sábado, 31 de enero de 2026

SAN JUAN BOSCO, Fundador y Apóstol de María Auxiliadora

  


                   Juan Melchor Bosco nació en 1815, junto a Castelnuovo, en la Diócesis de Turín, Reino del Piamonte-Cerdeña. Era el menor de los hijos de un campesino piamontés. Su niñez fue muy dura. Su padre murió cuando Juan tenía apenas dos años y medio. La madre, Margarita, analfabeta y muy pobre, pero santa y laboriosa mujer, que debió luchar mucho para sacar adelante a sus hijos, se hizo cargo de su educación.

                   A los nueve años de edad, un sueño que el niño no olvidó nunca, le reveló su vocación. Más adelante, en todos los períodos críticos de su vida, una visión del Cielo le indicó siempre el camino que debía seguir.



VISIÓN PROFÉTICA EN SU INFANCIA

                  En aquel primer sueño, se vio rodeado de una multitud de chiquillos que se peleaban entre sí y blasfemaban; Juan Bosco trató de hacer la paz, primero con exhortaciones y después con los puños. Súbitamente apareció Nuestro Señor y le dijo: "¡No, no; tienes que ganártelos con la mansedumbre y el amor!" Le indicó también que su Maestra sería la Santísima Virgen, quien al instante apareció y le dijo: "Toma tu cayado de pastor y guía a tus ovejas". Cuando la Señora pronunció estas palabras los niños se convirtieron primero, en bestias feroces y luego en ovejas.

                   El sueño terminó, pero desde aquel momento Juan Bosco comprendió que su vocación era ayudar a los niños pobres, y empezó inmediatamente a enseñar el catecismo y a llevar a la iglesia a los chicos de su pueblo. Para ganárselos, acostumbraba ejecutar ante ellos toda clase de acrobacias, en las que llegó a ser muy ducho. Un Domingo por la mañana, un acróbata ambulante dio una función pública y los niños no acudieron a la iglesia; Juan Bosco desafió al acróbata en su propio terreno, obtuvo el triunfo, y se dirigió victoriosamente con los chicos a la Misa.

                  Los muchachos de la calle lo llamaban: ‘Ese es el Padre que siempre está alegre. El Padre de los cuentos bonitos’. Su sonrisa era de siempre. Nadie lo encontraba jamás de mal humor y nunca se le escuchaba una palabra dura o humillante. Hablar con él la primera vez era quedar ya de amigo suyo para toda la vida. El Señor le concedió también el don de consejo: Un consejo suyo cambiaba a las personas. Y lo que decía eran cosas ordinarias.

                  Durante las semanas que vivió con una tía que prestaba servicios en casa de un sacerdote, Juan Bosco aprendió a leer. Tenía un gran deseo de ser sacerdote, pero hubo de vencer numerosas dificultades antes de poder empezar sus estudios. A los dieciséis años, ingresó finalmente en el seminario de Chieri y era tan pobre, que debía mendigar para reunir el dinero y los vestidos indispensables.

                  El alcalde del pueblo le regaló el sombrero, el párroco la chaqueta, uno de los parroquianos el abrigo y otro, un par de zapatos. Después de haber recibido el Diaconado, Juan Bosco pasó al seminario mayor de Turín y ahí empezó, con la aprobación de sus superiores, a reunir los domingos a un grupo de chiquillos y mozuelos abandonados de la ciudad.

                  San José Cafasso, sacerdote de la parroquia anexa al Seminario Mayor de Turín, confirmó a Juan Bosco en su vocación, explicándole que Dios no quería que fuese a las misiones extranjeras: "Desempaca tus bártulos --le dijo--, y prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti".

                  El mismo Don Cafasso le puso en contacto con los ricos que podían ayudarle con limosnas para su obra, y le mostró las prisiones y los barrios bajos en los que encontraría suficientes clientes para aprovechar los donativos de los ricos.


EL PADRE DE LOS NIÑOS ABANDONADOS

                  El primer puesto que ocupó Don Bosco fue el de capellán auxiliar en una casa de refugio para muchachas, que había fundado la Marquesa di Barola, la rica y caritativa mujer que socorrió a Silvio Pellico cuando éste salió de la prisión. Los Domingos, Don Bosco no tenía trabajo de modo que podía ocuparse de sus chicos, a los que consagraba el día entero en una especie de escuela y centro de recreo, que él llamó "Oratorio Festivo".

                  Pero muy pronto, la Marquesa le negó el permiso de reunir a los niños en sus terrenos, porque hacían ruido y destruían las flores. Durante un año, Don Bosco y sus chiquillos anduvieron de "Herodes a Pilatos", porque nadie quería aceptar ese pequeño ejército de más de un centenar de revoltosos muchachos.

                    En esos momentos críticos, le sobrevino una pulmonía, cuyas complicaciones estuvieron a punto de costarle la vida. En cuanto se repuso, fue a vivir en unos cuartuchos miserables de su nuevo oratorio, en compañía de su madre, y ahí se entregó, con toda el alma, a consolidar y extender su obra. Dio forma acabada a una escuela nocturna, que había inaugurado el año precedente, y como el oratorio estaba lleno a reventar, abrió otros dos centros en otros tantos barrios de Turín.




                     Por la misma época, empezó a dar alojamiento a los niños abandonados. Al poco tiempo, había ya treinta o cuarenta chicos, la mayoría aprendices, que vivían con Don Bosco y su madre en el barrio de Valdocco. Los chicos llamaban a la madre de Don Bosco "Mamá Margarita".

                    Con todo, Don Bosco cayó pronto en la cuenta que todo el bien que hacía a sus chicos se perdía con las malas influencias del exterior, y decidió construir sus propios talleres de aprendizaje. Los dos primeros: el de los zapateros y el de los sastres, fueron inaugurados en 1853.

                   El siguiente paso fue construir una iglesia, consagrada a San Francisco de Sales. Después vino la construcción de una casa para la enorme familia. El dinero no faltaba, a veces, por verdadero milagro. Don Bosco distinguía dos grupos entre sus chicos: el de los aprendices, y el de los que daban señales de una posible vocación sacerdotal. Al principio iban a las escuelas del pueblo; pero con el tiempo, cuando los fondos fueron suficientes, Don Bosco instituyó los cursos técnicos y los de primeras letras en el oratorio.


TALLERES, IMPRENTA, CLASES...

                   En 1856, había ya 150 internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases de latín y diez sacerdotes. Los externos eran quinientos. Con su extraordinario don de simpatía y de leer los corazones, Don Bosco ejercía una influencia ilimitada sobre sus chicos, de suerte que podía gobernarles con aparente indulgencia y sin castigos, para gran escándalo de los educadores de su tiempo.

                    Veía en sueños el estado exacto de la conciencia de sus discípulos y después los llamaba y les hacía una descripción tan completa de los pecados que ellos habían cometido, que muchos aclamaban emocionados: "Si hubiera venido un ángel a contarle toda mi vida no me habría hablado con mayor precisión" .

