martes, 27 de enero de 2026

LA FLECHA DE ORO PARA HERIR SU CORAZÓN


                   La Devoción a la Santa Faz inspiró toda una espiritualidad, sobre todo en Francia; allí en la ciudad de Tours, la Venerable Sor María de San Pedro, carmelita descalza, mística, tuvo diferentes visiones y conversaciones con Nuestro Señor y la Santísima Virgen, en los que la instaron a difundir la Devoción a la Santa Faz de Jesús, en reparación por los muchos insultos que sufrió Jesucristo Nuestro Señor en Su Santa Pasión. 

                  El 24 de Noviembre de 1843, Nuestro Señor le advirtió: "La Tierra está repleta de crímenes. La violación de los primeros tres Mandamientos de Dios ha molestado a Mi Padre. El Santo Nombre de Dios ha sido blasfemado, y el Santo Día del Señor profanado, saturado de cantidad de iniquidades. Estos pecados se han acumulado hasta el Trono de Dios y han provocado Su Ira, la cual estallará pronto si Su Justicia no es apaciguada. Jamás han llegado estos crímenes a tal punto".

                   Anteriormente, el 24 de Agosto de 1843, Sor María de San Pedro había recibido una revelación especial de Nuestro Señor: "Él me abrió Su Corazón, y juntando allí las fuerzas de mi alma, se dirigió a mí con estas palabras: "Mi Nombre es blasfemado en todas partes. Hasta los niños Me blasfeman". Él me hizo entender que este espantoso pecado lastima penosamente Su Divino Corazón más que cualquier otro. Por medio de la blasfemia el pecador maldice el Rostro de Dios, lo ataca abiertamente, anula la Redención y pronuncia su propia condenación y juicio. La blasfemia es una flecha envenenada que siempre lastima Su Divino Corazón..."




Díptico diseñado para poder ser impreso a doble cara;
se recomienda su copia y difusión, sin fines comerciales



                   "El Salvador me hizo entender que Su Justicia estaba enormemente irritada por los pecados de la humanidad, pero particularmente contra aquellos que directamente ultrajan la Majestad de Dios, esto es: el ateísmo, las blasfemias y la profanación del Domingo y los Días Santos. Nuestro Señor me dijo: Los verdugos Me crucificaron un Viernes, los Cristianos Me crucifican el Domingo.

                   Él me dijo que desea darme una Flecha de Oro con la cual herir con delicias su Corazón y sanar esas heridas infligidas por la malicia de los pecadores. Este es el origen de la oración que conocemos, La Flecha de Oro: Que el más santo, más sagrado, más adorable, más incomprensible e inefable Nombre de Dios, sea por siempre alabado, bendecido, amado, adorado y glorificado, en el Cielo, en la tierra y bajo la tierra, por todas las criaturas de Dios y el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Amén.

                   Nuestro Señor dijo que esta oración desencadena un torrente de gracia para los pecadores. En estos Mensajes del Cielo, se le pidió a Sor María de San Pedro hacer una Comunión de reparación por la profanación dominical (Pecado contra el Tercer Mandamiento). Sor María de San Pedro escribe: "Nuestro Señor me ordenó comulgar los Domingos por estas tres intenciones particulares: en espíritu de expiación por todas las tareas prohibidas que se hacen los Domingos, que como día de observancia debe ser santificado. Para apaciguar la Justicia Divina que estaba a punto de descargarse a causa de la profanación de los días de guardar. Para implorar la conversión de aquellos pecadores que profanan los Domingos, y para lograr la terminación del trabajo dominical prohibido.

                   Nuestro Señor desea que Su Divino Rostro sea ofrecido como objeto exterior de adoración a todos Sus hijos que se asociaran a esta Obra de Reparación. Su Divino Rostro es la Imagen misma de Dios".

                  "Ofrécelo -le decía Nuestro Señor- incesantemente a Mi Padre por la salvación de tu país. El tesoro de Mi Divino Rostro en sí Mismo posee un valor tan extraordinario que por medio de Él todos los asuntos de Mi Casa se arreglan rápidamente. Si supieras cuánto complace a Mi Padre ver Mi Rostro. Regocíjate, hija Mía, porque se acerca la hora en que nacerá la Obra más bella bajo el Sol". 



lunes, 26 de enero de 2026

¡POBRE ALMA DE MI HERMANO...! Santa María Magdalena de Pazzis y las Almas del Purgatorio



                    Un tiempo antes de su muerte, que tuvo lugar en 1607, la Sierva de Dios, Magdalena de Pazzi, se encontraba una noche con varias religiosas en el jardín del convento, cuando entró en éxtasis y vio el Purgatorio abierto ante ella. Al mismo tiempo, como ella contó después, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la Justicia Divina, y a ver cuán merecedoras de compasión son esas almas allí detenidas.

                    En ese momento se la oyó decir: "Si, iré". Consintió así a llevar a cabo el penoso viaje. De hecho a partir de entonces caminó durante dos horas alrededor del jardín, que era muy grande, parando de tiempo en tiempo. Cada vez que interrumpía su caminata, contemplaba atentamente los sufrimientos que le mostraban. Las religiosas vieron entonces que, compadecida, retorcía sus manos, su rostro se volvió pálido y su cuerpo se arqueó bajo el peso del sufrimiento, en presencia del terrible espectáculo al que se hallaba confrontada.

                    Entonces comenzó a lamentarse en voz alta, "¡Misericordia, Dios mío, misericordia!. Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. ¡Pobres almas! Sufren tan cruelmente, y aún así están contentas y alegres. Los calabozos de los Mártires en comparación con esto eran jardines de delicias. Aunque hay otras en mayores profundidades. Cuán feliz debo estimarme al no estar obligada a bajar hasta allí".

                    Sin embargo descendió después, porque se vio forzada a continuar su camino. Cuando hubo dado algunos pasos, paró aterrorizada y, suspirando profundamente, exclamó "¡Qué!, ¡Religiosos también en esta horrenda morada!. ¡Buen Dios!. ¡Como son atormentados! ¡Oh, Señor!".

                    Ella no explicó la naturaleza de sus sufrimientos, pero el horror que manifestó en contemplarles le causaba suspiros a cada paso. Pasó de allí a lugares menos tristes. Eran calabozos de las almas simples y de los niños que habían caído en muchas faltas por ignorancia.

