sábado, 8 de agosto de 2026

SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Modelo de los Sacerdotes

 



PRIMEROS AÑOS

               San Juan Bautista María Vianney, una de las más prodigiosas glorias del clero de Francia, nació en Dardilly, cerca de Lyon, el día 8 de Mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día.

               Hijo del agricultor Mateo Vianney y de María Belusa, tuvo cinco hermanos, todos consagrados solemnemente a Nuestra Señora antes del nacimiento. Eran Catalina, Juana María, que desapareció a los cinco años, Francisco, Margarita y otro Francisco, que apodaban “el benjamín”.

               De padres cristianos, Juan María fue desde niño piadoso, dulce y bueno. La madre, un día, le dio una imagen de Nuestra Señora, y el niño predestinado jamás la soltaba. La llevaba tierna y respetuosamente en los brazos adonde fuera, así pensaba él y acostumbraba a rezar delante de ella, ya como un pequeño sacerdote.

               Pronto comenzó a enseñar a sus compañeros las lecciones de religión que aprendía de sus padres, a veces inclusive a adultos, muy serio, muy seguro de sí mismo, siempre inspirado.

               Con la invasión de la Revolución a las provincias vivió días tristes: las iglesias cerradas, tristemente cerradas al pueblo lo entristecían, y los sacerdotes, perseguidos, aquellos padres heroicos sin miedo, que por la verdad, decían misas clandestinas en lo más espeso de los bosques, dando Jesús a los hombres, le llenaban su alma de admiración y de un cierto desasosiego, de una avidez incontenible para las cosas de Dios.

               En efecto, desde aquellos momentos agitados, de grandes desórdenes, de muerte, de miedo y de hambre, nació el rumbo que se propuso alcanzar: con su carácter ya templado, tuvo un celo apasionado dirigido a la salvación de las almas.

               De extraña predilección por los pobres, por los abandonados que nada poseen, ni comida ni cariño, los reunía por los caminos, por los bosques, a lo largo de los setos, y, alegremente, los llevaba a su casa, donde sus padres, afamados desde hacía mucho por la caridad, acogían a todos los desventurados con una gran sonrisa que ahuyentaba poquedades.

VOCACIÓN SACERDOTAL

               A los trece años, con un fervor fuera de lo común, Juan María, resplandeciente, hizo su primera comunión. Y el buen niño, con Jesús en el corazón, un corazón inmenso, decía para sí mismo, como si fuera la más dulce de las melodías:

               ¡Yo seré Sacerdote! ¡Yo seré Sacerdote! … ¡Y lo fue!

               Valientemente, se lo dijo a su padre. Pero él, hombre prudente y conocedor de la vida y de los entusiasmos de la juventud, lo hizo esperar dos años para observarlo y probarlo.

               Era el tiempo del Directorio, aquella época de agitación política agravada por la penuria de las finanzas y de la economía nacional, época de disolución de las costumbres, no sólo porque los hombres buscaban en los placeres olvidarse de las amarguras pasadas y de los peligros a los que se habían expuesto, sino por el dinero que algunos amontonaban con la compra de bienes nacionales y con los suministros militares, dinero fácil que llevaba al lujo, la ostentación, la vanidad y la depravación.

               Al final, Juan María entró en la escuela fundada por el abad Balley, sacerdote entonces, de Ecully.

               El joven Vianney fue un alumno que hizo progresos lentos, aunque se esforzaba desesperadamente. Y, para obtener buenos resultados, se mortificaba para conseguir ayuda del Cielo.

               En 1807, con veinte años, Juan María fue confirmado por el Arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesh, tío de Napoleón.

               Aspirante al Sacerdocio, se libró del servicio militar. Enfermo, vagó de hospital en hospital. De regreso a sus estudios, hizo el primer año de Filosofía, de 1812 a 1813, en el pequeño seminario de Verrieres.

               Seminarista modelo, pero alumno bastante enfermizo, el poder de la oración fue consiguiendo abrirle el camino, hasta que estuvo en el seminario mayor de San Ireneo de Lyon. Allí, brilló especialmente por sus virtudes.

               Fue ordenado Sacerdote el 13 de Agosto de 1815, por Monseñor Simón, Obispo de Grenoble; tenía veintinueve años. Nombrado Vicario de Ecully, allí estuvo por tres años. Tuvo entonces la oportunidad de revisar con calma, toda su Teología.

CURA DE ARS

               Designado para Ars, que quedaba a treinta y cinco kilómetros al norte de Lyon, llegó a un lugar donde sufriría por el rígido invierno, aquella ciudad que lo tendría por cuarenta y dos años, o sea, hasta el día en que, dejando la tierra, iría para Dios. Era el año de 1818.

               Juan María fue directamente a la Iglesia. Cayendo de rodillas, quedó por largo tiempo sumido en adoración.

               Los habitantes de Ars, vivían indiferentes en cuanto a la religión, aunque constituían buenas familias. Juan María se puso inmediatamente a trabajar. Y con la acción del santo cura, poco a poco, todo se fue transformando.

               Cinco años después, Ars tenía otra fisonomía: el trabajo de los domingos fue totalmente abolido. La blasfemia, que andaba loca por el lugar, desapareció. El vicio de la embriaguez, en el que la mayoría de los hombres había caído, se había retirado. Y los bailes inconvenientes y desenfrenados, paulatinamente fueron siendo eliminados de la feligresía. Para ganar tal batalla, cuántos trabajos, cuántos ayunos, cuántas súplicas, ¡cuánta oración!

               Mucho antes del amanecer, Juan María se levantaba y se prosternaba delante del Tabernáculo. Y allí, arrodillado, silenciosa y ardientemente, rogaba al Señor, con insistencia, que le convirtiese aquellas almas que se habían apartado del camino.

               Se disciplinaba a si mismo, descansaba expuesto al sol, dormía sobre duras ramas. Y, cuando todo comenzó a mejorar, he aquí, de repente, que comenzaron las calumnias y las hipocresías. Esto, sin embargo, no era problema para el Santo Cura.

