Nuestro amable Redentor se acerca al fin de Su carrera. Contempla, alma mía,
aquellos ojos que se oscurecen, aquel hermoso Rostro que se torna pálido, aquel
Corazón que palpita con lentitud, aquel Sagrado Cuerpo que se abandona a la muerte.
Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: «Todo está consumado» (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30)
Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de Su Vida; la
pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de
nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo está cumplido; se ha consumado todo lo que de Mí
escribieron los Profetas, y está también terminado el Sacrificio que Dios aguardaba para
aplacar Su Cólera y para satisfacer Su Justicia irritada.
Todo está cumplido, dijo Jesús
vuelto a Su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir: «Todo está terminado».
Como si dijera: «Mirad, oh, hombres!, que de Mi parte he hecho cuanto estaba de mi
mano para salvaros y ganar vuestro amor; he hecho lo que podía; haced ahora de
Vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha
llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón.
¡Oh Salvador mío!, ojalá que también yo en la hora de mi muerte pudiera decir, a lo
menos en lo que me queda de vida: Señor, todo está consumado; he cumplido Vuestra
Santísima Voluntad, os he obedecido en todo. Dadme fuerza, Jesús mío, porque,
ayudado de vuestra gracia, me propongo, y así lo espero, agradaros y complaceros en
todas las cosas.
Entonces Jesús, dice San Lucas, clamando con una voz muy grande dijo. Padre
Mío, en Tus manos encomiendo Mi Espíritu. (Evangelio de San Lucas, cap. 23, vers. 46) Estas fueron las últimas
palabras que Jesús pronunció en la Cruz. Viendo que Su Bendita Alma estaba ya para
separarse de Su lacerado Cuerpo resignado a la Voluntad Divina y con filial confianza,
dijo: Padre Mío, Te encomiendo mi alma. Como si dijera: Yo, Padre Mío, no tengo
voluntad propia ni quiero vivir ni morir; si es Vuestro deseo que siga padeciendo en esta
Cruz, dispuesto estoy a ello. En Vuestras manos encomiendo Mi Espíritu, para que
hagáis de Mí lo que os agrade.
¡Ojalá que cuando nos hallamos en la cruz del sufrimiento
habláramos de la misma suerte, abandonandonos en las manos de Dios, para que obrara
según Su beneplácito!. Este total abandono en las manos de Dios, dice San Francisco de
Sales, es el fundamento de toda nuestra perfección. Estas deben ser nuestras
disposiciones, de modo especial en la hora de la muerte; más para hacerlo bien en
aquel trance supremo, debemos ejercitarnos con frecuencia en ello durante la vida.
¡Oh
Jesús mío!, en Vuestras manos deposito mi vida y mi muerte, a Vos me entrego en total
abandono; desde ahora Os recomiendo mi alma, para que cuando llegue al término de
mi carrera os dignéis recibirla dentro de Vuestras Llagas, así como Vuestro Padre recibió Vuestro Espíritu al expirar en la Cruz.
Jesús, por fin, va a exhalar el postrer suspiro. Venid Ángeles del Cielo, venid a asistir a
la muerte de vuestro Dios. Y Vos, Oh María!, Madre de los Dolores, acercaos más a la
Cruz, alzad los ojos para mirar con más atención a Vuestro Hijo, porque está próximo a
expirar. Ya el Redentor llama a la Muerte y le da licencia para que se acerque a quitarle
la Vida. Ven, muerte, le dice, ven pronto, cumple tu oficio, quítame la Vida y salva a Mis
amadas ovejas. En aquel momento supremo tiembla la tierra, se abren los sepulcros, se
rasga el velo del Templo.
La violencia del dolor acaba finalmente con las débiles fuerzas
del moribundo Señor; ya le falta el natural calor, se le apaga la respiración desfallece Su
Cuerpo, inclina la cabeza sobre el pecho, abre la boca y expira (Evangelio de San Juan, cap. 19, vers. 30). Sal, Alma hermosísima de mi Salvador, sal de Su Cuerpo y anda a abrirnos las
Puertas del Paraíso, hasta ahora cerrado para nosotros; entra y preséntate ante la
Majestad Divina a impetrar para nosotros el perdón y la salvación.
