domingo, 12 de abril de 2026

DOMINICA IN ALBIS


                   El nombre de «Dominica in albis» es uno de los más antiguos. En realidad es «in albis vestibus depositis», es decir, cuando los neófitos (los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual), asistían dicho Domingo a la celebración de la Santa Misa, habiendo ya depuesto (en las vísperas del sábado de la Octava) sus albas o vestiduras blancas, recibidas aquella noche en que renacieron a la vida eterna y que habían vestido durante toda la Octava.

                   Es también Domingo «de Quasimodo», ya que, como otros domingos importantes del Año Litúrgico (por ejemplo, Domingo «de Laetare» – IVº de Cuaresma), toma el nombre de las primeras palabras de la antífona del Introito (o canto de entrada). En este caso, la antífona es un texto de la 1ª Carta de San Pedro, cap. 2, vers. 2: Quasimodo geniti infantes, alleluia: rationabiles, sino dolo lac concupiscite, alleluia,alleluia, alleluia. "Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura".



                   Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.

                  Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

                  Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre Me envió, también Yo os envío.

                  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

                   Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en Sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en Su costado, no creeré.

                   Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira Mis manos; trae tu mano y métela en Mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

                    Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.

                   Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.

                   Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en Su Nombre.


Evangelio de San Juan, cap. 20, vers. 19-31



sábado, 11 de abril de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Consoladora de los afligidos


"Santa María,
socorre a los desdichados,
anima a los desanimados,
reconforta a los afligidos" 

Antífona del «Magníficat» en las Primeras 
Vísperas del Oficio de Nuestra Señora


                    La aflicción, compañera inseparable del hombre durante su peregrinación terrenal, es la consecuencia natural de los males que nos sobrevienen, ya sean internos o externos. El duelo, la pérdida de la fortuna, la calumnia, las malas prácticas en nuestra contra, son solo algunas de las causas de la aflicción exterior. La enfermedad, la tentación, las dificultades y, sobre todo, el pensamiento de haber ofendido a Dios con el pecado y el peligro de volver a ofenderlo: estas y otras cosas similares dan origen a sufrimientos interiores.

                    Los bienes terrenales son insuficientes para consolarnos en medio de tantos males. Quizás alivien nuestra amargura en parte, pero al final, solo dejan un vacío en nuestros corazones y son incapaces de protegernos contra nuevas desgracias.

                    Como compensación a los males de la vida, la infinita Bondad de Dios nos ha preparado, en la siempre presente ayuda de la Santísima Virgen, una abundante fuente de consuelo, por la cual debemos estar agradecidos. Basta con recurrir a esta Madre de Misericordia para tener la certeza de recibir de Ella un pronto alivio en los dolores de la vida, un bálsamo para el corazón herido, un consuelo en las aflicciones y calamidades que nos abruman.

                    Así como Jesucristo nos invitó a buscar nuestro consuelo en Él, cuando dijo: «Venid a Mí todos los que estáis cansados ​​y agobiados, y yo los aliviaré», así también María nos ofrece, en medio de las tristezas de esta vida, el consuelo más reconfortante: «Venid a Mí todos los que Me desean, y sean saciados con Mis frutos».

                    El Poder de María para consolar a los afligidos proviene principalmente de que Ella, más que nadie, conoció el dolor. Como compañera inseparable de Jesús, durante los treinta y tres años de Su vida mortal, María compartió todos Sus sufrimientos. Con Él sintió la aflicción de la pobreza, experimentando toda clase de privaciones. Los reproches de quienes reprochaban a Jesús recayeron también sobre Ella; y cuando los Discípulos abandonaron a su Divino Maestro uno a uno, María lo siguió fielmente hasta el Calvario, donde bebió con Él hasta la última gota de Su amargo cáliz. Incluso después de que el Salvador terminara Su vida mortal de trabajo y esfuerzo, María continuó viviendo y sufriendo, hasta que Dios quiso llamarla a Su lado.

                La fe y la constancia de María, unidas a Su inquebrantable adhesión a las enseñanzas de Su Hijo, son en sí mismas fuente de consuelo. Pues esta Madre Divina nos enseña, con Su ejemplo, a no desesperar jamás de la ayuda divina. Nos anima a perseverar en nuestras buenas obras, cualesquiera que sean las dificultades que se nos presenten. Al obtener para nosotros, mediante Su Mediación, una gran participación en la virtud de la Cruz, transforma nuestras penas en gozosos intensos, como antaño la leña que Dios señaló a Moisés transformó las amargas aguas del desierto en dulces.

                    Si recurrimos a María en tiempos de aflicción, no solo recibiremos de Ella consuelo en nuestros dolores, sino que también aprenderemos por Su ejemplo a valorar como se merecen las cruces con las que Nuestro Señor se digna visitarnos.

                    El tiempo de sufrimiento es, sin duda, el más preciado de esta vida; pues es entonces cuando se presenta la oportunidad de practicar las más elevadas virtudes. Estas virtudes son: la Fe en el sabio orden de la Divina Providencia, la Confianza en la ayuda del Cielo y la Caridad, tanto hacia Dios, que permite que seamos afligidos, como hacia nuestro prójimo, que tal vez sea la causa de nuestros sufrimientos. El tiempo de aflicciones es entonces sumamente valioso, aunque, ¡ay!, a menudo lo subestimamos. «Si hubieras sabido, y que en este tu día, las cosas que te traerán paz».

                    ¡Cuidado, alma mía, de murmurar o perder la paciencia!. Soporta todo con paz y alegría, en compañía de Jesús Crucificado y de Su Madre afligida. Recuerda estas palabras reconfortantes de Nuestro Salvador: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

                    La Beata Bionda Foschi, dueña del antiguo castillo de Verrucchio, era una dama noble y piadosa, dotada de las más preciadas virtudes de la mente y el corazón, y venerada y amada no solo por sus dependientes, sino también por todos aquellos con quienes entraba en contacto.

                    Siendo aún muy joven, se casó con el Conde Foschi, pero pronto tuvo la desgracia de perderlo. A esta pérdida le siguió otra, pues toda la familia cayó en la pobreza y la indigencia a manos de una facción rival. Sin embargo, Bionda aún conservaba un consuelo: su pequeño hijo, a quien amaba profundamente. Le inculcó con gran esmero la Piedad y el Temor de Dios.

                    Dio la casualidad de que sus enemigos, no satisfechos con la venganza que habían ejercido sobre el resto de la familia, dirigieron su odio contra este niño inocente, al que finalmente dieron muerte.