               Las persecuciones de los hombres se juntaron a las del demonio. Y la lucha que trabó con el espíritu del mal, duró treinta y cinco años: se inició en 1824 y terminaría un año antes de su muerte.

               Durante la noche, fantasmas horrendos, actos infernales, voces insultantes terribles transformaban la casa parroquial en un verdadero infierno, en horribles pesadillas tormentosas. Se ve hasta hoy, en parte, los trazos del fuego que le destruyeron su cama de madera.

                Pero sustentado por gracias divinas, Juan Bautista María Vianney salió victorioso de todos los asaltos. Y la Virgen, cuya imagen guardaba en su infancia, le apareció dulcemente, para alentarlo y animarlo.

               Dice San Juan Bautista María Vianney que al decir, todos los días, la Santa Misa, veía a Nuestro Señor.

               La iglesia vieja, fue restaurada. Edificó muchas capillas, todo para la honra de Dios y el bien de los fieles.

SU AMIGA SANTA FILOMENA

               Dios le concedió el don de los milagros. Y los milagros que realizó, los atribuía a Santa Filomena, su celestial amiga, llamada la taumaturga del siglo XIX, cuya historia comenzó a ser conocida en 1802, año en que fueron descubiertas las reliquias en la catacumba de Priscila, en la vía Salaria.

               En 1820, Vianney fue nombrado Cura de Salles, en Beaujolais. En Ars la consternación fue muy grande. Y el pueblo, que no se conformaba con la idea de ver al santo apartado del lugar, comenzó a suplicar para que no se lo llevasen de la comunidad. Atendidas las ovejas, la alegría volvió a reinar en Ars.

               En 1824, fue abierta una escuela popular por el buen Cura, destinada a las niñas. Pronto fue abierto un orfanato contiguo. Trabajador incansable, nadie reconocía en la Ars de aquel momento, la de San Juan Bautista María Vianney, aquella ciudad abandonada, desorganizada y blasfema de otrora.

               El programa diario del Santo Cura era exhaustivo: de madrugada, exactamente a la una, iba a la iglesia para rezar; antes del amanecer confesaba a las mujeres; a las seis en verano, a las siete en invierno, celebraba la santa misa; después de la acción de gracias, los peregrinos lo rodeaban, implorando bendiciones, curaciones, palabras de aliento, seguidos de consejos para los más variados casos, conversiones de éste o aquél ser querido, pariente, amigo o compañero de trabajo; a las diez de la mañana, recitaba las pequeñas Horas de su viejo breviario, amigo inseparable, después se sentaba nuevamente en el confesionario; a las once era el Catecismo, aquel Catecismo que quedó famoso; después del almuerzo, que era bien pequeño, seguía la clásica visita a los enfermos, mientras que la multitud se reunía para verlo pasar, para tocarle sus ropas, multitud que el Santo, compadecido por la dedicación de los fieles, bendecía dulcemente; después de haber rezado las Vísperas y las Completas, y por tercera vez, lo recibía la penumbra del confesionario, donde muchas veces, se quedaba hasta altas horas de la noche.

               ¡Que devoción por los pecadores! ¡Cuántas conversiones, incluso las de reputación de imposibles, fueron realizadas por el santo! ¡Qué don, el de descubrir entre la multitud, a los grandes pecadores! Los llamaba y dulcemente les hablaba de las bellas cosas de Dios y de las horribles cosas del demonio.

                La oración de la noche era tan emocionante, que toda la gente lloraba. Los Domingos, en la Misa, siempre predicaba.

ÚLTIMOS AÑOS

               Tan grande era la fila de los peregrinos que lo buscaban, que hubo necesidad, un día, que viniera un padre vecino a ayudarlo: era el padre Raimundo, que, a partir de 1845, se tornó su Vicario. En 1850, Juan Bautista María fue distinguido con el canonicato: vendió entonces su capa en beneficio de los pobres. Dos años después, le concedieron la Cruz de la Legión de Honor, que rechazó, ya que era necesario dar una cantidad de dinero que él prefería reservar para limosnas.

               Era el año 1853. Cuando el Padre Toccanier substituyó al Padre Raimundo como auxiliar de San Juan Bautista María Vianney, el Santo, con deseos de retirarse para poder “llorar la pobre vida”, resolvió dejar Ars.

               ¡Fue un episodio conmovedor! La alarma sonó. El pueblo le cerró el camino y lo llevó a la iglesia. El Santo, sumiso a la Voluntad de Dios y para el alivio de la multitud, que daba gracias al Altísimo, continuó en su puesto, aquel puesto del que sólo la muerte lo habría de apartar. Y cuando murió, la desolación fue indescriptible. Era el día 4 de Agosto de 1859 y tenía setenta y tres años.

               Los peregrinos y los feligreses desfilaron por cuarenta y ocho horas sin interrupción, ante el cuerpo de aquel Santo que se fue ante el Santo de los Santos. Llegando a la más sublime perfección, al más alto grado de unión mística y angélica, en toda Ars, solamente se hablaba del buen Juan Bautista María, de su bondad, paciencia, humildad, santidad, desvelo y caridad.

               Taumaturgo inmenso, el Santo Cura de Ars realizó milagros sin tener en cuenta sus sufrimientos corporales y morales, siempre a favor de las miserias espirituales. Incluso en vida, ya el pueblo lo proclamaba Santo.

               Enterrado en su iglesia, Juan Bautista María Vianney fue declarado Venerable el 3 de Octubre de 1872, por Pío IX. Beatificado por el Papa San Pío X, el 8 de Enero de 1905, fue instituido por el mismo Pontífice como Patrono de todos los Sacerdotes de Francia que se encargaban de las almas. La Canonización, por el Papa Pío XI, tuvo lugar en 1925, el día 31 de Mayo, algunos días después de la de Santa Teresita del Niño Jesús.

               Ars, rápidamente, se convirtió en un gran centro de peregrinación. Allí, un magnifico santuario fue erigido, y el cuerpo del Santo permanece en un relicario. El corazón, que fue encontrado intacto en la exhumación del 17 de junio de 1940, es venerado aparte.


