, algunas monjas tenían doncellas a su servicio… para colmo, el elevado número de monjas (casi 140) no ayudaba a crear un espíritu de recogimiento.

                 Santa Teresa llevaba veinticinco años viviendo en la Encarnación, cuando una sobrina suya, que también era monja del mismo convento, le sugirió crear un convento más pequeño, con un número reducido de monjas. La Santa entendió en aquellas palabras que el Señor la llamaba a volver a la Primitiva Regla Carmelitana y por eso se puso a la labor de fundar un convento reformado. Tuvo el apoyo espiritual de San Pedro de Alcántara, de San Luis Beltrány del Obispo de Ávila; ante semejantes amigos, el Padre Gregorio Fernández, Provincial de los Carmelitas, dio su consentimiento para la fundación del nuevo convento, pero ante las presiones que se generaron a raíz de la idea reformadora de Santa Teresa, retiró el permiso poco tiempo después.

                 Pese a las negativas, el Padre Ibáñez, dominico, alentó a Santa Teresa a continuar con la Reforma del Carmelo; una piadosa viuda, Doña Guiomar, ofreció su ayuda económica y Doña Juana de Ahumada, hermana de la Santa, comenzó a construir un convento en Ávila, con la excusa de que sería una casa para su retiro. Por ese mismo entonces, llegó de Roma el permiso para fundar, lo que valió a San Pedro de Alcántara, a Francisco de Salcedo y al Dr. Daza para conseguir el favor del Obispo de Ávila, que de nuevo ofreció su apoyo a Santa Teresa.

                 El nuevo convento quedó fundado el día de San Bartolomé de 1562; durante la Misa que se celebró por primera vez en la capilla, tomaron el velo de novicias la sobrina de la Santa y tres jóvenes más. Pero a los pocos días, la Superiora de la Encarnación, mandó a llamar a Santa Teresa y allí la retuvo con la autoridad del Provincial. Es entonces cuando Francisco de Salcedo y otros seglares que apoyaban el proyecto de la Reforma, enviaron a un sacerdote ante el Rey para que mediase por Santa Teresa, al tiempo que los Padres Dominicos Ibáñez y Báñez, ganaron el favor del Obispo de Ávila y del Provincial Carmelita. Gracias a estas gestiones, la Santa Fundadora pudo regresar al Convento de San José, pero esta vez, se le unieron otras cuatro religiosas del Convento de la Encarnación.

                Fue precisamente este primer convento de la Reforma Descalza, el que sería baluarte y señal del espíritu de Santa Teresa: estableció una estricta clausura y un silencio casi perpetuo; el convento carecería de rentas y en él reinaría la más estricta pobreza. Usarían sandalias en lugar de zapatos (de ahí que fuesen conocidas como “Descalzas”) y sólo comerían carne las enfermas. La Santa Fundadora dispuso que como mucho, cada convento sólo admitiría 21 monjas.

                 En muy poco tiempo, la Reforma del Carmelo se extendió por toda España; la Santa, calificada por el Nuncio como “mujer inquieta y andariega”, obtuvo del Padre Juan Bautista Rubio, Superior General de los Carmelitas, licencia para fundar en Castilla dos conventos para la rama masculina, conocidos como Carmelitas Contemplativos. Pese a la gran labor que se le encomendó, Santa Teresa nunca dejó de desempeñar las labores más humildes, como las de limpieza o en la cocina.

FUNDACIONES

                En Agosto de 1567, se trasladó a Medina del Campo, donde fundaría el segundo convento de Carmelitas Descalzas. Después, a petición de la Condesa de la Cerda, fundó el de Malagón, al que siguieron los de Valladolid y Toledo.

                Cuando en Medina del Campo, Santa Teresa conoció a Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), fundó para los Padres Carmelitas el Convento de Duruelo y el de Pastrana; el resto de las fundaciones masculinas las llevaría a cabo San Juan de la Cruz, fiel hijo y hermano del espíritu de la Santa.

                 En 1570 se fundarían nuevos conventos en Segovia y Salamanca.

                 El Papa San Pío V, enterado de la Reforma Descalza, nombró a Santa Teresa Priora del Convento de la Encarnación; la Santa obedeció pese a la natural repugnancia que le conllevaba por ser aquél lugar de donde más ataques recibía. Poco a poco, las religiosas de La Encarnación la fueron aceptando, a ella y su Reforma Descalza.

                 En Beas, Santa Teresa conoció al Padre Gracián, fraile de la Reforma, que la convenció para que fundase un nuevo convento en Sevilla; éste sería, junto con el San José, el que causaría enormes problemas a la Santa, y es que una novicia que finalmente fue despedida del convento de Sevilla, denunció a Santa Teresa por “iluminadas” y otras horribles calumnias.

