Entre las múltiples prerrogativas que adornan a San José, la Tradición Católica ha venerado con especial fervor una que brota directamente: su valioso patronazgo e intercesión a favor de las Almas que se purifican en el Purgatorio. Si en la tierra fue el Custodio amoroso y fiel del Verbo encarnado y de la Santísima Virgen, la Piedad Cristiana nos enseña que su solicitud paternal no cesa con la muerte, sino que se prolonga hasta la Iglesia Purgante.
El Patrocinio de San José se extiende a la Iglesia Universal: la Triunfante, en el Paraíso, donde piadosamente se cree que San José se encuentra en cuerpo y alma; también es Patrón de la Iglesia Militante -aquí en este mundo- como lo reconociera, infaliblemente, el Papa Pío IX mediante el decreto Quemadmodum Deus en 1870; por último, su protección alcanza también a las Benditas Ánimas, por cuanto conforman la Iglesia Purgante.
La razón teológica de este Patrocinio encuentra su fundamento en la dignidad única que Dios le otorgó como cabeza de la Sagrada Familia y vicario del Padre Eterno sobre la tierra. El Papa León XIII, en su encíclica Quamquam Pluries, puso de relieve la grandeza de este poder intercesor al recordar que la Iglesia entera -lo que incluye lógicamente a sus miembros dolientes de la Iglesia Purgante- puede acudir confiada a su patrocinio: "La devoción hacia San José... ha ido creciendo día a día de un modo notable, principalmente porque, ante la apremiante necesidad de la Iglesia, Dios ha querido que este Glorioso Patriarca despliegue una protección especial y constante sobre todos los Fieles" (1).
San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, enseñaba con claridad meridiana la obligación de socorrer a los difuntos y cómo la intercesión de los Santos se convierte en el puente idóneo para ello, afirmando que "es de fe que los Santos ruegan por nosotros, y es muy pío y conforme a la Caridad creer que las Almas del Purgatorio también ruegan por los vivos, y que nosotros debemos socorrerlas con nuestras oraciones y buenas obras" (2), un socorro que adquiere máxima eficacia cuando se implora la mediación del padre putativo de Jesús.
El patronazgo de San José sobre las Almas del Purgatorio no es circunstancial, sino una verdadera embajada de Caridad: intercede incesantemente ante su hijo adoptivo invocando los méritos de sus sudores, dolores y trabajos en Nazaret. En esa línea escribió el Padre Enrique de Ossó que "San José es el consuelo de los afligidos, el refugio de los agonizantes y el abogado fidelísimo de las almas que padecen en el Purgatorio; su valimiento quita las llamas a aquel fuego expiatorio y abre las puertas del Paraíso a los que allí se purifican" (3).
También el Padre Bartolomé Holzhauser, célebre místico y comentarista del Apocalipsis, profundizó en los misterios de la Comunión de los Santos y el orden de la Gracia, señalando que a los grandes santos se les conceden prerrogativas especiales para liberar a las almas cautivas en el fuego purificador del Purgatorio, y que la devoción a San José es "un escudo poderosísimo contra las potestades de las tinieblas y un auxilio eficacísimo para liberar a las almas de sus ataduras de expiación, por el amor entrañable que el Patriarca profesa a los miembros sufrientes del Cuerpo Místico de Cristo" (4).
Por su parte, el Cardenal Gaspar Mermillod, en sus famosas conferencias sobre el Patrocinio de San José, destacó que la misión del Santo Patriarca abarca también el tránsito y la purificación última de las almas, sosteniendo que "así como Dios quiso que San José fuera el consolador y sostén de Jesús y de María en los amargos trances de la vida terrena, así lo ha constituido en el Orden de la Gracia como el refugio y consuelo especial de aquellas almas que, aun siendo santas, deben purificar sus culpas en el fuego del Purgatorio antes de entrar en la Patria Celestial" (5).
Invoquemos, por tanto, con fervor incesante al Patriarca San José, ofreciendo nuestras obras y sufragios unidos a su poderosa intercesión, para que mitigue los dolores de las Benditas Almas del Purgatorio y las conduzca pronto al puerto feliz de la Gloria Eterna.
NOTAS
1) Papa León XIII, Encíclica Quamquam Pluries, 15 de Agosto de 1889, n. 2.
2) San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima, Consideraciones sobre las Almas del Purgatorio.
3) P. Enrique de Ossó, El Tesoro del Devoto de San José, Tratado sobre el Patrocinio en la otra vida.
4) Venerable Padre Bartolomé Holzhauser, Interpretación del Apocalipsis, Tomo I, sobre los auxilios a la Iglesia Purgante.
5) Cardenal Gaspar Mermillod, El Patrocinio de San José. Conferencia sobre la protección del Santo Patriarca a la Iglesia sufriente.


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