Vida de los Santos, Padre Rohrbacher





LA TIBIEZA DEL CRISTIANO

                    ¡Cuán diferente es el Cristiano que vive en la tibieza!. No deja de creer todas las Verdades que la Iglesia enseña, más de una manera tan débil, que en ella casi no toma parte su corazón. No duda de que Dios le ve, de que está siempre en su santa presencia; pero, a pesar de ese pensamiento, no es ni más bueno ni menos pecador; cae en pecado con tanta facilidad cual si no creyese en nada; esta muy persuadido de que, mientras viva en tal estado, es enemigo de Dios; más no por eso sale del mismo.

                    Sabe que Jesucristo dio al Sacramento de la Penitencia el poder de perdonar nuestros pecados y de acrecentar nuestra virtud. Sabe que dicho Sacramento nos concede gracias proporcionadas a las disposiciones con que nos acercamos a recibirlo más no importa: la misma negligencia, la misma tibieza en la práctica. Sabe que Jesucristo esta real y verdaderamente en el Sacramento de la Eucaristía, alimento absolutamente necesario para su alma; sin embargo, ¡mirad cuán poco desea recibirlo!.

                    Sus confesiones y Comuniones no son frecuentes; solamente se determina con ocasión de alguna gran Festividad, de un Jubileo, de una Misión; o bien va para no distinguirse de los demás, pero no para alimentar su pobre alma. No solamente no trabaja para merecer una tal dicha, sino que ni tan solo envidia la suerte de los que se acercan frecuentemente a gustar de sus dulzuras. Si le habláis de las cosas de Dios, os responderá con una indiferencia que muestra bien a las claras cuan insensible sea su alma a los bienes que nos puede proporcionar nuestra santa religión.

                    Nada le conmueve: escucha la Palabra de Dios, es cierto, pero no es raro el caso en que se fastidie; la escucha con pena, por costumbre, cual una persona que cree saber ya bastante, y portarse lo suficientemente bien para no necesitar tales instrucciones. Las oraciones demasiado largas le molestan. Su espíritu está aún absorbido por las obras que acaba de ejecutar, o por las que va a comenzar terminada la oración ; se fastidia tanto, que su pobre alma parece estar en la agonía vive aún, pero ya no es capaz de hacer nada en orden al cielo.

                    La esperanza del buen Cristiano es firme; su confianza en Dios es inquebrantable. Nunca pierde de vista los bienes y los males de la otra vida, tiene siempre presente en su espíritu el recuerdo de los sufrimientos de Jesucristo; su corazón casi no se ocupa de otra cosa. Unas veces piensa en el infierno, para considerar la magnitud del castigo que el pecado merece, y la desgracia de quien lo comete, lo cual le dispone a preferir la muerte al pecado; otras veces, para excitarse al amor de Dios y para sentir la grandeza de la dicha de quien ama más a Dios que a todas las cosas, fija su pensamiento en el Cielo, y se representa la magnitud del premio de quien lo deja todo por Dios. Entonces solo desea a Dios, solo quiere a Dios: nada valen para él los bienes de este mundo; le gusta verlos despreciados, y los desprecia el mismo; los placeres mundanos le causan horror. La muerte no le atemoriza, pues sabe muy bien que solo ella puede librarle de los males de esta vida y juntarle con Dios para siempre.



Extracto del "Sermón sobre la Tibieza" de San Juan María Vianney



viernes, 7 de agosto de 2026

LA COMUNIÓN DE LOS PRIMEROS VIERNES

  


Revelación del Sagrado Corazón de Jesús a Su Confidente, 
Santa Margarita María de Alacoque, en 1675


¿DE QUÉ MANERA SE PRACTICAN 
LOS PRIMEROS VIERNES?


               Esta piadosa práctica consiste en recibir a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión en el Primer Viernes durante nueve meses consecutivos. Implica que el alma que se propone hacer esta Devoción ha de estar previamente en gracia de Dios mediante la Confesión sacramental con un Sacerdote y tener la clara intención de REPARAR al Sagrado Corazón de Jesús, por cuantos ultrajes recibe en el Santísimo Sacramento. 

               Debemos también ofrecer  -junto con la Sagrada Comunión- cualquier inconveniente, molestia personal, enfermedad... como un ACTO DE DESAGRAVIO; en la aceptación del dolor, nos unimos a los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús, en Su oración en el Huerto de los Olivos, en Su soledad en la cárcel, en Sus cruentos dolores durante la Pasión... y ahora, en nuestros días, esos dolores se vuelven pena por tantas almas como viven indiferentes a Su Amor.


AMOR CON AMOR SE PAGA


               El Sagrado Corazón de Jesús, que nada ha escatimado por conquistar nuestro amor, hasta el punto no solo de dar Su Vida en el Calvario, sino que además renueva ese Sacrificio a diario en los altares por manos de Sus Sacerdotes, se presta a ser encerrado en el Sagrario, esperando paciente la limosna de nuestra visita... 

               Ese Divino Corazón es nuevamente traicionado: ayer por Judas, hoy por aquellos que más debieran amarlo y que sólo le ofrecen las migajas de sus afectos. No quieras contar tú en la lista de los tibios, de los que aman a ratos, pero que no se entregan del todo a las exigencias de una Vida Cristiana.


CORRESPONDER AL AMOR


                La Piedad Católica no consiste sólo en rezar vocalmente, sino que esas oraciones deben salir de un corazón que desea enamorarse de Jesús y de María; no reces solo porque tengas problemas o dificultades, pues también el tener salud  y vida es motivo de agradecimiento a Dios. No busques a Dios porque tengas ganas de hacerlo o sientas fervor, porque rezar así es bien fácil y consuela mucho; sin embargo, cuando te obligas a rezar, negándote a la pereza, aunque te sientas frío, esa oración será aún más valiosa ante los ojos de Dios, pues Él verá tu superación y el deseo de reparar por aquellas almas que viven de espaldas al Señor.


