miércoles, 18 de febrero de 2026

MIÉRCOLES DE CENIZA

  

Memento homo, quia pulvis es 
et in pulverem reverteris

Libro del Génesis, cap. 3, vers. 19 


              "La observancia del ayuno en la Cuaresma es el vínculo de nuestra milicia; es por ello que nos distinguimos de los enemigos de la Cruz de Jesucristo; es a través de él que se quitan los azotes de la ira divina; es a través de él que, protegidos por la ayuda celestial durante el día, nos fortalecemos contra los príncipes de las tinieblas. Si se relajara esta observancia, sería en detrimento de la Gloria de Dios, en deshonra de la Religión Católica y en peligro de las almas Cristianas; y sin duda, esta negligencia se convertiría en fuente de desgracias para las personas, de desastres en los asuntos públicos, de desgracias para los individuos..."


(Papa Benedicto XIV, Encíclica "Non Ambigimus30 de Mayo de 1741)



                      Antiguamente, en el día de hoy, aquellos fieles que habían causado escándalo público, se postraban humildemente en tierra en presencia del resto de cristianos, cubriendo su cabeza con cenizas. Edificados por tal ejemplo de humilde arrepentimiento, muchos quisieron imitarles; al fin la Iglesia extendió esta imposición a los que quisieran; y esta práctica ha sustituido, a pesar de haber sido suprimida la penitencia pública que fue su origen ocasional. 

               Hoy es el principio de las penitencias cuaresmales, a semejanza de los cuarenta días de ayuno que Nuestro Señor practicó antes de comenzar su vida pública. La Santa Iglesia nos impresiona saludablemente imponiendo sobre nuestras cabezas la ceniza bendecida; nos recuerda que venimos del polvo y que nuestro cuerpo se deshará en ceniza después de la muerte.

                Para completar la lección sobre la nada de las glorias humanas, conviene saber que la ceniza de hoy se obtiene quemando los olivos, palmas y laureles bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior.

               "...el ayuno ha sido siempre alimento de la virtud. Es la fuente de los castos pensamientos, de las resoluciones prudentes, de los saludables consejos. Por la mortificación voluntaria, muere la carne a los deseos de la concupiscencia, el espíritu se renueva en la virtud. Mas, como el ayuno no es suficiente para lograr la salud de nuestras almas, suplamos lo que falte, con obras de misericordia hacia los pobres. Concedamos a la virtud lo que quitamos al placer; para que la abstinencia del que ayuna, sirva al pobre de alimento." 


(Papa San León)


LA LEY DEL AYUNO


               La Ley del Ayuno obliga a todos los Fieles no excusados ​​o exentos, cuya edad esté comprendida entre los 21 años y el inicio de los 60 años. La abstinencia de carne obliga a los niños a partir de los 7 años. 

               El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, pero se toleran dos pequeños refrigerios, que los teólogos limitan a 60 gramos por la mañana y 250 gramos por la noche.


CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
(pío-benedictino, de 1917)


Canon 1250 

                La ley de la abstinencia prohíbe comer carne y caldo de carne, pero no prohíbe comer huevos, lacticinios y cualesquiera condimentos, aunque sean de grasa de animales.

Canon 1251

               1 La ley del ayuno prescribe que no se haga sino una sola comida al día; pero no prohíbe tomar algún alimento por la mañana y por la tarde, con tal que se observe, respecto de la cantidad y la calidad, la costumbre aprobada en cada lugar.

               2 Tampoco está prohibido mezclar carne y pescado en la misma comida; ni cambiar la colación de la noche con la comida del mediodía.

Canon 1252

                1 La ley de sola la abstinencia se ha de observar todos los viernes del año.

                2 Obliga la ley de la abstinencia con ayuno el miércoles de Ceniza, los viernes y sábados de Cuaresma y los tres días de las Cuatro Témporas, las vigilias de Pentecostés, de la Asunción de la Madre de Dios, de la fiesta de Todos los Santos y de la Natividad del Señor.

Canon 1253

                Estos cánones no cambiarán los indultos particulares, los votos de cualquier persona física o moral, las constituciones y reglas de cada religión o instituto aprobado, tanto de hombres como de mujeres, que lleven vida en común, incluso sin realizar votos).

Canon 1254

                1 Están obligados a guardar abstinencia cuantos hayan cumplido los siete años de edad.

                2 Obliga la ley del ayuno a todos desde que han cumplido veintiún años de edad hasta que hayan comenzado los sesenta.




martes, 17 de febrero de 2026

ABRE BIEN TUS OJOS Y MIRA EL ROSTRO DE JESÚS; Festividad de la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo



                    La Fiesta de la Santa Faz se celebra hoy, Martes previo al Miércoles de Ceniza: así lo pidió el Cielo y de esta manera lo confirmó el Papa Pío XII el 17 de Abril de 1958; autorizó además, el mismo Pontífice, la Misa de la Santa Faz de Jesús, para todas las diócesis y órdenes religiosas que pidiesen el Indulto de Roma para celebrarla. Las Revelaciones privadas que recibiera la carmelita Sor María de San Pedro a mediados del siglo XIX, así como posteriormente la Madre María Pierina de Micheli, en la década de 1930, habían sido la antesala de esta aprobación de la Iglesia al culto de la Santa Faz de Nuestro Señor.

                    Históricamente, el origen de la devoción a la Santa Faz es el culto tributado al Divino Rostro de Nuestro Señor; se remonta al memorable día del Viernes Santo, cuando cargado con la Cruz, Nuestro Señor ascendía a la cima del Gólgota; la piadosa tradición nos ha enseñado que Verónica, al ver pasar a Jesús camino del Calvario se acercó a él pasando entre los soldados y le enjugó el Rostro con su velo, en el que quedó su Santa Faz impresa de forma milagrosa. 

                    En la Edad Media, la devoción por la Santa Faz de Nuestro Señor, pasará a la posteridad como la VI estación del Vía Crucis, impulsada por los Franciscanos, cuyo Superior General, San Buenaventura, el "Doctor seráfico",  dedicaría profundos elogios y súplicas sobre el Rostro de Cristo. En esa misma época, grandes místicas como Santa Gertrudis y Santa Matilde conocieron y divulgaron tan piadosa vía de santificación.

