sábado, 5 de abril de 2014

SAN VICENTE FERRER, CELOSO PREDICADOR DE LA VERDAD CRISTIANA


     Nació en 1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy niño una fervorosa devoción hacia Nuestro Señor Jesucristo y a la Purísima Virgen María. Le encargaron repartir las cuantiosas limosnas que la familia acostumbraba a dar. Así lo fueron haciendo amar el dar ayudas a los necesitados. Lo enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima, piadosas costumbres que ejercitó durante toda su vida.

     Se unió a la Orden de Predicadores, Padres Dominicos y por su gran inteligencia, a los veintiún años ya era profesor de filosofía en la universidad.


     Siendo un simple diácono lo enviaron a predicar a Barcelona. La ciudad estaba pasando por un período de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces SanVicente, en un sermón anunció una tarde que esa misma noche llegarían los barcos con los alimentos tan deseados. Al volver a su convento, el superior lo regañó por dedicarse a hacer profecías de cosas que él no podía estar seguro de que iban a suceder. Pero esa noche llegaron los barcos, y al día siguiente el pueblo se dirigió hacia el convento a aclamar a San Vicente, el predicador. Los superiores tuvieron que trasladarlo a otra ciudad para evitar desórdenes.

     San Vicente estaba muy angustiado porque la Iglesia Católica estaba dividida entre dos Papas a consecuencia del Cisma de Avignón, y hasta tal punto fue su preocupación que enfermó y estuvo a punto de morir. Pero una noche se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán y le dio la orden de dedicarse a predicar por ciudades, pueblos y campos. Y San Vicente, a base de predicar sin descanso, recuperó inmediatamente su salud.

     En adelante, durante treinta  años, San Vicente recorre el norte de España, y el sur de Francia, el norte de Italia, y el país de Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales, siendo los primeros convertidos judíos y moros. Dicen que convirtió más de diez mil judíos y otros tantos musulmanes en España.

     Las multitudes se apiñaban para escucharle, donde quiera que él llegaba. Tenía que predicar en campos abiertos porque las gentes no cabían en los templos. Su voz sonora, poderosa y llena de agradables matices y modulaciones y su pronunciación sumamente cuidadosa, permitían oírle y entenderle a mucha distancia.

     Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas, sin embargo los oyentes no se cansaban ni se aburrían porque sabía hablar con tal emoción y de temas tan propios para esa gente, y con frases tan propias de la Sagrada Biblia, que a cada uno le parecía que el sermón había sido compuesto para él mismo en persona.


     Su predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes. Su poderosa voz llegaba hasta lo más profundo del alma. En pleno sermón se oían gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios, y a cada rato caían personas desmayadas de tanta emoción. gentes que siempre habían odiado, hacían las paces y se abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta quince mil personas se llegaron a reunir en los campos abiertos para oírle.

     Después de sus predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Santísima Virgen. Estos dos grupos lo acompañaban hasta el próximo pueblo a donde el Santo iba a predicar, y allí le ayudaban a organizar aquella misión y con su buen ejemplo conmovían a los demás.

     Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma.


     Las gentes se quedaban admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad y gusto de aparecer. Y hay un dato curioso: siendo tan fuerte su modo de predicar y atacando tan duramente al pecado y al vicio, sin embargo las muchedumbres le escuchaban con gusto porque notaban el gran provecho que obtenían al oírle sus sermones.

     San Vicente fustigaba sin miedo las malas costumbres, que son la causa de tantos males. Invitaba incesantemente a recibir los santos sacramentos de la confesión y de la Comunión. Hablaba de la sublimidad de la Santa Misa. Insistía en la grave obligación de cumplir el mandamiento de Santificar las fiestas. Insistía en la gravedad del pecado, en la proximidad de la muerte, en la severidad del Juicio de Dios, y del Cielo y del Infierno que nos esperan. Y lo hacía con tanta emoción que frecuentemente tenía que suspender por varios minutos su sermón porque el griterío del pueblo pidiendo perdón a Dios, era inmenso.

     Pero el tema en que más insistía este Santo predicador era el Juicio de Dios que espera a todo pecador. La gente lo llamaba "El ángel del Apocalipsis", porque continuamente recordaba a las gentes lo que el libro del Apocalipsis enseña acerca del Juicio Final que nos espera a todos. El repetía sin cansarse aquel aviso de Jesús: "He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras" (Apocalipsis 22,12). Hasta los más empecatados y alejados de la religión se conmovían al oírle anunciar el Juicio Final, donde "Los que han hecho el bien, irán a la gloria eterna y los que se decidieron a hacer el mal, irán a la eterna condenación" (San Juan 5, 29).

     Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación: uno de ellos era el hacerse entender en otros idiomas, siendo que él solamente hablaba su lengua materna (el valenciano) y el latín. Y sucedía frecuentemente que la gente de otras regiones le entendían perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Era como la repetición del milagro que sucedió en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando al llegar el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, las gentes de 18 países escuchaban a los apóstoles cada uno en su propio idioma, siendo que ellos solamente les hablaban en el idioma de Israel.

