El alma humana, reducida a veces a la estrechez de sus solas fuerzas por el peso de la naturaleza caída, jamás camina en soledad por las sendas de este destierro. La Divina Providencia, en Su paternal solicitud, asigna a cada persona un Ángel para que sostenga sus pasos, ilumine su entendimiento y guíe sus afanes hacia la Salvación; esta compañía, lejos de desvanecerse en la hora suprema del tránsito terrenal, se prolonga con amoroso rigor hasta las llamas purificadoras donde la Justicia Divina perfecciona a los elegidos.
Durante la peregrinación terrena, el Ángel Custodio actúa como un escudo frente a los lazos del enemigo infernal y como maestro interior en las vías del espíritu. Grande es la dignidad del alma, al punto que exige desde su nacimiento la guarda de una criatura angelical; así lo comprendieron los Padres y los Doctores de la Iglesia al considerar el valor inestimable del auxilio recibido del Cielo. El insigne San Bernardo de Claraval, hablando sobre la entrega incesante de estos espíritus bienaventurados, recordaba la reverencia debida a esta continua presencia: «En cualquier lugar, en cualquier rincón, ten respeto a tu Ángel. No hagas en su presencia lo que no osarías hacer si yo te viera» (1).
El amparo de la guarda angelical abarca tanto la defensa contra los peligros del cuerpo como la moción discreta del corazón hacia la virtud; mas su labor suprema se orienta a asegurar que el peregrino por este mundo no se desvíe del camino de la gracia. San Agustín de Hipona ponderaba este vínculo amoroso que une a la Iglesia Militante con las Jerarquías Celestes: «Ellos nos miran con ardiente amor y nos ayudan para que podamos llegar también nosotros a las puertas del Cielo» (2).
Consumada la carrera de la vida presente, la misión del Ángel Custodio no se interrumpe de modo abrupto; cuando el alma, purificada en el juicio particular pero deudora aún de la pena temporal por sus culpas, debe descender al estado del Purgatorio, su Ángel se constituye en fiel consolador, además de ser el vínculo activo que traslada los sufragios de la Iglesia Militante hasta aquél recinto de expiación.
El Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, aborda de forma categórica el papel que desempeñan las Jerarquías Celestiales respecto de las almas que padecen en el Purgatorio, precisando que la iluminación y el consuelo angelical continúan operando en favor de los difuntos que aún no gozan de la Visión Beatífica: «Las almas que están en el Purgatorio, aunque sean superiores a los Ángeles en cuanto a la naturaleza que están destinadas a alcanzar, sin embargo, en cuanto al estado presente, están por debajo de ellos. Por eso, pueden ser iluminadas por los Ángeles» (3).
El Santo Ángel Custodio no se limita a contemplar impasible el dolor expiatorio del alma que le fue encomendada; antes bien, la acompaña, la alienta con la certeza indiscutible de la Gloria futura y presenta ante el Trono de la Majestad Divina las oraciones, Misas y sacrificios ofrecidos en la tierra para la pronta liberación de su protegida. La caridad angelical se acrecienta precisamente allí donde la penuria del espíritu es mayor, sirviendo de bálsamo a las Benditas Ánimas que suspiran por la contemplación del Rostro de Dios.
Por todo lo expuesto hasta ahora, entenderemos que olvidar a tan benigno compañero constituye una ingratitud que debilita el combate espiritual. San Juan Bosco exhortaba a sus muchachos y niños para que tuviesen un recurso constante y filial hacia el Ángel que les había asignado Dios mismo: «Si os encontráis en una tentación, invocad a vuestro Ángel. Él quiere ayudaros más de lo que vosotros deseáis ser ayudados» (4).
Considera, pues, la dignidad insuperable del auxilio con que el Altísimo ha provisto tu existencia; en tus tribulaciones recurre a este Bienaventurado guía, y mantén viva la memoria de su continua presencia. Si cultivas en esta vida una filial amistad con tu Ángel Custodio, hallarás en él no sólo a un protector contra los lazos del Demonio, sino a un fiel defensor en la hora del Juicio y a un consolador incansable en las penas del Purgatorio, hasta el día venturoso en que ambos compartan la dicha de la Patria celestial.
NOTAS
1) San Bernardo de Claraval, Sermones, sobre el Salmo "Qui habitat", Sermón XII, 2.
2) San Agustín de Hipona, Comentario al Salmo 62, 6.
3) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Parte I, Cuestión 117, Artículo 4, ad 3.
4) San Juan Bosco, Memorias Biográficas.
1) San Bernardo de Claraval, Sermones, sobre el Salmo "Qui habitat", Sermón XII, 2.
2) San Agustín de Hipona, Comentario al Salmo 62, 6.
3) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Parte I, Cuestión 117, Artículo 4, ad 3.
4) San Juan Bosco, Memorias Biográficas.


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