SEPARACIÓN ENTRE CARMELITAS CALZADOS Y DESCALZOS

                 Por desgracia, hasta entre los que aman a Dios, se dan las miserias humanas más crueles; en la vida de Santa Teresa no faltaron las persecuciones, calumnias y difamaciones. Así, los carmelitas de Italia y los que en España no habían sido reformados, estaban recelosos de la Reforma iniciada por la Santa, por eso instigaron a las autoridades eclesiásticas y civiles para frenarla.

                 Esas presiones contra Santa Teresa y su Reforma se plasmaron en un capítulo de la Orden Carmelita, donde se tomaron medidas para evitar que se siguiese extendiendo la obra de la Fundadora del Carmelo Descalzo. Al tiempo, el Nuncio Felipe de Sega, destituyó al Padre Gracián como visitador de los Carmelitas Descalzos y mandó a encarcelar a San Juan de la Cruz en Toledo, mientras que ordenó a Santa Teresa que se retirase al convento que ella eligiese y que no fundase más.

                 Sin embargo, Santa Teresa, que era perseguida por aquellos que más debieran amarla, gozaba de la simpatía y hasta de la devoción de muchos seglares, que consiguieron que el propio Rey Felipe II intercediese a su favor.

                 Por fin, en 1580, obtuvo una orden de Roma que segregaba a los Carmelitas Descalzos de los Calzados; la misma Santa dejó escrito: “Esa separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco años nuestra Orden había sufrido más persecuciones y pruebas de las que yo podía escribir en un libro. Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a distraernos del servicio de Dios.”





ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA

                 Cuando se consumó la separación de los carmelitas, Santa Teresa contaba ya con sesenta y cinco años y se encontraba sumamente débil a consecuencia de las múltiples fundaciones, que en total fueron diecisiete.

                 El Señor no la dejó de bendecir con la Cruz bendita del dolor ni en estos últimos días; su propia sobrina, que era priora del convento de Valladolid, fundado por la Santa, no la quiso recibir en él por motivos de herencia tras la muerte de su padre, Don Lorenzo, hermano de Santa Teresa. Uno de los abogados de la familia, trató con cierta crueldad a la Fundadora, que con sagacidad le respondió: “Quiera Dios trataros con la caridad que vos me habéis tratado a mí”.

                Tras la fundación del convento de Burgos, que fue la última que hizo, Santa Teresa se dispuso a volver a Ávila, pero tuvo que cambiar el itinerario hacia Alba de Tormes, llamada por María Henríquez, Duquesa de Alba. Nada más llegar al convento, tuvo que guardar cama debido a su delicadísimo estado. La Beata Ana de San Bartolomé, fidelísima hija y acompañante en sus fundaciones, refiere que la Santa le dijo: “Por fin hija mía, ha llegado la hora de mi muerte”. El Padre Antonio de Heredia, le dio los últimos sacramentos y aprovechó para preguntarle dónde quería ser sepultada. Santa Teresa, que en estos últimos años había padecido la incomprensión y hasta el desprecio por parte de algunos hijos, respondió: “¿Tengo que decidirlo yo?, ¿me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?”.

                 Cuando el mismo Padre de Heredia le dio la Sagrada Comunión como viático, la Santa se pudo incorporar en la cama y exclamó: “Oh Señor, por fin ha llegado el momento de veros cara a cara”. Así, llena del Amor de Dios, murió en los brazos de la Beata Ana de San Bartolomé, a las nueve de la noche del 4 de Octubre de 1582.

                 Como al día siguiente entraba en vigor la reforma del Calendario Gregoriano, su Fiesta quedó fijada para el 15 de Octubre. El Papa Urbano la declaró Copatrona de España, el 21 de Julio de 1627, a petición del Rey Católico Felipe III de España.

                 Fue sepultada en Alba de Tormes; una buena parte de sus restos han sido repartidos, como preciosas reliquias, por todo el Orbe Católico.




miércoles, 14 de octubre de 2026

EL VIRGINAL DESPOSORIO DE LA VIRGEN MARÍA Y SAN JOSÉ



                    Cuando tenía ya 30 años, llegó el tiempo en el cual Dios había decretado darle como esposa a la Virgen María. Ella tenía 14 años. El Ángel, una noche, mientras dormía, le hizo saber que se preparara para recibir una de las gracias más sublimes del Altísimo, aunque no le comunicó de qué se trataba. Dios le manifestó que la doncella María oraba mucho por él y cómo las oraciones de la misma eran muy gratas y agradables a Dios. Nunca vino a su mente pensamiento alguno de que podría serle dada María como esposa, aunque la misma estuviera ya en la posibilidad de casarse y de que alguien debía tener el privilegio de cuidar de ella. Sin embargo, ya sabía que ella había consagrado a Dios su virginidad como él lo había hecho. 