                   Se gana de tal manera el cariño de los jóvenes, que es difícil encontrar en toda la historia de la humanidad, después de Jesús, un educador que haya sido tan amado como Don Bosco. Los jóvenes llegaban hasta pelear unos contra otros afirmando cada uno que a él lo amaba el santo más que a los demás.

                   Además de este trabajo, Don Bosco se veía asediado de peticiones para que predicara; la fama de su elocuencia se había extendido enormemente a causa de los milagros y curaciones obradas por la intercesión del santo. Otra forma de actividad, que ejerció durante muchos años, fue la de escribir libros para el gusto popular, pues estaba convencido de la influencia de la lectura.

                   Él decía que Dios lo había enviado al mundo para educar a los jóvenes pobres y para propagar buenos libros, los cuales, además eran sumamente sencillos y fáciles de entender. "Propagad buenos libros --decía Don Bosco-- sólo en el Cielo sabréis el gran bien que produce una buena lectura". Unas veces se trataba de una obra de apologética, otras de un libro de historia, de educación o bien de una serie de lecturas católicas. Este trabajo le robaba gran parte de la noche y al fin, tuvo que abandonarlo, porque sus ojos empezaron a debilitarse.

                  El mayor problema de Don Bosco, durante largo tiempo, fue el de encontrar colaboradores. Muchos jóvenes sacerdotes entusiastas, ofrecían sus servicios, pero acababan por cansarse, ya fuese porque no lograban dominar los métodos impuestos por Don Bosco, o porque carecían de su paciencia para sobrellevar las travesuras de aquel tropel de chicos mal educados y frecuentemente viciosos, o porque perdían la cabeza al ver que el santo se lanzaba a la construcción de escuelas y talleres, sin contar con un céntimo.

                   Aun hubo algunos que llevaron a mal que Don Bosco no convirtiera el oratorio en un club político para propagar la causa de "La Joven Italia". En 1850, no quedaba a Don Bosco más que un colaborador y esto le decidió a preparar, por sí mismo, a sus futuros colaboradores. Así fue como Santo Domingo Savio ingresó en el oratorio, en 1854.


LOS SALESIANOS

              Por otra parte, Don Bosco había acariciado siempre la idea, más o menos vaga, de fundar una congregación religiosa. Después de algunos descalabros, consiguió por fin formar un pequeño núcleo. "En la noche del 26 de enero de 1854 --escribe uno de los testigos-- nos reunimos en el cuarto de Don Bosco. Se hallaban ahí además, Cagliero, Rocchetti, Artiglia y Rua. Llegamos a la conclusión de que, con la ayuda de Dios, íbamos a entrar en un período de trabajos prácticos de caridad para ayudar a nuestros prójimos.

                  Al fin de ese período, estaríamos en libertad de ligarnos con una promesa, que más tarde podría transformarse en voto. Desde aquella noche recibieron el nombre de Salesianos todos los que se consagraron a tal forma de apostolado. Naturalmente, el nombre provenía del gran obispo de Ginebra, San Francisco de Sales (el "Santo de la amabilidad"). El momento no parecía muy oportuno para fundar una nueva congregación, pues el Piamonte no había sido nunca más anticlerical que entonces.




                  Los Jesuitas y las Damas del Sagrado Corazón habían sido expulsados; muchos conventos habían sido suprimidos y, cada día, se publicaban nuevas leyes que coartaban los derechos de las órdenes religiosas. Sin embargo, fue el ministro Rattazzi, uno de los que más parte había tenido en la legislación, quien urgió un día a Don Bosco a fundar una congregación para perpetuar su trabajo y le prometió su apoyo ante el rey".

                  En Diciembre de 1859, Don Bosco y sus veintidós compañeros decidieron finalmente organizar la congregación, cuyas reglas habían sido aprobadas por Pío IX. Pero la aprobación definitiva no llegó sino hasta quince años después, junto con el permiso de ordenación para los candidatos del momento. La nueva congregación creció rápidamente: en 1863 había treinta y nueve salesianos; a la muerte del fundador, eran ya 768, y en la actualidad se cuentan por millares: Diecisiete mil en 105 países, con 1,300 colegios y 300 parroquias, y se hallan establecidos en todo el mundo.


LAS HIJAS DE MARÍA AUXILIADORA

                    El siguiente paso de Don Bosco fue la fundación de una congregación femenina, encargada de hacer por las niñas lo que los Salesianos hacían por los niños. La congregación quedó inaugurada en 1872, con la toma de hábito de veintisiete jóvenes, entre ellas, Santa María Dominga Mazzarello, que fue la cofundadora, a las que el santo llamó Hijas de Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos (o Hijas de María Auxiliadora).

                   Para completar su obra, Don Bosco organizó a sus numerosos colaboradores del exterior en una especie de tercera orden, a la que dio el título de Colaboradores Salesianos. Se trataba de hombres y mujeres de todas las clases sociales, que se obligaban a ayudar en alguna forma a los educadores salesianos.

                   Los métodos de Don Bosco consistían en desarrollar el sentido de responsabilidad, en suprimir las ocasiones de desobediencia, en saber apreciar los esfuerzos de los chicos, y en una gran amistad. En 1877 escribía: "No recuerdo haber empleado nunca un castigo propiamente dicho. Por la gracia de Dios, siempre he podido conseguir que los niños observen no sólo las reglas, sino aun mis menores deseos". Pero a esta cualidad se unía la perfecta conciencia del daño que puede hacer a los niños un amor demasiado indulgente, y así lo repetía constantemente Don Bosco a los padres.


MUERTE Y CANONIZACIÓN

                   Pero sus días tocaban a su fin; los médicos habían declarado que el santo estaba completamente agotado y que la única solución era el descanso; pero el reposo era desconocido para Don Bosco. A fines de 1887, sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente; la muerte sobrevino el 31 de Enero de 1888, cuando apenas comenzaba el día, de suerte que algunos autores escriben, sin razón, que Don Bosco murió al día siguiente de la Fiesta de San Francisco de Sales.

                   Su cuerpo permanece incorrupto en la Basílica de María Auxiliadora en Turín, Italia.

                   Sus últimas recomendaciones fueron: "Propagad la Devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros. Ayudad mucho a los niños pobres, a los enfermos, a los ancianos y a la gente más necesitada, y conseguiréis enormes bendiciones y ayudas de Dios. Os espero en el Paraíso".

                   Fueron tantos los milagros conseguidos al encomendarse a Don Bosco, que el Sumo Pontífice, Pío XI lo canonizó cuando apenas habían pasado cuarenta y seis años de su muerte, el 1 de Abril de 1934 y lo declaró Patrono de los que difunden buenas lecturas y "Padre y Maestro de la Juventud". 


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viernes, 30 de enero de 2026

SAN TEÓFILO EL JOVEN



                  En tiempos del Emperador de Oriente Constantino IV (771-797) y de Irene, su madre y regente (780-790), Teófilo era un joven capitán militar, que había crecido en la ciudad de Constantinopla; con el tiempo sería destinado como Pretor al mando de la base bizantina en Chipre. Durante un ataque de la flota árabe contra la isla, Teófilo fue hecho prisionero y llevado ante el califa Harun ar-Rasid, el cual intentó obtener su apostasía de la Fe Católica.