                    ¡Qué angustia y desolación sintió Bionda al verse tratada con tanta crueldad después de tantas desgracias!. Pero, ¿qué debía hacer ahora?. ¿Debía sucumbir a la desesperación o vengarse de sus enemigos?. No hizo ninguna de las dos cosas. Dirigió su mirada a Nuestra Señora de los Dolores, a quien siempre había profesado una tierna devoción. Al contemplar a María al pie de la cruz, acompañándola con dolor en la muerte de Su Divino Hijo, Bionda encontró consuelo en su aflicción. Sintió en su alma la calma de la paz celestial y su corazón exhaló un generoso perdón para sus enemigos. Dominando sus sentimientos, perdonó a sus adversarios, y este perdón resultó ser más valioso para su corazón que cualquier venganza.

                    Este heroico sacrificio de Bionda fue sumamente grato a Dios, quien escudriña los corazones de los hombres. A cambio, le concedió comprender la vacuidad de este mundo y se dignó llamarla a una vida de perfección entre las Siervas de su Santísima Madre. En su nuevo estado, Bionda se consagró por completo al camino de la perfección y, con la ayuda de la Gracia Divina, alcanzó tal grado de santidad que mereció obrar muchos milagros durante su vida y también después de su muerte. El pueblo la invocaba siempre como Bienaventurada.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


jueves, 9 de abril de 2026

LA NOVENA DE LOS 24 GLORIAS. 9 DE ABRIL: SANTA TERESITA ENTRA EN EL CARMELO DE LISIEUX

 

Entre los días 9 al 17 de cada mes

únete a la oración mundial en honor de Santa Teresita del Niño Jesús


                    La devoción a Santa Teresita del Niño Jesús se ha esparcido de una manera impresionante a través de toda la Iglesia. Durante su corta vida, Teresita no sobresalió por encima de las otras monjas del convento de Carmelitas Descalzas en Lisieux. Pero inmediatamente después de su muerte, muchos milagros y favores fueron concedidos a través de su intercesión. 

               La Santa cumplió la promesa de hacer caer una lluvia de rosas después de su muerte, es decir, una lluvia de beneficios hacia todos los que la invocan. "Lo que me impulsa a ir al Cielo es el pensamiento de poder encender en amor de Dios una multitud de almas que le alabarán eternamente", decía Teresita. Su gran anhelo es que aquellos que la invocan amen a Dios con un amor abrasador.

               Por medio de sus cartas, los testimonios de aquellos que la conocieron, y especialmente su autobiografía, "La Historia de un Alma", millones han llegado a conocer sus grandes dones y virtudes. Incontables peregrinos visitan el convento carmelita de Lisieux, donde, tal día como hoy, el 9 de Abril de 1888, María Francisca Teresa Martín, la hija menor del relojero Luis Martín, se convirtió en la novicia más joven. Tenía sólo quince años. Estaban ya allí dos de sus hermanas: María, la mayor, se había ido cuando Teresita tenía nueve años, y Paulina, que había cuidado de la familia después de morir su madre, entró cuando Teresita tenía catorce años. Impaciente por seguirlas, fue a Roma en una peregrinación con su padre, y rompiendo la regla del silencio en presencia del Papa, le pidió permiso de entrar al Carmelo a los quince años. "Entrarás si es la Voluntad de Dios", le contestó el Papa León XIII, y Teresita terminó la peregrinación con el espíritu lleno de esperanza. Al terminar el año, el permiso que anteriormente la había sido negado, le fue concedido por el obispo y Teresita entró al Carmelo.

               Teresita había sido la hija preferida de su padre; era tan alegre, atractiva y amable, que los dos sufrieron intensamente cuando llegó el momento de la separación. Pero no le cabía la menor duda de que ésa era su vocación y desde el principio se determinó a ser santa. Aunque la salud de Teresita era muy delicada, no deseó ninguna dispensa de la austera regla y no le fue dada ninguna. Sufría intensamente por el frío y por el cansancio de cumplir con algunas de las penitencias físicas y exteriores que la Regla acostumbraba. "Soy un alma muy pequeña, que sólo puede ofrecer cosas muy pequeñas a Nuestro Señor," dijo en una ocasión, "pero quiero buscar un camino nuevo hacia el Cielo, muy corto, muy recto, un pequeño sendero… Estamos en la era de los inventos. Me gustaría encontrar un elevador para ascender hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir los empinados escalones de la perfección…"



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120 ANIVERSARIO de la Aparición de NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO, en Chauchina (Granada)



                    Chauchina es una localidad de la provincia de Granada, en España. En tal punto del sur de la Península Ibérica aconteció, a principios del siglo pasado, una manifestación celestial poco conocida pero de gran alcance espiritual. 

                    Era el 9 de Abril de 1906, Lunes Santo en aquel año, una virtuosa anciana llamada Rosario Granados Martín, apoyada en el respaldo de una silla, por no poder caminar de otra manera, se dirigía muy de mañana a las afueras del poblado para curarse las llagas purulentas que hacía más de tres años padecía en la pierna y cuyo estado nauseabundo movía a compasión a cuantas personas la encontraban. 

                    Abrumada iba la triste anciana, cuando vio que hacia ella venía una dama enlutada, llevando en sus manos un modesto rosario negro, la cual se detuvo a preguntarle qué le sucedía. Le contestó Rosario que estaba casi desesperada, porque ni Dios ni la Virgen se dignaban oírla. Le mandó entonces la Señora que siguiera Sus pasos hacia el cementerio, oído lo cual, la anciana soltó la silla que le servía de sostén y con tanta agilidad lo hizo, que sorprendió a los que la vieron; Rosario siguió a la Señora por la angosta vereda, hasta llegar a un arroyo donde la Señora le dio la mano para ayudarle a pasar, y Rosario alargó la suya para asir la de la Señora; cerca de la escena, un joven campesino, que no veía a la Señora, observando en tal actitud a la anciana creyó que la mujer había perdido el juicio.

                    Una vecina de las últimas casas del pueblo la invitó a descansar y como rehusara hacerlo por ir siguiendo a una Señora de “ojos hermosísimos y cara llena de gracia”, la tomó por ilusa. Llegó por fin al cementerio y la Señora enlutada le dijo con acento de compasión y tristeza “Oremos por los desgraciados del mundo que no temen la Divina Justicia”. 