                    Al llegar el momento en que la santa doncella tenía que casarse, se hizo la convocatoria a todos los que eran de la estirpe de David para que fueran al templo. A quien Dios manifestara Su Voluntad, se la darían por esposa. José también se presentó, pensando que tan bella suerte no le tocaría a él, tanto más que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, se encomendaba mucho a Dios y le pedía su favor y ayuda en este asunto de tanta importancia. 

                    Después de acabar el mes de preparación, José estaba ansioso. Al llegar el día en el que se debía escoger al esposo para la santa doncella María, la noche anterior el Ángel le dijo: "José, a Dios le agradó tu preparación" y le puso en la mano una cándida paloma, diciéndole: "Toma este regalo que Dios te hace. Tú serás el guardián de su pureza. Tenla como muy querida, porque ella es la delicia del Corazón de Dios, es la criatura más amada y agradable que nunca ha existido ni existirá en el mundo". José recibió la blanca paloma en sus manos y todo alegre por la gracia recibida se despertó y se encontró totalmente encendido de amor hacia Dios, pero no podía comprender el significado de ese sueño. 

                    Por la mañana se preparó para ir al templo al concurso con los otros descendientes de la estirpe de David. Se sintió deseoso de poder ver a María, a quien por años había ayudado con sus oraciones y por medio de la cual había obtenido muchas bendiciones. Se reunieron los otros descendientes de David. Cada uno tenía una vara seca y debía orar para que Dios la hiciera florecer a aquel a quien estaba destinado para ser su esposo. La vara de José fue la que floreció y se cubrió de hermosas flores y todos admiraron el prodigio. Por lo cual fue designado a ser su esposo. 

                    A continuación quiso Dios también dar otra señal clara del castísimo desposorio, haciendo que todos vieran una cándida paloma bajar del cielo y posarse sobre la cabeza de José, haciendo que todos quedaran admirados y asegurados de que Dios lo había escogido entre todos como esposo de la santísima doncella. 

                    Se mandó llamar a María de modo que el sacerdote la desposara con José y todos se quedaron para ver. Se presentó María con los ojos fijos en el suelo, cubierta con un admirable y virginal pudor. Cuando José la vio, quedó estático por el asombro y lloró de alegría. Vio José un gran resplandor en el rostro virginal de María y sintió en su corazón la voz de Dios que le decía: "José, fiel siervo Mío, he aquí que te hago el don prometido y te doy por esposa a la más querida criatura que haya sobre la tierra. Te entrego este tesoro de modo que seas su guardián. Esta purísima paloma será tu compañera fiel". 

                    Después el sacerdote los desposó y en el acto del desposorio vieron los santos esposos salir de sus corazones una llama que se juntó, formándose una sola y voló hacia el Cielo. Cuando terminó la función, todos se fueron del Templo, quedando los dos santos esposos orando, arrebatados durante unas horas en éxtasis, donde Dios les reveló altísimos misterios: José fue informado de las grandes virtudes de su purísima esposa y María conoció claramente las virtudes de Su santo esposo y ambos agradecieron a Dios. 

                    Toda esa noche la pasaron en sagradas conversaciones y al amanecer María dijo a José que ella vivía en una pequeña casita en Nazaret y que podía ser apta para ellos. Quedaron de acuerdo en ir al Templo a orar para que Dios les manifestase Su Divina Voluntad. Dios manifestó su voluntad, que consistía en ir a vivir a Nazaret.


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora


martes, 13 de octubre de 2026

EL MILAGRO DEL SOL DE FÁTIMA, "No ofendan más a Dios..."

 



               El 13 de Octubre de 1917 aconteció la última de las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima; como las otras veces, los niños videntes notaron el reflejo de una luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina. Entonces, la mayor de los tres videntes, Lucía Dos Santos, entabla conversación con la Madre de Dios:

               Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

               Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en Mi honor. Que Soy la Virgen del Rosario y que continuéis rezando el Rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.

               Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...

                Nuestra Señora: A unos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.

               Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el Sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el Sol.

               En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el Sol!.

               Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los Misterios Gozosos del Rosario, después los Dolorosos y finalmente los Gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).

               Aparecieron, al lado del Sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.

                Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.

               Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del Cielo y de la Tierra, con el Niño Jesús en los brazos.

               Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud, -de 50 a 70 mil espectadores- asistía al Milagro del Sol: había llovido durante toda la Aparición. Al terminar el coloquio de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el Sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el Sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. La inmensa bola de fuego comenzó a “bailar”.



El diario filomasónico O Seculo dejó constancia de todo lo acontecido 
el 13 de Octubre en la aldea de Fátima; toca sobre la imagen para verla
en su tamaño original


                Cual gigantesca rueda de fuego, el Sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el Cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas. Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.

                 Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el Sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días. El ciclo de las Apariciones de Fátima había terminado.

               Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente.

               El Milagro del Sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las Apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.