                  El joven capitán lo rechazó y quedó preso en la cárcel por cuatro años, tiempo que los sarracenos, según su costumbre, esperaban para obtener un rescate por parte de los cristianos. Como Teófilo, fiel a la Doctrina de no participar de ninguna manera en rituales que no fuesen cristianos, fue decapitado en el 790.

                  Sus restos mortales, fueron exhumados de las Catacumbas de San Saturnino y Trason, en Roma; en la tumba, encontraron además una ampolla con sangre, muy seguramente del Santo Mártir, ya que esa era la costumbre piadosa: recoger la sangre derramada por la Fe, que luego se colocaba en el interior de un recipiente de perfumes.

                  Posteriormente, en 1861, sus martiriales huesos serían colocados en una preciosa estatua de cera y ricamente adornados, al estilo de su condición de Pretor: túnica blanca y capa color sangre. Esta hermosa reliquia sería entregada al jesuita Padre Manuel Gil, que la llevaría a la iglesia de San Francisco de Borja, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde hasta ahora reposan, tristemente sin culto público.



Para conocer más sobre San Teófilo y el triste destino de sus reliquias
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SANTA MARTINA DE ROMA



                    Santa Martina nació en Roma, siendo hija de un noble romano. Al quedar huérfana dejó todos sus bienes a los pobres para dedicarse a la oración y la caridad. Debido a su abierta profesión de Fe Católica, la arrestaron y la llevaron al tribunal del Emperador Alejandro Severo (222-235). El Emperador era abierto a todas las curiosidades, hasta el punto de incluir a Cristo entre los dioses venerados en la familia imperial, fue muy tolerante con los cristianos y su gobierno marcó un fructuoso paréntesis de calma respecto de la Iglesia, que en ese tiempo logró una gran expansión misionera. A pesar de la tolerancia del Emperador, fue condenada a ofrecer un sacrificio animal en el templo de Apolo

                    Se cuenta que cuando Martina fue llevada ante la estatua de Apolo, tuvo lugar un terrible terremoto que hizo pedazos al ídolo pagano y que destruyó el templo, matando a los sacerdotes del falso dios.

                    El prodigio se repitió con la estatua y el templo de Artemisa. Todo esto hubiera debido hacer pensar a sus perseguidores; pero no, se obstinaron más y sometieron a la jovencita a crueles tormentos, de los que salió siempre ilesa. Murió desmembrada y se le cortó la cabeza, de la que, según sus hagiógrafos, salió sangre y leche, lo que provocó la conversión de algunos de sus propios verdugos.

                    Por mandato del Papa Honorio I sus virginales restos serían sepultados en una primitiva iglesia; en 1624 serían descubiertos en el transcurso de unas excavaciones y el Papa Urbano VIII, que restauró las más conocidas basílicas romanas, dispuso trasladar el cuerpo de la Mártir, colocando la cabeza en un relicario aparte. El mismo Pontífice fijó la memoria de Santa Martina para el 30 de Enero, y además compuso el elogio a la Mártir con el himno: “Martinae celebri", una clara invitación a honrar a la Santa por su testimonio.


Martinae celebri plaudite nomini,
cives Romulei, plaudite gloriae:
insignem meritis dicite Virginem,
Christi dicite martyrem.

Haec dum conspicuis orta parentibus,
inter delicias, inter amabilia,
Caeli temnit opes, et fragiles bonis,
praefert aspera candido.
 
Jam non Tartareis subditur ignibus,
nec flecti potuit saeva per ungula,
quin et marmoreo vincta palatio,
fulsit lumine caelitus.
 
Ille, qui gladiis, et pariter jugum,
fracta colla dedit, protinus edidit,
sed fons ipse cruor, et pietas pia,
vicit tristia saecula.

Sit rerum Domino Gloria maxima,
qui sanctis meritis reddidit auream,
Martinae palmam, et Gloriam,
saeculis omnibus. Amen.

Traducción

Aclamad el célebre nombre de Martina,
ciudadanos de Rómulo, aclamad su Gloria:
proclamad a la Virgen insigne por sus méritos,
proclamadla Mártir de Cristo.

Ella, nacida de padres ilustres,
entre delicias y cosas amables,
despreció las riquezas del Cielo y los bienes frágiles,
prefiriendo la aspereza a la blanca pureza.

Ya no está sometida a los fuegos tártaros [infernales],
ni pudo ser doblegada por las fieras garras,
sino que, encadenada en el palacio de mármol,
brilló con luz celestial.

Aquel [el verdugo], que con espadas yugo,
dio cuello quebrado, pronto dio [fe],
pero la sangre misma fuente, y la piedad piadosa,
venció los tristes siglos.

Sea la máxima Gloria al Señor de las cosas,
que por los santos méritos dio la áurea,
palma a Martina, y la Gloria,
por todos los siglos. Amén




jueves, 29 de enero de 2026

CRISTO ES SACERDOTE Y HOSTIA, por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.



                    Es de Fe que Cristo, Nuestro Salvador, es Sacerdote, el Sumo Sacerdote, y que Su Sacerdocio es eterno. «Tenemos un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios» (1) ; «Es Sacerdote para siempre» (2) ; «Vive siempre para interceder por nosotros» (3) . Lo mismo enseñan el Concilio de Efeso (4) y el Tridentino (5) . 

                    Cristo es Sacerdote como hombre, pues el oficio propio del Sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo; dar cosas sagradas al pueblo: dar la Doctrina Sagrada, la Gracia -mediación descendente-, y ofrecer a Dios las oraciones y el sacrificio del pueblo -mediación ascendente-. 

                    Todo esto le compete de un modo singular a Cristo en cuanto hombre, en cuanto que Su Humanidad, situada en un orden inferior a Su naturaleza divina, está unida personal o hipostáticamente al Verbo, y recibe además, como Cabeza de la Iglesia, la plenitud de la Gracia. En esto mismo se patentiza, ya que Su Sacerdocio se ordena a manifestar el amor de Dios para con nosotros. 

                    De ahí que Santo Tomás, preguntando (6) si convenía que. Cristo fuera sacerdote, cita estas palabras de San Pedro (7) : «Nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza». Así cumplió Su oficio de donar cosas santas: dio la Gracia, semilla de la Gloria o Vida eterna. En el mismo lugar Santo Tomás cita la Epístola a los colosenses (8) «Plugo al Padre que en Él -Cristo- habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas». Es, pues, Sacerdote y Mediador como hombre, siendo en este aspecto inferior a Dios. 

                    Mas aun como hombre es superior a los Ángeles, no por razón de la naturaleza, sino por la unión hipostática y por la plenitud de la Gracia y de la Gloria, ¿por qué se dice que Su Sacerdocio es eterno? 

                    Santo Tomás enseña (9)  que se dice eterno por un triple motivo: 

            1) Por razón de la unción imperecedera, es decir, por razón de la unión hipostática, a la que sigue la plenitud inadmisible de la gracia y de la gloria. 

            2) Se dice también eterno en cuanto no tuvo sucesor, sino que vive siempre para interceder por nosotros. 