La muchedumbre se vuelve hacia la Cruz de Jesús al oír la fuerte voz que dió
cuando pronunció las últimas palabras, lo mira con silencio y respetuosa atención, lo ve
expirar, y al observar que ya no hace movimiento alguno exclama: Ha muerto, ha
muerto. María oye que todos repiten las mismas palabras, y dice también: ¡Ay, Mi Hijo
ha muerto!. Ha muerto, pero, Dios Grande, quién ha muerto?. El Autor de la Vida, el
Unigénito de Dios, el Señor del mundo. ¡Oh Muerte, que fuiste el espanto de la
naturaleza!. ¡Un Dios morir por sus criaturas!. ¡Oh Caridad infinita!. Sacrificarse todo un
Dios, sacrificar Sus delicias, Su Honor, Su Sangre, Su Vida, ¿y por quién?; por Sus ingratas
criaturas; y muere en un mar de dolores y desprecios para pagar la deuda por nuestras
culpas.
Alma mía, levanta los ojos y mira a este Hombre crucificado; mira al Cordero Divino
sacrificado sobre el Altar de la Cruz; considera que es el Hijo Predilecto del Padre
Eterno, y que ha muerto por el Amor que te profesa. Mira cómo tiene los brazos
abiertos para abrazarte, la cabeza inclinada para darte el beso de paz, el Costado abierto
para darte entrada en su corazón. ¿Merece ser amado un Dios tan bueno y tan amoroso?. ¿Qué respondes a ésto?.
Hijo Mío, te dice Jesús desde lo alto de la Cruz, mira si ha
habido en el mundo quien te haya amado más que tu Dios. ¡Oh Dios mío, y Redentor mío!, ¿con que Vos habéis muerto por mí con la muerte
más infame y dolorosa para ganar mi amor?. Pero, ¿cuándo el amor de una pura criatura
podrá corresponder al Amor de un Dios muerto por ella?. ¡Oh adorado Jesús mío!, ¡oh
amor de mi alma!, ¿cómo podré olvidarme de Vos?. ¿Cómo podré negaros mi amor
después de haberos visto morir de dolor sobre esa Cruz para saldar la deuda de mis
pecados y salvarme?. ¿Cómo podré contemplaros muerto y colgado de este infame
madero y no amaros con todas mis fuerzas?. ¿Cómo podré pensar que mis culpas Os han
reducido a tal extremo de dolor y no llorar con lágrimas del corazón las ofensas que Os
he hecho?.
Si el último de los hombres hubiese padecido por mí lo que sufrió Jesucristo; si
viese a un hombre desgarrado a puros azotes, clavado en una cruz y afrentado por las
gentes a fin de salvarme la vida, ¿podría acordarme de él sin derretirse de amor mi corazón?. Y si me presentasen el retrato de aquel hombre muriendo en el afrentoso
madero, pudiera mirarlo con indiferencia, diciendo: este desventurado ha muerto en un
mar de tormentos porque me amaba; ¿si me hubiera amado menos, no hubiera muerto de
esta suerte?.
¡Ah!, cuántos Cristianos tienen en su aposento un artístico Crucifijo, pero
únicamente como mueble de lujo; ponderan su estructura, se detienen a contemplar la
expresión de dolor que se dibuja en el rostro, pero en su corazón no tienen afecto
alguno, como si no fuese la imagen del Verbo encarnado, sino la de un hombre extraño
y para ellos desconocido. ¡Ah Jesús mío!, no permitáis que yo sea del número de éstos desgraciados.
Acordaos que habéis prometido atraer hacia Vos todos los corazones cuando fueseis
clavado en lo alto de la Cruz. Aquí tenéis mi corazón, que, ablandado en presencia de
Vuestra muerte, no quiere resistir por más tiempo a Vuestra voz: atraedlo, pues, a Vos
con los lazos de Vuestro amor.
Vos habéis muerto por mí, y yo no quiero vivir más que
para Vos. Dolores de Jesús, ignominias de Jesús, Muerte de Jesús, Amor de Jesús,
tomad posesión de mi corazón, y vuestro dulce recuerdo sirva para herirme de
continuo e inflamarme en el Amor de Jesús. ¡Oh Padre Eterno!, mirad a Jesús, Vuestro Hijo, muerto por mi amor, y por Sus
Méritos tened inmisericordia de mí. Alma mía, no desconfíes por los pecados que has
cometido, porque Dios es el que ha enviado Su Hijo a la tierra para salvarnos; y Jesús
es el que voluntariamente se ha ofrecido a pagar las deudas de nuestros pecados.