                    Enseguida y puestas ambas de rodillas en el umbral del cementerio, comenzaron el rezo del Rosario observando la anciana la reverencia y devoción con que la Señora pronunciaba el Nombre de Dios Padre. No había terminado el Rosario, cuando la anciana sintióse adormecida por dulcísimo éxtasis, a cuyo despertar se sintió completamente curada. Corrió presurosa preguntando por la Señora y nadie supo darle razón de Ella. 

                    El pueblo se conmovió a la vista de la prodigiosa curación, la prensa granadina comentó el hecho y Chauchina y los pueblos comarcanos se persuadieron de que la misteriosa enlutada fue la Santísima Virgen, conocida bajo la advocación del Espino, por el arbusto junto al cual se apareció primeramente y de los Dolores, por las negras vestiduras que llevaba la misteriosa aparecida.

                    Una pobre estampa, rodeada de rústicas piedras, fue el primer monumento de gratitud que Rosario ofreció a la Santísima Virgen. A iniciativa del pueblo se hizo una pequeña hornacina en donde se colocó un sencillo cuadro de la Virgen de los Dolores, ante el cual se rezaba constantemente el Rosario y se pedía consuelo a la Madre afligida. Velas y lámparas de aceite permanecían encendidas de día y de noche, dando guardia de honor al cuadrito y mostrando a todos la creencia segura en la presencia de la Madre de Dios. Más tarde se levantó una pequeña Ermita con la limosna de los fieles. Para todos esta tierra estaba consagrada por el contacto de los pies de la Santísima Virgen. Y así, para distinguir el camino por donde anduvo la Señora hasta el cementerio, cortaron frondoso ramaje de los árboles próximos clavando las floridas ramas a uno y otro lado del camino. Sin atreverse a pisar el sagrado camino, llorando de alegría, pasaban de rodillas besando aquella tierra.

                    Un matrimonio costeó la construcción de una capilla, espléndidamente dotada para el culto; y junto a esa capilla ya ampliada porque era incapaz de contener las multitudes, que en fervorosas romerías acuden de muchos pueblos, se levanta la esbelta silueta de un monasterio de Capuchinas, llevado allí por la piedad del Cardenal-Arzobispo Vicente Casanova y Marzol, para que adorando al Santísimo Sacramento y viviendo en perpetua oración y penitencia por los pecados del mundo, cumpliesen los deseos de la Santísima Virgen. En efecto, antes de morir manifestó Rosario a un Padre Capuchino que la Santísima Virgen le había dicho: "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




LA VIDENTE DE NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO


                    Rosario Granados Martín es una mujer sencilla que nació en Chauchina el 25 de Abril de 1839; el 4 de Abril de 1859 contraerá matrimonio con Manuel de Cantos Romero; muy pronto quedará viuda con 3 hijos: José, Diego y Francisco, a los que procuraba educar cristianamente y daba buenos ejemplos, enseñándoles las oraciones y la práctica de la caridad cristiana. 

                    Rosario ayuda a su nuera Magdalena en los trabajos de la casa y en la crianza de los niños que le van naciendo; atiende a los pobres que pasan, pidiendo un pedazo de pan, así como también a los vecinos que necesitan unas palabras de consuelo, unas muestras de cariño; y mantiene trato amistoso con todas sus vecinas y personas del pueblo que hablan muy bien de ella, como una mujer sencilla, una anciana que pasa desapercibida.

                    Rosario tuvo en su vida una ocasión de ejercitar en grado heroico el mandamiento del Señor de perdonar, y es que unos años antes de la Aparición, uno de sus hijos es asesinado por un hombre en la taberna de Arenas del Rey, pueblo de Granada donde Rosario y sus hijos viven como porteros de un cortijo. El asesino escapando de la justicia se esconde precisamente en casa de Rosario, él dice a Rosario que en una riña ha matado a un hombre y que lo quieren ahora matar a él; Rosario esconde a este hombre y al poco rato llega el otro hijo de Rosario, comunicando la muerte de su hermano y Rosario en lugar de delatar al hombre se lamenta diciéndole una vez que su hijo se ha marchado en su búsqueda: “Ya ves lo que has hecho… pero yo no te denunciaré… te perdono… También la Virgen perdonó a los verdugos de Su Hijo en el Calvario… Anda, y que Dios te acompañe por el mundo…”. Incluso Rosario le da de comer. 

                    No tardó el asesino en ser apresado. Rosario, pensando que él tendría madre, rogaba al Señor que no se viera obligada a testificar contra él ante un tribunal. Y su oración fue atendida: ocho días antes de la fecha señalada para el juicio, falleció el homicida, dando muestras de sincero arrepentimiento. 

                    Rosario murió para este mundo el 24 de Septiembre de 1921, siendo enterrada en el Cementerio de Chauchina, pero 40 años después, sus restos se trasladan a la cripta que, con permiso del Arzobispo de Granada, se le construyó junto al Camarín de la Virgen en la Iglesia conventual. 


EL SECRETO QUE CONFIÓ LA VIRGEN 
A ROSARIO GRANADOS


                    Como en otras apariciones, la Virgen en Chauchina también reveló un Secreto a la vidente. Ángeles Díaz García, amiga de Rosario y vecina también de Chauchina, de edad aproximadamente igual a la de Rosario, nos cuenta que Rosario le confío que había recibido de la Señora enlutada que vio el Lunes Santo del 1906, una confidencia misteriosa que debía guardar en secreto. Más adelante en 1921, Rosario se siente agotada y próxima a morir. Un sobrino de Rosario fue a visitarla en su enfermedad y atendió a su tía en su petición: «Que venga mi confesor, el Padre Francisco de Sevilla - un sacerdote de la Orden de los Capuchinos que residía en Granada- pues tengo que comunicarle una cosa antes de morir». El sobrino se dirigió raudo hacia Granada, para ir al Convento de los padres Capuchinos y buscar al Padre Francisco.

                    Mas no necesitó ir al Convento, ni siquiera detenerse en Granada.  La gran Providencia de Dios dispuso que cuando su tranvía llegaba a la que entonces llamaban Estación de Andaluces, viese que en aquel momento el Padre Francisco de Sevilla acababa de llegar en tren. Le contó el ruego de su tía Rosario, y el caritativo fraile fue a tomar el primer tranvía con dirección a Chauchina; entró en casa de la enferma; la escuchó en Confesión y recibió el Secreto con permiso de darlo a conocer después de que ella falleciera.

