CAPÍTULO 8. En que se trata cómo los apetitos oscurecen y
ciegan al alma.
Lo tercero que hacen en el alma los apetitos es que la ciegan y
oscurecen. Así como los vapores oscurecen el aire y no le dejan
lucir el sol claro; como el espejo tomado del paño no puede recibir
serenamente en sí el rostro; o como (en) el agua envuelta en cieno,
no se divisa bien la cara del que en ella se mira; así, el alma que de
los apetitos está tomada, según el entendimiento está
entenebrecida, y no da lugar para que ni el sol de la razón natural ni
el de la Sabiduría de Dios sobrenatural la embistan e ilustren de
claro. Y así dice David (Sal. 39,13), hablando a este propósito: Comprehenderunt me iniquitates meae, et non potui, ut viderem, que
quiere decir: Mis maldades me comprehendieron, y no pude tener
poder para ver.
Y en eso mismo que se oscurece según el entendimiento, se
entorpece también según la voluntad, y según la memoria se
enrudece y desordena en su debida operación. Porque, como estas
potencias, según sus operaciones, dependen del entendimiento,
estando el impedido, claro está lo han ellas de estar desordenadas y
turbadas. Y así dice David (Sal. 6, 4): Anima mea turbata est valde,
esto es: Mi ánima está muy turbada; que es tanto como decir:
desordenada en sus potencias. Porque, como decimos, ni el
entendimiento tiene capacidad para recibir la ilustración de la
Sabiduría de Dios, como tampoco la tiene el aire tenebroso para
recibir la del sol, ni la voluntad tiene habilidad para abrazar en sí a
Dios en puro amor, como tampoco la tiene el espejo que está
tomado de vaho para representar claro en sí el rostro presente, y
menos la tiene la memoria que está ofuscada con las tinieblas del
apetito para informarse con serenidad de la imagen de Dios, como
tampoco el agua turbia puede mostrar claro el rostro del que se
mira.
Ciega y oscurece el apetito al alma, porque el apetito en cuanto
apetito, ciego es; porque, de suyo, ningún entendimiento tiene en sí,
porque la razón es siempre su mozo de ciego. Y de aquí es que
todas las veces que el alma se guía por su apetito, se ciega, pues es
guiarse el que ve por el que no ve, lo cual es como ser entrambos
ciegos. Y lo que de ahí se sigue es lo que dice Nuestro Señor por
san Mateo (15, 14): Si caecus caeco ducatum praestet, ambo in foveam cadunt; si el ciego guía al ciego, entrambos caerán en la
hoya.
Poco le sirven los ojos a la mariposilla, pues que el apetito de la
hermosura de la luz la lleva encandilada a la hoguera. Y así podemos
decir que el que se ceba de apetito es como el pez encandilado, al
cual aquella luz antes le sirve de tinieblas para que no vea los daños
que los pescadores le aparejan. Lo cual da muy bien a entender el
mismo David (Sal. 57, 9), diciendo de los semejantes: Supercecidit
ignis, et non viderunt solem; que quiere decir: Sobrevínoles el fuego
que calienta con su calor y encandila con su luz. Y eso hace el
apetito en el alma, que enciende la concupiscencia y encandila al
entendimiento de manera que no pueda ver su luz. Porque la causa
del encandilamiento es que, como pone otra luz diferente delante de
la vista, ciégase la potencia visiva en aquella que está entrepuesta y
no ve la otra; y como el apetito se le pone al alma tan cerca, que está
en la misma alma, tropieza en esta luz primera y cebase en ella, y así
no la deja ver su luz de claro entendimiento, ni la verá hasta que se
quite de en medio el encandilamiento del apetito.
Por lo cual es harto de llorar la ignorancia de algunos, que se
cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios
ejercicios, y piensan que les bastará eso y eso otro para venir a la
unión de la Sabiduría divina, si con diligencia ellos no procuran
negar sus apetitos. Los cuales, si tuviesen cuidado de poner la
mitad de aquel trabajo en esto, aprovecharían más en un mes que
por todos los demás ejercicios en muchos años. Porque, así como
es necesaria a la tierra la labor para que lleve fruto, y sin labor no le
lleva, sino malas hierbas, así es necesaria la mortificación de los
apetitos para que haya provecho en el alma; (sin) la cual oso decir
que, para ir adelante en perfección y noticia de Dios y de sí mismo,
nunca le aprovecha más cuanto hiciere que aprovecha la simiente
echada en la tierra no rota. Y así, no quitan la tiniebla y rudeza
del alma hasta que los apetitos se apaguen. Porque son como las
cataratas o como las motas en el ojo, que impiden la vista hasta que
se echan fuera.
Y así, echando de ver David (Sal. 57, 10) la de estos, y cuán
impedidas tienen las almas de la claridad de la verdad, y cuánto Dios
se enoja con ellos, habla con ellos diciendo: Priusquam intelligerent
spinae vestrae rhamnum: sicut viventes, sic in ira absorbet eos, y es
como si dijera: Antes que entendiesen vuestras espinas, esto es,
vuestros apetitos, así como a los vivientes, de esta manera los absorberá en su ira Dios. Porque a los apetitos vivientes en el alma,
antes que ellos puedan entender a Dios, los absorberá Dios en esta
vida o en la otra con castigo y corrección, que será por la purgación.
Y dice que los absorberá en ira, porque lo que se padece en la
mortificación de los apetitos es castigo del estrago que en el alma
han hecho.
¡Oh si supiesen los hombres de cuánto bien de luz divina los priva
esta ceguera que les causan sus aficiones y apetitos, y en cuántos
males y daños les hacen ir cayendo cada día en tanto que no los
mortifican! Porque no hay fiarse de buen entendimiento, ni dones
que tengan recibidos de Dios, para pensar que, si hay afición o
apetito, dejará de cegar y oscurecer y hacer caer poco a poco en
peor. Porque ¿quién dijera que un varón tan acabado en sabiduría y
dones de Dios como era Salomón, había de venir a tanta ceguera y
torpeza de voluntad, que hiciese altares a tantos ídolos y los
adorase el mismo, siendo ya viejo? (3 Re. 11, 4). Y sólo para esto
bastó la afición que tenía a las mujeres y no tener el cuidado de
negar los apetitos y deleites de su corazón. Porque el mismo dice de
sí en el Eclesiastés (2, 10) que no negó a su corazón lo que le pidió.
Y pudo tanto este arrojarse a sus apetitos, que, aunque es verdad
que al principio tenía recato, pero, porque no los negó, poco a poco
le fueron cegando y oscureciendo el entendimiento, de manera que
le vinieron a acabar de apagar aquella gran luz de sabiduría que Dios
le había dado, de manera que a la vejez dejó a Dios.
Y si en este pudieron tanto, que tenía tanta noticia de la distancia
que hay entre el bien y el mal, ¿qué no podrán contra nuestra rudeza
los apetitos no mortificados? Pues, como dijo Dios al profeta Jonás
(4, 11) de los ninivitas, no sabemos lo que hay entre la siniestra y la
diestra, porque a cada paso tenemos lo malo por bueno, y lo bueno
por malo, y esto de nuestra cosecha lo tenemos. Pues, ¿qué será si
se añade apetito a natural tiniebla? sino que como dice Isaías (59,
10): Palpavimus sicut caeci parietem, et quasi absque oculis,
attrectavimus: impegimus meridie, quasi in tenebris. Habla el profeta
con los que aman seguir estos sus apetitos, y es como si dijera:
Habemos palpado la pared, como si fueramos ciegos, y anduvimos
atentando como sin ojos, y llegó a tanto nuestra ceguera, que en el
mediodía atollamos, como si fuera en las tinieblas. Porque esto tiene
el que está ciego del apetito, que, puesto en medio de la verdad y de
lo que le conviene, no lo echa más de ver que si estuviera en
tinieblas.
