lunes, 2 de noviembre de 2026

LOS FIELES DIFUNTOS: LAS ALMAS RETENIDAS EN EL BENDITO PURGATORIO


Es una idea santa y provechosa 
orar por los difuntos, para que 
se vean libres de sus pecados


2 Libro de Los Macabeos, cap. 12, vers. 46



                    El día 2 de Noviembre, la Santa Iglesia Católica conmemora a todos los Fieles Difuntos. Después de celebrar la Gloria de los Santos que ya gozan de Dios en el Cielo, dirigimos ahora nuestras oraciones hacia aquellas almas que, habiendo muerto en la Gracia del Señor, todavía necesitan completar su purificación antes de entrar en la Bienaventuranza eterna.

                    No es ésta una jornada dedicada únicamente al recuerdo de nuestros familiares y amigos fallecidos, sino que es, ante todo, un día de oración, de sufragio y de Caridad Cristiana hacia las Almas del Purgatorio, nuestros hermanos en la Fe que ya no pueden merecer por sí mismos, pero que pueden recibir el auxilio de nuestras plegarias.

                    La muerte no rompe los vínculos de la Caridad: los que pertenecen a Cristo forman una sola familia, y la separación que introduce la muerte corporal no destruye la Comunión que existe entre los miembros de su Iglesia.

                    La oración por los Fieles Difuntos no es una devoción tardía ni una costumbre nacida de sentimientos humanos, tiene sus raíces en la misma Tradición de la Iglesia y encuentra un fundamento claro en la Sagrada Escritura. Así lo vemos en el segundo libro de los Macabeos donde Judas Macabeo dispuso una colecta para ofrecer un sacrificio por los soldados fallecidos, después de descubrir que habían conservado objetos consagrados a los ídolos; el texto sagrado alaba aquella acción y declara: «Es una idea santa y provechosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados» (2 Macabeos 12, 46).

                    También los primeros Cristianos conservaron esta práctica: en las antiguas inscripciones funerarias y en las oraciones de la Liturgia encontramos numerosas peticiones por el descanso de los difuntos y como la caridad cristiana no termina con la muerte, la Iglesia ofrecía por ellos el Santo Sacrificio de la Misa.

                    San Agustín, al recordar los últimos momentos de su madre, Santa Mónica, refiere que ella pidió a sus hijos una sola cosa: que la recordasen ante el Altar del Señor. El Santo Doctor, fiel a aquella petición, continuó ofreciendo oraciones por su madre.

                    La devoción por los Difuntos que están retenidos en el Purgatorio, fue adquiriendo una forma litúrgica más definida en Occidente gracias a San Odilón, abad de Cluny; hacia el año 998 estableció que en los monasterios de su Orden se celebrase una conmemoración especial por todos los Fieles Difuntos el día siguiente a la Festividad de Todos los Santos. La costumbre se extendió progresivamente por la Cristiandad, hasta quedar incorporada al Calendario de la Iglesia Universal.

                    La Fe Católica (1) enseña que existe un estado de purificación para aquellas almas que mueren en la gracia de Dios, pero que todavía no están completamente limpias de las consecuencias de sus pecados. No se trata del Infierno, porque las Almas del Purgatorio están salvadas y tienen asegurada su entrada en el Cielo. Para alcanzar la Gloria celestial necesitan ser purificadas antes de contemplar a Dios cara a cara.

                    Nada manchado puede entrar en la Presencia del Señor. Por eso, quienes han muerto reconciliados con Dios, pero aún conservan alguna deuda de pena temporal o necesitan purificación, deben satisfacerla antes de alcanzar la Felicidad eterna.

                    San Pablo enseña que la obra de cada uno será probada por el fuego y que quien vea consumida su obra sufrirá pérdida, aunque él mismo se salvará, «como quien pasa a través del fuego» (1 Corintios, cap. 3, vers. 15).

                    San Agustín, hablando de esta purificación, recuerda que algunos castigos temporales pueden cumplirse después de la muerte: «Algunos Fieles pasarán por un fuego purificador. Cuanto más o menos hayan amado los bienes perecederos, tanto más o menos tardarán en ser salvados a través del fuego [...] Este fuego, aunque sea temporal, es sin embargo más severo que cualquier cosa que el hombre pueda sufrir en esta vida» (2). Y San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia, transmitió con claridad la Doctrina sobre las almas que necesitan purificarse antes de entrar en el Reino de los Cielos: «Debemos creer que existe un fuego purificador antes del Juicio para algunas faltas leves, según la sentencia de Aquel que es la Verdad, cuando dice que si alguno blasfema contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero (Mt 12, 32). De esta sentencia se deduce que algunas culpas pueden ser perdonadas en este siglo, y algunas otras en el siglo futuro» (3).

                    San Tomás de Aquino, por su parte, enseña que «en el Purgatorio habrá una doble pena: la pena de daño, en cuanto que se difiere la visión de Dios; y la pena de sentido, en cuanto que sufrirán por el fuego corpóreo. Y respecto de ambas, la menor pena del Purgatorio excede a la mayor pena de esta vida» (4).

                    Hay algo que debemos recordar especialmente: las Almas del Purgatorio no están abandonadas por Dios: son almas salvas, destinadas a la Gloria, que pertenecen ya para siempre a Cristo Nuestro Señor; su sufrimiento tiene un término y su destino es el Cielo.

                    San Juan Crisóstomo exhortaba «Lloremos por los que mueren en sus riquezas y no prepararon ningún consuelo para sus almas... Prestémosles ayuda en la medida de nuestras fuerzas, pensemos en algún socorro para ellos, por pequeño que sea. ¿De qué modo?. Orando por ellos y pidiendo a otros que oren, dando continuamente limosnas a los pobres en su favor» (5).