                    Sus tormentos le parecieron a la Santa mucho más soportables que los anteriores. Allí solo había hielo y fuego. Y notó que las almas tenían a sus Ángeles Guardianes con ellas, pero vio también demonios de horribles formas que acrecentaban sus sufrimientos.

                    Avanzando unos pocos pasos, vio almas todavía más desafortunadas que las pasadas, y entonces se oyó su lamento, "¡Oh! ¡Cuán horrible es este lugar; está lleno de espantosos demonios y horribles tormentos!. ¿Quiénes, oh Dios mío, son las víctimas de estas torturas?. Están siendo atravesadas por afiladas espadas, y son cortadas en pedazos". A esto se le respondió que eran almas cuya conducta había estado manchada por la hipocresía.

                    Avanzando un poquito más, vio una gran multitud de almas que eran golpeadas y aplastadas bajo una gran presión, y entendió que eran aquellas almas que habían sido impacientes y desobedientes en sus vidas. Mientras las contemplaba, su mirada, sus suspiros, todo en su actitud estaba cargada de compasión y terror.

                    Un momento después de su agitación aumentó, y pronunció una dolorosa exclamación. Era el calabozo de las mentiras el que se abría ante ella. Después de haberlo considerado atentamente, dijo, "Los mentirosos están confinados a este lugar de vecindad del Infierno, y sus sufrimientos son excesivamente grandes. Plomo fundido es vertido en sus bocas, los veo quemarse, y al mismo tiempo, temblar de frío".

                    Luego fue a la prisión de aquellas almas que habían pecado por debilidad, y se le oyó decir: "Había pensado encontrarlas entre aquellas que pecaron por ignorancia, pero estaba equivocada: ustedes se queman en un fuego más intenso".

                    Más adelante, ella percibió almas que habían estado demasiado apegadas a los bienes de este mundo, y habían pecado de avaricia.

                    "Que ceguera", dijo," ¡las de aquellos que buscan ansiosamente la fortuna perecedera!. Aquellos cuyas antiguas riquezas no podían saciarlos suficientemente, están ahora atracados en los tormentos. Son derretidos como un metal en un horno".

                    De allí pasó a un lugar donde las almas prisioneras eran las que se habían manchado de impureza. Ella las vio en tan sucio y pestilente calabozo, que la visión le produjo náuseas. Se volvió rápidamente para no ver tan horrible espectáculo.

                    Viendo a los ambiciosos y a los orgullosos, dijo "Contemplo a aquellos que deseaban brillar ante los hombres; ahora están condenados a vivir en esta espantosa oscuridad".

                    Entonces le fueron mostradas las almas que tenían la culpa de ingratitud hacia Dios. Estas eran presas de innombrables tormentos y se encontraban ahogadas en un lago de plomo fundido, por haber secado con su ingratitud la fuente de la piedad.

                    Finalmente, en el último calabozo, ella vio aquellos que no se habían dado a un vicio en particular, sino que, por falta de vigilancia apropiada sobre sí mismos, habían cometido faltas triviales. Allí observó que estas almas tenían que compartir el castigo de todos los vicios, en un grado moderado, porque esas faltas cometidas solo alguna vez las hacen menos culpables que aquellas que se cometen por hábito.

                    Después de esta última estación, la Santa dejó el jardín, rogando a Dios nunca tener que volver a presenciar tan horrible espectáculo... sentía que no tendría fuerza para soportarlo.

                    Su éxtasis continuó un poco más y conversando con Jesús, se le oyó decir: "Dime, Señor, el porqué de Tu designio de descubrirme esas terribles prisiones, de las cuales sabía tan poco y comprendía aún menos…" ¡Ah! ahora entiendo; deseaste darme el conocimiento de Tu infinita Santidad, para hacerme detestar más y más la menor mancha de pecado, que es tan abominable ante Tus ojos".

                    Otro día, Santa María Magdalena de Pazzis, arrebatada en éxtasis, tuvo una visión tan terrible del Purgatorio que la hizo palidecer, llorar y gritar: ¡Misericordia!. De repente, vio que entre aquellas almas purgantes estaba la de un hermano suyo muerto hacía poco tiempo y exclamó: «¡Pobre alma de mi hermano, cuánto sufres! Y, sin embargo, veo que estás consolado; ardes y estás contento porque sabes que estas penas son el camino que lleva a la Felicidad eterna». Así es. Las almas purgantes sufren penas atroces, pero están contentas y resignadas con la Voluntad de Dios y aun se gozan de sufrir para purificarse cada vez más.


Testimonio del Padre Virgilio Cepari, jesuita y amigo de 
las Carmelitas de Santa María de los Ángeles, en Florencia,
donde vivió y murió Santa María Magdalena de Pazzis




domingo, 25 de enero de 2026

LA IMAGEN DEL MILAGROSO NIÑO JESÚS DE PRAGA

 


EL ESCULTOR DE LA IMAGEN DEL NIÑO JESÚS

                   Fray José de la Santa Casa era un humilde fraile lego, de Córdoba. Un estaba barriendo el suelo y de repente se le presenta un hermoso Niño que le dice:

                  -¡Qué bien barres, Fray José, y que brillante dejas el suelo!. ¿Serías capaz de recitar el Ave María?. Pues entonces, dilo.

                   Fray José deja a un lado la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la salutación angélica.

                   Al llegar a las palabras “et benedictus fructus ventris Tui” (y bendito el fruto de Tu vientre), el Niño le interrumpe y le dice:

                  -¡Ese Soy Yo!, y enseguida desaparece.

                   Fray José grita extasiado:

                  -¡Vuelve Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte!.

                   Pero Jesús no vino. Y Fray José, seguía llamándolo día tras día, en la celda, en el huerto, en la cocina…en todas partes.

                   Al fin un día sintió que la voz de Jesús le respondía:

                  Volveré, pero cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas de Mí una estatua de cera en todo igual a como Soy”.

                   Fray José corrió a contárselo al Padre Prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel.

                   El Superior se lo concedió y Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño que había visto.

                   Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así pasaba el tiempo, esperando que regresase su Amado Jesusito.

