y el poder del Altísimo Te cubrirá
Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers. 35
La Encarnación del Verbo no es solo un Misterio de nuestra Fe, sino también el mayor milagro que el poder de Dios haya realizado jamás.
Nada, en efecto, supera más los poderes de la naturaleza que la unión de una Persona divina, increada e infinita, con la naturaleza humana, creada y finita. Pero Dios quiso añadir otro milagro asombroso al primero: la concepción virginal de Jesús en el vientre de María, quien, por un privilegio singular, fue visitada por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra para que concibiera y diera a luz al Verbo de Dios.
Así como no puede haber mayor dignidad en una criatura pura que la de cooperar inmediatamente con el Espíritu Santo en la formación del cuerpo de un Dios, no es de extrañar que Dios haya dejado de lado las leyes de la naturaleza para salvaguardar la virginidad de su Madre.
¡Maravilla indescriptible! ¡Qué vívidamente nos revela el amor del Espíritu Santo por su Esposa, y cómo realza ante nuestros ojos la sublime dignidad de la Madre de Dios!
La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María, como toda otra obra maravillosa de Dios, debe atribuirse a la acción común de las Tres Personas Divinas, quienes, teniendo la misma naturaleza, se unen en todas sus obras ad extra . Sin embargo, es al Espíritu Santo a quien atribuimos esta concepción virginal, y esto por varias razones.
En primer lugar, la Encarnación es una obra de amor, puesto que Dios se hizo hombre por el amor que nos tuvo; ahora bien, el Espíritu Santo es precisamente, en la Santísima Trinidad, el amor consustancial del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre.
Además, por su unión con el Verbo, la santísima Humanidad de Jesús se convirtió en la mayor maravilla de la perfección espiritual, habiendo sido elevada, ennoblecida y glorificada por encima de todas las cosas creadas por la luz de la Divinidad: ahora bien, es al Espíritu Santo a quien atribuimos la obra de la gracia y todos los frutos de santificación que de ella emanan.
Finalmente, la Encarnación tuvo como fin la redención del género humano, al cual Jesucristo había de admitir a participar de las gracias, de las cuales poseía la plenitud. Ahora bien, esta santificación, que tiene su origen en Jesucristo, es precisamente obra del Espíritu Santo. Por lo tanto, es justo que atribuyamos la realización de este gran misterio a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.
Por estas razones, María es el templo elegido, el santuario único del Espíritu Santo: un santuario tan hermoso, tan rico en dones divinos, que todos los demás santuarios palidecen en comparación.
Alégrate, alma mía, porque tales bendiciones nos han llegado por obra del Espíritu Santo en María. Repite con santa exultación estas palabras con las que el Esposo Celestial se complació en dirigirse a esta Madre incomparable: «Eres un jardín cerrado, hermana mía, esposa mía; eres una fuente sellada: tus plantas son un paraíso de delicias».
La concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María no solo pone de relieve la Doctrina de la Maternidad Divina junto con la de la Divinidad de Jesucristo, sino que también es una prueba elocuente de que, más allá del orden natural, existe una vida sobrenatural, que es el fin de todas las cosas creadas.
Pues, si Dios quiso que semejante intervención milagrosa del Espíritu Santo tuviera lugar en la concepción del Redentor de la humanidad, podemos deducir de ello que el alcance de la Encarnación trasciende todo lo que el orden natural comprende. De hecho, Jesucristo se hizo hombre para concedernos la gracia en esta vida y la recompensa de la gloria en la venidera.
Demos gracias al Espíritu Santo por haber cubierto con su sombra a María y, de este modo, habernos concedido el conocimiento de esta gran verdad: que hemos sido creados para el cielo, y solo para el cielo.
Santa Isabel, hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposa de Luis, landgrave de Turingia, fue desde su más tierna juventud sumamente devota de la gloriosa Reina del Cielo. Siempre se complacía en venerarla y en que todos con quienes entraba en contacto la veneraran. Nunca se cansaba de recitar la Salutación Angélica en honor de la Madre de Dios.
Entre las virtudes más destacadas de Santa Isabel, se encontraba su amor por la santa pobreza. Esta la aprendió en la escuela de la Santísima Virgen María, pues la Reina del cielo y de la tierra practicó la pobreza durante toda su vida terrenal. Este espíritu de pobreza inspiró en Santa Isabel un profundo desprecio por las posesiones terrenales, al punto de detestar todo lo que no fuera estrictamente necesario, y ni siquiera conservaba lo que correspondía a su dignidad de reina. En una ocasión, en la Fiesta de la Asunción, mientras asistía a la solemne misa, se quitó la corona real ante todos los presentes y, apartando los cojines que le habían preparado, se arrodilló en el suelo, declarando que tales adornos no eran propios de una sierva de Jesucristo, puesto que Él, el Rey del cielo y de la tierra, había vivido siempre con humildad y había muerto coronado de amargas espinas.
Tras la muerte de su esposo, Isabel sufrió las más feroces persecuciones. Movida por la envidia y el odio de los grandes nobles, se corrió la voz de que, con sus limosnas, había malgastado el tesoro de la Corona. Por este motivo, fue expulsada de la corte, expuesta a toda clase de insultos y, finalmente, obligada a refugiarse en una pequeña cabaña, donde padeció terriblemente de hambre y de las inclemencias del tiempo. En medio de estas tribulaciones, siempre soportadas con heroica paciencia, recibió la amorosa ayuda de la Santísima Virgen, su dulce patrona, quien incluso se dignó a aparecerse ante ella y hablarle.
Finalmente, Santa Isabel recuperó su dignidad original. Pero en lugar de disfrutar plácidamente de los placeres y honores de su rango, renunció a todo lo mundano y pidió vestir el hábito de San Francisco. Durante el resto de su vida, se dedicó incansablemente a la penitencia y la humildad. Finalmente, invitada por su Esposo celestial al banquete nupcial del paraíso, cambió las lágrimas de su exilio por las alegrías del cielo, falleciendo en Marburgo, Alemania, el 19 de Noviembre de 1231.
