                    San Ambrosio, Obispo de Milán, enseñaba sobre la necesidad de purificarse a pesar de ser salvos: «El impío es consumido en el fuego eterno; pero el creyente, si cometió faltas que deben ser quemadas, es purificado por el fuego. Por lo tanto, aunque sea salvo, lo es como por el fuego, para que sus obras sean purificadas y no permanezca en él la mancha del pecado» (6).

                    La Santa Iglesia Católica ha dispuesto numerosos sufragios en caridad para con aquellas almas que, la Justicia de Dios, ha dispuesto que se purifiquen en el Bendito Purgatorio. Entre todos esos sufragios sobresale el Santo Sacrificio del Altar, que constituye la ofrenda más excelente que podemos presentar a Dios por las Almas del Purgatorio, puesto que «según la Tradición de los Apóstoles, no solo se ofrece legítimamente por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los Fieles vivos, sino también por los Difuntos en Cristo que aún no están plenamente purificados» (7).

                    También son muy provechosas las oraciones particulares, en especial el rezo del Santo Rosario, las limosnas, las obras de misericordia, las penitencias y las indulgencias aplicadas con intención de socorrer a las Almas del Purgatorio.

                    No debemos limitar la oración por las almas de nuestros familiares, pues la Conmemoración de hoy nos invita a recordar también a las almas de personas olvidadas, desconocidas, fallecidas lejos de sus hogares o cuyos nombres ya no se recuerda y que no tienen a nadie que rece por ellas.



                    En medio de los terribles sufrimientos ocasionados por la Primera Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV quiso facilitar que se ofreciesen más Misas por los innumerables fallecidos por la contienda, por lo que concedió a los Sacerdotes de todo el mundo la facultad de celebrar tres Misas el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos (8). Con esta disposición, Benedicto XV manifestó la solicitud de la Iglesia por las almas de quienes habían muerto y recordó a los Sacerdotes la importancia del Santo Sacrificio ofrecido por los Difuntos. La medida, que hasta entonces había tenido precedentes en determinados lugares, se extendió así a toda la Iglesia latina. No era por tanto una simple disposición ceremonial, sino una manifestación de la Fe Católica sobre el valor del Santo Sacrificio de la Misa, en la Comunión que une a los Fieles de la Tierra con las Almas que se purifican en el Bendito Purgatorio.

                    El día de los Fieles Difuntos debe llevarnos también a considerar nuestra propia muerte; algún día seremos nosotros quienes necesitemos las oraciones de los demás. También nosotros tendremos que comparecer ante el Juicio de Dios y dar cuenta de nuestra vida. Por eso, no basta con recordar a los Difuntos: debemos aprovechar el tiempo que el Señor nos concede para vivir en gracia, practicar la virtud y reparar nuestros pecados mediante la penitencia y las buenas obras.

                    La muerte es una realidad que el mundo moderno procura apartar de su pensamiento. Sin embargo, para el Cristiano no debe ser motivo de desesperación, sino una llamada a vivir conforme a la Voluntad de Dios, con la mirada puesta en la Eternidad.

                    No olvidemos que las Almas del Purgatorio ya no pueden ayudarse a sí mismas mediante nuevos méritos. Nosotros, en cambio, todavía podemos ofrecer por ellas nuestras oraciones y sacrificios. Hagamos, pues, de esta jornada una verdadera obra de caridad. Asistamos a la Santa Misa y ofrezcámosla por nuestros Difuntos; recemos por nuestros padres, abuelos, familiares y amigos; visitemos los cementerios con espíritu de fe y pidamos al Señor que conceda el descanso eterno a quienes han partido de este mundo, sin olvidar a las Almas por las que nadie reza.

                    Que la Santísima Virgen María, Reina del Purgatorio y Madre de Misericordia, interceda por todos los Fieles Difuntos y alcance para ellos el consuelo de la purificación y la entrada en la Gloria eterna.


NOTAS

            1) «Las almas que mueren en la caridad verdaderamente arrepentidas, antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por los cometidos y omitidos, son purificadas después de la muerte con penas purgatorias o purificadoras; y para liberación de tales penas les aprovechan los sufragios de los Fieles vivos, a saber, los sacrificios de las Misas, las oraciones y limosnas y otras obras de piedad que los Fieles suelen hacer por los otros Fieles, según los institutos de la Iglesia» Segundo Concilio de Lyon (1274).

            «Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no le queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el futuro en el Purgatorio antes de que pueda abrirse el ingreso al reino de los cielos, sea anatema» Concilio de Trento (1545–1563), Decreto sobre la Justificación.

            2) San Agustín de Hipona, "Enchiridion de fide, spe et caritate".

            3) San Gregorio Magno, "Dialogorum" Libro IV.

            4) Santo Tomás de Aquino, "Summa Theologiae, Supplementum, Appendix de Purgatorio".

            5) San Juan Crisóstomo "In Epistulam ad Philippenses".

            6) San Ambrosio, "Comentario al Evangelio según San Lucas", Libro IX.

            7) Concilio de Trento (Sesión XXII, 17 de Septiembre de 1562.

            8) "...habiendo invocado la luz de la Sabiduría celestial y habiendo escuchado a varios de Sus Eminencias los Padres Cardenales de las Sagradas Congregaciones sobre la Disciplina de los Sacramentos y los Ritos Sagrados, hemos establecido lo siguiente a perpetuidad: a todos los Sacerdotes de la Iglesia Universal les está permitido celebrar el Sacramento tres veces el día en que se celebra la Solemne Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos..." Papa Benedicto XV, Constitución Apostólica Incruentum altaris, 10 de Agosto de 1915.




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