También las Almas del Purgatorio están comprendidas en este designio divino. Son almas que -como enseña la Fe Católica- han muerto en gracia de Dios y tienen asegurada su salvación, pero que necesitan todavía ser purificadas antes de alcanzar la Visión Beatífica.
El Purgatorio no es, por tanto, un destino definitivo, sino una purificación temporal cuyo término es la contemplación eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ninguna alma puede alcanzar la salvación sin los Méritos infinitos de Jesucristo; también las Almas del Purgatorio han sido rescatadas por Su Sangre Preciosísima; las penas del Purgatorio no completan una insuficiencia de la Redención, sino que constituyen una aplicación de sus frutos a quienes todavía necesitan purificarse, pero esta purificación de las almas debe entenderse dentro de la unidad sobrenatural que constituye el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que actúan inseparablemente en toda obra divina, aunque atribuyamos apropiadamente determinadas operaciones a cada Persona.
La Comunión de los Santos nos enseña que la Caridad Cristiana no termina con la muerte, como así lo recordó el Papa Pío XII, que exhortaba a los Fieles a no olvidar en sus oraciones las Hermanas del Purgatorio: "Esta común plegaria no olvide, pues, a ningún miembro de este venerable Cuerpo, pero recuerde principalmente a quienes están agobiados por los dolores y las angustias de esta vida terrenal, o a los que, ya fallecidos, se purifican en el fuego del Purgatorio" (1).
La consideración del Purgatorio debe movernos también a procurar nuestra propia santificación; no basta con evitar la condenación: estamos llamados a alcanzar la Santidad para la que Dios nos ha creado. Por eso debemos procurar vivir en la Gracia de Dios, practicar sacrificios cotidianos y permanecer fieles a los Mandamientos, en particular en el amor a Dios y al prójimo, por eso ofrezcamos a menudo el Santo Sacrificio de la Misa por las Almas del Purgatorio y encomendémoslas a la Misericordia Divina.

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