                    Aquel Secreto contenía una profecía, un anuncio para el tiempo futuro:

                    "En el lugar del espino donde fue la primera Aparición, se edificará una casa de oración y penitencia, un Monasterio de Religiosas Franciscanas que adorarán al Santísimo Sacramento".




                    Como los deseos del Cielo buscan diversos canales para ser cumplidos, nos encontramos que a menos de 20 kilómetros del lugar de aquella Aparición, en el Monasterio de las Capuchinas de San Antón (Granada capital), era abadesa Sor Trinidad del Inmaculado Corazón de María, devotísima de Jesús Sacramentado; aquella alma se sentía inspirada por Dios a tener en la Iglesia de su Comunidad el Santísimo Sacramento expuesto durante todo el día y adorado por las Religiosas Capuchinas en turnos de una hora. Sus deseos fueron aprobados por el Cardenal Arzobispo de Granada, Monseñor Vicente Casanova y Marzol, sin embargo, no todas las Capuchinas de la Comunidad veían con claridad ese deseo y proyecto de recargar la Regla Capuchina, ya muy austera por sí misma.

                    Es entonces cuando el Padre Francisco de Sevilla, le sugiere a la Madre Abadesa Sor Trinidad, la idea de ir a fundar a Chauchina, ya que la Virgen así lo ha pedido y coincide, la celestial petición con la inspiración de la piadosa monja.

                    El 11 de Abril de 1925, Sábado Santo, el Cardenal de Granada, junto con su Clero, reciben en Chauchina a la Madre Trinidad, que junto con otras 11 monjas, llegan a la localidad para iniciar la vida recoleta de las Capuchinas en la ermita de la Virgen del Espino, convertido desde entonces en Santuario Monasterio.



martes, 7 de abril de 2026

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO. MARTES 4º: LA PACIENCIA

    


            Por la señal de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + líbranos, Señor, Dios nuestro + 

            En el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.


ACTO DE CONTRICIÓN


            Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quién sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

            Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en Vuestra Bondad y Misericordia infinita, que me los perdonaréis, por los méritos de Vuestra Preciosísima Sangre, Pasión y Muerte y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en Vuestro Santo Amor y servicio, hasta el fin de mi vida. Amén.

ORACIÓN INICIAL


            Postrado a tus pies, oh amantísimo protector mío San Antonio, te ofrezco el piadoso ejercicio que voy a practicar para que me alcances del Señor el perdón de mis pecados, las virtudes propias de mi estado, la perseverancia final y la gracia especial que solicito con esta devoción. Más si ésta no me conviniese, obtenme conformidad con la Voluntad de Dios. Amén.


MARTES 4º: LA PACIENCIA 


            ¡Oh, sacrificado siervo del Altísimo, San Antonio! Conseguidme por vuestros ruegos la paciencia que necesito para llevar la cruz de mis obligaciones, la cual me abra las puertas del Cielo.

A continuación rezamos un Padrenuestro
un Avemaría y un Gloria. Luego, terminamos 
rezando el tradicional Responsorio de San Antonio...




Y terminamos este ejercicio piadoso signándonos 
en el Nombre del Padre, y del Hijo + y del Espíritu Santo. Amén.




domingo, 5 de abril de 2026

LA RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: EL ARGUMENTO SUPREMO DE NUESTRA FE



                    La Resurrección representa el Triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de Sus adversarios y el argumento supremo de nuestra Fe. San Pablo afirma que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra Fe sería vana. Es en el espíritu sobrenatural de la Resurrección donde se fundamenta toda la estructura de nuestras creencias. 

                    Mucho se ha dicho… y se ha soñado con la resistencia de Santo Tomás a admitir la Resurrección. Quizás haya algo de exageración en esto. Lo que está claro es que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. De hecho, Santo Tomás dijo que necesitaba tocar a Nuestro Señor con sus manos para creer. Pero, cuando lo vio, creyó inmediatamente, antes de tocarlo. San Agustín ve en esta dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial: el Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero está suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad al aceptar las razones para creer, sirve como garantía a todas las almas temerosas de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, que no es fruto de imaginaciones desbordadas.

                    Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía con la Santa Iglesia Católica. En la Historia de la Iglesia vemos a menudo que, cuando parecía irremediablemente perdida y todos los síntomas de una catástrofe inminente apuntaban a la debilidad de su organismo, siempre ocurrían acontecimientos que la mantenían viva contra todo pronóstico.

                    Resulta curioso que a veces no sean los amigos de la Santa Iglesia quienes acuden en su ayuda, sino sus propios enemigos. En una época muy delicada para el Catolicismo, como lo fue durante el reinado de Napoleón, se contó mil veces el curioso episodio en el Cónclave para elegir al Papa Pío VII, que tuvo lugar bajo la protección de tropas de los rusos, cismáticos, lideradas por un soberano cismático. En Rusia, la práctica de la Religión Católica se veía obstaculizada de mil maneras, sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un Pontífice Soberano, precisamente en el momento en que la vacante de la Sede de Pedro había provocado la indignación de aquellos que -humanamente hablando- quizás nunca resucitarían.

                    Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que tiene el gobierno supremo de todas las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia deba su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria o a las tropas rusas: aun cuando parezca completamente abandonada, e incluso cuando parezca faltar el medio más indispensable para la victoria en el orden natural, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia -aparente, enfatizamos, porque la muerte de la Iglesia jamás será real-, más gloriosa será la victoria.

                    En estos años turbulentos y tristes que vivimos, confiemos. Pero no confiemos en tal o cual poder, en tal o cual hombre, en tal o cual corriente ideológica, para que obre la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino que debemos confiar en la Divina Providencia, que volverá a abrir los mares, moverá montañas y sacudirá la tierra entera si es necesario, para el cumplimiento de la divina promesa: "Las puertas del Infierno prevalecerán contra ella". 


Doctor Plinio Corrêa de Oliveira



sábado, 4 de abril de 2026

MARÍA, REINA DE LOS MÁRTIRES



                    ¿Habrá quien tenga un corazón tan duro que no se conmueva al oír el suceso más triste que haya ocurrido?. Había una madre noble y santa que no tenía  más que un solo hijo; éste era el más amable que imaginarse pueda: inocente, virtuoso, bello y amantísimo de su madre, hasta el punto que nunca le había dado el menor disgusto, sino que siempre le había mostrado respeto y obediencia total con  toda la ternura de su corazón. 

                    Y después, ¿qué sucedió?: que ese hijo, por envidia, fue acusado por sus enemigos; y el juez, aunque conocía y confesó él mismo su  inocencia, únicamente por no enfurecer a sus enemigos lo condenó a la muerte más infame, la misma que le habían pedido a gritos. Y aquella pobre madre tuvo que sufrir el dolor de ver que le arrebataban contra toda justicia aquel hijo tan amante y  tan amado en la flor de su vida con una muerte atroz, pues lo hicieron morir a fuerza de tormentos, desangrado a la vista de la plebe, en un patíbulo infame. 

                    ¿Qué podemos decir?, ¿es digno de lástima este suceso y el dolor de esta madre?. Ya me entendéis de quién hablo. Este hijo tan cruelmente ejecutado fue Jesús, Nuestro amorosísimo Redentor, y esta madre fue la Santísima Virgen María, quien por nuestro amor consintió verlo sacrificado a la Divina Justicia por la barbarie  de los hombres. Este gran Dolor de María ofrecido por nosotros, que le costó más que mil muertes, merece nuestra compasión y gratitud. Y si no podemos  corresponder de otra manera a tanto amor, al menos detengámonos a considerar lo cruel de este Dolor por el que María se convirtió en Reina de los Mártires, porque Su  Martirio superó el dolor de todos los Mártires, habiendo sido el Suyo, primero, el Martirio más prolongado, y segundo, el Martirio más cruel.

                    María no sólo fue Reina de los Mártires porque Su Martirio fue el más prolongado de todos, sino también porque entre todos fue el mayor. ¿Quién puede medir la grandeza de Su dolor?. Jeremías parece que no encuentra a quién comparar esta Madre Dolorosa al contemplar Su sufrimiento por la Muerte de Su Hijo, y dice: “¿Con quién te compararé? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén?... Grande como el mar es tu tribulación. ¿Quién se compadecerá de ti?” (Libro de las Lamentaciones, cap. 2, vers. 13).

                    María entregó la vida de Su Hijo, a quien amaba más que a Su propia vida.

                    San Antonino dice que los otros Mártires sacrificaron su propia vida,  mientras que la Virgen María padeció sacrificando la Vida de Su Hijo, al que amaba más que a Su propia vida. Así que no sólo padeció en el alma todo lo que Su Hijo padecía en Su cuerpo, sino que además causó mayor dolor a Su Corazón la vista de los sufrimientos de Su Hijo que si Ella los hubiera sufrido en Sí misma. 

                    Que María sufrió en Su Corazón todos los ultrajes que hicieron a Su Jesús no hay quien lo dude. Todo el mundo sabe que las penas de los hijos lo son también de  las madres cuando están ellas viéndolos padecer. San Agustín, considerando el tormento que padecía la madre de los macabeos al ver a su hijo padecer el suplicio, dice: Ella, viéndolo padecer, sufría lo de todos; porque a todos los amaba, sufría en Su Alma lo que ellos en el cuerpo. Lo mismo sucedió a María; los azotes, las espinas, los clavos y la Cruz que afligieron la carne inocente de Jesús penetraron igualmente en el Corazón de María para consumar Su Martirio.

                    Al decir de San Lorenzo Justiniano, el Corazón de María fue como un espejo donde se reflejaban los dolores de Su Hijo. En Él se veían los salivazos, los golpes, las Llagas y todo lo que sufría Jesús. Y considera San Buenaventura que aquellas Llagas que estaban desparramadas por todo el Cuerpo de Jesús estaban unidas en el Corazón de María. De este modo, la Virgen, por la compasión hacia Su Hijo, fue flagelada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la Cruz en Su Corazón amante.

                    Por eso son tan grandes las gracias prometidas por Jesús a los devotos de los Dolores de María. Refiere Pelbarto haberse revelado a Santa Isabel, que San Juan, después de la Asunción de la Virgen, ardía en deseos de verla; y obtuvo la gracia pues se le apareció su amada Madre y con Ella Jesucristo. Oyó que María le pedía a Su Divino Hijo, gracias especiales para los devotos de Sus Dolores. Y Jesús le prometió estas gracias especiales:

              1ª. Que el que invoque a la Madre de Dios recordando Sus Dolores, tendrá la gracia de hacer verdadera penitencia de todos sus pecados.

              2ª. Que los consolará en sus tribulaciones, especialmente en la hora de la muerte. 

              3ª. Que imprimirá en sus almas el recuerdo de Su Pasión y en el Cielo se lo premiará.

              4ª. Que confiará esos devotos a María para que disponga de ellos según Su agrado y les obtenga todas las gracias que desee. 



viernes, 3 de abril de 2026

MIRA SI HA HABIDO EN EL MUNDO QUIEN TE HAYA AMADO MÁS QUE TU DIOS



                    Nuestro amable Redentor se acerca al fin de Su carrera. Contempla, alma mía, aquellos ojos que se oscurecen, aquel hermoso Rostro que se torna pálido, aquel Corazón que palpita con lentitud, aquel Sagrado Cuerpo que se abandona a la muerte. Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: «Todo está consumado» (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30)

                    Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de Su Vida; la pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo está cumplido; se ha consumado todo lo que de Mí escribieron los Profetas, y está también terminado el Sacrificio que Dios aguardaba para aplacar Su Cólera y para satisfacer Su Justicia irritada. 

                    Todo está cumplido, dijo Jesús vuelto a Su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir: «Todo está terminado». Como si dijera: «Mirad, oh, hombres!, que de Mi parte he hecho cuanto estaba de mi mano para salvaros y ganar vuestro amor; he hecho lo que podía; haced ahora de Vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón. 

                    ¡Oh Salvador mío!, ojalá que también yo en la hora de mi muerte pudiera decir, a lo menos en lo que me queda de vida: Señor, todo está consumado; he cumplido Vuestra Santísima Voluntad, os he obedecido en todo. Dadme fuerza, Jesús mío, porque, ayudado de vuestra gracia, me propongo, y así lo espero, agradaros y complaceros en todas las cosas. 

                    Entonces Jesús, dice San Lucas, clamando con una voz muy grande dijo. Padre Mío, en Tus manos encomiendo Mi Espíritu. (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46) Estas fueron las últimas palabras que Jesús pronunció en la Cruz. Viendo que Su Bendita Alma estaba ya para separarse de Su lacerado Cuerpo resignado a la Voluntad Divina y con filial confianza, dijo: Padre Mío, Te encomiendo mi alma. Como si dijera: Yo, Padre Mío, no tengo voluntad propia ni quiero vivir ni morir; si es Vuestro deseo que siga padeciendo en esta Cruz, dispuesto estoy a ello. En Vuestras manos encomiendo Mi Espíritu, para que hagáis de Mí lo que os agrade. 

