como las tiendas de cedro,
Cantar de los Cantares, cap. 1, vers. 4
Después de la caridad, no hay virtud más grata a Dios que la humildad cristiana. Esta virtud, desconocida para los paganos, nos la enseñó Dios mismo cuando se humilló y se hizo hombre por amor a nosotros. Y como si tal humillación no fuera suficiente, Nuestro Redentor también eligió vivir oculto y despreciado a los ojos de los hombres, hasta tal punto que San Pablo dice de Él: «Se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz».
De esta manera podemos comprender cuán preciada es la humildad para Dios, y por qué a menudo se vale de aquellos que son de poca importancia, pero de corazón humilde, para realizar grandes cosas en Su Iglesia. «Cuando eras pequeño a tus propios ojos, ¿no fuiste hecho la cabeza de las tribus de Israel?».
Admira, alma mía, la Sabiduría del Altísimo, cuyos caminos son tan diferentes de los de los hombres, y que se deleita en escoger “lo necio del mundo, para confundir a los sabios, y lo débil, para confundir a los fuertes”.
La dignidad sin igual a la que María fue elevada puede ayudarnos a formarnos una idea justa de la excelencia de la virtud de la humildad, pues fue precisamente Su profunda humildad, unida a un grado supereminente de gracia y caridad, lo que, según la enseñanza de los Santos Padres, hizo digna a la Santísima Virgen de ser la Madre del Verbo Encarnado.
La virginidad que María había consagrado a Dios desde la infancia atrajo sobre Ella la mirada amorosa divina; sin embargo, fue a Su humildad a la que debió Su elevación a la dignidad de Madre del Verbo. «Por Su virginidad María se hizo grata al Señor; por Su humildad concibió al Verbo», dice San Bernardo.
Y en verdad, ¡cómo resplandece la humildad de la Madre de Dios en la Anunciación! Ante las palabras del Ángel, la humilde Virgen se turba y se pregunta en Su interior qué significa aquel saludo. El Ángel continúa: «No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios; he aquí que concebirás en Tu vientre;… y Él será llamado Hijo del Altísimo». A estas palabras, por las que conoció Su futura grandeza, la humilde Virgen no respondió sino: «He aquí la Sierva del Señor; hágase en Mí según tu palabra». Y a lo largo de Su vida mortal, María jamás tuvo otra norma de conducta, ni escogió jamás otra cosa que el oprobio de la Cruz de Cristo.
¡Oh, prodigio de humillación! A esto debemos la consumación del gran Misterio de nuestra Redención.
El Cristiano que desee agradar a Dios y crecer en Santidad, debe esforzarse, siguiendo el ejemplo de María, por progresar continuamente en la humildad, pues está escrito que «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes». Para ello, debe reconocer, en primer lugar, que todos los dones que posea, ya sean naturales o por gracia, todas sus prerrogativas de nacimiento o posición social, provienen de la mano de Dios. Pero, para conservarnos en santa humildad, debemos someternos libremente a las disposiciones de Dios y contentarnos con la porción que Él nos ha asignado, sin buscar honores ni preeminencia, sino, por el contrario, recibiendo con resignación, si no con alegría, las humillaciones que nos sobrevengan.
Una lectura atenta de las Sagradas Escrituras nos convencerá de que María, durante la vida pública de Jesús, nunca perdió la oportunidad de compartir Su oprobio. Por tanto, elijamos también nosotros la Cruz de Cristo y alegrémonos de ser considerados de poco valor por los hombres.
Pide a tu Dios, alma mía, que rehúyas los honores mundanos y que recibas con perfecta sumisión las humillaciones que le plazca enviarte, recordando las palabras del Libro de Proverbios: «La humildad precede a la gloria».
La incomparable humildad de la Virgen María, quien, al ser saludada por el Ángel como Madre de Dios, se declaró Sierva del Señor, ha inspirado en la Iglesia numerosos actos de heroica abnegación. Un ejemplo notable de desprecio por los honores mundanos por amor a María se encuentra en la vida de Giovanni Antonio de Santis. Su sólida reputación teológica en sus primeros años como Sacerdote fue lo que llamó la atención de la Curia Papal. En pleno contexto del Cisma de Occidente, el Papa Bonifacio IX lo eligió y elevó formalmente en 1395 a la altísima dignidad de Arzobispo de las sedes unidas de Matera y Acerenza, en el sur de Italia.
Sucedió que una vez escuchó un sermón sobre las maravillosas obras que la Virgen María había realizado en Monte Senario en favor de Sus Siervos, los Siete Santos Fundadores, quienes se habían retirado allí y cuyos hijos vivían completamente dedicados a su servicio. Tan ardiente era su deseo de unirse a esta santa comunidad que, renunciando a su obispado en manos del mismo Papa que lo había elegido, le solicitó de inmediato su incorporación a la Orden de los Servitas.
Su petición fue concedida; y así, en el año 1402, el mismo día en que la Iglesia celebró el nacimiento del Rey de Gloria en este mundo, el Obispo Giovanni Antonio renunció a la dignidad episcopal y cambió sus costosas vestiduras por el hábito negro de los Siervos de María, Aquella que, por la muerte de Su Hijo unigénito, dio a los hombres el nacimiento espiritual a la Vida de la Gracia.
Giovanni Antonio permaneció en Monte Senario durante unos diez años, desempeñando los oficios más humildes, como si hubiera sido el último religioso del monasterio. Era tan humilde que no dejaba entrever su antigua dignidad, y nada lo distinguía de los religiosos sencillos, no solo durante su noviciado, sino también cuando fue nombrado Superior de la comunidad.
Pero tal humildad no quedó sin recompensa. Nuestra Señora, que no se deja superar en generosidad, lo colmó de favores celestiales y se dignó a aparecerse ante él, ordenándole que acudiera al Obispo de Vicenza para encomendar el cuidado del Santuario de Monte Berico a los religiosos de su Orden. El Obispo de Vicenza accedió de buen grado a su petición.
Más tarde, Giovanni Antonio fue elegido para fundar la Congregación de los Servitas de Mantua, de la cual fue elegido Vicario General en tres ocasiones. En este cargo, nunca dejó de promover el amor por la observancia regular y la devoción a la Reina del Cielo. De esta y muchas otras maneras, Giovanni Antonio, Siervo de Nuestra Señora, dio prueba de su fidelidad al servicio de la Divina Madre, por cuya causa había renunciado a la dignidad y los bienes terrenales.


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