                   Y por fin llegó el día en el que rodeado de Ángeles, se le presenta el Niño Jesús. Y Fray José en éxtasis, pero con la mayor naturalidad pone los ojos en el Divino modelo y copia al Niño que tiene delante.

                   Cuando termina y observa que su estatua es igual al Sagrado Modelo, estalla en risas y llantos de alegría. Cae de rodillas delante de ella y posando la cabeza sobre las manos juntas, muere. Y los mismos ángeles que acompañaron a su Niño Jesús, recogieron su espíritu y lo llevaron al Paraíso.

                   Los religiosos enterraron piadosamente el cuerpo del santo lego y con particular devoción colocaron la imagen de cera del Niño Jesús en el oratorio del monasterio.

LA NOBLE FAMILIA DE LOS MANRIQUE DE LARA

                   Aquella misma noche Fray José se apareció en sueños al Padre Prior, comunicándole la siguiente profecía:

                    Esta estatua, hecha indignamente por mí, no es para el monasterio. Dentro de un año vendrá Doña Isabel Manrique de Lara, a quien se la daréis, quien a su vez se la entregará a su hija como regalo de bodas, quien la llevará a Bohemia y de la capital de aquel reino será llamado Niño Jesús de Praga entre los pueblos y naciones. La gracia, la paz y la misericordia descenderán a la tierra, por Él escogida para habitar en ella, el pueblo de aquel reino será su pueblo, y Él será su PEQUEÑO REY”.

                   Y efectivamente al año en punto, Doña Isabel Manrique de Lara, en un viaje de recreo por la zona, topó con las ruinas del monasterio, y el prior, ya único superviviente le entregó la imagen del Niño Jesús, contándole su fascinante historia.

                   La dama llena de alegría, retornó a su castillo de Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la leyenda deja paso a la Historia… Lo que sí se sabe es que cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la Corona de Bohemia, los enlaces entre las familias nobles españolas y eslovacas se repitieron.

                   Cuando la Emperatriz partió para Praga en 1547, entre sus damas de la corte iba Doña María Maximiliana Manrique de Lara, hija de Don García Manrique de Lara y de doña Isabel de Briceño, de noble familia italiana.

                   Contrajo matrimonio el 14 de Septiembre de 1555, a los diecisiete años de edad, con el noble checo (y futuro canciller del reino de Bohemia) Vratislao de Pernestán (1530-1582), en un momento de la historia en que los nobles checos se desposaban con damas de la Corte españolas como consecuencia de la subida al trono del rey Fernando I, hermano de Carlos V, que había nacido y sido educado en la Corte española.

                   María Maximiliana Manrique de Lara era una mujer devota, y había sido educada por las Carmelitas Descalzas, al igual que su madre Isabel. A la lejana y turbulenta Bohemia se llevó consigo en 1556, además de una firme fe, una singular reliquia familiar: la estatuilla del milagroso Niño Jesús de Praga, que había recibido de su madre Isabel como regalo de bodas, y que, siguiendo la tradición familiar, regalará a su hija Polyxena al casarse ésta con Zdenek Vojtech Popel de Lobkovic, canciller checo y representante de la joven generación de la nobleza católica checa. Esta figura representa una obra maestra del Renacimiento español y fue regalada a los Carmelitas por Polyxena de Lobkowitz tras la defunción de su esposo; fue expuesta al culto en Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria en Malá Strana, Praga.




LA FE PURA E INMACULADA: MONSEÑOR PILDAIN Y LA LIBERTAD RELIGIOSA



                    Monseñor Antonio Serapio Pildain y Zapiain fue un Obispo combativo y bueno, completamente entregado a su grey. Nació en Lezo, un pequeño pueblo de la provincia vasca de Guipúzcoa, el 13 de Enero de 1890. Ingresó en el Seminario de Andoáin donde estudió Latín y Humanidades, y de ahí pasó al Seminario de Vitoria, donde se instruyó en Filosofía; fue un alumno brillante, obteniendo siempre las mejores calificaciones, lo que le permitió ser becado para proseguir sus estudios en Roma, como alumno del Pontificio Colegio Español, donde ingresó en 1907. Allí estudió Sagrada Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, obteniendo el Doctorado en 1911, con la máxima calificación, por lo que le fue otorgado el premio Internacional al Doctorado.

                    Antonio Pildain fue ordenado Sacerdote el 13 de Septiembre de 1913 y tan sólo cinco años después, conseguía por oposición la canonjía de Lectoral en la Catedral de Vitoria, labor que compaginó con ser profesor del Seminario vitoriano; alcanzó mucha celebridad en toda la diócesis por su elocuencia y oratoria.

                    Aparte de la vocación sacerdotal, Pildain también desempeñó un papel activo en la vida política española de principios de la década de 1930, tanto que, de acuerdo con su Obispo, participó como candidato en las elecciones de 1931 y fue elegido Diputado a las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española por la minoría vasco-navarra, dentro de la coalición católico-fuerista.

                    El 18 de Mayo de 1936 el Papa Pío XI preconizó al canónigo Pildain como Obispo de Canarias; recibió la Consagración Episcopal en la Capilla del Colegio Español de Roma, el 14 de Febrero de 1937, por el entonces Nuncio en España y Arzobispo titular de Lepanto, Monseñor Federico Tedeschini, más tarde Cardenal, y como co-consagrantes Monseñor Bilbao Ugarriza, Obispo de Tortosa y Monseñor De los Santos Díez y Gómera, Obispo de Cartagena. El Papa Pío XI regaló al nuevo Obispo una preciosa cruz pectoral, que éste donaría, a su muerte, al Cabildo Catedral de Canarias. El Obispo Pildain hizo su entrada oficial en la Catedral de Santa Ana el 21 de Marzo de 1937, Domingo de Ramos. Pastorearía Canarias desde entonces hasta 1966, el episcopado más largo que se recuerda en esa diócesis. Le acompañaría en esta nueva etapa su querida hermana Teodora.

                    La enseñanza de Monseñor Pildain fue abundante y particularmente dirigida a resaltar la Doctrina Social de la Iglesia, de la que tenía un profundo conocimiento, para la protección y mejora de las condiciones de vida de los grupos sociales económicamente más desfavorecidos, atraídos por las ilusorias y horrorosas teorías comunistas.  