                    ¡Ojalá que cuando nos hallamos en la cruz del sufrimiento habláramos de la misma suerte, abandonandonos en las manos de Dios, para que obrara según Su beneplácito!. Este total abandono en las manos de Dios, dice San Francisco de Sales, es el fundamento de toda nuestra perfección. Estas deben ser nuestras disposiciones, de modo especial en la hora de la muerte; más para hacerlo bien en aquel trance supremo, debemos ejercitarnos con frecuencia en ello durante la vida. 

                    ¡Oh Jesús mío!, en Vuestras manos deposito mi vida y mi muerte, a Vos me entrego en total abandono; desde ahora Os recomiendo mi alma, para que cuando llegue al término de mi carrera os dignéis recibirla dentro de Vuestras Llagas, así como Vuestro Padre recibió Vuestro Espíritu al expirar en la Cruz. 




                    Jesús, por fin, va a exhalar el postrer suspiro. Venid Ángeles del Cielo, venid a asistir a la muerte de vuestro Dios. Y Vos, Oh María!, Madre de los Dolores, acercaos más a la Cruz, alzad los ojos para mirar con más atención a Vuestro Hijo, porque está próximo a expirar. Ya el Redentor llama a la Muerte y le da licencia para que se acerque a quitarle la Vida. Ven, muerte, le dice, ven pronto, cumple tu oficio, quítame la Vida y salva a Mis amadas ovejas. En aquel momento supremo tiembla la tierra, se abren los sepulcros, se rasga el velo del Templo. 

                    La violencia del dolor acaba finalmente con las débiles fuerzas del moribundo Señor; ya le falta el natural calor, se le apaga la respiración desfallece Su Cuerpo, inclina la cabeza sobre el pecho, abre la boca y expira (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30). Sal, Alma hermosísima de mi Salvador, sal de Su Cuerpo y anda a abrirnos las Puertas del Paraíso, hasta ahora cerrado para nosotros; entra y preséntate ante la Majestad Divina a impetrar para nosotros el perdón y la salvación. 

                    La muchedumbre se vuelve hacia la Cruz de Jesús al oír la fuerte voz que dió cuando pronunció las últimas palabras, lo mira con silencio y respetuosa atención, lo ve expirar, y al observar que ya no hace movimiento alguno exclama: Ha muerto, ha muerto. María oye que todos repiten las mismas palabras, y dice también: ¡Ay, Mi Hijo ha muerto!. Ha muerto, pero, Dios Grande, quién ha muerto?. El Autor de la Vida, el Unigénito de Dios, el Señor del mundo. ¡Oh Muerte, que fuiste el espanto de la naturaleza!. ¡Un Dios morir por sus criaturas!. ¡Oh Caridad infinita!. Sacrificarse todo un Dios, sacrificar Sus delicias, Su Honor, Su Sangre, Su Vida, ¿y por quién?; por Sus ingratas criaturas; y muere en un mar de dolores y desprecios para pagar la deuda por nuestras culpas. 

                    Alma mía, levanta los ojos y mira a este Hombre crucificado; mira al Cordero Divino sacrificado sobre el Altar de la Cruz; considera que es el Hijo Predilecto del Padre Eterno, y que ha muerto por el Amor que te profesa. Mira cómo tiene los brazos abiertos para abrazarte, la cabeza inclinada para darte el beso de paz, el Costado abierto para darte entrada en su corazón. ¿Merece ser amado un Dios tan bueno y tan amoroso?. ¿Qué respondes a ésto?. 

                    Hijo Mío, te dice Jesús desde lo alto de la Cruz, mira si ha habido en el mundo quien te haya amado más que tu Dios. ¡Oh Dios mío, y Redentor mío!, ¿con que Vos habéis muerto por mí con la muerte más infame y dolorosa para ganar mi amor?. Pero, ¿cuándo el amor de una pura criatura podrá corresponder al Amor de un Dios muerto por ella?. ¡Oh adorado Jesús mío!, ¡oh amor de mi alma!, ¿cómo podré olvidarme de Vos?. ¿Cómo podré negaros mi amor después de haberos visto morir de dolor sobre esa Cruz para saldar la deuda de mis pecados y salvarme?. ¿Cómo podré contemplaros muerto y colgado de este infame madero y no amaros con todas mis fuerzas?. ¿Cómo podré pensar que mis culpas Os han reducido a tal extremo de dolor y no llorar con lágrimas del corazón las ofensas que Os he hecho?. 

                    Si el último de los hombres hubiese padecido por mí lo que sufrió Jesucristo; si viese a un hombre desgarrado a puros azotes, clavado en una cruz y afrentado por las gentes a fin de salvarme la vida, ¿podría acordarme de él sin derretirse de amor mi corazón?. Y si me presentasen el retrato de aquel hombre muriendo en el afrentoso madero, pudiera mirarlo con indiferencia, diciendo: este desventurado ha muerto en un mar de tormentos porque me amaba; ¿si me hubiera amado menos, no hubiera muerto de esta suerte?. 

                    ¡Ah!, cuántos Cristianos tienen en su aposento un artístico Crucifijo, pero únicamente como mueble de lujo; ponderan su estructura, se detienen a contemplar la expresión de dolor que se dibuja en el rostro, pero en su corazón no tienen afecto alguno, como si no fuese la imagen del Verbo encarnado, sino la de un hombre extraño y para ellos desconocido. ¡Ah Jesús mío!, no permitáis que yo sea del número de éstos desgraciados. Acordaos que habéis prometido atraer hacia Vos todos los corazones cuando fueseis clavado en lo alto de la Cruz. Aquí tenéis mi corazón, que, ablandado en presencia de Vuestra muerte, no quiere resistir por más tiempo a Vuestra voz: atraedlo, pues, a Vos con los lazos de Vuestro amor. 

                    Vos habéis muerto por mí, y yo no quiero vivir más que para Vos. Dolores de Jesús, ignominias de Jesús, Muerte de Jesús, Amor de Jesús, tomad posesión de mi corazón, y vuestro dulce recuerdo sirva para herirme de continuo e inflamarme en el Amor de Jesús. ¡Oh Padre Eterno!, mirad a Jesús, Vuestro Hijo, muerto por mi amor, y por Sus Méritos tened inmisericordia de mí. Alma mía, no desconfíes por los pecados que has cometido, porque Dios es el que ha enviado Su Hijo a la tierra para salvarnos; y Jesús es el que voluntariamente se ha ofrecido a pagar las deudas de nuestros pecados. 