            3) Por la consumación de Su Sacrificio, o sea por la perpetua unión de los hombres redimidos con Dios visto cara a cara. Este es el fruto eterno del Sacrificio del Salvador, la vida eterna. Por la cual se afirma en la Epístola a los hebreos (IX, 11) que Cristo «fue constituido Pontífice de los bienes futuros». 

                    Cristo es, finalmente, Sacerdote y Hostia, al mismo tiempo, en cuanto que Él mismo se ofreció por nosotros a Dios Padre, sufriendo la muerte. Esto es de Fe; está en la Sagrada Escritura (Eph., v, 2): «Se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave»; y en el Concilio Tridentino (Dz., 938): «Se ofreció a Sí mismo al Padre una vez en el Ara de la Cruz, sufriendo la muerte para alcanzarnos la Redención eterna (10). 

¿Cuál es el constitutivo formal del Sacerdocio de Cristo? 

                    El Sacerdocio de Cristo se constituye, según muchos teólogos, cada vez en mayor número, por la gracia de la unión hipostática. Se fundan en una triple razón: 

            - Por razón de la unión hipostática ofreció un Sacrificio de valor infinito, satisfaciendo y mereciéndonos la Vida eterna. 

            - Cristo, además, como hombre, es Sacerdote en cuanto ungido por Dios. Ahora bien: Su unción primordial es la gracia de unión. 

            - Cristo es por una misma gracia Santo y Santificador; como Santo lo es, en primer lugar, por la gracia, de unión, por la misma gracia ha de ser Santificador y Sacerdote.


Extraído de "La unión del Sacerdote con Cristo, Sacerdote y Víctima"
por el Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P. 


REFERENCIAS

1 Hebr., iv, 14. 

2 Ib., VII, 3. 

3 Ib., VII, 25. 

4  Dezinger 122. 

5  Dezinger 938. 

6 III, 22, 1. 

7 II Petr., i, 4. 

8 Col., i, 19

9 III, 22, 5

10 Véase el Concilio Tridentino, Dz., 940: «Porque una misma es la Hostia (en el Sacrificio de la Cruz y en el de la Misa), uno mismo es hoy el oferente por el Ministerio de los Sacerdotes, que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, diversa únicamente la manera de ofrecerse», en cuanto que hoy la inmolación no es cruenta ni meritoria, sino aplicativa de los méritos conseguidos por su Pasión. 



miércoles, 28 de enero de 2026

EL ESCAPULARIO DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, la celestial revelación a la Hermana Justina Bisqueyburu

 



                  El Escapulario Verde es un sacramental, aprobado por el Papa Pío IX en 1870. Debe ser bendecido por un Sacerdote Católico, si bien no necesita de ninguna imposición para recibirlo; se recomienda llevarlo al pecho o prendido entre la ropa, así como colocarlo en medio de otras pertenencias que usemos habitualmente (cartera, tarjetero, monedero, etc). La Virgen Nuestra Señora aseguró la conversión de aquellos pecadores que lo llevasen consigo.

                 Nueve años después que a Santa Catalina Labouré, se apareció la Santísima Virgen María a la Hermana Justina Bisqueyburu, en el mismo convento de la Rue du Bac, sosteniendo el Inmaculado Corazón en sus manos, resplandeciente con las más intensas y deslumbrantes llamas que salían de él, y le entregó el Escapulario Verde…

                  En La Rue du Bac de París se encuentra el Convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Personas de todo el mundo van a allí para orar en la Capilla y pedir la intercesión de la Virgen Inmaculada.

                   La historia del Escapulario Verde empieza en la misma Capilla, pero diez años después, y con otra Hermana, Justina Bisqueyburu. Es a ella a quien Nuestra Señora del Escapulario Verde se le apareció.



LAS VISIONES DE LA HERMANA JUSTINA

                   La Hermana Justina Bisqueyburu nació el 11 de Noviembre de 1817, en el pueblo de Mauleon, en los bajos Pirineos de Francia. Pasó sus primeros años con la hermana de su madre.

                   Su vida en ese momento era simple, como la de cualquier niña de su edad.

                   Cuando cumplió los 22 años, Justina se unió a las Hermanas de Caridad de San Vicente de Paúl, una Congregación muy popular y extendida en Francia, y fundada en los grandes principios de espiritualidad y caridad del gran ‘Monseñor Vicente’, que era como a él se le refería. El Convento de la Congregación estaba en la Rue du Bac, en París, una calle bulliciosa en el corazón del sector comercial de la ciudad.

                   Después de su llegada al Convento, Justina comenzó a experimentar gracias místicas y manifestaciones sobrenaturales.


PRIMERAS MANIFESTACIONES DE LA VIRGEN

                    El 28 de Enero de 1840, durante su retiro de Noviciado, estando orando en silencio en la Capilla del convento, se le apareció, sobresaltándola, la Santísima Virgen María. La Madre de Dios tenía un vestido largo de seda blanca dejando al descubierto sus pies. Encima del vestido tenía un manto del más pálido azul. Su cabello caía suavemente sobre sus hombros y no estaba cubierto por un velo. La Hermana observó que las manos de la Santísima Virgen estaban dobladas hacia su pecho y sosteniendo el Inmaculado Corazón, del cual salían llamas resplandecientes. La Madre de Dios no dijo nada.

                   Esta visión se repitió al final del retiro de la Hermana Justina y en otras cinco ocasiones durante el curso de su noviciado. En cada ocasión, la Santísima Virgen no decía nada y los detalles de cada visión eran idénticos.

                   Después de hacer sus primeros votos, Sor Justina fue enviada al pueblo de Blangy, para trabajar allí con las Hermanas de su Congregación. Al poco tiempo de su llegada, las Hermanas se reunieron para celebrar la Fiesta del Nacimiento de la Santísima Virgen María. Sor Justina se encontraba en oración meditando en esta celebración. De pronto tuvo una nueva visión, esta vez diferente a la de ocasiones anteriores.

                   La Santísima Virgen se le aparece vestida igual que en las otras ocasiones: con un vestido de seda blanca cubierto por el manto azul pálido, y en sus manos sosteniendo el Inmaculado Corazón, resplandeciente con las más intensas y deslumbrantes llamas que salían de él. Pero, tenía algo diferente: en su mano izquierda sostenía lo que parecía ser un Escapulario o insignia de alguna clase.



PARA CONVERTIR A LOS ALEJADOS DE DIOS

                   Durante esta visión se le dio a conocer por una revelación interior el significado de esta Aparición. Se le reveló que este Escapulario del Inmaculado Corazón sería un poderoso instrumento para la conversión de almas, particularmente aquellas que no tienen Fe, y que por medio de él, la Santísima Virgen obtendría para ellos, mediante Su Hijo, la gracia de una muerte en gracia de Dios.

                   Se le hizo también saber a la religiosa el deseo de la Madre de Dios de que el Escapulario fuese propagado por todas partes para que estas gracias particulares, lleguen a todas las almas que abracen esta devoción.

