sábado, 21 de febrero de 2026

MARÍA NUESTRA SEÑORA y MADRE, Trono de Sabiduría


“Yo, la sabiduría, habito 
en el consejo y estoy presente 
en los pensamientos sabios” 


Proverbios, cap. 8, vers. 12



                    La Sabiduría es el don más precioso del Espíritu Santo, pues es propiamente fruto de la Caridad, el tesoro más excelente que se puede poseer en esta vida.

                    Este Santo Don consiste en la disposición de nuestra mente para considerar y regular todas las cosas a la luz de la Ley Divina. Muchos dedican mucho tiempo a perfeccionarse en las ciencias humanas o las artes liberales. Trabajan día y noche para tener éxito en sus proyectos artísticos o científicos. Otros, entregados a la maldad, emplean toda su diligencia en encontrar ocasión para pecar con impunidad. Pero para conocerte, oh Dios mío, para discernir sabiamente entre Tus caminos que conducen a la Vida y los peligrosos caminos del mundo, no hay necesidad de tanto estudio ni de un trabajo tan arduo: un corazón recto, animado por Tu Gracia, es todo lo que se requiere, pues «la unción de Tu Espíritu le enseña todas las cosas».

                    El hombre que es enseñado por el Espíritu Santo se vuelve espiritual, es decir, su entendimiento es iluminado y sus emociones reguladas de tal manera, que “juzga todas las cosas”, no sólo discerniendo el bien del mal y la verdad de la falsedad, sino también ordenando cada una de sus acciones en referencia a su fin último, que es la consecución de la Vida Eterna.

                    Así como María poseía en grado sublime la virtud de la Caridad, de igual manera estaba adornada con el precioso don de la Sabiduría. Podía discernir, como por instinto, las cosas del Cielo de las del mundo, y dirigía todas Sus acciones hacia Dios con esa pureza de intención propia de las almas embriagadas de Amor Divino. Esta Sabiduría llenaba Su Alma de una dulzura incomparable y comunicaba a todas Sus acciones exteriores una dulzura celestial, pues de esta virtud está escrito que «su conversación no tiene amargura, ni su compañía tedio, sino alegría y gozo».

                    La verdadera Sabiduría lleva la impronta de siete cualidades sobrenaturales, que son, por así decirlo, otros tantos pilares sobre los que se asienta. Santiago describe así estas siete cualidades: «La Sabiduría que viene de lo alto -dice- es primeramente casta, luego pacífica, modesta, fácil de persuadir, consiente en lo bueno, llena de misericordia y buenos frutos, sin juzgar, sin disimulo».

                    Tales eran los apoyos sobre los que reposaba en María el precioso don de la Sabiduría. Como una torre majestuosa que se yergue hacia el Cielo, firme y fuerte, esta Virgen incomparable, llena de Sabiduría Divina, mantenía Su Espíritu constantemente elevado hacia las regiones sobrenaturales, donde contemplaba con agradecido asombro las palabras del Altísimo. Sus pensamientos estaban continuamente en el Cielo, donde, junto con los espíritus bienaventurados, adoraba los caminos del Señor para con Ella, conformándose en todo a Su Beneplácito. «¡La Sabiduría se ha construido una casa, ha labrado sus siete columnas!».

                    Así como la Sabiduría Celestial es hermosa y resplandeciente, tanto más lo es la sabiduría terrenal, a la que Santiago no duda en llamar «sensual, diabólica», oscura y desagradable. Esta sabiduría mundana está llena de celo, pero un celo venenoso, que siembra discordia y problemas por doquier. Busca las seducciones del sentido común; es altiva y arrogante, propensa a juzgar y pesar en la balanza de la malevolencia las acciones del prójimo; está llena de hipocresía y engaño; su fin es encender por doquier la llama de la discordia; conduce irremediablemente a la ruina eterna.

                    Así como el día difiere de la noche y la vida de la muerte, así también la Sabiduría Celestial difiere de la sabiduría de este mundo. A esta última se le pueden aplicar las palabras del Libro de Proverbios: «Hay camino que al hombre le parece justo, pero su fin lleva a la muerte».

                    Pidámosle a Dios que nos libre de tan gran mal. Roguémosle que llene nuestros corazones con el precioso don de la Sabiduría Celestial.

                    San Bernardo, el gran Doctor de la Iglesia y, como se le llama, el último de los Padres, fue famoso por la santidad de su vida y el esplendor de su doctrina. De modo especial, aventaja a todos los escritores sagrados por la dulzura y unción con que trata la grandeza y las prerrogativas de la Gloriosa Madre de Dios. Nació en Fontaine, Borgoña, en 1091, de padres piadosos y nobles, que le dieron una buena educación cristiana. Así, desde su juventud, llevó una vida virtuosa, llena de obras de Caridad.

                    Un año, en la Noche de Navidad, fue favorecido con una visión celestial. El Divino Niño se le apareció y se dignó instruirlo en el glorioso Misterio de la Encarnación, que la Iglesia celebra en esa época. De esta visión surgió en él esa tierna devoción y ardiente amor por la Madre de Dios, que el Santo luego infundió en los corazones de muchos, a través de los sermones que escribió en Su Honor. Nuestra Señora no dejó de corresponder a este amor de Bernardo por Ella mostrando una predilección especial por Su fiel sirviente. Le concedió favores extraordinarios. Y así, esta devoción a la Reina del Cielo, que es fuente de gran fruto para las almas, produjo en el corazón de San Bernardo este resultado: le hizo comprender que la sabiduría del mundo es locura ante Dios. Así, a la edad de veintidós años, dejó el hogar paterno y pidió ser admitido en la Orden Cisterciense.

                    Tan grande fue su fervor al consagrarse a Dios, que persuadió a muchos de sus parientes y conocidos a seguirlo en la vida religiosa, lo cual hicieron, aunque previamente se habían opuesto a su decisión. En religión, demostró ser un ejemplo perfecto de todas las virtudes. Al ser puesto al frente de su monasterio, restauró la disciplina y fundó numerosas abadías en las que se mantuvo la observancia regular durante mucho tiempo.

                    Como San Bernardo era muy dado al estudio de las Sagradas Escrituras y a la meditación de las Verdades Eternas, adquirió tal riqueza de conocimiento que mereció ser contado entre las luces más brillantes de la Iglesia. Los Romanos Pontífices le confiaron en repetidas ocasiones importantes y delicadas misiones, como pacificar las ciudades y reprimir el vicio y el desorden, todas las cuales el Santo llevó a cabo con éxito con la ayuda de María.

                    Finalmente, agotado por el cansancio y las excesivas penitencias, exhaló pacíficamente su alma hacia Dios, el día veinte de Agosto de 1174, a los sesenta y tres años de edad.


Extraído de "La más bella flor del Paraíso" 
escrito por el Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier, 
de la Orden de los Siervos de María


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.