                    Sobre el Comunismo, antidivino y antirreligioso, escribió en perfecta adhesión a las enseñanzas de los Sumos Pontífices, siguiendo la línea de los Papas Pío XI y Pío XII, en la Carta Pastoral "Sobre el comunismo. Puntos de meditación y examen de conciencia", publicada durante la Cuaresma de 1945, donde planteó a sus lectores el dilema social y político de la época, exhortándolos a ponerse del lado de Jesucristo: "O el Catolicismo pleno, sin concesiones de ningún tipo o el Comunismo revolucionario radical. La elección no puede ser dudosa para ningún Cristiano".

                    Existen muchas razones válidas para recordar la figura de este excelente y poco conocido Prelado. Entre ellas, sin embargo, destaca una que hoy resulta especialmente útil para ilustrar. Se trata de la agonía que el humilde y piadoso corazón de Monseñor Pildain se vio obligado a vivir debido a la aprobación, por el Concilio Vaticano II, de la Declaración "Dignitatis humanae personae" sobre la Libertad Religiosa.


O el Catolicismo pleno, 
sin concesiones de ningún tipo 
o el Comunismo revolucionario radical. 
La elección no puede ser dudosa 
para ningún Cristiano


                    El Obispo de Canarias fue uno de los Padres Conciliares y aunque no hay constancia de que formara parte de ese grupo de Padres que, bajo el nombre de "Coetus Internationalis Patrum", buscaban frenar la ferocidad del neomodernismo, Monseñor Pildain fue uno de los mayores opositores a la Declaración sobre la Libertad Religiosa. Al respecto dice su biógrafo, el Rvdo. Agustín Chil Estévez:

                    "A la minoría que se oponía a la Libertad Religiosa pertenecía Monseñor Pildain, quien trabajó con todas sus fuerzas y argumentos para mostrar lo que era inaceptable en esta Declaración... De todos los temas tratados en el Vaticano II, este (la Libertad Religiosa) debió ser el que más hizo trabajar y sufrir al Obispo de Canarias. Todas las sesiones en las que se trató este tema debieron ser un auténtico Vía Crucis para él". 

                    La aprobación final de la "Dignitatis humanae personae" causó al Obispo Pildain gran pesar y un profundo desconcierto. Este Obispo ejemplar, tan celoso en la práctica de la virtud, se sorprendió de que la Iglesia (de hecho, él creía que Pablo VI era el verdadero Papa y que el Vaticano II era un verdadero Concilio Ecuménico) aceptara y adoptara la doctrina contenida en ése documento.

                    Para representar esta importante y terrible circunstancia en la vida de Monseñor Pildain, recurro al testimonio de Monseñor José María Cirarda de Lachiondo, que en el tiempo del “Concilio” era Obispo auxiliar del Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, pero que conocía a Monseñor Pildain desde su más temprana juventud. He aquí la historia de Monseñor Cirarda de Lachiondo:

                    El 7 de Diciembre de 1965, conduje con el Obispo Pildain desde el Colegio Español hasta la Basílica de San Pedro para la sesión final de trabajo. El día anterior, se habían celebrado varias votaciones sobre varios documentos conciliares. Entre ellos, la declaración "Dignitatis humanae" sobre la Libertad Religiosa. Mientras conducíamos, el Obispo Pildain me dijo, casi textualmente:

                    -Si esta Declaración se aprueba hoy, regresaré a Canarias, subiré al púlpito con mi mitra y báculo, y les diré a mis Fieles: "El Concilio Vaticano II enseña algo diferente de lo que he explicado en diversas Cartas Pastorales sobre la libertad religiosa. No hagan caso de lo que he enseñado. El Concilio tiene razón".

                    Me impresionó la lucha interna que afligía al buen Don Antonio, y respondí: "No diga eso. Debe considerar que una curva es cóncava o convexa según el punto de vista desde el que se mire. En sus escritos, hablaba del derecho a la verdad. El Concilio, sin embargo, ha cambiado de perspectiva y habla del derecho de cada uno a actuar según su propia conciencia".

                    -No- respondió con firmeza. -No quiero escandalizarte. Pero si el Concilio aprueba el texto tal como está hoy, significa que defiende lo contrario de lo que enseñé. No lo entiendo.

                    Ante la pregunta, me atreví a hacerle una pregunta: "¿Por qué vuelve a usar el condicional "si el Concilio aprueba esta Declaración?". Sin duda, será aprobada hoy. Ayer, en la sesión a la que no asistió el Papa, solo recibió unos cien votos en contra. Hoy será aún menos contradicha. ¿Por qué sigue hablando en condicional "si se aprueba la Declaración…?".

                    Su respuesta me dejó casi petrificado. Hablo en condicional -me dijo-, porque ayer presenté un texto al Secretariado del Concilio, que empezaba: "Utinam ruat cupulla Sancti Petri super nos antequam approbemus Declarationem De Libertate Religiosa…" (Ojalá se derrumbe la cúpula de San Pedro sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración de la Libertad Religiosa…). Son las ocho y media de la mañana y aún puede pasar cualquier cosa. Hizo una pausa y añadió: —Don José María: No quiero escandalizarle. Tenga la seguridad de que si se aprueba la Declaración, volveré a Canarias, subiré al púlpito y, como le dije antes, le diré a mi pueblo: el Concilio enseñó una doctrina diferente a la que yo enseñé sobre la Libertad Religiosa. Me equivoqué. No hagan caso de lo que enseñé. El Concilio tiene razón.



Blasón Episcopal de Monseñor Pildain

                    La Declaración fue aprobada y Don Antonio cumplió su promesa... Murió sin comprender la doctrina conciliar sobre la Libertad Religiosa. Pero pidió a los Fieles que escucharan el Vaticano II y no lo que decían sus cartas pastorales anteriores . 

                    El mismo Monseñor Cirarda, en otro lugar, especifica que en la misma ocasión Monseñor Pildain le dijo: "Estoy convencido de que la Declaración sobre la Libertad Religiosa es un grave error. "¿Por qué?", ​​le pregunté. "Porque la Iglesia siempre ha enseñado lo contrario", sentenció Monseñor Pildain.