                   La Hermana Justina mantuvo un velo de silencio sobre estas manifestaciones y sólo hablo de ellas con aquéllas personas directamente responsables de su preparación espiritual. Y así, la Hermana Justina era vista únicamente como una Hermana religiosa humilde y fiel, como tantas otras, fiel a la Regla, obediente a aquellos cuya autoridad estaba por encima de ella, y compasiva con aquellos que necesitaran de su ayuda. Al finalizar su formación religiosa, Sor Justina dedicó calladamente la mayoría de sus años en varios hospitales de la Congregación en Francia, y se le recordó después como una Hermana diligente, capaz, compasiva y gentil; murió en Carcasona, en olor de Santidad, el 23 de Septiembre de 1903. 





DISEÑO DEL ESCAPULARIO VERDE

                   A diferencia de otros Escapularios, éste tenía un sólo cuadrado de tela en lugar de dos. El cuadrado de tela estaba atado con cordones verdes.

                   En él estaba una imagen de la Virgen de la misma forma en que se la había aparecido a Sor Justina en sus anteriores visiones, sosteniendo en Su mano derecha Su Inmaculado Corazón.

                   Al voltear la imagen, la religiosa vio “un Corazón ardiendo con rayos más deslumbrantes que el sol y tan transparente como el cristal.” El Corazón fue perforado por una espada y rodeado por una oración en forma oval, y en la parte superior de óvalo, una Cruz de oro. En la oración se lee: “Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.”

                   El Escapulario Verde no requiere ninguna fórmula particular de investidura sino una simple bendición de cualquier Sacerdote católico. A diferencia de otros Escapularios que hacen necesario llevarlos puestos, el Escapulario Verde puede llevarse puesto o estar con uno, e incluso tenerlo entre las pertenencias de uno.

                   La oración encontrada en el Escapulario debe orarse al menos diariamente. Si la persona para quien estas gracias se buscan no dice la oración, entonces debe hacerla la persona que le haya entregado el Escapulario o se lo haya puesto en su alcance.

                   Por varias razones la ejecución del plan de difusión del Escapulario sufrió largas dilaciones, por lo que la Santísima Virgen se quejó a Sor Justina en varias manifestaciones entre los años 1840 y 1846. Por fin, vencidos todos los obstáculos, la insignia fue distribuyendose, y por su medio se alcanzaron admirables conversiones y aún curaciones corporales.

                   Finalmente, los Escapularios se empezaron a fabricar y a ser distribuidos por las Hermanas en París, luego por toda Francia y fuera de ella. Con este fin, las Hermanas habían recibido la aprobación formal y el impulso necesario de Su Santidad, Papa Pío IX, en 1870.




martes, 27 de enero de 2026

LA FLECHA DE ORO PARA HERIR SU CORAZÓN


                   La Devoción a la Santa Faz inspiró toda una espiritualidad, sobre todo en Francia; allí en la ciudad de Tours, la Venerable Sor María de San Pedro, carmelita descalza, mística, tuvo diferentes visiones y conversaciones con Nuestro Señor y la Santísima Virgen, en los que la instaron a difundir la Devoción a la Santa Faz de Jesús, en reparación por los muchos insultos que sufrió Jesucristo Nuestro Señor en Su Santa Pasión. 

                  El 24 de Noviembre de 1843, Nuestro Señor le advirtió: "La Tierra está repleta de crímenes. La violación de los primeros tres Mandamientos de Dios ha molestado a Mi Padre. El Santo Nombre de Dios ha sido blasfemado, y el Santo Día del Señor profanado, saturado de cantidad de iniquidades. Estos pecados se han acumulado hasta el Trono de Dios y han provocado Su Ira, la cual estallará pronto si Su Justicia no es apaciguada. Jamás han llegado estos crímenes a tal punto".

                   Anteriormente, el 24 de Agosto de 1843, Sor María de San Pedro había recibido una revelación especial de Nuestro Señor: "Él me abrió Su Corazón, y juntando allí las fuerzas de mi alma, se dirigió a mí con estas palabras: "Mi Nombre es blasfemado en todas partes. Hasta los niños Me blasfeman". Él me hizo entender que este espantoso pecado lastima penosamente Su Divino Corazón más que cualquier otro. Por medio de la blasfemia el pecador maldice el Rostro de Dios, lo ataca abiertamente, anula la Redención y pronuncia su propia condenación y juicio. La blasfemia es una flecha envenenada que siempre lastima Su Divino Corazón..."




Díptico diseñado para poder ser impreso a doble cara;
se recomienda su copia y difusión, sin fines comerciales



                   "El Salvador me hizo entender que Su Justicia estaba enormemente irritada por los pecados de la humanidad, pero particularmente contra aquellos que directamente ultrajan la Majestad de Dios, esto es: el ateísmo, las blasfemias y la profanación del Domingo y los Días Santos. Nuestro Señor me dijo: Los verdugos Me crucificaron un Viernes, los Cristianos Me crucifican el Domingo.

                   Él me dijo que desea darme una Flecha de Oro con la cual herir con delicias su Corazón y sanar esas heridas infligidas por la malicia de los pecadores. Este es el origen de la oración que conocemos, La Flecha de Oro: Que el más santo, más sagrado, más adorable, más incomprensible e inefable Nombre de Dios, sea por siempre alabado, bendecido, amado, adorado y glorificado, en el Cielo, en la tierra y bajo la tierra, por todas las criaturas de Dios y el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Amén.

                   Nuestro Señor dijo que esta oración desencadena un torrente de gracia para los pecadores. En estos Mensajes del Cielo, se le pidió a Sor María de San Pedro hacer una Comunión de reparación por la profanación dominical (Pecado contra el Tercer Mandamiento). Sor María de San Pedro escribe: "Nuestro Señor me ordenó comulgar los Domingos por estas tres intenciones particulares: en espíritu de expiación por todas las tareas prohibidas que se hacen los Domingos, que como día de observancia debe ser santificado. Para apaciguar la Justicia Divina que estaba a punto de descargarse a causa de la profanación de los días de guardar. Para implorar la conversión de aquellos pecadores que profanan los Domingos, y para lograr la terminación del trabajo dominical prohibido.

                   Nuestro Señor desea que Su Divino Rostro sea ofrecido como objeto exterior de adoración a todos Sus hijos que se asociaran a esta Obra de Reparación. Su Divino Rostro es la Imagen misma de Dios".

                  "Ofrécelo -le decía Nuestro Señor- incesantemente a Mi Padre por la salvación de tu país. El tesoro de Mi Divino Rostro en sí Mismo posee un valor tan extraordinario que por medio de Él todos los asuntos de Mi Casa se arreglan rápidamente. Si supieras cuánto complace a Mi Padre ver Mi Rostro. Regocíjate, hija Mía, porque se acerca la hora en que nacerá la Obra más bella bajo el Sol". 



lunes, 26 de enero de 2026

¡POBRE ALMA DE MI HERMANO...! Santa María Magdalena de Pazzis y las Almas del Purgatorio



                    Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la Sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ante ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuán merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.

                    En ese momento se la oyó decir: "Si, iré". Consintió así a llevar a cabo el penoso viaje. De hecho a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.

                    Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, "¡Misericordia, Dios mío, misericordia!. Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. ¡Pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los Mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque hay otras en mayores profundidades. Cuán feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí".

                    Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó "¡Qué!, ¡Religiosos también en esta horrenda morada!. ¡Buen Dios!. ¡Como son atormentados! ¡Oh, Señor!".

                    Ella no explicó la naturaleza de sus sufrimientos, pero el horror que manifestó en contemplarles le causaba suspiros a cada paso. Pasó de allí a lugares menos tristes. Eran calabozos de las almas simples y de los niños que habían caído en muchas faltas por ignorancia.

                    Sus tormentos le parecieron a la Santa mucho más soportables que los anteriores. Allí solo había hielo y fuego. Y notó que las almas tenían a sus Ángeles Guardianes con ellas, pero vio también demonios de horribles formas que acrecentaban sus sufrimientos.

                    Avanzando unos pocos pasos, vio almas todavía más desafortunadas que las pasadas, y entonces se oyó su lamento, "¡Oh! ¡Cuán horrible es este lugar; está lleno de espantosos demonios y horribles tormentos!. ¿Quiénes, oh Dios mío, son las víctimas de estas torturas?. Están siendo atravesadas por afiladas espadas, y son cortadas en pedazos". A esto se le respondió que eran almas cuya conducta había estado manchada por la hipocresía.

                    Avanzando un poquito más, vio una gran multitud de almas que eran golpeadas y aplastadas bajo una gran presión, y entendió que eran aquellas almas que habían sido impacientes y desobedientes en sus vidas. Mientras las contemplaba, su mirada, sus suspiros, todo en su actitud estaba cargada de compasión y terror.

                    Un momento después de su agitación aumentó, y pronunció una dolorosa exclamación. Era el calabozo de las mentiras el que se abría ante ella. Después de haberlo considerado atentamente, dijo, "Los mentirosos están confinados a este lugar de vecindad del Infierno, y sus sufrimientos son excesivamente grandes. Plomo fundido es vertido en sus bocas, los veo quemarse, y al mismo tiempo, temblar de frío".

                    Luego fue a la prisión de aquellas almas que habían pecado por debilidad, y se le oyó decir: "Había pensado encontrarlas entre aquellas que pecaron por ignorancia, pero estaba equivocada: ustedes se queman en un fuego más intenso".

                    Más adelante, ella percibió almas que habían estado demasiado apegadas a los bienes de este mundo, y habían pecado de avaricia.

                    "Que ceguera", dijo," ¡las de aquellos que buscan ansiosamente la fortuna perecedera!. Aquellos cuyas antiguas riquezas no podían saciarlos suficientemente, están ahora atracados en los tormentos. Son derretidos como un metal en un horno".

                    De allí pasó a un lugar donde las almas prisioneras eran las que se habían manchado de impureza. Ella las vio en tan sucio y pestilente calabozo, que la visión le produjo náuseas. Se volvió rápidamente para no ver tan horrible espectáculo.

                    Viendo a los ambiciosos y a los orgullosos, dijo "Contemplo a aquellos que deseaban brillar ante los hombres; ahora están condenados a vivir en esta espantosa oscuridad".

                    Entonces le fueron mostradas las almas que tenían la culpa de ingratitud hacia Dios. Estas eran presas de innombrables tormentos y se encontraban ahogadas en un lago de plomo fundido, por haber secado con su ingratitud la fuente de la piedad.

                    Finalmente, en el último calabozo, ella vio aquellos que no se habían dado a un vicio en particular, sino que, por falta de vigilancia apropiada sobre sí mismos, habían cometido faltas triviales. Allí observó que estas almas tenían que compartir el castigo de todos los vicios, en un grado moderado, porque esas faltas cometidas solo alguna vez las hacen menos culpables que aquellas que se cometen por hábito.

                    Después de esta última estación, la Santa dejó el jardín, rogando a Dios nunca tener que volver a presenciar tan horrible espectáculo... sentía que no tendría fuerza para soportarlo.

                    Su éxtasis continuó un poco más y conversando con Jesús, se le oyó decir: "Dime, Señor, el porqué de Tu designio de descubrirme esas terribles prisiones, de las cuales sabía tan poco y comprendía aún menos…" ¡Ah! ahora entiendo; deseaste darme el conocimiento de Tu infinita Santidad, para hacerme detestar más y más la menor mancha de pecado, que es tan abominable ante Tus ojos".

                    Otro día, Santa María Magdalena de Pazzis, arrebatada en éxtasis, tuvo una visión tan terrible del Purgatorio que la hizo palidecer, llorar y gritar: ¡Misericordia!. De repente, vio que entre aquellas almas purgantes estaba la de un hermano suyo muerto hacía poco tiempo y exclamó: «¡Pobre alma de mi hermano, cuánto sufres! Y, sin embargo, veo que estás consolado; ardes y estás contento porque sabes que estas penas son el camino que lleva a la Felicidad eterna». Así es. Las almas purgantes sufren penas atroces, pero están contentas y resignadas con la Voluntad de Dios y aun se gozan de sufrir para purificarse cada vez más.


Testimonio del Padre Virgilio Cepari, jesuita y amigo de 
las Carmelitas de Santa María de los Ángeles, en Florencia,
donde vivió y murió Santa María Magdalena de Pazzis




domingo, 25 de enero de 2026

LA IMAGEN DEL MILAGROSO NIÑO JESÚS DE PRAGA

 


EL ESCULTOR DE LA IMAGEN DEL NIÑO JESÚS

                   Fray José de la Santa Casa era un humilde fraile lego, de Córdoba. Un estaba barriendo el suelo y de repente se le presenta un hermoso Niño que le dice:

                  -¡Qué bien barres, Fray José, y que brillante dejas el suelo!. ¿Serías capaz de recitar el Ave María?. Pues entonces, dilo.

                   Fray José deja a un lado la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la salutación angélica.

                   Al llegar a las palabras “et benedictus fructus ventris Tui” (y bendito el fruto de Tu vientre), el Niño le interrumpe y le dice:

                  -¡Ese Soy Yo!, y enseguida desaparece.

                   Fray José grita extasiado:

                  -¡Vuelve Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte!.

                   Pero Jesús no vino. Y Fray José, seguía llamándolo día tras día, en la celda, en el huerto, en la cocina…en todas partes.

                   Al fin un día sintió que la voz de Jesús le respondía:

                  Volveré, pero cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas de Mí una estatua de cera en todo igual a como Soy”.

                   Fray José corrió a contárselo al Padre Prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel.

                   El Superior se lo concedió y Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño que había visto.

                   Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así pasaba el tiempo, esperando que regresase su Amado Jesusito.

                   Y por fin llegó el día en el que rodeado de Ángeles, se le presenta el Niño Jesús. Y Fray José en éxtasis, pero con la mayor naturalidad pone los ojos en el Divino modelo y copia al Niño que tiene delante.

                   Cuando termina y observa que su estatua es igual al Sagrado Modelo, estalla en risas y llantos de alegría. Cae de rodillas delante de ella y posando la cabeza sobre las manos juntas, muere. Y los mismos ángeles que acompañaron a su Niño Jesús, recogieron su espíritu y lo llevaron al Paraíso.

