viernes, 25 de abril de 2025

HERMANO PEDRO DE SAN JOSÉ DE BETANCURT

 

                    El Hermano Pedro de San José Betancurt nació en el pueblo de Vilaflor, situado en la isla canaria de Tenerife, el 21 de Marzo de 1626. La familia Betancurt no poseía dinero, eran de abolengo pero de pocos recursos: su padre tenía tierras y algunas cabras, que perdió en manos de un usurero, habiendo aceptado que Pedro, entonces de 12 años, entraba al servicio de tal persona como condición para recuperarlas. Varios años estuvo Pedro en esta condición, que desempeñó con toda humildad y fidelidad. 



                    A los 23 años abandonó su tierra natal, se embarcó hacia América saliendo desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Pedro llegó a La Habana en Cuba en donde estuvo acogido por más de un año en la casa de un clérigo natural de Tenerife. Al año siguiente, embarcó hacia Honduras, y de ahí se trasladó a Guatemala.

                    Se hizo apóstol de los cautivos y protector de los indios, de los niños huérfanos y abandonados a los que dedicó especial atención. Construyó escuelas para educarlos convenientemente con criterios calificados todavía hoy como modernos. Viendo las necesidades de los enfermos pobres, expulsados de los hospitales, fundó un hospital para convalecientes.

                    Meditando asiduamente el Misterio del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el Espíritu Santo le animó a fundar la Orden Betlemita (Orden de los Hermanos de Belén) en honor a Jesús nacido en Belén. La profunda piedad del Hermano Pedro se reflejó en su defensa de la Inmaculada Concepción de María, dos siglos antes de la proclamación de dicho Dogma, también destacó por su devoción a las Ánimas del Purgatorio y por sus continuas penitencias corporales.

                    Uno de sus mayores deseos fue el volver a Tenerife, su tierra natal, y hacer una peregrinación al Santuario de la Virgen de Candelaria por la que sentía una gran devoción desde su infancia, sin embargo, el Hermano Pedro no vería cumplido este anhelo debido a su muerte repentina, cuando tenía 41 años, el día 25 de Abril de 1667. Sus restos descansan en la Iglesia de San Francisco el Grande, Antigua Guatemala.

                    Debido a su labor misionera es popularmente conocido como el «San Francisco de Asís de las Américas», además de ser considerado el evangelizador de Guatemala.


Juramento a la Inmaculada
que formulaba anualmente el Hermano 
Pedro de San José de Betancurt


                    "Juro por esta Cruz y por los Santos Evangelios defender que Nuestra Señora, la Virgen María, fue concebida sin mancha de pecado original; y perder la vida, si fuera necesario por defender su Concepción Santísima. Y por ser verdad todo lo dicho, lo firmé con mi propia sangre. Jesús. Yo Pedro de Betancurt, el pecador. Martes 8 de Diciembre de 1654.

                    Yo, Pedro de Betancurt, lo digo. Cada año me afirmo en lo dicho y digo que perderé mil vidas por defender la Concepción Inmaculada de María, mi Madre y Señora, y cada año por su día lo firmaré con mi propia sangre".


Oración que recitaba con frecuencia 
el Hermano Pedro de San José de Betancurt


Concédeme, buen Señor,
Fe, Esperanza y Caridad,
y como eres tan Poderoso,
dame una profunda humildad;
pero, antes de todo eso,
concédeme que cumpla 
en todo Tu Santa Voluntad.




domingo, 20 de abril de 2025

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 


Si estáis alegre, miradle Resucitado; que sólo 
imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. 
Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! 
¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! 
Como quien tan bien salió de la batalla 
adonde ha ganado un tan gran Reino, 
que todo le quiere para vos, y a sí con Él. 
Pues ¿es mucho que a Quien tanto os da 
volváis una vez los ojos a mirarle? 

Santa Teresa de Jesús





                   "...el esplendor de la Resurrección es una invitación a los hombres a regresar a la Luz Vital de Cristo, a conformarse con Sus Enseñanzas sobre el mundo... almas y cuerpos, pueblos y civilizaciones, sus estructuras, sus leyes, sus proyectos. Ni el orgullo sin sentido ni el vano temor de dejarse inspirar por Cristo menoscaban su libertad o la autonomía de sus obras. Dios, quien desde el principio le ha ordenado al hombre que someta la tierra y trabaje en ella.

                   En cambio, sería una apariencia de Fe, destinada a la derrota, ese vago sentido del Cristianismo, diríamos casi, suave y vacío, que no va más allá de los umbrales de persuasión en la mente y amor en el corazón; que no es el fundamento y la corona de la vida, ni privado ni público; y eso ve en la Ley Cristiana una mera ética humana de solidaridad y cierta actitud para promover el trabajo, la técnica y el bienestar externo. Quienes ondean la bandera engañosa de este vago Cristianismo, lejos de flanquear a la Iglesia en la inmensa lucha que se les impone para salvaguardar los valores eternos del espíritu para el hombre del presente siglo, aumentan la confusión y se convierten en cómplices de los enemigos de Cristo. 


                  Sin embargo, la victoria no está garantizada para toda apariencia de Fe, sino para la Fe que adora en Cristo Crucificado al Hijo Unigénito de Dios, que resucitó "ascendió al Cielo y se sienta a la diestra del Padre, y nuevamente, lleno de Gloria, vendrá juzgar a los vivos y a los muertos "; a esa Fe, que se transforma en obras de plena Justicia, en la observancia de los Mandamientos y deberes; eso se concreta, en una palabra, en amar a Dios y, para Él y en Él, los hermanos, todos los hombres, especialmente los humildes y los pobres.