INDULGENCIAS

               El 7 de Septiembre de 1897, la Sagrada Congregación de las Indulgencias concedió UNA INDULGENCIA PLENARIA por CADA PRIMER VIERNES en que se observe la práctica, según las condiciones que anteriormente hemos citado. Si no logramos alcanzar la Plenaria, la Misericordia de Dios permitirá que consigamos algunas indulgencias parciales; en uno u otro caso, son aplicables a las Benditas Almas del Purgatorio, especialmente a aquellas que este mundo terrenal fueron devotas del Sagrado Corazón.




jueves, 6 de agosto de 2026

LA TRANSFIGURACIÓN DE NUESTRO SEÑOR EN EL MONTE TABOR, según las revelaciones de Sor María de Jesús de Ágreda

      


                    Corrían ya más de dos años y medio de la predicación y maravillas de Nuestro Redentor y Maestro Jesús, y se iba acercando el tiempo destinado por la Eterna Sabiduría, para volverse al Padre. Y porque todas Sus obras eran ordenadas a nuestra salud y enseñanza, determinó Su Majestad prevenir algunos de Sus Apóstoles para el escándalo que con Su muerte habían de padecer, y manifestárseles primero glorioso en el cuerpo pasible que habían de ver después azotado y crucificado, para que primero le viesen transfigurado con la Gloria, que desfigurado con las penas. 

                    Para esto eligió un monte alto, que fue el Tabor, en medio de Galilea, y dos leguas de Nazareth hacia el Oriente; y subiendo a lo más alto de él con los tres apóstoles Pedro, Jacobo y Juan su hermano, se transfiguró en su presencia. Estando transfigurado vino una voz del Cielo en nombre del Eterno Padre, que dijo: Este es Mi Hijo muy amado, en quien Yo Me agrado; a Él habéis de oír. 

                    No dicen los evangelistas que se hallase María Santísima a la maravilla de la Transfiguración, ni tampoco lo niegan; porque esto no pertenecía a su intento, ni convenía manifestar en los Evangelios el oculto milagro con que se hizo. 

                    La inteligencia que se me ha dado para escribir esta historia es que la Divina Señora, al mismo tiempo que algunos ángeles fueron a traer la alma de Moisés y a Elías de donde estaban, fue llevada por manos de Sus Santos Ángeles al monte Tabor, para que viese transfigurado a Su Hijo Santísimo, como sin duda le vio. Y no sólo vio transfigurada y gloriosa la Humanidad de Cristo Nuestro Señor, sino que el tiempo que duró este Misterio vio con claridad María Santísima la Divinidad intuitivamente.


“Vida de la Virgen María”, 
por la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda



miércoles, 5 de agosto de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES, Patrona de la isla de San Miguel de La Palma



ORÍGENES DE LA DEVOCIÓN

                Una antigua tradición cuenta que en Roma vivían unos esposos ricos, de nobles familias patricias, que deseaban donar su fortuna a fin de hacer alguna obra buena en favor de la religión cristiana. En la noche del 5 de Agosto del año 358, escucharon en sueños una voz que les decía: “Acudan mañana al Monte Esquilino y en el sitio donde haya nieve, allí deben levantar un templo a la Santísima Virgen”.

                Al día siguiente acudieron al lugar señalado, situado en una de las siete colinas de Roma, y encontraron, con gran sorpresa, una franja de terreno cubierta de nieve en pleno verano. Con el apoyo del Papa Liberio, se empezó a construir el templo dedicado a Nuestra Señora, conocido más tarde como Basílica Liberiana, siendo el primer templo dedicado a la Madre de Dios y puesta bajo el título de Nuestra Señora de las Nieves. Con el tiempo, el templo se fue deteriorando, pero para mantener  aquél bendito lugar dedicado a la Virgen, se construyó otro templo en el año 434, ocupando en la actualidad ese milagroso lugar la Basílica de Santa María la Mayor, que es una de las cuatro basílicas mayores de Roma y una de las cinco patriarcales asociadas con la Pentarquía: San Juan de Letrán, San Lorenzo Extramuros, San Pedro, San Pablo extramuros y la citada.

PATRONA DE LA ISLA DE SAN MIGUEL DE LA PALMA

(Archipiélago Canario, España)

                La presencia de Nuestra Señora de Las Nieves en La Palma está envuelta en la leyenda. La Bula del Papa Martín V, fechada en Roma el 20 de Noviembre de 1423, hace mención a “Santa María de la Palma” y su llegada a la Isla se asienta sobre las hipótesis de algunos cronistas, que se refieren a viajes de frailes irlandeses o navegantes del Mediterráneo, misiones del Obispado de Telde o incursiones de los normandos asentados en las islas orientales desde comienzos del siglo XV.

EL VOLCÁN SOFOCADO POR LA VIRGEN

               Existe un documento de especial interés y que se refiere a la erupción del volcán de San Antonio, ocurrida en 1677. La versión corresponde al visitador Juan Pinto de Guisla, venerable beneficiado de la Parroquia de El Salvador y visitador general de La Palma, testigo presencial, según parece, del acontecimiento y que se expresa en los siguientes términos:

              “Ha padecido esta isla diversas veces la calamidad de estos volcanes, en la parte que mira al sur, o mediodía, como se reconoce por la tierra quemada reducida a riscos que llaman “mal país”, en que convierte la materia que arroja de sí, y aún está muy viva la memoria del último que reventó por principio del mes de Octubre del año 1646, que duró hasta 18 de Diciembre del mismo año, en que se celebra la Fiesta de la Expectación de Ntra. Señora, día en que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Ntra. Señora de las Nieves, cuya Santa Imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades, como se recurrió en aquélla trayéndola a la Parroquia de esta ciudad, donde estaba colocada cuando cesó el volcán, y se cubrió de nieve”.

                De alguna manera fueron providenciales también la fecha y la hora de la última erupción volcánica en la isla: el 19 de Septiembre de 2021, Festividad de Nuestra Señora de La Salette, coincidiendo además en la hora, las 3 de la tarde.



martes, 4 de agosto de 2026

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, Fundador de la Orden de Predicadores y Apóstol del Santísimo Rosario



               Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, Don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los Condes-Fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

               De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste Don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

               De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.

               Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España.