                   Los religiosos enterraron piadosamente el cuerpo del santo lego y con particular devoción colocaron la imagen de cera del Niño Jesús en el oratorio del monasterio.

LA NOBLE FAMILIA DE LOS MANRIQUE DE LARA

                   Aquella misma noche Fray José se apareció en sueños al Padre Prior, comunicándole la siguiente profecía:

                    Esta estatua, hecha indignamente por mí, no es para el monasterio. Dentro de un año vendrá Doña Isabel Manrique de Lara, a quien se la daréis, quien a su vez se la entregará a su hija como regalo de bodas, quien la llevará a Bohemia y de la capital de aquel reino será llamado Niño Jesús de Praga entre los pueblos y naciones. La gracia, la paz y la misericordia descenderán a la tierra, por Él escogida para habitar en ella, el pueblo de aquel reino será su pueblo, y Él será su PEQUEÑO REY”.

                   Y efectivamente al año en punto, Doña Isabel Manrique de Lara, en un viaje de recreo por la zona, topó con las ruinas del monasterio, y el prior, ya único superviviente le entregó la imagen del Niño Jesús, contándole su fascinante historia.

                   La dama llena de alegría, retornó a su castillo de Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la leyenda deja paso a la Historia… Lo que sí se sabe es que cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la Corona de Bohemia, los enlaces entre las familias nobles españolas y eslovacas se repitieron.

                   Cuando la Emperatriz partió para Praga en 1547, entre sus damas de la corte iba Doña María Maximiliana Manrique de Lara, hija de Don García Manrique de Lara y de doña Isabel de Briceño, de noble familia italiana.

                   Contrajo matrimonio el 14 de Septiembre de 1555, a los diecisiete años de edad, con el noble checo (y futuro canciller del reino de Bohemia) Vratislao de Pernestán (1530-1582), en un momento de la historia en que los nobles checos se desposaban con damas de la Corte españolas como consecuencia de la subida al trono del rey Fernando I, hermano de Carlos V, que había nacido y sido educado en la Corte española.

                   María Maximiliana Manrique de Lara era una mujer devota, y había sido educada por las Carmelitas Descalzas, al igual que su madre Isabel. A la lejana y turbulenta Bohemia se llevó consigo en 1556, además de una firme fe, una singular reliquia familiar: la estatuilla del milagroso Niño Jesús de Praga, que había recibido de su madre Isabel como regalo de bodas, y que, siguiendo la tradición familiar, regalará a su hija Polyxena al casarse ésta con Zdenek Vojtech Popel de Lobkovic, canciller checo y representante de la joven generación de la nobleza católica checa. Esta figura representa una obra maestra del Renacimiento español y fue regalada a los Carmelitas por Polyxena de Lobkowitz tras la defunción de su esposo; fue expuesta al culto en Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria en Malá Strana, Praga.




LA FE PURA E INMACULADA: MONSEÑOR PILDAIN Y LA LIBERTAD RELIGIOSA



                    Monseñor Antonio Serapio Pildain y Zapiain fue un Obispo combativo y bueno, completamente entregado a su grey. Nació en Lezo, un pequeño pueblo de la provincia vasca de Guipúzcoa, el 13 de Enero de 1890. Ingresó en el Seminario de Andoáin donde estudió Latín y Humanidades, y de ahí pasó al Seminario de Vitoria, donde se instruyó en Filosofía; fue un alumno brillante, obteniendo siempre las mejores calificaciones, lo que le permitió ser becado para proseguir sus estudios en Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español, donde ingresó en 1907. Allí estudió Sagrada Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, obteniendo el Doctorado en 1911, con la máxima calificación, por lo que le fue otorgado el premio Internacional al Doctorado.

                    Antonio Pildain fue ordenado Sacerdote el 13 de Septiembre de 1913 y tan sólo cinco años después, conseguía por oposición la canonjía de Lectoral en la Catedral de Vitoria, labor que compaginó con ser profesor del Seminario vitoriano; alcanzó mucha celebridad en toda la diócesis por su elocuencia y oratoria.

                    Aparte de la vocación sacerdotal, Pildain también desempeñó un papel activo en la vida política española de principios de la década de 1930, tanto que, de acuerdo con su Obispo, participó como candidato en las elecciones de 1931 y fue elegido Diputado a las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española por la minoría vasco-navarra, dentro de la coalición católico-fuerista.

                    El 18 de Mayo de 1936 el Papa Pío XI preconizó al canónigo Pildain como Obispo de Canarias; recibió la Consagración Episcopal en la Capilla del Colegio Español de Roma, el 14 de Febrero de 1937, por el entonces Nuncio en España y Arzobispo titular de Lepanto, Monseñor Federico Tedeschini, más tarde Cardenal, y como co-consagrantes Monseñor Bilbao Ugarriza, Obispo de Tortosa y Monseñor De los Santos Díez y Gómera, Obispo de Cartagena. El Papa Pío XI regaló al nuevo Obispo una preciosa cruz pectoral, que éste donaría, a su muerte, al Cabildo Catedral de Canarias. El Obispo Pildain hizo su entrada oficial en la Catedral de Santa Ana el 21 de Marzo de 1937, Domingo de Ramos. Pastorearía Canarias desde entonces hasta 1966, el episcopado más largo que se recuerda en esa diócesis. Le acompañaría en esta nueva etapa su querida hermana Teodora.

                    La enseñanza de Monseñor Pildain fue abundante y particularmente dirigida a resaltar la Doctrina Social de la Iglesia, de la que tenía un profundo conocimiento, para la protección y mejora de las condiciones de vida de los grupos sociales económicamente más desfavorecidos, atraídos por las ilusorias y horrorosas teorías comunistas.  

                    Sobre el Comunismo, antidivino y antirreligioso, escribió en perfecta adhesión a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, siguiendo la línea de los Papas Pío XI y Pío XII, en la Carta Pastoral "Sobre el comunismo. Puntos de meditación y examen de conciencia", publicada durante la Cuaresma de 1945, donde planteó a sus lectores el dilema social y político de la época, exhortándolos a ponerse del lado de Jesucristo: "O el Catolicismo pleno, sin concesiones de ningún tipo o el Comunismo revolucionario radical. La elección no puede ser dudosa para ningún Cristiano".

                    Existen muchas razones válidas para recordar la figura de este excelente y poco conocido Prelado. Entre ellas, sin embargo, destaca una que hoy resulta especialmente útil para ilustrar. Se trata de la agonía que el humilde y piadoso corazón de Monseñor Pildain se vio obligado a vivir debido a la aprobación, por el Concilio Vaticano II, de la Declaración "Dignitatis humanae personae" sobre la Libertad Religiosa.