     San Vicente se mantuvo humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban, y de las muchas alabanzas que le daban en todas partes. Decía que su vida no había sido sino una cadena interminable de pecados. Repetía: "Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas". 

     En sus últimos años, ya lleno de enfermedades, lo tenían que ayudar a subir al sitio donde iba a predicar. Pero apenas empezaba la predicación se transformaba, se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoción de sus primeros años. Durante el sermón no parecía viejo ni enfermo sino lleno de juventud y de entusiasmo. Y su entusiasmo era contagioso. Murió en plena actividad misionera, el Miércoles de Ceniza, 5 de abril del año 1419. Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que el Papa lo declaró santo a los 36 años de haber muerto, en 1455.



SAN VICENTE FERER
ENCONTRÓ SU MEJOR BALUARTE
EN NUESTRA SEÑOR

   Uno de los más fieles biógrafos, el padre Vicente Justiniano Antist relata lo siguiente:

      Leía acaso otra noche el libro de San Jerónimo, que trata de la perpetua virginidad de nuestra Señora, y considerando que nadie puede ser casto sino aquel a quién Dios lo concede, según está escrito, comenzó a rogar a la Reina soberana que le fuese medianera con su Hijo Jesucristo, para que él muriese virgen, como hasta aquel punto lo estaba en el cuerpo y alma.

      A deshora oyó una voz que le dijo: No da a todos Dios esa gracia de virginidad, ni tampoco la alcanzarás tú, antes la perderás muy presto. ¿Quién puede decir el desconsuelo y tristeza que sentiría el Santo con tan malas nuevas? No supo otra cosa que hacer sino rogar a la Reina del cielo (a quien en todas sus necesidades debe acudir el cristiano) que le revelase quién había sido el mensajero de ellas.

      Aparecióle súbitamente nuestra Señora con gran resplandor, dentro de su celda y consolándole le dio aviso que aquellas eran asechanzas del demonio; las cuales a él no le debían quitar la confianza, pues Ella, que podía más que todas las furias infernales, jamás le desampararía”.

viernes, 4 de abril de 2014

CUÁN FÁCIL ES CONSOLAR A TODO UN DIOS


          Voy a hablarte del mayor Misterio de Amor hacia mis almas escogidas y consagradas.En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas, sería remedio a su debilidad para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.



              ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín en el que cada planta produce diferente flor; pero todas me recrean con su perfume.  Mi Sagrado Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré.Si supierais, almas amadísimas cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios! Este Dios que os ama con amor infinito después de libraros de la esclavitud del pecado ha sembrado en vosotros la gracia incomparable de la vocación religiosa os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios Redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo. 

          El mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed. En El encontraréis el descanso y la felicidad.

          Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón. ¿No soy siempre el mismo?... ¿Acaso he cambiado para vosotras?...No, Yo no cambiaré jamás, y hasta el fin de los siglos os amaré con predilección y con ternura.



          Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas y con ansias os estoy esperando no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

          Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.Os he escogido para que seáis mi consuelo.Dejadme entrar en vuestra alma, y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí, decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín. Venid y decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.


Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez
extraídas de su libro
UN LLAMAMIENTO AL AMOR
Con Prólogo del entonces Cardenal Eugenio Pacelli


lunes, 31 de marzo de 2014

ENVIDIA DE LOS JUDÍOS HACIA NUESTRO SEÑOR


          La Pasión y Muerte con que nuestro Rey y Salvador Jesucristo dio fin a su vida y predicación en el mundo es la cosa más alta y divina que ha sucedido jamás desde la creación. Vivió, padeció y murió para redimir a los hombres de sus pecados y darles la gracia y la salvación eterna. Por cualquier parte que se mire es así, por parte de la persona que padece o mirando la razón por la que sufre es tan grande el misterio que nada igual puede ya suceder hasta el fin del mundo.

          Para mayor claridad, me parece conveniente exponer antes de un modo breve el motivo por el que los pontífices y fariseos determinaron en consejo dar una muerte tan humillante a un Señor que, aunque no se quisiera ver lo demás, fue, innegablemente, un gran profeta y un gran bienhechor de su pueblo.





          Fue tan evidente y se divulgó de tal modo el milagro de la resurrección de Lázaro, fue tanta su luz, que aquellos judíos acabaron por volverse ciegos del todo. Aunque “muchos creyeron”, otros, movidos por la envidia, fueron a Jerusalén para contar y murmurar de lo que en Betania había sucedido. Por este motivo “se reunieron los pontífices y fariseos en consejo”, y decidieron poner fin a la actuación del Señor porque, de no hacerlo así, “todos creerían en Él” y los romanos podrían pensar que el pueblo se amotinaba y se rebelaba contra ellos y, en represalia, “destruirían el Templo y la ciudad”.

