En cierta ocasión, se presentaron ante la Madre Ana de Monteagudo varias Almas del Purgatorio; entre ellas, la religiosa vio un alma con corona que parecía pedirle ayuda. Ella preguntó quién era y las Almas le dijeron que era su Rey Felipe IV (providencialmente, el monarca había abrazado la espiritualidad de Santo Domingo de Guzmán, como Terciario Dominico).
Ella le contó el caso a Don Antonio de Butrón y al licenciado Don Diego de Vargas y a otros clérigos para que encomendasen al Rey, que tenía muchos sufrimientos. Y así lo hicieron. Cuando llegó la noticia de la muerte del Rey, se dieron cuenta de que había sido el mismo día (17 de Septiembre de 1665) que ella lo había dicho.
En otra oportunidad, le contó a Sor Juana de Santo Domingo que había visto el alma de Don Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, y que supo que estuvo en peligro de condenarse por los malos consejeros que tuvo en su gobierno como Virrey del Perú, pero por su gran devoción a la Inmaculada Concepción de María, se encontraba en vía de salvación.
Fallecida la Madre Monteagudo, muchos que habían sido confidentes de la Venerable religiosa, sintieron la obligación de dar a conocer su prodigiosa vida mística, por eso, el jesuita Padre Alonso de Zereceda, en su oración fúnebre a los 10 días de su muerte, dijo ante el Obispo, las Religiosas Dominicas y el pueblo reunido para las solemnes exequias: "Muchas almas se le aparecían para pedirle ayuda. Se le apareció el alma del Rey e inclinó su cabeza hacia ella como pidiéndole humildemente ayuda... Y Dios le mostró que subía del Purgatorio a la Gloria por una escalera que iba desde la Tierra al Cielo, en cuya cima estaba María Santísima que lo esperaba. Subía lleno de luz y de esplendor, significando que había obtenido tanta Gloria por la devoción a María, que es la escala que lleva a sus devotos al Cielo".
NOTA BIOGRÁFICA
Ana de los Ángeles de Monteagudo y Ponce de León nació en Arequipa (Virreinato del Perú) en 1602. Fue desde los dieciséis años monja en el Monasterio de Santa Catalina de Siena de la misma ciudad, donde durante casi setenta años se dedicó a Dios y su pueblo, siendo un verdadero ángel del buen consejo en sus cargos de Sacristana, Maestra de Novicias y Priora. Vivió con incansable entusiasmo para la reforma del Monasterio, para la caridad con los necesitados, y rezando incesantemente por las Almas del Purgatorio. Sus últimos años fueron de penosa enfermedad, soportada con ejemplar serenidad. Entregó su alma a Dios el 10 de Enero de 1686 y su cuerpo se venera en la iglesia del mismo monasterio donde vivió. El 13 de Junio de 1917 fue nombrada Sierva de Dios por el Papa Benedicto XV.


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