O el Catolicismo pleno, 
sin concesiones de ningún tipo 
o el Comunismo revolucionario radical. 
La elección no puede ser dudosa 
para ningún Cristiano


                    El Obispo de Canarias fue uno de los Padres Conciliares y aunque no hay constancia de que formara parte de ese grupo de Padres que, bajo el nombre de "Coetus Internationalis Patrum", buscaban frenar la ferocidad del neomodernismo, Monseñor Pildain fue uno de los mayores opositores a la Declaración sobre la Libertad Religiosa. Al respecto dice su biógrafo, el Rvdo. Agustín Chil Estévez:

                    "A la minoría que se oponía a la Libertad Religiosa pertenecía Monseñor Pildain, quien trabajó con todas sus fuerzas y argumentos para mostrar lo que era inaceptable en esta Declaración... De todos los temas tratados en el Vaticano II, este (la Libertad Religiosa) debió ser el que más hizo trabajar y sufrir al Obispo de Canarias. Todas las sesiones en las que se trató este tema debieron ser un auténtico Vía Crucis para él". 

                    La aprobación final de la "Dignitatis humanae personae" causó al Obispo Pildain gran pesar y un profundo desconcierto. Este Obispo ejemplar, tan celoso en la práctica de la virtud, se sorprendió de que la Iglesia (de hecho, él creía que Pablo VI era el verdadero Papa y que el Vaticano II era un verdadero Concilio Ecuménico) aceptara y adoptara la doctrina contenida en ése documento.

                    Para representar esta importante y terrible circunstancia en la vida de Monseñor Pildain, recurro al testimonio de Monseñor José María Cirarda de Lachiondo, que en el tiempo del “Concilio” era Obispo auxiliar del Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, pero que conocía a Monseñor Pildain desde su más temprana juventud. He aquí la historia de Monseñor Cirarda de Lachiondo:

                    El 7 de Diciembre de 1965, conduje con el Obispo Pildain desde el Colegio Español hasta la Basílica de San Pedro para la sesión final de trabajo. El día anterior, se habían celebrado varias votaciones sobre varios documentos conciliares. Entre ellos, la declaración "Dignitatis humanae" sobre la Libertad Religiosa. Mientras conducíamos, el Obispo Pildain me dijo, casi textualmente:

                    -Si esta Declaración se aprueba hoy, regresaré a Canarias, subiré al púlpito con mi mitra y báculo, y les diré a mis Fieles: "El Concilio Vaticano II enseña algo diferente de lo que he explicado en diversas Cartas Pastorales sobre la libertad religiosa. No hagan caso de lo que he enseñado. El Concilio tiene razón".

                    Me impresionó la lucha interna que afligía al buen Don Antonio, y respondí: "No diga eso. Debe considerar que una curva es cóncava o convexa según el punto de vista desde el que se mire. En sus escritos, hablaba del derecho a la verdad. El Concilio, sin embargo, ha cambiado de perspectiva y habla del derecho de cada uno a actuar según su propia conciencia".

                    -No- respondió con firmeza. -No quiero escandalizarte. Pero si el Concilio aprueba el texto tal como está hoy, significa que defiende lo contrario de lo que enseñé. No lo entiendo.

                    Ante la pregunta, me atreví a hacerle una pregunta: "¿Por qué vuelve a usar el condicional "si el Concilio aprueba esta Declaración?". Sin duda, será aprobada hoy. Ayer, en la sesión a la que no asistió el Papa, solo recibió unos cien votos en contra. Hoy será aún menos contradicha. ¿Por qué sigue hablando en condicional "si se aprueba la Declaración…?".

                    Su respuesta me dejó casi petrificado. Hablo en condicional -me dijo-, porque ayer presenté un texto al Secretariado del Concilio, que empezaba: "Utinam ruat cupulla Sancti Petri super nos antequam approbemus Declarationem De Libertate Religiosa…" (Ojalá se derrumbe la cúpula de San Pedro sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración de la Libertad Religiosa…). Son las ocho y media de la mañana y aún puede pasar cualquier cosa. Hizo una pausa y añadió: —Don José María: No quiero escandalizarle. Tenga la seguridad de que si se aprueba la Declaración, volveré a Canarias, subiré al púlpito y, como le dije antes, le diré a mi pueblo: el Concilio enseñó una doctrina diferente a la que yo enseñé sobre la Libertad Religiosa. Me equivoqué. No hagan caso de lo que enseñé. El Concilio tiene razón.



Blasón Episcopal de Monseñor Pildain

                    La Declaración fue aprobada y Don Antonio cumplió su promesa... Murió sin comprender la doctrina conciliar sobre la Libertad Religiosa. Pero pidió a los Fieles que escucharan el Vaticano II y no lo que decían sus cartas pastorales anteriores . 

                    El mismo Monseñor Cirarda, en otro lugar, especifica que en la misma ocasión Monseñor Pildain le dijo: "Estoy convencido de que la Declaración sobre la Libertad Religiosa es un grave error. "¿Por qué?", ​​le pregunté. "Porque la Iglesia siempre ha enseñado lo contrario", sentenció Monseñor Pildain.

                    Las palabras dirigidas por el Obispo de Canarias a la Secretaría General del Concilio ("Que la cúpula de San Pedro se derrumbe sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración sobre la Libertad Religiosa...") son escalofriantes. Es una imagen que capta la dimensión precisa de lo que sucedía en el mundo durante los días de la aprobación de la "Dignitatis Humanae" y la promulgación del desafortunado concilio conocido como Vaticano II. La Iglesia no cesó, pero la vacancia de la Sede de Pedro, que ha perdurado desde entonces, se convirtió en una certeza.

                    Sin duda, el Obispo Pildain se equivocó al pensar que una doctrina contraria a la que siempre ha enseñado la Iglesia podía provenir de la propia Iglesia, con todo lo que ello implica en cuanto al reconocimiento de una autoridad pontificia a Pablo VI que ciertamente no poseía. Sin embargo, por otro lado, nunca adoptó posturas lefebvristas destinadas a comprometer la Doctrina Católica sobre la Infalibilidad de la Iglesia y del Papa.

                    La evidencia de su buena fe, unida a la franqueza de su firme negativa a admitir la continuidad de la nueva enseñanza sobre la Libertad Religiosa, promulgada por el Vaticano II, con lo que la Iglesia siempre había propuesto a los Fieles, es conmovedora y digna de reflexión, especialmente para quienes persisten, incluso hoy, en el desesperado intento de cuadrar el círculo. Es decir, creer, o intentar hacer creer, que la doctrina contenida en la Declaración Conciliar sobre la Libertad Religiosa concuerda con la Doctrina tradicional sobre la misma materia.

                    Nadie habría podido borrar de la mente del Obispo Pildain la conciencia de esa contradicción. Sin duda, su dolorosa experiencia nos entristece y nos anima a la vez, pues refuerza -si es que hacía falta- la certeza de que el Vaticano II, al proponer su doctrina sobre la Libertad Religiosa, se aparta de la Doctrina de la Iglesia, contradiciéndola irremediablemente.

                    A la decisión que todo Católico está llamado a tomar hoy ante las "novedades del Concilio" y la "era postconciliar", se podría aplicar la misma exhortación que el Obispo de Canarias dirigió a sus Fieles para alejarlos lo más posible del comunismo: o el Catolicismo pleno, sin concesiones, o las doctrinas mortíferas de los "Papas" Montini, Wojtyla, Ratzinger, Bergoglio, Prevost... No hay lugar a dudas.