Esta vez me mostraré a ti bajo otro vestido. La Eucaristía es Carne, pero es también Sangre. Heme aquí con el vestido de Sangre. Mira como transpira y brota en regueros sobre Mi rostro desfigurado, como corre a lo largo del cuello, sobre el tronco, sobre el vestido, doblemente rojo porque está empapado de Mi Sangre. Mira como moja las manos atadas y desciende hasta los pies, al suelo. Soy precisamente Aquél que exprime la uva de la que habla el Profeta, pero Mi Amor Me ha exprimido a Mí. De esta Sangre que he gastado toda, hasta la última gota, por la Humanidad, bien pocos saben valorar el Precio Infinito y disfrutar de los Méritos potentísimos.
Ahora Yo pido a quien lo sabe mirar y entender, que imite a la Verónica y seque con su amor el Rostro sangrante de su Dios. Ahora Yo pido a quien Me ama que cure con su amor las heridas que los hombres Me hacen continuamente. Ahora Yo pido, sobre todo, que no se desperdicie esta Sangre, que se recoja con atención infinita, hasta las más pequeñas gotitas, y se derrame sobre quien no se ocupa de Mi Sangre.
En el mes que está a punto finalizar, te he hablado mucho acerca de Mi Corazón y de Mi Cuerpo en el Sacramento. Ahora bien, en el mes de Mi Sangre, te haré rezarle a Ella. Di por tanto así:
"Sangre Divinísima, que brotas por nosotros de las venas del Dios humanado, desciende como rocío de Redención sobre la tierra contaminada y sobre las almas a las que el pecado hace semejantes a leprosos. Heme aquí, yo Te acojo, Sangre de mi Jesús, y Te derramo sobre la Iglesia, sobre el mundo, sobre los pecadores, sobre el Purgatorio.
Ayuda, conforta, limpia, enciende, penetra y fecunda, ¡oh Divinísima Savia de Vida!. Que la indiferencia y la culpa no pongan obstáculos a Tu fluir, antes, por los pocos que Te aman, por los innumerables que mueren sin Ti, acelera y difunde sobre todos esta Divinísima Lluvia, para que se acerquen a Ti confiados durante la vida, sean por Ti perdonados en la muerte, y lleguen Contigo a la Gloria de Tu Reino. Así sea".
Ahora basta. Yo ofrezco Mis venas abiertas a tu sed espiritual. Bebe en esta Fuente. Conocerás el Paraíso y el sabor de tu Dios, y ese sabor no te faltará nunca si siempre sabes venir a Mí con los labios y el alma lavados por el Amor.
Mi Jesús había comenzado a hablar a las 4 de la mañana, entre las pausas de mi duermevela. Descendía la palabra como una gota de luz en los despertares y naufragaba en las vueltas al sueño porque estoy tan fatigada y cansada... es una visión interna (¿se dice así?) de mi Jesús herido y goteando sangre. No es el hermoso Jesús de blanco vestido, ordenado, majestuoso, de las otras veces, y no es el resplandeciente Infante de la última vez, sonriente desde el seno de María. Es un triste, tristísimo Jesús, cuyas lágrimas se mezclan con la sangre, magullado, despeinado, sucio, desgarrados los vestidos, con las manos atadas, con la corona bien apretada sobre la cabeza. Veo claramente la corona de gruesas espinas, no largas pero densas densas, que penetran y arañan las carnes. Cada cabello tiene su gota de sangre y la sangre desciende, en regueritos, desde la frente sobre los ojos, por la nariz, por la barba y el cuello, sobre el vestido, gotea sobre las manos y parece más roja tan pálidas están éstas, moja la tierra tras haber mojado los pies. Pero lo que es tristísimo de ver es la mirada... Pide piedad y amor, y manifiesta, bajo su resignada mansedumbre, un dolor infinito.
Revelación de Jesús a María Valtorta, el 28 de Junio del 1943