          Con este miedo, o quizá disimulando su envidia y su odio hacia Jesús con falsas razones de interés público, no encontraron otro camino para atajar aquellos milagros que acabar con Él y, así, decidieron dar muerte al Salvador. El Espíritu Santo movió a Caifás, por respeto a su oficio y dignidad de sumo sacerdote, quien promulgó la resolución a la que había llegado el Consejo: “Es conveniente que muera un hombre solo para que no sea aniquilada toda la nación”. “Y este dictamen no lo dio él por cuenta propia, sino que, como era pontífice aquel año, profetizó que Cristo nuestro Señor había de morir por su pueblo: y no solamente por el pueblo judío, sino también por reunir a las ovejas que estaban disgregadas” y llamar a la fe a los que estaban destinados a ser “hijos de Dios”. Desde este día estuvieron ya decididos a matarle; y como si fuera un enemigo público, hicieron un llamamiento general diciendo que “todos los que sepan dónde está lo digan, para que sea encarcelado” y se ejecute la sentencia.

          Queda bien patente la maldad de estos llamados jueces, porque primero dieron la sentencia, y sólo después hicieron el proceso. Dieron la sentencia de muerte en este Consejo y el acusado estaba ausente, no le tomaron declaración ni le oyeron en descargo del delito que se le imputaba; y es que solamente les movía la envidia por los milagros que el Señor hacía, y el miedo a perder su posición económica y su poder político y religioso.

          Después, en el proceso, aunque hubo acusadores y testigos, y le preguntaron sobre “sus discípulos y su doctrina”, todo fue un simulacro y una comedia: forzaron las cosas de tal modo que conocieran con la sentencia tomada de antemano. Así suelen ser muchas veces nuestras decisiones: nacen de una intención torcida, y luego intentamos acomodar la razón para que coincida con ella."



LA PASIÓN DEL SEÑOR
Padre Luis de Palma
 1624

domingo, 30 de marzo de 2014

SERMÓN CUARTO DOMINGO DE CUARESMA; por el Padre Héctor Lázaro Romero

Sermón 
IV Domingo de Cuaresma
por el Rvdo. P. Héctor Lázaro Romero
Director de la revista digital "Integrismo

       Hoy es Domingo “de Lætare”. Se le llama así al IV domingo de Cuaresma, por la primera palabra del introito, como al tercero de Adviento se le llama “Gaudete” por lo mismo. Es un día de alegría; nos lo muestran los ornamentos rosados, las flores en el altar, el uso del órgano. La Iglesia quiere frenar un poco las penitencias de Cuaresma para que los fieles puedan retomarlas con más ánimo y más fuerzas. Alegría que consuela y conforta, alegría que es como un anticipo de la que nos embargará en la Pascua que se acerca. La Iglesia ya nos había dado un cierto estímulo al presentarnos, en el II Domingo de Cuaresma, el Evangelio de la Transfiguración de Nuestro Señor, preludio de nuestra propia transfiguración. Hoy nos anima con este domingo de alegría.


       La Epístola de hoy es la dirigida a los Gálatas: allí, San Pablo nos habla de la libertad cristiana, pero se trata de entender bien en qué consiste esa libertad y no caer en el libertinaje. La libertad cristiana consiste en que hemos visto rotas las cadenas que nos ataban al pecado, del que la antigua ley no nos podía librar. El Apóstol concluye: “Porque toda la ley se resume en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si cumplimos, entonces, con este precepto, si obedecemos a la Ley de Dios, seremos verdaderamente libres de las cadenas del pecado.

       El Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y peces. Esta primera multiplicación figura en los cuatro evangelios con increíble exactitud. Nuestro Señor quiere preparar, disponer los ánimos para anunciar, al día siguiente, el milagro de los milagros, la Santa Eucaristía. Por eso, este domingo también es llamado “domingo eucarístico”.

       El texto evangélico nos dice que Jesús se compadece de la muchedumbre que lo sigue “porque eran como ovejas sin pastor”. Las autoridades religiosas de aquel tiempo habían defeccionado; una situación similar a la que vivimos hoy. Y no es difícil que un pueblo tan mal conducido un día aclame a Jesús por rey y al poco tiempo pida su crucifixión.

       Los discípulos preguntan a Nuestro Señor: “¿Dónde compraremos pan?” Jesús había enseñado y curado durante gran parte del día. Es hora, le avisan sus discípulos, de despedir a la gente para que puedan ir a comprar su alimento. “No hace falta. Dadles vosotros de comer”. “¿Pero dónde encontraremos comida para tanta gente?”, pregunta Felipe. Eran cinco mil hombres sin contar las mujeres ni los niños. Jesús quiere probar la fe de sus discípulos. “No importa, id y ved cuántos panes tenéis”, les dice Nuestro Señor.

       Lo único que encuentran los Apóstoles es un  niño que tiene cinco panes y dos peces. El milagro será patente. Jesús toma el pan y haciendo una pequeña oración realiza el milagro. Aquí podemos notar: -la sencilla, breve y lacónica narración evangélica, tan distinta del estilo en que se cuenta un hecho fabuloso; -el paralelismo con la institución de la Eucaristía. Jesús realiza los mismo gestos: toma el pan en sus manos, alza los ojos al cielo, da gracias y lo entrega a sus discípulos. Jesús da gracias, quiere enseñarnos a tener permanentemente esta actitud y a comenzar  todas nuestras oraciones con la acción de gracias.

       Este Sacramento, el Sacramento de los Sacramentos, realiza la unidad en el Cuerpo Místico que es la Iglesia. Es figura y causa de la caridad, como enseña Santo Tomás, no solo de la caridad hacia Dios sino también de la caridad para con el prójimo.

       Este Sacramento nos une. Realiza la unidad en el Cuerpo Místico de Cristo. Nos une con todos aquellos que forman parte de este Cuerpo: santos o no, amigos o enemigos, que nos hayan hecho bien o que nos hayan hecho mal. Este Sacramento nos une. 

       Por eso, la Santísima Eucaristía es incompatible con el odio y la división. Por encima, entonces, de las pequeñas ofensas y divergencias, formamos un único cuerpo, poseemos la misma fe. 

       La Eucaristía pide la caridad. Caridad en palabras: no murmurar del otro, evitar las críticas, los odios, los rencores. Comulgamos de un mismo Cuerpo de Nuestro Señor. 

       Tengamos misericordia para con el otro, así como Nuestro Señor al prefigurar este Sacramento sintió misericordia del pueblo.


NOTA IMPORTANTE: 

El Rvdo. P. Héctor Lázaro Romero, tiene a bien celebrar ocasionalmente 
el Santo Sacrificio de la Misa por las personas e intenciones 
de nuestros amigos y lectores, así como por el alma de sus difuntos. 

Si alguien quiere aplicar una Santa Misa por alguna cuestión particular, 
sólo tienen que escribirnos un mail a traditio@hotmail.com

viernes, 28 de marzo de 2014

IMITACIÓN DEL DIVINO PRISIONERO


          Almas escogidas! Mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladle en esta noche de tanto dolor... Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos Sagrarios, en la frialdad de tantos corazones...

          Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor... Cubridme con vuestras delicadezas...Alimentadme con vuestra generosidad... Apagad mi sed con vuestro celo...

          Escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón!...Me consumía de amor el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo había de inspirar el deseo de seguir mis huellas. Las veía fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre , paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios sino aun para amar a los que las persiguen y si fuera preciso, sacrificarse por ellos como Yo me sacrifiqué.



          El amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a El en éstas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada..." 

          Así vosotras, almas religiosas que os halláis en prisión voluntaria por amor; que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡No temáis! Dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!...


Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Sor Josefa Menéndez
extraídas de su libro
UN LLAMAMIENTO AL AMOR
Con Prólogo del entonces Cardenal Eugenio Pacelli

viernes, 21 de marzo de 2014

"SERÍAS UN INGRATO SI NO ME AMASES"


Sobre la Santísima Pasión de Nuestro Señor Jesucristo 
Tomado del Libro de Revelaciones 
de Santa Brígida de Suecia

Capítulo XI: Palabras de Nuestro Señor a Santa Brígida de Suecia.

   Ámame con todo tu corazón, porque yo te amé y me entregué a mis enemigos por mi propia y libre voluntad, mientras que mis amigos y mi Madre se quedaron en amargo dolor y llanto. Cuando vi la lanza, los clavos, las correas y todos los demás instrumentos de mi pasión allí preparados, aún así acudí a sufrir con alegría. Cuando mi cabeza sangraba por todas las partes desde la corona de espinas, aún entonces, y aunque mis enemigos se apoderasen de mi corazón, también, antes que perderte, dejaría que lo hiriesen y lo despedazasen.



     Por ello serías muy ingrata si, en correspondencia a tanta caridad, no me amases. Si mi cabeza fue perforada y se inclinó en la cruz por ti, también tu cabeza debería inclinarse hacia la humildad. Dado que mis ojos estaban ensangrentados y llenos de lágrimas, tus ojos deberían apartarse de visiones placenteras. Si mis oídos se obstruyeron de sangre y oí palabras de burla contra mí, tus oídos tendrían que apartarse de las conversaciones frívolas e inoportunas.

    Al habérsele dado a mi boca una bebida amarga y negársele una dulce, guarda tu propia boca del mal y deja que se abra para el bien. Puesto que mis manos fueron estiradas y clavadas, que las obras simbolizadas en tus manos se extiendan a los pobres y a mis mandamientos. Que tus pies, o sea, tus afectos, con los que debes caminar hacia mí, sean crucificados a los deleites de manera que, igual que Yo sufrí en todos mis miembros, también todos tus miembros estén dispuestos a obedecerme. Demando más servicios de ti que de otros porque te he dado una mayor gracia”.

miércoles, 19 de marzo de 2014

SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA SANTA IGLESIA, CUSTODIO DE VÍRGENES, PADRE DEL CARMELO




 El ilustre Patriarca, el Bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María y el padre putativo de su Hijo único. Y con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, lo colmó de favores absolutamente singulares. Por eso, es justo que la Iglesia católica, ahora que José está coronado de gloria y honor en el Cielo, 
lo rodee de magníficas manifestaciones de culto
 y lo venere con una íntima y afectuosa devoción.