                    Las palabras dirigidas por el Obispo de Canarias a la Secretaría General del Concilio ("Que la cúpula de San Pedro se derrumbe sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración sobre la Libertad Religiosa...") son escalofriantes. Es una imagen que capta la dimensión precisa de lo que sucedía en el mundo durante los días de la aprobación de la "Dignitatis Humanae" y la promulgación del desafortunado concilio conocido como Vaticano II. La Iglesia no cesó, pero la vacancia de la Sede de Pedro, que ha perdurado desde entonces, se convirtió en una certeza.

                    Sin duda, el Obispo Pildain se equivocó al pensar que una doctrina contraria a la que siempre ha enseñado la Iglesia podía provenir de la propia Iglesia, con todo lo que ello implica en cuanto al reconocimiento de una autoridad pontificia a Pablo VI que ciertamente no poseía. Sin embargo, por otro lado, nunca adoptó posturas lefebvristas destinadas a comprometer la Doctrina Católica sobre la Infalibilidad de la Iglesia y del Papa.

                    La evidencia de su buena fe, unida a la franqueza de su firme negativa a admitir la continuidad de la nueva enseñanza sobre la Libertad Religiosa, promulgada por el Vaticano II, con lo que la Iglesia siempre había propuesto a los Fieles, es conmovedora y digna de reflexión, especialmente para quienes persisten, incluso hoy, en el desesperado intento de cuadrar el círculo. Es decir, creer, o intentar hacer creer, que la doctrina contenida en la Declaración Conciliar sobre la Libertad Religiosa concuerda con la Doctrina tradicional sobre la misma materia.

                    Nadie habría podido borrar de la mente del Obispo Pildain la conciencia de esa contradicción. Sin duda, su dolorosa experiencia nos entristece y nos anima a la vez, pues refuerza -si es que hacía falta- la certeza de que el Vaticano II, al proponer su doctrina sobre la Libertad Religiosa, se aparta de la Doctrina de la Iglesia, contradiciéndola irremediablemente.

                    A la decisión que todo Católico está llamado a tomar hoy ante las "novedades del Concilio" y la "era postconciliar", se podría aplicar la misma exhortación que el Obispo de Canarias dirigió a sus Fieles para alejarlos lo más posible del comunismo: o el Catolicismo pleno, sin concesiones, o las doctrinas mortíferas de los "Papas" Montini, Wojtyla, Ratzinger, Bergoglio, Prevost... No hay lugar a dudas.




sábado, 24 de enero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Rosa Mística


“Yo soy la Madre del Amor Hermoso, 
del temor, del conocimiento 
y de la santa esperanza” 

Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 24


                    La Caridad, reina de todas las virtudes, nos une tan estrechamente a Dios, nuestro Bien Supremo y nuestro fin último, que solo el pecado es capaz de disolver esta unión. El pecado, por tanto, es el único obstáculo a la presencia de la Caridad Divina en nuestras almas.

                    La unión que la Caridad establece entre el alma y Dios está lejos de ser estéril: se manifiesta en actos de amor y, en determinadas ocasiones, inspira generosos sacrificios, en honor de este mismo Dios, que nos ama con un amor que sobrepasa todos los límites y que es Él mismo el objeto principal de la virtud de la Caridad.

                    El título de "Rosa Mística", que la Iglesia otorga a María, expresa bien la presencia de esta preciosa virtud en el Alma Santísima de Nuestra Madre celestial. María era inmaculada, consagrada por completo al Señor, Su Alma exhalaba sin cesar un perfume exquisito, como el de una dulce rosa. Por lo tanto, agradó al Rey de reyes hasta tal punto que le era más querida que todas las demás criaturas juntas.

                    ¿Qué lengua podría describir las flechas de amor que la Santísima Virgen envió hacia el Dios de Su Corazón, las ardientes aspiraciones de Su Alma, al repetir con el Esposo de los Cantares: «Muéstrame, oh tú a quien ama mi alma, dónde yaces al mediodía»?. Este amor de María no fue inactivo; se expandió en actos del más noble y sublime sacrificio. Estos actos alcanzaron su cumbre en el Calvario, cuando la Madre de Jesús ofreció a Dios la Víctima Divina por la salvación de la humanidad.

                    La Santa Caridad abraza con su amor no solo a Dios, sino también al prójimo. Amar a los hombres con verdadero amor, desear su bienestar, socorrerlos en sus necesidades, consolarlos en sus aflicciones, soportar sus defectos: tales son los efectos secundarios de la excelente virtud teologal de la Caridad.

                    Nadie, después de Jesús, practicó la Caridad hacia los hombres mejor que María. De hecho, ¿no ofreció esta amorosa Madre a Dios a Su propio Hijo para la salvación del mundo y, en vista de nuestra redención, se mostró dispuesta a compartir todos los sufrimientos que Él soportaría durante Su vida mortal?. ¿No la impulsó su caridad a acompañar al Calvario a Aquel a quien amaba por encima de sí misma y a ofrecerlo al Padre Eterno por nuestros pecados?. Y ahora que María ha sido coronada en el Cielo como Reina del Universo, no cesa de cobijarnos bajo el Manto de Su Caridad maternal, implorando a Dios consuelo para los afligidos, arrepentimiento para los pecadores y perseverancia final para los justos.

                    ¡Oh María, qué hermosa Te hace esta Caridad a los ojos de Dios y de los hombres!. El brillo plateado de la luna, el dorado sol, son sólo una débil imagen de la incomparable hermosura que esta ardiente Caridad hacia Dios y los hombres Te imparte. En verdad, eres «hermosa como la luna, brillante como el sol».

                    Fue por su inmensa Caridad que Dios amó a María más que a cualquier otra criatura, pues esta virtud divina consiste precisamente en un intercambio del más tierno y sincero amor y buena voluntad entre el amante y el amado. Las siguientes palabras dichas anteriormente sobre la reina Ester son, por lo tanto, perfectamente aplicables a la Madre de Dios: «El rey la amó más que a todas las demás mujeres; y ella contaba con favor y bondad ante él por encima de todos, y él le puso la corona real en la cabeza y la hizo reina en lugar de Vasti».