¡Ah
Jesús mío!, ya que para perdonarme no Os habéis a Vos mismo perdonado, miradme
con la misma compasión que me tuvisteis un día cuando estabais agonizando en la
Cruz; miradme, pues, iluminadme y perdonadme sobre todo la ingratitud con que Os he
correspondido, pensando tan poco durante mi vida en Vuestra Pasión y en el Amor que
me habéis manifestado. Gracias os doy por las luces que hoy me comunicáis, dándome
a conocer, a través de Vuestras Llagas y desgarrados miembros, el grande y tierno afecto
que me conserváis en el fondo de Vuestro Corazón.
¡Desventurado de mí!, si después de
tantas luces no Os amase o amase a las criaturas más que a Vos. Muera yo -os diré con
el enamorado San Francisco de Asís- por Vuestro Amor, Jesús mío ya que por mi amor
os habéis dignado morir. ¡Oh Corazón abierto de mi Redentor!, mansión dichosa donde
descansan las almas amantes, recibid también a mi pobre alma.
¡Oh María!, Madre de los Dolores, encomendadme a Vuestro Hijo, que tenéis
muerto en Vuestros brazos. Mirad Sus laceradas carnes, mirad Su Sangre Divina por mí
derramada, y por aquí llegaréis a comprender cuán agradable Le será que Le encomendéis mi salvación, cifrada en amar a Jesús; alcanzadme Vos
este amor, pero amor grande y eterno.
Hablando San Francisco de Sales de aquellas palabras de San Pablo: la Caridad de
Cristo nos estrecha, se expresa de esta manera: «Saber que Jesucristo, Nuestro
Verdadero Dios nos amó hasta sufrir la muerte afrentosa de la Cruz, ¿no es sentir como
aprensados nuestros corazones y apretados con fuerza para exprimir de ellos el amor
con una violencia que cuanto es más fuerte es tanto más deleitosa?» . En otro lugar dice
el Santo que «el monte Calvario es el monte de los amantes». Y luego añade: «Y ¿por qué no nos abrazamos a Jesús crucificado para morir con Él en la Cruz, ya que por
nuestro amor quiso en ella morir?». Sí, yo le abrazaré, debiéramos decir, y no le soltaré
jamás; moriré con Él y con Él me abrasaré en las llamas de Su Amor.
Un mismo fuego
consumía a éste Divino Creador y a su miserable creatura; mi Jesús es todo mío, y yo
quiero ser todo Suyo. Viviré y moriré sobre Su pecho, y ni la muerte ni la vida serán
poderosos para separarme de Él» (Amor de Dios, Lib. 7, Cap. 8) «¡Oh Amor Eterno!,
mi alma Os busca y os elige por eterno Dueño y Señor. ¡Venid, Espíritu Divino, e inflamad
nuestros corazones con el fuego de Vuestro Amor!. O amar, o morir. Morir a todo otro
amor, para vivir en el de Jesús. ¡Oh Salvador de nuestras almas!, haced que cantemos
eternamente: «Viva Jesús, mi Amor, viva Jesús a quien amo; amo a Jesús que vive por los
siglos de los siglos!». (Amor de Dios, Lib. 12, Cap. 13)
Concluyamos diciendo: ¡oh Cordero de Dios, que Os habéis sacrificado por nuestra
salvación!; ¡oh Víctima de Amor inmolada sobre la Cruz entre inmensos dolores, ojalá
que supiera amaros como Vos lo merecéis!; quién pudiera morir por Vos, como Vos
habéis muerto por mí!. Ya que mis pecados han sido para Vos una fuente de dolores
durante toda Vuestra Vida, haced que mientras viva me esfuerce en agradaros y
complaceros a Vos solo, que Sois mi Amor y mi Todo. ¡Oh María, Madre mía!, Vos Sois mi esperanza, alcanzadme la gracia de amar a
Jesús.
San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia,
sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo