Libro del Eclesiástico, cap. 24, vers. 21
El pecado de nuestros primeros padres no solo privó al hombre de la justicia original y de todos los dones que esta conlleva, sino que lo redujo a un estado de gran debilidad, de modo que nos es imposible realizar obras de valor sobrenatural sin una gracia especial. El hombre caído es como un enfermo que no siente agrado por ningún alimento. Carece de energía vital y sus acciones carecen del vigor natural de una persona sana. Es muy propenso al vicio y encuentra tediosa y difícil la práctica de la virtud.
Esta incapacidad natural para realizar buenas obras se ve agravada por el pecado, ya sea mortal o venial. El primero, al privar al alma de la gracia divina, principio de la vida espiritual, impide al hombre hacer algo que agrade a Dios para merecer la felicidad eterna. El segundo, al disminuir el fervor de la caridad, hace laboriosa la práctica de la virtud, ya que la caridad tiene por efecto precisamente facilitar la realización del bien. El pecado es, por tanto, un gran mal, porque, si es mortal, mina por completo la energía espiritual del alma, y si es venial, la debilita notablemente.
Si de los individuos pasamos a las naciones, percibimos que el pecado, como un veneno sutil, carcome el corazón de los mismos, debilitándolos y preparando su ruina.
La Divina Bondad, que para las dolencias corporales nos ha procurado remedios eficaces, no es menos diligente al proveer los medios para sanar nuestras dolencias espirituales. Con los Sacramentos instituidos por Jesucristo para restaurar la Gracia en nuestras almas o para aumentarla en nosotros, Dios también se ha complacido en concedernos, con la ayuda de María, un potente remedio para nuestras dolencias espirituales. De hecho, María no solo nos ha dado a Jesucristo, Pastor y Médico de nuestras almas, sino que, además, nos cuida como una tierna madre junto a la cuna de un niño enfermo.
Además de esto, el ejemplo de María nos anima en nuestra lucha contra el Diablo. Pues ella es la Virgen Inmaculada, que jamás fue contaminada por el pecado. Su dulce Alma siempre estuvo llena del perfume de las más nobles virtudes.
María no cesa tampoco de escuchar la voz de nuestras súplicas y de presentarlas ante el Trono de Dios, anticipándose con frecuencia a nuestras peticiones y obteniéndonos, por Sus Méritos y los de Jesucristo, todos los auxilios que nos son necesarios en nuestras necesidades espirituales.
Y lo que María hace por las personas, también lo hace por naciones enteras. Como Reina piadosa, las socorre en su aflicción; las levanta de su lecho de enfermedad y es para ellas un baluarte de defensa.
El poder y el cuidado maternal de María no solo abarcan las miserias espirituales, sino también los males del cuerpo. ¡Cuántas veces vemos a María devolviendo la salud a los enfermos que acuden a ella con filial confianza!.
En la prontitud de María para aliviar las dolencias corporales, resplandece espléndidamente el Amor de Dios por Ella. Parece como si el Altísimo no hubiera puesto límites a la eficacia de la intercesión de Su Madre. Mientras que otros Santos son invocados sólo en casos particulares de dolencias corporales, el Poder de María, en cambio, se ejerce sobre toda clase de dolencias. Por lo tanto, podemos decir que, por Su palabra, como antaño por la palabra de Jesús, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen. La única diferencia es que Jesucristo, siendo Dios, obró estos milagros por su propia autoridad personal, mientras que María nos obtiene, por la Divina Clemencia, las gracias que pide, en virtud de la eficacia de Su intercesión ante Dios.
Sin embargo, aunque María es tan poderosa para sanar todas las dolencias corporales, no siempre libra a Sus pacientes de cada prueba, porque Dios considera oportuno ejercitarlos en la paciencia, para que así obtengan la recompensa que les está preparada en el Cielo. Pero cuando María no restaura la salud corporal, a pesar de todo, nunca deja de ser una tierna Madre para con nosotros, velando por nosotros y obteniendo para nosotros, en lugar de la fuerza física, la resignación a la Voluntad Divina y la paz interior: dos medios supremos de santificación y salvación.
Entre las maravillosas imágenes mediante las cuales Dios se ha dignado mostrar el poder de María para ayudar a los pobres hijos de Adán, cabe mencionar la de la "Santissima Annunziata" en Florencia. Las maravillosas curaciones y otras gracias obtenidas por la intercesión de Nuestra Señora mediante esta imagen son tan numerosas que llenarían muchos volúmenes. Una de las más milagrosas y dignas de mención especial es la curación de Su Santidad el Papa Inocencio VIII.
Este Papa llevaba mucho tiempo enfermo, sumido en una profunda agonía, y los médicos no podían aliviar sus sufrimientos. Ya había perdido toda esperanza y aguardaba la muerte hora tras hora, cuando llegó a visitarlo el Cardenal Protector de la Orden de los Siervos de María, Juan Micheli, quien comenzó a narrarle los maravillosos favores concedidos por la Santísima Anunciación en Florencia a sus devotos siervos. El Cardenal animó entonces al Papa a confiar en María, llamada con acierto la «Salud de los enfermos», y a pedirle que lo librara de su dolorosa enfermedad. Al oír esto, Inocencio reavivó en él la esperanza de recuperación y sintió en su corazón una viva confianza en la protección de Nuestra Santísima Señora. Juró dedicarse especialmente a Su servicio, si Ella se dignaba liberarlo de sus penosos sufrimientos.
Cuán grande fue el asombro de los médicos y la alegría de Roma cuando, al poco tiempo, el Papa Inocencio se halló perfectamente curado. Lleno de gratitud por esta inesperada liberación, encargó a un artista experto que representara la trágica escena de su enfermedad mortal y envió esta pintura a Florencia como testimonio de la gracia que le había sido concedida. Además, el Pontífice, como muestra de su especial devoción a esta imagen milagrosa, extendió a todas las principales iglesias de la Orden de los Siervos de María el privilegio de celebrar con gran solemnidad una Misa en Honor de la Madre de Dios en la tarde del Sábado Santo. También concedió a estos religiosos la célebre Bula, conocida como Mare Magnum, por la cual todos los privilegios concedidos previamente a las demás Órdenes Mendicantes se extendieron a la Orden de los Siervos de María.


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