                   Fundada sobre la roca viva de la Fe, el único Custodio de su totalidad, la Iglesia levanta su estandarte salvador entre los pueblos, para que los creyentes verdaderos y activos trabajen, guiados por ella, la salvación común.


                   La Iglesia no teme nada del mundo, ya que vive el Misterio de la Pascua en todo momento con el saludo alentador, que también se promete, del Redentor Resucitado: " Pax vobis "  ¡La paz sea con vosotros!. Por la todopoderosa ayuda de Él, la Iglesia, ya que ella no ha temido en el pasado ni a los tiranos ni a los obstáculos puestos en contra de sus audaces beneficios, incluso en el campo de las conquistas civiles, por lo que ahora siente el coraje y la fuerza para enfrentar los problemas más espinosos que acosan a la humanidad, lo que es establecer la convivencia entre los pueblos en la Verdad, la Justicia y el Amor.




Papa Pío XII, Discurso por la Pascua de Resurrección, 
2 de Marzo de 1956





DOCTRINA SOBRE LA RESURRECCIÓN
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

(Del Catecismo Mayor del Papa San Pío X)


          - Qué nos enseña el quinto artículo: DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS: AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS? - El quinto artículo del Credo nos enseña: que el Alma de Jesucristo, separada ya del cuerpo, fue al Limbo de los Santos Padres y que al tercer día se unió de nuevo a Su cuerpo para no separarse jamás.


          - ¿Qué se entiende aquí por Infierno? - Por Infierno se entiende aquí el Limbo de los Santos Padres, es decir, el lugar donde las Almas de los Justos eran recogidas y esperaban la Redención de Jesucristo.


          - ¿Por qué las almas de los Santos Padres no fueron introducidas en el Cielo antes de la Muerte de Jesucristo? - Las almas de los Santos Padres no fueron introducidas en el cielo antes de la muerte de Jesucristo porque por el pecado de Adán el Cielo estaba cerrado, y convenía que el primero que entrase en él fuese Jesucristo, que con Su Muerte lo abrió de nuevo.


           - ¿Por qué Jesucristo quiso dilatar hasta el tercer día Su propia Resurrección? - Jesucristo quiso dilatar hasta el tercer día Su propia Resurrección para mostrar con evidencia que verdaderamente había muerto.


          - ¿Fue la Resurrección de Jesucristo semejante a la resurrección de los otros hombres resucitados? - No, señor; la Resurrección de Jesucristo no fue semejante a la resurrección de los otros hombres resucitados, porque Jesucristo resucitó por Su propia virtud, y los demás fueron resucitados por la virtud de Dios.






sábado, 19 de abril de 2025

MARÍA OFRECIÓ SU CORAZÓN

 

               Siendo Jesús el hijo más perfecto, el mejor hijo que haya existido, sintió con dolor amarguísimo la repercusión de los terribles dolores que Su amadísima Madre tuvo que sufrir durante toda Su vida, principalmente en los días de Su Pasión. Los Dolores de Jesús eran los de María, y los de María eran los de Jesús.

               Llegado el día de su acerba Pasión, Nuestro Señor, obediente hasta la muerte a Su Santa Madre lo mismo que a Su Padre Celestial, pidió a la Santísima Virgen, en común sentir de los Santos, consentimiento para llevar a cabo Su sangriento Sacrificio, y Ella se lo dio con un amor y un dolor inconcebibles. Jesús le dio a conocer Sus futuros sufrimientos, y le pidió que en ellos le acompañara en espíritu y en cuerpo.


              Así, pues, María ofreció Su Corazón, y Jesús entregó Su Cuerpo; y de esta suerte la Madre tuvo que sufrir en Su Corazón todos los tormentos de Su Hijo, y el Hijo tuvo que sufrir a la vez torturas inconcebibles en Su cuerpo, y en Su sagrado Corazón las del Corazón de Su Madre.






              Después de tu tierna despedida, el Salvador fue a abismarse en el océano inmenso de Sus Dolores, llevando, como aguda saeta atravesada en Su Corazón, el pensamiento y las desolaciones de Aquella a quien Él amaba sobre todas las cosas. Por su parte, la Santísima Virgen, entrando en profunda oración, empezó a acompañarle interiormente y a participar de las Angustias de Su agonía. María decía con Jesús: “Señor, cúmplase vuestra Voluntad y no la Mía”.


              Durante la terrible noche de la Pasión, la Santísima Virgen siguió en espíritu a Su querido y adorable Jesús, vendido traidoramente, abandonado, maltratado, cubierto de insultos y ultrajes, abofeteado, escupido. ¡Qué noche! El Corazón de Jesús no dejó un solo instante el Corazón desgarrado de Su Madre, y le enviaba incesantemente gracias extraordinarias para que pudiera sufrirlo todo sin morir. Entre otras gracias, le envió a San Juan, su Discípulo amado, que ya no la dejó, y fue el único entre los Apóstoles que la acompañó hasta el pie de la Cruz y al Sepulcro.

