domingo, 18 de septiembre de 2022
LX ANIVERSARIO DE TERESA NEUMANN, LA ESTIGMATIZADA DE BAVIERA
sábado, 17 de septiembre de 2022
ESCLAVOS MILITANTES DE UNA REINA EN GUERRA, por Plinio Corrêa de Oliveira
Hay un primer aspecto de la Realeza de Nuestra Señora que se refiere a la que es ejercida por Ella en el Cielo. Esa realeza consiste en que la Santísima Virgen fue exaltada por encima de todos los santos y los Ángeles, sobre los cuales posee un verdadero imperio.
No debemos entender esa soberanía como la de una reina madre terrena, que por ser madre del rey goza de una situación eminente en la corte, pero no posee el poder de mando. María Santísima, al contrario, fue instituida Reina de toda la Creación, y Dios le dio, de hecho, el gobierno del universo, del que hace parte el dominio sobre los espíritus celestes, de manera que los Ángeles, aunque superiores a Ella por naturaleza, le obedecen haciendo su voluntad en todo.
Así, María es verdaderamente la Reina de los Ángeles y de los Santos, como también del género humano y de la Iglesia Católica. No hay en la creación absolutamente nada que no esté colocado bajo del cetro de Nuestra Señora.
En la tierra, la realeza de María se ejerce principalmente en cuanto siendo Ella la Medianera de todas las gracias. Una vez que es Madre de Jesucristo, todos los pedidos suben hasta Dios por medio de Ella, y todos los favores y dones nos vienen de Dios por su intermedio. La Santísima Virgen posee la omnipotencia suplicante, pues por sus súplicas consigue absolutamente todo cuanto quiere, y nunca se oyó decir que un pedido de Ella no fuese plenamente atendido.
Todo eso hace de la Santa Virgen María la verdadera Reina. Ese es el título por el cual nos consagramos a Ella como esclavos, que constituye un conjunto de atributos según los cuales Ella merece, de hecho, nuestra incondicional obediencia.
Por consiguiente, la restauración de la realeza de Cristo en el mundo es la restauración del reinado de María. Sin embargo, como en todas las épocas de la Historia de la Iglesia hay algunas verdades que brillan más que otras, esa realeza de Nuestra Señora se ha explicitado mucho, y cada vez más, a partir de San Luis Grignión de Montfort hasta Fátima, donde Ella anunció: “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”. Si María triunfa, evidentemente como triunfadora reinará, pues uno de los títulos por los cuales una persona es investida legítimamente de la realeza es la conquista en una guerra justa.
Nuestra Señora anuncia un título nuevo para Su Reino: Ella vencerá, es el talón de Ella que, una vez más, aplastará la cabeza de la serpiente, quebrará el dominio del demonio e implantará el Reinado de Su Sapiencial e Inmaculado Corazón.
Por lo tanto, el sentido de nuestra consagración a María es de no hacer ni un solo acto que no tenga en vista restablecer el Reinado de esta Soberana Señora, haciéndola triunfar, aplastando las fuerzas de la Revolución. Nuestra posición es de esclavos militantes de una Reina que está en guerra y a quien debemos defender contra sus adversarios, luchando continua e incesantemente hasta que venga el Reino de María.
En la actual era histórica, la autenticidad de esa consagración se pone en estos términos: luchar por la Virgen, suplicándole las fuerzas necesarias para llevar esa lucha hasta el fin.
viernes, 16 de septiembre de 2022
LAS HORAS DE LA PASIÓN, de las Revelaciones de Luisa Picarretta. VIGÉSIMA PRIMERA HORA: Segunda Hora de Agonía en la Cruz
forma en su corazón una fuente,
y por cuanto más piensa tanto más
esta fuente sea grande, y como las aguas
que brotan son comunes a todos,
esta fuente de Mi Pasión que se forma
en el corazón sirve para el bien del alma,
para gloria Mía y para bien de las criaturas."
el 10 Abril de 1913
Preparación antes de la Meditación
Oh Señor mío Jesucristo, postrado ante Tu divina presencia suplico a Tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en Tu Cuerpo adorable como en Tu Alma Santísima, hasta la muerte de Cruz.
Ah, dame Tu ayuda, Gracia, Amor, profunda compasión y entendimiento de Tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...(primera, segunda, etc) y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligado dedicarme a mis deberes o a dormir.
Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.
Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión Contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo Tus pensamientos, Tu lengua, Tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome todo en Tu Voluntad y en Tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en Tu Corazón empiezo...