                    La tradición del velo de la Verónica, aquél bendito lienzo donde se imprimió el Rostro de Jesús, inspiró a muchas almas para forjar una profunda espiritualidad, que tuvo sus inicios en Francia; ese fervor se transmitiría y crecería con los siglos, hasta tiempos actuales, donde el auge devocional sería manifiesto en el siglo XIX, por el fecundo apostolado de León Papin Dupont. Este caballero nacido en la isla de la Martinica, se encendió en la devoción hacia el Rostro de Cristo tratando con una tornera carmelita, Sor María de San Pedro, del Monasterio de Tours, gran devota de la Santa Faz y que al parecer tuvo revelaciones privadas al respecto entre 1844 y 1847. Dupont, viudo a los 46 años, y habiendo perdido también a su única hija, consagró su vida a la oración y a las obras de misericordia. Tres años después de la muerte de  la monja carmelita, Dupont se consagró al apostolado de la Santa Faz. Erigió un oratorio en su casa donde se veneraba una reproducción de la Santa Faz de Roma; el piadoso varón mantenía una lámpara de vigilia, encendida día y noche ante una imagen de la Santa Faz.

                    Lo que empezó como una empresa privada, gracias al entusiasmo y a la vida cristiana de piedad y virtud de su promotor, se convirtió en centro de espiritualidad y de reforma de vidas. Multitud de personas visitaban y escribían a la casa de Dupont y él las atendía bajo el cuadro de la Santa Faz hablándoles del amor de Dios y de la necesidad de reparación. 

                    En 1851, Dupont fundó la Archicofradía de la Santa Faz en Tours pero muy pronto se extendió por toda Francia; el 26 de Abril de 1885, Luis Martín (Padre de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz) inscribió a toda su familia en dicha Cofradía, por lo que se entiende que Santa Teresita al entrar en la vida religiosa, tomara dicha devoción como parte de su nombre como esposa de Cristo.




SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
Y SU DEVOCIÓN POR LA SANTA FAZ

                    "Comprendí como nunca dónde se encuentra la gloria verdadera... Aquel, cuyo reino no es de este mundo, me evidenció que la única realeza codiciable consiste en querer ser desconocido y estimado en nada, en poner nuestro contento en el propio menosprecio. ¡Ah! Deseaba que mi rostro ,como el de Jesús, estuviera escondido a todos los ojos, que nadie me conociera en el mundo; amaba el padecer y el ser olvidada… ¡Qué gracias me ha concedido la Santa Faz en mi vida!...

                    ¡Jesús! Tu imagen inefable es el astro que guía mis pasos. Tú lo sabes bien. Tu dulce Rostro es aquí en la tierra mi paraíso. Mi amor descubre los encantos de Tus ojos embellecidos por el llanto. 

                    Cuando contemplo Tus dolores sonrío a través de mis lágrimas. Deseo vivir ignorada y solitaria para consolar Tu belleza; esa belleza que se oculta en Tu Faz bajo el misterio del dolor y que tan fuertemente me atrae a Ti. 

                    Tu Faz es mi sola patria; Ella es mi Reino de Amor, mi prado risueño, mi dulce sol de cada día. Ella es el lirio del valle, cuyo perfume misterioso consuela mi afligida alma y le hace gustar la paz de los Cielos. Ella es mi reposo, mi dulzura y mi melodiosa lira. 

                    Tu Rostro, dulce Salvador, es el divino ramillete de mirra que yo quiero guardar en mi corazón. Tu Faz es mi sola riqueza, no quiero nada fuera de ella. 

                    Jesús yo me asemejaré a Ti, y oculta entre los pliegues del velo de la Verónica, atravesaré la vida desapercibida de las criaturas". 


Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz



lunes, 16 de febrero de 2026

BEATA FELIPA MARERI



                    Felipa nació, a finales del siglo XII, hacia el año 1195, de la noble familia de los Mareri, en el castillo de su propiedad situado en San Pietro de Molito, hoy Borgo San Pietro, provincia de Rieti. La Baronía de la familia Mareri se afianzó en el Cicolano a finales del siglo XII desde el castillo del que tomó su nombre. El fundador del linaje fue Felipe, que tuvo al menos cuatro hijos: Tomás, Gentil, Felipa y otra hija cuyo nombre desconocemos. El mayor incremento de la fama y fortuna de la familia se debió a Tomás, que fue un alto funcionario del emperador Federico II.

                    Orientada hacia la vida de perfección por San Francisco de Asís en los años 1221-1225, cuando el Santo, peregrino por el Valle de Rieti, se hospedaba en casa de sus padres, Felipa tomó de joven la decisión de consagrarse a Dios, y se mantuvo con tal firmeza en su propósito, que no consiguieron doblegar su voluntad ni las presiones de los parientes, ni las amenazas de su hermano Tomás, ni las ofertas y requerimientos de sus pretendientes.

                    Ante la actitud de sus familiares, Felipa, como años antes Clara de Asís, huyó de la casa paterna, y junto con su hermana y algunas compañeras se refugió en una gruta de los montes cercanos a su castillo, ahora llamada «Gruta de Santa Felipa», que adaptó con austeridad para sus fines y donde permaneció hasta que sus hermanos Tomás y Gentil, con acta notarial de fecha 18 de Septiembre de 1228, le dieron el castillo de su propiedad de San Pietro de Molito y la antigua iglesia benedictina aneja. Allí se trasladaron Felipa y sus seguidoras, y en seguida comenzaron a organizar su vida claustral siguiendo la forma de vida y las normas que San Francisco había dado a Santa Clara y a sus Hermanas del Monasterio de San Damián en Asís. El mismo San Francisco encomendó a uno de sus primeros compañeros, el Beato Rogerio de Todi, la dirección espiritual de la Beata y de las clarisas del monasterio por ella fundado. A tal fin, Rogerio se trasladó al valle de Rieti, y allí permaneció, cumpliendo su misión, hasta la muerte de la Beata Felipa.