              Sabiendo que se acercaba el momento en que debía seguir, no sólo con el corazón, sino también personalmente, a la Víctima Divina hasta el sangriento Altar del Sacrificio, salió al clarear el día, acompañada de San Juan, de María Magdalena y de otras santas mujeres. Pronto, confundida entre la turba del pueblo, vio a Su Hijo, Su Señor, Su Dios, y Su único Amor; le vio pálido y desfigurado, arrastrado como vil malhechor del palacio de Caifás al de Pilatos, del palacio de Pilatos al de Herodes, y otra vez al de Pilatos, vestido de blanco en señal de loco. Vio a Su dulce e inocente Cordero azotado y bañado en sangre en el pretorio; y luego, cubierto con andrajoso manto de púrpura, con irrisorio cetro de caña en Sus manos, y coronado de espinas, ser mostrado a un pueblo ebrio de furor, y por último condenado a muerte. En Sus oídos resonaba la horrible blasfemia: “¡Crucifícale, crucifícale! No tenemos otro rey que el Cesar.”


              Y durante todo este tiempo Jesús miraba a Su Madre, a veces con los ojos del cuerpo, siempre con los ojos del Corazón! ¡Qué de angustias en esta mirada! Imitando al inocente Cordero que se dejaba inmolar en silencio, María, como Oveja de Dios, lloraba y sufría en silencio. Sólo el silencio podía convenir a semejantes Dolores.


              Se pone en marcha el lúgubre cortejo. La Oveja podía seguir a Su Cordero por el rastro de Su Sangre. Con esta Sangre Divina mezclaba la de Su Corazón, es decir,Sus Lágrimas. Vio a Su Amado, a Su Jesús, caer bajo el peso de la Cruz. Le vio subir la cuesta del Calvario. Le vio, después de clavado en el terrible madero, elevarse como ensangrentada bandera de Salvación y de Esperanza, de Amor y de Justicia, de Vida y de Muerte, dominando la multitud. El amor la obligó a aproximarse lo más que pudo a Su adorable Hijo, y durante aquellas horas interminables sufría con Jesús Dolores que jamás podrá el hombre comprender; Dolores divinos, en expresión de San Buenaventura. Todo lo que Jesús pendiente de la Cruz sufría en Su alma y en Su cuerpo, lo sufría la Madre de los Dolores en Su Corazón.


              Y desde lo alto de la Cruz, a través de las Lágrimas y de la Sangre que oscurecían Sus ojos, el Redentor contemplaba a Su Santísima Madre, y daba a Sus sufrimientos un Mérito que sólo Él medir podía.


              La Sacratísima Oveja y el Divino Cordero se miraban en silencio y se comunicaban Sus Dolores. Y a medida que el Sacrifico avanzaba a su término, a medida que la Santa Víctima entraba en las angustias de la muerte, el sufrimiento inenarrable de Jesús, y por consiguiente de María, de María y por consiguiente de Jesús, subían, subían siempre como la marea de los grandes mares. Este sufrimiento llegó a su colmo cuando, consumado todo, el Verbo Eterno crucificado exhaló Su último grito de horrible angustia y de triunfo, inclinó la cabeza y entregó Su espíritu. Jesús espiró mirando a Su Madre. María fue la primera que recibió aquella Divina Mirada en Belén, cuando el Hijo de Dios vino al mundo; justo era que fuese también la última en gozar de ella cuando el Misterio de la Redención se consumaba en el Gólgota.


              ¡Oh! ¡Quién pudiese sondear los Misterios de Amor y de Dolor contenidos en aquella última mirada de Jesús moribundo! Esta caía sobre la más perfecta de todas las criaturas, sobre la Virgen Inmaculada, sobre la Hija Predilecta del Padre Eterno, sobre la Madre de Dios-Hijo, sobre la Obra Maestra y Esposa del Espíritu Santo. Caía sobre la mejor de las madres; sobre la que Jesús amaba más que a todas las criaturas de la tierra y de los Cielos; sobre la Compañera fidelísima de toda Su vida y de todos Sus trabajos.


              Desde lo alto de la Cruz, el Corazón de Jesús nos dio por Madre a todos y a cada uno la Santísima Virgen en la persona de San Juan. Sí, del fondo de ese Corazón lleno de Amor han salido estas dos palabras escritas en caracteres de fuego en el corazón de los verdaderos cristianos: ¡He ahí a vuestro Hijo! Y ¡He ahí a vuestra Madre! ¡Recibir por Madre a la Inmaculada Madre de Dios! ¡Qué legado! ¡Qué donación tan divina! Bien se reconoce en ella al Sagrado Corazón de Jesús: sólo Él era capaz de semejante exceso de ternura! ¡Así se "venga" de los pecadores, dándoles Su Madre Inmaculada!


              ¡Oh Buen Jesús! Inocentísimo Cordero, que tanto sufristeis en vuestra Pasión y que visteis el Corazón Virginal de vuestra Madre abismado en un océano de Dolores! Enseñadme, si os place, a acompañaros como Ella en vuestras aflicciones.


              Enseñadme a odiar el pecado, y a ser un buen hijo para con vuestra Madre. Pobre corazón mío, tan débil y tan culpable, ¿No te derretirás de dolor viendo que eres la causa de los indecibles Dolores de tan Santa Madre y tan Dulcísimo Salvador?


              ¡Oh Jesús Crucificado, Amor de mi corazón! ¡Oh María, mi Consuelo, y Madre mía! Imprimid en mi alma un gran desprecio de las vanidades y placeres mundanales, y haced que tenga siempre ante mis ojos vuestros Sagrados Dolores, a los cuales deberé mi salvación y mi Eterna Felicidad.




Monseñor Louis-Gaston Adrien de Ségur




viernes, 18 de abril de 2025

OS TIENEN POR MÁS HERMOSO CUANTO MÁS DEFORMADO OS CONTEMPLEN


"Mira a menudo y contempla 
la imagen de Jesús Crucificado..."


Por San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia





                          Aparece en el Calvario tan desfigurado por los tormentos, que causa horror al que lo contempla, si bien tal deformidad lo torna más bello a vista de las almas amantes, porque las Llagas y las carnes, lívidas y desgarradas, son otras tantas pruebas y demostraciones del amor que nos tiene. Petrucci cantó: «Al veros, Señor, tan maltratado por los verdugos, los corazones amantes os tienen por más hermoso cuanto más deformado os contemplen». 

                 San Agustín dice que la fealdad de Cristo es nuestra hermosura; y, en efecto, la deformidad de Jesús Crucificado fue causa de la belleza de nuestras almas, que, antes deformes y luego lavadas con la Divina Sangre: "Estos que andan vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son?, y responde: Estos son los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus vestidos y las blanquearon con la sangre del Cordero..." Todos los Santos, como hijos de Adán, excepción hecha de la Santísima Virgen María, estuvieron durante algún tiempo cubiertos con el manto de la culpa de Adán y de los personales pecados; mas, una vez purificados con la Sangre del Cordero, tornáronse hermosos y agradables a los Ojos de Dios. 


                  Razón tuvisteis, Jesús mío, para decir que, cuando fueseis levantado en alto de la Cruz, atraeríais a Vos todas las cosas. Sí, porque nada habéis omitido para atraeros el afecto de todos los corazones. Y ¡cuántas y cuántas felicísimas almas, al veros Crucificado y muerto por su amor, lo abandonaron todo, riquezas, dignidades, patria y parientes, y desafiaron los tormentos y la muerte, para entregarse del todo a Vos! ¡Desventurados los que resisten a la gracia que les ganasteis con tantas fatigas y dolores! Este será su mayor tormento en el infierno: haber tenido un Dios que, para conquistarse su amor, murió en una Cruz y que ellos espontáneamente quisieron perderse, sin esperanza de remedio, por toda una Eternidad. 


                  ¡Ah, Redentor mío!, después de las ofensas que os causé merecía haber caído en tamaña desgracia. ¡Qué de veces resistí a vuestros llamamientos amorosos y a los esfuerzos que hacíais para cautivarme con los lazos de vuestro Amor! ¡Ojalá hubiera muerto antes de ofenderos por primera vez! ¡Ojalá os hubiera amado siempre! Gracias, Amor mío, por haberme llamado con tanta insistencia, en lugar de abandonarme, como tenía merecido; gracias por las luces e impulsos amorosos que me habéis infundido. Las gracias del Señor contaré siempre. Por favor, no ceséis, Salvador mío y esperanza mía, de continuar cautivándome con vuestras gracias, para que os pueda amar en el Cielo con más fervor, recordando tantas misericordias como habéis usado conmigo, después de tantos disgustos como os he causado. Todo lo espero de aquella Preciosa Sangre por mí derramada y de la afrentosa Muerte que habéis por mí padecido. 


                  ¡Oh Santísima Virgen María!, protegedme y rogad a Jesús por mí. 







jueves, 17 de abril de 2025

JESÚS NUESTRO SEÑOR INSTITUYE EL SACERDOCIO CATÓLICO

  

                En las últimas horas de Su vida mortal, Jesús hace aún más visible Su amor por Sus Sacerdotes. En el discurso de la Cena que nos ha conservado Juan, el Confidente del Divino Corazón, la ternura del Maestro desborda en cada palabra; son las expansiones íntimas de Su Corazón, las adorables efusiones de Su Amor.

               "Ardientemente he deseado -dice- comer esta Pascua con vosotros antes de padecer". Ardía en deseos de hacerlos partícipes de Su Sacerdocio Sagrado y marcarlos con ese carácter divino que los eleva sobre las jerarquías angélicas. Tenía prisa por ponerse en sus manos bajo la Forma Eucarística, por abandonarse enteramente a ellos y depender de ellos. Como un artista impaciente por ver surgir de sus manos la obra maestra que ideara, Jesús apresuraba con el deseo el momento de ver formada la obra ideada por Su Corazón: el Sacerdocio Católico.




               "He deseado ardientemente...". ¡Ardiente aspiración del Corazón de Jesús hacia Sus Sacerdotes! Ha deseado ardientemente celebrar "esa Pascua"... Ya varias veces la había celebrado con Sus Discípulos, pero no era "esa Pascua" durante la cual debía instituir Su Sacerdocio. Preside la Cena como un padre en medio de sus hijos, luego se levanta y con humildad que asombra, se arrodilla ante Sus Discípulos, les presta el servicio de los esclavos lavándoles los pies y secándoselos dulcemente. Para disminuir en cierto modo la distancia que los separa de Él, para animarlos y hacerlos -aun entre ellos mismos- menos indignos de Su Divina Bondad, les dice: "Vosotros estáis limpios". Más aún, los eleva hasta Sí, los iguala a Sí y hasta les asegura que "quien reciba a aquel que Él ha enviado, le recibe a Él mismo".

               La Bondad de Jesús no llega tan solo a los discípulos limpios, sino que se extiende hasta el discípulo infiel. Trata de conmover el corazón del traidor con advertencias llenas de dulzura y con palabras afectuosas. Se esfuerza, por lo menos, por derramar en su corazón la Fe y la Confianza que aun después de su delito podrían hacerle volver al buen camino. 

               Ha llegado el Momento Solemne. El Amor Infinito está a punto de producir una Obra Maestra; la Sabiduría Infinita y el Supremo Poder cooperan en Ella. ¡Será el don por excelencia de la Caridad Divina, será la Eucaristía! Dios con nosotros, Dios en nosotros; Jesucristo, Dios y Hombre, unido espíritu con espíritu, corazón con corazón, cuerpo con cuerpo al hombre rescatado y purificado: “Tomad y comed –dice el Salvador– tomad y bebed todos de Él”. 

               Pero el esfuerzo del Amor no ha terminado aún. Jesús no estará allí siempre en forma humana y palpable para obrar el Prodigio. Es preciso que otros hombres, revestidos de Su poder, le sucedan y renueven en el transcurso de los siglos la misteriosa Transubstanciación que Él acaba de realizar. Entonces hace brotar de Su Corazón el Sacerdocio. Los privilegiados que rodean a Jesús en ese momento, reciben ese carácter sagrado e indeleble que los hace eternamente Sacerdotes y que los elegidos del Amor llevarán de generación en generación para Gloria de Dios y salvación del mundo. 

               En cuanto los Apóstoles son revestidos del carácter sacerdotal, Jesús siente aumentar Su Amor por ellos. Ya no puede contenerlo dentro de Sí. Necesita testimoniarlo: “Vosotros sois los que habéis perseverado Conmigo en Mis pruebas –les dice–, y Yo preparo para vosotros el Reino como me lo preparó mi Padre a Mí”. Tierno y cariñoso como una madre, los llama sus “hijitos”. No quiere que se abandonen a la tristeza: “No se turbe vuestro corazón. Me voy a prepararos un lugar… Volveré y os llevaré Conmigo”. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador… No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros”. “Y el que me ama, será amado por mi Padre”. 

               Luego, mediante el símil de la vid y los sarmientos, los instruye acerca de esa misteriosa unión que la comunidad de un mismo Sacerdocio establece entre ellos y Él. Los estimula a estrechar cada vez más esa unión, unión indispensable, sin la cual no podrían dar fruto: “Mi Padre queda glorificado en que vosotros llevéis mucho fruto; con esto seréis Mis Discípulos. Como Mi Padre me ha amado, así os he amado Yo. Perseverad en Mi Amor”. 

               Juan el Bautista se había dado el dulce título de amigo del esposo. Jesús lo había aprobado y cierto día, al responder a los discípulos del Precursor, Él mismo lo empleó con infinita gracia para calificar a Sus Apóstoles: “¿Acaso pueden los amigos de esposo ayunar y hacer duelo mientras el esposo está con ellos?”. Pero en esta última noche, el Divino Maestro, tomando otra vez ese nombre, se lo da solemnemente a Sus Sacerdotes, como nombre que les corresponde: “Vosotros sois Mis amigos, ya no os llamo siervos, sino amigos”. ¿Puede haber algo más tierno y más dulce que este título de amigo? Es el nombre particular del objeto amado, del objeto preferido del amor. 

               Un padre, un hermano y aun un esposo pueden no ser amados; pero un amigo, no. Es amigo precisamente porque es amado y si dejara de serlo, dejaría también de llamarse amigo. El Sacerdote es, por lo tanto, el amigo particular de Jesús. El Maestro lo ha distinguido y llamado a Su Divina Amistad de entre la multitud predilecta de los Cristianos. Por eso Él mismo dice a Sus Apóstoles: “Soy Yo quien os he elegido y os he destinado…”. Y agrega: “Yo os he escogido sacándoos del mundo” . 

               Sí, Jesús separa al Sacerdote de la multitud, pero para elevarlo más, para gratificarlo con mayor largueza y para unirlo más íntimamente a Él. En fin, para completar los testimonios de Su Divina Ternura hacia los Apóstoles y levantar su ánimo, les da la seguridad del Amor de Su Padre Celestial: “El Padre mismo os ama, porque vosotros Me queréis”. “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en Mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo”. Y brota de Su Corazón una ardiente plegaria. Con la mirada dirigida hacia el Cielo y las manos alzadas, Jesús recomienda a Su Padre el Sacerdocio que acaba de instituir. Sabe que pronto saldrá de este mundo y ya no estará visiblemente en medio de Sus Apóstoles para sostenerlos y consolarlos. 

               Sabe además que son débiles y que en medio del mundo, al que los manda como ovejas entre lobos, estarán expuestos a innumerables dolores y peligros. Por eso, en esa Hora Suprema en que Él, Divino Redentor, está en cierto modo a punto de renunciar a Su Divinidad y a Su Infinito Poder, para no ser más que la Víctima Expiatoria, siente la necesidad de confiar a Su Divino Padre los intereses tan queridos a Su Corazón: “Por ellos ruego…” Más adelante rogará por los Fieles, por los que creerán en Él por Su Palabra. 

               Pero ahora sólo piensa en Sus Sacerdotes: “No ruego por el mundo, sino por estos que Me diste”. Pide para ellos la perfecta unión de corazones y voluntades, tan necesaria para conseguir hacer el bien; esa unidad de miras y de acción que es de por sí una fuerza y que debe permitir a la Iglesia atravesar sin contaminarse, el oleaje del mal y la tempestad de las persecuciones: “Que sean uno como Nosotros somos Uno”. Y finalmente, después de haber repetido varias veces que Sus Sacerdotes no son del mundo –demostrando a las claras con esta insistencia que si deben vivir en medio del mundo no deben contagiarse de su espíritu ni conformarse a sus costumbres–, Jesús, el Maestro Divino, termina con palabras de exquisita humildad y vigilante ternura: “Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos también sean santificados en la Verdad”.

               Jesús, que quiere que Sus Sacerdotes sean Santos, se santifica en las debilidades y necesidades humanas. Los quiere completamente semejantes a Él y comienza por hacerse en todo semejante a ellos. Practica por ellos todas las virtudes. Y así, Él, el infinitamente puro, se sujeta a las prudentes reservas que pide la custodia de la castidad; o se deja invadir en alguna ocasión por la tristeza a fin de enseñarles a vencer las tentaciones similares. Se santifica a Sí mismo para servirles de Modelo y para ser el Ejemplar eterno del Sacerdote Católico, el Modelo acabado de la Perfección Sacerdotal. 


Madre Luisa Margarita Claret de la Touche



miércoles, 16 de abril de 2025

TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNARDETTE SOUBIROUS


                Tal día como hoy, 16 de Abril, pero de 1879, Bernardette Soubirous, vidente de la Inmaculada Concepción en la gruta bendita de Lourdes, moría a este mundo a la edad de 35 años, después de 12 años de profesión religiosa en la Congregación de Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana. Entre otras dolencias, Bernadette sufría de un tumor en su pierna, más concretamente, de tuberculosis ósea, extremadamente dolorosa. Sus últimas palabras fueron una súplica y a la vez una postrera confirmación de las Apariciones de la Señora en Lourdes:«La he visto otra vez... ¡Qué hermosa es! Madre, ruega por mí que soy pecadora»




Testamento Espiritual 
de Santa Bernardette Soubirous

(redactado por la escritora Marcelle Auclair
a partir de los escritos originales de la Santa)


                Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio... Te doy gracias, Jesús.

                Te doy las gracias, Dios mío, por el Fiscal y por el Comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del Padre Peyremale...(1)

                No sabré cómo agradecerte, si no es en el Paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas; por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio... Te doy las gracias, Madre.

                Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, Te doy las gracias.

                Te doy las gracias porque, si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, Tú lo hubieses elegido...

                Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "Hermana María Bernarda"... Te doy las gracias.

                Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que me colmaste de amargura...

                Porque la Madre Josefina (2) anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la Madre Maestra (3), por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación...Te doy gracias.

                Gracias por haber sido como soy, porque la Madre Teresa pudiese decir de mí: " Jamás le cedáis lo suficiente"...

                Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: "Qué suerte que no soy Bernardita..."

                Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque Te vi a Ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?" la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico...

                Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto... por mi enfermedad, que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento... Te doy las gracias, Dios mío.

                Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por Tus noches y por Tus relámpagos, por Tus rayos... por todo. Por Ti Mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... Te doy las gracias, Jesús.


NOTAS

        1- El Padre Dominique Peyramale era el Párroco de Lourdes en los días de las Apariciones de la Virgen Inmaculada.

        2- La Madre Josefina era la Superiora del Convento de Nevers en donde viviría sus últimos años Bernardette. Siempre mostró antipatía manifiesta hacia la Santa.

        3- La Madre María Teresa Vauzou era la Maestra de Novicias; jamás creyó en la veracidad de las Apariciones de Lourdes ni tampoco en las dolencias de Bernardette, como ocurrió con su cojera por el tumor, que la Maestra de Novicias aseguraba que la fingía para llamar la atención.



viernes, 11 de abril de 2025

LA DOLOROSA CORREDENTORA DE LAS ALMAS



                    Corría el siglo V cuando el Papa Sixto III consagró la Basílica Liberiana en Honor de María Nuestra Señora y de los Santos Mártires; en su ábside mandó colocar un mosaico en el que se representaba a la Santísima Virgen como Reina de los Mártires, pues la íntima unión con Su Divino Hijo en el Calvario, la hizo merecedora de tal título, por soportar en Su Alma mayores dolores y sufrimientos que todos los Mártires. La devoción a la Virgen Dolorosa arraigó profundamente en el Pueblo Católico a partir del siglo XIII, momento en el que aparece la Orden de los Servitas, consagrados a los Dolores de la Madre de Dios, que pronto popularizaron el hábito negro mediante su Orden Tercera. El Papa Benedicto XIII extendió universalmente la celebración del “Viernes de Dolores” en 1727, situando la celebración para el anterior al Viernes Santo.


SOBRE LOS DOLORES DE MARÍA 

                    "La Santísima Virgen María, por el amor que nos dedicaba, estaba dispuesta a ver a Su Hijo sacrificado a la Justicia Divina por la barbaridad de los hombres. 

                    Este gran tormento, pues, que María soportó por nosotros, un tormento mayor de que mil muertes, merece nuestra compasión y nuestra gratitud. 

                    Si no podemos corresponder más a un tal gran amor, al menos dediquemos algunos momentos en este día de hoy para considerar cuan grandes fueron los sufrimientos por los cuales María se hizo Reina de los Mártires; porque los sufrimientos de Su gran martirio excedieron los de todos los Mártires, en primer lugar por ser los más largos, y en segundo lugar por ser los mayores en intensidad".


San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia


                    "La Santísima Virgen es Dispensadora Universal de todas las gracias, tanto por Su Divina Maternidad, que las obtiene de Su Hijo, como por Su Maternidad Espiritual, que las distribuye entre Sus otros hijos, los hombres. Esto lo hace subordinada a Cristo, pero de manera inmediata. Y ello por una específica y singular determinación de la Voluntad de Dios, que ha querido otorgar a María esta doble función: ser Corredentora y Dispensadora, con alcance universal y para siempre"


Papa Pío X, Encíclica "Ed diem illum" , 2 de Febrero de 1904


                    "...que sean precisamente Tus dolores, que sean Tus lágrimas las que descendiendo sobre esa tierra fértil, hagan prosperar y madurar frutos de Perfección Cristiana y de Santidad. Es un pueblo que Te ama y que no quiere verte llorar más; es un pueblo dispuesto a llorar él sus pecados con tal de que Tú sonrías; es un pueblo de hijos Tuyos, de devotísimos hijos Tuyos que hoy Te ofrece esa corona, como prenda tangible de reconciliación, como memoria perenne del amor que Te profesa, como señal de reconocimiento de Tu soberanía maternal. Es un pueblo predilecto que, aunque Te haya costado lágrimas, puede asegurarte que no son lágrimas perdidas, sino que precisamente por ellas confía plenamente en Tu bondad y en Tu intercesión ante Tu Preciosísimo Hijo..."


Papa Pío XII, 1956



Imagen destinada al Apostolado. Se recomienda 
su copia y difusión, sin fines de lucro


INDULGENCIAS 
que podemos ganar meditando 
los Dolores de María Madre y Corredentora


                    El Papa Clemente XII, concedió en 1734, una INDULGENCIA PLENARIA y remisión de todos los pecados a quienes recen la "Corona de Los Siete Dolores" DIARIAMENTE por un mes continuo y luego confesando y comulgando, rogasen por las intenciones de la Santa Iglesia; al que verdaderamente arrepentido y confesado, o al menos con firme propósito de confesarse, rezare esta Corona, por CADA VEZ 100 AÑOS de indulgencia. Todas estas indulgencias son aplicables a las Benditas Almas del Purgatorio.



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miércoles, 9 de abril de 2025

TERESITA ENTRA EN EL CARMELO. Centenario de la Canonización de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, 1925-2025


                    El 9 de Abril de 1888 la joven Teresita Martin dejaba para siempre a su padre, a sus hermanas, a su familia y su casa de los Buissonnets, y hacía su ingreso oficial en el Convento de Carmelitas Descalzas de Lisieux; tenía quince años y tres meses de edad. En la autobiografía "Historia de un alma" que Santa Teresita escribió por obediencia, dejó testimonio fiel de aquél día:



                El Lunes 9 de Abril, día en que el Carmelo celebraba la Fiesta de la Anunciación, trasladada a causa de la Cuaresma, fue el día elegido para mi entrada. La víspera, toda la familia se reunió en torno a la mesa, a la que yo iba a sentarme por última vez. ¡Ay, qué desgarradoras son estas reuniones íntimas...! Cuando una quisiera pasar inadvertida, te prodigan las caricias y las palabras más tiernas, y te hacen más duro el sacrificio de la separación... `

               Mi rey querido (su padre, Luis Martin) apenas hablaba, pero su mirada se posaba en mí con amor... Mi tía lloraba de vez en cuando, y mi tío me dispensaba mil atenciones de cariño. 

               ...mi querida Leonia, que había vuelto de la Visitación hacía algunos meses, me colmaba como nadie de besos y caricias. 

               En la mañana del gran día, tras echar una última mirada a los Buissonnets, nido cálido de mi niñez que ya no volvería a ver, partí del brazo de mi querido rey para subir a la montaña del Carmelo... Al igual que la víspera, toda la familia se reunió para escuchar la Santa Misa y recibir la Comunión. 

              En cuanto Jesús bajó al corazón de mis parientes queridos, ya no escuché a mi alrededor más que sollozos. Yo fui la única que no lloró, pero sentí latir mi corazón con tanta fuerza, que, cuando vinieron a decirnos que nos acercáramos a la puerta claustral, me parecía imposible dar un solo paso. Me acerqué, sin embargo, pero preguntándome si no iría a morirme, a causa de los fuertes latidos de mi corazón... ¡Ah, qué momento aquél!. Hay que pasar por él para entenderlo... Mi emoción no se tradujo al exterior. 

               Después de abrazar a todos los miembros de mi familia querida, me puse de rodillas ante mi incomparable padre, pidiéndole su bendición. Para dármela, también él se puso de rodillas, y me bendijo llorando... ¡El espectáculo de aquel anciano ofreciendo su hija al Señor, cuando aún estaba en la primavera de la vida, tuvo que hacer sonreír a los Ángeles...! 

               Pocos instantes después, se cerraron tras de mí las puertas del arca santa y recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de madres y a las que en adelante tomaría por modelo de mis actos... Por fin, mis deseos se veían cumplidos. Mi alma sentía una paz tan dulce y tan profunda, que no acierto a describirla. Y desde hace siete años y medio esta paz íntima me ha acompañado siempre, y no me ha abandonado ni siquiera en medio de las mayores tribulaciones. 

               Como a todas las postulantes, inmediatamente después de mi entrada, me llevaron al coro. Estaba en penumbra, porque estaba expuesto el Santísimo, y lo primero que atrajo mi mirada fueron los ojos de nuestra santa Madre Genoveva, que se clavaron en mí. Estuve un momento arrodillada a sus pies, dando gracias a Dios por el don que me concedía de conocer a una santa, y luego seguí a nuestra Madre María de Gonzaga a los diferentes lugares de la comunidad. Todo me parecía maravilloso. Me creía transportada a un desierto. 

               Nuestra celdita, sobre todo, me encantaba. Pero la alegría que sentía era una alegría serena. Ni el más ligero céfiro hacía ondular las tranquilas aguas sobre las que navegaba mi barquilla, ni una sola nube oscurecía mi cielo azul... Sí, me sentía plenamente compensada de todas mis pruebas... ¡Con qué alegría tan honda repetía estas palabras: «Estoy aquí, para siempre, para siempre...! 


"Historia de un alma", autobiografía de Santa Teresita 
del Niño Jesús y de la Santa Faz



sábado, 5 de abril de 2025

PRIMER SÁBADO, día de especial reparación al Doloroso e Inmaculado Corazón

   

               Dedicamos el Primer Sábado de cada mes a desagraviar al Inmaculado Corazón de María, siguiendo así el URGENTE PEDIDO de Nuestra Señora, que nos advierte, como Madre Nuestra, del mal camino que han tomado aquellos que viven en el peor de los pecados: la ingratitud a Dios. La Virgen María desea nuestro amor y también nuestro consuelo hacia Su Inmaculado Corazón, herido por el pecado del mundo.



               Transcurridos algunos años tras las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Lucía, la única superviviente de los tres niños que contemplaron a la Virgen Santa, contaba con apenas 18 años cuando decidió irse con la Congregación de las Hermanas Doroteas; ingresó como postulante en el convento que la Orden tenía en Pontevedra (España) y en donde Nuestra Señora fue a revelarle la primera parte del plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de mes.

               Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro en tercera persona:

               El día 10 de Diciembre de 1925, se le apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño:

               "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas."

               Enseguida dijo la Santísima Virgen:

               "Mira, hija mía, Mi Corazón, cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas."


¿Por qué Cinco Sábados?


              Después de haber estado Sor Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló la razón de los cinco sábados de reparación: 

               "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de cinco clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

         Primer Sábado: Las blasfemias contra Su Pura e Inmaculada Concepción

         Segundo Sábado: Las blasfemias Contra Su Virginidad

         Tercer Sábado: Las blasfemias contra Su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres

         Cuarto Sábado: Los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada

         Quinto Sábado: Los que la ultrajan directamente en Sus sagradas imágenes.



jueves, 3 de abril de 2025

EL DUEÑO DE LA LLAVE DEL SAGRARIO. Primer Jueves, recemos por la Santidad Sacerdotal

  

               Déjame que ante todo te pregunte como en otro tiempo a Mis apóstoles: ¿tú quién dices que Soy Yo?. Y después de esa pregunta Mía y de la respuesta tuya, igual seguramente a la de Pedro, insto: ¿Y te has puesto a pensar en lo que ese Padre es para Su Hijo y ese Hijo es para Su Padre?. ¡Lo que Mi Padre me quiere!. 



              Junta en una caricia todos los cariños buenos de la tierra de padres a hijos, de hijos a padres, de hermanos a hermanos, de amigos a amigos, reúne en un beso la explosión de todos los besos que han brotado de labios de madres desde el primer día que las hubo, pon en una llama todo el fuego que ha salido de corazones amantes desde el primer momento en que se amaron los hombres, y ni aquella caricia, ni aquel beso, ni esta llama llegarán a ser una sombra del Amor con que Mi Padre me ama. 

              Hablando tu lenguaje humano tan escaso de vocablos que expresen con propiedad lo grande y lo bello, y mucho menos lo Infinito, te diré que, si en Dios cupieran desatinos y locuras, Mi Padre Celestial me quiere hasta la locura y el desatino y tanto que Su única ocupación de Señor Eterno, infinitamente Sabio, Bueno, Poderoso, es esto: recrearse y complacerse en Su Hijo. 

              Y si sigues no escandalizándote de este lenguaje humano aplicado a hablar de cosas tan subidas e inefables, te diré que la Creación entera con sus Ángeles, sus hombres y sus insectos, con sus soles y sus arenas, con sus aires y sus aguas y sus tierras y sus fuegos, y la Redención con sus anonadamientos de Belén, Cenáculo y Calvario, con sus glorias de Tabor y Resurrección, con sus donaciones inefables de Eucaristía, de Virgen Madre y de Iglesia, no son otra cosa que explosiones de Amor del Padre Celestial para Su Hijo. 

               Sí, todo lo del Cielo, lo de la Tierra y lo de los abismos lo puso Mi Padre en Mis manos y lo hizo para Mí y lo sometió a Mi Juicio. (…) ¿No nada en placer tu alma al saber que el mundo con sus distintos reinos y jerarquías, no es otra cosa que un poema cantado y hecho cantar en honor de Su Hijo por el Amor de un Padre infinitamente Bueno, Sabio, Poderoso? ¿No desaparecen de ante tus ojos medrosos todos los miedos y horrores y tenebrosidades de la vida al enterarte de que toda ella no es en definitiva sino el festín de bodas aparejado por el gran Rey a Su Hijo y que toda tu misión en ella es sentarte a gozar del festín, comer de lo que te presenten y cantar?... ¿Comprendes ahora la palabra que tantas veces repetí en Mi Evangelio: TODO, ¿te enteras bien? TODO lo que pidan al Padre en Mi Nombre se lo dará para glorificar a Su Hijo, o bien: Yo se lo daré para que el Padre sea glorificado en el Hijo? 

               Sacerdote, después de meditar lo que el Hijo vale delante de Su Padre, ¿volverás a dejar que entre en tu corazón el miedo o el engreimiento?. ¿Tú, el dueño de la llave del Sagrario en que se quedó a vivir el Hijo?. ¿Tú, el que todas las mañanas puedes tomar entre tus dedos la Hostia Consagrada que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hijo de Dios?. Siendo tuyo el Hijo de Dios, ¿te podrá negar algo el Padre Celestial?. Y si lo cuidas bien en tu Sagrario, buscándole mucha y buena compañía de almas, y en las almas preparándolas para que Él se sienta a gusto en ellas, ¿has pensado en la gratitud que te guardará Su Padre?.


Obispo Manuel González, en su libro "Aunque todos yo no"