               Al concluir la Teología en 1194, fue ordenado Sacerdote por el obispo de Osma, Martín de Bazán y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

               Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

               En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al nuevo Obispo de Osma, Diego de Acebes, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del Príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al Obispo a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Languedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los Obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

               En 1208, Nuestra Señora se le aparece en la Capilla del Monasterio de Santa María de Prouilhe (en el Rosellón) y le enseña a rezar el Santo Rosario, compuesto por 150 Avemarías, número similar a los Salmos de las Sagradas Escrituras; la Virgen aseguró a Santo Domingo que el Rosario es la mejor arma contra los enemigos de la Fe.

               Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra.

               En Septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos Regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en Septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores (conocidos como Dominicos).

               Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia.

               Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

               Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina.

               En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias.

               Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de Agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.




LAS QUINCE PROMESAS
DE LA VIRGEN MARÍA
A QUIENES RECEN EL ROSARIO

La Tradición atribuye al Beato Alan de la Roche, de la Orden de los
Dominicos, el origen de estas Promesas hechas por la Virgen María.
Es mérito del Beato de la Roche el haber restablecido la devoción al
Santo Rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes

        1.- El que Me sirva, rezando diariamente Mi Rosario, recibirá cualquier gracia que Me pida.

        2.- Prometo Mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen Mi Rosario.

        3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el Infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.

        4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la Misericordia Divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!.

        5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.

        6.- El que con devoción rezare Mi Rosario, considerando los Misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracias, si es justo, y en todo caso será admitido a la Vida Eterna.

        7.- Los verdaderos devotos de Mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.

        8.- Quiero que todos los devotos de Mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la Gracia, y sean partícipes de los Méritos de los Bienaventurados.

        9.- Libraré pronto del Purgatorio a las almas devotas del Rosario.

        10.- Los hijos verdaderos de Mi Rosario gozarán en el Cielo una gloria singular.

        11.- Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.

        12.- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen Mi Rosario.

        13.- Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los Bienaventurados del Cielo.

        14.- Los que rezan Mi Rosario son todos hijos Míos muy amados y hermanos de Mi Unigénito Jesús.

        15.- La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la Gloria.



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domingo, 2 de agosto de 2026

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Obispo, Fundador, Doctor de la Iglesia

  


                   Nació en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de Septiembre de 1696. Sus padres fueron José de Ligorio, Capitán de la Armada naval y Ana Cabalieri, ambos pertenecientes a la aristocracia napolitana.

                   San Alfonso fue el primogénito de siete hermanos; cuando aún era niño sus padres recibieron la visita del misionero jesuita San Francisco Jerónimo, que bendijo a Alfonso y profetizó: "Este chiquitín vivirá 90 años, será Obispo y hará mucho bien".

                   Siendo un muchacho, San Alfonso ingresaría en la Hermandad de la Nobleza, donde comenzó su formación intelectual aprendiendo varios idiomas: español, francés, griego y latín. A los 16 años, obtuvo el grado de Doctor en Derecho Civil y Canónico.

                   Su padre deseaba hacer de él un brillante político, estudió varios idiomas y aprendió música, artes y detalles de la vida caballeresca. En su profesión de abogado iba obteniendo grandes triunfos. Todo esto no le dejaba satisfecho por el gran peligro que hoy existe en el mundo de ofender a Dios. A sus compañeros les repetía: "Amigos, en el mundo corremos peligro de condenarnos".

                   Más tarde escribió: "Las vanidades del mundo están llenas de amargura y desengaños. Lo sé por propia y amarga experiencia".

                   Su noble padre quería que se casase con alguna joven, de familia muy distinguida, para que formara un hogar de alta clase social. Pero cada vez que le preparaban algún noviazgo, la "novia" de turno terminaba por exclamar: "Muy noble, muy culto, muy atento, pero... ¡vive más en lo espiritual que en lo material!

                   Hubo un pleito entre el Doctor Orsini y el gran Duque de Toscana. El joven Doctor Alfonso defendía la causa de Orsini. Su exposición fue maravillosa, brillante. Sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acercó el jefe de la parte contraria, le alargó un papel y le dijo: "Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae de su base ante este documento".

                   Alfonso lo lee, y exclama: "Señores, me he equivocado", y sale de la sala diciendo en su interior: "Mundo traidor, ya te he conocido. En adelante no te serviré ni un minuto más". Se encierra en su cuarto y está tres días sin comer. No hace sino rezar y llorar.

                   Después se dedicará a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables le parece que Jesús le dice: "Alfonso, apártate del mundo y dedícate sólo a servirme a mí". Emocionado le responde: "Señor, ¿qué queréis que yo haga?".

                   Y se dirige luego a la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced y ante el Sagrario hace voto de dejar el mundo. Y como señal de compromiso deja su espada ante el Altar de la Purísima Virgen.

                   Pero tuvo que sostener una gran lucha espiritual para convencer a su padre, el cual cifraba en este hijo suyo, brillantísimo abogado, toda la esperanza del futuro de su familia. "Alfonso mío - le decía llorando - ¿Cómo vas a dejar tu familia? - y él respondía: Padre, el único negocio que ahora me interesa es el de salvar almas".

                   Al fin, el 21 de Diciembre de 1726, cuando San Alfonso contaba 30 años de edad, es ordenado Sacerdote de Cristo. Desde entonces se dedica trabajar con la gente de los barrios más pobres de Nápoles y de otras ciudades. Reúne a los niños y a la gente humilde, al aire libre y les enseña Catecismo.

                   Su padre que gozaba oyendo sus discursos de abogado, ahora no quiere ir a escuchar sus sencillos sermones sacerdotales. Pero un día entra por curiosidad a escucharle una de sus pláticas, y sin poderse contener exclama emocionado: "Este hijo mío me ha hecho conocer a Dios". Y esto lo repetirá después muchas veces.

                   El 13 de Mayo de 1731, junto a la Venerable María Celeste Crostarosa, San Alfonso fundó la rama femenina de la Congregación del Santísimo Redentor; se le reunieron otros Sacerdotes y con ellos, el 9 de Noviembre de 1732, fundó en la localidad de Scala (Nápoles) la Congregación de los Padres Redentoristas. Y a imitación de Jesús Nuestro Señor se dedicaron a recorrer ciudades, pueblos y campos predicando el evangelio. Su lema era el de Jesús: "Soy enviado para evangelizar a los pobres". El 25 de Febrero de 1749, el Papa Benedicto XIV aprueba la Regla de la naciente Comunidad.​




                   Durante 30 años, con su equipo de Misioneros, recorre campos, pueblos, ciudades, provincias, permaneciendo en cada sitio 10 o 15 días predicando, para que no quedara ningún grupo sin ser instruido y atendido espiritualmente.

                   La gente al ver su gran espíritu de sacrificio, corría a su confesionario a pedirle perdón de sus pecados. Solía decir que el predicador siembra y el confesor recoge la cosecha.

                   Es admirable como a San Alfonso le alcanzaba el tiempo para hacer tantas cosas. Predicaba, confesaba, preparaba misiones y escribía. Hay una explicación: Había hecho votos de no perder ni un minuto de su tiempo. Y aprovechaba este tesoro hasta lo máximo. Al morir deja 111 libros y opúsculos impresos y dos mil manuscritos. Durante su vida vio 402 ediciones de sus obras.

                   Su obra ha sido traducida a 70 lenguas, y ya en vida llegó a ver más de 40 traducciones de sus escritos.

                   Para su libro más famoso, "Las Glorias de María", empezó San Alfonso a recoger materiales cuando tenía 38 años de edad, y terminó de escribirlo a los 54 años, en 1750. Su redacción le gastó 16 años.

                   En 1762 el Papa lo nombró Obispo de Santa Águeda, cargo que aceptó por obediencia al Papa con estas palabras "Cúmplase la Voluntad de Dios. Este sufrimiento por mis pecados" - exclamó - y aceptó. Tenía entonces 66 años.

                   Durante los trece años de su Episcopado en Santa Águeda visitó cada dos años los pueblos. En cada pueblo de su diócesis hizo predicar misiones, y él mismo predicaba el sermón de la Virgen o el de la despedida.

                   Vino el hambre y vendió todos sus utensilios, hasta su sombrero y anillo episcopal y la mula y el carro del Obispo para dar de comer a los hambrientos. Enfermo, presentó su renuncia como Obispo y al ser ésta aceptada exclamó: "Bendito sea Dios que me ha quitado una montaña de mis hombros".

                   Dios lo probó con enfermedades. Fue perdiendo la vista y el oído. "Soy medio sordo y medio ciego - decía - pero si Dios quiere que lo sea más y más, lo acepto con gusto".

                   La delicia de nuestro Santo era pasar las horas junto al Santísimo Sacramento. A veces se acercaba al Sagrario, tocaba a la puertecilla y decía: "¿Jesús, me oyes?".

                   Durante su convalecencia le encantaba que le leyeran Vidas de Santos. Un hermano tras otro pasaban a leerle por horas y horas. Preguntaba con frecuencia: ¿Ya rezamos el Rosario? Perdonadme, pero es que del Rosario depende mi salvación. "Traedme, a Jesucristo", decía, pidiendo la Sagrada Comunión.

                   San Alfonso entregó el alma a Dios Todopoderoso el 1 de Agosto de 1787, a mediodía, con el rezo del Ángelus; alcanzó los 90 años de vida terrenal. Sería Beatificado el 15 de Septiembre de 1815 por Pío VII. El Papa Gregorio XVI lo canonizó en 1839 y el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia en 1875.



sábado, 1 de agosto de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Reina de los Confesores

 

Bienaventurada Tú 
que has creído, porque
se cumplirá lo que 
el Señor Te ha dicho

Evangelio de San Lucas, cap. 1, vers.45



                    La Fe, raíz y fundamento de nuestra justificación, es un don sobrenatural que Dios concede al alma para guiarla hacia la posesión de Su Amor en la tierra y de Sí Mismo en el Cielo. Mediante la virtud teologal de la Fe, nuestro intelecto cree en las Verdades de la Revelación y, aunque no las comprende, las acepta libremente, pero a la vez con firmeza, como si estas Verdades le fueran evidentes. La Fe también nos libra del error y nos mantiene siempre presentes el fin último para el que fuimos creados, guiando así nuestros pasos por el camino de la salvación.

                    La Fe es, pues, un don invaluable; incomparablemente más deseable que todos los razonamientos de la Filosofía o los descubrimientos de los hombres de ciencia.

                    ¡Qué ruina desastrosa le sobreviene al alma en la que se apaga esta luz celestial! Si un hombre, por pecado mortal, pierde la gracia divina, no por ello queda completamente aislado de toda posibilidad de redención; su entendimiento permanece unido a Dios, y aún reconoce a Dios como su fin último y el único bien que puede satisfacer plenamente los anhelos de su alma. Pero si, por desgracia, pierde la Fe, ¡ah!, entonces sí que se aleja de Dios, y la acción redentora de Cristo no puede alcanzarlo.

                    ¡Oh, cuán lamentable es la condición del incrédulo, que está “sin Cristo, ajeno a la conversación de Israel y extraño al pacto, sin esperanza en la promesa, y sin Dios en este mundo!”.

                    La Fe de María fue la más perfecta que jamás haya existido; por consiguiente, es digna de ser imitada. Jesucristo, en virtud de la unión hipostática, gozó continuamente de la Visión Beatífica de la Divina Esencia. Por lo tanto, no podía practicar la virtud de la Fe. La preeminencia, pues, en el ejercicio de esta virtud corresponde a María, quien por esta razón es llamada Reina de los Confesores. Por eso, aquellos cuyas vidas se dedican a difundir de una u otra forma el Evangelio de Jesucristo, toman a María como su Patrona. María, cuya Fe jamás flaqueó, les concede que su predicación dé fruto en los corazones de los hombres.

                    Sin embargo, la Fe de ningún otro confesor fue puesta a prueba con tanta severidad como la de María. Por un lado, la baja autoestima que tenía de Sí Misma bien podría haberle generado dudas sobre la realidad de Sus títulos de Madre de Dios y Corredentora de la Humanidad; por otro lado, la humillación de Jesús, Sus trabajos y el oprobio que sufrió podrían haber sido para Ella, como para tantos otros, motivo de escándalo. Nada, sin embargo, pudo quebrantar Su Fe en el origen divino de Su Hijo ni Su creencia en la misión que Ella misma desempeñaba en la Obra de nuestra Redención. Así, permaneció junto a la Cruz de Jesús moribundo, y fue un testimonio inquebrantable tanto de la Divinidad como de la humanidad de Jesús y de la Verdad de Su misión sobrenatural.

                    Esta Fe de la Virgen María, que resplandeció con tal intensidad en medio de la oscuridad de un mundo incrédulo, es digna de nuestra admiración. Como un faro brillante sobre una roca firme, María resistió las tempestades más feroces, iluminando el mundo con el esplendor de Su Fe.

                    Desde su temprana infancia, María se dedicó a practicar la virtud de la Fe, mereciendo así una profunda comprensión y amor por Dios, al punto de poseer más gracia que la que se encuentra en toda la multitud de Serafines reunidos. Además, tuvo la dicha de ver cumplidas en Sí las promesas del Ángel, promesas que Ella misma, con visión profética, celebró en Su canto triunfal, el «Magníficat». Esta Fe fue, asimismo, el principio de Su exaltación y la fuente de ese singular poder de intercesión que poseería eternamente en el Cielo.

                    Apelemos a María, pidiéndole que interceda por nosotros, para que la lámpara de nuestra Fe nunca se apague, sino que, por el contrario, esta santa virtud siga creciendo y aumentando en nuestras almas.

                    Santo Domingo nació en la localidad de Caleruega, en Burgos, en el seno de la noble familia de Guzmán y de Aza.

                    Desde muy joven, Domingo fue muy dado a la oración, y especialmente devoto de la Santísima Virgen María, a quien eligió como su Madre y Patrona. Completó con éxito Sus estudios en la Universidad de Palencia y, al ser ordenado Sacerdote, se dedicó con gran celo a la salvación de las almas.

                    Cuando se conoció su fervor y la pureza de su Fe, fue invitado a predicar contra los albigenses, una secta de herejes que por aquel entonces asolaba la región de Toulouse. Aceptó de buen grado esta tarea, pero al principio no vio sus esfuerzos bendecidos con abundantes frutos. Entonces suplicó a la Santísima Virgen que le inspirara una manera más eficaz de cumplir con su difícil oficio. Esta gloriosa Virgen se le apareció y le dijo cuán fácilmente podría combatir a los herejes si rezaba la Salutación Angélica en forma de Rosario, según el método que ella misma le explicó. Santo Domingo comenzó de inmediato a propagar esta gran devoción y pronto obtuvo una gran victoria sobre la herejía.

                    Era sumamente devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Transcribió la enseñanza sobre esta verdad en un libro, el cual fue sometido tres veces a la prueba del fuego en presencia de herejes, y en cada ocasión permaneció intacto entre las llamas. Fue incansable en esta cruzada, predicando continuamente la Palabra de Dios y llevando a los pecadores al arrepentimiento. Obtuvo abundantes frutos al propagar la devoción del Santo Rosario, que era muy querida para él.

                    Desde Toulouse, la práctica del rezo del Santo Rosario se extendió a otras regiones, obteniendo excelentes resultados en todas partes. Fue aprobada y generosamente indulgenciada por varios Pontífices Romanos. Domingo, en su ferviente celo por la Gloria de Dios, fundó la Orden de los Frailes Predicadores, cuyo fin era combatir la herejía y defender las Verdades de nuestra Santa Religión con la ayuda de la Virgen María. Falleció serenamente el 6 de Agosto de 1221.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



jueves, 30 de julio de 2026

ABOLIRÁ DE MODO COMPLETO LA SANTA MISA



                    La Venida Segunda es imprevisible y es previsible a la vez… Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo… no diré cierta, pero sí, como dicen, «inminente». Se olerá en el aire, como las tormentas; pero no por todos, ciertamente, sino por muy pocos...

                    El Anticristo no será un demonio sino un hombre demoníaco, tendrá “ojos como de hombre” levantados con la plenitud de la ciencia humana y hará gala de humanidad y humanismo; aplastará a los santos y abatirá la Ley, tanto la de Cristo como la de Moisés; triunfará tres años y medio hasta ser muerto sirte manu, no por mano de hombre; hará imperar la “abominación de la desolación'’, o sea, el sacrilegio máximo; será soberbio, mentiroso y cruel, aunque se fingirá virtuoso; fingirá quizás reedificar el templo de Jerusalén para ganarse a los judíos, pero para sí mismo lo edificará y para su ídolo Maozím; idolatrará la fuerza bruta y el poder bélico, que eso significa Maozím: fortalezas o munimentos; y quizás adorando ai mismo personal demonio Mavorte o Mane, que adoraron los paganos; pero él será ateo y pretenderá él mismo recibir honores divinos; en qué forma no lo sabemos: como Hijo del Hombre, como verdadero Mesías, como encamación perfecta y flor de lo humano soberbiamente divinizado, como Fuhrer, Duce, Caudillo y Salvador de los hombres, como Resucitado de entre los muertos. Fingirá quizás haber resucitado de entre los muertos; ¿usurpará fraudulenta la personalidad de un muerto ilustre? ¿O restaurará un imperio antiguo ya muerto?

                    ...El Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación del Apocalipsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos, porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado. 

                    Abolirá de modo completo la Santa Misa y el culto público durante 42 meses, 1.260 días. Impondrá por la fuerza, por el control de un estado policíaco y por las más acerbas penas, un culto malvado, que implicará en sus actos apostasíay sacrilegio; y en ninguna región del mundo podrán escapar los hombres a la coacción de este culto. Tendrá por todas partes ejércitos potentes, disciplinados y crueles. Impondrá universalmente el reino de la iniquidad y de la mentira, el gobierno puramente exterior y tiránico, una libertad desenfrenada de placeres y diversiones, la explotación del hombre, y su propio modo de proceder hipócrita y sin misericordia. Habrá en su reinado una estrepitosa alegría falsa y exterior, cubriendo la más profunda desesperación. En su tiempo acaecerán los más extraños disturbios cósmicos, como si los elementos se desencuadernaran; que él pretenderá dominar en su potencia. 