Segunda Hora de Agonía en la Cruz
Encadenado bien mío, Crucificado Amor mío, mientras oro contigo, la fuerza raptora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti, pero el corazón se me rompe viéndote tanto sufrir... Tu deliras de amor y de dolor, y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están en acto de devorarte, reduciéndote a cenizas. Tu Amor reprimido es más fuerte que la misma muerte, y Tú queriendo desahogarlo, mirando al ladrón que está a Tu derecha, se lo robas al Infierno, con Tu gracia le tocas el corazón y ese ladrón se siente todo cambiado, te reconoce y te confiesa como Dios, y lleno de contrición te dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en el reino”, y Tú no vacilas en responderle: “Hoy estarás Conmigo en el Paraíso” y haces de él el primer triunfo de tu amor. Pero veo que en tu amor no solamente al ladrón le robas el corazón, sino también a tantos moribundos. Ah, Tú pones a su disposición tu Sangre, tu amor, tus méritos, y usas todos los artificios y estratagemas divinas para tocarles el corazón y robarlos todos para ti... Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado... ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! Y es tan grande tu dolor, que de nuevo te reduce al silencio... Quiero reparar, oh Jesús mío, por aquellos que desesperan de la divina Misericordia en el momento de la muerte...
Dulce amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a aquellos que se encuentran entre las angustias de la agonía, y en virtud de esta Palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al Cielo. En tu santísimo cuerpo; en tu Sangre, en tus llagas contienes a todas las almas, a todas, oh Jesús, así pues, por los méritos de tu preciosísima Sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda. Que tu Sangre aún hoy les grite a todas, juntamente con tu Palabra: “Hoy estaréis conmigo en el Paraíso”.
Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. Ah, sobre esta Cruz Tú eres el verdadero Rey de los Dolores, y en medio de tantas penas no se te escapa ningún alma, sino que le das tu Vida a cada una. Pero tu amor se ve resistido por las criaturas, despreciado, no tomado en cuenta, y al no poder desahogarse, se hace cada vez más intenso y te procura indecibles torturas; y en estas torturas va ideando qué más puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir: “¡Mira, oh alma, cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor!”
Entre tanto, viendo que no tienes ya nada más que darle, pues ya te has dado todo, vuelves tu mirada agonizante a tu Mamá... También Ella está más que agonizante por causa de tus penas, y es tan grande el amor que la tortura que la tiene crucificada a la par contigo... Madre e Hijo os comprendéis..., entonces Tú suspiras con satisfacción y te consuelas viendo que puedes dar tu Mamá a la criatura; y considerando en Juan a todo el género humano, con voz tan tierna que enternece a todos los corazones dices: “MUJER, HE AHÍ A TU HIJO” y a Juan: “HE AHÍ A TU MADRE”.
Tu voz desciende en su Corazón materno y juntamente con las voces de tu Sangre continúas diciéndole “Madre mía, te confío a todos mis hijos; todo el amor que me tienes a Mí, tenlo para cada uno de ellos; todos tus cuidados y ternuras maternas sean también para cada uno de mis hijos... Tú me los salvarás a todos.” La Mamá acepta... Pero son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio... Oh Jesús mío, quiero reparar por las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, por las blasfemias e ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los beneficios que nos has hecho a todos, dándonosla por Madre... ¿Cómo podremos agradecerte por tan gran beneficio?
Recurro a ti mismo, oh Jesús mío, y en agradecimiento te ofrezco tu misma Sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón... -Oh Mamá santa, ¿cuál no es tu conmoción al oír la voz de tu Hijo, que te deja como Madre de todos nosotros? Yo te doy las gracias, Virgen bendita, y para agradecerte como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús. Oh dulce Mamá, sé Tú nuestra Madre, tómanos a tu cargo y no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo; mantennos siempre estrechados a Jesús y con tus manos átanos a todos, a todos a El, de modo que nunca más podamos huir de El. Con tus mismas intenciones quiero reparar por todas las ofensas que se hacen a tu Jesús y a ti, dulce Mamá mía...
Oh Jesús mío, mientras continúas inmerso en tantas penas, abogas aun más por la causa de la salvación de las almas; y yo por mi parte no me quiero quedar indiferente, sino que quiero recorrer tus llagas, besarlas, curarlas y sumergirme en tu Sangre, para poder decir junto contigo: “¡Almas, almas!”. Y quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todas. Cuarta Palabra Penante Jesús mío, mientras me estoy abandonada y estrechada a tu Corazón numerando tus penas, veo que un temblor convulsivo invade tu santísima Humanidad; tus miembros se debaten como si quisieran separarse unos de otros, y entre contorsiones por los atroces espasmos, gritas fuertemente: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”. Ante este grito, todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas, y la Mamá petrificada palidece y casi se desmaya.
¡Vida mía y Todo mío! ¡Jesús mío! ¿Qué veo? Ah, estás próximo a la muerte, y aun las mismas penas, tan fieles a ti, están por dejarte; y entre tanto, después de tanto sufrir, ves con inmenso dolor que no todas las almas están incorporadas en ti; por el contrario, ves que muchas se perderán, y sientes su dolorosa separación como si se arrancaran de tus miembros... Y Tú, debiendo satisfacer a la Divina Justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una y hasta las penas mismas que sufrirán en el infierno, y gritas con fuerza a todos los corazones: “¡No me abandonéis! Si queréis que sufra más penas estoy dispuesto, pero no os separéis de mi Humanidad. ¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes! ¡Todo lo demás me sería nada si no sufriera vuestra separación de Mi! ¡Ah, piedad de mi Sangre, de mis Llagas, de mi muerte! ¡Este grito será continuo en vuestros corazones: ¡Ah, no me abandonéis!”.
Amor mío, cuánto me duelo junto contigo... Te asfixias; tu santísima cabeza cae ya sobre tu pecho; la vida te abandona... Amor mío, me siento morir... Pero también yo quiero gritar contigo: ¡Almas, almas! No me separaré de esta Cruz y de estas llagas tuyas, para pedirte almas; y si Tú quieres, descenderé en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen, y si me fuese posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer retroceder a las almas que quieren ir ahí y conducirlas a tu Corazón. Pero Tú agonizas y callas, y yo lloro tu cercana muerte...
Oh Jesús mío, te compadezco, estrecho tu Corazón fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de que ahora soy capaz, y para procurarte un alivio mayor, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, con ella quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la pérdida de las almas... Es en verdad doloroso este grito tuyo, oh Jesús; más que el abandono del Padre, es la pérdida de las almas que se alejan de ti, lo que hace escapar de tu Corazón este doloroso grito.
Oh Jesús mío, aumenta en todos la Gracia, para que nadie se pierda, y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que habrían de perderse, para que no se pierdan. Te ruego además, oh Jesús mío, por este extremo abandono, que des ayuda a tantas almas amantes, que por tenerlas de compañeras en tu abandono, parece que las privas de ti, dejándolas en tinieblas. Que sus penas sean, oh Jesús, como voces que llamen a todas las almas a tu lado y te alivien en tu dolor.
Ofrecimiento después de Cada Hora
Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de Tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido. Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas. He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”. Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...
Gracias y Te bendigo por cada gota de Sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado. En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.
Ah Jesús, haz que todo mi ser Te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de Tus bendiciones y de Tus gracias...
Ah Jesús, estréchame a Tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” Tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.
Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en Tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.
Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que Tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a Tu Corazón, que Tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo. Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...
jueves, 15 de septiembre de 2022
MIRA MI DOLOR E IMÍTAME EN LO QUE PUDIERES
“Miro ahora a todos los que viven en el mundo por ver
si hay quien se compadezca de Mí y medite en Mi Dolor;
mas hallo poquísimos que piensen en Mi tribulación
y duélete de que sean pocos los amigos de Dios”
Laméntase Jesús, por boca de Salmista, que estando para morir en la Cruz buscaba quien le consolase y no lo halló. Esperé, dice, que alguno se condoliese de mí, más nadie lo hizo (1). En las agonías de la Cruz, Jesús era maldecido y blasfemado por judíos y romanos. Junto a la Cruz de Cristo estaba también María, que, de haber podido, le hubiera proporcionado algún alivio; pero el dolor de esta afligida y amorosa Madre contribuía a aumentar las penas del Hijo, que tanto la amaba. De modo que, como dice San Bernardo, "las penas de María, al desbordar de Su Corazón, iban a inundar de amargura el Corazón de Jesús" (2) de tal manera, que el Redentor, al contemplar a María tan angustiada, sería atravesada Su Alma más por los dolores que padecía Su Madre que por los Suyos propios. Por esto dice San Bernardo "Oh Buen Jesús, grandes dolores padecéis en el cuerpo; pero los padecéis mayores en el Corazón, espejo de angustias de Vuestra Madre (3)
¡Qué amarguras debieron inundar los amantes Corazones de Jesús y de María cuando Jesús, antes de expirar, tuvo que despedirse de Su Madre! He aquí las últimas palabras de despedida que Jesús dirigió a María: "Mujer, ahí tienes a Tu hijo"; y le señaló a Juan para que le recibiese en Su lugar por hijo.
¡Oh Reina de los Dolores! las recomendaciones de un hijo moribundo a quien ama entrañablemente se tienen en tan grande estima, que jamás se caen de la memoria de una madre. Acordaos pues, que Vuestro Hijo, que tanto os amaba, os dejó por hijo, en la persona de Juan, a este pobre pecador que yace postrado a vuestros pies. Por el amor que tenéis a Jesús, compadeceos de mí. Yo no os pido bienes de la tierra; pues al ver a Vuestro Hijo que muere por mí agobiado de dolores, al veros a Vos, Santísima Madre mía, que por mí sobrelleváis tantos trabajos; al considerar que por mis pecados merecía estar sepultado en el infierno, y que, esto no obstante, nada he padecido por Vuestro amor, quiero sufrir por Vos algún trabajo antes de morir.
Esta gracia os pido diciéndoos con San Buenaventura "¡Oh Señora!, si os he ofendido, herid mi corazón en justo castigo de mi culpa; y si os he amado, os pido en justa recompensa que hiráis mi corazón".
Alcanzadme, oh María, grande devoción y continuo recuerdo de la Pasión de Vuestro Hijo. Y por las angustias que padecisteis al verlo expirar en la Cruz, alcanzadme una buena muerte. Asistidme, Reina mía, en aquel angustioso trance y concededme la gracia de morir amando y pronunciando los Santísimos Nombres de Jesús y de María.
NOTAS ACLARATORIAS
1- Salmo 68, vers. 21
2- Il Martirio del Cuore di Maria. Siniscalchi
3- Vida de Jesucristo, por Ludolfo de Sajonia
¿CÓMO PODEMOS CONSOLAR A NUESTRA SEÑORA?
Muy fácil: basta con tomar apenas diez minutos cada día. Leer y meditar de en uno en uno los Siete Dolores de la Virgen Santa, desde la Profecía del anciano Simeón hasta aquél momento de dolor inenarrable como fue el de Nuestra Señora cuando vio a s Hijo muerto, colocado en el sepulcro. Creo que por mucho que meditemos, jamás lograremos adentrarnos por completo en el drama de la María Santísima.
Si a la meditación de los Siete Dolores, le añadimos la recitación lenta de un Avemaría después del enunciado de cada uno de Sus Dolores, tengamos por seguro que estamos ofreciendo una óptima reparación a la que es Medianera de todas las gracias entre Dios y los hombres.
miércoles, 14 de septiembre de 2022
LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
El Rey de Persia, Cosroe, declara la guerra al Imperio Romano de Oriente ( Imperio Bizantino con sede en Constantinopla ) en el año 604. El Senado de la ciudad nombra Emperador a Heraclio, que de entrada busca la paz con los enemigos. Así, el general Ramiozán, de las huestes del rey persa, se apodera de la Ciudad Santa, Jerusalén, comete el sacrilegio de destruir el Santo Sepulcro y roba impunemente el trozo de la Verdadera Cruz de Nuestro Señor que Santa Elena había guardado en un relicario de plata.
De los testimonios de aquél sacrílego acto de tomar Jerusalén, se dice que "De los prisioneros cristianos que quedaron en poder de los vencedores, unos fueron entregados al furor de los judíos, que los sacrificaron cruelmente, y otros fueron conducidos a Persia en unión del botín y de la Santa Reliquia. Entre los prisioneros se halaba el Patriarca de Jerusalén, Zacarías."
La noticia conmociona a la Cristiandad, que rápidamente crea un ejército -a modo de Cruzada- para liberar a los hermanos cautivos, al Patriarca y sobre todo, la Sagrada Reliquia de la Cruz de Nuestro Señor. El valiente y creyente ejército se adentró en Persia, tomando las ciudades de Gauzak (donde los persas tenían un templo dedicado al sol ), Derkeveh, Urma, Saro...
El mismo Emperador Heraclio cruza las filas de sus tropas crucifijo en mano, prometiendo a los soldados la victoria sobre los enemigos de Dios y de la Iglesia Católica; promesa que Dios tuvo a bien cumplir, ya que la derrota persa fue completa. Incluso los aliados del rey persa asesinaron a éste, que se negaba a negociar la paz, y pusieron a su hijo en su lugar, el cual capituló y devolvió las ciudades tomadas antes de la guerra, así como liberó a los cristianos cautivos y devolvió la Sagrada Reliquia de la Cruz.
Cuando el Emperador Heraclio regresó a Constantinopla con la Santa Cruz, la ciudad la recibió con un júbilo sin parangón. De esa alegría sin par que llenó el alma de miles y miles de cristianos que adoraron la Preciosa Reliquia, quedó establecida la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz.
A pesar de lo mucho que había costado recuperarla, Heraclio quiso devolverla a Jerusalén y lo quiso hacer él mismo. Así, otra vez en la Ciudad Santa, decidió cargarla personalmente hasta el Monte Calvario y claro está, para ceremonia tan importante, quiso lucir sus mejores galas. Sin embargo, cuando se disponía a ascender camino del monte donde Nuestro Señor fue crucificado, sus pies quedaron inmóviles, siéndole imposible dar un paso.
El Patriarca, le recordó entonces que Cristo había subido al Calvario pobre, con apenas unos harapos y escarnecido por sus enemigos. El Emperador entendió y sin vacilar, se desprendió de sus galas y su corona, cargó de nuevo con la Santa Cruz y esta vez sí pudo ascender hasta llegar al lugar bendito de la Redención, donde el Patriarca de Jerusalén impartió la bendición la Sagrada Reliquia de la Cruz.
Con el tiempo, la Santa Cruz sería dividida para poder así ser repartida por todo el orbe católico; algunas veces en pequeñas astillas (reliquias mínimas); en otras ocasiones los trozos serían más grandes, para ir colocados en bellos relicarios o en la cruz pectoral de algún piadoso Obispo. Por último, existen reliquias notables, de tamaño considerable, algunas se veneran en Roma pero la reliquia insigne, el trozo más grande de la Santa Cruz de Nuestro Señor se venera en España, en Cantabria.
Fue Santo Toribio de Astorga, el que estando en Jerusalén custodiando las reliquias de Jesucristo, obtuvo permiso del Papa de la época para trasladar el brazo izquierdo de la Cruz de Cristo hasta Astorga. Esta reliquia así como sus restos, una vez muerto, eran de enorme valor para la Cristiandad. Es por ello que todo se trasladó hasta Liébana ante el inminente avance de la invasión de los musulmanes, donde en la actualidad se sigue venerando por parte de los fieles que allí acuden en peregrinación.
martes, 13 de septiembre de 2022
SUBIDA AL MONTE CARMELO, por San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia. Parte III
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
En esta primera canción canta el alma la dichosa suerte y ventura que tuvo en salir de todas las cosas afuera, y de los apetitos e imperfecciones que hay en la parte sensitiva del hombre, por el desorden que tiene de la razón. Para cuya inteligencia es de saber que, para que una alma llegue al estado de perfección, ordinariamente ha de pasar primero por dos maneras principales de noches, que los espirituales llaman purgaciones o purificaciones del alma, y aquí las llamamos noches, porque el alma, así en la una como en la otra, camina como de noche, a oscuras.
La primera noche o purgación es de la parte sensitiva del alma, de la cual se trata en la presente canción, y se tratará en la primera parte de este libro. Y la segunda es de la parte espiritual, de la cual habla la segunda canción que se sigue; y de esta también trataremos en la segunda y tercera parte, cuanto a lo activo; porque, cuanto a lo pasivo, será en la cuarta. Y esta primera noche pertenece a los principiantes al tiempo que Dios los comienza a poner en el estado de contemplación, de la cual también participa el espíritu, según diremos a su tiempo. Y la segunda noche o purificación pertenece a los ya aprovechados, al tiempo que Dios los quiere ya poner en el estado de la unión con Dios; y esta es más oscura y tenebrosa y terrible purgación, según se dirá después.
DECLARACIÓN DE LA CANCIÓN
Quiere, pues, en suma, decir el alma en esta canción que salió - sacándola Dios- sólo por amor de Él, inflamada en su amor, en una noche oscura, que es la privación y la purgación de todos sus apetitos sensuales acerca de todas las cosas exteriores del mundo y de las que eran deleitables a su carne, y también de los gustos de su voluntad. Lo cual todo se hace en esta purgación del sentido. Y, por eso, dice que salía, estando ya su casa sosegada, que es la parte sensitiva, sosegados ya y dormidos los apetitos en ella, y ella en ellos. Porque no se sale de las penas y angustias de los retretes de los apetitos hasta que estén amortiguados y dormidos. Y esto dice que le fue dichosa ventura, salir sin ser notada, esto es, sin que ningún apetito de su carne ni de otra cosa se lo pudiese estorbar. Y también porque salió de noche, que (es) privándola Dios de todos ellos, lo cual era noche para ella. Y esto fue dichosa ventura, meterla Dios en esta noche, de donde se le siguió tanto bien, en la cual ella no atinara a entrar, porque no atina bien uno por sí solo a vaciarse de todos los apetitos para venir a Dios.
Esta es, en suma, la declaración de la canción. Y ahora nos habremos de ir por cada verso escribiendo sobre cada uno, y declarando lo que pertenece a nuestro propósito. Y el mismo estilo se lleva en las demás canciones, como en el prólogo dije, que, primero, se pondrá cada canción y se declarará, y después, cada verso.
En una noche oscura
Por tres cosas podemos decir que se llama noche este tránsito que hace el alma a la unión de Dios. La primera, por parte del término de donde el alma sale, porque ha de ir careciendo el apetito de todas las cosas del mundo que poseía, en negación de ellas; la cual negación y carencia es como noche para todos los sentidos del hombre.
La segunda, por parte del medio o camino por donde ha de ir el alma a esta unión, lo cual es la Fe, que es también oscura para el entendimiento, como noche.
La tercera, por parte del termino adonde va, que es Dios, el cual, ni más ni menos, es noche oscura para el alma en esta vida. Las cuales tres noches han de pasar por el alma, o, por mejor decir, el alma por ellas, para venir a la divina unión con Dios. En el libro del santo Tobías (cap. 6, vers. 18-22) se figuraron estas tres maneras de noches por las tres noches que el ángel mandó a Tobías el mozo que pasasen antes que se juntase en uno con la esposa. En la primera le mandó que quemase el corazón del pez en el fuego, que significa el corazón aficionado y apegado a las cosas del mundo; el cual, para comenzar a ir a Dios, se ha de quemar y purificar todo lo que es criatura con el fuego del amor de Dios. Y en esta purgación se ahuyenta el demonio, que tiene poder en el alma por asimiento a las cosas corporales y temporales.
En la segunda noche le dijo que sería admitido en la compañía de los Santos Patriarcas, que son los padres de la Fe. Porque pasando por la primera noche, que es privarse de todos los objetos de los sentidos, luego entra el alma en la segunda noche, quedándose sola en Fe (no como excluye la caridad, sino las otras noticias del entendimiento -como adelante diremos-) que es cosa que no cae en sentido.
En la tercera noche le dijo el ángel que conseguiría la bendición, que es Dios, el cual, mediante la segunda noche, que es Fe, se va comunicando al alma tan secreta e íntimamente, que es otra noche para el alma, en tanto que se va haciendo la dicha comunicación muy más oscura que estotras, como luego diremos. Y pasada esta tercera noche, que es acabarse de hacer la comunicación de Dios en el espíritu, que se hace ordinariamente en gran tiniebla del alma, luego se sigue la unión con la esposa que es la Sabiduría de Dios. Como también el ángel dijo a Tobías que, pasada la tercera noche, se juntaría con su esposa con temor del Señor; el cual temor de Dios cuando está perfecto, está perfecto el amor, que (es) cuando se hace la transformación por amor del alma (con Dios).
Estas tres partes de noche todas son una noche; pero tiene tres partes como la noche. Porque la primera, que es la del sentido, se compara a prima noche, que es cuando se acaba de carecer del objeto de las cosas. Y la segunda, que es la Fe, se compara a la media noche, que totalmente es oscura. Y la tercera, al despidiente, que es Dios, la cual es ya inmediata a la luz del día. Y, para que mejor lo entendamos, iremos tratando de cada una de estas causas de por sí.
lunes, 12 de septiembre de 2022
EL DULCE Y SANTO NOMBRE DE MARÍA
Así como después de Navidad se celebra la Fiesta del Santo Nombre de Jesús, tras celebrar la Natividad de Nuestra Señora, es muy conveniente que honremos ahora el Santísimo Nombre de María, que parece significar "la Amada de Dios", tanto por su destino como Madre del Altísimo como por sus grandes y perfectas virtudes.
San Bernardo fue uno de los más grandes propagadores de la Devoción al Dulce Nombre de María; para él no podía la Madre de Dios tener un nombre más propio, ni que significase mejor Su excelencia, Sus grandezas y Su alta dignidad, que el Nombre de María.
También otros Santos como Santa Brígida, San Bernardino de Siena, San Antonio de Padua, alababan y bendecían las glorias del Nombre de María y se constituyeron en resueltos propagadores de esta hermosa Devoción.
La primera celebración litúrgica del Nombre de María tuvo lugar en España, en 1513, en la ciudad de Cuenca, después de que el Papa León X, concediera a la Catedral de la ciudad dedicar una Capilla con ese título. Debido a la promulgación del Misal de San Pío V en 1570, se hizo necesaria una nueva petición. Por esta razón, el Canónigo Juan del Pozo Palomino, pidió y obtuvo del Papa Sixto V, el 17 de Enero de 1587, poder seguir celebrando dicha Fiesta del Dulce Nombre de María en la Catedral, como Fiesta de la Octava de la Natividad de María y en 1588, logró que se le concediera a toda la Diócesis de Cuenca. El Papa Inocencio XI decretó el 25 de Noviembre del año 1683, que toda la Iglesia Católica celebrara solemnemente la fiesta del Nombre de María Nuestra Señora.
Si de veras quieres ser devoto de la Virgen sólo invócala a diario con la misma oración con la que la saludó el Arcángel San Gabriel: el Avemaría. La llamamos así porque en su fórmula en latín comienza así Ave María gratia plena, Dóminus tecum...
En esta sencilla súplica acude con el corazón a Nuestra Señora, es especial en los momentos de dolor y haz hincapié cuando pronuncies el "ahora..." porque Ella es presente en tu vida, en ese "ahora" que tienes tal problema de dinero, en ese "ahora" que te falta la salud... La Virgen es Nuestra Madre, pero también es Reina y Señora, por eso cuando reces, cuando a Ella te dirijas, hazlo con amor y confianza, pero también con el respeto que merece el pronunciar Su Dulce Nombre y encomendarnos a Su intercesión poderosa.
El Avemaría lo puedes saborear mejor si lo rezas con el Ángelus, la salutación que nuestros padres y abuelos dedicaban a la Virgen tres veces al día y que te recomiendo hacer, por lo sencilla que es y por las muchas gracias e indulgencias que puedes obtener.
"...cuando en la tarde suena el Ave María haced que desde entonces en adelante os arrodilléis, quitándoos la capucha por amor a Ella, rogándole, por último, que nos conceda aquello de que tenemos necesidad. Y digo que le hagáis esta reverencia tanto si estuvierais fuera de casa como si estuvierais en casa. Y lo digo tanto a vosotras mujeres como a los hombres; haced que este nombre de María lo tengáis en reverencia y devoción...
Y para que sepas cómo Ella no es ingrata cuando tú la saludas, aunque no le ruegues, Ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con el mismo afecto que las dices; y si tú le ruegas con reverencia y fe ¿qué crees que Ella hace? Astitit Regina a destris tuis. "Está la Reina Madre de Dios a tu derecha y ruega por ti."
San Bernardino de Siena
domingo, 11 de septiembre de 2022
LA SANTA MISA, MISTERIO DE LA REDENCIÓN
La Santa Misa… es fecundísima fuente de santificación y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: “Yo les he dado de la gloria que Tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amándoles a ellos como a mí me amaste” (Evangelio de San Juan, cap. 17, vers. 22-23)
El espíritu del mal nada teme tanto como una Misa, sobre todo cuando es celebrada con gran fervor y cuando muchos se unen a ella con Espíritu de Fe. Cuando el enemigo del bien choca con un obstáculo insuperable, es que en una iglesia, un Sacerdote, consciente de su propia debilidad y de su pobreza, ha ofrecido la Omnipotente Hostia y la Sangre Redentora.
Hay que recordar el caso de Santos que, asistiendo a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, han visto desbordarse la Preciosa Sangre y deslizarse por los brazos del Sacerdote, y los Ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a aquellos que tienen mayor necesidad de participar en el Misterio de la Redención.
No puede, pues, darse en la tierra un culto más grande, más santo, más litúrgico, en el que mejor se practiquen para con Cristo -oculto bajo las especies sacramentales-, las virtudes de Fe, de Esperanza, de Caridad, de Religión, de humildad, y los dones correlativos del Espíritu Santo, todos los cuales constituyen la perfección sacerdotal.
Padre Reginald Garrigou Lagrange O.P.
sábado, 10 de septiembre de 2022
LA NOBLEZA DEL ALMA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN, por Plinio Corrêa de Oliveira
Si hoy nos pusiéramos a analizar la vida interna de las naciones, notamos un estado de agitación, de desorden, de disolución, de apetitos y ambiciones desatados, de subversión de todos los valores, que nos encaminan hacia el caos.
Ningún estadista contemporáneo supo presentar un remedio que corte el paso a este proceso mórbido universal.
Lo hizo, sin embargo, Nuestra Señora en Fátima, abriendo los ojos de la humanidad para la gravedad de esta situación y señalando los medios necesarios a fin de evitar la catástrofe. En Fátima, la Madre de Dios analiza la propia historia de nuestra época y, más que ello, su futuro.
Si es verdad que el gran San Agustín anunció la caída del Imperio Romano de Occidente, San Vicente Ferrer previó el ocaso de la Edad Media y San Luis Grignion de Montfort profetizó la Revolución Francesa de 1789, a nuestro siglo le tocó la mejor parte: en la inminencia del desenlace de la crisis universal, la Santísima Virgen en persona vino a hablar a los hombres.
Y Ella, al mismo tiempo, explica las raíces de la crisis, señala el remedio y profetiza la catástrofe, en caso que los hombres no la escuchen.
En 1917, la Santísima Virgen se apareció a tres pastorcitos en Fátima (en la Cova da Iría, Portugal) anunciando al mundo entero los terribles dramas y los castigos que habrían de flagelarlo si éste, contrito y humillado, no se volviese hacia Ella en un movimiento sincero de regeneración de alma.
Precisamente el día 17 de Julio de 1972, ocurría en Nueva Orleans (EE. UU.) el estupendo milagro de la lacrimación de una imagen de Nuestra Señora de Fátima. La Santísima Virgen corroboraba, esta vez con el lenguaje elocuente de las lágrimas, su Mensaje.
Como un homenaje de pleitesía y gratitud filiales por las apariciones de Nuestra Señora en Fátima —el acontecimiento más importante del siglo XX— y también por la lacrimación de Nueva Orleáns, que pasamos a proclamar la incomparable nobleza de alma de la Santísima Virgen.
En cierto sentido, se puede decir que la virtud es la nobleza del alma. Es decir, ser noble en el orden espiritual es ser virtuoso, es vivir en estado de gracia. De tal manera que, en un alma en esas condiciones, el propio Jesucristo Nuestro Señor hace su morada.
Así como la Nobleza terrena tiene grados, que van en orden ascendente desde el barón hasta el duque o el príncipe, así también vivir en la gracia de Dios tiene grados. Y, entre todas las criaturas, Aquella que alcanzó el ápice de esa escala ascensional de virtudes y de gracias fue María Santísima. No tratamos, pues, en este artículo de la nobleza terrena de Nuestra Señora, también verdadera e importante —puesto que pertenecía a la Casa real de David—, sino tan sólo de su nobleza espiritual.
Un elemento para que valoremos la nobleza de alma de Nuestra Señora es considerar que en todo matrimonio bien constituido debe haber una cierta proporción entre esposo y esposa. En caso contrario se está en presencia de una mésalliance (casamiento desigual).
Ahora bien, María Santísima es la Esposa del Divino Espíritu Santo. Hija, Madre y Esposa del propio Dios, Ella concibió a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en su claustro virginal (que permaneció virginal antes, durante y después del parto) por obra del Espíritu Santo. Es, por lo tanto, aquella criatura por excelencia, única e incomparable, que por la gracia tuvo cierta proporción para ese desposorio con la perfección infinita.
La auténtica nobleza de alma comporta dos importantes trazos, que se manifiestan en el valor y en el desprendimiento. En el Alma Santísima de Nuestra Señora ambas características resplandecieron de modo incomparable.
Nuestro Señor Jesucristo vivió treinta años con su Madre amantísima y algo menos con el castísimo San José. Éste le servía admirablemente de padre. Nuestro Divino Redentor consagró tres años a su actuación pública, al cabo de los cuales Nuestra Señora, que tenía un perfecto conocimiento de las Escrituras, sabía que Él habría de morir crucificado.
También a lo largo de esos tres años, Nuestra Señora acompañó paso a paso —personalmente o en espíritu— a su Divino Hijo.
Después del fallecimiento de San José, Ella vio que la gloria de su Hijo maravillaba y encantaba a las multitudes, en el primer año de su apostolado con los judíos. Esto, muy naturalmente, le causaba gran alegría, aun más por ser Dios que por el hecho de ser su Hijo.
En el segundo año, Ella comenzó a notar los odios y las intrigas articuladas contra Nuestro Señor por los sacerdotes del Templo, escribas y fariseos. Y comprendió bien que, en medio de toda aquella conspiración, se preparaba el momento en que una tempestad habría de desatarse sobre su Divino Hijo, llevándolo a la muerte.
María Santísima, con total desprendimiento, consideraba la aproximación de la hora en que Ella debería, una vez más, renunciar al mayor tesoro que jamás fue dado a una criatura poseer: el propio Hombre-Dios.
Ella concordó plenamente con que su Hijo cumpliese hasta el fin su misión siendo muerto como víctima expiatoria por los pecados de los hombres. Y adorándolo como nadie, lo entregó en las manos de la justicia divina con valor y desprendimiento.
El Padre Eterno quiso el consentimiento de Ella para que su Hijo muriese. Tuvo conocimiento de todos los hombres que habrían de salvarse por los méritos de la Sangre infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, hasta el fin del mundo, y de la gloria que así era dada a Dios. Por eso Ella consintió.
Y es precisamente en esa entrega del tesoro más precioso al Padre Eterno que se venera uno de los trazos más sobresalientes de la nobleza por excelencia de Nuestra Señora.
Con ese acto de generosidad, se dispuso Ella a aceptar un diluvio de dolores, sufridos en unión con los de su Divino Hijo. Y por eso Nuestra Señora es realmente la Corredentora del género humano. He ahí la nobleza perfecta: el valor, el desprendimiento completo, seguidos de la gloria perfecta, de Aquella que es la “honra, gloria y alegría” del mundo entero.
viernes, 9 de septiembre de 2022
LA NOVENA DE LAS ROSAS A SANTA TERESITA DE LISIEUX
con armas de la tierra, sino con la espada del espíritu,
que es la Palabra de Dios. Así que la enfermedad
no ha podido rendirme… Moriré con las armas en la mano
Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz
La Piedad Católica, aquella que nos lleva a la amistad con Jesús y María, también ha querido honrar a Sus imitadores, los Santos, máxime cuando éstos relucen por la integridad de su vida y por la claridad de sus palabras; leyendo la vida de los Santos, apreciamos que tuvieron defectos y miedos, como el resto de los mortales, pero que en la aceptación de su nada y en su entrega confiada a Dios, obtuvieron el premio de la Santidad. Es este el caso de Santa Teresita de Lisieux, "la Santa de las Rosas".
ORIGEN DE LA NOVENA DE LAS ROSAS
El Padre Putigan, Sacerdote Jesuita, el día tres de Diciembre de 1925, comenzó una Novena en honor de Santa Teresita del Niño Jesús, que había sido Canonizada el 17 de Mayo de ese mismo año, por el Papa Pío XI; el buen Sacerdote se encomendó a la Santa carmelita pidiendo una gracia importante.
Con esta intención comenzó a rezar durante la Novena, 24 Glorias al Padre, en acción de gracias a la Santísima Trinidad por los favores y gracias concedidos a Santa Teresita del Niño Jesús durante los 24 años de su existencia terrenal. Pidió una señal de que su Novena era escuchada; esta señal sería recibir una rosa fresca y entreabierta. En el tercer día de la Novena, una persona busca al sacerdote y le ofrece una rosa encarnada...¿casualidad?. Los católicos le llamamos Providencia.
El día 24 de Diciembre del mismo año, el Padre Putigan, comenzó una segunda Novena y pedía ahora como señal una rosa blanca. En el cuarto día de la Novena, una Hermana enfermera del hospital, le trajo una rosa blanca diciendo:
- Aquí está una rosa blanca que Santa Teresita envía a su Paternidad.
Sorprendido pregunta el Padre:
- ¿De dónde viene esta rosa?
La Hermana le comenta:
- Fui a la capilla donde se encuentra adornada una imagen de Santa Teresita, y al aproximarme al altar de la Santita, cayó a mis pies esta rosa. Quise colocarla de nuevo en el jarrón pero me acordé de traerla a Vd.
El Padre Putigan alcanzó las gracias pedidas en la Novena; resolvió propagarla formando una cruzada de oraciones en honor a Santa Teresita.
La Novena de los 24 Glorias se suele hacer del 9 al 17 de cualquier mes y participar así en la comunión de oraciones de los que la rezan esos días, pero se puede hacer igualmente en cualquier otra fecha; los más devotos de Santa Teresita le dedicamos a diario los 24 Glorias...












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