                    ¡Ah Jesús mío!, ya que para perdonarme no Os habéis a Vos mismo perdonado, miradme con la misma compasión que me tuvisteis un día cuando estabais agonizando en la Cruz; miradme, pues, iluminadme y perdonadme sobre todo la ingratitud con que Os he correspondido, pensando tan poco durante mi vida en Vuestra Pasión y en el Amor que me habéis manifestado. Gracias os doy por las luces que hoy me comunicáis, dándome a conocer, a través de Vuestras Llagas y desgarrados miembros, el grande y tierno afecto que me conserváis en el fondo de Vuestro Corazón. 




                    ¡Desventurado de mí!, si después de tantas luces no Os amase o amase a las criaturas más que a Vos. Muera yo -os diré con el enamorado San Francisco de Asís- por Vuestro Amor, Jesús mío ya que por mi amor os habéis dignado morir. ¡Oh Corazón abierto de mi Redentor!, mansión dichosa donde descansan las almas amantes, recibid también a mi pobre alma. 

                    ¡Oh María!, Madre de los Dolores, encomendadme a Vuestro Hijo, que tenéis muerto en Vuestros brazos. Mirad Sus laceradas carnes, mirad Su Sangre Divina por mí derramada, y por aquí llegaréis a comprender cuán agradable Le será que Le encomendéis mi salvación, cifrada en amar a Jesús; alcanzadme Vos este amor, pero amor grande y eterno. 

                    Hablando San Francisco de Sales de aquellas palabras de San Pablo: la Caridad de Cristo nos estrecha, se expresa de esta manera: «Saber que Jesucristo, Nuestro Verdadero Dios nos amó hasta sufrir la muerte afrentosa de la Cruz, ¿no es sentir como aprensados nuestros corazones y apretados con fuerza para exprimir de ellos el amor con una violencia que cuanto es más fuerte es tanto más deleitosa?» . En otro lugar dice el Santo que «el monte Calvario es el monte de los amantes». Y luego añade: «Y ¿por qué no nos abrazamos a Jesús crucificado para morir con Él en la Cruz, ya que por nuestro amor quiso en ella morir?». Sí, yo le abrazaré, debiéramos decir, y no le soltaré jamás; moriré con Él y con Él me abrasaré en las llamas de Su Amor. 

                    Un mismo fuego consumía a éste Divino Creador y a su miserable creatura; mi Jesús es todo mío, y yo quiero ser todo Suyo. Viviré y moriré sobre Su pecho, y ni la muerte ni la vida serán poderosos para separarme de Él» (Amor de Dios, Lib. 7, Cap. 8) «¡Oh Amor Eterno!, mi alma Os busca y os elige por eterno Dueño y Señor. ¡Venid, Espíritu Divino, e inflamad nuestros corazones con el fuego de Vuestro Amor!. O amar, o morir. Morir a todo otro amor, para vivir en el de Jesús. ¡Oh Salvador de nuestras almas!, haced que cantemos eternamente: «Viva Jesús, mi Amor, viva Jesús a quien amo; amo a Jesús que vive por los siglos de los siglos!». (Amor de Dios, Lib. 12, Cap. 13) 

                    Concluyamos diciendo: ¡oh Cordero de Dios, que Os habéis sacrificado por nuestra salvación!; ¡oh Víctima de Amor inmolada sobre la Cruz entre inmensos dolores, ojalá que supiera amaros como Vos lo merecéis!; quién pudiera morir por Vos, como Vos habéis muerto por mí!. Ya que mis pecados han sido para Vos una fuente de dolores durante toda Vuestra Vida, haced que mientras viva me esfuerce en agradaros y complaceros a Vos solo, que Sois mi Amor y mi Todo. ¡Oh María, Madre mía!, Vos Sois mi esperanza, alcanzadme la gracia de amar a Jesús.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 2 de abril de 2026

EL EJERCICIO DE LA HORA SANTA: REPARACIÓN INFINITA A DIOS PADRE



                    La Hora Santa nació en 1674, cuando en una alocución de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, desde el Tabernáculo de Paray-le-Monial, le dijo:

                    «Todas las noches del Jueves al Viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a Mi Padre entre todas Mis angustias, te levantarás entre las 11 y las 12 de la noche y te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores».

                    Dos son, evidentemente, las ideas fundamentales de este ejercicio. Es la primera, una intención de amor compasivo, que une en esa hora el alma del consolador, y del confidente, al Corazón Agonizante de su Salvador. «Te haré compartir, dice Jesús, la tristeza mortal de Mi Getsemaní...». Y es la segunda, una reparación del pecado, un fin de desagravio redentor y de consuelo: «Pedirás perdón por los pecadores». Desde entonces, la práctica de La Hora Santa, ha sido practicada cada Jueves por millones de almas enamoradas de Jesús Sacramentado. 

                    Este canal de gracias espirituales que produce la práctica de La Hora Santa, ha alcanzado no sólo a quienes acompañan al Señor en el Sagrario o expuesto solemnemente, sino que el influjo divino de la Caridad Eucarística, llega también a todos aquellos enfermos que hacen su Hora Santa desde la cama, así como a todas aquellas buenas almas que no tienen la posibilidad material de estar cerca de un templo, y que se transportan en espíritu, rindiendo su corazón a los pies del Tabernáculo, donde vive, con Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad el que es Rey de todos los corazones.


LA HORA SANTA
reparación infinita a Dios Padre

                       "Quiero conquistar los corazones por la fuerza de Mi amor. Quiero que las almas se dejen penetrar por la verdadera luz. Quiero que los niños, esos corazones inocentes, que no me conocen y crecen en el hielo de la indiferencia, ignorando lo que vale su alma... Sí, quiero que esas almitas que son Mis delicias, encuentren un asilo donde les enseñen a conocerme y donde crezcan en el temor de Mi ley y en el amor de Mi Corazón.

                     Mi deseo es el que seáis el combustible de este fuego que quiero derramar sobre la tierra, porque de nada sirve encender la llama si no hay con qué alimentarla. Por eso quiero formar una cadena de almas encendidas en el Amor, en ese Amor que se confía y lo espera todo de Mi Corazón, a fin de que, inflamadas ellas, lo comuniquen al mundo entero. 