                    Procura, alma mía, corresponder al amor con que Dios te ama, amándolo con todo tu corazón y procurando crecer cada día en conformidad con Su Santa Voluntad; pues sólo así se manifiesta la Caridad Divina. Pero sobre todo, procura evitar el pecado con sumo cuidado; no solo el pecado mortal, que es un obstáculo insuperable para la posesión de esta santa virtud, sino también el pecado venial, que, al disminuir el fervor de la Caridad, lleva al alma poco a poco a cometer el pecado mortal.

                    El pecado, ah, es en verdad el enemigo de nuestras almas, el mayor mal que nos puede sobrevenir sobre la tierra.

                    Santa Rosa de Lima fue la primera flor de Santidad que floreció en Sudamérica. Recibió el nombre de «Rosa» porque, con tan solo unos meses de vida, su rostro se transfiguró milagrosamente como el de una rosa hermosísima, en señal de su pureza angelical y ardiente caridad.

                    Al alcanzar la edad de la razón y estar ya dotada de bendiciones celestiales, temía envanecerse del nombre que le habían dado, considerándose indigna de llevarlo. Pero Nuestra Señora se le apareció, asegurándole que este nombre era muy querido por Su Divino Hijo; y, además, en señal de su afecto, le pidió que en adelante se llamara Rosa de Santa María.

                    De la contemplación de Dios, su único Bien, Rosa concibió tan poca estima por las cosas de este mundo y un amor tan grande por el sufrimiento, que comenzó a llevar una vida de soledad y austeridad. Su penitencia conmovía a todos los que la conocían. Trataba su cuerpo con tanta dureza que desde la planta de los pies hasta la coronilla no se encontraba en ella salud alguna. En medio de sus más duros sufrimientos, solía exclamar: «Oh, mi Señor Jesucristo, aumenta mis sufrimientos, pero aviva también la llama de Tu Divina Caridad en mi corazón».

                    Como no podía salir de casa, se unió a la Tercera Orden Seglar de Santo Domingo para conformarse cada vez más a su Divino Esposo. Se hizo una pequeña celda en un rincón del jardín de su padre y allí pasaba sus días en continua oración, sin distracciones.

                    Tal unión con Dios mereció favores insignes, como el de escuchar de nuestro bendito Señor estas palabras: «Rosa, amada de mi Corazón, serás mi Esposa». A lo que ella respondió: «Oh Señor, solo soy tu sierva. Las marcas de mi servidumbre no me permitirán ser elevada a la dignidad de tu Esposa». Pero la Santísima Virgen se le apareció con su Hijo, asegurándole que, en verdad, por la caridad que reinaba en su corazón, era digna de ser llamada Esposa de Jesús.

                    Este glorioso nombre no era un simple título honorífico, pues le inspiraba un deseo aún más fuerte de sufrir para complacer mejor al Esposo de su alma. Finalmente, consumida por la penitencia, tras haber repetido dos veces «Jesús, quédate conmigo», murió santamente en el año 1617.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María



viernes, 23 de enero de 2026

YO OS ACEPTO POR MI DUEÑO Y SOBERANO



                    Salió de nuevo Pilato fuera, y díjoles: Ved aquí al Hombre (Jn 19, 4-5). Después de la flagelación y de la coronación de espinas, Jesús fue llevado de nuevo ante la presencia de Pilato, el cual, al verle tan llagado y desfigurado, creyó que con sólo presentarlo al pueblo se moverían los judíos a compasión. Salió, pues, a un balcón de palacio, llevando consigo a nuestro atormentado Salvador, y dijo: Ved aquí al Hombre. Como si dijera: Habitantes de Jerusalén, ya podéis daros por satisfechos con lo que ha padecido hasta ahora este inocente. Aquí tenéis el hombre; mirad a qué lamentable estado ha quedado reducido el que temíais que se proclamara vuestro rey. ¿Qué temor puede inspiraros cuando está ya para exhalar el postrer suspiro? Dejadle, pues, que se retire a su casa para que muera, ya que le quedan pocas horas de vida.

                    Salió Jesús coronado de espinas y revestido del manto de púrpura (Jn 19 5). Mira, alma mía, a tu Salvador puesto en el balcón maniatado y sujeto a los caprichos de un verdugo. Míralo cómo está casi desnudo, bañado en sangre, cubierto de llagas, con las carnes laceradas, y con aquel pedazo de púrpura, que únicamente le sirve de ludibrio, y con la corona de espinas, que prosigue atormentando su cabeza. Mira a qué extremos se ve reducido el Pastor por haber querido ir en pos de la oveja descarriada. ¡Amadísimo Jesús mío!, ¡cuántos dolores, afrentas y escarnios os hacen pasar los hombres!. Dulcísimo Jesús mío, inspiráis compasión hasta a las mismas fieras; sólo en el corazón de los hombres no halláis ni piedad ni compasión para vuestra desventura.

                    En efecto, al verle tan maltratado, los ministros y los pontífices alzaron el grito diciendo: Crucifícale, crucifícale (Jn. 19, 6). Mas ¿qué dirán, Salvador mío, estos malvados en el día del Juicio Final, cuando os vean sentado como Juez en el Trono de Majestad?. Pero ¡ay, Jesús mío! hubo también un tiempo en que desenfrenadamente me entregaba al pecado, en que yo también gritaba: Crucifícale, crucifícale. Mas ahora me arrepiento de todos mis pecados, yo os amo, Dios mío, con todo mi corazón. Perdonadme por los méritos de vuestra Pasión, para que en aquel día supremo os vea aplacado y no irritado contra mí.

                    Mientras que Pilato, desde el balcón, mostraba a Jesús al pueblo, el Eterno Padre nos presentaba también desde el cielo a su amadísimo Hijo en tan lamentable estado diciendo: Ved aquí al Hombre. Éste que aquí veis tan atormentado y vilipendiado, es Mi Hijo amadísimo, que tanto padece por vuestro amor y por expiar vuestros pecados; miradlo, dadle gracias y amadlo. Dios mío y Padre mío, me decís que mire a vuestro Hijo; también yo os suplico que pongáis en Él vuestros ojos y que por Su Amor tengáis compasión de mí.

                    Adivinando los judíos que Pilato, menospreciando sus clamores, quería libertar a Jesús, le apretaron más, queriéndole obligar a dictar sentencia de muerte contra el Salvador, so pena de tenerle por enemigo del César: Los judíos, dice San Juan, daban voces diciendo: Si sueltas a ése, no eres amigo del César, puesto que cualquiera que se hace rey, se declara contra César. Y les salió bien la cuenta, porque temiendo Pilato perder la gracia del César, sacó a Jesús fuera y sentóse en su tribunal (Jn 19, 12-13) para pronunciar contra Él sentencia de condenación. Pero atormentado todavía por los remordimientos de conciencia, pues sabía que iba a condenar a un inocente, tornó de nuevo a decir a los judíos: Mirad a vuestro Rey (Jn 19, 14-15). ¿Y a vuestro Rey tengo yo de crucificar? Pero los judíos, más irritados que la vez primera, gritaron: «Quita, quítale de en medio, crucifícale. Todavía, Pilato, nos lo presenta como a nuestro Rey; quítalo de delante, apártalo de nuestra vista y hazlo morir crucificado».

                    ¡Oh Verbo encarnado y Señor mío amadísimo! ¡habéis bajado del Cielo a la tierra para conversar con los hombres y salvarlos, y los hombres no pueden tolerar vuestra presencia en medio de ellos, e inventan mil trazas para haceros desaparecer y quitaros la vida!

                    Pilato todavía resiste y torna a replicar: ¿A vuestro Rey lo he yo de crucificar?. Y los pontífices respondieron: No tenemos Rey sino a César.

                    ¡Adorable Jesús mío!, los judíos no quieren reconoceros por su Rey y Señor, y dicen que sólo a César quieren tener por Rey; mas yo os acepto por mi dueño y soberano y declaro que sólo Vos, Redentor mío, seréis el Rey de mi corazón. Hubo un tiempo en que yo, desventurado de mí, me dejé dominar de mis pasiones, destronándoos, Rey mío, del trono de mi corazón; pero ahora mi deseo es que reinéis en él; mandad, y seréis obedecido. Os diré, pues, con Santa Teresa: «¡Oh Amor, que me amas más de lo que yo me puedo amar, ni entiendo!… Proveed Vos… para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo… Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo, y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir: Él viva, y me dé vida; Él reine, y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad». ¡Dichosa el alma que pueda decir: Vos, Jesús mío, sois mi único Rey, mi único bien, mi único amor!.


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
 sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo



jueves, 22 de enero de 2026

ASOCIARSE A CRISTO, ÚNICO Y ETERNO SACERDOTE


«Comprended lo que hacéis, imitad lo que traéis entre manos; 
para que, al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, 
procuréis purificar vuestros miembros de todos los vicios 
y concupiscencias. Sea vuestra Doctrina medicina espiritual 
para el Pueblo de Dios; sea el aroma de vuestra vida 
el preferido de la Iglesia de Cristo, para que, con la predicación 
y con el ejemplo, edifiquéis la casa que es la familia de Dios» 

De la Ordenación Sacerdotal, Pontifical Romano




                    Según las enseñanzas del Divino Maestro, la perfección de la Vida Cristiana tiene su fundamento en el amor a Dios y al prójimo; pero este amor ha de ser férvido, diligente, activo. Y, si así estuviere conformado, en cierto modo encierra ya en sí todas las virtudes; y por ello, con toda razón, puede llamarse «vínculo de perfección». Cualesquiera sean las circunstancias en que se encuentre el hombre, necesario es que dirija sus intenciones y sus actos hacia tal ideal.

                    A ello, pues, viene obligado de modo particular el Sacerdote. Porque todos sus actos sacerdotales por su misma naturaleza -esto es, en cuanto que el Sacerdote ha sido llamado a tal fin por divina vocación, y para ello ha sido adornado con un divino oficio y con carismas divinos- es necesario que tiendan a ello: pues él mismo tiene que asociar su actividad a la de Cristo, único y Eterno Sacerdote: y necesario es que siga e imite a Aquel que, durante Su vida terrenal, tuvo como fin supremo el manifestar Su ardentísimo Amor al Padre y hacer partícipes a los hombres de los infinitos tesoros de Su Corazón.

                    El principal impulso que debe mover al espíritu sacerdotal es el de unirse íntimamente con el Divino Redentor, el aceptar íntegra y dócilmente los mandatos de la doctrina cristiana, y el de llevarlos a la práctica, en todos los momentos de su vida, con tal diligencia que la fe sea la guía de su conducta y ésta, en cierto modo, refleje el esplendor de la Fe.

                    Guiado por el esplendor de esta virtud, siempre tenga fija su mirada en Cristo; siga con toda diligencia sus mandatos, sus actos y sus ejemplos; y hállese plenamente convencido de que no le basta cumplir aquellos deberes a que vienen obligados los simples fieles, sino que ha de tender cada vez más y más hacia aquella santidad que la excelsa dignidad sacerdotal exige, según manda la Iglesia: «El Clérigo debe llevar vida más santa que los seglares y servir a éstos de ejemplo en la virtud y en la rectitud de las obras».

                    La Vida Sacerdotal, del mismo modo que se deriva de Cristo, debe toda y siempre dirigirse a Él. Cristo es el Verbo de Dios, que no desdeñó tomar la naturaleza humana, que vivió su vida terrenal para cumplir la voluntad del eterno Padre, que difundió en torno a sí el aroma del lirio, que vivió en la pobreza, «que pasó haciendo el bien y sanando a todos»; que, en fin, se inmoló como hostia por la salvación de los hermanos. Ante vuestros ojos tenéis, amados hijos, el cuadro de aquella tan admirable vida: empeñaos con todo esfuerzo por reproducirla en vosotros, acordándoos de aquella exhortación: «Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho».

                    Sacerdotes y amadísimos hijos, en nuestras propias manos tenemos un tesoro grande, una margarita, la más preciosa: esto es, las riquezas inagotables de la sangre del mismo Jesucristo; usemos de ellas con mayor largueza, para que, por medio del sacrificio total de nosotros mismos, ofrecido junto con Cristo al Eterno Padre, en verdad lleguemos a ser mediadores de justicia «en aquellas cosas que tocan a Dios», y así sean aceptadas benignamente nuestras plegarias, logrando impetrar aquella lluvia de gracias tan abundantes que renueven y enriquezcan a la Iglesia y a las almas todas. 


