Dios, al gobernar el mundo, se vale de criaturas superiores para reconducir a las de orden inferior hacia Él. De igual manera, en cuanto a la dispensación de la Gracia Divina, ha dispuesto que los hombres, a quienes el pecado de Adán había convertido en Sus enemigos, se reconcilien con Él por medio de Jesucristo, el más hermoso y perfecto de todos los hijos de los hombres.
Nuestro Bendito Señor es, en verdad, infinitamente superior a todos los demás hombres en Su Sagrada Humanidad, debido a la Unión Hipostática y a la Santidad suprema que posee. Él es, pues, el Mediador perfecto entre Dios y la Humanidad, según las palabras de San Pablo: «Porque hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». En consecuencia, es por medio de Jesucristo que se logró nuestra Reconciliación con el Padre: «Porque Dios estaba en Cristo reconciliando Consigo al mundo».
Pero el Señor, en Su infinita generosidad, quiso darnos, además de este Mediador principal, otros mediadores secundarios, cuya función es disponernos para recibir los efectos de la mediación de Jesucristo. Así, los Ángeles y los Santos son, en cierto modo, mediadores secundarios para nosotros ante Dios: también los Sacerdotes, al cooperar con Nuestro Salvador en la perfección de nuestra reconciliación con la Divina Majestad, se convierten en nuestros mediadores, según las palabras de San Pablo: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios nos exhortara por medio de nosotros».
La mediación de la Santísima Virgen es más excelente que la de cualquier otra criatura que Dios haya destinado a cooperar con Jesucristo en la Obra de nuestra Redención. María es el arco iris que San Juan vio alrededor del Trono de Dios, semejante a una esmeralda resplandeciente. Si, pues, los Santos cumplen en nuestro favor el oficio de mediadores ante Jesucristo, es de algún modo a través de María que lo hacen; y por lo tanto, María puede ser llamada verdaderamente nuestra Mediadora ante el Divino Redentor.
María debe esta dignidad, en primer lugar, al hecho de haber sido concebida sin mancha de pecado original. En virtud de este estupendo milagro del Altísimo, la humanidad pudo ser presentada a Dios, en la persona de la Virgen sin igual, en el estado de inocencia e integridad que Adán poseía antes de su caída. Por lo tanto, podemos decir que la Inmaculada Concepción de María fue como el amanecer de nuestra reconciliación con Dios, Obra que Jesucristo realizaría posteriormente con Su muerte en la Cruz.
Además, la respuesta que María dio al Mensajero celestial que pidió su consentimiento respecto al cumplimiento de la Encarnación, marcó el comienzo de nuestra Redención, en cuanto anticipó la próxima aparición del Hijo de la Justicia.
Finalmente, como primera condición que debe cumplirse como preliminar para el logro de nuestra reconciliación con la Divina Majestad, es una Fe firme y sincera en las verdades de la Revelación, podemos decir que María es también nuestra Mediadora en este respecto; porque no sólo engendró, por la Fe, al Autor de nuestra Salvación, sino que además Ella misma practicó esta virtud con una constancia y perfección, que le valió las palabras de encomio: “Bienaventurada Tú, que has creído”.
Es a través de María que encontramos acceso a la Gracia de Nuestro Salvador. Por lo tanto, es nuestro deber manifestar nuestra gratitud al Padre Celestial por habernos dado, por mediación de la Divina Madre, un medio tan eficaz para llegar a Jesús. ¡Ah, con cuánta verdad podemos decir, como San Pablo, que Dios quiere la salvación de todos los hombres!.
Una lección se desprende de la verdad que estamos considerando. Nosotros también, a imitación de María, debemos procurar desempeñar, cada uno según sus posibilidades, el oficio de mediadores entre Dios y el prójimo. Podemos lograrlo, en primer lugar, mediante la Santidad de nuestras propias vidas, para que nuestro buen ejemplo anime a otros a volver a Dios. En segundo lugar, debemos aprovechar los medios a nuestra disposición para sembrar en el alma de nuestro prójimo las semillas de la Verdad Eterna y apartar a los pecadores del camino de la perdición.
Un extraordinario devoto de Nuestra Señora fue San Benito José Labré: nació en Amettes, Francia, el 26 de Marzo de 1748. Desde muy joven, una inspiración celestial lo impulsó a consagrarse a Dios, y dejando el hogar paterno, visitó los santuarios más famosos de Francia e Italia. En este estilo de vida, no escatimó en penurias ni austeridad, pues su propósito era obtener de Dios, mediante la penitencia, la conversión de los pecadores y la ayuda divina para la Iglesia en sus necesidades.
El objetivo de sus peregrinajes era Borne, adonde iba a pie, mendigando por el camino. En la Ciudad Eterna, abrazó una vida tan humilde y mortificada que asombró al mundo. Se contentaba con una sola prenda de vestir y su comida era muy escasa; no se preocupaba por buscar refugio, sino que solía dormir al raso o en las escaleras de alguna iglesia.
Su gran devoción a la gloriosa Madre de Dios fue su principal apoyo en esta extraordinaria forma de vida. Tenía la costumbre de visitar los santuarios más renombrados dedicados a esta Santísima Virgen, venerados en las numerosas iglesias de la Ciudad Eterna. Solía pasar muchas horas en contemplación ante la imagen de la Virgen de los Montes, a la que tenía un especial cariño. En su gran devoción a Nuestra Señora de los Dolores, acudía todas las mañanas a la Iglesia de los Servitas de San Marcello para asistir al rezo del Rosario de Nuestra Señora de los Dolores y a la bendición del Santísimo Sacramento. Esperaba así obtener, por intercesión de Nuestra Señora, una mayor abundancia de gracias de Su Hijo.
Nunca salió de Roma salvo para visitar los santuarios más famosos de Nuestra Señora, especialmente el de Loreto, adonde acudía a menudo como un peregrino pobre y sencillo. Al llegar allí, solía pasar días enteros en la Santa Casa, absorto en profunda oración. Estaba tan absorto que no sentía deseo de comer.
Muchos fueron los favores celestiales que recibió allí de la Santísima Virgen. De regreso a Roma, una mañana, mientras rezaba ante su santuario favorito, la Virgen de los Montes, presentía su muerte inminente. Fue llevado de la iglesia a una casa vecina, donde, pocos días después, murió como un justo. Esto ocurrió el 16 de Abril de 1783. Fue canonizado por el Papa León XIII el 8 de Diciembre de 1881.


