                       No penséis que voy a hablaros de otra cosa que de la Cruz. Por Ella he salvado a los hombres, por Ella quiero atraerlos ahora a la Verdad de la Fe y al Camino del Amor. Os manifestaré Mis deseos: He salvado al mundo desde la Cruz, o sea, por medio del sufrimiento. Ya sabéis que el pecado es una ofensa infinita; por eso os pido que ofrezcáis vuestros trabajos y sufrimientos, unidos a los méritos infinitos de Mi Corazón.

                     Inculcad a las almas, con quienes estéis en contacto, el Amor y la Confianza... Empapadlas en Amor, en Confianza, en la Bondad y Misericordia de Mi Corazón. Y cuando tengáis ocasión de darme a conocer decidles que no me teman porque Soy Dios de Amor.

                       Tres cosas especiales os pido:

             1ª El Ejercicio de la Hora Santa; por él se hace a Dios Padre reparación infinita, en unión y por medio de Jesucristo Su Divino Hijo.

            2ª La Devoción de los Cinco Padrenuestros a Mis Llagas, pues por Ellas ha recibido el mundo la salvación.

            3ª En fin, la unión constante, o sea, el ofrecimiento cotidiano de los méritos de Mi Corazón, porque así lograreis que vuestras acciones tengan valor infinito. Valerse continuamente de Mi Sangre, de Mi Vida, de Mi Corazón; confiar incesantemente y sin temor en Mi Corazón; he aquí un secreto desconocido para muchas almas... Quiero lo conozcáis y que sepáis aprovecharlo".


Extraído de "Un Llamamiento al Amor"
Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús 
a la mística española Sor Josefa Menéndez




EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, DONDE JESÚS NUESTRO SEÑOR DERRAMÓ TODAS LAS RIQUEZAS DE SU AMOR



                    Sabiendo Jesús que era llegada Su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los Suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo Nuestro amable Redentor en la última noche de Su Vida que era ya llegado el tiempo de morir por el hombre, por el que tanto había suspirado, no pudo Su amoroso Corazón consentir en dejarnos solos en este valle de lágrimas. Para no separarse, pues, de nosotros ni aún por la muerte, quiso quedarse y dársenos a Sí Mismo en alimento en el Sacramento del Altar, haciéndonos entender con esto, que después de este Don Infinito nada más tenía ya que darnos para probarnos Su Amor. 

                    Hasta el fin los amó. Es como si hubiera querido decir, los amó con un Amor sin fin y sin medida. Jesús en este Sacramento hizo el último esfuerzo de Amor para con los hombres, como dice el Abad Guerrico. Pero todavía fue mejor explicado esto por el Santo Concilio de Trento, el que hablando del Sacramento del Altar, dice que Nuestro Salvador derramó en él, por decirlo así, todas las Riquezas de Su Amor para con nosotros. 

                    Tenía, pues, razón el angélico Santo Tomás en llamar a este Sacramento, Sacramento del Amor, y Prenda del Amor más admirable que un Dios pudo dar a los hombres. San Bernardo lo llama Amor de los Amores; y Santa María Magdalena de Pazzi decía que el alma después de la Comunión podía decir: Todo está consumado; esto es, dándoseme Dios a Sí Mismo en esta Comunión, nada más tiene que darme. Preguntando un día esta Santa a una de sus novicias en qué había pensado después de la Comunión, ella le respondió: En el Amor de mi Jesús. Sí, replicó la Santa, cuando se piensa en este Amor, en ninguna otra cosa se puede pensar; sino que es una necesidad el detenerse en él.

                    El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en Él. San Dionisio Areopagita dice que el amor propende siempre a la unión con el objeto amado, y por cuanto el alimento viene a hacerse una misma cosa con el que le come, por eso quiso el Salvador hacerse nuestro alimento, a fin de que recibiéndole en la Santa Comunión vengamos a ser una misma cosa con Él. 

                    Tomad y comed, dice Jesús, este es Mi Cuerpo; como si hubiera querido decir, observa San Juan Crisóstomo: ¡Oh hombres! alimentaos de Mí, para que de vosotros y de Mí se haga una misma cosa. Así como de dos pedazos de cera fundidos, dice San Cirilo de Alejandría, se hace uno solo, así el alma que comulga se une de tal suerte con Jesús, que Jesús está en ella, y ella en Jesús. ¡Oh mi tierno Salvador! exclama aquí San Lorenzo Justiniano, ¿cómo habéis podido llegar a amarnos hasta querer unirnos de tal modo a Vos, que de vuestro Corazón y del nuestro se haga un solo corazón?.

                    Ved además el deseo inmenso que tuvo el Salvador toda Su Vida de ver llegar esta Noche, en la que había resuelto dejarnos una Prenda tan preciosa de Su Amor; pues que en el momento de instituir este Augusto Sacramento, dice: He deseado con ardiente deseo comer esta Pascua con vosotros, palabras con las que manifiesta el vivísimo deseo y el ansia que tenía de unirse a nosotros en la Comunión, comprimido Su Corazón por el amor que nos tenía. Esta palabra, dice San Lorenzo Justiniano, es la expresión de la más encendida Caridad. Pues este mismo deseo conserva todavía Jesús a todas las almas que le aman. Las abejas, dijo un día a Santa Matilde, no se arrojan con tanta vehemencia a las flores para extraer de ellas la miel, como Yo desciendo impelido de Mi Amor al alma que Me desea. 

                    ¡Oh Amor de mi corazón!, ¡oh Sacramento Santísimo!, ¡que yo me acuerde siempre de Vos, a fin de olvidar todo lo demás, y de amaros a Vos solo siempre y sin reserva!.

                    ¡Ah Jesús mío!: Vos habéis llamado tantas veces a la puerta de mi corazón que al fin habéis entrado en él , así lo espero; pero puesto que en él habéis entrado, arrojad de él, os ruego, todas las afecciones que no se enderecen a Vos: apoderaos de tal suerte de mí, que pueda yo también, como el Profeta, decir en adelante con verdad: ¡Dios mío !, ¿qué otra cosa deseo yo sino a Vos, ni en el Cielo ni en la tierra?. Vos solo sois y seréis siempre el único Dueño de mi corazón y de mi voluntad, y sólo Vos debéis ser toda mi herencia, toda mi riqueza en esta vida y en la otra.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo