CAPÍTULO V Donde se trata y prosigue lo dicho, mostrando
por autoridades de la Sagrada Escritura y por figuras cuán
necesario sea al alma ir a Dios en esta noche oscura de la
mortificación del apetito en todas las cosas.
Por lo dicho se puede echar, en alguna manera, de ver la distancia
que hay de todo lo que las criaturas son en sí a lo que Dios es en sí,
y cómo las almas que en alguna de ellas ponen su afición, esa
misma distancia tienen de Dios; pues, como habemos dicho, el amor
hace igualdad y semejanza. La cual distancia, por echarla bien de
ver san Agustín, decía hablando con Dios en los Soliloquios:
Miserable de mí, ¿cuándo podrá mi cortedad e imperfección
convenir con tu rectitud? Tú verdaderamente eres bueno, y yo malo;
tú piadoso y yo impío; tú santo, yo miserable; tú justo, yo injusto; tú
luz, yo ciego; tú vida, yo muerte; tú medicina, yo enfermo; tú suma
verdad, yo toda vanidad. Todo esto dice este Santo.
Por tanto, es suma ignorancia del alma pensar podrá pasar a este
alto estado de unión con Dios si primero no vacía el apetito de todas
las cosas naturales y sobrenaturales que le pueden impedir, según
que adelante declararemos; pues es suma la distancia que hay de
ellas a lo que en este estado se da, que es puramente
transformación en Dios. Que, por eso, Nuestro Señor, enseñándonos
este camino, dijo por san Lucas (14, 33): Qui non renuntiat omnibus
quae possidet, non potest meus esse discipulus. Quiere decir: El
que no renuncia todas las cosas que con la voluntad posee, no
puede ser mi discípulo. Y esto está claro, porque la doctrina que el
Hijo de Dios vino a enseñar fue el menosprecio de todas las cosas,
para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí; porque, en
tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para
recibir el espíritu de Dios en pura transformación.
De esto tenemos figura en el Éxodo (c. 16), donde se lee que no
dio Dios el manjar del cielo, que era el maná, a los hijos de Israel
hasta que les faltó la harina que ellos habían traído de Egipto. Dando
por esto a entender que primero conviene renunciar a todas las
cosas, porque este manjar de ángeles no conviene al paladar que
quiere tomar sabor en el de los hombres. Y no solamente se hace
incapaz del espíritu divino el alma que se detiene y apacienta en
otros extraños gustos, mas aun enojan mucho a la Majestad Divina,
los que, pretendiendo el manjar de espíritu, no se contentan con sólo Dios, sino quieren entremeter el apetito y afición de otras
cosas. Lo cual también se echa de ver en este mismo libro de la
Sagrada Escritura (Ex. 16, 8-13), donde también se dice que, no se
contentando ellos con aquel manjar tan sencillo, apetecieron y
pidieron manjar de carne; y que Nuestro Señor se enojó gravemente
que quisiesen ellos entremeter un manjar tan bajo y tosco con un
manjar tan alto y sencillo, que, aunque lo era, tenía en sí el sabor y
sustancia de todos los manjares. Por lo cual, aún teniendo ellos los
bocados en las bocas, según dice también David (Sal. 77, 31): Ira Dei
decendit super eos: descendió la ira de Dios sobre ellos, echando
fuego del cielo y abrasando muchos millares de ellos; teniendo por
cosa indigna que tuviesen ellos apetito de otro manjar dándoseles el
manjar del cielo.
¡Oh si supiesen los espirituales cuánto bien pierden y abundancia
de espíritu por no querer ellos acabar de levantar el apetito de
niñerías, y cómo hallarían en este sencillo manjar del espíritu el
gusto de todas las cosas si ellos no quisieren gustarlas! Pero no le
gustan; porque la causa por que estos no recibían el gusto de todos
los manjares que había en el maná era porque ellos no recogían el
apetito a sólo el. De manera que no dejaban de hallar en el maná
todo el gusto y fortaleza que ellos pudieran querer porque en el
maná no le hubiese, sino porque ellos otra cosa querían. Así, el que
quiere amar otra cosa juntamente con Dios, sin duda es tener en
poco a Dios, porque pone en una balanza con Dios lo que
sumamente, como habemos dicho, dista de Dios.
Ya se sabe bien por experiencia que cuando una voluntad se
aficiona a una cosa, la tiene en más que otra cualquiera, aunque sea
muy mejor que ella, si no gusta tanto de la otra. Y si de una y de otra
quiere gustar, a la más principal por fuerza ha de hacer agravio,
pues hace entre ellas igualdad. Y por cuanto no hay cosa que iguale
con Dios, mucho agravio hace a Dios el alma que con el ama otra
cosa o se ase a ella. Y pues esto es así, ¿qué sería si la amase más
que a Dios?
Esto también es lo que se denotaba cuando mandaba Dios a
Moisés (Ex. 34, 3) que subiese al monte a hablar con él. Le mandó
que no solamente subiese el solo, dejando abajo a los hijos de
Israel, pero que ni aún las bestias paciesen de contra del monte.
Dando por esto a entender que el alma que hubiere de subir a este
monte de perfección a comunicar con Dios, no sólo ha de renunciar
todas las cosas y dejarlas abajo, mas también los apetitos, que son las bestias, no las ha de dejar apacentar de contra de este monte,
esto es, en otras cosas que no son Dios puramente, en el cual todo
apetito cesa, esto es, en estado de la perfección. Y así es menester
que el camino y subida para Dios sea un ordinario cuidado de hacer
cesar y mortificar los apetitos; y tanto más presto llegará el alma,
cuanto más priesa en esto se diere. Mas hasta que cesen, no hay
llegar, aunque más virtudes ejercite, porque le falta el conseguirlas
en perfección, la cual consiste en tener el alma vacía y desnuda y
purificada de todo apetito. De lo cual también tenemos figura muy al
vivo en el Genesis (35, 2), donde se lee que, queriendo el patriarca
Jacob subir al monte Betel a edificar allí a Dios un altar, en que le
ofreció sacrificio, primero mandó a toda su gente tres cosas: la una,
que arrojasen de sí todos los dioses extraños; la segunda, que se
purificasen; la tercera, que mudasen vestiduras.
En las cuales tres cosas se da a entender a toda alma que quiere
subir a este monte a hacer de sí mismo altar en el, en que ofrezca a
Dios sacrificio de amor puro y alabanza y reverencia pura, que,
primero que suba a la cumbre del monte, ha de haber perfectamente
hecho las dichas tres cosas.
Lo primero, que arroje todos los dioses ajenos, que son todas las
extrañas aficiones y asimientos.
Y lo segundo, que se purifique del dejo que han dejado en el alma
los dichos apetitos con la noche oscura del sentido que decimos,
negándolos y arrepintiendose ordinariamente.
Y lo tercero que ha de tener para llegar a este alto monte es las
vestiduras mudadas. Las cuales, mediante la obra de las dos cosas
primeras, se las mudará Dios de viejas en nuevas, poniendo en el
alma un nuevo ya entender de Dios en Dios, dejando el viejo
entender de hombre, y un nuevo amar a Dios en Dios, desnuda ya la
voluntad de todos sus viejos quereres y gustos de hombre, y
metiendo al alma en una nueva noticia, echadas ya otras noticias e
imágenes viejas aparte, haciendo cesar todo lo que es de hombre
viejo (cf. Col. 3, 9), que es la habilidad del ser natural, y vistiendose
de nueva habilidad sobrenatural según todas sus potencias. De
manera que su obrar ya de humano se haya vuelto en divino, que es
lo que se alcanza en estado de unión, en la cual el alma no sirve de
otra cosa sino de altar, en que Dios es adorado en alabanza y amor,
y sólo Dios en ella está. Que, por eso, mandaba Dios (Ex. 27, 8) que
el altar donde había de estar el arca del Testamento estuviese de dentro vacío, para que entienda el alma cuán vacía la quiere Dios de
todas las cosas, para que sea altar digno donde este Su Majestad.
En el cual altar tampoco permitía ni que hubiese fuego ajeno, ni que
faltase jamás el propio; tanto, que, porque Nadab y Abiud, que eran
dos hijos del sumo sacerdote Arón, ofrecieron fuego ajeno en su
altar, enojado, Nuestro Señor, los mató allí delante del altar (Lv. 10,
1). Para que entendamos que en el alma ni ha de faltar amor de Dios
para ser digno altar, ni tampoco otro amor ajeno se ha de mezclar.
No consiente Dios a otra cosa morar consigo en uno. De donde se
lee en el libro primero de los Reyes (5, 2-4) que, metiendo los
filisteos al arca del Testamento en el templo donde estaba su ídolo,
amanecía el ídolo cada día arrojado en el suelo y hecho pedazos. Y
sólo aquel apetito consiente y quiere que haya donde el está, que es
de guardar la ley de Dios perfectamente y llevar la Cruz de Cristo
sobre sí. Y así, no se dice en la sagrada Escritura divina (Dt. 31, 26)
que mandase Dios poner en el arca donde estaba el maná otra cosa,
sino el libro de la Ley y la vara de Moisés, que significa la Cruz.
Porque el alma que otra cosa no pretendiere que guardar
perfectamente la ley del Señor y llevar la cruz de Cristo, será arca
verdadera, que tendrá en sí el verdadero maná, que es Dios, cuando
venga a tener en sí esta ley y esta vara perfectamente, sin otra cosa
alguna (cf. Núm. 17; Heb. 9, 4).