                    La humanidad estará en la más intensa expectativa, y la confusión más grande reinará entre los hombres. Rotos los vínculos de familia, amistad, lealtad y consorcio, los hombres no podrán fiarse de nadie; y recorrerá el mundo, como un tremor frío, un universal y despiadado sálvese quien pueda. Se atropellará lo más sagrado y ninguna palabra tendrá fe, ni pacto alguno vigor, fuera de la fuerza. La caridad heroica de algunos fieles, transformada en amistad hasta la muerte, sostendrá en el mundo los islotes de la Fe; pero ella misma estará de continuo amenazada por la traición y el espionaje. Ser virtuoso será un castigo en sí mismo, y como una especie de suicidio...


Extraído de "El Apokalipsis de San Juan", 
cuad. III, visión 11, del Padre Leonardo Castellani 


                    

NOTA BIOGRÁFICA

            El Padre Leonardo Castellani nació el 16 de Noviembre de 1899 en Reconquista, Santa Fe, Argentina. En 1913 se incorporó al colegio "La Inmaculada", de los Padres Jesuitas, en donde cursó bachiller en 1917. El 27 de Julio de 1918 ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. En 1929 viajó a Roma y allí fue ordenado Sacerdote, el 27 de Julio de 1930. Cinco años después, ya terminados sus estudios en Psicología, Filosofía y Teología, regresó a Argentina. Se dedicó a la docencia y al periodismo, mientras consolidaba su prolífica vocación de escritor: más de 60 títulos, varios de ellos aún inéditos, que abarcan todos los géneros y temáticas. Entregó su alma a Dios el 15 de Marzo de 1981.



miércoles, 29 de julio de 2026

SAN JOSÉ FUE CRECIENDO EN EL AMOR DE DIOS



                    Los padres de San José durante un tiempo fueron estériles, porque Dios quería que José fuera hijo de oración. A los 8 días de su nacimiento, como era costumbre entre los judíos, tuvo lugar la circuncisión y Dios concedió a José, además del Ángel de la Guarda, otro ángel que le fue hablando a lo largo de la vida muy a menudo, especialmente durante el sueño, instruyéndole en todo lo que debía hacer para agradar al Señor. 

                    Sus padres fueron al Templo de Jerusalén cuando llegó el tiempo en que por la Ley, las mujeres que habían dado a luz debían purificarse y ofrecer al niño; y luego rescatarlo según la Ley. 

                    El Demonio muchas veces intentó hacerle daño, pero estaba protegido por los dos ángeles que Dios le había asignado. El Ángel que le hablaba en sueños le advertía de todo lo que tenía que hacer ante las asechanzas del Maligno y José seguía fielmente sus órdenes. Así fue creciendo en el Amor de Dios, sintiendo desde niño un gran amor por Dios y deseando fervientemente la venida del Mesías prometido. 

                    Su madre tuvo una comunicación en sueños del Señor para que cuidara bien a su hijo José, porque tendría la gracia de ver al Mesías y conversar con él. Dios le concedió una inteligencia especial de modo que ya, desde que tenía 3 años, comenzó a leer para consuelo y alegría de sus padres. 

                    Cuando tenía 7 años, un día, mientras dormía, se le apareció el Ángel y le dijo cómo Dios había aceptado su propósito de conservarse virgen por todo el tiempo de su vida y le prometió su favor y ayuda especial. Otra vez entre otras, el Ángel le manifestó en el sueño que Dios le había destinado para hacerle un don muy grande y sublime, aunque no le dijo cuál sería. Pero Dios ya tenía previsto que lo iba a hacer padre adoptivo de Jesús y esposo de María. Él, por su parte, oraba intensamente para que Dios acelerara la venida del Mesías prometido. 

                    En otro sueño el Ángel le comunicó las virtudes que tendría el Mesías, cuando estuviera entre los hombres. Por Pascua iba con sus padres al Templo de Jerusalén y se preparaba con ayuno y oración, como lo instruía el Ángel. Precisamente, estando en el Templo, uno de los días cayó en éxtasis y así estuvo bastante tiempo, disfrutando de la alegría y del Amor de Dios. 

                    Por supuesto que Dios también permitió, como en la vida de todos los grandes Santos, que el Demonio lo tentara y molestara. En su casa fue por medio de algunos jóvenes libertinos, que se burlaban de él. Otra vez fue por medio de una mujer que iba a visitar a su madre y que le hablaba mal sobre José y por ello recibió algunos reproches de su madre, pero él lo ofrecía todo con paciencia al Señor. En alguna ocasión el Demonio lo tentó de vanagloria, como si fuera un Santo, y movía a algunos para que lo alabaran y exaltaran sus virtudes en público. El Demonio lo molestaba de diferentes maneras, pero nunca le fue permitido que lo tentara con respecto a la virtud de la pureza. 

                    Algo muy especial en su vida desde pequeño fue el amor que tenía hacia los enfermos y moribundos. Sabiendo lo compasivo que era, muchos acudían a él para que visitara a los enfermos graves, sobre todo si estaban ya en trance de morir. Una vez el Ángel le manifestó en sueños el gran peligro en el que estaban los moribundos y la necesidad que tenían de ser ayudados en sus últimos momentos. De hecho, los moribundos sentían gran consuelo cuando José los visitaba y oraba por ellos. Los demonios quedaban debilitados por sus oraciones y Dios le dio la gracia de que todos aquellos que en su muerte tuvieran la presencia de José no perecieran en el Infierno, sino que fueran al Limbo de los Justos o Seno de Abraham, aunque tuvieran que pasar por el Purgatorio. A veces, era avisado por su Ángel sobre la necesidad que tenía algún moribundo de sus oraciones y él se despertaba y enseguida se ponía a orar...


Vida de San José
según las revelaciones de Sor María Cecilia Baij,
religiosa a benedictina, mística y escritora