( Papa Pío IX, Inclytun Patriarcham, del 7 de julio de 1871 )



SAN JOSÉ VIRGEN 

SAN JOSÉ PERMANECIÓ PURÍSIMO 
JUNTO A NUESTRA SEÑORA

     San Jerónimo defiende la virginidad de San José en su escrito contra Helvidio: Tú dices que María no fue virgen; yo reivindico para mí aún más, a saber, que también el mismo José fue virgen por María, para que del consorcio virginal naciese el Hijo virgen. En el santo varón no hubo fornicación y no se ha escrito que haya tenido otra mujer. De María fue más bien custodio que marido; de donde se sigue haber permanecido virgen con María, quien mereció ser llamado padre del Señor. (Adversus Helvidium 19; PL 23, 213)

     San Pedro Damián: No parece que fuese suficiente que sólo la Madre fuese virgen; es de fe de la Iglesia que también aquel que hizo las veces de padre ha sido virgen. Nuestro Redentor ama tanto la integridad del pudor florido, que no sólo nació de seno virginal, sino también quiso ser tocado por un padre virgen. (Epístola 6 ad Nicolaum II; PL 145, 384)

     Dice San Francisco de Sales: María y José habían hecho voto de virginidad para todo el tiempo de su vida y he aquí que Dios quiso que se uniesen por el vínculo del santo matrimonio, no para que se desdijeran y se arrepintieran de su voto, sino para que se confirmasen más y más y se animasen mutuamente juntos durante toda su vida. (Pláticas espirituales, Ed. Balmes, Barcelona, 1952, plática XIX, p. 325) 

     Santo Tomás de Aquino enseña: Se debe creer que José permaneció virgen, porque no está escrito que haya tenido otra mujer y la infidelidad no la podemos atribuir a tan santo personaje. 
(Summa Theologica III, q. 28, a. 3)


SANTA TERESA DE JESÚS
LA PERFECTA HIJA Y DEVOTA DE SAN JOSÉ
(Tomado del Capítulo XXXIII de su Vida)


          En el día de la Asunción ( de 1561), estando en un monasterio de la Orden del Glorioso Santo Domingo... vínome un arrobamiento tan grande que casi me sacó fuera de mí... Parecióme que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía; después vi a Nuestra Señora hacia el lado derecho y a mi Padre San José al izquierdo... Díjome Nuestra Señora que le daba  mucho contento que sirviera al Glorioso San José, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos.

          Una vez, estando en una necesidad que no sabía qué hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció san José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no faltarían, que los concertase y así lo hice sin ninguna blanca, y el Señor, por maneras que espantaban a los que lo oían, me proveyó. Por eso, recomendaba encarecidamente a cada una de sus monjas: Aunque usted tenga muchos santos por abogados, séalo en particular de san José que alcanza mucho de Dios . Y les decía: Hijas, sean devotas de san José, que puede mucho.


          Dejó escrito el Padre Jerónimo Gracián, confesor y amigo de Santa Teresa de Jesús: "Ella puso sobre la portería de todos sus monasterios que fundó, a Nuestra Señora y al glorioso San José; y en todas las fundaciones llevaba consigo una imagen de bulto de este glorioso santo, que ahora está en Ávila, llamándole fundador de esta Orden... Otras muchas cosas pudiera decir que han acaecido a esta misma Madre con el glorioso San José por haberla confesado y haber sido su prelado mucho tiempo."

  (P. Jerónimo Gracián , Josefina: excelencias de San José, Madrid, 1944, p. 209)



domingo, 16 de marzo de 2014

SIETE DOMINGOS A SAN JOSÉ; SÉPTIMO Y ÚLTIMO; SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA


Séptimo Dolor y Gozo
San Lucas 2, 40-52


San José, ejemplar de toda santidad. Grande fue tu dolor al perder, sin culpa, al Niño Jesús, 
y haber de buscarle, con gran pena, durante tres días; pero mayor fue tu gozo 
cuando al tercer día lo hallaste en el templo en medio de los Doctores.

Por este Dolor y Gozo, te suplicamos nos alcances la gracia 
de no perder nunca Jesús por el pecado mortal; y si por desgracia lo perdiéramos, 
haz que lo busquemos con vivo dolor, hasta que lo encontremos 
y podamos vivir con su amistad, 
para gozar de Él contigo en el Cielo y cantar allí eternamente su divina misericordia. Amén.

( Ahora reza con piedad y atención un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria )




Sermón
II Domingo de Cuaresma

por el Rvdo. P. Héctor Lázaro Romero
Director de la revista digital "Integrismo"


"Llevemos entonces la cruz hasta el Calvario 
y Dios nos transfigurará ya en esta vida uniéndonos a Él"


      La liturgia de hoy nos dirige un apremiante llamado a la Santidad. San Pablo, en la Epístola, la I a los tesalonicenses, es bien claro: “Por lo demás, hermanos, os rogamos y amonestamos en el Señor Jesús, que andéis según lo que de nosotros habéis recibido acerca del modo en que habéis de andar y agradar a Dios, como andáis ya, para adelantar cada vez más”. Se nos pide, Dios nos lo pide, “adelantar cada vez más” en el camino de la santidad, cada uno en su estado. Se nos llama al heroísmo sí, pero si San Pablo pide esto a los cristianos de Tesalónica de aquel tiempo y a los de todos los siglos venideros, pues es palabra de Dios, significa que es posible, contando con la Gracia.

        ¿Y habrá todavía cristianos que piensen que la Santidad no se ha hecho para ellos?

          Dejemos de ser cristianos a medias, salgamos de la mediocridad. ¡Cuántos años hace que asisto a Misa, que comulgo, que recibo los Sacramentos y sigo igual que antes, los mismos defectos, las mismas faltas, es que Nuestro Señor no tiene influencia sobre mi vida, no permito por mi pereza y mediocridad que Nuestro Señor trabaje mi alma para que alcance la perfección a que la tiene destinada. ¡Cuántas gracias que desprecio, que no aprovecho y que pierdo por mi culpa!

          El cristianismo reclama almas viriles y recias, Nuestro Señor nos pide el esfuerzo personal, exige no poco de nuestra parte. En la obra de la santificación, Nuestro Señor es como el escultor, yo soy el aprendiz que debe dejar guiar su mano por la del Maestro Divino para producir la obra maestra de la santidad. Estamos llamados a ideales altos, recordémoslo. Tantas y tantas almas abandonadas a la medianía y rutina deben tener presente esto. La liturgia nos predica constantemente la grandeza de nuestra vocación o la transformación en Cristo Jesús. Y así, nos pide sacrificio y cruz. Tengamos, entonces, el espíritu de la liturgia católica.

         “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”, nos dice San Pablo y son palabras que deberían quedar grabadas a fuego en nuestra alma. El Apóstol recuerda a sus fieles estos altos ideales combatiendo la impureza y avaricia en que caían, vicios opuestos al espíritu cristiano.


          El ideal cristiano se cifra en una sola palabra: la santidad. Los paganos de la época de San Pablo y el mundo neo-pagano de hoy en que vivimos, vive en la impureza y la codicia. “No nos llamó Dios a la impureza sino a la Santidad”, insiste el Apóstol. Hay, entonces, dos ideales opuestos: uno, el del cristiano, la Santidad; el otro, el de la impureza y avaricia, ideal del mundo.

      Echemos ahora una mirada sobre nosotros mismos, cristianos que queremos ser fieles a la fe de nuestros mayores, de nuestros antepasados, ¿cumplimos siempre con el precepto dominical? Si cumplimos siempre, ¿es suficiente esta media hora dedicada a Dios para cumplir con la vocación de santidad? ¿No habrá muchas medias horas consagradas a los ideales que ofrece el mundo? Meditemos, entonces, sobre estas palabras de San Pablo.

          El Evangelio narra la Transfiguración de Nuestro Señor. Jesús se transfigura ante tres de sus apóstoles, pero no solo para ellos se transfigura sobre el Tabor, sino también para nosotros, para darnos a nosotros un testimonio de su Gloria como Hijo de Dios, gloria que tiene preparada para todos los cristianos para después de la muerte, si son fieles y perseverantes. Para darnos también a nosotros fuerza para luchar y sufrir, a fin de alcanzar la vida eterna. Pero, ¿qué es la vida eterna?, ¿qué aprecio hacemos de ella?

       La vida eterna es ver a Dios tal como es, amar a Dios por siempre; gozar lo que Dios goza infinitamente, sin la menor pena ni dolor; vivir con su misma vida; es decir, sin agotamiento, enfermedades ni muerte.

       Estas cosas no podemos comprenderlas, superan nuestra capacidad intelectual. No podemos comprender nosotros, pobres hormigas cómo es la vida y el gozo de Dios, de los cuales nos hará partícipes un día.

            Nuestro Señor concedió a San Pablo el placer de gustar por un momento, un poco, un adelanto del Paraíso; pero no encontró palabras suficientes para explicar lo que vio: “Ningún ojo de hombre ha visto jamás lo que yo vi; ningún oído ha escuchado lo que yo oí; ningún corazón de hombre ha gustado jamás lo que yo gusté. Pues bien, esto lo tiene preparado para todo aquel que le ama”, dice el Apóstol a los Corintios.

        Trabajemos entonces por alcanzar el Cielo, donde ya no tendremos esta carne pesada e inclinada al mal, sino que seremos transfigurados como Cristo en el Tabor, y participaremos del gozo infinito de Dios.
¿Qué aprecio hacemos de la vida eterna? Nadie puede entrar en la vida eterna si no se ha penetrado antes de esta verdad; y debe entrar como luz en su mente y como fuerza en sus acciones. ¿De qué vale repetir cada día: “Creo en la vida eterna”, si luego no se la tienen presente en el modo de pensar y de obrar?
Esta verdad debe ser luz en la inteligencia, porque el pensamiento de la vida eterna debe ser la estrella a la que se dirijan nuestros pensamientos.

             El trabajador que regresa cansado a su hogar, pero contento porque lleva dinero a su casa, debe pensar: “En esta semana, ¿qué ganancia conseguí para la vida eterna?”

          La madre de familia que se acuesta contenta porque ha dado una sana e inteligente educación a sus hijos, debe pensar “En lo referente a su educación, ¿he tenido también en cuenta la vida eterna?¿Les he enseñado mañana y noche a rezar? El hombre que va al banco a depositar sus ganancias, debe pensar: “Y en el banco de la vida eterna ¿qué deposito? ¿He hecho limosnas, he ayudado a los necesitados? El enfermo que sufre y que tal vez no curará, piensa en la vida eterna y se consuela. Aun el anciano que siente aproximarse el fin de la vida, no se deja llevar por la tristeza si piensa en la vida eterna y purifica su conciencia.

              Esta verdad de la vida eterna es también fuerza en las acciones. ¿Qué daba fuerza a San Esteban para morir a pedradas? La vida eterna. ¿Cómo hacían los santos para vivir tan puros, para ayunar tanto, mientras que a nosotros nos parece difícil abstenernos de comer carne unos días al año, vencer la impureza del pensamiento, de la palabra, de las acciones? Es que el pensamiento de la vida eterna iluminaba sus vidas. El beato Cafasso exclamaba: “¡Oh, Paraíso, oh, Paraíso! El que piensa en ti no conoce cansancio”.

          Ahora podemos comprender porqué en las cosas de la Religión estamos siempre cansados y fastidiados: es que no pensamos bastante en el Cielo, no pensamos bastante en la Vida Eterna.

          Es algo tan grande que, como dijimos antes, no podemos comprender este gozo del Cielo. Imagínense, dice San Gregorio en su Diálogos, un niño nacido y crecido en una prisión subterránea; no ha visto jamás un rayo de sol; no sabe qué son las estrellas ni la luna. Ahora bien, la madre, que está en la prisión, quiere enseñarle cómo son las bellezas del mundo. “Hijo mío”, le dice, “si supieras ¡qué radiante es el sol! Es como la llama de nuestra lámpara, pero mucho más grande, que ilumina todos los lugares. Luego, mostrándole una hoja seca y marchita le dice: si supieras qué hermosas son las hojas, qué variedad que hay”. El niño escucha, abre grandes los ojos, sueña; pero no llega a imaginar nada. Lo mismo, dice San Gregorio, nos pasa a nosotros. Nuestra Santa Madre la Iglesia se esfuerza en enseñarnos el gozo del Cielo, pero nosotros, que no tenemos experiencia de esto, no podemos comprender nada.

          Pero si no podemos entender lo que es el Cielo, podemos conquistarlo. Pongamos ante nuestros ojos el eterno premio de la vida eterna y en las tentaciones sabremos luchar con fuerzas y soportar en paz los sufrimientos y cruces de nuestra vida.

          El misterio de la Transfiguración de Jesús es símbolo de nuestra transfiguración. Debemos transfigurarnos en la imagen de Nuestro Señor: “Sed perfectos como es perfecto mi Padre que está en los Cielos”. Se trata de revestirse de Cristo. La transfiguración en Cristo en esta vida prepara la definitiva y futura transfiguración del Cielo. Transfigurarse en Él es alcanzar la santidad, es santificarse, es cumplir con el apremiante llamado que nos hace San Pablo en la epístola que comentamos al principio. Tal como eran resplandecientes el rostro y el vestido de Jesús, así nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones deben resplandecer ante los hombres, para dar gloria a Dios Padre. El que no comienza esta transfiguración en la tierra, no llegará a la completa transfiguración en el Paraíso, donde nuestro rostro será resplandeciente como el sol, nuestros vestidos blancos como la nieve, cuando nos será concedido hacer una tienda eterna, donde gozaremos todo gozo sin fin.

          Pero recordemos que solo alcanzaremos esta transfiguración por la oración y el trabajo, así como Jesús se transfiguró mientras rezaba y después de haber subido a la montaña y así arriba hablaba de sufrimientos.

          Sepamos seguir entonces este llamado de San Pablo que quiere despertar nuestra generosidad: “Esta es la Voluntad de Dios, vuestra santificación”. Luchemos para alcanzar la Santidad confiados en Dios y en Su Gracia. Transfigurémonos en Él ya en esta vida, en preparación a la transfiguración definitiva. Pero sepamos que para unirnos a Dios, para alcanzar el Cielo, hemos de sobrellevar las cruces de que están hechas nuestras vidas.

          No nos hagamos ilusiones. ¿Querríamos estar con Nuestro Señor en la Gloria del Tabor y no seguirlo en los dolores del Calvario? Llevemos entonces la cruz hasta el Calvario y Dios nos transfigurará ya en esta vida uniéndonos a Él, santificándonos, y nos conducirá al Monte Tabor de la eterna transfiguración, para unirnos a Él para siempre.


NOTA IMPORTANTE: 

El Rvdo. P. Héctor Lázaro Romero, tiene a bien celebrar ocasionalmente 
el Santo Sacrificio de la Misa por las personas e intenciones 
de nuestros amigos y lectores, así como por el alma de sus difuntos. 

Si alguien quiere aplicar una Santa Misa por alguna cuestión particular, 
sólo tienen que escribirnos un mail a traditio@hotmail.com

viernes, 14 de marzo de 2014

CORONA DE LAS CINCO LLAGAS



Lo ideal es tener una coronilla como la que aparece en la imagen, 
compuesta por cinco grupos de cinco cuentas cada uno; no es imprescindible, 
ya que también se puede rezar usando por ejemplo los dedos.

INICIO

Por la señal de la Santa Cruz, etc.
Abrid, Señor mis labios
Y mi boca proclamará vuestras alabanzas.
Oh Dios, venid en mi ayuda.
Señor, apresuraos en socorrernos.

JACULATORIA

María, mi tierna Madre,
Haz que en mí estén de fijo
Las Llagas del Crucifijo.
Para que nunca las olvide.


PRIMERA LLAGA: LA DEL PIE IZQUIERDO

¡Jesús mío crucificado! Adoro devotamente la llaga dolorosa de vuestro pie izquierdo.
 ¡Ah! por el dolor que habéis sentido en ella, y por la sangre que ha derramado, 
concededme la gracia de huir las ocasiones de pecar, y de no caminar nunca
 por las vías de la iniquidad, que me conducirían a mi perdición.

Ahora reza CINCO GLORIAS, UN AVEMARÍA 
y la JACULATORIA:

"María, mi tierna Madre, haz que en mí estén de fijo
las Llagas del Crucifijo, para que nunca las olvide"


SEGUNDA LLAGA: LA DEL PIE DERECHO

¡Jesús mío crucificado! Adoro devotamente la llaga dolorosa de vuestro pie derecho. 
¡Ah! por el dolor que habéis sentido, por la sangre preciosa que de ella se derramó, 
concededme la gracia de seguir constantemente la senda de todas las virtudes cristianas
 hasta la entrada en el Paraíso.

Ahora reza CINCO GLORIAS, UN AVEMARÍA 
y la JACULATORIA:

"María, mi tierna Madre, haz que en mí estén de fijo
las Llagas del Crucifijo, para que nunca las olvide"


TERCERA LLAGA: LA DE LA MANO IZQUIERDA

¡Jesús mío crucificado! Adoro devotamente la llaga dolorosa de vuestra mano izquierda.
 ¡Ah! por el dolor que habéis sentido, por la sangre preciosa que derramásteis por ella, 
no permitáis que me encuentre a vuestra izquierda en medio de los réprobos
 en el día del juicio final.

Ahora reza CINCO GLORIAS, UN AVEMARÍA 
y la JACULATORIA:

"María, mi tierna Madre, haz que en mí estén de fijo
las Llagas del Crucifijo, para que nunca las olvide"


CUARTA LLAGA: LA DE LA MANO DERECHA

¡Jesús mío crucificado! Adoro devotamente la llaga dolorosa de vuestra mano derecha. 
¡Ah! por el dolor que habéis sentido, por la sangre que ha derramado,
 bendecid mi alma, y conducidla a Vuestro Reino.

Ahora reza CINCO GLORIAS, UN AVEMARÍA 
y la JACULATORIA:

"María, mi tierna Madre, haz que en mí estén de fijo
las Llagas del Crucifijo, para que nunca las olvide"


QUINTA LLAGA: LA DEL COSTADO

¡Jesús mío crucificado! Adoro devotamente la llaga sagrada de vuestro costado.
 ¡Ah! por la sangre que derramó, encended en mi corazón el fuego de vuestro Amor,
 y hacedme la gracia de perseverar amándoos por toda la eternidad.

Ahora reza CINCO GLORIAS, UN AVEMARÍA 
y la JACULATORIA:

"María, mi tierna Madre, haz que en mí estén de fijo
las Llagas del Crucifijo, para que nunca las olvide"



jueves, 13 de marzo de 2014

COLOQUIOS CON JESÚS SACRAMENTADO


Coloquios del Discípulo con Jesús Sacramentado 
Por el Beato Tomás de Kempis 

          Dulcísimo y amorosísimo Señor, a quien ahora mismo deseo recibir con mucha devoción, tu conoces mi debilidad y la miseria que me aflige (...) Tú sabes cuáles son los bienes que más necesito y cuán falto ando en todas las virtudes. (...) 

          Eleva mi corazón hacia el cielo, hacia ti, y no dejes que me pierda vagando sobre esta tierra. Sé tú solo, desde este momento y para siempre, mi única dulzura (...)



          Ojalá pudiera quemarme totalmente en tu presencia, consumirme y transformarme en ti, de suerte que sea un solo espíritu contigo por la gracia que produce esa unión íntima y por la efusión que causa el amor ardiente.

          No permitas que me separe de ti en ayunas y árido, usa conmigo misericordia como tantas veces demostraste de un modo tan portentoso con los santos.

          Siendo tú un fuego que siempre arde y nunca se extingue, un amor que purifica los corazones y alumbra las inteligencias, ¡qué maravilloso sería que al acercarme a ti me quemase enteramente en tu fuego y dejara de ser yo mismo para transformarme en ti!"