Extracto de la Exhortación Apostólica "Menti Nostrae", 
del Papa Pío XII, 23 de Septiembre de 1950





miércoles, 21 de enero de 2026

SANTA INÉS DE ROMA, Virgen y Mártir: "Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen"



                    Santa Inés tuvo un breve paso por la tierra, ya que partió de ella siendo adolescente, sin embargo tuvo el tiempo suficiente -gracias a la intensa y profunda Fe- para convertirse en modelo de fidelidad a su Amado Jesús, por el que entregó sin dudar la vida misma.

                    El nombre de la Mártir Santa Inés es presagio de su vida: Inés significa "pura" en griego y "cordera" en latín, y así, Inés murió pura, imitando a su amado Cristo, el Cordero de Dios.

                    Santa Inés nació alrededor del año 290. Pertenecía a una noble familia romana. La joven recibió muy buena educación cristiana y había consagrado su virginidad al Señor Jesús.

                    Debido a la riquezas familiar y a la hermosura de su rostro y figura, la Santa fue pretendida por varios hombres, incluso por el hijo del alcalde de Roma, que le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Sin embargo, Inés, fiel a su Esposo Jesús, le respondió: "He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta". Ante esta negativa, él la denunció como cristiana al gobernador... y es que en ese tiempo acontecía la cruel persecución del emperador Diocleciano.

                    El gobernador intentaba persuadirla con amenazas, pero ellas no alcanzaron para que la joven desistiera de la Fe Católica: estaba enamorada de Cristo y eso le hacía perseverar y no ceder ante el temor de la tortura.

                    Al no lograr convencerla, el gobernador la envió a una casa de prostitución, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercarse a ella, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la Santa. Ningún hombre pudo profanar ese cuerpo virgen, templo del Señor. El gobernador, enfurecido ante la perseverancia de la joven en su entrega a Cristo, la condenó a ser decapitada. La apresó y la amenazó de muchas maneras pero todo resultó en vano; ante el firme propósito de Inés el gobernador finalmente resuelve condenarla a muerte degollada.

                    En el momento de morir le dice al gobernador, que aún la intentaba persuadir de que renegara de su Fe y entrega a Jesús a cambio de perdonarle la vida: "La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo?. Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer". No quedó lugar sin herida en aquel cuerpo tan pequeño.

                    Llegado el momento del martirio, reza y espera sin temor la llegada de su propia muerte. La Santa Iglesia introdujo su nombre en el Canon de la Misa.



El Papa Pío XII bendice los corderos de Santa Inés

                    Sus restos fueron enterrados en la Vía Nomentana, en las llamadas catacumbas de Santa Inés. Aún hoy, el 21 de Enero de cada año, se bendicen en este lugar dos corderos con cuya lana se teje el Pallium del Papa y de los Arzobispos Metropolitanos: los dos animales son bendecidos por el Abad de la Congregación de Canónigos Regulares de Letrán o por el Cardenal titular de la Basílica de Santa Inés Extramuros. 

                    Tras el Oficio, donde los corderos serán rociados con agua bendita e incensados, los sacerdotes mendicantes recogen los dos corderos y, junto con la delegación capitular, los llevan al Sumo Pontífice, quien los bendice de nuevo y ordena que sean trasladados al monasterio de Santa Cecilia en Trastevere para que las monjas puedan alimentarlos y cuidarlos hasta su esquila en Pascua. 

                    La lana, tratada según procedimientos antiguos e inalterados, se utilizará para tejer los palios. Estos serán llevados a San Pedro en la Natividad del Bautista y colocados sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, donde, en la Vigilia de los Santos Pedro y Pablo, serán bendecidos por el Papa.



martes, 20 de enero de 2026

PAPA SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN, Mártires de Cristo



SAN FABIÁN, PAPA

                    Fue el vigésimo Papa de la Iglesia Católica, ejerciendo entre los años 236 y 250.

                    Elegido Papa durante las persecuciones que contra los cristianos había ordenado el Emperador Decio, las extraordinarias circunstancias de la misma fueron relatadas por el historiador Eusebio de Cesarea, quien en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia relata cómo estando reunidos los electores para seleccionar al sucesor del Papa Antero, una paloma se posó sobre Fabián, un granjero laico que se encontraba en Roma accidentalmente y como simple espectador. El pueblo tomó esto como una señal milagrosa de Dios que escogía a Fabián como su candidato e inmediatamente procedieron a ordenarlo Sacerdote y Obispo.

                    Debido al crecimiento de Roma, San Fabián dividió la ciudad en siete distritos poniendo a cargo de cada uno de ellos a un diácono para su gobierno y administración; el nuevo Papa además consagró a varios Obispos, entre ellos a San Denis de París al que envió a misionar las Galias, y según la Tradición, Fabián instituyó las cuatro órdenes menores (ostiario, lector, exorcista y acólito) previas al Sacerdocio. Estableció que todos los años el Jueves Santo fuese renovado el Santo Crisma y que se quemara el del año anterior. También reguló que el Santo Crisma debería prepararse con aceite mezclado con bálsamo.

                    San Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, bajo la persecución de Decio y fue enterrado en la catacumba de San Calixto.


SAN SEBASTIÁN, MILITAR

               San Sebastián nació alrededor del año 256; al era hijo de familia militar y noble, oriundo de Narbona, Galia (actual Francia), pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera corte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el Emperador Marco Aurelio Valerio Maximiano, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Entró a la vida militar en el 269, para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. En cierta ocasión, un cristiano, futuro mártir, estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio. Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

                    Pero un día lo denunciaron ante el Emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser martirizado. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del Emperador fue atravesado a flechazos. Aunque lo dieron por muerto, Sebastián fue rescatado por sus amigos y cuidado hasta su recuperación por una noble cristiana llamada Irene. A pesar de las advertencias para que huyera, Sebastián decidió permanecer en Roma, desafiando así al emperador Diocleciano y exhortándolo a abandonar el paganismo.

                    La sorprendente supervivencia de Sebastián desconcertó al emperador, quien ordenó su ejecución nuevamente, esta vez por golpes y garrote. Su cuerpo fue arrojado a un pozo, pero fue recuperado por devotos y enterrado con los honores debidos en la Vía Apia, en la catacumba que hoy lleva su nombre. San Sebastián falleció en el año 288.