                    Este monasterio, bajo la guía de la Beata Felipa, maestra de vida espiritual, y con el asesoramiento del Beato Rogerio, hombre de gran fervor y no menor prudencia, se convirtió pronto en escuela de santidad. Ciertamente, la ocupación principal de la comunidad monástica era el culto y la alabanza de Dios, la vida litúrgica, la lectura y estudio de la Sagrada Escritura, la oración y contemplación. Pero, al mismo tiempo, el trabajo era tenido en gran consideración, lo mismo que el servicio a los pobres y el apostolado. En el monasterio se preparaban medicinas que luego se distribuían gratuitamente a los enfermos pobres. El fervor de la caridad en las palabras y en las obras, así como el estilo de vida de aquellas clarisas, con Felipa a la cabeza y todas siguiendo la estela del Santo de Asís, hicieron revivir la vida evangélica en el Valle de Rieti, como antes había sucedido en el Valle de Espoleto.

                    La Beata Felipa Mareri murió en su monasterio, el 16 de Febrero de 1236, en olor de Santidad, con fama de perfecta esposa de Jesucristo. Pronto su tumba se convirtió en meta de peregrinaciones y empezaron a multiplicarse las gracias y los favores extraordinarios de Dios obtenidos por mediación de la Beata. Cuando en 1706 se hizo el reconocimiento de sus restos mortales, se vio que su corazón permanecía incorrupto, y se conserva aún hoy en un relicario de plata. El Papa Inocencio IV, en una Bula de 1247, da a Felipa el título de "Santa". Pero fue el Papa Pío VII quien, por Bula del 30 de Abril de 1806, confirmó su culto inmemorial y aprobó la Misa y Oficio en su honor.



domingo, 15 de febrero de 2026

CENTENARIO DE LA APARICIÓN DEL NIÑO JESÚS A SOR LUCÍA

 


               Tal día como hoy, el 15 de Febrero de 1926, el Niño Jesús se aparecía a Sor Lucía, -la que fuera vidente de Nuestra Señora en Fátima- en el patio de la casa de las Hermanas Doroteas de Pontevedra (España); allí había ingresado como religiosa dorotea en 1921. Apenas unas semanas antes, el 10 de Diciembre de 1925, la Virgen se apareció también a la joven religiosa pidiéndole que extendiera la Devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes.

               Dicha Aparición de 1926 en Pontevedra no se entiende sin explicar que Sor Lucía, desde hacía unos meses, se encontraba con un niño en las cercanías del Convento. Y entonces, el 15 de Febrero, Sor Lucía volvió a encontrarse con el pequeño y le preguntó si se había aprendido las oraciones que en otras ocasiones le había ido enseñando.

               “¿Y tú has propagado por el mundo aquello que la Madre del Cielo te pedía?”, le contestó el niño. En aquel instante supo que se trataba del Niño Jesús.



Lugar exacto donde el Divino Niño Jesús se apareció a Sor Lucía Dos Santos, 
el 15 de Febrero de 1926. La imagen fue regalo del Presidente John F. Kennedy

               El Niño pidió a Sor Lucía que hiciera lo que su Madre le había pedido en Su Aparición: extender la Devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes. Esta petición se hizo porque muchas personas comenzaban esta devoción, pero pocas la terminaban.

               Al igual que la aparición anterior de la Virgen semanas antes, de nuevo Sor Lucía habló con su confesor en Pontevedra sobre esta nueva revelación. Para cerciorarse, el Sacerdote le hizo varias preguntas, entre ellas, por qué debían ser Cinco Sábados.

               Sor Lucía pidió una respuesta al Señor y Éste le contestó que “la Devoción de los Cinco Sábados se debe a que hay cinco tipos de ofensas contra el Inmaculado Corazón de María”.

          -Contra Su Inmaculada Concepción.

          -Contra Su Virginidad Perpetua.

          -Contra Su Divina Maternidad al rechazar reconocerla como Madre de todos los hombres.

          -Las ofensas de aquellos que tratan de sembrar públicamente en los corazones de los niños indiferencia o incluso odio a la Virgen.

          -Las ofensas de quienes la ultrajan en Sus santas imágenes.





TERCER DOMINGO DE SAN JOSÉ: "...Y LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS"

  

               En este tradicional septenario dedicado a Nuestro Padre y Señor San José, recordaremos sus principales siete Dolores y Gozos; en este año, 2026, comenzaremos el Domingo 1 de Febrero y concluiremos el Domingo 15 de Marzo. 

                En 1847 el Papa Pío IX se dignó conceder una Indulgencia Plenaria para cada uno de los Siete Domingos de San José, si se observan las condiciones de Confesión, Comunión y visita en cualquier templo, rogando por las necesidades del Sumo Pontífice y/o de la Santa Iglesia. No hay época señalada para practicar la devoción de los Siete Domingos, pero sí se exige que sean seguidos, sin interrupción.


PREPARACIÓN

               Olvidáte por un momento de las preocupaciones cotidianas, deja a un lado todo aquello que te resta felicidad, sumérgete en el silencio interior e intenta adentrarte en espíritu en la humilde casa de Nazareth, y situado en medio de la Sagrada Familia, contempla la figura paternal de San José, que cuida al Niño, lo besa, lo educa, lo mima... ¿qué podrá negar Jesús Nuestro Señor al que así lo acunó en Su Santa Infancia?


...y le pondrás por Nombre Jesús... 



INICIO

               Por la señal + de la Santa Cruz, etc.

               En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén

               Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, (se golpea el pecho 2 veces) a mí me pesa, pésame, Señor, de todo corazón haberos ofendido; yo os propongo firmemente la enmienda de nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta.

              Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como os lo suplico, así confío en Vuestra Divina Bondad y Misericordia infinita, me los perdonaréis, por los merecimientos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme y perseverar en Vuestro santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén.


OFRECIMIENTO

               Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros Siete Dolores y Gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y Su Madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo. 


DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

          -Tercer Dolor Cuando la Sangre del Niño Salvador fue derramada en la Circuncisión.

"Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por Nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de que fuera concebido en el seno materno" (Evangelio de San Lucas, cap. 2, vers. 21).

          -Tercera AlegríaCuando Nuestro Señor recibió el Santísimo Nombre de Jesús.

"Dará a luz un hijo, y le pondrás por Nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados" (Evangelio de San Mateo, cap. 1, vers. 21).



ORACIÓN

                ¡Oh modelo perfecto de sumisión a las Leyes Divinas, Glorioso San José! La vista de la Sangre Preciosa que el Redentor Niño derramó en Su Circuncisión, traspasó vuestro corazón de dolor; pero la imposición del Nombre Jesús lo reanimó, llenándoos de consuelo.

               Alcanzadnos, por este Dolor y este Gozo que, dando de lado a todos los vicios durante la vida podamos morir con gozo y alegría, invocando de corazón y de boca el Santísimo Nombre de Jesús. 

         Ahora, reza con piedad un Padrenuestro, un Avemaría, el Ave de San José y un Gloria, para terminar diciendo

         Jaculatoria: San José, Modelo y Patrono de aquellos que aman al Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

        Y terminamos este ejercicio piadoso haciendo la señal de la Cruz, en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




sábado, 14 de febrero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Salud de los enfermos


“Y perfumé mi morada como estoraque, 
y gálbano, y ónice, y áloes, y como 
incienso sin cortar, y mi olor es 
como el bálsamo más puro” 


Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 21



                    El pecado de nuestros primeros padres no solo privó al hombre de la justicia original y de todos los dones que esta conlleva, sino que lo redujo a un estado de gran debilidad, de modo que nos es imposible realizar obras de valor sobrenatural sin una gracia especial. El hombre caído es como un enfermo que no siente agrado por ningún alimento. Carece de energía vital y sus acciones carecen del vigor natural de una persona sana. Es muy propenso al vicio y encuentra tediosa y difícil la práctica de la virtud.

                    Esta incapacidad natural para realizar buenas obras se ve agravada por el pecado, ya sea mortal o venial. El primero, al privar al alma de la gracia divina, principio de la vida espiritual, impide al hombre hacer algo que agrade a Dios para merecer la felicidad eterna. El segundo, al disminuir el fervor de la caridad, hace laboriosa la práctica de la virtud, ya que la caridad tiene por efecto precisamente facilitar la realización del bien. El pecado es, por tanto, un gran mal, porque, si es mortal, mina por completo la energía espiritual del alma, y ​​si es venial, la debilita notablemente.

                    Si de los individuos pasamos a las naciones, percibimos que el pecado, como un veneno sutil, carcome el corazón de los mismos, debilitándolos y preparando su ruina.

                    La Divina Bondad, que para las dolencias corporales nos ha procurado remedios eficaces, no es menos diligente al proveer los medios para sanar nuestras dolencias espirituales. Con los Sacramentos instituidos por Jesucristo para restaurar la Gracia en nuestras almas o para aumentarla en nosotros, Dios también se ha complacido en concedernos, con la ayuda de María, un potente remedio para nuestras dolencias espirituales. De hecho, María no solo nos ha dado a Jesucristo, Pastor y Médico de nuestras almas, sino que, además, nos cuida como una tierna madre junto a la cuna de un niño enfermo.

                    Además de esto, el ejemplo de María nos anima en nuestra lucha contra el Diablo. Pues ella es la Virgen Inmaculada, que jamás fue contaminada por el pecado. Su dulce Alma siempre estuvo llena del perfume de las más nobles virtudes.

                    María no cesa tampoco de escuchar la voz de nuestras súplicas y de presentarlas ante el Trono de Dios, anticipándose con frecuencia a nuestras peticiones y obteniéndonos, por Sus Méritos y los de Jesucristo, todos los auxilios que nos son necesarios en nuestras necesidades espirituales.

                    Y lo que María hace por las personas, también lo hace por naciones enteras. Como Reina piadosa, las socorre en su aflicción; las levanta de su lecho de enfermedad y es para ellas un baluarte de defensa.

                    El poder y el cuidado maternal de María no solo abarcan las miserias espirituales, sino también los males del cuerpo. ¡Cuántas veces vemos a María devolviendo la salud a los enfermos que acuden a ella con filial confianza!.

                    En la prontitud de María para aliviar las dolencias corporales, resplandece espléndidamente el Amor de Dios por Ella. Parece como si el Altísimo no hubiera puesto límites a la eficacia de la intercesión de Su Madre. Mientras que otros Santos son invocados sólo en casos particulares de dolencias corporales, el Poder de María, en cambio, se ejerce sobre toda clase de dolencias. Por lo tanto, podemos decir que, por Su palabra, como antaño por la palabra de Jesús, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen. La única diferencia es que Jesucristo, siendo Dios, obró estos milagros por su propia autoridad personal, mientras que María nos obtiene, por la Divina Clemencia, las gracias que pide, en virtud de la eficacia de Su intercesión ante Dios.

                    Sin embargo, aunque María es tan poderosa para sanar todas las dolencias corporales, no siempre libra a Sus pacientes de cada prueba, porque Dios considera oportuno ejercitarlos en la paciencia, para que así obtengan la recompensa que les está preparada en el Cielo. Pero cuando María no restaura la salud corporal, a pesar de todo, nunca deja de ser una tierna Madre para con nosotros, velando por nosotros y obteniendo para nosotros, en lugar de la fuerza física, la resignación a la Voluntad Divina y la paz interior: dos medios supremos de santificación y salvación.

                    Entre las maravillosas imágenes mediante las cuales Dios se ha dignado mostrar el poder de María para ayudar a los pobres hijos de Adán, cabe mencionar la de la "Santissima Annunziata" en Florencia. Las maravillosas curaciones y otras gracias obtenidas por la intercesión de Nuestra Señora mediante esta imagen son tan numerosas que llenarían muchos volúmenes. Una de las más milagrosas y dignas de mención especial es la curación de Su Santidad el Papa Inocencio VIII.

                    Este Papa llevaba mucho tiempo enfermo, sumido en una profunda agonía, y los médicos no podían aliviar sus sufrimientos. Ya había perdido toda esperanza y aguardaba la muerte hora tras hora, cuando llegó a visitarlo el Cardenal Protector de la Orden de los Siervos de María, Juan Micheli, quien comenzó a narrarle los maravillosos favores concedidos por la Santísima Anunciación en Florencia a sus devotos siervos. El Cardenal animó entonces al Papa a confiar en María, llamada con acierto la «Salud de los enfermos», y a pedirle que lo librara de su dolorosa enfermedad. Al oír esto, Inocencio reavivó en él la esperanza de recuperación y sintió en su corazón una viva confianza en la protección de Nuestra Santísima Señora. Juró dedicarse especialmente a Su servicio, si Ella se dignaba liberarlo de sus penosos sufrimientos.

                    Cuán grande fue el asombro de los médicos y la alegría de Roma cuando, al poco tiempo, el Papa Inocencio se halló perfectamente curado. Lleno de gratitud por esta inesperada liberación, encargó a un artista experto que representara la trágica escena de su enfermedad mortal y envió esta pintura a Florencia como testimonio de la gracia que le había sido concedida. Además, el Pontífice, como muestra de su especial devoción a esta imagen milagrosa, extendió a todas las principales iglesias de la Orden de los Siervos de María el privilegio de celebrar con gran solemnidad una Misa en Honor de la Madre de Dios en la tarde del Sábado Santo. También concedió a estos religiosos la célebre Bula, conocida como Mare Magnum, por la cual todos los privilegios concedidos previamente a las demás Órdenes Mendicantes se extendieron a la Orden de los Siervos de María.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



viernes, 13 de febrero de 2026

LLORABAIS SOBRE LA INGRATITUD Y RUINA DE MI ALMA


Et ut appropinquavit, videns civitatem, flevit super illam, 
dicens: quia si cognovisses et tu, et quidem in hac die tua, 
quae ad pacem tibi: nunc autem abscondita sunt ab oculis tuis

(St. Lucas, 19, 41-42)



                    "Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino" (Evangelio de San Mateo, cap. 21, vers. 5). Al acercarse el tiempo de su Pasión, Jesús sale de Betania y se encamina a Jerusalén. Consideremos aquí la humildad de Jesucristo, que, a pesar de ser el rey de la Gloria, quiere entrar en aquella gran ciudad montado en un pollino. ¡Jerusalén, Jerusalén!, sal a esperar a tu Rey, que se acerca lleno de humildad y mansedumbre; no temas que se valga de su imperio y señorío para apoderarse de tus riquezas; mira que viene rebosando amor y piedad para salvarte y rescatarte, a costa de su vida, de la esclavitud que padeces. 

                    Entre tanto, el pueblo, que desde hacía mucho tiempo le veneraba por los milagros que obraba, y señaladamente por la resurrección de Lázaro, que todavía andaba por boca de todos, salió a su encuentro; y mientras unos tienden sus vestidos sobre el camino por donde debía pasar, cubren otros las calles con ramas de árboles, en señal de vasallaje. 

                    ¿Quién hubiera podido predecir entonces que este Príncipe, recibido con tanta pompa y majestad , sería dentro de pocos días condenado a muerte como un criminal y conducido al Calvario con la Cruz al hombro?. Amadísimo Jesús, quisiste entrar solemnemente en Jerusalén para que la ignominia de vuestra Pasión y Muerte contrastase con la Honra y Gloria que aquel día recibisteis. Pronto se trocarán en maldiciones e injurias, las alabanzas y vítores con que hoy os aclaman. Hoy dicen: Hosanna, salud y gloria al Hijo de David; bendito sea el que viene en nombre del Señor (Evangelio de San Mateo, cap. 21, vers. 9). Dentro de algunos días alzaran la voz diciendo: Quita, quítale de en medio, crucifícale (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 6). Pilato, exclamarán, quita de nuestra presencia a ese malhechor; crucifícalo pronto, no vuelvas a presentarlo a nuestra vista. 

                    Ahora se despojan de sus vestidos, y después os despojarán, Jesús mío, de los vuestros para azotaros y crucificaros. Ahora tapizan de ramos las calles que habéis de atravesar, y luego tomarán manojos de espinas que traspasen vuestra frente. Ahora os colman de bendiciones, y después no se cansaran de ultrajaros e insultaros. Alma mía, sal al encuentro de tu Dios y dile con afecto y agradecimiento: Bendito sea el que viene en nombre del Señor. Amado Redentor mío, seáis para siempre bendito, ya que para salvarme habéis bajado del Cielo; todos estábamos perdidos sin remedio si Vos no hubierais venido a la tierra. 

                    Al llegar cerca de Jerusalén, dice San Lucas, poniéndose a mirar esta ciudad lloró sobre ella. Derramó lágrimas sobre Jerusalén, ora considerase su ingratitud, ora previese su próxima ruina. Ah Señor mío, mientras llorabais sobre la ingrata Jerusalén, llorabais también sobre la ingratitud y ruina de mi alma. Amado Redentor mío, llorabais los daños que yo acarree a mi alma al arrojaros de ella por el pecado y al obligaros a condenarme al Infierno, después de haber muerto para librarme de él. Ah, yo, yo soy quien debiera derramar lágrimas sin consuelo por el grave daño que hice a mi alma ofendiéndoos y separándome de Vos después de haberme dado tantas pruebas de amor. 

                    Eterno Padre, por las lágrimas que entonces derramó vuestro Hijo sobre la ruina de mi alma, dadme gran dolor de mis pecados. Y Vos, tierno y amoroso Corazón de mi Jesús, tened compasión de mí, pues detesto cordialmente los disgustos que os he dado y propongo firmemente amaros con todas mis fuerzas. 

                    Después de su entrada en Jerusalén, Jesús pasó todo el día en predicar y curar enfermos; pero al llegar la noche tuvo que retirarse a descansar en Betania, porque no hubo en Jerusalén quien le invitase a hospedarse en su casa. 

                    Benignísimo Señor mío, si los demás hombres no os reciben, jamás yo os arrojaré de mi corazón; hubo, sin embargo, un tiempo en que mi ingratitud os arrojó de mi alma; pero ahora tengo a más honra el vivir unido con Vos que ser dueño de todos los reinos del mundo. ¡Oh Dios mío!, ¿quién podrá jamás separarme de vuestro amor?


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTIMA DEL FUEGO DE LA CARIDAD, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    En orden a la vida espiritual, se ha de insistir en la dignidad del Sacerdocio de Cristo, la que se manifiesta inmediata y concretamente considerando que fue y es siempre y al mismo tiempo Sacerdote y Hostia. Se lee en la Epístola a los de Éfeso (v, 2): «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave». 

                    ¿Por qué fue y será siempre Sacerdote y Hostia al mismo tiempo?. Porque ninguna otra hostia era digna de Su Sacerdocio. Fue una Hostia perfectísima de infinito valor, como la Oblación del Sacrificio de la Cruz era subjetivamente de valor infinito por parte de la persona del Verbo. Aún más: fue Hostia en un triple aspecto: Hostia por el pecado para la remisión de los pecados, Hostia pacífica para la conservación de la Gracia, Hostia de Holocausto para redimir las almas y unirlas perfectamente con Dios en la Gloria... 

                    Cristo, es cierto, no se dio muerte a Sí mismo; consintió voluntariamente el ataque de sus enemigos, pudiendo rechazarlos fácilmente, como acaeció al derribarlos en tierra en el Huerto de Getsemaní. Él había dicho: «Nadie Me quita la vida; Soy Yo quien la doy de Mí mismo» (Evangelio de San Juan, cap. 10, vers. 18). 

                    Dice Santo Tomás que el fuego que abrasó esta Víctima fue el ardor de la Caridad, cuyo origen era el Cielo; poco después se manifestó sensiblemente -por la gloriosa Ascensión y Resurrección- que Dios Padre aceptaba la Víctima ofrecida. Ha de notarse que la muerte voluntaria de Cristo difiere de la de los Mártires, en cuanto que fue un sacrificio verdadero en su sentido propio. Cierto que la muerte de los Mártires es voluntaria, pero causada por heridas mortales, no tienen libertad de dar o retener la vida; Cristo, por el contrario, podía, por un milagro, no morir, aunque las heridas fueran mortales; podría haberlo querido si el Querer del Padre no le señalase morir por nosotros. Además, que no todos los Mártires son Sacerdotes. Por tanto, su sacrificio no es un sacrificio propiamente tal, ofrecido por un Sacerdote. Cristo, pues, se ofreció como Víctima primero en la Cena, incruentamente, bajo las especies de pan y de vino, luego en la Cruz en Su propio Cuerpo, cruentamente. 

                    Pero, aun cuando no se hubiera celebrado la Cena, Su Muerte voluntaria en la Cruz sería un Verdadero y Perfecto Sacrificio, y no una parte sólo del sacrificio. En la crucifixión hubo no sólo inmolación cruenta, sino incluso oblación interna y externamente manifestada, principalmente en aquellas últimas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo Mi Espíritu»; «todo se ha cumplido» (Evangelio de Lucas, cap. 23, vers. 46). El efecto de este sacrificio es la expiación de nuestros pecados: «Tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Profeta Isaías, cap. 53, vers. 4).


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 



miércoles, 11 de febrero de 2026

"...ROGAD A DIOS POR LOS PECADORES, BESAD LA TIERRA EN PENITENCIA POR LOS PECADORES", el siempre actual Mensaje de Lourdes

 

Pobreza, Oración y Penitencia, 
en el sentido pleno de conversión, 
son las tres palabras clave con las 
que se concluye el lado práctico 
del Mensaje de Lourdes 


                   En 1846, Nuestra Señora se aparecía en la montaña francesa de La Salette; allí comunicaba un Secreto a dos jóvenes pastores, Maximino y Melanie; a esta sencilla muchacha advierte: Esto que Yo te voy a decir no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858. Llegado el año fijado por la Virgen Santa, Melanie Calvat lucha por imprimir el Secreto según los pedidos de la Madre de Dios, pero sólo encontrará reticencias e impedimentos hasta que consiguió publicarlo en 1879. No obstante, la Virgen sí cumplió con la fecha y en 1858 se manifestaba de nuevo en Francia, esta vez en la humilde población de Lourdes.

                    Jueves, 11 de Febrero de 1858, en la humilde familia de Los Soubirous habían tomado un pobre desayuno a las nueve. Bernadette, de catorce años pero con cuerpo de niña de menor edad, hilaba la estopa con su hermana Toinette, de once años. Su padre, François Soubirous, enfermo, estaba acostado. Los dos más pequeños jugaban en un rincón. La madre, Louise, se atareaba en la preparación de un pobre puchero con los ingredientes que tenía. —Dios mío —exclamó Bernadette—, ya no queda leña. —¿Y la que fuimos a buscar ayer? —protestó Toinette. El día anterior, Toinette había salido con su madre a las cuatro de la mañana a recoger leña. Había pasado tanto frío con los pies descalzos dentro de los zuecos, que Louise tuvo que envolvérselos con su delantal mientras ella preparaba la gavilla. Sí, pero ya se habían comido el haz... la leña les dio los seis céntimos de pan de la jornada anterior. Había que salir otra vez. 

                   Al poco rato, en torno a las once de la mañana, tres pares de zuecos golpearon los adoquines de la calle des Petits Fossés, giraron a la derecha por la calle de Baous, cruzaron la puerta del mismo nombre, cuya bóveda resonaba. Y de pronto ya estaban en el campo. Las niñas torcieron a la derecha delante del cementerio y rodearon el llamado «prado del paraíso» recogiendo algunas ramitas. El cesto iba de mano en mano: de Jeanne a Toinette y de Toinette a Bernadette. Volvieron a bajar hacia el torrente. No fue necesario ir tan lejos. A doscientos metros de allí estaba la lengua puntiaguda de arena donde se unían el Gave y el canal.

                   Se trataba de una formación rocosa de veintisiete metros de alto, nudosa, abultada por protuberancias, surcada por grietas y anfractuosidades de distintos tamaños, coronada de una avara maleza. Por todo adorno tenía un penacho de hiedra hacia la cima, y en un nicho a unos tres metros y medio del suelo, justo enfrente, un rosal salvaje cuyas ramas caían hasta el suelo. El lugar llevaba el adecuado nombre de Masse-vieille (vieja roca) o Massabielle, como todavía se pronuncia. La vieja roca parecía sostenida por un enorme arco rocoso entre cuatro y cinco metros de ancho, que cubría una gruta alargada de ocho metros de anchura. El pie izquierdo estaba apuntalado en el agua del Gave y se elevaba, con suavidad y oblicuamente, hasta una altura de tres o cuatro metros. El lado derecho caía en vertical. En el interior de la gruta, tan profunda como ancha, el suelo lleno de arena y morrena formaba un plano inclinado que confluía en la bóveda, al fondo. Sobre esta pendiente el torrente había depositado la madera y los huesos.


PRIMERA APARICIÓN: UNA MARAVILLOSA NIÑA BLANCA

                   En medio del paisaje inmóvil, en una especie de nicho que formaba una mancha oscura en la parte derecha de la roca, a tres metros por encima del suelo, se agitaba una mata de espinos. Una suave luz iluminó progresivamente aquel agujero en sombra. Y dentro de la luz, una sonrisa; era una maravillosa niña blanca. Separó los brazos al tiempo que se inclinaba en un gesto de recibimiento que parecía decir: «Acercaos...» Bernadette, paralizada por la sorpresa, pasmada, no se atrevió a moverse. ¿Era el miedo? Quizá, ¡pero era tan dulce! No sentía el menor deseo de escapar. No, se quedaría para siempre ahí, contemplando. Algo, sin embargo, luchaba en su interior. No estaba acostumbrada a escucharse, a alimentar fantasías agradables. Reaccionó diciéndose: «¡Vamos!, me estoy engañando.» Se frotó enérgicamente los ojos varias veces. La fricción de las palmas de sus manos borró el paisaje, sumergiéndola en la oscuridad. Los dos globos aplastados, reducidos a su consistencia material, le procuraron una innegable sensación de realidad. 

                   Volvió a abrir los ojos. La niña blanca seguía ahí, con su sonrisa. Con un gesto habitual, casi instintivo, se llevó la mano derecha al bolsillo del delantal, encontró el Rosario, el tranquilizador Rosario de las noches de asma. Levantó el brazo mecánicamente para hacer la señal de la Cruz con el crucifijo. ¡Sorpresa! el brazo se detuvo a medio camino; la mano cayó. ¡Da igual! Querer es poder... Pero no, el brazo le colgaba invenciblemente flojo y sin energía, aunque no dejaba de notar el tacto de la cruz de madera entre los dedos. De golpe, el sobrecogimiento se convirtió en miedo. Le temblaba la mano. 

                   En el hueco de la roca, la Aparición esbozó un gesto, el gesto que Bernadette quisiera hacer. También Ella sostenía un Rosario en la mano, un Rosario blanco con una gran Cruz brillante (1). Se lo llevó a la frente. Acompañando su gesto, el brazo de Bernadette se levantó por sí solo y dibujó a su vez una amplia señal de la Cruz. Con este gesto se desvaneció todo el temor y sólo quedó una intensa alegría. Bernadette se arrodilló. 

                   Las dos compañeras que se alejaban distinguieron, al volverse, la minúscula silueta en su postura de oración, arrodillada sobre el banco de arena en pleno torrente. Ranne se encogió de hombros. —¡Está loca si se pone a rezar ahí! ¡Ya es suficiente con rezar en la iglesia! 

                   De pronto... mientras pasaba las cuentas del Rosario, Bernadette observaba todo lo que podía, y ambas acciones se acompañaban maravillosamente. El tiempo volaba y permanecía como una pequeña eternidad. La Aparición hacía correr las cuentas entre sus dedos pero no movía los labios. Tan pronto terminó la oración, desapareció. Los ojos de Bernadette escrutaron en vano una estela de luz que se prolongó un instante antes de disiparse como una nube. ¡Sólo quedó la roca negra, la llovizna, el cielo gris, el tiempo encapotado! Pero nada de todo eso pesaba ya. La fatiga y la preocupación de hacía un momento habían desaparecido. Aquellas Apariciones se repetirían hasta en diecisiete ocasiones más.


ROCÍA A LA VIRGEN CON AGUA BENDITA

                   El 14 de Febrero, pese a la prohibición de sus padres, Bernadette regresa a la Gruta movida por una fuerza interior que la llama; de nuevo se presenta la Señora ante ella y Bernadette, la rocía con agua bendita... la Señora sonríe e inclina la cabeza. Acabado de rezar el Rosario, la Señora desaparece.


LA VOZ DE LA VIRGEN, APARICIÓN DEL 18 DE FEBRERO DE 1858

                   Llegada a la Gruta, Bernadette se puso de rodillas, sabedora que tenía el encargo de algunas personas de preguntar a la Aparición su nombre; pero no de cualquier manera pretendían que la niña interrogara a la Señora, sino que deseaban dar cierta autoridad al acontecimiento y por eso pidieron a Bernadette que la misma Señora escribiese su nombre. 

                  Una vez la Señora se hizo presente, la joven vidente, se puso de puntillas y le alargó con los brazos extendidos la pluma y el papel, diciéndole al mismo tiempo «Boulet aoue era bouentat de mettre vostre noum per escriout?» (¿Tendría la bondad de poner su nombre por escrito?). (2)

                   La Señora se echó a reír, envuelta en su propia luz, con una risa como las que tienen las niñas en el Cielo. ¿Qué era lo que le hacía tanta gracia?. ¿Eran los avíos sacados de la escribanía del tribunal en manos de Bernadette, que no sabía leer?. 

                   En cualquier caso, era una risa benévola y Bernadette se echó a reír al igual que ella de la extravagante ofrenda que sostenía en sus manos. Aquello inauguró entre ellas un sentimiento de complicidad. ¡Qué amistosa era la mirada de la bella Señora! ¡Y qué dulce iniciar con risas esa amistad! 




                   Bernadette se atrevía a amarla sin miedo. La risa de la Señora terminó en una sonriente respuesta. «N'ey pas necessari.» (No es necesario.) Era la primera vez que oía su voz fina y suave. Ahora estaba segura de que no se trataba de una ilusión. La Virgen, más real aún que todo aquello y más presente, esa vez enlazó sus frases en tono serio y sumamente elegante: «Boulet aoue era gracia de bié aci penden quinze dias?» (¿Quiere tener la cortesía de venir aquí durante quince días?

                   La hija de los Soubirous, poco habituada a tanta deferencia, se quedó totalmente desconcertada. La Señora llamaba de usted a una chiquilla a la que todo el mundo tuteaba; había dicho si quería tener la cortesía, una bonita y educada fórmula del dialecto de Lourdes. Bernadette respondió de corazón, sin detenerse a pensar en las consecuencias. A su promesa le respondió otra promesa. «Non proumeti pas deb hé urousa en este mounde, mès en aoute.» (No prometo hacerla feliz en este mundo, sino en el otro.) Estas parcas palabras parecían dulces bajo la mirada de Aquélla que las pronunciaba. 


EL CIRIO QUE NO QUEMABA

                   El 19 de Febrero Bernadette llegó a la Gruta portando un cirio encendido; a partir de ese momento, muchos devotos del lugar la empezarían a imitar y pronto nacería la procesión de antorchas que aún hoy perdura. Durante la Aparición, la parte inferior del cirio se coló entre los dedos de Bernadette, quedando la llama a la altura de los dedos; sin embargo la joven vidente no sufrió quemadura alguna pese haber estado expuesta al fuego por más de quince minutos, como confirmó un médico presente.


APARICIÓN DEL 24 DE FEBRERO, "PENITENCIA..."

                   Llegada a los pies de la gruta Bernadette se arrodilló, encendió un cirio y se persignó con una devoción contagiosa. Las cuentas del rosario corrían entre sus dedos cruzados. Cuando terminaba la primera decena, se produjo algo imponderable, una especie de movimiento hacia adelante, o más bien un impulso muy suave, pues Bernadette no se había movido. Pero su semblante había cambiado. A la lívida luz del amanecer, que la amarilla oscilación del cirio calentaba apenas, la cara palideció adquiriendo una luminosa blancura. La niña acababa de pasar a otro mundo.

                   Bernadette ya no sonreía... Nuestra Señora tampoco. Una especie de nube cubrió el resplandor de su cara. Recuperó el color. Al levantarse parecía triste, preocupada; incluso disgustada... la Virgen, con semblante profundamente triste le dice: "¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Penitencia!, ¡Rogad a Dios por los pecadores!, ¡Besad la tierra en penitencia por los pecadores!". Esta frase la repetiría la Señora en las siguiente Apariciones.

                   La noticia de las Apariciones se extendió por toda la comarca, y muchos acudían a la Gruta creyendo en el suceso, otros se burlaban. En la novena Aparición, el 25 de Febrero, la Señora mandó a Santa Bernadette a beber y lavarse los pies en el agua de una fuente, señalándole el fondo de la gruta. La niña no la encontró, pero obedeció la solicitud de la Virgen, y escarbó en el suelo, produciéndose el primer brote del milagroso manantial de Lourdes. Bernadette realiza ejercicios repulsivos, como besar la tierra, cavar en el suelo embarrado y comer hierba. Los asistentes menos devotos la tachan de visionario y loca.

                   En las Apariciones, la Señora exhortó a la niña a rogar por los pecadores, manifestó el deseo de que en el lugar sea erigida una capilla y mandó a Bernadette a besar la tierra, como acto de penitencia para ella y para otros, el pueblo presente en el lugar también la imitó y hasta el día de hoy, esta práctica continúa.



YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN

                   El 25 de Marzo, a pedido del Párroco del lugar, la niña debe preguntar a la Señora quién es...

                   Durante tres semanas Bernadette permanece ausente de la Gruta, pero ha estado ensayando mentalmente una bonita frase, ceremoniosa como una reverencia, que en parte le habían sugerido: «Mademisello, boulet aoué la bountat de me disé que es, s’il bou plan?» (Señorita, ¿tendría la bondad de decirme quién es, por favor?) Pero la «frase bonita» era demasiado complicada. Bernadette se liaba, tropezó y dijo voluntad (boulentat) en lugar de bondad (bountat), dos palabras que era incapaz de distinguir. La más larga le parecía más educada. 

                   La Señora sonrió de nuevo. ¿Se estaba burlando, como decía el Párroco? No... había tanta amabilidad y tanta bondad en su mirada. Tenía que volver a empezar. «Boulet aoué la boulentat de disé...» La sonrisa de la Virgen se hizo aún más amplia. Se echó a reír, pero esta vez Bernadette no iba a renunciar. 

                  «Boulet aoué la boulentat!», suplicó una vez más. Silencio... Pero Bernadette estaba decidida y nada la detendría ya. Lo repetiría diez veces si hacía falta, ya que la Señora no mostraba enfado. No fue necesario llegar a tanto. A la cuarta ocasión la Virgen dejó de reír. Cambió el rosario, llevándoselo al brazo derecho. Sus manos se separaron, y las extendió con las palmas hacia el suelo. De aquel gesto tan sencillo emanaba majestad; su silueta de niña adquirió grandeza; su juventud, un peso de eternidad. Con un movimiento acompasado, juntó luego las manos a la altura del pecho, levantó los ojos al cielo y dijo: «Que soy era Immaculada Councepciou» (Soy la Inmaculada Concepción)»

                   Bernadette fue a contar lo sucedido a su Párroco, pero éste dudó de que una simple jovencita analfabeta pudiese saber sobre el Dogma de la Inmaculada Concepción, declarado por el Papa Pío IX cuatro años antes. 


ÚLTIMA APARICIÓN, "JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA"

                  El 16 de Julio de 1858, Festividad de la Virgen del Carmen, tiene lugar la última Aparición; Bernardette, siente una vez más en su interior el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del río Gave, enfrente de la Gruta. «Me parecía que estaba delante de la Gruta, a la misma distancia que las otras veces, no veía más que a la Virgen. Jamás la había visto tan bella.»

                  Las Apariciones fueron declaradas auténticas el 18 de Enero 1862. En el lugar se comenzó a construir un Santuario, que el Papa Pío IX concedió el título de Basílica en 1874. Bernadette, que había ingresado en las Hermanas de la Caridad de Nevers, entró en la Vida en 1879 y fue canonizada en 1933. 



     NOTAS

                  1   Según el relato de la misma Bernardette el Rosario que llevaba Nuestra Señora era como el de la vidente: de seis decenas, más conocido como Corona de Santa Brígida.

                  2  Bernadette hablaba tan solo su lengua materna, el gascón, típico de aquella región francesa; la Virgen siempre se comunicó con la joven en ese dialecto.